El placebo eres tú
Segunda parte: Transformación » 11 Preparativos para la meditación
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11Preparativos para la meditación
Ahora que has leído y asimilado la información de la primera parte, estás listo para pasar a la segunda, que trata de la transformación. En este capítulo hablaré de lo que necesitas saber para aprender a meditar, así cuando llegues al siguiente estarás preparado para llevarlo a cabo. Todos los participantes de este libro que cambiaron algo de sí mismos tuvieron antes que adentrarse en su interior y cambiar su estado del ser. Considera tu práctica de la meditación como una forma de tomar un placebo a diario. La única diferencia es que en lugar de tomarte una pastilla, te adentrarás en tu interior. Y con el paso del tiempo tu meditación se parecerá a tu creencia en los medicamentos.
Cuándo meditar
Los dos momentos del día más indicados para meditar son justo antes de acostarte por la noche y justo después de levantarte por la mañana, porque cuando te duermes pasas por todo el espectro de las ondas cerebrales: vas del estado beta de vigilia al estado más lento de alfa, cuando cierras los ojos; luego te sumerges en zeta, un estado de ondas cerebrales más lentas en el que estás medio despierto, medio dormido, y por último entras en el estado delta de sueño profundo. Y al despertar por la mañana vuelves a hacer el mismo ciclo, pero a la inversa: del estado delta pasas al zeta, al alfa y finalmente al beta, en el que estás ya totalmente despierto y consciente.
Si meditas antes de acostarte o cuando te acabas de despertar, te resultará más fácil sumirte en las ondas cerebrales alfa o zeta, estarás más «bombeado» para adquirir un estado alterado, porque es la dirección de la que acabas de venir o a la que estás a punto de ir. Se podría decir que en estos dos momentos del día la puerta del subconsciente está abierta. Personalmente prefiero meditar por la mañana, pero cualquiera de estos dos momentos es adecuado. Elige el que te vaya mejor y mantenlo. Si consigues meditar a diario, acabará convirtiéndose en un buen hábito y será algo que estarás deseando hacer cada día.
Dónde meditar
En cuanto al lugar donde meditar, lo más importante es elegir uno en el que no te distraigas. Como te estarás desconectando del mundo físico exterior, elige un sitio tranquilo donde puedas estar solo sin que te interrumpan (otras personas o mascotas), un lugar al que puedas ir cada día y usar con regularidad como tu espacio sagrado de meditación.
No te aconsejo que medites en la cama, ya que la asocias con el sueño. (Por la misma razón, tampoco te aconsejo meditar tumbado o en un sillón abatible.) Medita sentado en una silla o en el suelo durante una hora, en una habitación sin corrientes de aire y con una temperatura agradable.
Si prefieres meditar con música, elige una suave y relajante, con instrumentos que induzcan un estado de trance o con mantras. (Si no estás en un lugar silencioso, poner una música relajante te ayudará a amortiguar el ruido de fondo.) Pero no pongas una música que te traiga recuerdos del pasado o que te distraiga en cualquier sentido. Apaga el ordenador y desconecta el teléfono si estos aparatos se encuentran en la habitación. E intenta evitar el aroma de café o el de comida cocinándose. Si lo deseas, ponte un antifaz o tapones de oídos para aislarte más todavía del exterior, ya que el objetivo de tus preparativos es eliminar la mayor cantidad posible de estímulos exteriores.
Siéntete cómodo
Ponte una ropa cómoda y holgada y quítate el reloj de pulsera o cualquier joya que pueda distraerte. Si llevas gafas, sácatelas. Toma un poco de agua antes de sentarte a meditar y deja un vaso a tu alcance por si necesitas tomar más. Ve al lavabo antes de empezar la sesión e intenta ocuparte de cualquier otra necesidad fisiológica parecida para que no te distraiga durante la meditación.
Tanto si decides meditar sentado en una silla o con las piernas cruzadas en el suelo, mantón la espalda derecha. Relaja el cuerpo, aunque no hasta el punto de adormilarte, ya que tu mente debe estar atenta. Si durante la meditación te pones a cabecear, significa que estás entrando en un estado de ondas cerebrales más lentas, o sea que no te preocupes demasiado. A base de práctica tu cuerpo se acabará acostumbrando y ya no deseará adormilarse.
Cuando empieces a meditar, cierra los ojos y respira profunda y lentamente varias veces. Al cabo de poco dejarás el estado beta para entrar en el alfa. Este estado más relajante, pero atento, en el que se te activa el lóbulo frontal, como cuando lees, baja el volumen de los circuitos de tu cerebro que procesan el tiempo y el espacio. Aunque al principio te cueste un poco entrar en zeta —las siguientes ondas cerebrales más lentas—, a base de práctica conseguirás reducir tu frecuencia cerebral más aún. El estado zeta es cuando tu cuerpo está dormido y tu mente despierta, y al entrar en él podrás cambiar con más facilidad los programas automáticos de tu cuerpo.
Duración de la meditación
Aunque tu sesión de meditación dure de cuarenta y cinco minutos a una hora, si es posible resérvate un poco más de tiempo para que tu mente se calme antes de empezar. Si tienes que terminar a una hora en concreto, activa la alarma del despertador para que suene diez minutos antes de finalizar la meditación, así no concluirás la sesión abruptamente. No dejes que el tiempo te distraiga. Recuerda que además de aislarte de los estímulos sensoriales, también estás intentando perder la noción del tiempo, y si no dejas de preocuparte por él no conseguirás hacerlo. Si necesitas algunos minutos más al día para meditar sin distraerte, plantéate levantarte más temprano o acostarte más tarde.
La forja del autodominio
Ten cuidado con un obstáculo muy común con el que se topan los mediadores noveles. Cada vez que empieces a cambiar algo de tu vida, tu cuerpo —como mente— le enviará señales a tu cerebro para que recupere el control. Y antes de darte cuenta ya estarás escuchando voces negativas en tu cabeza como: ¿Por qué no empiezas a meditar mañana? ¡Te pareces demasiado a tu madre! Pero ¿qué te pasa? Nunca cambiarás. Esto no me acaba de convencer. Es el cuerpo intentando derribarte de la montura para volver a ser él la mente. Tal vez inconscientemente lo hayas condicionado a sentirse impaciente, frustrado, infeliz, victimizado o pesimista, para poner algunos ejemplos. Así es como desea comportarse subconscientemente.
En cuanto respondes a esas voces interiores como si lo que te estuvieran diciendo fuera verdad, vuelves a dejarte llevar por los programas automáticos y a pensar, actuar y sentir lo mismo de siempre, pese a seguir esperando que algo cambie en tu vida. Si usas tus sentimientos y emociones como un barómetro para cambiar, nunca lo conseguirás. Pero si en su lugar liberas al cuerpo de las cadenas de estas emociones, podrás relajarte en el presente (en este capítulo hablo de ello más adelante con mayor profundidad) y aprovechar la energía reprimida que has liberado en tu cuerpo —pasando de ser partícula a onda— para crear un nuevo destino. Para lograrlo y enseñar a tu cuerpo una nueva forma de ser, tienes que obligarlo a sentarse a meditar y mostrarle quién es el que manda.
Tenemos un rancho con 18 caballos y cultivar el autodominio para meditar con atención me recuerda cuando me monto en mi semental preferido después de llevar una temporada sin hacerlo. Al subirme a la silla, él pasa olímpicamente de mí. Olfatea a las yeguas que hay al otro extremo de la propiedad y entonces es cuando se distrae. Es como si me estuviera diciendo: «¿Dónde has estado los últimos ocho meses? Durante tu ausencia he adquirido algunos malos hábitos, las chicas están allí y como me da igual lo que quieras hacer, te haré salir despedido de la montura. Soy yo el que manda». Se irrita, se vuelve temperamental y controlador, e intenta derribarme de la silla pegándose a la valla de la pista. Pero yo le presto atención y cuando veo que empieza a girar la cabeza hacia las yeguas, lo controlo.
En cuanto lo hace, lentamente pero con firmeza tiro de las riendas y espero. Al poco tiempo el semental se detiene y lanza un fuerte resoplido, y yo le acaricio diciéndole: «Muy bien». Y damos dos pasos más, y cuando veo que empieza a girar un poco la cabeza hacia las yeguas, vuelvo a detenerlo y espero. Y él lanza otro potente resoplido, sabiendo que soy yo el que lleva las riendas, y luego avanzamos de nuevo. Sigo aplicando este sistema hasta que al final me hace caso.
Esta manera suave aunque firme de reconducir su atención cuando se distrae es el mismo método que usamos con el cuerpo cuando nos sentamos a meditar. Considera tu cuerpo como el animal que tú, como conciencia, estás adiestrando. Cada vez que adviertas que te distraes, vuelves a centrarte de nuevo de esta forma, condicionando a tu cuerpo a una nueva mente. Estás dominándote a ti y dominando tu pasado.
Pongamos, por ejemplo, que al despertarte por la mañana te espera una lista de personas a las que llamar, una lista de tareas que hacer, y 35 mensajes de texto que responder, y sus 35 correos electrónicos correspondientes. Si lo primero que haces cada mañana es empezar a pensar en todas estas tareas, tu cuerpo ya estará viviendo en el futuro. Cuando te sientas a meditar, es normal que tu mente quiera ir hacia esa dirección. Y si tú se lo permites, tu cerebro y tu cuerpo se encontrarán en ese futuro previsible porque estás esperando el resultado basándote en la misma experiencia de ayer.
Así que en cuanto empieces a notar que tu mente se distrae hacia esa dirección, tira de las riendas, calma a tu cuerpo y hazlo volver al presente, como cuando yo monto en mi semental. Y si luego te pones a pensar: Sí, pero he de hacer esto, me he olvidado de eso otro y debo ocuparme de lo que no me dio tiempo de hacer ayer, vuelve a llevar tu mente al presente. Y si te sigue pasando y esta situación te produce frustración, impaciencia, preocupación y otras emociones parecidas, recuerda que sea cual sea la emoción que estés sintiendo, forma parte del pasado. Te limitas a advertirla, tomas conciencia de ella: ¡Ah!, mi cuerpo-mente quiere ir al pasado. De acuerdo. Lo centraré y relajaré para que vuelva al presente.
Al igual que tu mente, tu cuerpo también quiere distraerte. Desea sentir náuseas, crearte dolor o hacer que te pique un lugar en medio de la espalda, pero si te ocurre, recuerda que no es más que el cuerpo intentando ser la mente. Cuando lo dominas, lo estás trascendiendo. Si logras dominarlo cada vez que medites, cuando regreses a tu vida cotidiana estarás más presente, atento y consciente, te pasarán menos cosas inadvertidas.
Y tarde o temprano, al igual que mi semental que acaba por hacerme caso y obedecer mis órdenes sin dejar que las yeguas ni ninguna otra cosa le distraigan, tu cuerpo seguirá a tu mente durante la meditación sin dejarse llevar por ningún pensamiento que te venga a la cabeza. Y cuando caballo y jinete son uno, cuando la mente y el cuerpo actúan al unísono, no hay mejor sensación que esta, es un nuevo estado del ser. Algo que te da una fuerza tremenda.
Un estado alterado de conciencia
La meditación que te presentaré en el siguiente capítulo empieza con una técnica budista llamada enfoque abierto. Es muy útil para entrar en el estado alterado de conciencia que estamos intentando alcanzar, ya que al vivir a diario en un estado de supervivencia, inmersos en las hormonas del estrés, nuestro foco de atención es muy limitado. Solo nos fijamos en las cosas, las personas y los problemas (centrándonos en la partícula o materia y no en la onda o energía), y definimos la realidad con nuestros sentidos. Esta clase de atención está focalizada en los objetos[1].
Al poner toda nuestra atención en el mundo exterior —que en este estado nos parece más real que el interior—, nuestro cerebro funciona en ondas beta del rango más alto, el patrón más reactivo, inestable y volátil de todos. El gran estado de alerta en el que vivimos nos impide crear, imaginar, resolver problemas, aprender cosas nuevas o curarnos. Y este estado tampoco favorece para nada la meditación. La actividad eléctrica del cerebro aumenta, así como el ritmo cardíaco y el respiratorio debido a la respuesta de lucha o huida. Nuestro cuerpo no dispone entonces de demasiados recursos, o de ninguno, para el crecimiento y una salud óptima, porque siempre está a la defensiva, intentando protegernos y hacer que consigamos afrontar un día más.
En estas condiciones tan poco favorables nuestro cerebro tiende a compartimentarse, es decir, ciertas regiones cerebrales empiezan a funcionar sin tener en cuenta a las otras en lugar de ir al unísono, y algunas incluso funcionan en contra de las demás, como si pisáramos el freno y el acelerador al mismo tiempo. Es un hogar dividido que va en contra suyo.
Las distintas partes del cerebro además de no comunicarse adecuadamente entre ellas, dejan de comunicarse con el cuerpo con eficiencia y orden. Y como el cerebro y el sistema nervioso central controlan y coordinan los otros sistemas de nuestro cuerpo —como los latidos del corazón, la respiración pulmonar, la digestión, la eliminación de residuos, el control del metabolismo, la regulación del sistema inmunitario, el equilibrio hormonal y otras muchas funciones—, perdemos el equilibrio. Nuestro cerebro envía mensajes desordenados y señales «desintegradas» desde la médula espinal al resto del cuerpo, por lo que ningún sistema recibe un mensaje claro, los mensajes se vuelven muy incoherentes.
Imagínate el sistema inmunitario respondiendo: «No sé cómo crear linfocitos de estas instrucciones». Y luego el sistema digestivo diciendo: «No sé si secretar primero los ácidos gástricos en el estómago o en el intestino delgado. No entiendo las órdenes que me das».
Al mismo tiempo, el sistema cardiovascular exclama quejándose: «¡No sé si mi corazón ha de latir rítmicamente o no, porque las señales que estoy recibiendo son muy arrítmicas! ¿Es que hay otro león acechando en la esquina?»
Este estado de desequilibrio nos impide mantener la homeostasis o equilibrio, y es fácil ver cómo fomenta las enfermedades, produciendo arritmias o hipertensión (sistema cardiovascular desequilibrado); indigestión y reflujos gástricos (sistema digestivo desequilibrado); y la tendencia a sufrir resfriados, alergias, cáncer, artritis reumatoide y otras dolencias (la función inmune ha perdido el equilibrio), para citar algunos pocos ejemplos.
Este estado —en el que nuestras ondas cerebrales se vuelven confusas y se llenan de interferencias— es a lo que en el capítulo anterior he llamado un estado de incoherencia. No hay ningún ritmo u orden en las ondas cerebrales ni en los mensajes que el cerebro le envía al cuerpo, se da una absoluta algarabía.
En la meditación del enfoque abierto, en cambio, cerramos los ojos, dejamos de fijarnos en el mundo exterior y en sus estímulos, y en su lugar dirigimos nuestra atención al espacio que nos rodea (en la onda en lugar de la partícula). Esta técnica funciona porque cuando estamos percibiendo este espacio, no nos fijamos en nada material ni estamos pensando. Los patrones de nuestras ondas cerebrales cambian a un estado alfa más tranquilo y creativo (y luego a las ondas zeta). En este estado nuestro mundo interior se vuelve más real para nosotros que el exterior, es decir, es mucho más favorable para hacer los cambios que deseamos.
Las investigaciones desvelan que cuando usamos la técnica del enfoque abierto adecuadamente, el cerebro se empieza a volver más organizado y sincronizado, y sus distintos compartimentos funcionan al unísono con un mayor orden. Y aquello que está sincronizado, está unido. Este grado de coherencia le permite al cerebro enviar señales más coherentes desde el sistema nervioso al resto del cuerpo, y entonces todo empieza a funcionar al mismo ritmo, actuando al unísono. En lugar de producir una algarabía, nuestro cerebro y nuestro cuerpo interpretan ahora una hermosa sinfonía, por lo que nos sentimos más llenos, integrados y equilibrados. En nuestros talleres mis colegas y yo estamos viendo siempre esta clase de cambios cerebrales en la mayoría de los alumnos escaneados, por eso sabemos que esta técnica funciona.
El delicioso instante del presente
Cuando domines la técnica del enfoque abierto, la meditación que harás te llevará a descubrir el presente. Este estado de presencia hace que puedas acceder a las posibilidades a nivel cuántico a las que antes no tenías acceso. ¿Recuerdas que he dicho que en el campo cuántico las partículas subatómicas existen simultáneamente en una infinidad de posibilidades? Para que esto sea cierto, el universo cuántico debe tener una cantidad infinita de líneas de tiempo conteniendo simultáneamente todas esas posibilidades y no una sola línea de tiempo. En realidad, cada experiencia —pasada, presente y futura— de todo cuanto existe, desde el microorganismo más minúsculo hasta la cultura más avanzada del universo, está presente en el campo de información ilimitada llamado el «campo cuántico». Aunque haya dicho que en el mundo cuántico el tiempo no existe, en realidad contiene todo el tiempo simultáneamente, lo único que no es la clase de tiempo lineal que nosotros conocemos.
Como dice el modelo cuántico de la realidad, en el momento presente existen todas las posibilidades. Pero si al despertar cada mañana haces la misma serie de cosas de siempre —tomas las mismas decisiones que te llevan a las mismas conductas que crean las experiencias que producen los mismos resultados emocionales—, significa que no estás abierto a ninguna de esas otras posibilidades y que no te diriges a ningún lugar nuevo.
Observa la figura 11.1. El círculo te representa a ti en el presente en una determinada línea de tiempo. La línea de la izquierda representa tu pasado, y la de la derecha tu futuro. Pongamos que cada día al despertar vas al lavabo, te lavas los dientes, sacas al perro a pasear, tomas café o té, desayunas lo mismo, te vistes de la misma forma, sigues la misma ruta al conducir… Cada uno de estos episodios está representado por un punto en la línea de tiempo de tu futuro inmediato.
FIGURA 11.1Cada punto de la línea de tiempo representa el mismo pensamiento, decisión, conducta, experiencia y emoción a lo largo de los últimos días, semanas, meses e incluso años. Por eso el pasado se convierte en el futuro. Como un hábito es una serie de pensamientos, acciones y sentimientos automáticos y redundantes adquiridos al repetirlos con frecuencia, es decir, cuando el cuerpo se convierte en mente, significa que está programado para vivir en el mismo futuro previsible de siempre basado en tu estado del ser del pasado. Y si memorizas las emociones que te mantienen anclado en el pasado, y esos sentimientos crean tus pensamientos, significa que tu cuerpo está viviendo literalmente en el pasado. Por lo que raras veces vives el presente.
Pongamos que llevas diez años siguiendo la misma rutina de siempre. Tu cuerpo está programado por la costumbre de vivir en el futuro, basado en tu pasado, porque a medida que empiezas emocionalmente a esperar que ocurra cada uno de estos episodios en tu línea de tiempo, tu cuerpo (como mente inconsciente) cree que es la misma realidad previsible de siempre. Y la misma emoción envía las mismas señales a los mismos genes, y ahora vives en esa previsible línea de tiempo futura. De hecho, podrías tomar esa línea de tiempo del pasado, levantarla y ponerla en el futuro, porque en ese escenario tu pasado es tu futuro. Eres como aquellas personas que crearon redes neuronales en su cerebro al imaginarse que tocaban en el piano la misma serie de notas, y como las que cambiaron su cuerpo al imaginar que ejercitaban sus dedos, estás «bombeando» a tu cerebro y condicionando a tu cuerpo a vivir el mismo futuro de siempre mientras repasas mentalmente el mismo escenario previsible de ayer.
Al vivir así nunca puedes encontrar el presente porque tu cerebro y tu cuerpo ya están viviendo en una realidad futura conocida basada en el pasado. Observa ahora todos esos puntos de tu línea de tiempo que representan las decisiones, hábitos, acciones y experiencias que crean las mismas emociones de siempre para recordarte tus sentimientos. No hay espacio para que surja en tu vida algo nuevo o desconocido, o poco común o milagroso, porque estos puntos están muy juntos. Sería demasiado molesto y además tu rutina se iría al traste. ¡Qué incómodo sería que surgiera algo nuevo en la vida de una persona que está previendo su futuro basándose en el pasado!
Ten en cuenta que cuando empiezas una práctica de meditación, si la añades como si fuera otra cosa más en tu línea de tiempo, la estarás viendo como una tarea más de tu lista y al abordarla de este modo no conseguirás encontrar el presente. Para alcanzar lo que deseas, curándote y creando cambios duraderos en tu vida, debes vivir plenamente el presente en lugar de pensar en la siguiente situación previsible que ocurrirá en tu línea de tiempo.
Es así porque allí donde pones la atención, pones la energía. O sea que aunque solo le prestes un poco de atención a las cosas, las personas, los lugares o los episodios de tu entorno exterior, estarás reafirmando esa realidad. Y si tienes la costumbre de obsesionarte con el tiempo, pensando en el pasado (lo conocido) o en el futuro, basado en tu pasado (de modo que también es lo conocido), te estarás perdiendo el presente, donde existen todas las posibilidades. Cuando te centras en lo conocido, tú, como observador cuántico, solo obtendrás eso. Estarás haciendo que todas las posibilidades del campo cuántico colapsen en los mismos patrones de información que constituyen tu vida.
Para acceder al potencial ilimitado que te está esperando en el campo cuántico, debes olvidarte de lo conocido (tu cuerpo, tu rostro, tu sexo, tu raza, tu profesión e incluso tu concepto de lo que has de hacer hoy) y sumirte un rato en lo desconocido: en el sin cuerpo, sin yo, sin materia, sin espacio y sin tiempo. Debes convertirte en pura conciencia (en nada más que un pensamiento o una conciencia en un vacío de potenciales) para que tu cerebro cambie.
Y cuando el cuerpo intente distraerte, pero tú sigas dominándolo y obligándolo a volver al presente una y otra vez hasta que te haga caso, tal como te he explicado antes, esa línea que va hacia el futuro dejará de existir, porque tu cuerpo ya no seguirá viviendo en ese destino previsible. Te habrás desconectado de él o habrás dejado de activar los circuitos energéticos relacionados con él.
Del mismo modo, si tu cuerpo está condicionado y enganchado a las emociones memorizadas que te mantienen ligado al pasado, pero logras dominarlo y centrarlo cada vez que te sientas enojado o frustrado hasta que se entregue al presente, esa línea que va al pasado también dejará de existir. Te habrás desconectado de ella. Y cuando las dos líneas, la de tu pasado y la de tu futuro desaparezcan, tu previsible destino genético también se desvanecerá.
En ese momento ya no existirá ningún pasado que te lleve al futuro, ni ningún futuro previsible basado en el pasado. Vivirás solo en el presente, donde puedes acceder a todos esos potenciales y posibilidades. Y cuanto más tiempo inviertas en lo desconocido al desconectar de esas líneas de tiempo y permanecer en esas posibilidades, más energía liberarás de tu cuerpo y de más dispondrás para crear algo nuevo. La figura 11.2 demuestra cómo el pasado y el futuro dejan de existir cuando el cerebro y el cuerpo viven totalmente en el presente. Al dejar de existir la realidad previsible de lo conocido, te encuentras en el reino desconocido de las posibilidades.
FIGURA 11.2Cuando encuentras el delicioso instante del presente y te olvidas de ti como la misma personalidad de siempre, puedes acceder a otras posibilidades que ya existen en el campo cuántico, porque dejas de estar conectado al mismo cuerpo-mente, a la misma identificación con el entorno, y a la misma línea de tiempo previsible. Ya no existen literalmente el mismo pasado y el mismo futuro de siempre, y te conviertes en pura conciencia, en solo pensamiento. Es el momento en que puedes cambiar tu cuerpo, cambiar algo de tu entorno y crear una línea de tiempo nueva.
La meditación descrita en el siguiente capítulo incluye un espacio de tiempo para permanecer en la poderosa esfera de lo desconocido, en la vacuidad de posibilidades, e invertir tu energía en el vacío de potenciales que existe en el presente.
Recuerda que aunque parezca que no haya nada en él, no es solo vacuidad, sino el campo cuántico repleto de energía y posibilidades.
Cuando mis colegas y yo examinamos a nuestros alumnos de los talleres avanzados que fueron capaces de convertirse en pura conciencia —un pensamiento desligado de esta realidad conocida— vimos los grandes avances que hicieron en cuanto a su capacidad para cambiar su cerebro, su cuerpo y su vida. Si el placebo consiste en cambiar el cuerpo por medio de los pensamientos, en ese caso un paso muy importante es convertirte en un pensamiento y nada más.
Lo ve todo sin ojos
El siguiente ejemplo, uno de mis favoritos, ilustra lo que puede suceder cuando nos centramos en lo desconocido durante la meditación. No hace mucho impartí un taller en Sidney, Australia, y mientras dirigía una meditación les pedí a los participantes que entraran en el estado de sin cuerpo, sin yo, sin materia, sin espacio y sin tiempo para que se convirtieran en pura conciencia y permanecieran en lo desconocido (como harás en el siguiente capítulo).
Mientras observaba al grupo meditando, advertí a una mujer llamada Sophia meditando sentada con los ojos cerrados como los demás en la tercera hilera. Y de pronto vi que su energía cambiaba. Algo en mí me dijo que la saludara con la mano, y así lo hice, y ella me respondió agitando la mano ¡sin abrir los ojos! Les hice una seña a dos de mis instructores que estaban en el otro extremo de la sala para que vinieran. Cuando llegaron les señalé con el dedo a Sophia y ella volvió a saludarme con la mano sin abrir los ojos en ningún momento.
—¿Cómo es posible? —me susurraron los instructores.
—Lo está viendo todo sin usar los ojos —les respondí.
Como ya he dicho, cuando nos centramos en lo desconocido, nos pasan cosas desconocidas. Al finalizar el taller de Sidney, dimos otro más avanzado en Melbourne una semana más tarde y Sophia también participó en él.
«¡Eh, te vi a ti y a tus instructores!», me dijo, y a continuación me describió todo lo que había sucedido en la sala durante la meditación mientras ella estaba con los ojos cerrados. Fue sumamente precisa en todo. Después del taller Sophia decidió presentarse para formar parte de mi equipo de instructores y yo la elegí por su extraña facultad. Varios meses más tarde acudió al curso de formación de instructores.
En esta clase de cursos, al final de cada día siempre les pido a los nuevos instructores que cierren los ojos mientras repaso durante treinta minutos las lecciones del día para reactivar los nuevos circuitos en su memoria a largo plazo. Mientras lo hacía, Sophia estaba sentada con los ojos cerrados, pero de pronto los abrió, sacudió la cabeza, los volvió a cerrar y se giró para mirar a sus espaldas, y luego se me quedó mirando con expresión de sorpresa. Después de hacer lo mismo varias veces, le indiqué con un gesto que siguiera meditando y que ya hablaríamos más tarde.
Sophia no solo veía lo que tenía enfrente con los ojos cerrados mientras meditaba, sino que me dijo que ahora tenía un campo de visión de 360 grados. Veía lo que estaba enfrente, detrás y a su alrededor al mismo tiempo. Como había adquirido el hábito de ver las cosas con los ojos abiertos toda la vida, no paraba de abrirlos y cerrarlos mientras meditaba para comprobar lo que ya había visto.
El doctor Fannin también estaba en aquel curso de formación. Nos dedicamos a escanear el cerebro de algunos de los instructores para saber qué patrones de ondas cerebrales íbamos a registrar en los alumnos de nuestro primer taller avanzado en Arizona. Cuando le tocó el turno a Sophia, no le conté nada sobre ella al doctor Fannin. Él la conectó al electroencefalógrafo y mientras ella nos daba la espalda, nos pusimos a mirar su escáner en la pantalla. De pronto vimos que se activaba la parte posterior del cerebro de Sophie, donde se encuentra la corteza visual.
—¡Oh, mira! —me susurró el doctor Fannin—. ¡Está visualizando!
—No —le respondí en voz baja sacudiendo la cabeza—. No está visualizando.
—¿A qué te refieres? —me dijo moviendo solo los labios para que ella no le oyera.
—Está viendo imágenes —musité.
—¿Qué quieres decir? —repitió confundido.
La saludé con la mano para que él lo viera por sí mismo. Y Sophia, que estaba de espaldas a mí, alzó la mano, volvió la palma hacia mí y me devolvió el saludo. Fue asombroso. La prueba estaba en el escáner: ella lo estaba viendo todo sin usar los ojos. Su corteza visual estaba procesando la información como si estuviera viendo, pero era su cerebro el que lo hacía y no sus ojos.
Como ya he dicho, si centras la atención en lo desconocido, te pasan cosas desconocidas. ¿Estás preparado para comprobarlo por ti mismo?