El placebo eres tú
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5Cómo los pensamientos cambian el cerebro y el cuerpo
Ahora entenderás que tanto si son placenteros como estresantes, con cada pensamiento, emoción y situación que experimentas estás actuando como un ingeniero epigenético sobre tus células. Eres tú el que controla tu destino, lo cual plantea otra cuestión: si al cambiar tu entorno programas nuevos genes de nuevas formas, ¿sería posible entonces —basándote en tus percepciones y creencias— programar los genes antes de que cambie el entorno? Los sentimientos y las emociones normalmente provienen de experiencias, pero ¿puedes combinar una clara intención con una emoción para empezar a darle al cuerpo una muestra de la futura experiencia antes de que esta se manifieste?
Cuando te centras de verdad en una intención para alcanzar un resultado, si logras que el pensamiento interior sea más real que el entorno exterior, tu cerebro no reconocerá la diferencia entre ambos. Entonces tu cuerpo, como mente inconsciente, empezará a experimentar la nueva situación futura en el presente. Les enviarás señales a nuevos genes de nuevas formas para prepararte para esta situación futura imaginada.
Si sigues practicando mentalmente las suficientes veces esta nueva serie de decisiones, conductas y experiencias deseadas, reproduciendo el mismo nuevo nivel mental una y otra vez, tu cerebro empezará a cambiar físicamente —instalando un nuevo circuito neurológico para empezar a pensar desde ese nuevo nivel mental— y a actuar como si la experiencia ya hubiera sucedido. Estarás produciendo variaciones epigenéticas que acabarán generando, por medio de tus pensamientos, auténticos cambios estructurales y funcionales en tu cuerpo, como les sucede a los que responden a un placebo. Tu cerebro y tu cuerpo ya no seguirán viviendo en el mismo pasado de siempre, sino en el nuevo futuro que habrás creado con la mente.
Esto es posible mediante el repaso mental. Esta técnica consiste básicamente en cerrar los ojos e imaginar una y otra vez que ejecutas una acción y en repasar mentalmente el futuro deseado, mientras te recuerdas a ti mismo quién ya no quieres seguir siendo (el de antes) y quién quieres ser. Este proceso implica pensar en tus acciones futuras, planeando mentalmente las decisiones que tomarás y centrando tu mente en una nueva experiencia.
Volveré a describir esta secuencia con más detalle para que entiendas mejor lo que ocurre en el repaso mental y cómo funciona. Mientras repasas mentalmente tu destino o tus sueños en cuanto a los resultados deseados, te lo imaginas una y otra vez hasta familiarizarte con él. Cuantos más conocimientos y experiencias grabes en tu cerebro sobre la nueva realidad que deseas, más recursos tendrás para crear en tu visualización un mejor modelo de ella, y de ese modo será más intensa tu intención y mayores tus expectativas (como les sucedió a las limpiadoras del hotel). Te estás «recordando» a ti mismo cómo será tu vida y cómo te sentirás cuando sea como tú quieres. Ahora estás reforzando tu atención con una intención.
Luego combinas tus pensamientos y tu intención con un intenso estado emocional, como de alegría o gratitud. (Más adelante hablaré con más detalle de los estados emocionales intensos.) En cuanto sientas esta nueva emoción y te entusiasmes más todavía, estarás inundando tu cuerpo con la neuroquímica que se daría si esa situación estuviera ya ocurriendo. Se podría decir que estás haciendo que tu cuerpo saboree la experiencia futura. Tu cerebro y tu cuerpo no saben distinguir una experiencia real de una imaginada, ya que neuroquímicamente son lo mismo. Así que empiezan a creer que estás viviendo la nueva experiencia en el presente.
Al seguir centrado en esa situación futura sin dejar que ningún otro pensamiento te distraiga, en cuestión de segundos bajas el volumen de los circuitos neuronales relacionados con tu antiguo yo, con lo que empiezas a desactivar los antiguos genes y a activar y crear nuevos circuitos neuronales, los cuales envían las señales adecuadas que activarán nuevos genes de nuevas formas. Gracias a la neuroplasticidad del cerebro de la que he hablado antes, tus circuitos neuronales empiezan a reorganizarse para reflejar lo que estás repasando mentalmente. Y a medida que sigues combinando esos nuevos pensamientos e imágenes mentales con una emoción elevada e intensa, tu mente y tu cuerpo actúan al unísono y tú experimentas un nuevo estado del ser.
En este punto, tu cerebro y tu cuerpo ya no son una grabación del pasado, sino un mapa del futuro que has creado en tu mente. Tus pensamientos se han convertido en la experiencia deseada y tú te acabas de convertir en el placebo.
Algunas historias inspiradoras sobre el repaso mental
Tal vez hayas oído la historia de un comandante apresado en un campo de concentración vietnamita que se imaginaba a diario estar jugando al golf en un lugar en particular de su país para mantenerse cuerdo, y que cuando por fin lo liberaron y volvió a casa, ganó un partido en ese mismo campo de golf sacando la máxima puntuación. O quizá hayas oído el relato de Anatoly Shcharansky, un activista soviético por los derechos humanos, conocido más tarde como Natan Sharansky, que permaneció más de nueve años en una prisión de la Unión Soviética tras ser acusado falsamente de trabajar como espía para Estados Unidos en la década de 1970. Sharansky —que estuvo cuatrocientos días del tiempo que pasó en la cárcel encerrado en una celda de castigo pequeña, oscura y gélida—, jugaba mentalmente al ajedrez contra sí mismo a diario, anotando en su mente las coordenadas y las posiciones de cada pieza en el tablero. Esta actividad le permitió mantener muchos de sus mapas neuronales (que normalmente requieren una estimulación externa para seguir intactos). Más tarde, después de salir de la cárcel, emigró a Israel y acabó siendo ministro en el gobierno israelí. Y cuando el campeón mundial de ajedrez Gary Kasparov fue a Israel en 1996 para enfrentarse en una competición con 25 israelíes, Sharansky le ganó[1].
Aaron Rodgers, el mariscal de campo del equipo de fútbol americano Green Bay Packers, también se imaginaba mentalmente las jugadas que más tarde realizaría con precisión en el campo. Hizo que este equipo ganara la Super Bowl en el 2011 en el torneo de eliminación directa en el que los Packers, que ocupaban la sexta posición, ganaron 48 a 21 contra los Halcones de Atlanta, que ocupaban la primera. Rodgers completó 31 de 36 pases (el 86,1 por ciento), el quinto mejor porcentaje de compleción de pases de la postemporada de todos los tiempos.
«En el sexto curso un entrenador nos enseñó la importancia de la visualización —le dijo Rodgers a un corresponsal deportivo del USA Today—[2]. Cuando estoy en una reunión, mirando una película o [acostado] en la cama antes de dormirme, siempre visualizo esas jugadas. Muchas de las jugadas que realizo en el campo las he pensado antes. Mientras estoy [tumbado] en el sofá, visualizo que las hago.» Rodgers en aquel partido también logró evitar tres posibles puntos del equipo contrario , y más tarde observó acerca de esas jugadas: «La mayoría las he visualizado antes de hacerlas».
Otros muchos atletas profesionales también usaron el repaso mental con asombrosos resultados, como el golfista Tiger Woods, las estrellas de baloncesto Michael Jordan, Larry Bird y Jerry West; y el bateador Roy Halladay. El campeón de golf Jack Nicklaus escribió en su libro Golf: técnicas de juego:
Nunca doy un golpe, ni siquiera entrenándome, sin tener en la mente una imagen bien clara, perfectamente enfocada del mismo. Es como una película en color. Primero «veo» la bola donde quiero que vaya a parar, bonita y blanca y parada en un punto elevado de la hierba color verde vivo. Luego la escena cambia rápidamente, y «veo» la bola dirigiéndose allí: su camino, su trayectoria, su forma y hasta su comportamiento al aterrizar. Luego viene una especie de desvanecimiento del cuadro y la escena siguiente me presenta realizando la clase de swing que dará existencia real a las imágenes anteriores. Solo al final de esta breve y particular cinta de Hollywood escojo un palo y golpeo la bola[3].
Como puedes ver en estos ejemplos (y existen muchísimos más), un gran número de evidencias demuestran que el repaso mental es sumamente eficaz para aprender una habilidad física con un mínimo de práctica física.
No puedo resistir la tentación de contar un ejemplo más, esta vez procedente de Jim Carrey, que explica una historia sorprendente sobre lo que hizo cuando llegó por primera vez a Los Ángeles a finales de la década de 1980 siendo entonces un actor desconocido en busca de trabajo. Llevaba escrito en un papel un largo párrafo sobre la necesidad de conocer a las personas adecuadas, conseguir los papeles adecuados, trabajar en la película adecuada con una selección de actores adecuada, triunfar, contribuir en algo que valiera la pena, y dejar huella en el mundo.
Cada noche conducía hasta Mulholland Drive, en Hollywood Hills y, reclinándose en su coche descapotable, contemplaba el cielo mientras se repetía aquel párrafo, aprendiéndoselo de memoria, y se imaginaba que lo que describía en él estaba sucediendo de verdad. Y no se iba de aquel lugar con vistas hasta sentir que era la persona que se había estado imaginando ser y que la situación era real. Incluso se extendió un cheque a sí mismo por la cantidad de 10 millones de dólares, escribiendo «por los servicios prestados como actor», y en el lugar de la fecha puso: «día de Acción de Gracias, 1995». Estuvo llevando aquel cheque en la cartera durante años.
Por fin, en 1994, se estrenaron tres películas que convirtieron a Carrey en estrella. Primero en febrero se estrenó Ace Ventura: Pet Detective, y después en julio La máscara. Y por su papel en la tercera película, Dos tontos muy tontos, estrenada en diciembre, recibió un talón por la cantidad de 10 millones de dólares. Había creado exactamente lo que había imaginado.
Todas esas personas tienen en común que trascendieron el entorno exterior, fueron más allá de su cuerpo y del tiempo para hacer importantes cambios neurológicos en su interior. Cuando se presentaron ante el mundo, lograron que su mente y su cuerpo actuaran al unísono y luego crearon el mundo material que habían concebido antes en el reino mental.
Existen estudios científicos que lo respaldan. Para empezar, muchos experimentos sobre el repaso mental revelan que cuando te concentras en una determinada zona del cuerpo, tus pensamientos estimulan la región del cerebro que rige esa parte[4], y si lo sigues haciendo, terminan produciendo cambios físicos en la zona sensorial del cerebro. Y es lógico que ocurra, porque cuando sigues volcando tu atención en lo mismo, estás activando y creando las mismas redes de neuronas. Y por eso acabas construyendo en esa área los mapas cerebrales más consistentes.
En un estudio realizado en Harvard, los participantes que nunca habían tocado el piano al practicar mentalmente un sencillo ejercicio de piano ejecutado con cinco dedos dos horas diarias, durante cinco días, experimentaron los mismos cambios cerebrales que los sujetos que practicaron físicamente la misma actividad, aunque sin mover un solo dedo[5]. La región de su cerebro que controla los movimientos de los dedos aumentó notablemente, haciendo que su cerebro fuera como si la experiencia imaginada hubiera ocurrido de verdad. Los participantes habían instalado un hardware neurológico (circuitos) y unos programas de software, con lo que crearon nuevos mapas cerebrales solo con ayuda de los pensamientos.
En otro estudio realizado con 30 sujetos a lo largo de doce semanas, algunos de ellos ejercitaron a diario el dedo meñique, y otros en cambio solo imaginaron hacerlo. El dedo meñique de los sujetos del grupo que lo ejercitó físicamente se fortaleció en un 53 por ciento, y el de los que solo se imaginaron que lo hacían, en un 35 por ciento[6]. Su cuerpo había cambiado como si ellos hubieran vivido la experiencia física en la realidad exterior una y otra vez, pero solo la habían experimentado mentalmente. Su mente había cambiado su cuerpo.
En otro experimento parecido, 10 voluntarios se imaginaron que hacían flexiones de bíceps con uno de sus brazos con la mayor fuerza posible cinco veces a la semana. Los investigadores grabaron la actividad cerebral eléctrica de los sujetos durante las sesiones y midieron su fuerza muscular cada dos semanas. La musculatura del bíceps de quienes solo se imaginaron el ejercicio aumentó en un 13,5 por ciento en solo varias semanas, y mantuvieron este aumento durante tres meses después de dejar el entrenamiento[7]. Su cuerpo respondió a una nueva mente.
Y el último ejemplo es el de un estudio francés en el que se comparaba a sujetos que levantaban pesas de distintos kilos, ya sea físicamente o imaginándoselo. Los que imaginaron estar levantando las pesas más pesadas, activaron más sus músculos que los que imaginaron levantar pesas más ligeras[8]. En estos tres estudios sobre el repaso mental, los participantes lograron aumentar perceptiblemente la fuerza física usando solo sus pensamientos.
Tal vez te preguntes si existen estudios que revelen lo que sucede cuando seguimos toda la secuencia: cuando además de imaginar lo que deseamos crear, conectamos con la intensa emoción positiva que nos produce. Pues sí que existen. Y dentro de poco estarás leyendo sobre ellos.
Enviando señales a nuevos genes del cuerpo con una nueva mente
Para entender mejor por qué funciona el repaso mental, hablaré brevemente de algunas cuestiones sobre anatomía cerebral y de otras relacionadas con la neuroquímica. Empezaré explicando que tu lóbulo frontal, situado justo detrás de la frente, es tu centro creativo. La parte del cerebro que aprende cosas nuevas, sueña con nuevas posibilidades, toma decisiones, establece tus intenciones, etcétera. Es el director ejecutivo, por así decirlo, e incluso juega un papel más importante todavía, porque el lóbulo frontal también te permite observar quién eres y evaluar lo que estás haciendo y cómo te sientes. Es la sede de tu conciencia, lo cual es importante, porque en cuanto eres más consciente de tus pensamientos, consigues dirigirlos mejor.
A medida que vas practicando el repaso mental y te concentras y centras en el resultado deseado, el lóbulo frontal se convierte en tu aliado al bajar el volumen del mundo exterior para que no te distraigas tanto con la información que reciben tus cinco sentidos. Los escáneres cerebrales revelan que en un estado de gran concentración, como durante el repaso mental, la percepción del tiempo y el espacio disminuye[9]. Ocurre porque tu lóbulo frontal reduce la información procedente de los centros sensoriales (los que te permiten «sentir» tu cuerpo en el espacio), de los centros motores (responsables de tus movimientos físicos), y de los centros de asociación (donde residen los pensamientos sobre tu identidad y quién eres), y también la de los circuitos del lóbulo parietal (donde procesas el tiempo). Como vas más allá del entorno, del cuerpo e incluso del tiempo, te resulta más fácil que los pensamientos que estás teniendo se vuelvan más reales que ninguna otra cosa.
En cuanto te imaginas un nuevo futuro para ti, piensas en nuevas posibilidades y empiezas a hacerte preguntas concretas de esta índole: ¿cómo sería vivir sin este dolor ni limitación?, y tu lóbulo frontal se concentra en ello. En cuestión de segundos generas tanto la intención de estar sano (para saber con claridad lo que deseas crear, y lo que ya no quieres experimentar) como una imagen mental de estar sano para poder imaginártelo.
El lóbulo frontal, como director ejecutivo, está conectado con todas las otras partes del cerebro, de modo que empieza a seleccionar redes de neuronas para crear un nuevo estado mental como respuesta a esa pregunta. Se podría decir que se convierte en un director de orquesta, silenciando tu antiguo hardware neurológico (la función de poda de la neuroplasticidad cerebral), seleccionando nuevas redes neuronales de distintas partes del cerebro y conectándolas para crear un nuevo nivel mental que refleje lo que has estado imaginando. El lóbulo frontal es el que cambia tu mente, es decir, hace que el cerebro funcione usando distintas secuencias, estructuras y combinaciones. En cuanto el lóbulo frontal selecciona distintas redes neuronales y las activa al unísono a la perfección para crear un nuevo nivel mental, aparece en tu imaginación, o lóbulo frontal, una imagen o representación interna.
Ahora le toca el turno a la neuroquímica. Si tu lóbulo frontal orquesta lo suficientemente bien estas redes neuronales para que se activen al unísono mientras te centras en una clara intención, llegará un momento en que el pensamiento se convertirá en la experiencia en tu mente: es cuando tu realidad interior se vuelve más real que la exterior. En cuanto el pensamiento se convierte en la experiencia, empiezas a sentir la emoción que te produciría la situación si estuviera ocurriendo realmente (recuerda que las emociones son las improntas químicas de las experiencias). Tu cerebro crea entonces una clase distinta de mensajeros químicos —un neuropéptido— y los envía a las células del cuerpo. Los neuropéptidos buscan los sitios receptores adecuados, o estaciones de acoplamiento, de varias células para transmitir su mensaje a los centros hormonales del cuerpo y por último al ADN celular, y las células reciben el nuevo mensaje de que la situación imaginada ha ocurrido.
Cuando el ADN de una célula recibe esta nueva información del neuropéptido, responde encendiendo (o reactivando) algunos genes y apagando (o re-silenciando) otros para respaldar tu nuevo estado del ser. Considera la reactivación y el re-silenciamiento como luces calentándose o volviéndose más fuertes, o enfriándose y volviéndose más tenues. Cuando un gen se enciende, se activa para crear una proteína. Cuando un gen se apaga, se desactiva y se vuelve más tenue o débil y ya no produce tantas proteínas como antes. Y los efectos se ven como cambios medibles en nuestro cuerpo físico.
Observa las figuras 5.1 A y 5.1 B. Te ayudarán a seguir la secuencia de cómo cambiar tu cuerpo por medio de los pensamientos.
FIGURA 5.1 A
FIGURA 5.1 BEn la figura 5.1 A la secuencia de la tabla muestra cómo los pensamientos van progresando en una cascada de mecanismos sencillos y de reacciones químicas en una causación descendente para cambiar al cuerpo.Por deducción, si los nuevos pensamientos crean una nueva mente al activar redes neuronales nuevas, con lo que se crean neuropéptidos y hormonas más sanas (que envían a su vez señales de nuevas formas a las células y activan epigenéticamente nuevos genes para crear nuevas proteínas), y si la expresión de las proteínas es la expresión de la vida y equivale a la salud del cuerpo, en este caso la figura 5.1 B ilustra cómo los pensamientos pueden curar el cuerpo.
Las células madre: nuestra poderosa reserva de potenciales
Las células madre son la parte que necesitas entender a continuación del rompecabezas. Son responsables al menos parcialmente, de cómo lo que parece imposible se vuelve posible. Oficialmente, son células biológicamente no diferenciadas que se convierten en especializadas. Son la materia prima. Cuando se activan estas pizarras en blanco, se metamorfosean en cualquier clase de célula que el cuerpo necesite —como células musculares, células óseas, células de la piel, células inmunes e incluso células nerviosas cerebrales— para sustituir las células deterioradas o dañadas de los tejidos, órganos y sistemas del cuerpo. Considera las células madre como un granizado antes de verterle el sirope que le da el sabor, como arcilla esperando en el torno a que el alfarero la convierta en platos, cuencos, jarrones o tazas, o incluso como un rollo de cinta plateada para ductos con la que un día se puede reparar el escape de una tubería y al siguiente crear ingeniosamente un vestido para la fiesta de graduación.
El siguiente ejemplo ilustra cómo actúan las células madre. Cuando te haces un corte en el dedo, el cuerpo necesita reparar la piel. El trauma físico local envía una señal a tus genes desde el exterior de la célula. El gen se activa y crea las proteínas adecuadas que, a su vez, ordenan a las células madre que se conviertan en células de la piel que funcionen saludablemente. La señal traumática recibida es la información que necesita la célula madre para transformarse en célula de la piel. En nuestro cuerpo se dan constantemente millones de procesos como este. La curación atribuible a esta clase de expresión genética está documentada en el hígado, los músculos, la piel, los intestinos, la médula ósea e incluso el cerebro y el corazón[10].
En estudios sobre la curación de heridas en los que los participantes se encuentran en un estado emocional sumamente negativo como el de la ira, las células madre no reciben el mensaje con claridad. Cuando hay interferencias en la señal, como ocurre con las interferencias estáticas de una radio, la célula en potencia no recibe la clase adecuada de estimulación de forma coherente para transformarse en una célula útil. Como expongo en la sección sobre la respuesta de estrés y el estado de supervivencia, la curación tarda más en realizarse porque la mayor parte de la energía vital del cuerpo está ocupada bregando con la emoción de la ira y sus efectos químicos. No es el momento para la creación, el crecimiento ni la regeneración, sino para una emergencia.
Cuando se da el efecto placebo y generas el nivel mental adecuado con una intención clara y lo combinas con una emoción elevada y sustentadora, llega al ADN de la célula la clase de señal adecuada. El mensaje, además de influir en la producción de proteínas sanas para mejorar la estructura y la función del cuerpo, crea células nuevas y sanas de las células madre latentes que estaban esperando a que las activaran con el mensaje adecuado.
Estas células madre se podrían considerar incluso como las tarjetas para salir de la cárcel del Monopoly, porque en cuanto se eligen o activan, reemplazan a las células de las zonas lesionadas del cuerpo, con lo que le permiten regenerarse. De hecho, las células madre nos ayudan a explicar cómo se da la curación en al menos la mitad de los casos placebo relacionados con cirugías falsas, tanto si se trata de una rodilla artrítica como de un bypass coronario (como se ha descrito en el capítulo 1).
Cómo la intención y una emoción intensacambian nuestra biología
Ya he mencionado las emociones y el papel fundamental que juegan en la curación del cuerpo, pero ahora trataré más a fondo el tema. Si respondemos con una intensa emoción a los nuevos pensamientos en los que nos concentramos durante el repaso mental, es como equipar con un turbocompresor a nuestros esfuerzos, porque las emociones nos ayudan a hacer los cambios epigenéticos mucho más deprisa. El componente emocional no es necesario. Después de todo, los sujetos que fortalecieron sus músculos al imaginar que levantaban pesas no necesitaron sentirse extasiados para cambiar sus genes. Pero se inspiraron al usar su imaginación cada vez que las levantaban mentalmente diciendo: «¡Con más fuerza! ¡Con más fuerza! ¡Con más fuerza!» La emoción constante fue el catalizador energético que realmente mejoró el proceso[11]. Sentir esa clase de intensa emoción nos permite obtener unos resultados mucho más espectaculares con mucha más rapidez, la misma clase de sorprendentes resultados de la respuesta placebo.
¿Te acuerdas del estudio sobre la risa del capítulo 2? Unos investigadores japoneses descubrieron que ver una comedia de una hora en la televisión reactivaba 39 genes, 14 de los cuales estaban relacionados con la actividad de las células asesinas naturales del sistema inmunológico.
Otros estudios han revelado que después de ver un vídeo humorístico, a los participantes les aumentaron distintos anticuerpos[12]. Investigadores de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill demostraron además que un aumento de emociones positivas producía un aumento en el tono vagal, un indicador de la salud del nervio vago, el cual desempeña una parte muy importante en la regulación del sistema nervioso autónomo y la homeostasis[13]. En un estudio japonés las crías de ratas a las que se les hizo cosquillas cinco minutos al día durante cinco días seguidos para producirles una emoción positiva generaron nuevas neuronas en su cerebro[14].
En todos estos casos las emociones positivas ayudaron a los sujetos a activar cambios físicos reales que mejoraron su salud. Las emociones positivas favorecen la buena salud del cuerpo y el cerebro.
Observa ahora el patrón de muchos estudios sobre el efecto placebo: en cuanto el sujeto empieza a generar una clara intención sobre un nuevo futuro (deseando vivir sin dolor o sin estar enfermo) y la combina con una emoción intensa (de entusiasmo y esperanza, anticipando que vivirá sin dolor o sin estar enfermo), el cuerpo deja de vivir en el pasado. Está ya viviendo en ese nuevo futuro, porque, como se ha visto, el cuerpo no sabe diferenciar una emoción creada por una experiencia real de otra creada con los pensamientos. Este intenso estado emocional producido por el nuevo pensamiento es por tanto un componente esencial del proceso, porque constituye una nueva información del exterior de la célula, y el cuerpo no sabe diferenciar una experiencia del mundo exterior de otra del mundo interior.
¿Te acuerdas del señor Wright del capítulo 1? Se entusiasmó al creer que se curaría con el nuevo y potente medicamento del que había oído hablar. Se alegró tanto que le dio la lata a su médico para que se lo administrara. Cuando lo hizo, no tenía idea de que era una sustancia inerte. Pero como su cerebro no sabía distinguir las imágenes mentales de curarse impregnadas de una gran carga emocional de una curación real, su cuerpo respondió emocionalmente como si lo que se había imaginado ya hubiera sucedido. Su cuerpo y su mente trabajaron al unísono para enviar señales a nuevos genes de nuevas formas y eso, en lugar del «medicamento nuevo y potente» administrado, fue lo que hizo que sus tumores se redujeran y que él se curara. Eso fue lo que creó su nuevo estado del ser.
Pero cuando el señor Wright se enteró de que los ensayos clínicos sobre el fármaco habían revelado que el medicamento no funcionaba, volvió a sus antiguos pensamientos y emociones —a su antigua programación—, por eso es lógico que los tumores aparecieran de nuevo. Su estado del ser había vuelto a cambiar. Pero cuando su médico le dijo que podía conseguir una versión de mayor calidad del fármaco que antes le había funcionado, Wright volvió a ilusionarse. Realmente creyó que la nueva versión del medicamento funcionaría, porque lo había comprobado en el pasado (o al menos eso fue lo que había creído).
Naturalmente, en cuando volvió a surgir en él la intención de curarse y empezó a pensar en esa posibilidad de nuevo, su cerebro volvió a activar y formar nuevas conexiones neuronales, y él creó una nueva mente. Volvió a sentirse entusiasmado y esperanzado, y esas emociones produjeron las sustancias químicas en su cuerpo que reflejaban sus nuevos pensamientos. Y como su cuerpo no supo distinguir sus pensamientos y sentimientos sobre curarse de una curación real, respondió al unísono con su cerebro como si lo que se había imaginado ya hubiera pasado y sus tumores volvieron a desaparecer.
Pero en cuanto leyó en las noticias que el «medicamento milagroso» no había sido más que un timo, volvió a sus antiguos pensamientos y emociones por última vez, y a su antigua personalidad, junto con sus tumores. Lo milagroso no había sido el medicamento, sino él. Él había sido el verdadero placebo.
Por eso es lógico que en lugar de limitarnos a evitar emociones negativas, como el miedo y la ira, intentemos además sentir realmente emociones positivas, como agradecimiento, alegría, excitación, entusiasmo, fascinación, asombro, inspiración, maravilla, confianza, aprecio, bondad, compasión y fortaleza para aprovechar cualquier ventaja con el fin de maximizar nuestra salud.
Los estudios revelan que sentir emociones positivas y expansivas como la bondad y la compasión —emociones que, por cierto, todos podemos tener—, libera un neuropéptido distinto (llamado oxitocina) que desactiva los receptores en la amígdala, la parte del cerebro que genera miedo y ansiedad[15]. Al librarnos del miedo, podemos ser infinitamente más confiados, indulgentes y bondadosos. Dejamos atrás el egoísmo y nos volvemos altruistas. Y a medida que adoptamos este nuevo estado del ser, nuestros neurocircuitos nos presentan una infinidad de posibilidades que antes no podíamos ni siquiera imaginar, porque ahora no gastamos toda nuestra energía intentando averiguar cómo sobrevivir.
Los científicos están descubriendo áreas del cuerpo —como los intestinos, el sistema inmunológico, el hígado y el corazón, y muchos otros órganos— que contienen sitios receptores de la oxitocina. Estos órganos son muy sensibles a los efectos beneficiosos de la oxitocina, lo cual a su vez se ha asociado con un aumento de la cantidad de vasos sanguíneos en el corazón[16], la estimulación de la función inmunológica[17], el incremento de la motilidad gastrointestinal[18] y la normalización de los niveles de azúcar en la sangre[19].
Volviendo al tema del repaso mental, recuerda que cuando lo realizas el lóbulo frontal es tu aliado, porque, como ya he señalado, esta parte del cerebro te ayuda a desconectarte del cuerpo, el entorno y el tiempo, los tres elementos principales en los que te centras cuando vives en el estado de supervivencia. Te ayuda a ir más allá de ti para entrar en un estado de pura conciencia en el que no existe el ego.
En este nuevo estado, mientras visualizas lo que deseas, tu corazón está más abierto y las emociones positivas fluyen a través de ti mientras el bucle de sentir lo que piensas y pensar de acuerdo a lo que sientes actúa por fin en tu beneficio. El estado mental egoísta del modo de supervivencia desaparece, porque ahora la energía que gastabas en él la aprovechas para crear. Es como si alguien hubiera pagado ese mes tu alquiler o tu hipoteca para que dispongas de un dinero extra y puedas usarlo como desees.
Ahora entenderás por qué si generas una clara intención sobre un nuevo futuro y la combinas con una emoción intensa y expansiva, y haces esto una y otra vez hasta crear un nuevo estado mental y un nuevo estado del ser, esos pensamientos te parecerán más reales que tu visión limitada de antes de la realidad. Por fin eres libre. En cuanto sientes esa emoción, puedes enamorarte con más facilidad de la posibilidad que has estado imaginando.
El director de orquesta (el lóbulo frontal) se siente como un niño en una tienda de golosinas: entusiasmado y alegre, ve toda clase de posibilidades creativas en cuanto a las combinaciones que puede hacer con las nuevas conexiones neuronales para formar nuevas redes en el cerebro. Y a medida que el director de orquesta nos desconecta de nuestro estado del ser antiguo y nos conecta a los circuitos de este nuevo estado del ser, nuestras sustancias neuroquímicas empiezan a transmitir nuevas señales a las células y, al recibirlas, estas se preparan para hacer cambios epigenéticos que enviarán señales a nuevos genes de una forma nueva y poderosa, y al sentir emociones intensas como si la situación deseada ya hubiera sucedido, le estás enviando al gen la señal antes de que la situación suceda en el entorno. Ahora ya no tienes que esperar ni desear que ocurra por fin el cambio, sino que eres tú el propio cambio.
De vuelta al monasterio
Volvamos al estudio del principio del capítulo anterior en el que unas personas mayores fingieron ser más jóvenes y al final acabaron rejuveneciendo físicamente. Ya he respondido la pregunta de cómo lo lograron y el misterio ha sido resuelto.
Cuando esos sujetos llegaron al monasterio, dejaron atrás la vida familiar que llevaban. Ya nada les recordaba quiénes creían ser basándose en su medio exterior. Entonces empezaron el retiro generando una intención muy clara: para aparentar con el mayor realismo posible que volvían a ser más jóvenes (usando el repaso físico y mental, porque ambos cambian el cerebro y el cuerpo). Mientras miraban películas, leían revistas y escuchaban programas de la radio y la televisión de veintidós años atrás, sin las interrupciones de la vida moderna, lograron olvidarse de la realidad de ser septuagenarios y octogenarios.
Empezaron a vivir como si volvieran a ser más jóvenes. A medida que generaban nuevos pensamientos y sentimientos sobre ser más jóvenes, su cerebro empezó a activar las neuronas en nuevas secuencias, estructuras y combinaciones, algunas de las cuales no se habían activado desde hacía veintidós años. Como todo cuanto les rodeaba, y también su excitada imaginación, les ayudaba alegremente a hacer que la experiencia fuera lo más real posible, su cerebro no pudo distinguir entre ser veintidós años más jóvenes y simplemente fingir serlo. Por eso los participantes del estudio lograron, en cuestión de días, empezar a enviar las señales que crearían los precisos cambios genéticos para reflejar quiénes estaban siendo.
Su cuerpo produjo entonces los neuropéptidos que concordaban con sus nuevas emociones y, al ser liberados en el cuerpo, enviaron nuevos mensajes a las células. A medida que las células adecuadas permitían que esos mensajeros químicos penetraran en su interior, los condujeron directamente al ADN del núcleo. En cuanto llegaron al núcleo de la célula, crearon allí nuevas proteínas, y estas a su vez buscaron nuevos genes que concordaran con la información que acarreaban. Al encontrarlos, las proteínas desplegaron el ADN, lo activaron en el gen latente y desencadenaron cambios epigenéticos. Estos produjeron a su vez nuevas proteínas que se parecían a las de cuando esos sujetos eran veintidós años más jóvenes. Y si en su cuerpo no había los elementos necesarios para crear cualquiera de los cambios epigenéticos requeridos, el epigenoma ordenaba simplemente a las células madre que crearan lo que fuera necesario.
La cascada de mejorías físicas les permitió hacer más cambios epigenéticos que activaron a su vez más genes, hasta que por fin los sujetos que salieron por las puertas de aquel monasterio ya no eran los mismos que habían entrado en él hacía solo una semana.
Y si el proceso les funcionó a ellos, supongo que a ti también te funcionará. ¿Qué realidad eliges vivir y quién estás fingiendo ser (o no ser)? ¿Podría ser así de sencillo?