El placebo eres tú

El placebo eres tú


Primera parte: Información » 6 La sugestionabilidad

Página 15 de 31

6La sugestionabilidad

Iván Santiago, un tipo de 36 años, estaba plantado pacientemente en una calle de la ciudad de Nueva York, junto con un puñado de paparazzi apiñados detrás de un cordón de terciopelo, delante de la entrada de servicio de un hotel de cuatro estrellas en el barrio de Lower East Side. Esperaban a un dignatario extranjero que estaba a punto de salir del edificio y subirse a una de las dos limusinas negras que le aguardaban junto al bordillo. Pero Santiago en lugar de sostener una cámara, con una mano sostenía una flamante mochila roja, y con la otra empuñaba un revólver equipado con un silenciador que guardaba en el interior de un bolsillo semiabierto de la mochila. Santiago, un funcionario de prisiones de imponente aspecto con una cabeza rapada que hubiera hecho que Vin Diesel se sintiera orgulloso, sabía una o dos cosas sobre armas letales. En su trabajo nunca había tenido que disparar a nadie, pero ese día estaba dispuesto a hacerlo.

Momentos antes iba de camino a casa sin pensar ni por asomo en revólveres, mochilas, dignatarios extranjeros ni asesinatos. Pero helo ahora allí, preparado para apretar el gatillo, con el ceño fruncido en una intimidante mueca y a pocos segundos de convertirse en un asesino. La puerta del hotel se abrió y su diana salió despreocupadamente vestido con una camisa blanca impecable, gafas oscuras y una cartera de cuero en la mano. Al tipo solo le dio tiempo a dar dos o tres zancadas hacia la limusina que le esperaba, porque Santiago sacó el revólver de la mochila y le disparó tres veces. El hombre cayó fulminado al suelo con la camisa ensangrentada.

A los pocos segundos un hombre llamado Tom Silver apareció de la nada y le puso tranquilamente a Santiago una mano en el hombro y la otra en la frente, diciendo: «Cuando haya contado hasta cinco diré “despierta”, y tú abrirás los ojos y te despertarás. ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco! ¡Despierta!»

A Santiago le habían hipnotizado para que disparara a un desconocido (en realidad era un doble) con un inofensivo revólver de aire comprimido de los que se usan para jugar al airsoft, en un experimento dirigido por un puñado de investigadores que querían experimentar con algo inconcebible: ¿era posible, mediante la hipnosis, programar a una buena persona respetuosa con la ley para que se convirtiera en un despiadado asesino?[1]

Escondidos dentro de la limusina con la vista clavada en la escena se encontraban los investigadores que trabajaban con Silver: Cynthia Meyersburg, que en aquella época estaba haciendo un posdoctorado en Harvard especializado en psicopatología experimental; Mark Stokes, un neurocientífico de Oxford que estudiaba las redes neuronales relacionadas con la toma de decisiones; y Jeffery Kieliszewski, un psicólogo forense del Human Resource Associates en Grand Rapids, Michigan, que había trabajado en prisiones de máxima seguridad y en hospitales para asesinos dementes.

El día anterior los investigadores habían empezado el estudio con un grupo de 185 voluntarios. Silver (un profesional titulado en hipnosis clínica e investigador experto en hipnosis forense que había ayudado en una ocasión al Departamento de Defensa de Taiwán a sacar a la luz un escándalo internacional de tráfico de armas de 2.400 millones de dólares), había examinado a los 185 participantes para determinar hasta qué punto eran sugestionables por la hipnosis. Se considera que solo del 5 al 10 por ciento de la población está predispuesta a ella. Solamente 16 sujetos del grupo superaron la prueba, y tras realizarles una evaluación psicológica para descartar a los que pudieran sufrir daños psicológicos irreversibles a causa del experimento, 11 de ellos pasaron a la siguiente prueba para determinar si rechazaban, bajo hipnosis, normas sociales muy arraigadas y descubrir quién era el más sugestionable de todos.

Los dividieron en grupos más pequeños y los llevaron a comer a un restaurante poco concurrido tras haberles imbuido, sin que lo supieran, una sugestión posthipnótica diciéndoles que en cuanto se sentaran a la mesa, sentirían tanto calor que acabarían quitándose la ropa hasta quedarse en ropa interior en medio del restaurante. Si bien todos los sujetos realizaron las instrucciones recibidas en mayor o menor grado, los investigadores eliminaron a siete de ellos por creer que estaban fingiendo o que no eran lo bastante sugestionables como para seguir las instrucciones hasta el final. Los otros se quedaron en ropa interior en cuestión de segundos, realmente creyeron estar sintiendo un calor insoportable.

A los cuatro que pasaron al siguiente nivel les ofrecieron hacer una prueba en la que nadie podría fingir. Los participantes tenían que meterse en una profunda bañera de metal llena de agua helada a una temperatura de 1,6 grados, solo unos grados por encima del punto de congelación. Uno a uno, los conectaron a unos aparatos para controlarles la frecuencia cardíaca, el ritmo respiratorio y el pulso, mientras una cámara especial de imágenes térmicas monitorizaba tanto su temperatura corporal como la del agua. Silver, tras hipnotizarles, les dijo que la gélida agua no les molestaría en absoluto y que en realidad se sentirían como si estuvieran tomando un relajante baño de agua caliente. El anestesió- logo Sekhar Upadhyayula realizó la prueba en presencia de expertos en urgencias médicas por si acaso.

Esta prueba era definitiva para seguir con el experimento o descartarlo. Normalmente, cuando nos sumergimos en un agua tan fría, experimentamos el reflejo involuntario de la bocanada al llegarnos el agua a la altura de los pezones. El ritmo cardíaco y el respiratorio se aceleran, nos ponemos a temblar y los dientes nos castañean: es el sistema nervioso autónomo tomando el mando para intentar mantener el equilibrio interior, algo que no está bajo nuestro control. Aunque una persona se encontrara en un profundo estado de hipnosis, la cantidad de sensaciones que recibe el cerebro en esas circunstancias extremas es normalmente demasiado abrumadora como para seguir en estado hipnótico. Si cualquiera de los sujetos superaba la prueba, querría decir que era sin duda sumamente sugestionable.

Tres de los sujetos se hallaban en un profundo estado de hipnosis, aunque por lo visto no era lo bastante profundo como para soportar un frío tan intenso sin que su cuerpo dejara de mantener la homeostasis. El máximo de tiempo que lograron estar en la bañera fue dieciocho segundos. Pero el cuarto, Santiago, estuvo hasta dos minutos antes de que el doctor Upadhyayula detuviera la prueba.

Si bien el ritmo cardíaco de Santiago era elevado antes de realizar el experimento, en cuanto se metió en el agua le bajó al instante. En su ECG no apareció ni una sola oscilación y su ritmo respiratorio no produjo ni un solo pitido. Santiago se sentó entre los cubitos de hielo como si estuviera en una bañera llena de agua caliente, exactamente lo que creía estar haciendo. El tipo no se estremeció lo más mínimo ni sufrió una hipotermia y los investigadores supieron que habían encontrado al sujeto que andaban buscando.

Como Santiago era tan sugestionable bajo hipnosis que su cuerpo podía superar condiciones ambientales extremas durante ese espacio de tiempo y su mente era capaz de controlar sus funciones autónomas, estaba preparado para la última prueba.

Los investigadores descubrieron al examinar el pasado de Santiago que se trataba de una excelente persona. Era un empleado de confianza, un buen hijo y un tío cariñoso. Sin duda no era la clase de hombre que accedería a asesinar a alguien a sangre fría. ¿Lograría Silver convertirlo en un asesino?

Para que la siguiente fase del experimento fuera válida, Santiago no podía saber qué era lo que tramaban los investigadores, no podía relacionar los experimentos en los que participaba con la escena ante el hotel donde se realizaría el estudio científico. Como parte del plan, los productores de televisión encargados de filmar los experimentos le comunicaron que no había sido seleccionado para seguir en el programa, pero le pidieron que volviera al día siguiente para una breve entrevista de despedida. Antes de irse le dijeron que no le volverían a hipnotizar.

Santiago volvió al día siguiente. Mientras charlaba con la productora, el equipo se dedicó a preparar la escena de la calle. El doble se adhirió con cinta adhesiva unas bolsas con sangre falsa, metieron dentro de una mochila roja un revólver de aire comprimido de airsoft (produce el mismo estruendo y culatazo que los de un revólver real), y la dejaron en el asiento de una moto aparcada junto a la entrada del edificio. Rodearon la entrada de servicio del hotel con un cordón de terciopelo y los paparazzi falsos se apiñaron en el lugar equipados con sus cámaras fotográficas y de vídeo. Dos limusinas aparcadas en la calle simulaban esperar al «dignatario extranjero» y a su comitiva.

En la planta de arriba del edificio Santiago respondía ajeno a todo las preguntas de su «entrevista de despedida», pero de pronto la productora le dijo que la disculpara porque tenía que ausentarse un momento. Poco después entró Silver al despacho diciendo que quería despedirse de él. Cuando le estrechó la mano, le dio un pequeño tirón en el brazo, y Santiago, que a esas alturas ya estaba condicionado para reaccionar a esta clase de señales, se sumió en el acto en un trance hipnótico y cayó desmadejado sobre el sofá.

Silver le advirtió que «un tipo malvado» estaba abajo y añadió: «Hay que eliminarlo. Nos desembarazaremos de él y tú eres quien lo hará». Le dijo a Santiago que en cuanto saliera del edificio, vería una mochila roja sobre una moto y que dentro había un revólver. Añadió que debía coger la mochila roja, acercarse al cordón de terciopelo y esperar a que el dignatario, que llevaría una cartera en la mano, saliera del hotel. Le señaló: «En cuanto salga, le apuntarás al pecho con el revólver y dispararás: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Pero en cuanto lo hayas hecho, te olvidarás por completo de todo».

Por último Silver le implantó tanto el estímulo sonoro como el físico que haría que Santiago se sumiera en el acto en un estado hipnótico bajo el cual llevaría a cabo la sugestión posthipnótica: le dijo que al salir a la calle reconocería al productor del segmento y que esta persona le estrecharía la mano diciéndole: «Iván, has hecho un magnífico trabajo». Silver le pidió que asintiera si iba a ejecutar lo que le había ordenado y Santiago así lo hizo. Luego Silver lo sacó del trance hipnótico y actuó como si se estuviera simplemente despidiendo de él.

La productora volvió al despacho cuando Silver ya se había ido y le dio las gracias a Santiago, diciéndole que la entrevista de despedida había terminado y que ya se podía marchar. Poco después Santiago salió del edificio creyendo que volvía a casa.

En cuanto salió a la calle, el productor del segmento se acercó a él y, dándole la mano, le dijo: «Iván, has hecho un magnífico trabajo». Era el estímulo que lo iba a sumir en un estado hipnótico. Al instante, Santiago echó un vistazo alrededor, vio la moto, se dirigió a ella y cogió tranquilamente la mochila roja del asiento. Al ver el cordón de terciopelo y los paparazzi, se acercó a donde estaban y abrió lentamente la mochila.

Al cabo de poco, un tipo con una cartera en la mano salió del hotel. Santiago, sin vacilar, sacó el revólver de la mochila y le disparó al pecho varias veces. Las bolsas con sangre falsa que el «dignatario» llevaba adheridas bajo la camisa reventaron y él fingió caer fulminado al suelo.

Silver apareció casi de inmediato en el escenario e hizo que Santiago cerrara los ojos. El doble se apresuró a alejarse mientras Santiago despertaba del estado de trance en que se hallaba. El psicólogo Jeffery Kieliszewski apareció en el lugar y sugirió a Santiago que le acompañara al interior del edificio con los demás para informarle de lo sucedido. En cuanto entraron, los investigadores le contaron al desconcertado Santiago lo ocurrido y le preguntaron si se acordaba de lo que había hecho o de la escena que se había desarrollado en la calle. Santiago no se acordaba de nada, es decir, hasta que Silver le sugirió que lo hiciera.

La programación del subconsciente

En los primeros capítulos has leído sobre muchas distintas personas cuyos cuerpos, al aceptar una posible situación imaginada, respondieron como por acto de magia a esa imagen mental: pacientes que llevaban años padeciendo los temblores involuntarios del párkinson y que al aumentar sus niveles de dopamina por medio de sus pensamientos vieron desaparecer misteriosamente su parálisis espástica. Una mujer con una depresión crónica que con el paso del tiempo cambió físicamente su cerebro y transformó su debilitante estado emocional en alegría y bienestar. Asmáticos que tuvieron un ataque bronquial en toda regla provocado simplemente por vapor de agua y a los que luego, en cuestión de segundos, se les expandieron los bronquios al inhalar la misma sustancia. Y pacientes con un fuerte dolor de rodilla que apenas se podían desplazar, que mejoraron milagrosamente después de someterse a una cirugía falsa de rodilla y que al cabo de varios años seguían encontrándose perfectamente.

En todos estos casos y en más, se podría decir que cada una de esas personas aceptó primero la sugestión de mejorar y luego creyó en ella, y después se entregó al resultado sin analizar el proceso. Cuando aceptaron que podían recuperar la salud, se alinearon con una posible realidad futura y entonces su mente y su cerebro cambiaron en el proceso. Al creer en el resultado, aceptaron emocionalmente la idea de que mejorarían y por eso su cuerpo, como mente inconsciente, empezó a vivir esa realidad futura en el presente.

Condicionaron a su cuerpo a adoptar una nueva mente y luego empezaron a enviar señales a nuevos genes de nuevas formas, y a expresar nuevas proteínas para estar más sanos, con lo que adquirieron un nuevo estado del ser. En cuanto aceptaron esta nueva situación, dejaron de analizar cómo o cuándo iba a manifestarse: simplemente confiaron en un mejor estado del ser y mantuvieron ese nuevo estado mental y físico durante mucho tiempo. Ese duradero estado del ser fue lo que activó los genes adecuados y los programó para que siguieran dándose.

Tanto si decidieron tomar a diario pastillas de azúcar durante semanas o incluso meses, como si recibieron una sola inyección salina o se sometieron a una cirugía falsa, esas personas reafirmaron durante el estudio que creían en un nuevo futuro y que lo aceptaban y se entregaban a él. Si por ejemplo estaban tomando una pastilla diaria para aliviar su dolor o su depresión, la pastilla les recordaba constantemente que debían condicionar a su cuerpo, esperar curarse y asignarle un significado a esa actividad intencionada, reforzando el proceso interior una y otra vez. Si se trataba de una visita semanal al hospital para ver al médico y contarle sus progresos, la decisión de interactuar en un determinado entorno con facultativos, enfermeras, un equipo médico y salas de espera desencadenó un sinnúmero de respuestas sensoriales que les recordaba, por medio de la memoria asociativa, la posibilidad de un nuevo futuro. Sus experiencias pasadas les habían condicionado a ver el llamado «hospital» como un lugar donde la gente se curaba. Los pacientes placebo empezaron a anticipar sus futuros cambios, con lo que le asignaron una intención al proceso curativo. Y esos factores al tener un significado para ellos, les hacían más propensos a dejarse sugestionar por los resultados que experimentaban.

Vamos a centrarnos en lo que es evidente y que sin embargo suele pasarse por alto. Los cambios no se debieron a ningún mecanismo real físico, químico o terapéutico. Ninguna de esas personas se sometió a una intervención real, tomó medicamentos activos ni recibió un verdadero tratamiento para crear esos importantes cambios en su salud. Se curaron al influir con el poder de su mente en la fisiología de su cuerpo. Se puede afirmar que su auténtica transformación sucedió al margen de su mente consciente. Aunque esta iniciara el proceso curativo, ocurrió a nivel subconsciente sin que los sujetos supieran cómo había sucedido.

A Iván Santiago le pasó lo mismo. El poder de su mente bajo hipnosis influyó hasta tal punto en su fisiología que ni siquiera se estremeció cuando se metió en la gélida bañera llena de cubitos de hielo. Esta hazaña no la realizó su mente consciente, sino su poderoso subconsciente alterado por una mera sugestión. Si no la hubiera aceptado, el resultado habría sido muy distinto. Además hizo lo que hizo sin pensar en cómo lo haría, de hecho Santiago no creía estar sumergido en agua helada, sino en una relajante bañera llena de agua caliente.

El efecto placebo por tanto, al igual que el de la hipnosis, lo crea nuestra mente al interactuar de algún modo con el sistema nervioso autónomo. La mente consciente se funde simplemente con el subconsciente. En cuanto los pacientes placebo aceptaron un pensamiento como una realidad y luego creyeron y confiaron emocionalmente en el resultado final, lo siguiente que sucedió fue que se curaron.

Una cascada de episodios fisiológicos produce automáticamente una serie de cambios biológicos, sin que participe en ello la mente consciente. Fueron capaces de entrar en el sistema operativo donde se dan estas funciones a diario y al hacerlo fue como si sembraran una semilla en tierra fértil. El sistema tomó automáticamente el mando. En realidad, nadie tuvo que hacerlo. Ocurrió sin más.

Ninguno de esos sujetos podía subir de manera consciente sus niveles de dopamina en un 200 por ciento, controlar mentalmente los temblores involuntarios, fabricar nuevos neurotransmisores para combatir la depresión, enviar señales a las células madre para que se metamorfosearan en leucocitos y aumentaran la respuesta inmunitaria, ni regenerar el cartílago de la rodilla para reducir el dolor, al igual que Santiago no podía haber evitado estremecerse por más que lo intentara con su mente consciente cuando se metió en la bañera. Cualquiera que intentara realizar esta clase de hazañas habría fracasado estrepitosamente. Esas personas tenían que recurrir a una mente que ya sabe cómo iniciar todos estos procesos. Para triunfar tenían que activar el sistema nervioso autónomo, el subconsciente, y asignarle luego la tarea de crear células nuevas y proteínas sanas nuevas.

Aceptación, creencia y entrega

He mencionado la palabra sugestionabilidad a lo largo del libro como si ser sugestionable fuera algo que pudiéramos hacer a voluntad. Pero al leer la historia del principio del capítulo has visto que no es tan fácil como parece. Afrontémoslo, algunos de nosotros —como Iván Santiago— somos más sugestionables que otros. E incluso las personas más sugestionables responden mejor a determinadas sugestiones que a otras.

Por ejemplo, algunos de los sujetos que hicieron la prueba de hipnotismo, tras la sugestión posthipnótica no tuvieron ningún problema en quedarse en ropa interior en un lugar público, pero fueron incapaces de aceptar la idea de que una bañera llena de agua helada era en realidad un jacuzzi con agua caliente, a pesar de que las sugestiones posthipnóticas (como la de que Santiago disparara a un desconocido) suelen ser más difíciles de seguir que las sugestiones que te cambian el estado temporalmente durante el trance hipnótico.

Y la respuesta placebo, como la hipnosis, tampoco le funciona a todo el mundo. Los pacientes placebo citados en el libro que lograron mantener durante años los cambios positivos que habían hecho (como los de la cirugía falsa de rodilla) respondieron como los sujetos de la hipnoterapia que habían recibido sugestiones posthipnóticas. A algunos, como a esos sujetos, esta clase de sugestiones les funcionaron de maravilla. Pero a otros apenas les hicieron efecto.

Por ejemplo, muchas personas cuando enferman o padecen alguna enfermedad ni siquiera aceptan la idea de que un medicamento, un procedimiento, un tratamiento o una inyección puedan ayudarles, y menos aún un placebo. ¿Por qué no? Porque para lograrlo es necesario pensar más allá de cómo te sientes —y dejar luego que esos pensamientos creen nuevos sentimientos, los cuales reforzarán a su vez esos nuevos pensamientos— hasta adquirir un nuevo estado del ser. Pero si los sentimientos de siempre se han convertido en la manera de pensar de siempre y uno no puede trascender esa habituación, seguirá en el mismo estado mental y físico y nada cambiará.

Sin embargo, si esas personas que no aceptan que un medicamento o un procedimiento les puedan curar logran aceptar y creer que se curarán, y luego se entregan a este nuevo pensamiento sin agitarse, preocuparse ni analizarlo constantemente, en tal caso obtendrán unos resultados mucho más positivos. La sugestionabilidad convierte un pensamiento en una experiencia virtual, por eso el cuerpo responde de una nueva forma.

La sugestionabilidad combina tres elementos: aceptación, creencia y entrega. Cuanto más aceptamos, creemos y nos entregamos a sea lo que sea lo que estemos haciendo para cambiar nuestro estado interior, mejores son los resultados que obtenemos. Asimismo, cuando Santiago estaba bajo hipnosis y su subconsciente se encontraba al mando, aceptó lo que Silver le dijo del «tipo malvado» que debía eliminar creyendo que le estaba diciendo la verdad, y siguió las detalladas instrucciones sin analizar ni juzgar lo que iba a hacer. No firmaron ningún contrato, ni Santiago le pidió ninguna prueba. Ni tampoco se lo cuestionó. Lo hizo y punto.

El componente adicional de la emoción

Cuando nos presentan la idea de curarnos y la asociamos con la esperanza o con el pensamiento —de que algo fuera de nosotros nos cambiará por dentro—, al anticipar entusiasmados la experiencia curativa nos dejamos sugestionar por ese resultado final. Condicionamos al sistema que creará el resultado, esperamos que suceda y además le damos un significado.

Pero el componente emocional es esencial en esta experiencia, ya que la sugestionabilidad no es simplemente un proceso intelectual. Muchas personas pueden intelectualizar que se sienten mejor, pero si no aceptan emocionalmente el resultado, no podrán entrar en el sistema nervioso autónomo (como Santiago hizo mediante el hipnotismo), lo cual es fundamental porque es donde reside la programación subconsciente que controla las funciones biológicas (como he descrito en el capítulo 3). De hecho, en psicología se considera por lo general que una persona que siente emociones intensas tiende a ser más receptiva a las ideas y, por tanto, es más sugestionable.

El sistema nervioso autónomo está controlado por el cerebro límbico, llamado también «cerebro emocional» y «cerebro químico». El cerebro límbico, que aparece en la figura 6.1, se ocupa de las funciones subconscientes como el orden químico y la homeostasis, para mantener el equilibrio fisiológico natural del cuerpo. Es tu centro emocional. Al sentir distintas emociones, activas esta parte del cerebro y entonces crea las correspondientes moléculas químicas de la emoción. Y como el cerebro emocional funciona al margen de la mente consciente, en cuanto sientes una emoción activas el sistema nervioso autónomo.

Si el efecto placebo requiere que sientas una emoción intensa antes de que ocurra la experiencia curativa, cuando aumentas la respuesta emocional (y sales del estado en el que te has acomodado), estás activando el sistema subconsciente. Permitirte sentir emociones es una forma de entrar en el sistema operativo y programar un cambio, porque ahora le estás dando automáticamente las instrucciones al sistema nervioso autónomo para que empiece a crear la correspondiente bioquímica como si ya te estuvieras curando. Y el cuerpo recibe entonces una mezcla de esos elixires alquímicos naturales del cerebro y la mente. Por eso el cuerpo emocionalmente se convierte en mente.

FIGURA 6.1Cuando sientes una emoción prescindes de la neocorteza —la sede de la mente consciente— y activas el sistema nervioso autónomo. Y al ir más allá del cerebro pensante, entras en la parte del cerebro que regula, mantiene y fomenta la salud.

Como has visto, no todas las emociones sirven para ello. Las emociones del estado de supervivencia de las que ya he hablado en el capítulo anterior al desequilibrar el cerebro y el cuerpo re-silencian (o desactivan) los genes necesarios para una salud óptima.

El miedo, la sensación de inutilidad, la ira, la hostilidad, la impaciencia, el pesimismo, la competitividad y las preocupaciones no envían las señales a los genes adecuados para que el cuerpo esté más sano; al contrario, activan la respuesta de lucha o huida del sistema nervioso y preparan al cuerpo para una emergencia. Cuando esto sucede en lugar de usar la energía vital para curarte, la estás malgastando.

Por cierto, se parece también a intentar hacer que algo ocurra. En cuanto lo intentas, te enfrentas a algo porque estás intentando cambiarlo. Estás luchando, intentando alcanzar a la fuerza un resultado, aunque no te des cuenta de estar haciéndolo. Esta actitud te hace perder el equilibrio, al igual que las emociones del estado de supervivencia, y cuanto más frustrado e impaciente te sientes, más falto de equilibrio estás. ¿Recuerdas el episodio V de El imperio contraataca, cuando Yoda le dice a Luke Skywalker que uno no debe intentar algo, solo hacerlo (o no hacerlo)? Con la respuesta placebo ocurre lo mismo. No hay que intentar obtenerla, solo dejar que se dé.

Todas esas emociones negativas y estresantes son tan habituales y al mismo tiempo nos conectan a tantas situaciones conocidas del pasado, que cuando nos dejamos llevar por ellas hacen que nuestro cuerpo siga conectado a las mismas condiciones del pasado, que en este caso es una mala salud. No estamos aportando ninguna información nueva para programar nuestros genes de ninguna forma nueva. Nuestro pasado refuerza nuestro futuro.

En cambio, emociones como la gratitud y el aprecio hacen que el corazón se nos abra y que la energía de nuestro cuerpo se eleve a un nuevo lugar, abandonando los centros hormonales inferiores. El agradecimiento es una de las emociones más poderosas que existen para aumentar nuestro grado de sugestionabilidad. Le enseña emocionalmente al cuerpo que el episodio por el que nos sentimos agradecidos ya ha sucedido, porque normalmente sentimos agradecimiento después de haber ocurrido la situación deseada.

Si sientes la emoción de la gratitud antes de que la situación real ocurra, tu cuerpo (como mente inconsciente) empezará a creer que el episodio ya ha sucedido o que te está sucediendo en ese momento. Por eso la gratitud es el estado de quien acaba de recibir lo que deseaba. Observa la figura 6.2 para ver la diferencia entre la expresión de las emociones del estado de supervivencia y la expresión de las emociones elevadas.

FIGURA 6.2Las emociones del estado de supervivencia proceden sobre todo de las hormonas del estrés, que suelen fomentar estados mentales y físicos más egoístas y limitados.En cambio, cuando sientes emociones elevadas más creativas, tu energía se eleva a un distinto centro hormonal, tu corazón se empieza a abrir y te sientes más altruista.Es cuando tu cuerpo empieza a responder a una nueva mente.

Si consigues sentir aprecio o agradecimiento y lo combinas con una intención clara, estarás empezando a expresar emocionalmente el episodio deseado. Estarás cambiando el cerebro y el cuerpo. En concreto, estarás entrenando químicamente al cuerpo para que conozca lo que tu mente sabe filosóficamente. Se podría decir que estás en un nuevo futuro en el presente. Ya no sigues usando las emociones primitivas habituales que te mantenían anclado en el pasado, ahora usas emociones elevadas para que te lleven a un nuevo futuro.

Las dos caras de la mente analítica

Volvamos a la idea que he tratado antes de que cada uno de nosotros somos más o menos sugestionables, lo cual nos lleva al espectro de la sugestionabilidad. Cada cual tiene su propio nivel de susceptibilidad a los pensamientos, las sugestiones y las órdenes —procedentes tanto de la realidad exterior como interior—, dependiendo de muchas distintas variables. Considera tu nivel de sugestionabilidad como si se relacionara inversamente con tus pensamientos analíticos (como lo ilustra la figura 6.3): cuanto más fuerte es tu mente analítica (cuanto más analizas las cosas), menos sugestionable eres; y cuanto más débil sea tu mente analítica, más sugestionable eres.

FIGURA 6.3La relación inversa entre la mente analítica y la sugestionabilidad.

La mente analítica (o mente crítica) es esa parte de la mente que usas conscientemente y sabiendo que lo haces. Es una función de la neocorteza pensante, la parte del cerebro donde reside tu mente consciente, la que piensa, observa, recuerda las cosas y resuelve los problemas. Analiza, compara, juzga, reconsidera, examina, cuestiona, polariza, inspecciona, razona, racionaliza y reflexiona. Toma lo que ha aprendido de las experiencias pasadas y lo aplica a un resultado futuro o a algo que aún no ha experimentado.

Por ejemplo, en el experimento hipnótico descrito al comienzo del capítulo, siete de los once sujetos que recibieron la sugestión posthipnótica de quitarse la ropa en un restaurante público no la llevaron a cabo hasta el final. Fue la mente analítica la que les devolvió el «sentido común». En cuanto se pusieron a analizar la situación —¿Es correcto? ¿Debería hacerlo? ¿Cómo quedaré si lo hago? ¿Quién me estará mirando? ¿Qué es lo que pensará mi pareja?— la sugestión perdió su poder y volvieron a adquirir su antiguo estado del ser de siempre. Los participantes que se desnudaron inmediatamente hasta quedarse en ropa interior, en cambio, no se cuestionaron lo que estaban haciendo. Fueron menos analíticos (y por tanto más sugestionables) que el resto.

Como la neocorteza se divide en dos mitades llamadas hemisferios, es lógico que analicemos y pasemos mucho tiempo pensando de forma dual: ya sabes, el bien frente al mal, lo correcto frente a lo incorrecto, lo positivo frente a lo negativo, lo masculino frente a lo femenino, lo heterosexual frente a lo homosexual, lo liberal frente a lo conservador, el pasado frente al futuro, la lógica frente a la emoción, lo viejo frente a lo nuevo, la cabeza frente al corazón…, supongo que ya te has hecho una idea de lo que quiero decir. Y cuando vivimos estresados las sustancias químicas que circulan por nuestro organismo tienden a hacer que analicemos las cosas más deprisa. Las analizamos incluso más aún para poder prever resultados futuros y protegernos así de las peores situaciones basándonos en nuestras experiencias pasadas.

Naturalmente utilizar la mente analítica no tiene nada de malo. Nos ha estado sirviendo a lo largo de nuestra vida de vigilia. Es la que nos hace humanos. Su labor es relacionar con sentido y coherencia el mundo exterior (las experiencias combinadas de personas y cosas en distintos momentos y lugares) con nuestro mundo interior (nuestros pensamientos y sentimientos).

Cuando mejor nos funciona la mente analítica es al estar serenos, relajados y centrados. Es cuando trabaja para nosotros. Examina simultáneamente muchos aspectos de nuestra vida y nos da respuestas significativas. Nos ayuda a elegir de entre una infinidad de opciones para tomar decisiones, aprender cosas nuevas, examinar si debemos creer en algo, juzgar situaciones sociales basándonos en nuestros principios éticos, saber con claridad cuál es nuestro objetivo en la vida, distinguir con convicción lo que se ajusta a las normas morales y evaluar la información sensorial importante.

La mente analítica, como una prolongación de nuestro ego, también nos protege para que podamos afrontar el mundo exterior y sobrevivir de la mejor forma posible en él. (En realidad, una de las principales labores del ego es protegernos.) Siempre está evaluando las situaciones del exterior y aquilatando el panorama para conseguir los resultados más ventajosos. Cuida del yo y también intenta proteger al cuerpo. Tu ego te avisará cuando haya un posible peligro y te animará a responder a la situación. Por ejemplo, si mientras vas por la calle ves un coche que se dirige hacia ti circulando demasiado pegado al bordillo de la acera por la que pasas, tal vez cruces la calle para protegerte: el ego te lo ha aconsejado.

Pero cuando tu ego ha perdido el equilibrio por un aluvión de hormonas del estrés, tu mente analítica se acelera y sobrestimula. Es cuando en lugar de apoyarte, actúa en tu contra. En este caso analizas demasiado las cosas. Y al asegurarse el ego de que tú seas más importante que nadie, porque ese es su trabajo, se vuelve tremendamente egoísta. Piensa y siente como si tuviera que estar al mando para proteger la identidad. Intenta controlar los resultados, prevé lo que es necesario hacer para crear una situación segura, y se aferra a lo habitual sin querer cambiar, así que guarda rencor, siente dolor y sufre, o es incapaz de superar su victimismo. Siempre evita lo desconocido y lo ve como un posible peligro, porque el ego no confía en lo desconocido.

Y hará lo que sea para sentir el subidón de las emociones adictivas. Quiere conseguir lo que desea a toda costa y hará lo que haga falta para salirse con la suya, abriéndose camino a codazos si es necesario para ser el primero de la cola. En su afán de protegerte, puede ser astuto, manipulador, competitivo y engañoso.

Y cuanto más estresante sea la situación, más sentirá tu mente analítica la necesidad de analizar tu vida según la emoción que estés sintiendo en ese momento. Tu mente se aleja entonces más aún del sistema operativo del subconsciente, donde se dan los verdaderos cambios. Te dedicas a analizar tu vida basándote en tu pasado emocional, aunque las respuestas a tu problema no se encuentren en esas emociones, que además hacen que analices más aún las cosas desde ese estado químico limitado al que te has acostumbrado. Piensas como siempre.

Y debido al bucle de pensar y sentir del que he hablado antes, esos pensamientos re-crean las mismas emociones de siempre, con lo que el cerebro y el cuerpo pierden todavía más el equilibrio. Pero las respuestas que buscas las encontrarás con más facilidad cuando seas capaz de ir más allá de esa estresante emoción y veas tu vida desde un estado mental distinto. (Sigue leyendo.)

Cuanto más poderosa se vuelve tu mente analítica, menos te dejas sugestionar por los resultados. ¿Por qué? Porque en una situación de inminente emergencia no es el momento para hacer gala de una mentalidad abierta: considerando nuevas posibilidades y aceptando nuevos resultados. Ni para creer en ideas nuevas y entregarte a ellas abandonando las de antes. Ni para confiar en nada a ciegas, sino que es el momento de proteger al ego evaluando lo que sabes frente a lo que no sabes para elegir las mayores oportunidades de sobrevivir. Es el momento de huir de lo desconocido. Por eso es lógico que cuando la mente analítica está sobreestimulada por las hormonas del estrés, se vuelva estrecha de miras y no tienda a confiar ni a creer en nada nuevo, y que sea menos propensa a dejarse sugestionar creyendo en el poder de los pensamientos o en la posibilidad de conocer lo desconocido. Así que de ti depende que la mente analítica o el ego te apoyen o actúen en tu contra.

Los mecanismos interiores de la mente

Considera la mente analítica como una parte distinta de la mente consciente que la separa del subconsciente. Como la respuesta placebo solo funciona cuando la mente analítica se silencia para que tu conciencia pueda en su lugar interactuar con el subconsciente —el lugar donde ocurren los verdaderos cambios—, la respuesta placebo solo se da cuando vas más allá de tu yo y eclipsas la mente consciente con tu sistema nervioso autónomo.

La figura 6.4 lo ilustra de manera simplificada. El círculo de la figura representa toda la mente. La mente consciente solo ocupa un 5 por ciento. Está formada por la lógica, el razonamiento y las aptitudes creativas. Estos aspectos generan el libre albedrío. El 95 por ciento restante se compone de la mente subconsciente, que es el sistema operativo donde todas las habilidades automáticas, hábitos, reacciones emocionales, conductas programadas, respuestas condicionadas, recuerdos asociativos y pensamientos y sentimientos rutinarios crean nuestras actitudes, creencias y percepciones.

La mente consciente es donde almacenamos nuestros recuerdos explícitos o declarativos. Los recuerdos declarativos son recuerdos que podemos manifestar. Son los conocimientos aprendidos (denominados recuerdos semánticos) y las experiencias vividas a lo largo de la vida (recuerdos episódicos). Tal vez seas una mujer que creció en Tennessee y que montaste a caballo en la infancia hasta que te caíste y te rompiste un brazo. A los 10 años tuviste una tarántula como mascota que se escapó del terrario, por eso tu familia y tú tuvisteis que ir a dormir a un hotel durante dos días. Además ganaste a los 14 años el concurso de ortografía y ahora nunca escribes una palabra con faltas. Estudiaste contabilidad en una universidad de Nebraska y en la actualidad vives en Atlanta para estar cerca de tu hermana (trabaja para una gran compañía), que está estudiando por Internet un máster en finanzas. Los recuerdos declarativos son el yo autobiográfico.

FIGURA 6.4Resumen de la mente consciente, la mente analítica y el subconsciente.

La otra clase de recuerdos que tenemos son recuerdos implícitos o no declarativos, llamados a veces recuerdos procedimentales. Este tipo de recuerdos entran en escena cuando has hecho algo tantas veces que ni siquiera te das cuenta de cómo lo realizas. Lo has repetido tan a menudo que ahora tu cuerpo sabe hacerlo tan bien como tu cerebro. Como, por ejemplo, montar en bicicleta, pisar el embrague del coche, atarte los zapatos, marcar un número de teléfono o teclear un pin, o incluso leer o hablar. Se trata de los programas automáticos de los que he hablado con detalle en este libro. Se podría decir que ya no necesitas analizar la habilidad o el hábito adquirido, ni pensar en él, porque ahora ya se ha vuelto subconsciente. Es el sistema operativo programado que se ilustra en la figura 6.5.

FIGURA 6.5Los sistemas de memoria se dividen en dos clases: recuerdos declarativos (explícitos) y recuerdos no declarativos (implícitos).

Cuando ya dominas algo hasta el punto de habérsete quedado grabado en la mente y de haber condicionado emocionalmente a tu cuerpo, este sabe hacerlo tan bien como la mente consciente. Has memorizado un orden neuroquímico interior que se ha vuelto innato. La razón es sencilla: esta clase de experiencias repetidas enriquecen las redes neuronales del cerebro y se consolidan al entrenar además emocionalmente al cuerpo. En cuanto las expresas neuroquímicamente las suficientes veces al experimentarlas, al acceder simplemente a un pensamiento o sentimiento subconsciente habitual activas el cuerpo y el programa automático correspondiente y entras momentáneamente en un determinado estado del ser y este es el que realiza la conducta automática.

Como los recuerdos implícitos vienen de las emociones producidas por las experiencias, dos posibles situaciones explican cómo se forman:

Un

solo episodio con una gran carga emocional

se graba y almacena en el acto en el subconsciente (por ejemplo, el recuerdo de la niñez de haberte perdido en unos grandes almacenes al separarte de tu madre), o

las

emociones redundantes procedentes de una experiencia constante

también se van almacenando una y otra vez en él.

Como los recuerdos implícitos forman parte del sistema de memoria subconsciente y se almacenan en él cuando vives una experiencia repetitiva o con una gran carga emocional, al sentir una emoción o un sentimiento estás abriendo la puerta de tu subconsciente. Al ser los pensamientos el lenguaje del cerebro y los sentimientos el lenguaje del cuerpo, en cuanto tienes un sentimiento activas tu cuerpo-mente (porque tu cuerpo se ha convertido en tu mente subconsciente). Entras en el sistema operativo.

Considéralo de este modo: cuando te sientes de una cierta forma habitual, estás accediendo subconscientemente a una serie de pensamientos derivados de esa sensación en concreto. A diario te autosugestionas con pensamientos afines a cómo te sientes. Son los pensamientos que aceptas, crees y por los que te dejas llevar como si fueran ciertos. Eres más proclive a dejarte sugestionar por los pensamientos que concuerdan exactamente con el sentimiento que sientes. Por eso los pensamientos que tienes inconscientemente son los que aceptas, crees y sigues una y otra vez.

También se podría decir que eres mucho menos propenso a dejarte sugestionar por cualquier pensamiento que no equivalga a tus sentimientos memorizados. Cualquier pensamiento nuevo que refleje una posibilidad desconocida te chocará. A diario mantienes un constante diálogo interior (los pensamientos que escuchas cada día en tu cabeza) sin darte cuenta que estimula el sistema nervioso autónomo y los procesos biológicos, reforzando los sentimientos programados de quién crees ser. Recuerda que en el estudio del capítulo 2 los investigadores descubrieron que las personas optimistas respondían de una manera más favorable a las sugestiones positivas y las pesimistas, de una manera más desfavorable a las sugestiones negativas.

De la misma manera, si cambiaras cómo te sientes, ¿podrías volverte más sugestionable por una nueva forma de pensar? ¡Claro que sí! Al sentir una emoción elevada y dejar que cree una serie de pensamientos nuevos, estás aumentando tu grado de sugestionabilidad por lo que acabas de sentir y luego de pensar. Entras en un nuevo estado del ser, y tus nuevos pensamientos serán entonces las autosugestiones equivalentes a esos sentimientos. Y cuando sientes emociones, estás activando tu sistema de memoria implícita y el sistema nervioso autónomo. Puedes simplemente dejar que el sistema nervioso autónomo haga lo que mejor sabe hacer: restablecer el equilibrio, la salud y el orden.

¿No fue esto lo que muchos sujetos hicieron en los estudios sobre los placebos que he citado antes? ¿Acaso no lograron sentir una emoción elevada como esperanza o inspiración, o la alegría de estar sanos? Y en cuanto vieron una nueva posibilidad sin analizarla en ningún momento, esos pensamientos influyeron en su grado de sugestionabilidad. Al sentir esas correspondientes emociones, entraron en el sistema operativo y reprogramaron su sistema nervioso autónomo con nuevas órdenes —a través de los pensamientos—, autosugestionándose con pensamientos afines a ellas.

Abriendo la puerta del subconsciente

Los distintos grados de sugestionabilidad se pueden demostrar visualmente mostrando los distintos grosores de la mente analítica. Cuanto más gruesa sea la barrera entre la mente consciente y el subconsciente, más te costará entrar en el sistema operativo.

Echa un vistazo a las figuras 6.6 y 6.7, que representan dos sujetos con distintas clases de mente.

FIGURA 6.6Una mente menos analítica (representada en la ilustración por la capa más delgada) es más sugestionable.

La persona representada en la figura 6.6 tiene un fino velo entre la mente consciente y el subconsciente y por eso es muy sugestionable (como le sucedió a Iván Santiago al inicio del capítulo). Estas personas aceptan y creen de manera natural en un resultado y se entregan a él, porque no lo analizan ni intelectualizan demasiado. Por naturaleza, las personas de esta índole son más proclives a aceptar que un pensamiento pueda convertirse en una posible experiencia y a sentirla emocionalmente para que esta combinación se grabe en el sistema nervioso autónomo y se materialice. Tales personas no pasan demasiado tiempo intentando entender su vida ni le dan demasiadas vueltas a las cosas. Si alguna vez has visto un espectáculo de hipnotismo, los espectadores que acaban saliendo al escenario suelen pertenecer a esta clase de sujetos.

FIGURA 6.7Una mente más analítica (representada en la ilustración por la capa más gruesa) es menos sugestionable.

Compáralo ahora con la figura 6.7. Si observas la mente analítica más gruesa que separa la mente consciente del subconsciente, verás fácilmente que esta persona es menos propensa a aceptar cualquier sugestión sin dejarse antes guiar hasta cierto punto por su mente intelectual al evaluarla, procesarla, programarla y considerarla. Esta clase de sujetos son sumamente críticos y se aseguran de analizarlo todo antes de confiar en algo y entregarse a ello.

Ten en cuenta que algunas personas tenemos una mente más analítica pese a no vivir constantemente espoleados por nuestras hormonas del estrés. Tal vez hayamos estudiado distintas asignaturas en la universidad o tenido unos padres que reforzaron los mecanismos de una mente racional en nuestra infancia, o a lo mejor somos así por naturaleza. (Aunque puedes tener una mente muy analítica y aprender al mismo tiempo a ir más allá de ella —yo lo he hecho—, o al menos eso espero.)

Como ya he dicho, esta clase de mente no es mejor que la otra. Lo ideal es mantener un sano equilibrio entre ambos extremos. Un sujeto demasiado analítico tenderá menos a confiar en los demás y a fluir en la vida. Y uno demasiado sugestionable será más proclive a una excesiva credulidad y menos práctico. Lo que quiero subrayar es que si estás siempre analizando tu vida, juzgándote y obsesionándote con todo cuanto te rodea, nunca entrarás en el sistema operativo donde residen los programas antiguos ni los reprogramarás. La puerta que separa la mente consciente del subconsciente solo se abre cuando aceptas, crees y sigues una sugestión. Esta información envía luego una señal al sistema nervioso autónomo y —¡presto!—, este toma el mando.

Echa ahora un vistazo a la figura 6.8. La flecha representa el movimiento de la conciencia pasando de la mente consciente al subconsciente, donde la sugestión se graba biológicamente en el sistema de programación.

Existen otros elementos que también pueden silenciar la mente analítica y abrir la puerta del subconsciente para aumentar el grado de su- gestionabilidad de uno. Por ejemplo, el cansancio físico o mental aumenta tu sugestionabilidad. Ciertos estudios han revelado que durante el aislamiento sensorial, la escasez de estímulos sociales, físicos y ambientales aumentan la vulnerabilidad. Un hambre extrema, los choques emocionales y los traumas también debilitan nuestras facultades analíticas haciendo que nos dejemos sugestionar más por la información.

FIGURA 6.8Esta figura representa la relación entre el estado de las ondas cerebrales y el movimiento de la conciencia al pasar de la mente consciente al subconsciente, yendo más allá de la mente analítica durante la práctica de la meditación.

La desmitificación de la meditación

La meditación, como la hipnosis, es otra forma de cruzar la mente analítica y entrar en el sistema de programas subconscientes. El objetivo de la meditación es ir más allá de la mente analítica, para dejar de fijarte en el mundo exterior, el cuerpo y el tiempo, y centrarte en el mundo interior de los pensamientos y los sentimientos.

La palabra meditación se ha estigmatizado. A la mayoría de la gente al oír hablar de ella le viene a la cabeza la imagen de un gurú barbudo meditando sentado en perfecta quietud en la cima de una montaña inmune a los elementos, o un monje con una túnica luciendo en el rostro una misteriosa sonrisa de pura alegría, o incluso una hermosa joven en la cubierta de una revista con la piel de porcelana, exhibiendo un estiloso atuendo de yoga y una mirada serena, libre de la esclavitud de las obligaciones cotidianas.

Al venirnos estas imágenes a la cabeza, la meditación tal vez nos parezca a muchos poco práctica y demasiado difícil, como si estuviera más allá de nuestras facultades. O a lo mejor la vemos como una práctica espiritual que no encaja con nuestras creencias religiosas. Y algunos, agobiados por la infinita variedad de meditaciones que están a nuestro alcance, somos incapaces de decidir por dónde empezar. Pero entrar «ahí» no tiene por qué ser tan difícil o desconcertante. La cuestión es que la meditación está concebida para ir más allá de la mente analítica y sumergirnos en unos estados de conciencia más profundos.

Ir a la siguiente página

Report Page