El ocho

El ocho


El octavo cuadrado

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EL OCTAVO CUADRADO

¡Por fin el octavo cuadrado!, exclamó Alicia… ¡Oh, cómo me alegro de haber llegado aquí! ¿Y qué es esto que tengo en la cabeza?, dijo escandalizada… mientras se lo quitaba y lo colocaba en su regazo para descubrir de qué podía tratarse. Era una corona de oro.

LEWIS CARROLL

A través del espejo

Me arrastré fuera del agua en la media luna rocosa de playa que había delante del pinar, a punto de vomitar a causa de toda el agua salada que había tragado… pero viva. Y era el juego de Montglane lo que me había salvado.

El peso de aquellas piezas que llevaba en el bolso me había atraído hacia el fondo antes de poder dar una brazada, poniéndome fuera del alcance de esos pequeños trozos de plomo que golpeaban el agua por encima de mi cabeza… surgidos de las pistolas de los colegas de Sharrif. Como el agua tenía apenas tres metros de profundidad, pude caminar por el fondo arenoso, arrastrando el bolso conmigo, tanteando mi camino entre los botes hasta que pude sacar la nariz del agua para respirar. Usando siempre el enjambre de barcas como refugio y mi bolso como ancla, me abrí camino por los bajíos en la negra y mojada oscuridad.

Abrí los ojos en la playa, tratando de apreciar con exactitud, en medio de mi desesperación, dónde había caído. Aunque eran las nueve de la noche y la oscuridad era casi total, veía algunas luces parpadeantes que parecían el puerto de Sidi-Fredj, a unos tres kilómetros de distancia. Si no me capturaban, podía llegar andando… ¿pero dónde estaba Lily?

Toqué el bolso empapado y lo registré. Las piezas seguían allí. Sólo Dios sabía qué más había perdido al arrastrar el bolso por la mugre del fondo… pero mi manuscrito antiguo estaba metido en una bolsa impermeable donde guardaba el maquillaje. Esperaba que no hubiese habido infiltraciones.

Estaba planificando mi siguiente movimiento cuando un objeto empapado se arrastró fuera del agua a unos pocos metros de donde yo estaba. En la profunda luz purpúrea, parecía una gallina desplumada, pero el pequeño ladrido que emitió mientras se acercaba vacilante a mí y se arrojaba en mi regazo, despejó mis dudas: era Carioca cubierto de lodo. No tenía forma de secarlo porque yo misma estaba empapada, de modo que lo levanté mientras me ponía en pie, me lo puse bajo el brazo y fui hacia el pinar… el atajo más seguro para llegar a casa.

Había perdido un zapato en el agua, de modo que dejé el otro y fui descalza sobre la blanda alfombra de agujas de los pinos, usando mis instintos caseros para encaminarme hacia el puerto. Haría unos quince minutos que caminaba, cuando escuché el crujido de una ramilla. Me detuve y acaricié al tembloroso Carioca, rogando que no montara el mismo numerito que con los murciélagos.

Pero no tenía importancia. Unos segundos después, me iluminaron la cara con una gran linterna. Me quedé allí bizqueando, con el corazón helado de miedo. Entonces un soldado con uniforme de color caqui apareció en el círculo de luz y se acercó a mí. Llevaba una enorme ametralladora y una canana con balas de aspecto horrible colgando de un costado. El arma apuntaba a mi estómago.

—¡Alto! —gritó, sin ninguna necesidad—. ¿Quién es usted? ¡Explíquese! ¿Qué hace aquí?

—He llevado a mi perro a nadar un rato —dije, y levanté a Carioca como prueba—. Soy Catherine Velis. Les mostraré mis papeles de identificación…

Comprendí que los papeles que estaba a punto de buscar estaban empapados. Empecé a hablar a toda velocidad.

—Estaba paseando a mi perro en Sidi-Fredj —dije—, cuando se cayó del embarcadero. Salté para rescatarlo, pero la corriente nos trajo hasta aquí… —Diablos: de pronto advertí que en el Mediterráneo no había corrientes. Seguí a toda prisa—. Trabajo para la OPEP… para el ministro Kader. El me avalará. Vivo allá. —Levanté la mano y me quité el arma de la cara. Decidí adoptar otra actitud… la americana desagradable—. ¡Le digo que es urgente que vea al ministro Kader! —dije enérgicamente. Irguiéndome con una dignidad que debía resultar ridícula en mis presentes condiciones—. ¿Tiene idea de quién soy?

El soldado miró por encima de su hombro a alguien que me ocultaba la luz de la linterna.

—¿Tal vez asiste a la conferencia? —preguntó, volviéndose hacía mí.

¡Claro! ¡Por eso patrullaban el bosque esos soldados! Y ésa era la razón de la barrera en el camino. Por eso Kamel había insistido tanto en que regresara a fin de semana… ¡había empezado la conferencia de la OPEP!

—Por supuesto —aseguré—. Soy uno de los delegados clave… estarán preguntándose dónde estoy.

El soldado rodeó el rayo de luz y se puso a murmurar en árabe con su compañero. Unos minutos después apagaran la linterna. El mayor habló en tono de disculpa.

Madame, la acompañaremos a reunirse con su grupo. En este momento los delegados están reuniéndose en el Restaurant du Port. ¿Tal vez desearía ir primero a su alojamiento a cambiarse?

Estuve de acuerdo en que sería una buena idea. Al cabo de una media hora, mi escolta y yo llegamos a mi apartamento. Los guardias esperaron fuera mientras me cambiaba rápidamente, me secaba el cabello y secaba a Carioca lo mejor posible.

No podía dejar las piezas en mi apartamento, de modo que saqué del armario un bolso de muletón y las metí dentro junto con Carioca. El libro que me había dado Minne estaba húmedo pero, gracias a su alojamiento hermético, no se había estropeado. Volviendo sus páginas, le di un rápido repaso con el secador de pelo y me fui a encontrarme con los guardias que me escoltaron por el puerto.

El Restaurant du Port era un edificio enorme con altos techos y suelos de mármol, donde había almorzado a menudo cuando todavía me alojaba en El Riadh. Atravesamos la larga columnata de arcos en forma de llave que se iniciaba en la plaza aneja al puerto y después ascendimos el ancho tramo de escaleras que iban desde el agua hasta las paredes de vidrio brillantemente iluminadas del restaurante. Cada treinta pasos había soldados que miraban hacia el puerto con las manos a la espalda y los rifles colgando. Cuando llegamos a la entrada, espié a través de las paredes de vidrio para ver si podía localizar a Kamel.

Habían cambiado la ordenación del restaurante, de modo que había cinco largas filas de mesas que se extendían desde donde yo estaba hasta el otro extremo, tal vez a unos treinta metros de distancia. En torno a la porción central del suelo había una tarima elevada y protegida por una barandilla de bronce, donde se había sentado a los más altos dignatarios. Incluso desde mi puesto de observación, la disposición resultaba imponente. Allí estaban no sólo los ministros del petróleo sino también los gobernantes de todos los países de la OPEP. Los uniformes con trencillas doradas, las túnicas bordadas con sombreros de leopardo, los trajes blancos y los trajes occidentales color carbonilla se mezclaban en una confusión de colores.

El taciturno guardián de la puerta despojó a mi soldado de su arma e hizo un gesto en dirección a la terraza de mármol que estaba a unos metros por encima de la multitud. El soldado me precedió entre largas filas de mesas de manteles blancos, en dirección a la breve escalera del centro. Al entrar, vi la expresión horrorizada del rostro de Kamel a varios metros de distancia. Me acerqué a la mesa, el soldado dio un talonazo y Kamel se puso en pie.

—¡Mademoiselle Velis! —dijo, y se volvió hacia el soldado—. Gracias por traer a nuestra estimada colaboradora a nuestra mesa, oficial. ¿Se había perdido? —Miraba por el rabillo del ojo como si fuera mejor que tuviera preparada una explicación.

—En el pinar, señor ministro —dijo el soldado—. Un accidente desgraciado con un perrillo. Entendimos que se la esperaba en su mesa… —Echó una ojeada a la mesa, totalmente llena de hombres y sin lugar vacío para mí.

—Ha hecho muy bien, oficial —dijo Kamel—. Puede volver a su puesto. No olvidaremos su rápida acción.

El soldado volvió a taconear y se fue.

Kamel agitaba la mano para llamar la atención de un camarero que pasaba y le pidió que pusiera otro cubierto. Se quedó de pie hasta que llegó la silla. Después nos sentamos. Kamel estaba presentándome.

—El ministro Yamini —dijo, indicando al regordete y rosado ministro saudí, con cara de ángel, que me hizo una inclinación cortés, levantándose a medias—. Mademoiselle Velis es la experta norteamericana que ha creado el brillante sistema de computación y los análisis de los que le hablé en la reunión de esta tarde —agregó.

El ministro Yamini levantó una ceja para demostrar su impresión.

—Ya conoce al ministro Belaid, creo —siguió Kamel mientras Abdelsalaam Belaid, que había firmado mi contrato, se levantaba con un guiño y apretaba mi mano. Su piel almendrada y suave, las sienes plateadas y la brillante cabeza calva me recordaron a un elegante capo de la mafia.

El ministro Belaid se volvió hacia su derecha para hablar con su compañero de mesa, que a su vez estaba inmerso en una conversación con su vecino. Ambos hombres se interpusieron para mirarlo y yo me puse verde al reconocerlos.

Mademoiselle Catherine Velis, nuestra experta en computación —dijo Belaid con su voz susurrante. La cara larga y triste del presidente de Argelia, Houari Boumédienne me miró una vez y luego se volvió hacia su ministro… como si se preguntara qué demonios hacía yo allí. Belaid se encogió de hombros con una sonrisa neutra.

Enchanté —dijo el presidente.

—El rey Faisal, de Arabia Saudí —continuó Belaid, señalando al hombre intenso, con cara de rapaz, que me miraba por debajo de su tocado blanco. No sonrió; sólo me hizo una inclinación de cabeza.

Cogí el vaso de vino que tenía delante y me eché al coleto un trago reconfortante. ¿Cómo demonios iba a arreglármelas para explicarle a Kamel lo que estaba sucediendo… y cómo iba a salir de allí para rescatar a Lily? Con esos compañeros de mesa, era imposible excusarse… ni siquiera para ir al lavabo.

En ese momento hubo una conmoción repentina en la planta principal, por debajo de nosotros. Todo el mundo se volvió a ver qué sucedía. Estaban todos sentados salvo los camareros que corrían de un lado a otro ofreciendo cestas de pan, fuentes de ensalada y más vino y agua. Pero había entrado un hombre alto y moreno, vestido con una larga túnica blanca. Su rostro guapo era una máscara de pasión mientras recorría las filas de mesas balanceando una fusta. Los camareros, reunidos en grupos, no hacían gesto alguno por detenerlo. Yo miraba incrédula mientras lo veía descargar la fusta a un lado y a otro mientras pasaba, barriendo las botellas de vino y tirándolas al suelo. Los comensales permanecían en silencio mientras las botellas caían a derecha e izquierda.

Con un suspiro, Boumédienne se puso en pie y dijo unas rápidas palabras al mayordomo que había acudido a su lado. Después, el melancólico presidente de Argelia descendió a nivel del suelo, donde esperó que el hombre guapo llegara a su lado con sus largos pasos.

—¿Quién es ese tipo? —pregunté a Kamel en un susurro.

—Muhammar El Gadaffi. De Libia —dijo Kamel en voz baja—. Hoy hizo un discurso en la conferencia sobre la inconveniencia de que los seguidores del Islam beban alcohol. Veo que tiene intención de ser fiel a sus palabras. Está loco. Dicen que ha contratado asesinos europeos para atacar a importantes ministros de la OPEP.

—Lo sé —dijo el querúbico Yamini, con una sonrisa llena de hoyuelos—. Mi nombre ocupa un lugar prominente en su lista.

No parecía preocuparle mucho. Cogió un trozo de apio y los mascó con aire de satisfacción.

—¿Pero por qué? —le murmuré—. ¿Sólo porque beben?

—Porque insistimos en que el embargo sea económico en lugar de político —contestó Kamel. Bajando la voz, dijo a través de sus dientes apretados—. Ahora que tenemos un momento… ¿qué está pasando? ¿Dónde ha estado? Sharrif ha puesto el país patas arriba buscándola. Aunque no la arrestará aquí, está usted metida en un lío serio.

—Lo sé —susurré a mi vez, mirando el lugar donde Boumédienne hablaba serenamente con Gadaffi, con su larga y triste cara inclinada, de modo que no podía ver su expresión. Los comensales estaban recogiendo las botellas de vino y pasándolas, goteantes, a los camareros, que las reemplazaban subrepticiamente por otras.

—Tengo que hablarle a solas —seguí—. Su colega persa tiene a mi amiga. Hace media hora estaba nadando por la costa. En mi bolso de muletón llevo un perro mojado… y algo más que tal vez le interese. Tengo que salir de aquí…

—Buen Dios —dijo suavemente Kamel—. ¿Quiere decir que las tiene? ¿Aquí? —Miró en torno ocultando el pánico con una sonrisa.

—De modo que está en el juego —susurré, sonriendo yo también.

—¿Por qué cree que la traje aquí? —murmuró Kamel—. Me costó horrores explicar por qué había desaparecido justo antes de la conferencia…

—Podemos hablar de eso más tarde. Ahora tengo que salir de aquí y rescatar a Lily.

—Déjemelo a mí… algo haremos. ¿Dónde está?

—La Madrague —musité. Kamel me miró atónito, pero en ese momento Houari Boumédienne regresó a la mesa y volvió a sentarse. Todo el mundo sonrió en su dirección y el rey Faisal dijo en inglés:

—Nuestro coronel Gadaffi no es tan estúpido como aparenta. —Y fijó sus grandes y líquidos ojos de halcón en el presidente de Argelia—. ¿Recuerda lo que dijo cuando alguien se quejó de la presencia de Castro en la conferencia de países no alineados? —El rey se volvió hacia Yamini, su ministro, que estaba a su derecha—. El coronel Gadaffi dijo que si se impedía a cualquier país su participación en el Tercer Mundo porque recibía dinero de una de las grandes potencias… todos teníamos que hacer las maletas y volver a casa. Terminó leyendo una lista de los arreglos financieros y armamentistas de la mitad de los países presentes… muy exacta, podría agregar. No lo desdeñaría como fanático religioso. En absoluto.

Ahora Boumédienne me estaba mirando a mí. Era un hombre misterioso. Desde su exitoso liderazgo de la Revolución, diez años antes, y el subsiguiente golpe militar que lo puso en la presidencia del país, había llevado a Argelia al frente de la OPEP, convirtiéndola en la Suiza del Tercer Mundo.

Mademoiselle Velis —dijo, hablándome directamente por primera vez—. ¿En su trabajo para el ministerio… conoció en alguna ocasión al coronel Gadaffi?

—Jamás —contesté.

—Es extraño —dijo Boumédienne—, porque cuando estábamos hablando, la vio… y dijo algo que parecía indicar otra cosa.

Sentí que Kamel se ponía tenso. Cogió con fuerza mi brazo por debajo de la mesa.

—¿De veras? —preguntó Kamel con aire despreocupado—. ¿Y qué fue, señor presidente?

—Supongo que un caso de confusión de identidad —dijo el presidente con negligencia, fijando sus grandes ojos oscuros en Kamel—. Preguntó si era ella.

—¿Ella? —dijo el ministro Belaid, confundido—. ¿Y qué quiere decir eso?

—Supongo que si era quien había preparado esas proyecciones de las que tanto hemos oído hablar a Kamel Kader —dijo el presidente, y se volvió.

Empecé a murmurar algo a Kader, pero meneó la cabeza y se volvió hacia su jefe, Belaid.

—Catherine y yo desearíamos tener la posibilidad de revisar las cifras antes de presentarlas mañana. ¿Sería posible excusarnos del banquete? Si no, me temo que tendremos que pasar la noche sin dormir.

La expresión de Belaid dejaba bien claro que no creía una sola palabra de todo eso.

—Primero, desearía decirle algo —dijo, levantándose y llevando aparte a Kamel. Yo también me puse de pie, jugando con mi servilleta. Yamini se inclinó.

—Ha sido un placer tenerla en la mesa, aunque haya sido por tan breve tiempo —me aseguró con su sonrisa llena de hoyuelos.

Belaid estaba de pie cerca de la pared, hablando con Kamel mientras los camareros iban deprisa de un lado a otro con bandejas de comida humeante. Cuando me aproximé, dijo:

Mademoiselle, le agradecemos todo lo que ha hecho por nosotros. No tenga a Kamel Kader levantado hasta muy tarde. —Y regresó a la mesa.

—¿Podemos irnos ahora? —pregunté a Kamel en un murmullo.

—Sí… de inmediato —dijo, cogiéndome del brazo y bajando a toda prisa las escaleras—. Abdelsalaam recibió un mensaje de la Policía Secreta, diciéndole que la están buscando. Dicen que escapó al arresto en La Madrague… se enteró durante la cena. Me la confía en lugar de entregarla enseguida. Espero que comprenderá cuál sería mi posición si vuelve a desaparecer.

—Por el amor de Dios —le susurré mientras nos abríamos paso entre las mesas—, usted sabe por qué fui al desierto. ¡Y sabe dónde vamos ahora! Soy yo quien debería hacer las preguntas. ¿Por qué no me dijo que estaba involucrado en el juego? ¿Belaid juega también? ¿Y qué pasa con Thérèse? ¿Y con ese cruzado musulmán de Libia que dijo que me conocía… de qué se trataba?

—Me gustaría saberlo —dijo adustamente Kamel. Hizo un gesto con la cabeza al guardia, que se inclinó cuando pasamos—. Cogeremos mi coche para ir a La Madrague. Debe decirme todo lo que ha pasado para que pueda ayudar a su amiga.

Entramos en su coche en la luz tenue del estacionamiento. Se volvió hacia mí en la oscuridad, de modo que las farolas de la calle sólo iluminaban sus ojos amarillos.

—Conozco a Mokhfi Mokhtar desde niño —dijo—. Ella eligió a mi padre para una misión… para formar una alianza con El-Marad y entrar en territorio blanco; esa misión provocó su muerte. Thérèse trabajaba para mi padre. Ahora, aunque trabaja en la Poste Centrale, sirve a Mokhfi Mokhtar, como sus hijos.

—¿Sus hijos? —pregunté, tratando de imaginar a la despampanante operadora como madre.

—Valerie y Michel —dijo Kamel—. Creo que ha conocido a Michel. Lo llaman Wahad…

¡De modo que Wahad era hijo de Thérèse! La trama se enredaba como un ovillo… y como había dejado de creer en las coincidencias, registré en algún lugar de mi cabeza la información de que Valerie era también el nombre de una asistenta empleada de Harry Rad. Pero tenía cosas más importantes de qué ocuparme, antes de individualizar a los peones.

—No entiendo —interrumpí—. Si enviaron a su padre en esta misión y fracasó… significa que el equipo blanco consiguió las piezas que él buscaba, ¿no? ¿Entonces cuándo termina este juego? ¿Cuando alguien reúne todas las piezas?

—A veces pienso que nunca terminará —dijo Kamel con amargura, encendió el motor y tomó el largo camino flanqueado por muros de cactus, para salir del Sidi-Fredj—. Pero la vida de su amiga sí corre peligro de terminar si no llegamos pronto a La Madrague.

—¿Acaso es usted un pez lo bastante gordo como para aterrizar alegremente y exigir que la devuelvan?

El reflejo de las luces del tablero se fijó en la fría sonrisa de Kamel. Estábamos llegando a la barrera que Lily y yo habíamos visto desde el otro lado. Mostró su pase por la ventanilla y el guardia le hizo señas de que podía seguir.

—Lo único que preferiría tener El-Marad en lugar de su amiga —dijo serenamente— es lo que afirma tener en su bolsa de muletón. Y no me refiero al perro. ¿Le parece justo?

—¿Quiere decir… darles las piezas a cambio de Lily? —dije, estupefacta. Entonces comprendí que probablemente fuera la única manera de entrar y salir con vida—. ¿No podríamos darle sólo una? —sugerí.

Kamel rió y me apretó un hombro.

—Cuando sepa que las tiene —dijo— El-Marad nos eliminará del tablero.

¿Por qué no habíamos llevado con nosotros algunos soldados… o incluso unos delegados de la OPEP? En ese momento me hubiera venido bien ese fanático de Gadaffi con su fusta, abatiendo a sus enemigos como una horda mongol de un solo miembro. Pero en su lugar tenía al seductor Kamel, que iba a la muerte con dignidad y compostura perfectas… como podría haberlo hecho su padre diez años antes.

En lugar de detener el coche frente al bar iluminado, donde estaba todavía aparcado nuestro coche de alquiler, Kamel siguió por el puerto, recorriendo la única manzana desierta. Se detuvo en el extremo, donde un tramo de escaleras ascendía el acantilado que protegía la pequeña bahía. No se veía un alma y se había levantado viento, que arrojaba las nubes por encima del ancho espacio de la luna. Salimos y Kamel señaló la parte superior del acantilado, donde había una casa pequeña pero encantadora, rodeada de plantas y suspendida sobre la pendiente rocosa. Al lado del mar, el acantilado terminaba bruscamente y había una caída de unos treinta metros hasta el agua.

—La casa de verano de El-Marad —dijo Kamel en voz baja.

La casa estaba iluminada, y al iniciar el ascenso por las maltrechas escaleras de madera, escuché el ruido interior que recorría el acantilado. Distinguí la voz de Lily, que se alzaba por encima del chapoteo de las olas.

—¡Si me pone una mano encima, asesino de perros —aullaba—, será lo último que haga en su vida!

Kamel me miró sonriendo.

—Tal vez no necesite ayuda —dijo.

—Está hablando a Sharrif —le dije—. Es el que arrojó a su perro al agua. —Carioca ya estaba haciendo ruidos dentro de mi bolso. Metí la mano dentro y le rasqué la cabeza—. Es hora de hacer tu numerito, bicho —dije, sacándolo de la bolsa.

—Creo que tendría que volver a bajar y poner en marcha el coche —susurró Kamel, tendiéndome la llave—. Deje que yo me encargue del resto.

—No —dije, furiosa ante los ruidos sordos que salían de la casa—. Vamos a cogerlos por sorpresa.

Puse a Carioca en la escalera y subió como una pelota de pimpón demente. Kamel y yo lo seguimos. Yo aferraba la llave del coche.

La entrada de la casa eran las grandes ventanas francesas que daban al lado del mar. Observé que el sendero que conducía a ellas estaba peligrosamente cerca del borde, separado de él sólo por un muro de piedra adornado con narcisos. Tal vez esto nos sirviera.

Cuando llegué y eché una mirada rápida al interior para ver lo que pasaba, Carioca ya estaba arañando las puertas de vidrio con sus pequeñas garras. Contra la pared de la izquierda había tres matones con las chaquetas abiertas, de modo que podían verse las pistoleras. El suelo era de un resbaladizo azulejo esmaltado azul y oro. En el centro estaba Lily, con Sharrif inclinado sobre ella. Cuando escuchó el jaleo que armaba Carioca, se puso en pie de un salto, pero Sharrif volvió a sentarla de una bofetada.

Tenía lo que parecía un hematoma en la mejilla. En el extremo más alejado de la habitación estaba El-Marad, sentado sobre un montón de cojines. Con movimientos pausados, movió una pieza de ajedrez a través del tablero que tenía delante, sobre la baja mesilla de cobre. Sharrif se había vuelto hacia las ventanas, donde estábamos nosotros, iluminados por la moteada luz de la luna. Yo tragué y levanté la cara para que pudiera verme.

—Ellos son cinco… nosotros, tres y medio —susurré a Kamel, que estaba silencioso a mi lado mientras Sharrif avanzaba hacia la puerta, indicando por señas a sus hombres que mantuvieran las armas enfundadas.

—Usted se ocupa de los gorilas. Yo de El-Marad. Creo que Carioca ya ha elegido su veneno —agregué, mientras Sharrif entreabría un poco la puerta.

Lanzando una mirada a su enemigo, dijo:

—Ustedes entran… eso se queda afuera.

Aparté a Carioca para que Kamel y yo pudiéramos entrar.

—¡Lo salvaste! —exclamó Lily, sonriéndome. Después, lanzando una mirada burlona a Sharrif, agregó—: La gente que amenaza a animales indefensos sólo está intentando ocultar su impotencia…

Sharrif avanzaba hacia ella como para pegarle otra vez, cuando El-Marad habló suavemente desde su rincón, mirándome con una sonrisa siniestra.

Mademoiselle Velis —dijo—. Es maravilloso que haya regresado, y con escolta. Hubiera jurado que Kamel Kader tendría inteligencia de no traérmela por segunda vez. Pero ahora que estamos todos reunidos…

—¡Omitamos las expresiones corteses! —dije, dirigiéndome hacia él. Al pasar junto a Lily, le puse la llave del coche en la mano y susurré—: La puerta… ahora. Ya sabe para qué estamos aquí —dije a El-Marad mientras seguía avanzando.

—Y usted sabe lo que yo quiero —me dijo—. ¿Podemos llamarlo una transacción comercial?

Me detuve junto a la mesa baja y miré por encima del hombro. Kamel se había colocado cerca de los matones y estaba. Pidiendo a uno de ellos que le diera fuego para su cigarrillo. Lily estaba junto a las puertaventanas, con Sharrif pisándole los talones. Se había acuclillado y tamborileaba en el cristal con sus largas uñas rojas, mientras la colgante lengua de Carioca lamía el vidrio al otro lado. Todos estábamos en nuestros puestos… era ahora o nunca.

—Mi amigo el ministro no parece creer que usted sea muy escrupuloso en lo referente a los tratos comerciales —dije al vendedor de alfombras. Él levantó la mirada y empezó a decir algo, pero lo interrumpí—. Pero si lo que quiere son las piezas —dije—, aquí están.

Me saqué el bolso del hombro y sin detenerme la levanté lo más alto que pude y la descargué con todo su enorme peso… sobre su cabeza. Sus ojos se pusieron en blanco y empezó a caer hacia un lado. Yo giré para enfrentarme al pandemonio que estaba produciéndose tras de mí. Lily había abierto las ventanas, Carioca entraba corriendo en la habitación y yo balanceaba la cachiporra en que se había transformado mi bolso y corría en dirección a los matones. El primero tenía el arma a medio sacar cuando lo golpeé. El segundo estaba doblado en dos a causa del puñetazo en el estómago que le había dado Kamel. Cuando el tercero sacó su arma y me apuntó, todos estábamos amontonados en el suelo.

—¡Aquí, imbécil! —chilló Sharrif, apartando a Carioca a patadas. Lily estaba devorando distancia y ya atravesaba la puerta. El matón levantó el arma, apuntó y apretó el gatillo… en el momento en que Kamel lo empujaba a un lado, golpeándolo contra la pared.

Sharrif ululaba en su frenesí, mientras giraba a causa del impacto de la bala, llevándose una mano al hombro. Carioca perseguía su pierna describiendo círculos, tratando de colocar un mordisco. Kamel estaba detrás de mí, luchando por conseguir el arma del matón mientras uno de los otros empezaba a incorporarse. Levante el bolso y le pegué; esta vez se quedó en el suelo. Después, para asegurarme, golpeé en la nuca al camarada de Kamel. Mientras caía, Kamel me quitó el arma.

Nos precipitábamos hacia la puerta cuando sentí que una mano me cogía y me zafé. Era, Sharrif, con el perro aferrado a su pierna pero moviéndose todavía. Atravesó la puerta en mi persecución con la sangre saliendo de su herida. Dos de sus colegas estaban otra vez de pie y detrás de él mientras yo me lanzaba… no hacia las escaleras sino hacia el borde del acantilado. Abajo veía a Kamel en la mitad del tramo, de escaleras, volviéndose a mirarme con desesperación. En la luz de la luna, vi que Lily corría hacia el coche de Kamel.

Sin pensarlo, salté el bajo muro de contención y me tendí boca abajo en el suelo en el momento en que Sharrif y sus tropas aparecían por el costado de la casa y corrían hacia las escaleras. El enorme peso del juego de Montglane colgaba de mi mano dolorida por la ladera del precipicio: Estuve a punto de soltarlo. Veía el pie del acantilado treinta metros por debajo, donde las olas golpeaban contra la roca bajo el viento creciente. Contuve la respiración y, lentamente, con todas mis fuerzas levanté el bolso.

—¡El coche! —escuché gritar a Sharrif—. ¡Van hacia el coche!

Escuché el golpeteo de sus pies bajando los cochambrosos escalones y empezaba a incorporarme cuando escuché algo junto a mi oído. Espié en la luz pálida por encima del murete y la larga lengua de Carioca me lamió la cara. Estaba a punto de ponerme de pie cuando las nubes volvieron a abrirse y vi al tercer matón a quien creía haber dejado seco, que se dirigía hacia mí frotándose la cabeza. Volví a acuclillarme, pero era demasiado tarde.

Saltó sobre mí por encima del muro. Yo volví a echarme al suelo mientras lo oía gritar. Mirando a través de mis dedos, vi su pierna vacilando en el borde. Después desapareció. Volví a saltar el muro buscando terreno seguro, cogí a Carioca y corrí hacia la escalera.

Ahora soplaba un fuerte viento, como si se acercara una tormenta. Horrorizada, vi el coche de Kamel que partía en medio de una nube de polvo mientras Sharrif y sus dos compañeros corrían frenéticamente detrás disparando balas al azar a los neumáticos. Y entonces, para mi sorpresa, vi que el coche daba la vuelta, encendía los faros y se abalanzaba sobre los tipos. Los tres se arrojaron a un lado cuando el coche pasó junto a ellos a toda velocidad. ¡Lily y Kamel volvían a buscarme!

Bajé a toda prisa, los escalones de cuatro en cuatro, tan rápido como pude, sujetando con fuerza a Carioca con una mano… y las piezas con la otra. Llegué abajo justo cuando pasaba el coche envuelto en una nube de polvo. La puerta se abrió y salté dentro. Lily arrancó otra vez antes de que pudiera cerrarla. Kamel estaba en el asiento trasero, con el revólver fuera de la ventana. El estruendo de las balas era ensordecedor. Mientras luchaba por cerrar la puerta del coche, vi a Sharrif y sus colegas pasar corriendo en dirección a un automóvil estacionado al borde del agua. Seguimos mientras Kamel llenaba su coche de plomo. Aunque tuviera éxito en su intento por inutilizarlo, estaba segura de que tendrían uno de repuesto.

En el mejor de los casos, la técnica de conducción de Lily era desestabilizadora… pero ahora parecía creer que tenía licencia para matar. Coleamos por todo el camino de tierra que salía del puerto y seguimos mordiendo neumáticos hasta que llegamos a la carretera principal. Estábamos todos silenciosos y sin aliento y Kamel miraba por la ventanilla trasera mientras Lily iba aumentando la velocidad. Cuando estaba a punto de llegar a ciento sesenta, vi que nos abalanzábamos contra la barrera de la OPEP.

—¡Apriete el botón rojo del tablero! —gritó Kamel para hacerse oír por encima del chirrido de los neumáticos. Me incliné, lo apreté y se escuchó una sirena, además de encenderse una pequeña luz roja que relampagueaba como un faro.

—¡Buen equipo! —dije a Kamel por encima del hombro mientras pasábamos y los guardias se hacían a un lado. Lily se lanzó a un slalom por entre los coches, mientras por las ventanillas nos contemplaban rostros estupefactos… luego los dejamos atrás.

—Ser ministro tiene algunas ventajas —dijo Kamel con modestia—. Pero en el otro extremo de Sidi-Fredj hay otra barrera.

—¡Al demonio los torpedos y adelante! —exclamó Lily, apretando otra vez el acelerador mientras el enorme Citroën daba un salto como el de un pura sangre en la recta final. Pasamos la segunda barrera igual que la primera, dejándolos envueltos en una polvareda.

—A propósito —dijo Lily mirando a Kamel por el retrovisor—, no nos han presentado formalmente. Soy Lily Rad. Creo que conoce a mi abuelo.

—Mantén los ojos en el camino —dije, mientras el coche oscilaba peligrosamente cerca del abismo del acantilado. Casi volaba a causa del viento.

—Mordecai y mi padre eran amigos íntimos —dijo Kamel—. Quizá vuelva a verlo algún día. Por favor, cuando lo vea, transmítale mis recuerdos más afectuosos.

En ese momento Kamel se volvió y miró por la ventanilla. Se nos acercaban algunas luces.

—Más gas —dije con urgencia a Lily.

—Éste no es el momento de impresionarnos con sus habilidades —murmuró Kamel, empuñando el arma mientras el coche que nos seguía ponía en funcionamiento la sirena y las luces. Kamel trataba de ver entre el viento y el polvo.

—¡Dios, es un poli! —dijo Lily disminuyendo un tanto la velocidad.

—¡Siga! —le espetó ferozmente Kamel.

Obediente, Lily apretó el acelerador y el Citroën osciló un momento y después se recobró. La aguja estaba llegando a los 200 kilómetros; Fuera cual fuese su coche, no podrían ir mucho más rápido por ese camino. Sobre todo a causa de las violentas ráfagas de viento que soplaban desde todos lados.

—Hay una manera de llegar a la Casbah por detrás —dijo Kamel vigilando siempre a nuestros perseguidores—. Estará a unos diez minutos de aquí… y habrá que atravesar Argel. Pero conozco esas callejuelas mejor que Sharrif. Este camino nos llevará a la Casbah desde arriba… Conozco el camino —agregó serenamente—. Y con razón… es la casa de mi padre.

—¿Minne Renselaas vive en casa de su padre? —pregunté—. Creía que su familia provenía de las montañas.

—Mi padre tenía una casa aquí, en la Casbah… para sus esposas.

—¿Sus esposas? —exclamé.

—Minne Renselaas es mi madrastra —afirmó Kamel—. Mi padre era el Rey Negro.

Detuvimos el coche en una de las calles laterales que formaban la laberíntica región superior de Argel. Tenía mil preguntas que hacer, pero estaba tratando de ver si aparecía el coche de Sharrif. Estaba segura de que no los habíamos despistado, pero estaban lo bastante lejos como para no poder ver sus luces cuando apagamos las nuestras. Saltamos fuera del coche y entramos a pie en el laberinto.

Lily iba detrás de Kamel, cogida de su manga, y yo la seguía. Las calles estaban oscuras y eran tan estrechas que tropecé y estuve a punto de caer de bruces.

—No lo entiendo —murmuraba Lily con su voz áspera mientras yo seguía mirando por encima del hombro—. Si Minne era la esposa del cónsul holandés, Renselaas, ¿cómo podía estar también casada con su padre? Por estos lugares la monogamia no parece ser muy popular.

—Renselaas murió durante la Revolución —dijo Kamel—. Ella necesitaba quedarse en Argel… mi padre le ofreció su protección. Aunque se querían mucho como amigos, sospecho que fue un matrimonio de conveniencia. En todo caso, al año mi padre había muerto…

—Si él era el Rey Negro —siseó Lily— y lo mataron, ¿por qué no terminó el juego? ¿No es eso lo que quiere decir Shah Mat, el Rey ha muerto?

—El juego continúa, como en la vida —dijo Kamel secamente—. El Rey ha muerto… viva el Rey.

Miré el cielo entre la angosta franja de edificios que se cerraban encima de nuestras cabezas mientras nos hundíamos más profundamente en la Casbah. Aunque escuchaba silbar el viento arriba, no podía penetrar los pasajes estrechos por los que nos movíamos. Desde lo alto caía sobre nosotros un polvo fino y por la cara de la luna pasaba una película color rojo oscuro. Kamel también levantó la mirada.

—Llega el siroco —afirmó—. Tenemos que darnos prisa. Espero que esto no altere nuestros planes.

Miré al cielo, inquieta. El siroco era una tormenta de arena… una de las más famosas del mundo. Quería estar a cubierto antes de que se iniciara. Kamel se detuvo en un pequeño callejón sin salida y sacó de su bolsillo una llave.

—¡El fumadero de opio! —susurró Lily, recordando nuestro pasaje por allí—. ¿O era hachís?

—Éste es otro camino —dijo Kamel—. Es una puerta cuya llave sólo tengo yo.

Abrió la puerta en la oscuridad, haciéndome pasar primero a mí y luego a Lily. Lo oí cerrar la puerta a nuestras espaldas.

Era un corredor largo y oscuro con una luz difusa en el extremo. Sentía una gruesa alfombra bajo los pies y la fría tela damasquinada que cubría las paredes.

Llegamos por fin a una habitación amplia, con los suelos cubiertos por ricas alfombras persas, cuya única iluminación provenía de un gran candelabro de oro colocado sobre una mesa de mármol, en el extremo más alejado del recinto. Era la luz adecuada para distinguir los opulentos muebles: mesillas de oscuro mármol de Carrara, otomanas de seda amarilla con borlas doradas, sofás con los profundos colores bronceados de los licores añejos y grandes esculturas dispersas en pedestales y mesas… magníficas incluso para mi ojo no entrenado. En aquella líquida luz dorada, la habitación parecía un tesoro encontrado en el fondo de un mar antiguo. Al atravesar lentamente el cuarto en compañía de Lily, en dirección a las dos figuras que esperaban en el otro extremo, me sentí como si estuviera atravesando una atmósfera más densa que el agua.

Allí, a la luz del candelabro, en un traje de brocado de oro adornado con resplandecientes monedas, estaba Minne Renselaas. Y junto a ella, con un vaso en la mano y mirándonos con sus pálidos ojos verdes… vi a Alexander Solarin.

Solarin me miró con su arrebatadora sonrisa. Había pensado a menudo en él desde aquella noche en que había desaparecido en la tienda de la playa, y siempre con la secreta convicción de que volveríamos a vernos. Se adelantó, me dio la mano y después se volvió a Lily.

—Nunca nos han presentado —le dijo. Ella estaba exaltada, como si hubiera deseado arrojarle en ese mismo momento un guante… o un tablero de ajedrez, y desafiarlo a jugar en ese mismo instante—. Soy Alexander Solarin… y usted es la nieta de uno de los más grandes maestros del ajedrez vivos. Espero poder devolverla a su abuelo muy pronto.

Lily, algo apaciguada por estas alabanzas, estrechó su mano.

—Es suficiente —dijo Minne, mientras Kamel se unía a nuestro grupo—. No tenemos mucho tiempo. Imagino que tienes las piezas.

En una mesa cercana vi una caja de metal que reconocí como la que contenía el paño.

Di unas palmadas a mi bolso y nos acercamos a la mesa, donde lo deposité y saqué las piezas una por una. Allí estaban, a la luz de las velas, relumbrando con todas aquellas gemas coloreadas y emitiendo el mismo resplandor extraño que había observado en la cueva. Todos las miramos un momento en silencio: el brillante carro, el caballo caracoleante, los asombrosos rey y reina. Solarin se inclinó para tocarlas y después miró a Minne. Ella fue la primera en hablar.

—Por fin —dijo—. Después de todo este tiempo, se reunirán con las otras. Y es a ti a quien debo agradecértelo. Con tus actos, redimirás la muerte inútil de tantos en el transcurso de tanto tiempo…

—¿Las otras? —le pregunté, mirándola en la penumbra.

—En América —respondió con una sonrisa—. Esta noche Solarin te llevará a Marsella, desde donde hemos arreglado un billete para tu regreso…

Kamel metió la mano en el bolsillo y devolvió su pasaporte a Lily. Ella lo cogió… pero ambas mirábamos sorprendidas a Minne.

—¿A América? —dije—. ¿Pero quién tiene las otras piezas?

—Mordecai —dijo ella, siempre sonriendo—. Tiene otras nueve. Con el paño —agregó, cogiendo la caja y dándomela—, tendréis más de la mitad de la fórmula. Será la primera vez que se reúnen en casi doscientos años.

—¿Y qué pasará cuando estén reunidas? —quise saber.

—Eso tienes que descubrirlo tú —dijo Minne mirándome con gravedad. Después volvió a contemplar las piezas que seguían brillando en el centro de la mesa—. Ahora te toca a ti… —Lentamente se dio media vuelta y puso las manos en el rostro de Solarin.

—Mi amado Sascha —le dijo con lágrimas en los ojos—. Cuídate mucho, mi niño. Protégelas… —y le dio un beso en la frente.

Para sorpresa mía, Solarin la abrazó y hundió la cabeza en su hombro. Todos miramos estupefactos mientras el joven maestro de ajedrez y la elegante Mokhfi Mokhtar se abrazaban en silencio. Después se separaron y ella se volvió hacia Kamel, apretando su mano.

—Que lleguen a puerto sanas y salvas —susurró. Y después, sin dirigir una palabra más a Lily o a mí, se volvió y salió de la habitación. Solarin y Kamel la miraban en silencio.

—Debes irte —dijo Kamel por fin, volviéndose hacia Solarin—. Me ocuparé de que esté segura. Que Alá vaya contigo, amigo mío.

Estaba recogiendo las piezas y poniéndolas otra vez en mi bolso junto con la caja que contenía el paño, que me sacó de las manos. Lily estaba allí de pie, apretando a Carioca contra su pecho.

—No lo entiendo —dijo débilmente—. ¿Esto es todo? ¿Nos vamos? ¿Cómo haremos para llegar a Marsella?

—Hemos conseguido un barco —dijo Kamel—. Vengan, no hay un minuto que perder.

—¿Qué pasa con Minne? —pregunté—. ¿La veremos otra vez?

—Por ahora, no —dijo rápidamente Solarin, recobrándose—. Debemos irnos antes de que llegue la tormenta… salir al mar de inmediato. La travesía es sencilla una vez sorteado el puerto.

Cuando volví a encontrarme una vez más en las calles oscuras de la Casbah en compañía de Lily y Solarin, seguía mareada.

Corríamos por los silenciosos callejones en los que las casas se apretujaban obstruyendo la luz. Por el olor a sal comprendí que nos acercábamos al puerto. Salimos a la amplia plaza junto a la Mezquita de los Pescadores, donde había conocido a Wahad tantos días antes. Parecía como si hubieran pasado meses. Ahora la arena golpeaba la plaza con gran violencia. Solarin me cogió del brazo para cruzarla mientras Lily, con Carioca en sus brazos, corría detrás de nosotros.

Habíamos empezado a bajar las escaleras hacia el puerto, cuando retuve el aliento y le solté a Solarin:

—Minne lo llamó su niño… no será también su madrastra, ¿no?

—No —respondió, haciéndome bajar los escalones de dos en dos—. Ruego poder verla otra vez antes de morir. Es mi abuela…

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