El ocho

El ocho


El silencio antes de la tormenta

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EL SILENCIO ANTES DE LA TORMENTA

Porque entonces caminaba solo

Bajo las silenciosas estrellas y en ese tiempo

Percibí lo que el sonido tiene de poder…

Y permanecía

En la noche ennegrecida por la tormenta inminente

Bajo una roca, escuchando notas que son

El fantasmal lenguaje de la antigua tierra

O tienen su difusa morada en los vientos distantes.

Y allí bebí el poder de la visión.

WILLIAM WORDSWORTH

Preludio

Vermont, mayo de 1796

Talleyrand cojeaba por el bosque en el que haces de luz, vibrantes de motas doradas, atravesaban la catedral del follaje primaveral. Aquí y allí, brillantes colibrís verdes se lanzaban a recoger el néctar de los sedosos capullos de una masa de campanillas que colgaba como un velo de un viejo roble. El suelo estaba todavía húmedo bajo sus pies, los árboles seguían goteando agua del chaparrón reciente, captando la luz como diamantes dispersos en el follaje moteado.

Hacía más de dos años que estaba en América. Esa tierra no había defraudado sus expectativas… pero sí sus esperanzas. El embajador francés, un burócrata mediocre, comprendía las ambiciones políticas de Talleyrand y conocía también los cargos de traición formulados contra él. Había bloqueado su acceso al presidente Washington y las puertas de la sociedad de Filadelfia se cerraron tan decididamente como las de Londres. Sólo Alexander Hamilton siguió siendo su amigo y aliado, aunque no pudo asegurarle un trabajo. Por último, agotados sus últimos recursos, Talleyrand quedó reducido a vender propiedades en Vermont a los nuevos emigrados franceses. Al menos, servía para mantenerlo con vida.

Ahora, mientras recorría apoyado en su bastón el terreno difícil, midiendo las parcelas que vendería al día siguiente, suspiró y pensó en su vida arruinada. ¿Qué estaba tratando de salvar, en realidad? A los cuarenta y dos años, no tenía nada que mostrar por los siglos de buena crianza y su refinada educación. Los americanos, con pocas excepciones, eran salvajes y criminales expulsados de los países civilizados de Europa. Hasta las clases superiores de Filadelfia eran menos educadas que bárbaros como Marat —que era médico— o que Danton, que había estudiado leyes.

Pero la mayoría de aquellos caballeros habían muerto; aquellos que primero habían dirigido y después minado la Revolución. Marat, asesinado; Camille Desmoulins y Georges Danton en la guillotina, en el mismo cadalso; Hérbert, Chaumette, Couthon, Saint-Just… Lébas, que se había volado los sesos para no someterse al arresto, y los hermanos Robespierre, Maximilien y Agustin, cuyas muertes bajo la hoja de la guillotina señalaron el fin del Terror. Él habría podido tener el mismo destino si hubiera permanecido en Francia. Pero ahora había llegado el momento de recoger la recompensa. Dio unas palmaditas a la carta que llevaba en el bolsillo y sonrió para sus adentros. Su lugar estaba en Francia, en el resplandeciente salón de Germaine de Staël, tejiendo brillantes intrigas políticas. Y no aquí, cojeando en medio de aquella soledad sin dios.

De pronto advirtió que hacía bastante tiempo que no escuchaba nada más que el zumbido de las abejas. Se inclinó para poner su estaca en el suelo y, después, tratando de ver a través de las hojas, dijo:

—Courtiade, ¿estás ahí?

No hubo respuesta. Volvió a preguntar, en voz más alta. Desde las profundidades de los arbustos llegó la voz pesarosa de su valet.

—Sí, Monseñor… por desgracia sí, estoy aquí.

Courtiade se abrió paso por el bosquecillo bajo y salió al pequeño claro. Una gran bolsa de cuero, colgada en bandolera, le atravesaba el pecho.

Talleyrand pasó el brazo por los hombros de su criado y se abrieron camino por la maleza, de regreso al sendero rocoso donde habían dejado carro y caballo.

—Veinte parcelas de tierra —murmuró—. Vamos, Courtiade, si mañana vendemos esto, regresaremos a Filadelfia con fondos suficientes como para pagar nuestro regreso a Francia.

—¿Entonces la carta de madame de Staël dice que podéis regresar? —preguntó Courtiade, y en su rostro sobrio e impasible se dibujó el inicio de una sonrisa.

Talleyrand metió la mano en el bolsillo y sacó la carta que llevaba allí desde hacía unas semanas. Courtiade miró la letra y los sellos floridos con el nombre de la República Francesa.

—Como de costumbre —dijo Talleyrand agitando la carta—, Germaine se ha metido en medio del jaleo. En cuanto regresó a Francia, instaló a su nuevo amante, un suizo llamado Benjamin Constant, en la embajada sueca, delante de las narices de su marido.

Ha creado tal furia con sus actividades políticas, que fue denunciada en la Convención por tratar de armar una conspiración monárquica mientras le ponía los cuernos a su marido. Ahora le han ordenado que permanezca a treinta kilómetros de París… pero incluso allí se las arregla para hacer milagros. Es una mujer de gran poder y encanto, a quien siempre contaré entre mis amistades.

Había hecho a Courtiade gesto de que podía abrir la carta, y el criado iba leyendo mientras seguían en dirección al carro.

… Tu día ha llegado, mon cher ami. Vuelve pronto y recoge los frutos de la paciencia. Todavía tengo amigos con la cabeza pegada a los hombros, que recordaran tu nombre y los servicios que prestaste a Francia en el pasado. Afectuosamente, Germaine.

Courtiade levantó la mirada con indisimulado gozo. Habían llegado junto al carro, donde el viejo y cansado caballo mascaba suaves pastos. Talleyrand le dio una palmada en el cuello y se volvió hacia Courtiade.

—¿Has traído las piezas? —pregunto.

—Aquí están —contestó el criado, dando unas palmadas a la bolsa de cuero que colgaba de su hombro—. Y el recorrido del caballo de monsieur Benjamin Franklin, que el secretario Hamilton ha copiado para vos.

—Eso puedes guardarlo… porque no significa nada para nadie salvo nosotros. Pero las piezas son demasiado peligrosas como para llevarlas a Francia. Por eso quería traerlas aquí, a esta soledad donde nadie puede imaginar que estén ocultas. Vermont… un nombre francés ¿no es cierto? Monte Verde. —Y señaló con su bastón la elevada cadena de colinas verdes y redondeadas que se alzaban por encima de sus cabezas—. Allá, en aquellos picos color esmeralda, cerca de Dios. Así, él podrá vigilarlas en mi lugar.

Sus ojos resplandecían cuando miro a Courtiade, pero la expresión del rostro del criado era sobria otra vez.

—¿Qué pasa? —dijo Talleyrand—. ¿No te gusta la idea?

—Habéis arriesgado tanto por estas piezas, señor —explicó cortésmente el valet—. Han costado tantas vidas. Dejarlas atrás parece… —y busco palabras para expresar sus sentimientos…

—Como si no hubiera servido para nada —dijo con amargura Talleyrand.

—Si perdonáis que me exprese con tanta audacia monseñor… si mademoiselle Mireille estuviese viva, moveríais cielo y tierra por conservar estas piezas, tal como os las confió… no las abandonaríais a los peligros de esta soledad. —Miró a Talleyrand con expresión preocupada ante lo que iban a hacer.

—Han pasado casi cuatro años sin una palabra, una señal —dijo Talleyrand con voz quebrada—. Sin embargo, pese a que no tenía nada a que cogerme, nunca abandoné la esperanza… hasta ahora. Pero Germaine ha regresado a Francia, y si hubiera algún rastro, su círculo de informantes lo habría descubierto. Su silencio augura lo peor. Tal vez, plantando estas piezas en la tierra, mi esperanza vuelva a encontrar sus raíces.

Tres horas más tarde, mientras los dos hombres colocaban la última piedra sobre el montículo de tierra elevado en el corazón de los Montes Verdes, Talleyrand levanto la cabeza y miró a Courtiade.

—Tal vez ahora —dijo, contemplando el montículos podamos tener la seguridad de que no volverán a salir a la superficie por otros mil años.

Courtiade estaba colocando arbustos y enredaderas sobre la tumba y gravemente, contestó:

—Pero al menos… sobrevivirán.

San Petersburgo, Rusia, noviembre 1796

Seis meses más tarde, en una antecámara del Palacio Imperial de San Petersburgo, Valerian Zubov y su guapo hermano Platón, amado de la zarina Catalina la Grande, susurraban entre sí mientras los miembros de la corte, prematuramente vestidos con trajes de luto, entraban por las puertas abiertas en dirección a la cámara real.

—No sobreviviremos —murmuró Valerian quien, como su hermano, llevaba un traje de terciopelo negro cubierto de condecoraciones—. ¡Tenemos que actuar ahora… o todo se habrá perdido!

—No puedo irme hasta que haya muerto —murmuró Platón orgullosamente cuando hubo pasado el último grupo—. ¿Qué parecería? Tal vez se recupere de repente… ¡y entonces todo se habrá perdido!

—¡No se recuperará! —contestó Valerian, luchando por reprimir su agitación—. Es una haémorragie des ceruelles. El doctor me ha dicho que nadie se recupera de una hemorragia cerebral. Y cuando ella muera, Pablo será el zar.

—Me ha ofrecido una tregua —dijo Platón, con voz insegura—. Esta mañana… me ha ofrecido un título y una propiedad. Por supuesto, nada tan espléndido como el Palacio Taurida. Algo en el campo.

—¿Y confías en él?

—No —admitió Platón—. ¿Pero qué puedo hacer? Aun cuando decidiera huir, no lograría llegar a la frontera…

La abadesa estaba sentada junto a la cama de la gran zarina de todas las Rusias. El rostro de Catalina era blanco. Estaba inconsciente. La abadesa tenía entre las suyas la mano de Catalina y miraba aquella piel lívida que, de vez en cuando, enrojecía mientras boqueaba en las últimas ansias de la muerte.

Qué terrible era verla allí tendida, esa amiga que habla sido tan vital, tan enérgica. Ni todo el poder del mundo había conseguido salvarla de esa muerte espantosa: su cuerpo era un pálido saco de fluidos, como una fruta podrida que se hubiera desprendido demasiado tarde del árbol. Éste era el fin que Dios tenía preparado para todos, ricos y pobres, santos y pecadores. Teabsolvum, pensó la abadesa… si mi absolución sirve para algo. Pero antes debes despertar, amiga mía. Porque necesito tu ayuda. Si hay algo que debes hacer antes de morir es decirme dónde escondiste la única pieza que te traje ¡Dime dónde has puesto la reina negra!

Pero Catalina no se recuperó. La abadesa, sentada en sus frías habitaciones, mirando la chimenea vacía que la debilidad y el dolor le impedían encender, se devanaba los sesos pensando en lo que podía hacer. Toda la corte estaba de duelo tras las puertas cerradas pero se trataba de un duelo por sí mismos más que por la zarina fallecida. Enfermos de miedo ante lo que podía sucederles ahora que el loco príncipe Pablo iba a ser coronado zar.

Decían que en el instante en que Catalina lanzó su último suspiro, había corrido a sus habitaciones para vaciar el contenido de su escritorio, arrojándolo al fuego Sin abrir ni leer. Temeroso de que entre esas últimas disposiciones hubiera un papel declarando lo que siempre había afirmado que deseaba: desheredarlo a favor de su hijo Alejandro.

El propio palacio se había transformado en una barraca. Los soldados de la guardia personal de Pablo, vestidos con sus uniformes de aspecto prusiano y brillantes botones, patrullaban los corredores noche y día, lanzando órdenes que podían oírse por encima del estruendo de las botas. Estaban dejando salir de las prisiones a los francmasones Y otros liberales a quienes Catalina había encerrado. Pablo estaba resuelto a contrariar todo lo que Catalina había hecho en su vida. Era sólo cuestión de tiempo, pensó la abadesa, antes de que fijara su atención en aquellos que habían sido sus amigos.

Oyó que se abría la chirriante puerta de sus habitaciones. Levantó la mirada Y vio a Pablo, con sus ojos saltones, contemplándola desde el otro lado de la cámara. Reía como un idiota, frotándose las manos. Ella no sabía si a causa de su satisfacción o del frío intenso.

—Os he estado esperando, Pavel Petrovich —dijo la abadesa con una sonrisa.

—¡Me llamaréis Majestad… Y os pondréis en pie cuando entre en vuestros aposentos! —dijo él casi gritando. Después, calmándose mientras la abadesa se levantaba lentamente, se acercó a ella y la miró con odio—. ¿No diríais, madame de Roque, que hay una gran diferencia en nuestras posiciones desde la última vez que entré en esta cámara? —dijo con voz desafiante.

—Pues sí —dijo con calma la abadesa—. Si la memoria no me engaña, vuestra madre me explicaba las razones por las que no heredaríais su trono… y, sin embargo, parece que los acontecimientos han tomado otro rumbo…

—¿Su trono? —gritó Pablo, crispando las manos—. ¡Era mi trono… el que me robó cuando yo tenía apenas ocho años! ¡Era una déspota! —gritó, con la cara roja de furia—. ¡Sé lo que estabais planeando entre las dos! ¡Sé lo que teníais en vuestra posesión! ¡Os exijo que me digáis dónde está escondido el resto!

Y metiendo una mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó la reina negra. La abadesa retrocedió asustada pero se rehizo en seguida.

—Eso es mío —dijo con gran tranquilidad, extendiendo la mano.

—¡No, no! —exclamó Pablo maliciosamente—. Las quiero todas… porque sé qué son, comprendéis. ¡Todas serán mías! ¡Todas mías!

—Me temo que no —dijo la abadesa, siempre con la mano tendida.

—Tal vez una temporada en prisión calme vuestros escrúpulos —contestó Pablo, apartándose mientras volvía a guardar la pesada pieza.

—Seguramente no habláis en serio —dijo la abadesa.

—No será hasta después del funeral —rió Pablo haciendo una pausa en la puerta—. No me gustaría que os perdierais el espectáculo. He ordenado que se exhumen los huesos de mi padre, Pedro III, se los saque del monasterio de Alexander Nevsky y se los traiga al Palacio de Invierno para ser expuestos junto al cuerpo de la mujer que ordenó su muerte. Sobre los ataúdes de mis padres, vestidos con sus trajes de ceremonia, habrá un lazo con la siguiente inscripción: «Separados en vida, reunidos por la muerte». Un cortejo de portadores, formado por los antiguos amantes de mi madre, transportará los féretros por las calles nevadas de la ciudad. ¡He dispuesto las cosas de modo que los que asesinaron a mi padre sean los encargados de llevar su ataúd! —Reía como un histérico mientras la abadesa lo miraba horrorizada.

—Pero Potemkin ha muerto —dijo ella.

—Sí… ya es demasiado tarde para el Serenísimo —rió—. ¡Sus huesos serán extraídos del mausoleo de Kherson y se dispersarán para que se los coman los perros! —Pablo abrió la puerta y se volvió hacia la abadesa—. En cuanto a Platón Zubov, el favorito más reciente de mi madre, recibirá nuevas tierras. Lo recibiré allí con champaña y una cena en fuentes de oro. ¡Pero sólo lo disfrutará por un día!

—¿Tal vez sea mi compañero de prisión? —sugirió la abadesa, ansiosa por saber lo más posible de los planes de ese demente.

—¿Para qué molestarse con semejante imbécil? En cuanto esté instalado, le haré una invitación al viaje. ¡Disfrutaré de la visión de su cara cuando se entere que debe devolver en un día todo lo que ganó con tanto esfuerzo y tantos años en la cama de ella!

En cuanto los cortinados se cerraron detrás de Pablo, la abadesa corrió hacia su escritorio. Mireille estaba viva, lo sabía, porque la carta de crédito que había enviado mediante Charlotte Corday para el banco de Londres había sido utilizada no una, sino muchas veces. Si Platón Zubov era desterrado, tal vez fuera la única persona que podría comunicarse con Mireille a través de aquel banco. Si Pablo no cambiaba de idea, tenía una posibilidad. Podía tener una pieza del juego de Montglane, pero no las tenía todas. Ella poseía el paño… y sabía dónde estaba escondido el tablero.

Mientras escribía la carta, redactada con sumo cuidado por si caía en otras manos, rezaba porque Mireille la recibiera antes de que fuera demasiado tarde. Cuando terminó, la escondió entre sus vestidos para poder pasársela a Zubov en el funeral. Después la abadesa se sentó para coser el paño del juego de Montglane en el revés de sus ropas. Tal vez fuera la última oportunidad que tendría de esconderlo antes de ir a prisión.

París, diciembre de 1797

El carruaje de Germaine de Staël atravesó las hileras de magníficas columnas dóricas que señalaban la entrada del hotel Galliffet, en la Rue de Bac. Sus seis caballos blancos, enjaezados y haciendo saltar la grava, se detuvieron ante la entrada principal. El lacayo bajó de un salto y sacó la escalerilla para ayudar a bajar a su airada ama. ¡En un año había sacado a Talleyrand de la oscuridad del exilio y lo había puesto en este palacio magnífico… y éste era su agradecimiento!

El patio ya estaba lleno de árboles y arbustos decorativos en tiestos. Courtiade se paseaba por la nieve, dando instrucciones para su colocación en los prados exteriores, contra el vasto fondo del parque nevado. Había cientos de árboles en flor… lo bastante como para convertir los prados en una tierra de hadas primaveral en medio del invierno. El criado contempló inquieto la llegada de madame de Staël y después se adelantó para saludarla.

—¡No trates de aplacarme, Courtiade! —exclamó Germaine antes de que el criado llegara a su lado—. ¡He venido a retorcer el cuello de ese miserable desagradecido que es tu amo!

Y antes de que Courtiade pudiera detenerla, subió la escalera y entró en la casa a través de las puertas acristaladas del costado.

Encontró a Talleyrand arriba, examinando recibos en el soleado estudio que daba al patio. Cuando entró impetuosamente en la habitación, él se volvió con una sonrisa.

—¡Germaine… qué placer inesperado! —dijo poniéndose de pie.

—¿Cómo te atreves a preparar una fiesta para ese corso advenedizo sin invitarme? —gritó ella—. ¿Olvidas quién te trajo de América, quién logró que se retiraran los cargos contra ti, quién convenció a Barras de que serías mejor ministro de Relaciones Exteriores que Delacroix? ¿Es éste el agradecimiento que recibo por poner a tu disposición mi considerable influencia? ¡Espero recordar en el futuro la velocidad con la que los franceses olvidan a sus amigos!

—Mi querida Germaine —dijo Talleyrand, ronroneando apaciguador mientras acariciaba su brazo—. Fue el propio monsieur Delacroix quien convenció a Barras de que yo sería más adecuado para ese trabajo.

—El hombre más adecuado para algunos trabajos —exclamó Germaine con ira y mofa—. ¡Todo París sabe que el niño que espera su mujer es tuyo! Probablemente los invitaste a ambos… a tu predecesor y a la amante con quien le has puesto los cuernos…

—He invitado a todas mis amantes —rió él—. Incluida tú. Pero si estuviera en tu lugar, querida mía, no arrojaría piedras en lo que se refiere a poner cuernos…

—No he recibido ninguna invitación —dijo Germaine, saltándose las insinuaciones.

—Por supuesto que no —dijo él, contemplándola con sus dóciles y brillantes ojos azules—. ¿Para qué molestarme en invitar a mi mejor amiga? ¿Cómo pensaste que podía planificar una fiesta de esta magnitud, con quinientos invitados, sin tu ayuda? ¡Hace días que te espero!

Germaine vaciló un momento.

—Pero ya has iniciado los preparativos —dijo.

—Unos miles de árboles y arbustos —resopló Talleyrand—. No es nada comparado con lo que tengo pensado. —Y cogiéndola del brazo, la hizo recorrer las ventanas, señalando el patio—. ¿Qué te parece esto? Docenas de tiendas de seda llena de cintas y banderolas, junto a los prados y agrupada en el patio. Entre las tiendas, soldados con uniformes franceses en posición de firmes… —y volvió a llevarla hacia la puerta del estudio, donde la galería de mármol rodeaba el solemne vestíbulo de entrada que llevaba a una escalera de lujoso mármol italiano. Había obreros arrodillados que desenrollaban una alfombra de color rojo oscuro—. ¡Y aquí, mientras entran los huéspedes, habrá músicos tocando marchas militares y trasladándose por la galería, bajando y subiendo las escaleras al ritmo de la Marsellesa!

—¡Es magnífico! —exclamó Germaine juntando las manos—. Hay que colorear todas las flores rojas, blancas y azules… con lazos de crêpe de los mismos colores adornando las balaustradas…

—¿Ves? —dijo Talleyrand sonriendo y abrazándola—. ¿Qué haría yo sin ti?

Como sorpresa especial, Talleyrand había dispuesto que en el comedor hubiera sillas sólo para las mujeres. Cada caballero permanecería en pie detrás de la silla de una dama, sirviéndole trozos escogidos de las bandejas de comidas elaboradas que los lacayos de librea harían circular constantemente. Esto halagaba a las mujeres y daba a los hombres la oportunidad de conversar.

Napoleón estaba encantado con la recreación de su campamento italiano que lo recibiera en la entrada. Vestido de uniforme sencillo y desprovisto de condecoraciones, como le había aconsejado Talleyrand, se distinguía de los directores del gobierno, que llegaron con los lujosos trajes emplumados diseñados por David.

El propio David, en el extremo más alejado del salón, servía a una belleza rubia a quien Napoleón ansiaba conocer.

—¿La he visto antes en alguna parte? —susurró a Talleyrand con una sonrisa, mirando las hileras de mesas.

—Quizá —respondió Talleyrand con frialdad—. Ha estado en Londres durante el Terror y acaba de regresar a Francia. Se llama Catherine Grand.

Cuando los invitados se levantaron de la mesa, dispersándose por los diversos salones de baile, Talleyrand trajo a la hermosa mujer. El general ya había sido atrapado por madame de Staël, que lo acosaba a preguntas.

—Decidme, general Bonaparte —preguntó enérgicamente—. ¿Qué tipo de mujer admiráis más?

—La que concibe más hijos —fue su seca respuesta. Al ver que Catherine Grand se acercaba del brazo de Talleyrand, sonrió—. ¿Y dónde habéis estado escondida, hermosa? —preguntó después que fueron presentados—. Tenéis aspecto francés y nombre inglés. ¿Sois británica de nacimiento?

Je suis d’Inde —contestó Catherine Grand con una dulce sonrisa. Germaine quedó boquiabierta y Napoleón miró a Talleyrand con una mirada inquisitiva. Porque esta declaración de doble sentido, tal como la pronunció, significaba también «Soy una completa idiota».

Madame Grand no es tan tonta como pretende hacernos creer —dijo irónicamente Talleyrand, mirando a Germaine—. En realidad, creo que es una de las mujeres más inteligentes de Europa.

—Una mujer bonita puede no ser siempre inteligente —dijo Napoleón—, pero una mujer inteligente siempre es bonita.

—Me avergonzáis frente a madame de Staël —dijo Catherine Grand—. Todo el mundo sabe que ella es la mujer más brillante de Europa. ¡Pero si hasta ha escrito un libro!

—Ella escribe libros —dijo Napoleón, cogiendo el brazo de Catherine—, ¡pero se escribirán libros sobre vos! —En ese momento se acercó David, saludando cordialmente a todos. Pero ante madame Grand hizo una pausa.

—Sí, el parecido es notable, ¿no es verdad? —dijo Talleyrand, adivinando sus pensamientos—. Por eso os asigné un lugar junto a madame Grand durante la cena. Y decidme, ¿qué fue de aquel cuadro que estabais haciendo sobre las Sabinas? Me gustaría comprarlo en nombre del recuerdo… si se termina alguna vez.

—Lo terminé en prisión —dijo David con una risa nerviosa—. Poco después se exhibió en la Academia. Ya sabéis que después de la caída de Robespierre estuve encerrado varios meses.

—Yo también estuve preso en Marsella —rió Napoleón—. Y por la misma razón. El hermano de Robespierre, Agustin, era partidario mío… ¿pero qué es ese cuadro del que habláis? Si madame Grand posó para él, me interesaría verlo.

—No fue ella —contestó David con voz temblorosa—, sino alguien a quien se parece mucho. Una pupila mía que… murió durante el Terror. Había dos…

—Valentine y Mireille —interrumpió madame de Staël—. Unas criaturas adorables… solían ir a todas partes con nosotros. Una murió, ¿pero qué le sucedió a la otra, la pelirroja?

—También ha muerto, según creo —dijo Talleyrand—. O al menos eso ha afirmado madame Grand. Fuisteis su íntima amiga, ¿no es así, querida mía?

Catherine Grand había palidecido, pero sonrió dulcemente mientras luchaba por rehacerse. David le dirigió una mirada rápida y estaba a punto de hablar cuando Napoleón lo interrumpió.

—¿Mireille? ¿Era la pelirroja?

—Exacto —dijo Talleyrand—. Ambas eran monjas de Montglane…

—¡Montglane! —susurró Napoleón, mirando fijamente a Talleyrand. Después volvió a mirar a David—. ¿Decís que eran vuestras pupilas?

—Hasta que murieron —repitió Talleyrand, mirando con atención a madame Grand mientras ella se retorcía, incómoda. Después miró a David—. Parece que hay algo que os molesta —dijo, cogiendo el brazo del pintor.

—Hay algo que me molesta a mí —dijo Napoleón, eligiendo cuidadosamente las palabras—. Caballeros… sugiero que escoltemos a las damas al salón de baile y nos retiremos al estudio unos momentos. Me gustaría llegar al fondo de todo esto.

—¡Cómo, general Bonaparte! —dijo Talleyrand—. ¿Sabéis algo de las dos mujeres de las que hablamos?

—Ciertamente… al menos de una de ellas —contestó con aire sincero—. Si se trata de la mujer que pienso… ¡estuvo a punto de dar a luz a su hijo en mi casa de Córcega!

—Está viva… y ha tenido un hijo —dijo Talleyrand después de reunir las historias de Napoleón y David. Mi hijo, pensó, paseándose por su estudio mientras los otros dos hombres bebían un estupendo madeira sentados en los blandos sillones de damasco de oro junto al fuego—. ¿Pero dónde puede encontrarse ahora? Ha estado en Córcega y en el Magreb… después volvió a Francia, donde perpetró el crimen de que me habláis. —Miró a David, que temblaba ante la enormidad de la historia que acababa de relatar… por primera vez.

—Pero ahora Robespierre ha muerto… y no hay nadie en Francia, salvo vos, que sepa esto —dijo a David—. ¿Dónde podría estar? ¿Por qué no vuelve?

—Tal vez deberíamos hablar con mi madre —sugirió Napoleón—. Como he dicho, era ella quien conocía a la abadesa, que fue la que inició todo este juego. Creo que su nombre es madame de Roque…

—Pero… ¡ella estaba en Rusia! —dijo Talleyrand, volviéndose de pronto de cara a los otros al comprender lo que esto significaba—. Catalina la Grande murió el invierno pasado… hace casi un año. ¿Y qué ha sido de la abadesa ahora que Pablo está en el trono?

—¿Y de las piezas, cuya localización sólo ella debe conocer? —agregó Napoleón.

—Sé dónde han ido a parar algunas —dijo David, hablando por primera vez desde que concluyera su terrible historia. Ahora miró a Talleyrand de frente, y éste se sintió intranquilo. ¿Había adivinado David dónde había pasado Mireille la última noche que estuvo en París? ¿Habría supuesto Napoleón a quién pertenecía el magnífico caballo que montaba cuando él y su hermana la encontraron en las barricadas? Si era así, tal vez imaginaran qué había hecho ella con las piezas de oro y plata del juego de Montglane antes de dejar Francia. Miró con atención a David, con rostro indiferente.

—Antes de morir, Robespierre me habló… del juego que estaba desarrollándose para obtener las piezas. Había una mujer detrás… la Reina Blanca, su protectora y la de Marat. Fue ella quien asesinó a las monjas que buscaban a Mireille… ella quien capturó las piezas. Sólo Dios sabe cuántas tiene ahora o si Mireille conoce el peligro que la acecha. Pero vosotros deberíais saberlo, caballeros. Aunque residió en Londres durante el Terror… él la llamaba la mujer de la India.

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