El ocho

El ocho


La tormenta

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LA TORMENTA

El Ángel de Albión se detuvo junto a la Piedra de la Noche y vio el terror como un cometa, o más bien parecido al planeta rojo, que una vez encerró en su esfera a los terribles cometas fugaces.

El espectro lució su terrible longitud manchando el Templo con líneas de sangre; y así surgió la Voz que sacudió el Templo.

WILLIAM BLAKE

América: una Profecía

Y así viajé por toda la tierra y fui un peregrino durante toda mi vida, solo, un extranjero en tierra extraña. Después Tú hiciste crecer en mí Tu arte por debajo del hálito de la terrible tormenta que ruge en mi interior.

PARACELSO

Me sobresaltó enterarme de que Solarin era el nieto de Minne Renselaas, pero no tenía tiempo de cuestionar su genealogía mientras bajábamos a trompicones las Escaleras del Pescador en compañía de Lily y en la oscuridad creada por la tormenta inminente. Debajo de nosotros, el mar estaba cubierto por una misteriosa bruma rojiza, y cuando miré colina arriba por encima del hombro, vi el resplandor escalofriante de la luna, los dedos rojos del siroco que levantaban toneladas de arena, que descendía por las unfructuosidades de las montañas como si procurara atraparnos en nuestra huida.

Llegamos a las dársenas del extremo del puerto, donde estaban atracados los barcos privados. Apenas distinguía sus formas oscuras en medio de la arena y el viento. Lily y yo subimos a ciegas a nuestro barco detrás de Solarin y bajamos de inmediato para acomodar a Carioca y las piezas y para escapar de la arena que ya quemaba nuestra piel y nuestros pulmones. Vi a Solarin soltando las amarras mientras cerraba la puerta de la pequeña cabina y descendía a tientas detrás de Lily.

El motor se encendió, ronroneando suavemente mientras el barco empezaba a moverse. Tanteé a mi alrededor hasta que encontré un objeto con forma de lámpara que olía a queroseno. La encendí para poder ver el interior de la cabina, pequeña pero lujosamente arreglada. Había madera oscura por todas partes y ricas alfombras, algunas sillas giratorias de piel, una litera contra la pared y una hamaca de red colgada en un rincón y rodeada de fotos de Mae West. Frente a las camas, había una pequeña cocina con un fregadero y un hornillo. Pero cuando abrí los armarios, vi que no había comida… sólo una buena provisión de licores. Abrí una botella de coñac, cogí vasos de agua y serví un trago a cada una.

—Espero que Solarin sepa cómo manejar esta cosa —dijo Lily tomando un buen trago.

—No seas ridícula —le dije, al recordar después del primer trago cuánto tiempo hacía que no comía nada—. Esto no es un barco de vela… ¿no escuchas el ruido del motor?

—Bueno, si es sólo una motora —dijo Lily—, ¿para qué demonios tiene todos esos mástiles en el medio? ¿Para que haga bonito?

Ahora que lo mencionaba, me pareció recordar haberlos visto. No era posible que estuviéramos saliendo al mar con un velero en medio de la tormenta que se avecinaba. Ni siquiera Solarin tenía tanta confianza en sí mismo. Para asegurarme, me pareció que lo mejor era echar un vistazo.

Subí la escalerilla estrecha que daba a la pequeña cabina de mando, rodeada de bancos tapizados. Ya habíamos salido del puerto y estábamos ligeramente por delante de la sábana de arena roja que seguía avanzando sobre Argel. El viento era fuerte, la luna, brillante, y a su fría luz tuve mi primera visión clara del barco al que presuntamente debíamos la salvación.

Era más grande de lo que creía, con hermosas cubiertas que parecían de teca pulida a mano. En torno al perímetro había lustradas barandillas de bronce y la pequeña cabina estaba llena de resplandeciente quincallería artesanal. No uno sino dos mástiles se alzaban hacia el cielo oscurecido. Solarin, con una mano en el timón estaba sacando de un agujero en cubierta grandes paquetes de lona plegada.

—¿Un velero? —pregunté, mirándolo trabajar.

—Un ketch —murmuró, siempre sacando lona—. Fue todo lo que pude robar con tan poco tiempo, pero es un buen barco… once metros… —Significara eso lo que significase.

—Estupendo. Un velero robado —dije—. Ni Lily ni yo sabemos nada sobre navegación… espero que tú sí.

—Por supuesto —dijo con desdén—. Nací junto al mar Negro.

—¿Y qué? Yo vivo en Manhattan… una isla rodeada de barcos por todos lados. Eso no quiere decir que sepa como conducir uno en medio de una tormenta.

—Si dejaras de quejarte y me ayudaras a sacar estas velas, tal vez lograríamos escapar de la tormenta. Te diré lo que tienes que hacer… una vez que las hayamos dispuesto, podré manejarlas solo. Si salimos pronto podríamos estar más allá de Menorca cuando llegue la tormenta.

De modo que me puse a trabajar, siguiendo sus instrucciones. Las cuerdas, llamadas sábanas y drizas hechas de cáñamo, me cortaron los dedos al tirar de ellas. Las velas —metros de algodón egipcio cosido a mano— tenían nombres como foque o sobremesana. Atamos dos en el mástil más adelantado y otra a popa, como decía Solarin. Tiré tan fuerte como pude mientras él me daba sus órdenes a gritos… y até lo que esperaba que fueran las cuerdas correctas a los ganchos de metal incrustados en cubierta. Cuando izamos las tres, la belleza del barco resultó notable, así como la velocidad con la que adelantaba.

—Lo has hecho bien —dijo Solarin cuando me reuní con él—. Es un barco estupendo… —Hizo una pausa y me miró—. ¿Por qué no bajas y descansas un poco? Tienes aspecto de necesitarlo. El juego todavía no ha terminado.

Era verdad… no había dormido nada desde la siesta en el avión a Orán, hacía doce horas… aunque parecían doce días. Y exceptuando aquella zambullida en el mar, tampoco me había bañado.

Pero antes de rendirme a la fatiga y el hambre, había cosas que necesitaba saber.

—Dijiste que íbamos a Marsella —observé—. ¿No será ése uno de los primeros lugares donde nos buscarán Sharrif y sus matones, en cuanto se convenzan de que no estamos en Argel?

—Atracaremos cerca de La Camargue —dijo Solarin, empujándome sobre un asiento mientras girábamos y el botalón pasaba por encima de nuestras cabezas—. Kamel tiene un avión privado esperándonos en un aeropuerto cercano. No esperará para siempre… le resultó difícil arreglarlo… de modo que es una suerte que haya buen viento.

—¿Por qué no me dices qué está sucediendo en realidad? —pregunté—. ¿Por qué nunca me dijiste que Minne era tu abuela… o que conocías a Kamel? ¿Y cómo te metiste en este juego? Pensábamos que era Mordecai quien te había metido.

—Y lo fue —me dijo, manteniendo los ojos fijos en el mar oscuro—. Antes de ir a Nueva York, sólo había visto una vez a mi abuela… cuando era niño. No podía tener más de seis años en ese momento, pero jamás olvidaré… —Hizo una pausa, como perdido en sus recuerdos. No lo interrumpí. Esperé a que continuara.

»Nunca conocí a mi abuelo —dijo lentamente—. Murió antes de que yo naciera. Ella se casó con Renselaas más tarde… y cuando él murió, se casó con el padre de Kamel. Sólo conocí a Kamel cuando vine a Argel. Fue Mordecai quien viajó a Rusia para atraerme al juego. No sé cómo lo conoció Minne… pero sin duda es el jugador de ajedrez más despiadado que ha existido desde Alekhine, y mucho más encantador. En el poco tiempo que tuvimos para jugar, aprendí mucho de él…

—Pero no fue a Rusia para jugar al ajedrez contigo —interrumpí.

—¡Claro que no! —dijo Solarin, riendo—. Estaba buscando el tablero, y pensó que yo podía ayudarle a conseguirlo.

—¿Y fue así?

—No —dijo Solarin, volviendo hacia mí su mirada verde con una expresión que no pude definir—. Los ayudé a conseguirte. ¿No fue bastante?

Yo tenía otras preguntas, pero su mirada me puso incómoda… no sé por qué. El viento arreciaba, llevando consigo la dura y punzante arena. De pronto me sentí muy fatigada. Empecé a levantarme, pero Solarin me lo impidió.

—Cuidado con el botalón —me dijo—. Estamos girando otra vez. —Y empujando la vela hacia el otro lado, me indicó que podía bajar—. Llamaré si te necesito —dijo.

Cuando bajé la empinada escalerilla, vi a Lily sentada en la litera de abajo dando a Carioca unos bizcochos secos empapados en agua. Junto a ella, sobre la cama, había un tarro abierto de mantequilla de cacahuete que de alguna manera se las había arreglado para encontrar, junto con varias bolsas de frutos secos y tostadas. Se me ocurrió que, de pronto, se la veía más bien delgada, con su quemada nariz tirando hacia el bronceado y el sucio minivestido adhiriéndose a curvas esbeltas más que a grasa gelatinosa.

—Será mejor que comas —dijo—. Este movimiento constante me está enfermando… no he podido dar ni un mordisco.

Allí, en la cabina, se notaba el balanceo de las olas. Tragué algunos frutos secos con mucha mantequilla de cacahuete, los bajé con los restos de mi coñac y me arrastré a la litera superior.

—Creo que lo mejor que podemos hacer es dormir un poco —aconsejé—. Tenemos una larga noche por delante… y mañana un día aún más largo.

—Ya es mañana —dijo Lily, poniéndose de pie y mirando su reloj. Apagó la lámpara. Escuché el chirrido de los resortes cuando ella y Carioca se acomodaron para pasar la noche. Fue lo último que oí antes de perderme en tierra de sueños.

No sé cuándo escuché el primer golpe. Soñaba que estaba en el fondo del mar, arrastrándome por la arena blanda mientras las olas se agitaban a mi alrededor. En mi sueño, las piezas del juego de Montglane estaban vivas y trataban de salirse de mi bolso. Por grandes que fuesen mis esfuerzos por volver a meterlas dentro y avanzar hacia la playa, mis pies seguían hundiéndose en el limo. Tenía que respirar. Estaba tratando de salir a la superficie cuando llegó una ola que volvió a sumergirme.

Abrí los ojos, y al principio no supe dónde estaba. Miraba por un ojo de buey totalmente sumergido en el agua. Después el barco se inclinó hacia el otro lado, caí de mi litera y me golpeé contra el fregadero. Me puse de pie, empapada. El agua me llegaba a las rodillas e inundaba toda la cabina. Las olas golpeaban contra la litera de Lily, donde estaba Carioca, sentado sobre su forma todavía dormida, tratando de mantener las patas secas. Algo marchaba muy mal.

—¡Despierta! —grité, y el ruido del agua y de las gimientes maderas ahogaron mis palabras. Estaba tratando de mantener la calma mientras tiraba de ella en dirección a la hamaca. Sosteniéndola con un brazo, cogí los salvavidas con la mano libre. La arrojé dentro de la balanceante hamaca. Cogí a Carioca y se lo puse encima en el preciso momento en que el estómago de Lily se rebelaba. Cogí un cubo de plástico que flotaba junto a nosotras y se lo metí en la cara. Vomitó sus bizcochos y después me miró con expresión agónica.

—¿Dónde está Solarin? —preguntó por encima del ruido del viento y el agua.

—No lo sé —respondí, arrojándole un salvavidas y poniéndome el otro mientras caminaba por el agua cada vez más abundante—. Ponte eso… voy a ver.

El agua bajaba por los escalones. La puerta golpeaba contra la pared. La agarré al salir y volví a cerrarla. Después miré en torno… ojalá no lo hubiera hecho.

El barco, inclinado profundamente hacia la derecha, retrocedía en diagonal por un enorme agujero de agua. El agua bañaba la cubierta y salía por el costado. Y una de las velas frontales, mojada y pesada, se había soltado y se arrastraba por el agua. Solarin, apenas a dos metros de distancia, yacía a medias fuera de la cabina, con los brazos colgando sobre cubierta en el momento en que la ola lo levantaba… y empezaba a arrastrarlo.

Cogí el timón y me abalancé sobre él, asiendo su pie desnudo y la pernera del pantalón mientras el agua golpeaba su cuerpo insensible… y seguía arrastrándolo. De pronto, no pude seguir sujetándolo. El agua lo arrastró por la estrecha cubierta y lo lanzó contra la barandilla, después volvió a levantarlo Y empezó a arrojarlo por encima del barco.

Me lancé de bruces sobre la cubierta, usando todo lo que tenía a mi alcance —pies, manos— para trasladarme, cogiéndome a las clavijas de metal incrustadas en cubierta mientras trataba de acercarme a el arrastrándome por el suelo inclinado. Estábamos siendo chupados hacia el vientre de una ola… mientras otra pared de agua de la altura de un edificio de cuatro pisos se hinchaba al otro lado de la hondonada.

Caí sobre Solarin y lo cogí por la camisa, tirando de él con todas mis fuerzas contra el agua y la inclinación de la cubierta. Sólo Dios sabe cómo conseguí meterlo en la cabina, arrojándolo dentro de cabeza. Lo saqué del agua, colocándolo contra un asiento y lo abofeteé muy fuerte varias veces… la sangre brotaba de una herida en su cabeza y le caía sobre las orejas. Yo gritaba por encima del ruido del viento y el agua mientras el barco caía más y más rápido por el muro de agua.

Abrió los ojos, confuso, y volvió a cerrarlos porque se le llenaban de agua.

—¡Estamos girando! —le chillé—. ¿Qué hay que hacer?

Solarin se incorporó de golpe, cogiéndose del costado de la cabina y miró rápidamente a su alrededor, apreciando la situación.

—Baja las velas… —Cogió mis manos y las puso en el timón—. ¡Corta a estribor! —gritó, mientras luchaba por levantarse.

—¿A la izquierda o a la derecha? —pregunte, aterrada.

—¡Derecha! —respondió… pero volvió a derrumbarse en el asiento que estaba junto a mí, con la cabeza sangrando abundantemente mientras el agua nos cubría y yo me aferraba al timón.

Lo hice girar con todas mis fuerzas y sentí que el barco se hundía en el agua mientras caíamos. Seguí haciendo girar el timón hasta que estuvimos por completo inclinados sobre un lado. Estaba segura de que iba a darse la vuelta… no había nada, salvo la gravedad que nos llevaba cada vez más abajo mientras la pared de agua se alzaba encima de nosotros, ennegreciendo la lodosa luz castaña del cielo matutino.

—¡Las drizas! —exclamó Solarin, sujetándome. Lo miré un instante… y después lo empujé hacia el timón, al que se cogió con todas sus fuerzas.

Sentía el sabor del miedo en la boca. Solarin mantenía el barco en la base de la siguiente ola, cogió un hacha y me la puso en la mano. Me arrastré por el techo de la cabina, derecha hacia el mástil frontal. Por encima de nosotros, la ola se hacía cada vez más grande, mientras la pluma de la parte superior empezaba a curvarse sobre sí misma. Cuando el agua cayó sobre el barco, no pude ver nada. El rugido de miles de toneladas de agua era ensordecedor. Con la mente en blanco, medio me arrastré y me deslicé hacia el mástil.

Lo cogí con todas mis fuerzas y descargué hachazos sobre las drizas hasta que el cáñamo se soltó girando en espiral, como un baile de crótalos. La soga voló libre y yo me apreté boca abajo en la cubierta cuando el cabo suelto me golpeó con la fuerza de un tren. Había velas por todas partes y oía el ruido espantoso de la madera que se astillaba. El muro de agua se desplomó sobre nosotros. Mi nariz se lleno de guijarros y arena… el agua bajaba por mi garganta mientras yo me esforzaba por no toser ni tratar de respirar. Fui arrancada de mi refugio del mástil y arrojada hacia atrás, de modo que no sabía si estaba cabeza abajo o no. Trataba de asirme con todas mis fuerzas a todo contra lo que chocaba… mientras el agua seguía llegando.

La parte frontal del barco se levanto en el aire y después se desplomó. Una sucia lluvia gris caía sobre nosotros mientras entrábamos y salíamos violentamente de las olas… pero seguíamos a flote. Las velas eran omnipresentes, semisumergidas en el mar y aplastándose contra cubierta… algunas cayeron pesadamente sobre mis piernas mientras yo trataba de incorporarme. Empecé a retroceder hacia el mástil trasero, cogiendo el hacha, que había quedado enganchada en un montón de trapos, a un metro de distancia. Hubiera podido ser mi cabeza, pensé mientras corría acuclillada por un costado del barco, cogiéndome a la barandilla para no caer.

Solarin, en la cabina, apartaba las velas cogido del timón.

La sangre mojaba su cabello rubio como un pañuelo color carmesí, y goteaba por su camisa.

—¡Ata esa vela! —aulló—. Usa lo que tengas a mano… pero sujétala antes de que vuelva a golpearnos.

Tiraba de las velas delanteras de pie en el puente. Estaban dispersas como la piel de un animal ahogado.

Corté la driza trasera pero el viento era tan fuerte que me costaba mantener la vela sujeta. Cuando la bajé y la até como pude, atravesé la cubierta agachada, con los pies desnudos chapoteando en el agua, golpeándome los dedos con las clavijas del suelo. Estaba calada hasta los huesos, pero tiré del foque, colgándome de él con todas mis fuerzas mientras se hundía en el mar y sacándolo del agua que salía de la cubierta. Solarin estaba sujetando la sobremesana, que colgaba suelta como un brazo roto.

Mientras él luchaba con el timón, salté al puente. El barco seguía brincando como un corcho a través del vacío oscuro y lodoso. Aunque el mar estaba encabritado y violento, escupiendo agua por todos lados y agitándonos de atrás para delante… ya no había olas como la que acababa de golpearnos. Era como si un extraño genio hubiera salido de una botella del negro suelo marino, hubiera tenido un breve ataque de cólera… y hubiera desaparecido. Al menos, eso esperaba.

Estaba exhausta… y sorprendida de estar viva. Me quedé allí sentada, temblando de frío y miedo, mirando el perfil de Solarin, que contemplaba las olas. Parecía tan concentrado como ante aquel tablero de ajedrez… como si esto también hubiera sido cuestión de vida o muerte. Recordé que había dicho: «Soy un maestro de este juego». «¿Y quién gana? —le pregunté entonces, y él contestó—: Yo. Siempre gano».

Solarin luchó en un silencio hosco con el timón durante lo que parecieron horas mientras yo estaba allí sentada, fría e insensible, con la cabeza vacía. El viento amainaba pero las olas seguían siendo tan altas que nos movíamos como en una montaña rusa. En el Mediterráneo había visto esas tormentas que llegaban y se desvanecían, producían olas de tres metros de altura en los escalones del puerto de Sidi-Fredj y desaparecían después, como chupadas por un vacío. Rezaba porque esta vez sucediera lo mismo.

Cuando vi el cielo oscuro que nos cubría aclarándose en la distancia, hablé.

—Si estamos bien por un rato —le dije—, tendría que bajar y ver si Lily sigue viva.

—Podrás irte enseguida. —Se volvió hacia mí, con un lado de la cara sucio de sangre y agua, que goteaba del pelo y caía en su nariz y su mejilla—. Pero primero quiero darte las gracias por salvarme la vida.

—Creo que tú salvaste la mía —dije con una sonrisa, pese a que seguía temblando de miedo y frío—. No hubiera sabido por dónde empezar…

Pero Solarin me miraba fijamente, con las manos apoyadas en el timón. Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó sobre mí… sus labios eran cálidos y el agua que se deslizaba por su pelo cayó en mi cara y volvimos a quedar empapados por sus dedos como aguijones de avispas. Solarin se apoyó contra el timón y me atrajo hacia él, sus manos eran cálidas en aquellos lugares en los que mi camisa se pegaba a mi piel. Me atravesó un estremecimiento como una corriente eléctrica mientras él volvía a besarme, esta vez de manera más prolongada. Las olas subían y bajaban. Seguramente por eso tenía aquella sensación extraña en el estómago. No podía moverme y sentía que su calor me penetraba más y más. Por último se apartó y miró mis ojos con una sonrisa.

—Si sigo así, nos hundiremos seguro —dijo con sus labios a pocos centímetros de los míos. Reacio, volvió a poner las manos sobre el timón. Frunció el ceño al volver a mirar el mar—. Es mejor que bajes —dijo despacio, como si estuviera pensando en algo. No se volvió a mirarme.

—Buscaré algo para vendarte la cabeza —prometí, furiosa al comprobar que mi voz sonaba débil. El mar estaba muy movido aún, y las oscuras paredes de agua nos rodeaban. Pero eso no bastaba para explicar cómo me sentía al mirar su cabello mojado… y las zonas donde su camisa desgarrada se apretaba contra su cuerpo esbelto y musculoso. Bajé.

Al descender las escaleras, temblaba todavía. Por supuesto, pensé, su abrazo era una manifestación de gratitud… eso era todo. ¿Por qué tenía entonces esa extraña sensación en el estómago? ¿Por qué veía todavía sus translúcidos ojos verdes, tan penetrantes en el segundo anterior a aquel beso?

En la débil luz que provenía de la escotilla, tanteé el camino por el camarote. La hamaca había sido arrancada de la pared. Lily estaba sentada en el rincón, con el desmadejado Carioca en su regazo. Tenía las patitas apoyadas en su pecho y trataba de lamerle la cara. Cuando me oyó abrirme paso sobre mis vacilantes pies, levantó la cabeza. Yo me balanceaba entre el fregadero y las literas. Mientras avanzaba, iba sacando cosas del agua y las metía en la pila.

—¿Estás bien? —pregunté a Lily. El lugar hedía a vómito… no quería mirar con demasiada atención el agua en la que estaba metida.

—Vamos a morir —gimió—. Dios mío, después de todo lo que hemos pasado… vamos a morir. Y todo por esas malditas piezas.

—¿Dónde están? —pregunté asustada de repente, pensando que al fin y al cabo mi sueño podía haber sido una premonición.

—Aquí en la bolsa —dijo, sacándola de debajo suyo—. Cuando el barco hizo aquella zambullida, volaron por el camarote y me golpearon… y la hamaca se cayó. Estoy llena de magulladuras…

Su rostro estaba manchado de lágrimas y agua sucia.

—Yo las guardaré —le dije, cogí la bolsa, la metí debajo del fregadero y cerré la puerta del armario—. Creo que lo lograremos. La tormenta amaina. Pero Solarin tiene una fea herida en la cabeza. Tengo que encontrar algo para limpiarlo.

—En el lavabo hay un botiquín —indicó con un hilo de voz, tratando de incorporarse—. Dios mío, me encuentro muy mal.

—Trata de volver a la cama —le dije—. Tal vez la litera superior esté más seca que el resto. Yo vuelvo a ayudado.

Cuando salí del pequeño lavabo con el botiquín lleno de agua que había conseguido encontrar entre los despojos, Lily había subido a la litera y yacía de costado, gimiendo. Carioca trataba de meterse bajo su cuerpo, buscando un lugar caliente. Di una palmadita a cada una de las cabezas mojadas y volví a subir trabajosamente mientras el barco rolaba.

Ahora el cielo estaba más claro, del color de la leche con cacao, y a la distancia veía lo que parecía ser un manchón de sol sobre el agua.

¿Era posible que hubiera pasado lo peor?

Mientras me sentaba junto a Solarin, sentí que me inundaba el alivio.

—No hay una venda seca en toda la casa —dije, abriendo la caja de lata de las medicinas y examinando el contenido empapado—. Pero hay iodina y tijeras…

Solarin miró y sacó un tubo grueso de pomada lubricante. Me lo pasó sin levantar la mirada.

—Puedes ponerme eso si quieres —dijo, volviendo a fijar los ojos en el agua mientras empezaba a desabotonar su camisa con una sola mano—. Me desinfectará y parará un poco la hemorragia… entonces, si desgarras la camisa para vendarme…

Lo ayudé a sacarse la camisa mientras él seguía contemplando el mar. Podía oler el calor de su piel a pocos centímetros de distancia. Traté de no pensar en eso mientras él hablaba.

—Esta tormenta va amainando —dijo, como si hablara consigo mismo—. Pero nos esperan problemas mayores. El botalón está resquebrajado y el foque desgarrado. No conseguiremos llegar a Marsella. Además, nos hemos desviado… tendré que orientarme. En cuanto me hayas vendado, puedes coger el timón mientras echo una ojeada a los mapas…

Su cara era una máscara impasible mientras contemplaba el mar, y yo trataba de no mirar su cuerpo, que tenía a pocos centímetros, mientras estaba allí sentado, desnudo hasta la cintura. ¿Pero qué me pasaba?, pensé. Debía estar mareada a causa del terror que había sufrido hacía poco… pero lo único en lo que podía pensar mientras el barco se hamacaba sobre las olas era en la calidez de sus labios y el color de sus ojos cuando los hundía en los míos…

—Si no llegamos a Marsella —dije, obligándome a pensar en otra cosa—, ¿no se irá el avión sin nosotros?

—Sí —dijo Solarin sonriendo de manera extraña mientras seguía mirando el mar—. Qué terrible contratiempo… tal vez nos veríamos obligados a atracar en algún lugar remoto. Podríamos quedar varados durante meses, sin transporte y totalmente aislados.

Yo estaba arrodillada sobre el barco, untándole la cabeza con pomada, cuando continuó:

—¡Qué cosa tan terrible! ¿Qué harías, atrapada con un ruso loco que sólo sabe jugar al ajedrez?

—Supongo que aprendería a jugar —le dije, empezando a vendarlo mientras él daba un respingo.

—Creo que los vendajes pueden esperar —me dijo, cogiéndome por las muñecas. Yo tenía ambas manos ocupadas con medicinas y tiras de camisa. Me obligó a ponerme de pie y como quedé sobre el banco, rodeó mis piernas con sus brazos, me cargó sobre sus hombros como si fuera un saco de patatas y salió del puente mientras el barco continuaba rolando sobre las olas.

—¿Qué haces? —reí, con la cara apretada contra su espalda mientras su sangre me manchaba la cabeza.

Me deslizó pegada a su cuerpo y me colocó en cubierta. El agua nos cubría los pies mientras estábamos allí mirándonos, absorbiendo con las piernas el movimiento perpetuo del barco sobre el agua.

—Voy a mostrarte qué más saben hacer los maestros de ajedrez rusos —dijo, mirándome.

Sus ojos verdegrises no sonreían. Me atrajo hacia él y nuestros cuerpos y labios se encontraron. Yo sentía el calor de su carne desnuda a través de la tela mojada de mi camisa; cuando besó mis ojos y mi rostro, el agua salada goteó de su cara y entró en mi boca entreabierta. Sus manos estaban hundidas en mi cabello húmedo. A través de las frías telas mojadas que me cubrían, sentí cómo aumentaba mi propio calor, disolviéndome por dentro como hielo bajo el cálido sol del estío. Aferré sus hombros y hundí la cara en la piel más dura de su pecho desnudo. Solarin murmuraba palabras en mi oído mientras el barco se balanceaba arriba y abajo, meciéndonos mientras nos movíamos…

—Te deseaba aquel día en el club de ajedrez —dijo, apartando mi cara para mirarme a los ojos—. Quería poseerte allí mismo, en el suelo… con todos aquellos obreros que andaban por ahí. La noche que fui a tu apartamento para dejar aquella nota, estuve a punto de quedarme, esperando que regresaras temprano por error y me encontraras allí…

—¿Para darme la bienvenida al juego? —pregunté sonriendo.

—Al diablo con el juego —exclamó con amargura. Sus ojos eran dos oscuros pozos apasionados—. Me dijeron que no me acercara a ti… que no me complicara. No ha pasado una sola noche sin que pensara en esto… sin desearte. Dios, hace meses que debí hacerlo…

Estaba desabotonando mi camisa. Mientras sus manos se movían sobre mi piel, sentí la fuerza que pasaba entre nosotros, invadiéndome y dejándome vacía de todo, salvo una idea.

Me levantó con un solo movimiento y me depositó sobre las velas arrugadas y mojadas. Sentí que el agua nos bañaba cada vez que pasábamos una ola. Sobre nuestras cabezas crujían los mástiles y el cielo estaba pálido, con una luz amarilla. Solarin me estaba mirando con la cabeza inclinada; sus labios pasaban por encima de mí como agua y sus manos recorrían mi piel mojada. Su cuerpo se fundió en el mío con el calor y la violencia de un catalizador. Me aferré a sus hombros y sentí que su pasión me recorría entera.

Nuestros cuerpos se movían con una potencia tan furiosa y primitiva como la del mar que rolaba bajo nosotros. Me sentí caer… caer mientras escuchaba el gemido bajo de Solarin. Sentí que sus dientes se hundían en mi carne y su cuerpo en el mío.

El cuerpo de Solarin descansaba sobre el mío entre las velas, con una mano enredada en mi cabello y su cabeza rubia goteando en mi pecho agua, que se deslizaba hasta el hueco de mi vientre. Qué extraño, pensé mientras ponía mi mano en su cabeza, que me sintiera como si lo conociese desde siempre, cuando sólo nos habíamos visto tres veces… ésta era la cuarta. No sabía nada de Solarin, excepto chismes de Lily y Hermanold en el club y lo poco que había recordado Nim de sus lecturas de periódicos especializados. No tenía ni la menor idea de dónde vivía, qué tipo de vida era la suya, quiénes eran sus amigos, si comía huevos en el desayuno o usaba pijama para meterse en la cama. Nunca le había preguntado cómo había hecho para librarse de los guardias del KGB, ni siquiera por qué lo acompañaban. Ahora comprendía cómo era posible que hubiese visto a su abuela sólo dos veces.

De pronto, supe por qué había pintado su retrato antes de haberlo conocido. Tal vez lo hubiera notado dando vueltas en torno a mi apartamento con aquella bicicleta, sin registrarlo conscientemente. Pero ni siquiera eso era importante.

En realidad, se trataba de cosas que no necesitaba saber; relaciones y acontecimientos superficiales que son el eje en torno al cual gira la vida de la mayor parte de la gente. Pero no la mía. Bajo el misterio, la máscara, el barniz frío, veía en Solarin su propio núcleo. Y lo que veía era pasión… una sed inextinguible de vida, una pasión por descubrir la verdad oculta detrás del velo. Era una pasión que me resultaba familiar, porque igualaba a la mía.

Eso era lo que había reconocido Minne y lo que había querido de mí: esta pasión, canalizada por ella en una búsqueda de las piezas. Por eso había encargado a su nieto que me protegiera… pero no me distrajera, no se complicara conmigo. Cuando Solarin se volvió sobre un lado y apretó sus labios contra mi estómago, sentí un estremecimiento delicioso a lo largo de la columna vertebral. Toqué su cabello. Ella se equivocaba, pensé. Había un ingrediente que había descuidado en aquel guisado alquímico con el que quería derrotar el mal para siempre. El ingrediente olvidado era el amor.

Cuando por fin nos movimos, el mar se había aquietado hasta no ser más que olas suaves de un marrón bronceado. El cielo era de un blanco brillante y cegador, intenso pero sin sol. Buscamos nuestras ropas frías y mojadas y luchamos por vestirnos. Sin una palabra, Solarin cogió algunas tiras de su camisa y las utilizó para limpiar los lugares que había manchado con su sangre. Después me miró con sus ojos verdes y sonrió.

—Tengo pésimas noticias —dijo, mientras me abrazaba y levantaba el otro brazo para señalar un punto más allá de las olas oscuras.

Allí, en la lejanía, temblando contra el brillo ceñudo del agua, se levantaba una forma parecida a un espejismo.

—Tierra —susurró Solarin en mi oído—. Hace dos horas, hubiera dado cualquier cosa por ver esto, pero en este momento preferiría fingir que no es real.

La isla se llamaba Formentera y estaba en la curva sur de las Baleares, frente a la costa oriental de España.

Calcule rápidamente que esto significaba que la tormenta nos había desviado 240 kilómetros al este de nuestro curso original… y ahora estábamos en un punto equidistante entre Gibraltar y Marsella. Era evidente que resultaba imposible alcanzar aquel avión que nos esperaba cerca de La Camargue… aun cuando tuviéramos un barco en buenas condiciones. Pero con nuestro foque roto, las velas desgarradas y el desastre general de la cubierta… necesitábamos detenernos para hacer inventario y reparaciones. Cuando Solarin consiguió trabajosamente atracar en una bahía solitaria del extremo sur de la isla, bajé para despertar a Lily y esbozar juntos un plan alternativo.

—Jamás pensé que me sentiría aliviada de pasar la noche dando tumbos en aquel ataúd marino —dijo Lily boquiabierta cuando echó su primera mirada a la cubierta—. Pero esto parece un campo de batalla. Gracias a Dios que estaba demasiado enferma como para ser testigo de la catástrofe.

Aunque todavía se la veía indispuesta, parecía haber recobrado la mayor parte de su antigua fortaleza. Cruzó la destartalada cubierta, llena de desechos y tela mojada, aspirando el aire fresco.

—Tenemos un problema —le dije en cuanto nos sentamos en conciliábulo con Solarin—. No llegaremos a coger ese avión. Tendremos que pensar cómo llegar a Manhattan sin pasar esas piezas por la aduana —continué—, mientras esquivamos también Inmigración.

—Nosotros, los ciudadanos soviéticos —explicó Solarin ante la mirada inquisitiva de Lily—, no tenemos lo que se dice carta blanca para viajar a todas partes. Además… Sharrif estará vigilando todos los aeropuertos comerciales, incluyendo los de Ibiza y Mallorca, estoy seguro. Como prometí a Minne que os llevaría de vuelta sanas y salvas, y con las piezas, me gustaría sugerir algo.

—Dispara… a estas alturas estoy dispuesta a todo —dijo Lily, arrancando nudos del manto mojado y enredado de Carioca, que trataba de huir de su regazo.

—Formentera es una pequeña isla de pescadores… están acostumbrados a los visitantes que llegan de Ibiza para pasar el día. Esta cueva es muy abrigada… ni nos verán. Sugiero que vayamos al pueblo, compremos ropas y víveres y veamos si podemos conseguir otra vela y las herramientas que necesitaré para reparar el daño. Puede resultar caro, pero en una semana o así podríamos hacernos a la mar y nos iríamos con tanto sigilo como hemos venido… sin que nadie lo advierta.

—Suena estupendo —dijo Lily—. Todavía tengo mucha calderilla empapada que podemos usar. Me vendría muy bien cambiar de traje y tener unos días de descanso después de tanta histeria. ¿Y dónde propones que vayamos después?

—A Nueva York —respondió Solarin—, vía Las Bahamas y el Canal.

—¿Qué? —gritamos Lily y yo a un tiempo.

—¡Pero deben de ser siete mil kilómetros! —agregué horrorizada—. ¡En un barco que apenas ha sobrevivido a seiscientos en una tormenta!

—En realidad, por la ruta que propongo se acerca más a los nueve mil kilómetros —dijo Solarin con una sonrisa—. Pero si funcionó para Colón, ¿por qué no para nosotros? Tal vez sea la peor estación para navegar por el Mediterráneo, pero es la mejor para cruzar el Atlántico. Con una brisa decente, lo haremos en menos de un mes… y cuando lleguemos, ambas seréis excelentes marineras.

Lily y yo estábamos demasiado agotadas, sucias y hambrientas como para discutirlo. Además, más reciente aún que la escena de la tormenta, era mi recuerdo de lo que había pasado entre Solarin y yo hacía un rato. Un mes así no parecía una perspectiva desdeñable. De modo que partimos en busca de un pueblo mientras Solarin se quedaba limpiando el estropicio.

Los días de trabajo duro y bello tiempo dorado nos ablandaron un poco. La isla de Formentera tenía casas encaladas y calles arenosas, bosquecillos de olivos y manantiales silenciosos, ancianas vestidas de negro y pescadores con camisetas a rayas. Todo esto, contra el fondo del interminable mar azul, era un bálsamo para los ojos y un consuelo para el alma. Tres días de comer pescado fresco y frutas recién arrancadas de los árboles, de beber buen vino mediterráneo y respirar el saludable aire salado obraron maravillas en nuestra disposición. Teníamos unos hermosos bronceados; hasta Lily estaba poniéndose esbelta y musculosa a causa del trabajo que hacíamos en el barco.

Todas las noches, Lily jugaba al ajedrez con Solarin. Aunque nunca la dejó ganar, después de cada partida explicaba los errores que había cometido con todo detalle. Después de un tiempo, Lily no sólo empezó a aceptar bien sus errores… sino a interrogar a Solarin cuando un movimiento la desconcertaba. Estaba otra vez tan absorta en el ajedrez, que apenas se dio cuenta cuando, desde la primera noche pasada en la isla, elegí dormir en cubierta con Solarin, más que en el camarote donde dormía ella.

—Tiene el don —me dijo Solarin una noche mientras estábamos sentados en cubierta, mirando el silencioso cielo de estrellas—. Todo lo que tenía su abuelo… y más. Si puede olvidar que es una mujer, será una gran jugadora de ajedrez.

—¿Qué tiene que ver que sea una mujer? —pregunté.

Solarin sonrió y me acarició el cabello.

—Las niñas son distintas de los niños —dijo—. ¿Quieres una prueba?

Reí y lo miré a la pálida luz de la luna.

—Te has explicado muy bien —contesté.

—Pensamos de manera distinta —agregó, deslizándose para apoyar la cabeza en mi regazo. Me miró y comprendí que hablaba en serio—. Por ejemplo, para descubrir la fórmula contenida en el juego de Montglane, lo más probable es que tu camino sea distinto del mío.

—Vale —dije, riendo—. ¿Qué harías tú?

—Trataría de especificar todo lo que sé —me dijo, estirándose para tomar un trago de mi brandy—. Después vería cómo estos puntos dados pueden combinarse para formar una solución. Admito que tengo una pequeña ventaja. Por ejemplo, tal vez sea la única persona en mil años que ha visto el paño… las piezas, y también ha echado una ojeada al tablero. —Me miró al percibir mi sobresalto—. En Rusia —dijo—, cuando apareció el tablero, hubo quienes se arrogaron rápidamente la responsabilidad de encontrar las otras piezas. Por supuesto, eran miembros del equipo blanco. Creo que Brodski, el funcionario del KGB que me acompañó a Nueva York, es uno de ellos. Me congracié con altos funcionarios del gobierno al sugerir, tal como me había dicho Mordecai, que sabía dónde había otras piezas y podía obtenerlas. —Volvió lentamente a su idea inicial. Mirándome en la luz plateada, dijo—: Vi tantos símbolos en el juego, que me hicieron pensar que quizá no fuese una sola fórmula… sino muchas. Al fin y al cabo, como ya has supuesto, estos símbolos no representan sólo planetas y signos del zodíaco, sino también elementos de la tabla periódica. Me parece que para convertir cada elemento en otro, necesitarías una fórmula diferente. ¿Pero cómo sabemos qué símbolos debemos combinar y en qué secuencia? ¿Cómo sabemos que cualquiera de estas fórmulas funciona?

—Con tu teoría, no podríamos saberlo —contesté, tomando un trago de brandy mientras mi cerebro empezaba su trabajo—. Habría demasiadas variables azarosas… demasiadas permutaciones. Tal vez no sepa mucho de alquimia, pero comprendo las fórmulas. Todo lo que sabemos señala al hecho de que hay una sola fórmula. Pero puede no ser lo que pensamos…

—¿Qué quieres decir? —preguntó Solarin, mirándome.

Desde nuestra llegada a la isla, ninguno de nosotros había mencionado aquellas piezas guardadas en su bolsa bajo el fregadero. De manera implícita, acordamos no arruinar nuestro breve idilio mencionando la búsqueda que había puesto nuestras vidas en peligro. Ahora que Solarin me despertaba convocando el espectro, empecé otra vez a manipular la idea que, como un dolor de muelas había estado latiendo en mi cabeza durante todas esas semanas y meses.

—Quiero decir que pienso que hay una sola fórmula, con una solución simple. Si era tan difícil que nadie podía comprenderla, ¿por qué ocultarla detrás de semejante velo de misterio? Es como las pirámides. Durante miles de años la gente ha estado hablando de lo duro que debió ser para los egipcios levantar aquellos bloques de granito y piedra caliza de dos mil toneladas con sus herramientas primitivas y sin embargo, allí están. ¿Pero qué pasa si no las movieron? Los egipcios eran alquimistas, ¿no? Debían saber que se puede diluir esas piedras en ácido, meterlas en un cubo y pegarlas entre sí como si lo hicieran con cemento.

—Sigue —dijo Solarin, mirándome con una extraña sonrisa. Visto así, al revés, se veía muy hermoso.

—Las piezas del juego de Montglane resplandecen en la oscuridad —continué, pensando a toda velocidad—. ¿Sabes lo que se consigue cuando descompones el elemento mercurio? Dos isótopos radiactivos. Uno que en cuestión de horas o días se transforma en talio… y el otro, en oro radiactivo.

Solarin giró y se apoyó en un codo mientras me miraba de cerca.

—Si puedo hacer de abogado del Diablo un momento —dijo con cuidado—, señalaría que razonas de efecto a causa. Dices, si había piezas transmutadas, tiene que haber una fórmula para conseguirlo. Pero aunque sea así, ¿por qué esta fórmula? ¿Y por qué sólo una y no cincuenta o cien?

—Porque en la ciencia, como en la naturaleza, a menudo lo que funciona es la solución más simple, la obvia —dije—. Minne pensaba que había una sola fórmula. Dijo que tenía tres partes: el tablero, las piezas y el paño… —Me detuve, porque de pronto se me ocurrió algo—. Como piedra, papel y tijeras —dije, y cuando Solarin me miró desconcertado, agregué—: Es un juego infantil.

—Me recuerdas a una criatura —rió, tomando otro trago de mi brandy—. Pero también eran niños los grandes científicos. Sigue.

—Las piezas cubren el tablero… el paño cubre las piezas —dije, pensando—. De modo que la primera parte de la fórmula puede describir qué, la segunda dice cómo y la tercera explica… cuándo.

—Quieres decir que los símbolos del tablero describen qué materias primas… elementos… se usan —dijo Solarin, rascándose el vendaje—, las piezas dicen en qué proporciones combinarlas y el paño dice en qué secuencia.

—Casi —respondí, excitada—. Como dijiste, esos símbolos describen elementos de la tabla periódica. Pero hemos pasado por alto lo primero que observamos. ¡También representan planos y signos del zodiaco! La tercera parte dice exactamente cuándo, en qué tiempo, mes o año, hay que ejecutar cada paso del proceso. Pero no puede ser. ¿Qué diferencia puede establecer la fecha en que se inicia o termina un experimento?

Solarin permaneció mudo un momento, y cuando habló, lo hizo lentamente, con aquel inglés seco y formal que usaba cuando estaba muy tenso.

—Establecería una enorme diferencia —me dijo—, si comprendiera qué quería decir Pitágoras cuando hablaba de «la música de las esferas». Creo que has dado con algo. Busquemos las piezas.

Cuando bajé, Lily y Carioca roncaban en sus respectivas literas. Solarin se había quedado arriba para encender una lámpara y preparar el ajedrez magnético con el cual él y Lily jugaban todas las noches.

—¿Qué pasa? —preguntó Lily mientras yo revolvía en busca de las piezas.

—Estamos resolviendo el enigma —dije alegremente—. ¿Quieres unirte a nosotros?

—Por supuesto —dijo. Escuché gemir el colchón mientras se levantaba—. Estaba preguntándome cuándo me invitaríais a vuestros conciliábulos nocturnos. ¿Qué pasa exactamente entre vosotros… o no debería preguntarlo?

Di gracias al cielo por la oscuridad.

—Olvídalo —agregó Lily—. Es un tipo guapo… pero no de los que me gustan. Uno de estos días le ganaré una partida.

Trepamos las escaleras, con Lily poniéndose un jersey sobre el pijama, y nos sentamos en los bancos tapizados del puente, una a cada lado de Solarin. Lily se sirvió un trago mientras yo sacaba del bolso las piezas y el paño y los disponía en el suelo, a la luz de la lámpara.

Resumí rápidamente nuestra conversación anterior en beneficio de Lily y me senté, dejando el suelo a Solarin. La barca se balanceaba, las olas golpeaban suavemente. Una dulce brisa nos acariciaba mientras estábamos allí sentados, bajo el universo de estrellas Lily estaba tocando el paño y mirando a Solarin con una expresión rara.

—¿Qué es exactamente lo que quiso decir Pitágoras con lo de «música de las esferas»? —le preguntó.

—Pensaba que el universo estaba hecho de números —dijo Solarin, mirando las piezas del juego de Montglane—. Que de la misma manera en que las notas de una escala musical se repiten octava tras octava… las cosas de la naturaleza forman un patrón semejante Pensamos que abrió un campo de la investigación matemática en el que sólo recientemente se han hecho descubrimientos importantes. Se llama análisis armónico y es la base de mi especialidad, la física acústica… y también un factor clave de la física cuántica.

Solarin se puso de pie y empezó a caminar. Recordé lo que me había dicho una vez: que para poder pensar tenía que moverse.

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