El ocho
El secreto
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EL SECRETO
Newton no fue el primer representante de la Edad de la Razón. Fue el último de los magos, el último de los babilonios y sumerios… porque miraba el universo y todo cuanto contiene como un acertijo, un secreto que podía leerse aplicando pensamiento puro a cierta evidencia, claves místicas que Dios había dispersado por el mundo para desatar una suerte de caza del tesoro Filosófica en manos de la hermandad esotérica…
Consideraba el universo como un criptograma dispuesto por el Todopoderoso… de la misma manera en que él, al comunicarse con Leibnitz, envolvió el descubrimiento del cálculo como un criptograma. Creía que mediante el pensamiento puro, la concentración mental, el acertijo, quedaría revelado al iniciado.
JOHN MAYNARD KEYNES
Finalmente, hemos regresado a una versión de la doctrina del viejo Pitágoras, a partir del cual surgieron las matemáticas y la física matemática. El… dirigía su atención a los números como caracterizadores de la periodicidad de las notas musicales. Y ahora, en el siglo XX, encontramos a los físicos ocupados en la periodicidad de los átomos.
ALFRED NORTH WHITEHEAD
Y así, el número parece conducir a la verdad.
PLATÓN
San Petersburgo, Rusia, octubre de 1798
Pablo I, zar de todas las Rusias, recorría su cámara golpeando con una fusta la pernera de los pantalones de su uniforme militar verde oscuro. Estaba orgulloso de estos uniformes de tela basta, que seguían el modelo de los utilizados por las tropas de Federico el Grande de Prusia. Pablo se quitó algo de la solapa del chaleco y levantó los ojos para mirar a su hijo Alejandro, que estaba al otro lado de la habitación en posición de firmes. Qué desilusión había resultado ser Alejandro, pensó Pablo. Pálido, poético y tan guapo que podía considerárselo hermoso; detrás de aquellos ojos azul grisáceos que había heredado de su abuela, había algo a un tiempo místico y vacuo. Pero en todo caso no había heredado el cerebro de su abuela. Carecía de todo aquello que se espera de un líder.
En cierta forma era una suerte, pensó Pablo. Porque el muchacho de veintiún años, lejos de desear apoderarse del trono que Catalina pensaba dejarle, había anunciado su deseo de abdicar si se le asignaba semejante responsabilidad. Decía que prefería la vida tranquila de un hombre de letras: vivir en la oscuridad en algún lugar del Danubio antes que mezclarse en la seductora pero peligrosa corte de San Petersburgo, donde su padre le ordenaba quedarse.
Ahora, mientras miraba a través de las ventanas los jardines otoñales, sus ojos vagos sugerían que en su cabeza no había más que fantasías. Sin embargo, en realidad sus pensamientos estaban muy lejos de la ociosidad. Debajo de aquellos sedosos rizos había una mente cuyo funcionamiento era infinitamente más complejo de lo que podía imaginar Pablo. El problema que lo ocupaba ahora era cómo sacar cierto tema sin despertar las sospechas de Pablo. Era un tema que jamás se mencionaba en la corte; no desde la muerte de Catalina, hacía dos años. El tema de la abadesa de Montglane.
Alejandro tenía una razón vital para descubrir qué había sido de esa anciana, que desapareciera en el vacío pocos días después de la muerte de su abuela. Pero antes de que se le ocurriera cómo empezar, Pablo se había vuelto de cara a él, siempre agitando su fusta como un estúpido soldado de juguete. Alejandro trató de prestar atención.
—Sé que no te atraen los asuntos de estado —dijo Pablo con desdén—, pero debes mostrar algún interés. Al fin y al cabo, un día este imperio será tuyo. Mis actos de hoy serán tus responsabilidades de mañana. Hoy te he hecho venir para decirte algo en confianza, algo que puede alterar el destino de Rusia. —Hizo una pausa teatral—. He decidido firmar un tratado con Inglaterra.
—¡Pero, padre, detestáis a los británicos! —dijo Alejandro.
—Sí, los desprecio —dijo Pablo—, pero no tengo mucha elección. ¡Ahora los franceses, no contentos con destrozar el imperio austriaco, expandiendo sus fronteras a todos los países que los rodean y masacrando a la mitad de su populacho para mantenerlo quieto… han enviado a ese sanguinario general Bonaparte al otro lado del mar para conquistar Malta y Egipto! —Descargó la fusta en el escritorio, con la cara ceñuda. Alejandro no dijo nada.
»¡Yo soy el Gran Maestre electo de los Caballeros de Malta! —gritó Pablo, señalando una medalla de oro fijada al lazo oscuro que le cruzaba el pecho—. ¡Yo llevo la estrella de ocho puntas de la Cruz de Malta! ¡Esa isla me pertenece! Durante siglos hemos buscado un puerto de aguas cálidas como Malta… y ahora por fin casi teníamos uno. Hasta que llegó ese asesino francés con sus cuarenta mil hombres. —Miró a Alejandro como si esperara una respuesta.
—¿Y por qué querría un general francés conquistar una tierra que durante más de trescientos años ha sido una espina para los turcos otomanos? —inquirió éste… preguntándose para sus adentros por qué Pablo querría oponerse a esa jugada. Serviría para distraer a esos turcos que su abuela había combatido durante veinte años, del control de Constantinopla y el Mar Negro.
—¿Es que no adivinas qué busca ese Bonaparte? —susurró Pablo, adelantándose para mirar a Alejandro a la cara mientras se frotaba las manos. Alejandro meneó la cabeza.
—¿Crees que los ingleses serán mejores aliados? —preguntó—. La Harpe, mi tutor, solía llamar a Inglaterra, Pérfida Albión…
—¡No se trata de eso! —exclamó Pablo—. Como de costumbre, mezclas poesía y política y no beneficias a ninguna. Yo sé por qué ha ido a Egipto ese bribón de Bonaparte… no importa qué haya dicho a esos idiotas del Directorio que largan el dinero… no importa cuántos miles de soldados haya desembarcado allí. ¿Devolver los poderes de la Sublime Puerta? ¿Derrotar a los mamelucos? ¡Bah, todo es mentira!
Alejandro permanecía inmóvil y silencioso, pero prestaba atención mientras su padre continuaba desvariando.
—Ten en cuenta lo que digo, no se detendrá en Egipto. Seguirá a Siria y Asiria, Fenicia y Babilonia, las tierras que siempre deseó mi madre. ¡Si hasta te dio el nombre de Alejandro y a tu hermano el de Constantino como una especie de amuleto de buena suerte!
Pablo hizo una pausa y examinó la habitación. Sus ojos se detuvieron en un tapiz que describía una escena de caza. Un cuervo herido, sangrando y atravesado por flechas, se introducía en el bosque, seguido por los cazadores y sus perros. Pablo se volvió hacia Alejandro con una sonrisa fría.
—¡Este Bonaparte no quiere territorio, sino poder! Se ha llevado tantos científicos como soldados: el matemático Monge, el químico Berthollet, el físico Fourier… ha limpiado la Politécnica y el Instituto Nacional. ¿Y por qué, te pregunto, si su ambición fuera sólo de conquista?
—¿Qué queréis decir? —murmuró Alejandro, a quien empezaba a ocurrírsele una idea.
—¡Allí está oculto el secreto del juego de Montglane! —siseó Pablo, con el rostro convertido en una máscara de miedo y odio—. Eso es lo que busca.
—Pero, padre —dijo Alejandro, eligiendo sus palabras con sumo cuidado—. ¿No creeréis en esos viejos mitos? Al fin y al cabo la propia abadesa de Montglane…
—¡Por supuesto que lo creo! —gritó Pablo. Su rostro se había oscurecido y bajó la voz hasta que no fue más que un susurro histérico—. Yo mismo poseo una de las piezas —agregó con los puños apretados. Había dejado caer la fusta—. Hay otras ocultas aquí… lo sé. Pera ni siquiera dos años en la prisión Ropsha han desatado la lengua de esa mujer. Es como la Esfinge. Pero algún día se quebrará… y cuando lo haga…
Alejandro apenas oyó lo que siguió, mientras su padre seguía delirando sobre los franceses, los ingleses, sus planes para Malta… y el insidioso Bonaparte a quien planeaba destruir. Alejandro sabía que no era probable que estas amenazas fructificaran, porque las tropas de Pablo lo despreciaban ya, como los niños detestan a una institutriz tiránica.
Alejandro felicitó a su padre por su brillante estrategia política, se excusó y abandonó la cámara. De modo que la abadesa estaba en la prisión de Ropsha, pensó, mientras atravesaba los grandes salones del Palacio de Invierno. De modo que Bonaparte había llegado a Egipto con un montón de científicos. Y Pablo tenía una de las piezas del juego de Montglane. Había sido un día productivo. Por fin las cosas empezaban a moverse.
Alejandro necesitó casi media hora para llegar a los establos interiores, que ocupaban un ala entera en el extremo más alejado del Palacio de Invierno… un ala casi tan amplia como el salón de los espejos de Versalles. Allí, el aire era denso por el olor penetrante de los animales y el forraje. Recorrió los pasillos cubiertos de paja mientras cerdos y gallinas se apartaban de su camino. Sirvientes de rosadas mejillas con sus justillos, calzas, delantales blancos y botas gruesas se volvían a mirar al joven príncipe y sonreían a sus espaldas. Su rostro guapo, su rizado cabello castaño y los brillantes ojos azules, les recordaban a la joven zarina Catalina, su abuela, cuando solía montar por las calles nevadas con su caballo castrado a manchas, vestida con uniforme militar.
Éste era el muchacho a quien deseaban como zar. Aquellas mismas cosas que fastidiaban a su padre —su silencio y misticismo, el velado misterio detrás de la mirada azul grisácea—, despertaban la oscura vena mística profundamente enterrada en sus almas eslavas.
Alejandro se dirigió hacia el mozo de cuadra para que le ensillara un caballo, montó y se fue. Los sirvientes y mozos se quedaron mirándolo. Siempre mirándolo. Sabían que la hora estaba cerca. Él era a quien esperaban, el que había sido profetizado desde los tiempos de Pedro el Grande. El silencioso, misterioso Alejandro, elegido no para rescatarlos sino para descender con ellos a la oscuridad. Para convertirse en el alma de Rusia.

Alejandro siempre se había sentido incomodo con los siervos y campesinos. Era casi como si lo considerasen un santo… y esperaran de él que satisficiera sus expectativas.
Esto era peligroso. Pablo guardaba celosamente el trono que le había sido negado durante tanto tiempo. Ahora cogía el poder que había deseado… lo atesoraba, usaba y abusaba de él como una amante a quien se desea pero no se puede controlar.
Alejandro cruzó el Neva y pasó por los mercados de la ciudad. Sólo permitió que su gran caballo blanco empezara a trotar cuando hubo atravesado las tierras de pastoreo y llegado a los húmedos campos otoñales.
Cabalgó por el bosque durante horas, como si no tuviera un destino concreto. Las hojas amarillas se amontonaban en el suelo como vainas de maíz. Por último, en un claro del bosque, llegó a una cañada silenciosa donde una masa de ramas negras y húmedas telarañas de hojas doradas ocultaban en parte la silueta de una antigua casucha de adobe. Desmontó con aire indiferente Y empezó a pasear a su fatigado caballo.
Sosteniendo apenas las riendas entre los dedos, atravesó el suave y aromático colchón de hojas del suelo del bosque. Su forma esbelta y atlética, la negra chaqueta militar con el cuello alto, tocando casi la barbilla, los ajustados pantalones blancos y las rígidas botas negras le daban el aspecto de un simple soldado vagabundeando por el bosque. De las ramas de un árbol cayó un poco de agua. La sacudió de los flecos de su charretera dorada y sacó su espada, tocándola con aire ausente, como si estuviera comprobando el filo. Contempló un instante la casucha, junto a la cual pastaban dos caballos.
Alejandro miró a su alrededor. Un cuclillo cantó tres veces… después, silencio. Sólo el ruido del agua deslizándose de las ramas de los árboles. Soltó las riendas del caballo y se encaminó a la choza.
Entreabrió la puerta con un chirrido. Dentro, la oscuridad era casi total. No podía ajustar los ojos a la penumbra, pero olía la tierra del suelo… y una vela recientemente apagada. Le pareció escuchar algo que se agitaba en la oscuridad. Su corazón apresuró su ritmo.
—¿Estáis ahí? —susurró.
Hubo una pequeña lluvia de chispas… el olor de una pajilla quemada al levantarse una llama, y se encendió una vela. Encima de su resplandor, vio el hermoso rostro oval, el tumulto brillante del cabello color fresa y los resplandecientes ojos verdes que interrogaban los suyos.
—¿Habéis tenido éxito? —preguntó Mireille en voz tan baja que tuvo que esforzarse por captar las palabras.
—Sí… está en la prisión Ropsha —respondió Alejandro, susurrando también aunque no había nadie allí que pudiera escucharlo—. Puedo llevaros allí. Pero hay más. El tiene una de las piezas… tal como temíais.
—¿Y el resto? —preguntó Mireille, serena. Sus ojos verdes lo mareaban.
—No podía enterarme de más sin despertar sospechas. Fue como un milagro que hablara tanto como lo hizo. Ah, sí… parece que esa expedición francesa a Egipto es más de lo que creíamos, tal vez una tapadera. El general Bonaparte se ha llevado consigo muchos científicos…
—¿Científicos? —preguntó Mireille, adelantándose en su silla.
—Matemáticos, físicos, químicos… —le dijo Alejandro.
Mireille había lanzado una mirada por encima de su hombro, hacia el rincón oscuro de la choza. De las sombras emergió la forma alta y esbelta de un hombre de cara de halcón, vestido de negro de pies a cabeza. Llevaba de la mano a un niño de unos cinco años, que sonrió con dulzura a Alejandro. El príncipe le devolvió la sonrisa.
—¿Lo has oído? —preguntó Mireille a Shahin, quien asintió en silencio—. Napoleón está en Egipto, pero no por solicitud mía. ¿Qué hace allí? ¿Cuánto sabe? Quiero que regrese a Francia… si te vas ahora, ¿cuánto tiempo necesitarás para llegar hasta él?
—Tal vez esté en Alejandría… o en El Cairo —dijo Shahin—. Si atravieso el imperio turco, puedo llegar a cualquiera de esos lugares en dos meses. Debo llevar conmigo a Al-Kalim… esos otomanos verán que es El Profeta, la Puerta me dejará pasar y me conducirá al hijo de Letizia Bonaparte.
Alejandro contemplaba atónito este diálogo.
—Habláis del general Bonaparte como si lo conocieseis —dijo a Mireille.
—Es un corso —dijo ella secamente—. Vuestro francés es mucho mejor que el suyo. Pero no tenemos tiempo para entretenernos… llevadme a Ropsha antes de que sea demasiado tarde.
Alejandro se volvió hacia la puerta, ayudando a Mireille a envolverse en su capa, cuando de pronto vio que el pequeño Charlot se había puesto a su lado.
—Al-Kalim tiene algo que deciros, Majestad —dijo Shahin, señalando al niño. Alejandro lo miró con una sonrisa.
—Pronto seréis un gran rey —dijo el pequeño Charlot con su aflautada voz infantil. Alejandro seguía sonriendo… pero las siguientes palabras del niño hicieron desvanecer su sonrisa—. La sangre en vuestras manos será menor que la que había en las manos de vuestra abuela, pero obedecerá a un hecho semejante. Un hombre a quien admiráis os traicionará… veo un invierno frío y un gran fuego. Habéis ayudado a mi madre… y por eso seréis salvado de las manos de esta persona desleal y viviréis para reinar veinticinco años…
—¡Ya basta, Charlot! —siseó Mireille, cogiendo de la mano a su hijo y lanzando una mirada oscura a Shahin. Alejandro estaba petrificado… helado hasta la médula de los huesos.
—¡Este niño es clarividente! —susurró.
—Entonces permitidle que use ese don para algo —replicó ella—, en lugar de ir por ahí diciendo la buenaventura como una vieja bruja inclinada sobre un tarot.
Arrastrando a Charlot, atravesó la puerta, dejando atrás al atónito príncipe. Mientras se volvía hacia Shahin y contemplaba sus impenetrables ojos negros, oyó la vocecilla del pequeño Charlot.
—Lo siento, mamá —dijo—. Me olvidé. Prometo no volver a hacerlo.

La prisión Ropsha hacía que en comparación la Bastilla pareciera un palacio. Fría y húmeda, sin ventanas, era en todos los sentidos una mazmorra de la desesperación. Durante dos años la abadesa había sobrevivido allí, bebiendo agua salobre y comiendo alimentos que eran poco mejores que comida para cerdos. Dos años durante los cuales Mireille había intentado a todas horas descubrir su paradero.
Ahora, Alejandro la introdujo en la prisión y habló con los guardias, que lo amaban mucho más que a su padre y estaban dispuestos a hacer lo que pidiera. Siempre de la mano de Charlot, Mireille atravesó los oscuros corredores siguiendo la linterna del guardia, mientras Alejandro y Shahin iban a la retaguardia.
La celda de la abadesa estaba hundida en las entrañas de la prisión; era un pequeño agujero cerrado por una pesada puerta de metal. Mireille estaba helada de miedo. El guardia la dejó pasar y ella atravesó el recinto. La anciana yacía allí como una muñeca a la que le hubieran sacado el relleno, con la piel amarillenta como una hoja seca bajo la pálida luz del farol. Mireille cayó de rodillas junto al jergón y rodeó a la abadesa con sus brazos, ayudándola a sentarse. Su cuerpo carecía de sustancia… parecía como si fuera a derrumbarse en polvo.
Charlot se acercó y cogió la agostada mano de la abadesa en su pequeña mano.
—Mamá —susurró—, esta dama está muy enferma.
Desearía que la sacáramos de este lugar antes de morir…
Mireille lo miró y después miró a Alejandro, que estaba de pie a sus espaldas.
—Dejadme ver lo que puedo hacer —dijo. Salió con el guardia. Shahin se acercó a la cama. Con un enorme esfuerzo, la abadesa trató de abrir los ojos, pero fracasó. Mireille se inclinó sobre el pecho de la anciana y sintió que las lágrimas cálidas acudían a sus ojos, quemándole la garganta. Charlot le puso una mano en el hombro.
—Hay algo que necesita decir —dijo tranquilamente a su madre—. Escucho sus pensamientos… no quiere que la entierren otros… ¡Madre! —susurró—. ¡Hay algo dentro de sus vestidos! Algo que quiere que tengamos nosotros.
—Buen Dios —murmuró Mireille, en el momento en que Alejandro regresaba.
—¡Venid, llevémosla antes de que el guardia cambie de idea! —susurró con urgencia. Shahin se inclinó sobre el jergón y levantó a la abadesa como si fuera una pluma. Los cuatro salieron a toda prisa por una puerta que conducía a un corredor subterráneo. Por último emergieron a la luz del día, no muy lejos de donde habían dejado los caballos. Shahin, sosteniendo a la frágil anciana con un solo brazo, subió con facilidad a su caballo y se encaminó hacia el bosque, seguido por los demás.
En cuanto llegaron a un lugar aislado, se detuvieron y desmontaron. Alejandro bajó a la abadesa con sus propios brazos. Mireille extendió su capa en el suelo para colocar sobre ella a la moribunda. La abadesa, con los ojos abiertos aún, luchaba por hablar. Alejandro le llevó agua que había sacado de un riachuelo cercano, pero estaba demasiado débil para beber.
—Lo sabía… —dijo con voz quebrada y áspera.
—Sabíais que vendría a buscaros —dijo Mireille, acariciando la frente afiebrada mientras la abadesa seguía luchando—. Pero me temo que he llegado demasiado tarde. Mi querida amiga, tendréis un entierro cristiano… yo misma recibiré vuestra confesión, porque no hay aquí nadie más que pueda hacerlo.
Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras se arrodillaba junto a la abadesa y cogía su mano. Pero Charlot también estaba de rodillas, con las manos sobre el traje que colgaba de la forma quebradiza.
—Madre, está aquí, en este traje… entre el paño y el forro —exclamó.
Shahin se adelantó, sacando su afilado bousaadi para cortar la tela. Mireille puso una mano en su brazo para impedírselo, pero en ese momento la abadesa dijo en un susurro ronco:
—Shahin. —Sonrió mientras trataba de levantar la mano para tocarlo—. Por fin has encontrado a tu profeta. Voy al encuentro de ese Alá tuyo… muy pronto. Le llevaré… tu amor. —Dejó caer la mano mientras cerraba los ojos. Mireille empezó a sollozar, pero los labios de la abadesa seguían moviéndose. Charlot se inclinó y posó los labios en la frente de la abadesa—. No cortéis… el paño… —dijo ésta. Y dejó de moverse.
Shahin y Alejandro permanecieron inmóviles bajo los goteantes árboles mientras Mireille se arrojaba sobre el cuerpo de la abadesa y lloraba. Después de unos minutos, Charlot apartó a su madre. Con sus pequeñas manos, levantó el pesado traje de la anciana. Allí, en el forro del panel frontal del vestido, ella había dibujado un tosco tablero de ajedrez, escrito con su propia sangre… marrón ahora y manchado por el uso. En cada uno de los cuadros, había inscrito cuidadosamente un signo. Charlot levantó la mirada hacia Shahin, que le tendió el cuchillo. Con cuidado, el niño cortó el hilo que sujetaba la tela al forro. Y allí, bajo el tablero de ajedrez, estaba el pesado paño azul oscuro… cubierto de gemas resplandecientes.
París, enero de 1799
Charles Maurice Talleyrand salió de los despachos del Directorio y bajó cojeando los elevados escalones de piedra que conducían al patio, donde esperaba su carruaje. Había sido un día duro, lleno de acusaciones e insultos que le habían dedicado los cinco directores, a causa de unos presuntos sobornos que habría recibido hacía poco de la delegación americana. Era demasiado orgulloso para justificarse o excusarse… y tenía un recuerdo demasiado cercano de la pobreza como para admitir sus pecados y devolver el dinero. Había permanecido allí sentado, en un silencio pétreo, mientras los otros sacaban espuma por la boca. Cuando se cansaran… se iría sin haber cedido terreno.
Cojeó agotado por el patio empedrado en dirección a su carruaje. Esa noche cenaría solo, abriría una botella de madeira añejo y se daría un baño caliente. Éstos eran los únicos pensamientos que lo ocupaban cuando el cochero, al divisar a su amo, se precipitó sobre el carruaje. Talleyrand le hizo señas de que subiera al pescante y abrió la puerta por sí mismo. Al deslizarse en su asiento, escuchó un crujido de sedas en la oscuridad del coche. Inmediatamente, se puso rígido.
—No temas —dijo una suave voz femenina… una voz que le produjo estremecimientos. En la oscuridad, una mano enguantada apretó la suya. Cuando el carruaje partió bajo las luces de la calle, vio la hermosa piel cremosa… el cabello rojizo.
—¡Mireille! —exclamó, pero ella puso su mano enguantada sobre los labios de Maurice. Antes de saber lo que estaba ocurriendo, Talleyrand estaba arrodillado en el balanceante coche, inundando su rostro de besos, hundiendo las manos en su cabello, murmurando mil cosas mientras luchaba por controlarse.
Le parecía que iba a volverse loco.
—Si supieras cuánto tiempo te he buscado… no sólo aquí, sino en todas partes. ¿Cómo pudiste abandonarme tanto tiempo sin una palabra, una señal? Estaba aterrorizado por ti…
Mireille lo hizo callar con un beso, mientras él bebía el perfume de su cuerpo y lloraba. Lloró siete años de lágrimas reprimidas y bebió las lágrimas que cubrían las mejillas de Mireille mientras se aferraban el uno al otro como criaturas perdidas en el mar.
Entraron en su casa protegidos por la oscuridad, atravesando las amplias ventanas que daban a los prados. Sin detenerse para cerrar las ventanas o encender una lámpara, él la levantó en sus brazos y la llevó al diván, con sus largos cabellos flotando sobre su brazo. Desnudándola sin una palabra, cubrió con su cuerpo el cuerpo tembloroso de Mireille y se perdió en su carne cálida y su cabello sedoso.
—Te amo —dijo. Era la primera vez que pronunciaba esas palabras.
—Tu amor nos ha dado un hijo —susurró Mireille, mirándolo a la luz de la luna que entraba por las ventanas. El pensó que su corazón iba a romperse.
—Tendremos otro —dijo, y sintió que su pasión lo sacudía como una tormenta.

—Las enterré —dijo Talleyrand, sentados ambos ante la mesa lacada que había en el salón anexo a su dormitorio—. En los Montes Verdes de América… aunque, si he de ser justo, Courtiade procuró convencerme de que no lo hiciera. Él tenía más fe que yo. Creía que todavía vivías.
Talleyrand sonrió a Mireille, sentada con el cabello desordenado, envuelta en su bata, al otro lado de la mesa. Era tan hermosa, ansiaba volver a poseerla allí… pero entre ellos estaba sentado el conservador Courtiade, plegando cuidadosamente su servilleta mientras escuchaba su charla.
—Courtiade —dijo Talleyrand, tratando de apaciguar la violencia de sus sentimientos—, parece que tengo una criatura… un hijo. Se llama Charlot, como yo. —Se volvió hacia Mireille—. ¿Y cuándo veré a este pequeño prodigio?
—Pronto —dijo Mireille—. Ha ido a Egipto… donde está el general Bonaparte. ¿Hasta qué punto conocéis a Napoleone?
—Fui yo quien lo convenció de ir allí… o al menos, es lo que me hizo creer. —Brevemente describió su reunión con Bonaparte y David—. Así me enteré de que podías estar viva aún… que estuviste embarazada —le dijo—. David me contó lo de Marat. —La miró gravemente, pero Mireille meneó la cabeza como para librarse de ese recuerdo—. Hay otra cosa que deberías saber —añadió Talleyrand, mirando a Courtiade mientras hablaba—. Hay una mujer… se llama Catherine Grand. Está complicada de alguna manera en la búsqueda del juego de Montglane. David me dijo que Robespierre la llamaba la Reina Blanca…
Mireille había palidecido intensamente. Apretaba el mango del cuchillo de mantequilla como si fuera a partirlo. Durante un momento, no pudo hablar. Sus labios estaban tan blancos, que Courtiade se había estirado para servirle champaña. Mireille miró los ojos de Talleyrand.
—¿Dónde está ahora? —preguntó. Talleyrand contempló su plato un momento y después fijó en ella sus francos ojos azules.
—Si anoche no te hubiera encontrado en mi carruaje —dijo despacio—, estaría en mi cama.
Permanecieron en silencio, Courtiade mirando la mesa y los ojos de Talleyrand clavados en Mireille. Ella dejó el cuchillo en la mesa y, apartando su silla, se puso de pie y fue hacia las ventanas. Talleyrand se levantó para seguirla, se detuvo a sus espaldas y la envolvió en sus brazos.
—He tenido tantas mujeres —murmuró con el rostro hundido en sus cabellos—. Creí que estabas muerta… y después, cuando supe que no lo estabas… si la vieras, lo comprenderías.
—La he visto —dijo Mireille con voz inexpresiva. Se volvió para mirarlo a los ojos—. Esa mujer está detrás de todo. Tiene ocho de las piezas…
—Siete —dijo Talleyrand—. Yo tengo la octava.
Mireille lo miró, estupefacta.
—La enterramos junto con las otras —le dijo—. Mireille, hice bien en esconderlas, en librarnos de esa espantosa maldición. Una vez, yo también quise el juego… jugué contigo y con Valentine, esperando ganarme vuestra confianza. Pero en lugar de eso, tú ganaste mi amor. —La sujetó por los hombros. No podía ver los pensamientos que se atropellaban dentro de su cabeza—. Te digo que te amo —agregó—. ¿Es necesario que todos seamos arrastrados a ese pozo de odio? ¿No ha costado ya bastante ese juego…?
—Demasiado —dijo Mireille con amargura mientras se apartaba—. Demasiado para perdonar y olvidar. Esa mujer ha asesinado a cinco monjas a sangre fría. Era responsable de Marat y Robespierre… de la ejecución de Valentine. Te olvidas de que yo la vi morir… ¡degollada como un animal! —Sus ojos verdes estaban empañados, como si estuviera drogada—. Los vi morir a todos… Valentine, la abadesa, Marat. ¡Charlotte Corday dio su vida por mí! La traición de esta mujer no quedará sin castigo. ¡Te digo que conseguiré las piezas cueste lo que cueste!
Talleyrand había retrocedido un paso y la miraba con lágrimas en los ojos. No vio a Courtiade, que se había levantado y atravesaba la habitación para poner una mano sobre el brazo de su amo.
—Monseñor, ella tiene razón —dijo suavemente—. No importa cuánto deseemos la felicidad o queramos no ver… este juego no terminará hasta que se reúnan todas las piezas y se las oculte. Lo sabéis tan bien como yo. Es preciso detener a madame Grand.
—¿No se ha derramado bastante sangre? —dijo Talleyrand.
—Ya no deseo la venganza —dijo Mireille, viendo ante sus ojos la horrible cara de Marat mientras le decía dónde debía golpear con la daga—. Quiero las piezas… el juego debe terminar.
—Ella me dio esa pieza por propia voluntad —dijo Talleyrand—. Ni siquiera la fuerza bruta podría convencerla de que se separara de las otras.
—Si te casaras con ella —dijo Mireille—, por la ley francesa toda su propiedad sería tuya… ella te pertenecería.
—¡Casarme! —exclamó Talleyrand, dando un salto atrás como si se hubiera quemado—. Pero yo te amo a ti… y además soy un obispo de la iglesia católica. Con o sin sede, estoy obligado de por vida por la ley romana… no francesa.
Courtiade carraspeó.
—Monseñor podría obtener la dispensa papal —sugirió cortésmente—. Creo que hay precedentes.
—Por favor, Courtiade, no olvides a quién sirves —le espetó Talleyrand—. Es imposible. Después de todo lo que has dicho de esa mujer… ¿cómo puede uno de los dos sugerir semejante cosa? Venderíais mi alma por siete piezas miserables.
—Por terminar de una vez por todas con este juego —dijo Mireille, con un brillo intenso en la mirada—, yo vendería la mía.
El Cairo, Egipto, febrero de 1799
Shahin hizo echar a su camello cerca de las grandes pirámides de Gizeh y dejó que Charlot se deslizara al suelo. Ahora que habían llegado a Egipto, quería llevar de inmediato al niño a ese lugar sagrado. Miró a Charlot, que atravesaba la arena hasta llegar a la base de la Esfinge y empezaba a trepar por su pata gigantesca. Después desmontó y lo siguió, con sus negras ropas meciéndose en la brisa.
—Ésta es la Esfinge —le dijo Shahin cuando llegó a su lado. El niño pelirrojo, ya con casi seis años, hablaba con fluidez el cabilio y el árabe, además del francés materno, de modo que Shahin conversaba libremente con él—. Una figura antigua y misteriosa, con el torso y la cabeza de una mujer… y el cuerpo de un león. Está sentada entre las constelaciones de Leo y Virgo, donde descansa el sol durante el equinoccio de verano.
—Si es una mujer —dijo Charlot levantando la mirada hacia la gran figura de piedra suspendida sobre su cabeza—, ¿por qué tiene barba?
—Es una gran reina… la Reina de la Noche —contestó Shahin—. Su planeta es Mercurio… el dios de la curación. La barba muestra su enorme poder.
—Mi madre es una gran reina… tú me lo dijiste —observó Charlot—. Pero ella no tiene barba.
—Tal vez no le interese exhibir su poder —dijo Shahin.
Contemplaron la franja de arena. A lo lejos veían las tiendas del campamento del cual habían salido. En torno a ellos, las pirámides gigantescas se levantaban en la luz dorada, dispersas en la planicie vacía como los ladrillos de un juego de construcción infantil. Charlot miró a Shahin con sus ojos azules dilatados.
—¿Quién las puso allí? —preguntó.
—Muchos reyes durante muchos miles de años —dijo Shahin—. Estos reyes eran grandes sacerdotes… así los llamamos en árabe, kahin. El que conoce el futuro. Entre los fenicios, babilonios y khabiru, a los que tú llamas hebreos, al sacerdote lo llaman kohen. Y en mi lengua, el cabilio, lo llamamos kahuna.
—¿Eso es lo que soy? —preguntó Charlot mientras Shahin lo ayudaba a bajar para esperar al grupo de gente que venía desde el campamento, cabalgando en medio del polvo dorado.
—No —dijo sobriamente Shahin—. Tú eres más que eso.
Cuando los caballos se detuvieron, el joven jinete que iba al frente saltó al suelo y atravesó el terreno árido, sacándose los guantes mientras se acercaba. Su largo cabello castaño le caía sobre los hombros. Mientras los otros desmontaban, se detuvo frente a Charlot y puso una rodilla en el suelo.
—De modo que aquí estás —dijo el joven. Llevaba los pantalones ajustados y la chaqueta de cuello alto del ejército francés—. ¡El hijo de Mireille! Jovencito, soy el general Bonaparte… un amigo de tu madre. ¿Porqué no ha venido contigo? En el campamento me dijeron que habías venido solo y me buscabas.
Napoleón puso su mano en el brillante cabello rojo de Charlot y lo acarició. Después, metió sus guantes en el cinturón y se puso de pie, haciendo una reverencia a Shahin.
—Y vos debéis ser Shahin —dijo, sin esperar la respuesta del niño—. Angela-Maria di Pietrasanta, mi abuela me ha hablado a menudo de vos como de un gran hombre. Creo que fue ella quien os envió a la madre del niño. Deben de haber pasado cinco años o más…
Shahin apartó el velo de su boca.
—Al-Kalim trae un mensaje muy urgente —dijo en voz baja—. Sólo debe ser escuchado por vuestros oídos.
—Venid, venid —dijo Napoleón, haciendo señas a sus soldados—. Éstos son mis oficiales. Al amanecer salimos para Siria… un viaje duro. Sea lo que fuere, podrá esperar hasta esta noche… os invito a ser mis huéspedes en la cena en el palacio del rey. —Se volvió dispuesto a irse, pero Charlot cogió su mano.
—Esta campaña está condenada —dijo el niño. Napoleón se volvió hacia él, estupefacto, pero Charlot no había terminado—. Veo hambre y sed… morirán muchos hombres y no se ganará nada. Debéis volver de inmediato a Francia. Allí os convertiréis en un gran líder… tendréis mucho poder. Pero sólo durará quince años. Después, terminará…
Napoleón apartó su mano mientras sus oficiales se revolvían incómodos. Después, el joven general echó la cabeza hacia atrás y rió.
—Me dijeron que te llamaban el Pequeño Profeta —dijo, sonriendo a Charlot—. Afirman en el campamento que dijiste muchas cosas a los soldados… cuántos hijos tendrían, en qué batallas encontrarían la gloria o la muerte. Desearía que todo eso fuese verdad. Si los generales fueran profetas, podrían evitar muchas caídas.
—Una vez hubo un general que era también un profeta —susurró Shahin—. Su nombre era Mahoma.
—Yo también he leído el Corán, amigo mío —dijo Napoleón sin dejar de sonreír—. Pero él luchaba por la gloria de Dios. Nosotros, pobres franceses, sólo luchamos por la gloria de Francia.
—Quienes deben cuidarse son los que luchan por su propia gloria —dijo Charlot.
Napoleón escuchó a sus espaldas los murmullos de los oficiales y miró enfadado a Charlot. Su sonrisa se había desvanecido. Una emoción que luchaba por controlar ensombrecía su rostro.
—No permitiré que un niño me insulte —dijo en voz baja. Y después, levantando el tono, agregó—: Dudo que mi gloria sea tan resplandeciente o se extinga tan rápido como pareces creer, mi joven amigo. Me voy al amanecer para atravesar el Sinaí… y sólo las órdenes de mi gobierno podrían adelantar mi regreso a Francia.
Dando la espalda a Charlot, se acercó a su caballo y montó, ordenando a uno de los oficiales que llevara a Shahin y Charlot al palacio de El Cairo a tiempo para la cena. Después se fue solo, cabalgando por el desierto, mientras los otros lo contemplaban.
Shahin dijo a los desconcertados soldados que ellos se las arreglarían… que el niño todavía no había visto bien las pirámides Cuando éstos partieron, reacios, Charlot cogió la mano de Shahin y vagaron solos por la vasta planicie.
—Shahin —dijo pensativamente Charlot—, ¿por qué se ha enfadado el general Bonaparte por lo que he dicho? Todo era verdad.
Shahin permaneció un instante en silencio.
—Imagina que estuvieras en un bosque oscuro donde no pudieras ver nada —dijo después—. Tu único compañero es un búho… que puede ver mucho mas lejos que tú porque está preparado para la oscuridad. Ésa es la visión que tú tienes… la del búho… que te permite ver más adelante mientras los otros se mueven en la oscuridad. Si estuvieras en el lugar de ellos, ¿no tendrías miedo?
—Quizás… —admitió Charlot—. ¡Pero no me enfadaría con el búho si me advirtiera que estoy a punto de caer en un pozo!
Shahin lo miró un momento, con una sonrisa desacostumbrada en los labios. Por último, habló:
—Poseer algo que no tienen los otros siempre es difícil… Y en ocasiones, peligroso —dijo—. A veces es mejor dejarlos en la oscuridad.
—Como el juego de Montglane —dijo Charlot—. Mi madre ha dicho que estuvo hundido en la oscuridad durante mil años.
—Sí —contestó Shahin—. Como eso.
En ese momento llegaron a uno de los lados de la gran pirámide. Frente a ellos, sentado en el suelo sobre una capa de lana, había un hombre. Frente a él había desplegados muchos papiros. Contemplaba la pirámide… pero lanzó una mirada por encima del hombro cuando Charlot y Shahin se aproximaron. Su cara se iluminó.
—¡El Pequeño Profeta! —dijo, poniéndose de pie y sacudiéndose la arena de los pantalones mientras se adelantaba a saludarlos. Sus mejillas rotundas y la barbilla delicada se estiraron en una sonrisa mientras apartaba un rizo de su frente—. Hoy he estado en el campamento… y los soldados hacían apuestas a que el general Bonaparte rechazaría el consejo que pensabas darle sobre su regreso a Francia. Nuestro general no tiene gran fe en las profecías. Tal vez piensa que esta novena cruzada suya tendrá éxito donde las otras ocho fracasaron.
—¡Monsieur Fourier! —dijo Charlot, soltando la mano de Shahin para correr junto al famoso científico—. ¿Habéis descubierto el secreto de estas pirámides?
Habéis estado mucho tiempo aquí, y trabajado mucho.
—Me temo que no —sonrió Fourier, dando unas palmaditas en la cabeza de Charlot mientras Shahin se reunía con ellos—. Sólo que los números de estos papiros son números arábigos. El resto es un galimatías que somos incapaces de leer. Dibujos y cosas así. Dicen que en Rosetta han encontrado una piedra que parece tener varias lenguas inscritas… tal vez nos ayude a traducirlo todo. La van a llevar a Francia. ¡Pero para cuando la descifren, tal vez yo haya muerto! —agregó riendo y cogiendo la mano de Shahin—. Si vuestro pequeño compañero fuera el profeta que decís que es, podría leer estos dibujos y ahorrarnos un montón de problemas.
—Shahin comprende algunos —dijo Charlot con orgullo, acercándose a la pirámide y mirando el extraño despliegue de dibujos tallados y pintados—. Éste… el hombre con cabeza de pájaro… es el gran dios Thot. Era un doctor que podía curar cualquier enfermedad.
Además, inventó la escritura… su trabajo consistía en escribir los nombres de todos en el Libro de los Muertos. Shahin dice que cada persona tiene un nombre secreto que recibe al nacer. Ese nombre se escribe en una piedra y se le da cuando muere. Y los dioses tienen un número en lugar de un nombre secreto…
—¡Un número! —exclamó Fourier lanzando una mirada a Shahin—. ¿Podéis leer estos dibujos? —preguntó.
Shahin meneó la cabeza.
—Sólo conozco las historias —dijo en su deficiente francés—. Mi pueblo siente gran reverencia por los números… y los dota de propiedades divinas. Creemos que el universo está hecho de números y que para llegar a ser uno con Dios, sólo se necesita vibrar según la resonancia correcta de estos números.
—¡Pero eso es también lo que yo creo! —exclamó el matemático—. Estudio la física de las vibraciones… estoy escribiendo un libro sobre lo que llamo la teoría armónica tal como se aplica al calor y la luz. Si fuisteis los árabes quienes descubristeis estas verdades sobre las cuales basamos nuestras teorías…
—Shahin no es árabe —interrumpió Charlot—. Es un Hombre Azul de los tuaregs.
Fourier miró desconcertado al niño y después se volvió hacia Shahin.
—Sin embargo, parecéis conocer lo que busco… los trabajos de Al-Kwarizmi, que trajo a Europa el gran matemático Leonardo Fibonacci… los números y el álgebra que han revolucionado nuestro pensamiento. ¿No se originaron aquí, en Egipto?
—No —dijo Shahin, contemplando los dibujos del muro—. Vinieron de Mesopotamia… números indios, traídos de las montañas del Turkestán. Pero el que conocía el secreto y finalmente lo escribió, fue Al-Jabir al-Hayan, el químico de la corte de Harun al-Rashid, en Mesopotamia, el rey de Las mil y una noches. Este Al-Jabir era un místico sufí, miembro del grupo de los famosos hashhashins. Registró este secreto y fue maldecido. Lo ocultó en el juego de Montglane.