El ocho

El ocho


Fin de partida

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FIN DE PARTIDA

I

En su grave rincón, los jugadores

rigen las lentas piezas. El tablero

los demora hasta el alba en su severo

ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores

las formas: torre homérica, ligero

caballo, armada reina, rey postrero,

oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,

cuando el tiempo los haya consumido,

ciertamente no habrá cesado el rito.

En el oriente se encendió esta guerra

cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.

Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada

reina, torre directa y peón ladino

sobre lo negro y blanco del camino

buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada

del jugador gobierna su destino,

no saben que un rigor adamantino

sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero

(la sentencia es de Omar) de otro tablero

de negras noches y de blancos días.

Dios, mueve al jugador, y éste, la pieza.

¿Que dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonías?

J. L. BORGES

Ajedrez

Nueva York, septiembre de 1973

Estábamos acercándonos a otra isla en medio del oscuro mar color vino. Una franja de tierra de 220 kilómetros que flotaba cerca de la costa Atlántica, conocida como Long Island. En el mapa parece una carpa gigante cuya boca está a punto de cerrarse sobre la bahía de Jamaica y tragarse Staten Island, cuya cola, orientada hacia New Haven, parece diseminar pequeñas islas como gotas de agua en su camino.

Pero cuando nuestro oscuro ketch avanzó hacia la tierra, con los metros de velas desplegadas en la fresca brisa marina… aquella costa larga, de arena blanca, con su multitud de radas, me pareció el paraíso. Hasta los nombres que recordaba eran exóticos: Quogue, Patchoque, Peconic y Massapequa; Jericó, Babilonia y Kismet. La aguja de plata de Fire Island abrazaba la playa almenada. Y detrás de alguna curva, fuera de la vista, la estatua de la Libertad levantaba su lámpara de cobre 90 metros por encima del puerto de Nueva York, llamando a los viajeros agitados por tormentas, como nosotros, hacia la puerta dorada del capitalismo y el comercio institucional.

Lily y yo estábamos en cubierta con lágrimas en los ojos, abrazadas. Me pregunté qué pensaba Solarin de esta tierra de sol, riqueza y libertad… tan distinta de la oscuridad y el miedo que, imaginaba, impregnaban todos los rincones de Rusia. Durante el mes o algo más que habíamos pasado juntos, cruzando el Atlántico y costeando después, habíamos pasado días leyendo el diario de Mireille y descifrando la fórmula, y muchas noches explorando el pensamiento y el corazón de uno y otro. Pero Solarin no había mencionado ni una sola vez su pasado en Rusia o sus planes para el futuro. Cada instante pasado a su lado me parecía una congelada gota dorada de tiempo, como las gemas esparcidas en el paño oscuro, tan vívidos y preciosos como ellas. Pero no podía penetrar la tiniebla que había debajo.

Ahora, mientras él recogía las velas y nuestro barco se deslizaba hacia la isla, me pregunté qué sería de nosotros cuando hubiera terminado el juego. Por supuesto, Minne había dicho que no terminaría nunca, pero en el fondo de mi corazón, yo sabía que sería así, al menos para nosotros, y que sería pronto.

Por todas partes se mecían barcas con burbujas chispeantes. Cuanto más nos acercábamos a la costa de la isla, más denso era el tránsito marítimo; banderas coloridas y velas hinchadas danzaban por encima del agua espumosa, mezclándose con el oscuro lustre de los yates silenciosos y las pequeñas motoras que iban y venían zumbando como libélulas. Aquí y allá veíamos la mancha gris de un barco guardacostas avanzando con su ronroneo tranquilo y un despliegue de grandes buques de la Marina anclados cerca del control. En realidad, había tantos barcos que me pregunté qué sucedía. Lily contestó a mi pregunta.

—No sé si es para bien o para mal —dijo cuando Solarin regresó para coger el timón—, pero este comité de recepción no es para nosotros. ¿Sabes qué día es? ¡El día del Trabajo!

Por supuesto, eso era. Y si no me equivocaba, era también el día en que se cerraba la temporada de yates, lo que explicaba la confusión que nos rodeaba.

Cuando llegamos a la ensenada de Shinnecock, las barcas que nos rodeaban eran tan abundantes, que apenas quedaba lugar para maniobrar. La cola que esperaba para entrar en la bahía tenía una longitud de cuarenta barcas. De modo que navegamos unos dieciocho kilómetros más abajo, a la ensenada Moriches, donde el guardacostas estaba tan ocupado atando barcas y despejando borrachos, que apenas podía esperarse que advirtiera un barco pequeño como el nuestro, que había recorrido sigilosamente el canal, lleno de inmigrantes ilegales y contrabando ilícito, y que estaba a punto de pasar ante su mirada candorosa. Aquí, la cola parecía ir más rápido, mientras Lily y yo arriábamos las velas y Solarin encendía rápidamente el motor y arrojaba flotadores por los lados para evitar quedar atascados. Un barco que salía en dirección opuesta pasó cerca de nuestro flanco. Un pasajero, vestido con todos los atributos del yachtman, pasó a Lily una copa de champaña con un lazo de invitación atado en el pie. Solicitaba nuestra presencia en el Southampton Yacht Club a las seis de la tarde, para tomar martinis.

Pareció como si transcurrieran horas ronroneando tras aquella lenta procesión, mientras la tensión de nuestra situación demandaba toda nuestra energía y los festejantes de las otras barcas giraban en torno nuestro. Como en la guerra, pensé, a menudo era la última fase, la confrontación final, la que lo decidía todo. De la misma manera, suele ser el soldado con la licencia en el bolsillo quien resulta herido por una esquirla mientras sube al avión que debería haberlo conducido a casa. Aunque no afrontábamos nada más que una multa de cincuenta mil dólares de Aduanas y veinte años de prisión por meter de contrabando a un espía ruso, no podía olvidar que el juego mismo no había terminado aún. Al fin, salimos de la ensenada y nos dirigimos hacia la playa de Westhampton. No había nada a la vista, así que Solarin nos dejó a Lily y a mí en el embarcadero, junto con Carioca, la bolsa con las piezas y varias mochilas pequeñas que contenían nuestras escasas pertenencias. Después ancló en la bahía, se puso un bañador y nadó de regreso a la playa. Fuimos a un bar de la zona para ponernos ropas secas y ajustar nuestros planes. Cuando Lily se dirigió a una cabina para llamar a Mordecai y darle la noticia, estábamos aturdidos.

—No estaba —dijo, regresando a la mesa.

Yo ya llevaba tres Bloody Marys con sus palitos de apio mientras esperaba. Teníamos que ver a Mordecai y darle las piezas. O al menos salir de allí hasta que pudiéramos encontrarlo.

—Mi amigo Nim tiene una casa cerca de Montauk Point, a una hora de aquí —les dije—. Allí termina la carretera de Long Island… podríamos cogerla en Quogue. Creo que deberíamos dejarle un mensaje diciendo que vamos. Meterse en Manhattan sería peligroso.

No podía dejar de pensar en la ciudad, con su laberinto de calles de dirección única… y en lo fácil que sería quedar atrapados allí sin salida posible. Después de tantos esfuerzos, sería criminal quedar clavados como peones.

—Tengo una idea —dijo Lily—. ¿Por qué no voy yo a buscar a Mordecai? Nunca se aleja mucho de Diamond District, que sólo tiene una manzana. Estará en la librería donde lo conociste o en uno de los restaurantes cercanos. Puedo ir a mi casa y coger el coche… y después traerlo a la isla. Llevaremos esas piezas que Minne dijo que tenía él… y cuando lleguemos, os telefoneo desde Montauk Point.

—Nim no tiene teléfono —le dije—, excepto el del ordenador. Espero que recoja sus mensajes, porque de otro modo quedaremos aislados allí.

—Entonces quedemos —sugirió Lily—. ¿Qué tal esta noche a las nueve? Eso me dará tiempo para encontrarlo, relatarle nuestras aventuras y hablarle de mis nuevas habilidades ajedrecísticas… Al fin y al cabo, es mi abuelo. Hace meses que no lo veo.

Aceptando lo que parecía un plan razonable, telefoneé al ordenador de Nim para anunciar que llegaría en tren al cabo de una hora. Terminamos nuestras bebidas y salimos a pie hacia la estación, Lily en dirección a Manhattan y Mordecai, y Solarin y yo en dirección opuesta.

El tren de Lily llegó al andén Quogue antes que el nuestro, alrededor de las dos de la tarde. Cuando subió con Carioca bajo el brazo, dijo:

—Si tengo problemas para llegar a las nueve, dejaré un mensaje en ese número de ordenador que me diste.

No tenía sentido que Solarin y yo estudiáramos los horarios. De todas maneras, el ferrocarril de Long Island tenía por tradición establecer sus horarios con un tablero de Ouija. Me senté en un banco de madera verde, contemplando las manadas de pasajeros que pastaban a mi alrededor. Solarin dejó las maletas y se sentó a mi lado.

Cuando volvió de uno de sus viajes de inspección de las vías vacías, dejó escapar un suspiro de frustración.

—Cualquiera pensaría que estamos en Siberia. Creí que en occidente la gente era puntual… que los trenes llegaban a su hora.

Se levantó de un salto y empezó a recorrer el andén atestado como un animal enjaulado. No podía soportar verlo así, de modo que cogí el bolso con las piezas, lo colgué de mi hombro y me puse de pie. En ese momento anunciaron nuestro tren.

Aunque entre Quogue y Montauk Point hay unos setenta kilómetros, el viaje duró más de una hora. Sumando la caminata a Quogue y la espera en el andén, habían pasado casi dos horas desde que dejara aquel mensaje en el ordenador de Nim. Pese a ello, no esperaba verlo… por lo que sabía, podía recoger sus mensajes una vez al mes.

De modo que me sorprendí cuando, al bajar del tren, vi la forma larga y esbelta de Nim avanzando hacia mí, con su cabello cobrizo volando al viento y la larga bufanda blanca flotando con cada zancada. Cuando me vio, sonrió como un lunático y agitó el brazo… y después se puso a trotar, esquivando pasajeros que se apartaban para evitar una colisión. Cuando llegó junto a mí, me cogió con ambas manos, me abrazó y hundió su cara en mi pelo… apretándome contra él casi hasta ahogarme. Me levantó en el aire, me hizo girar y después me puso en el suelo y me apartó para mirarme mejor. Tenía lágrimas en los ojos.

—Dios mío, Dios mío —susurró con voz quebrada, meneando la cabeza—. Creí que habías muerto. No he dormido ni un instante desde que supe que habías abandonado Argel. Aquella tormenta… ¡después perdimos tu pista por completo! —Me miraba como si no se cansara de hacerlo—. De verdad creí que al enviarte así, te había matado…

—Tenerte como mentor no ha mejorado precisamente mi salud —acepté.

Seguía sonriéndome y volvía a abrazarme… cuando de pronto sentí que se ponía rígido. Lentamente, me soltó y yo miré su rostro. Miraba por encima de mi hombro con una expresión en la que se mezclaban estupefacción e incredulidad. O tal vez fuera miedo… no estaba segura.

Girando un poco mi cabeza, vi a Solarin que bajaba del tren, llevando nuestra colección de bolsas de lona. Estaba mirándonos y su cara era la misma máscara fría que recordaba haber visto aquella primera vez en el club. Estaba mirando fijamente a Nim, con sus insondables ojos verdes resplandeciendo bajo el último sol de la tarde. Yo me volví hacia Nim y empecé a explicar… pero sus labios se movían mientras miraba a Solarin como si fuera un monstruo o un fantasma Tuve que esforzarme por oírlo.

—¿Sascha? —susurró con voz ahogada—. Sascha…

Volví a mirar a Solarin, que seguía de pie en los escalones, impidiendo el descenso de los otros pasajeros. Los ojos se le habían llenado de lágrimas… que corrían por sus mejillas.

—¡Slava! —exclamó con voz quebrada.

Dejando caer las bolsas al suelo, saltó los escalones y pasó junto a mí, arrojándose en brazos de Nim en un abrazo de tal potencia que parecía que iban a reducirse a polvo. Rápidamente, recogí la bolsa con las piezas que había dejado caer. Cuando la hube cogido, seguían llorando. Los brazos de Nim estaban en torno a la cabeza de Solarin y lo apretaba con frenesí. Primero lo apartaba, lo miraba, después volvían a abrazarse mientras yo estaba allí, atónita. Los pasajeros pasaban junto a nosotros como el agua que se divide en torno a una piedra, indiferentes como sólo pueden serio los neoyorquinos.

—Sascha —seguía murmurando Nim, abrazándolo repetidas veces.

Solarin había hundido la cara en el cuello de Nim con los ojos cerrados y las lágrimas corrían por sus mejillas. Con una mano, se sujetaba del hombro de Nim como si se sintiera demasiado débil para estar de pie. Yo no me lo podía creer.

Cuando pasaron los últimos pasajeros, me alejé para recoger el resto de nuestras bolsas dispersas.

—Deja que las coja yo —me dijo Nim sonándose la nariz. Cuando levanté la mirada, lo vi avanzar hacia mí, con un brazo en torno a los hombros de Solarin y apretándolo de vez en cuando, como para asegurarse de que estaba allí. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto.

—Parece que os conocíais —dije irritada, preguntándome por qué ninguno de los dos me lo había dicho.

—No nos hemos visto en los últimos veinte años —dijo Nim, siempre sonriendo a Solarin mientras se agachaban para coger las bolsas… y después fijó en mí sus extraños ojos bicolores—. Querida, no puedo creer en la alegría que me has proporcionado. Sascha es mi hermano.

El pequeño Morgan de Nim no era en realidad lo bastante grande como para llevarnos a los tres, y menos aún a nuestro equipaje. Solarin se sentó sobre el bolso con las piezas, y yo, encima de Solarin. Las otras bolsas estaban embutidas en todos los rincones posibles. Mientras salía de la estación, Nim seguía mirando a Solarin con una expresión de incredulidad y alegría.

Era extraño ver a estos dos hombres, tan fríos y contenidos, invadidos de repente por esa emoción. Yo sentía su potencia a mi alrededor mientras el coche avanzaba fatigosamente, con el viento silbando por el suelo de madera. Parecía tan profunda y oscura como sus almas rusas, y sólo les pertenecía a ellos. Durante mucho tiempo, nadie hablo. Después Nim se estiró y oprimió la rodilla que yo trataba de mantener apartada de la palanca de cambios.

—Supongo que tendría que decírtelo todo —me dijo.

—Sería muy interesante —acordé, y él me sonrió.

—No lo hice antes por tu protección… y la nuestra —explicó—. Alexander y yo no nos hemos visto desde la infancia. Cuando nos separamos, él tenía seis años y yo, diez:… —Todavía había lágrimas en sus ojos mientras acariciaba el cabello de Solarin, como si no pudiera dejar de tocarlo.

—Déjame contarlo —dijo Solarin, sonriendo a través de sus ojos empañados.

—Lo contaremos los dos —accedió Nim.

Y mientras recorríamos la costa hacia la exótica propiedad de Nim, me relataron una historia que, por primera vez, reveló cuánto les había costado el juego.

LA HISTORIA DE DOS FÍSICOS

Nacimos en la isla de Krym, esa famosa península del mar Negro sobre la cual escribió Homero. Desde los tiempos de Pedro el Grande, Rusia había querido ponerle las manos encima… y seguía intentándolo cuando estalló la guerra de Crimea.

Nuestro padre era un marinero griego que se había enamorado de una joven rusa y se había casado con ella: nuestra madre. Se había convertido en un próspero comerciante naval y era dueño de una flota de barcos pequeños.

Después de la guerra, las cosas empeoraron. El mundo era un lío… sobre todo en el mar Negro, rodeado de países que todavía se consideraban en guerra.

Pero en nuestro lugar de residencia, la vida era bella. El clima mediterráneo de la costa sur, sus olivos, laureles y cipreses, protegidos de la nieve y el viento por las montañas cercanas… entre los huertos de cerezos estaban las ruinas restauradas de aldeas tártaras y mezquitas bizantinas. Era un paraíso, lejos de los caprichos y purgas de Stalin, quien seguía gobernando Rusia con puño de acero, como indicaba su nombre.

Nuestro padre habló mil veces de irse. Y sin embargo, aunque tenía muchos contactos entre las flotas mercantes del Danubio y el Bósforo, que le hubieran asegurado un pasaje seguro… era como si no lograra decidirse. ¿Ir adónde?, preguntaba. Desde luego: no de regreso a Grecia… o a Europa, que seguía padeciendo las agonías de la reconstrucción de la posguerra. Entonces sucedió algo… algo que lo decidió. Algo que iba a cambiar el curso de nuestras vidas.

Estábamos a finales de diciembre de 1951, en una noche de tormenta, cerca de la medianoche. Estábamos todos en la cama, habiendo asegurado las ventanas de nuestra dacha y dejado el fuego muy bajo. Nosotros, los niños, que dormíamos juntos en un dormitorio de la planta baja, fuimos los primeros en escuchar los golpes en la ventana, que eran distintos de los que hacía el granizo que batía contra los postigos. Era el sonido de una mano humana. Abrimos ventana y postigo, y allí afuera, en medio de la tormenta, vimos una mujer de cabellos plateados vestida con una larga capa. Nos sonrió y entró por la ventana. Después se arrodilló ante nosotros. Era muy hermosa.

—Soy Minerva… vuestra abuela —nos dijo—. Pero debéis llamarme Minne. He hecho un viaje muy largo y estoy agotada… pero no hay tiempo para descansar. Estoy en peligro. Debéis despertar a vuestra madre y decirle que estoy aquí.

Después nos abrazó con gran dignidad y subimos corriendo las escaleras para despertar a nuestros padres.

—De modo que por fin ha venido… esa abuela tuya —gruñó mi padre a mi madre, frotándose los ojos. Esto nos sorprendió, porque Minne había dicho que era nuestra abuela. ¿Cómo podía ser al mismo tiempo abuela de mamá? Papá abrazó a la mujer que amaba, que estaba descalza y temblando en la oscuridad. Besó su cabello cobrizo y después sus ojos.

—Hemos estado tanto tiempo esperando, con miedo —murmuró—. Y ahora, por fin, casi ha terminado. Vístete… bajaré a verla.

Y haciéndonos salir delante de él, bajamos hasta donde esperaba Minne, cerca del fuego casi apagado. Cuando él se aproximó, Minne lo miró y se adelantó a abrazarlo.

—Yusef Pavlovitch —le dijo con el mismo ruso fluido que había utilizado con nosotros—. Me persiguen. Tengo poco tiempo… debemos huir… todos. ¿Tienes un barco en Yalta o Sebastopol que podamos utilizar… ahora? ¿Esta noche?

—No estoy preparado —empezó a decir él, apoyando sus manos en los hombros de Minne—. No puedo sacar a mi familia con un tiempo como éste y atravesar los mares en invierno. Debiste haberme hecho alguna advertencia… avisarme. No puedes pedirme esto así… en medio de la noche…

—¡Te digo que debemos irnos! —exclamó ella, apretando su brazo y apartándonos—. Has sabido que llegaría este día durante quince años… por fin ha llegado. ¿Cómo puedes decir que no recibiste advertencia? Vengo desde Leningrado…

—¿Entonces lo encontraste? —preguntó nuestro padre.

—No había huellas del tablero… pero he conseguido éstas por otros medios —y apartando su capa, fue hacia la mesa y sacó no una sino tres piezas de ajedrez, que resplandecían en la penumbra.

—Estaban ocultas por toda Rusia —dijo.

Nuestro padre permaneció con la mirada fija en las piezas mientras nosotros nos adelantamos a tocarlas con cautela. Un peón de oro y un elefante de plata, cubiertos de brillantes gemas… Y un caballo de filigrana de plata, levantado sobre sus patas traseras, con los ollares dilatados.

—Ahora debes ir al puerto y asegurar un barco —susurró Minne—. Yo te seguiré con mis niños en cuanto se hayan vestido y cogido sus cosas. Pero apresúrate, por el amor de Dios… y llévate esto contigo —agregó, señalando las piezas.

—Son mis hijos… y mi esposa —protestó él—. Y yo soy responsable de su seguridad…

Pero Minne se había acercado a nosotros y sus ojos despedían un fuego más oscuro que el de las piezas.

—¡Si estas piezas caen en otras manos, no podrás proteger a nadie! —siseó.

Nuestro padre la miró a los ojos y al fin pareció decidirse. Asintió lentamente.

—Tengo una embarcación de pesca en Sebastopol —le dijo—. Slava sabe cómo encontrarla. Estaré listo para hacerme a la mar en dos horas. Estad allí y que Dios nos ayude en nuestra misión.

Minne apretó su brazo y él subió las escaleras de unas pocas zancadas.

Y nuestra recién encontrada abuela nos ordenó vestirnos. Nuestros padres habían bajado y papá volvió a abrazar a mamá, hundiendo la cara en su cabello como si quisiera recordar su olor. La besó una vez en la frente… y después se volvió hacia Minne, quien le dio las piezas. Haciendo una inclinación grave, se perdió en la noche.

Mamá estaba cepillándose el cabello y mirando en torno con ojos fatigados mientras nos daba órdenes y nos enviaba arriba a buscar sus cosas. Cuando subimos escuchamos que hablaba en voz baja a Minne.

—Has venido —le dijo—. Que Dios te castigue por haber reiniciado este juego espantoso. Creí que había terminado… que estaba liquidado.

—No fui yo quien lo inició —contestó Minne—. Da gracias a que has disfrutado de quince años de paz… quince años con un marido a quien amas y niños a quienes siempre has tenido a tu lado. Quince años sin el acoso permanente del peligro. Es más de lo que he tenido yo. Fui yo quien os mantuvo apartados del juego…

Eso fue todo lo que escuchamos, porque se pusieran a susurrar. En ese momento escuchamos pasos fuera… y golpes en la puerta. Nos miramos en la penumbra y empezamos a salir corriendo de la habitación. De pronto, Minne apareció en la puerta. Su rostro brillaba con resplandor sobrenatural. Escuchamos que nuestra madre subía las escaleras, que abajo rompían la puerta y los gritos de varios hombres por encima del estallido del trueno.

—¡Por la ventana! —dijo Minne, levantándonos y poniéndonos en las ramas de la higuera que crecía como una parra por la pared sur, un árbol al que habíamos trepado cien veces. Estábamos a mitad del descenso, colgando del árbol como monos, cuando escuchamos el alarido de nuestra madre.

—¡Huid! —gritó—. ¡Os va la vida en ello!

Después no oímos nada más. La lluvia nos calaba los huesos y caímos en la oscuridad del huerto.

Las grandes puertas de hierro de la propiedad de Nim se abrieron de par en par. Flanqueando el largo sendero de entrada, los árboles lanzaban destellos bajo el sol crepuscular. En el otro extremo estaba la fuente que se había congelado en el invierno, rodeada ahora por brillantes dalias. Su agua murmurante intervenía con su sonido de campanillas en el murmullo del mar cercano.

Nim se detuvo y se volvió a mirarme. Yo sentía el cuerpo de Solarin, tenso.

—Ésa fue la última vez que vimos a nuestra madre —dijo Nim—. Minne saltó por la ventana de la segunda planta y cayó en el suelo blando. La lluvia ya había formado charcos. Se puso de pie y se reunió con nosotros. Los gritos de nuestra madre y los pasos de los hombres en el interior de la casa tapaban el ruido de la lluvia. «¡Registrad los bosques!», gritó alguien, y Minne nos condujo hacia los acantilados.

Nim hizo una pausa sin dejar de mirar.

—Dios mío —dije, temblando de pies a cabeza—. Capturaron a vuestra madre… ¿cómo huisteis?

—En el extremo de nuestro huerto había acantilados que descendían hasta el mar —continuó Nim—. Cuando llegamos, Minne pasó al otro lado y nos ocultó bajo un saliente de piedra. Vi que llevaba algo en la mano… una especie de Biblia pequeña, encuadernada en piel. Cogió un cuchillo y cortó algunas páginas, que metió bajo mi camisa. Después me dijo que me adelantara… que corriera en busca del barco lo más rápido posible. Para decir a mi padre que los esperara a ella y a Sascha. Pero sólo debíamos esperar una hora. Si para entonces no estaban allí, mi padre y yo teníamos que escapar, dijo, y llevar las piezas a un lugar seguro. Al comienzo me negué a irme sin mi hermano. —Nim miró gravemente a Solarin.

—Pero yo sólo tenía seis años —dijo Solarin. No podía ir por el acantilado a la misma velocidad que Ladislaus, que era cuatro años mayor y muy ligero. Minne temía que, si yo no lograba seguirlos, nos capturarían a todos. Cuando Slava se fue, me besó y me dijo que tuviera valor…

En ese momento miré a Solarin y vi que lloraba con esos recuerdos de su infancia.

—Luchamos durante lo que parecieron horas por aquel acantilado, en medio de la tormenta, Minne y yo. Por fin llegamos al puerto de Sebastopol. Pero el barco de mi padre ya no estaba.

Nim salió del coche, con la cara rígida, y dio la vuelta, abriendo la puerta y ofreciéndome su mano.

—Yo mismo había caído una docena de veces —continuó Nim mientras me ayudaba a bajar—, deslizándome por el lodo y las rocas para llegar donde estaba el barco de mi padre. Cuando me vio llegar solo, se asustó. Le dije lo que había pasado, lo que había dicho Minne sobre las piezas. Mi padre empezó a llorar. Estaba allí sentado, con la cara entre las manos, sollozando como una criatura. Le pregunté qué sucedería si regresábamos… si tratábamos de rescatarlos. Y qué pasaría si otros cogían las piezas. Me miró mientras el agua borraba las lágrimas de sus mejillas. «Juré a tu madre que nunca permitiría que sucediera eso», me dijo, «ni aunque nos costara la vida a todos…».

—¿Quieres decir que os fuisteis sin esperar a Minne y Alexander? —pregunté.

Solarin estaba bajando del Morgan, con la bolsa de las piezas en la mano.

—No fue tan sencillo —dijo Nim con tristeza—. Esperamos horas… mucho más allá del tiempo que había indicado Minne como razonablemente seguro. Mi padre se paseaba por cubierta, bajo la lluvia… yo trepé por el mástil una docena de veces tratando de verlos en medio de la tormenta. Por último, comprendimos que no vendrían. Habrían sido capturados… era todo lo que podíamos imaginar. Cuando mi padre se hizo a la mar, le rogué que esperara un poco más. Ésa fue la primera vez que dijo claramente que habían estado esperando esto… planeándolo incluso. No salíamos simplemente al mar… íbamos a América. Desde el día en que se casó con mi madre, tal vez incluso antes, sabía lo del juego. Sabía que podía llegar un día… o más bien que llegaría un día… en que aparecería Minne y se exigiría un sacrificio terrible a mi familia. Ése era el día… y en pocas horas la mitad de los miembros había desaparecido. Pero el juramento que había hecho a mi madre era que salvaría las piezas, prefiriéndolas incluso a sus hijos.

—¡Dios mío! —dije, mirándolos mientras permanecíamos de pie en el sendero. Solarin se acercó a las dalias y hundió los dedos en la fuente cantarina—. Me sorprende que ambos hayáis aceptado participar en un juego como éste… que destruyó a vuestra familia en una sola noche.

Nos acercamos a Solarin, que miraba la fuente en silencio, y Nim me pasó un brazo por los hombros. Solarin lanzó una mirada a su mano, que descansaba sobre mi hombro.

—Tú misma has hecho otro tanto —dijo—, y eso que Minne no es ni siquiera tu abuela. Pero… supongo que fue Slava quien te introdujo en el juego.

Ni su cara ni su voz me permitían descubrir qué pasaba por su cabeza… pero no era difícil de adivinar. Evité sus ojos. Nim me apretó el hombro.

Mea culpa —admitió sonriendo.

—¿Y qué os pasó a Minne y a ti cuando visteis que el barco ya no estaba? —pregunté a Solarin—. ¿Cómo sobrevivisteis?

Él estaba arrancando pétalos a una dalia y arrojándolos a la fuente.

—Me llevó al bosque y me ocultó allí hasta que paso la tormenta —dijo Solarin, perdido en sus pensamientos—. Durante tres días, recorrimos lentamente la costa en dirección a Georgia, como un par de campesinos de camino al mercado. Cuando estábamos lo bastante lejos de casa como para sentirnos seguros, nos sentamos a hablar de nuestras perspectivas. «Eres lo bastante mayor como para comprender lo que voy a decirte», dijo ella, «pero no lo suficiente como para ayudarme en la misión que tengo por delante. Algún día lo serás… entonces te mandaré a buscar y te diré lo que debes hacer. Ahora debo volver y tratar de salvar a tu madre. Si te llevo conmigo, sólo serás un estorbo… interferirás en mis esfuerzos». —Solarin nos miró como a través de una niebla—. La comprendí muy bien —agregó.

—¿Minne volvió a rescatar a tu madre de las manos de la policía soviética? —pregunté.

—Tú hiciste lo mismo por tu amiga Lily, ¿no? —replicó.

—Minne puso a Sascha en un orfanato —interrumpió Nim, abrazándome mientras miraba a su hermano—. Papá murió poco después de que llegáramos a América… de modo que yo me quedé solo aquí, igual que el pequeño Sascha en Rusia. Aunque nunca estuve seguro, de alguna manera siempre supe que Sascha, el niño prodigio del ajedrez que salía en los periódicos… era mi hermano. Para entonces ya me llamaba Nim… un chiste privado, porque así me ganaba la vida… coge lo que puedas donde puedas. Fue Mordecai, a quien conocí una noche en el Club de Ajedrez de Manhattan, quien descubrió mi identidad verdadera.

—¿Y qué le sucedió a vuestra madre? —pregunté.

—Minne llegó demasiado tarde para salvarla —dijo gravemente Solarin, dándose la vuelta—. Apenas pudo escapar ella. Poco después recibí una carta suya en el, orfanato… bueno, no una carta sino un recorte de periódico… de Pravda, creo. Aunque no había fecha ni remitente y había sido enviado desde dentro de Rusia, supe quién lo había mandado. El artículo decía que el famoso maestro Mordecai Rad haría una gira por Rusia para hablar de la situación del ajedrez mundial, hacer exhibiciones y buscar niños con talento para un libro que estaba escribiendo sobre los niños ajedrecistas. Casualmente uno de los lugares de su ruta era mi orfanato. Minne estaba tratando de ponerse en contacto conmigo.

—Y el resto es historia —dijo Nim, que seguía rodeándome con su brazo. Ahora pasó el otro en torno a los hombros de Solarin y nos llevó al interior de la casa.

Atravesamos grandes habitaciones soleadas llenas de tiestos con flores y muebles lustrosos que resplandecían en el sol de la tarde. En la enorme cocina, la luz del sol era oblicua y caía formando charcos sobre el suelo de baldosas. Los sofás de chintz floreados eran más alegres de lo que recordaba.

Nim nos soltó, pero apoyó sus manos en mis hombros y me miró con afecto.

—Me has traído el mejor de los regalos —dijo—. Que Sascha esté aquí es un milagro, pero el mayor de los milagros es que estés viva. Nunca me hubiera perdonado Si te hubiera sucedido algo.

Volvió a abrazarme y después se fue hacia la despensa.

Solarin había dejado caer la bolsa con las piezas y se habla acercado a las ventanas, donde se quedó mirando los prados y el mar. Todavía había barcos que se agitaban como palomas en el agua. Fui a su lado.

—Es una hermosa casa —afirmó, mirando la fuente y el agua que descendía de un nivel a otro hasta derramarse, en la piscina color turquesa. Hizo una pausa y después agregó—: Mi hermano está enamorado de ti —sentí una fría contracción en el estómago, como un puño.

—No seas ridículo —dije.

—Hay que hablarlo —contestó, y se volvió a mirarme con aquella pálida mirada verde que siempre me hacia sentir a punto de caer. Empezó a estirar la mano para tocar mi cabello… pero en ese momento regresó Nim de la despensa con una botella de champaña y tres copas. Se acercó y las puso sobre la mesilla que había ante las ventanas.

—Tenemos tanto de qué hablar… tanto que recordar —dijo a Solarin mientras empezaba a descorchar el champaña—. Todavía me resulta imposible creer que estés aquí. Creo que nunca más te dejaré ir…

—Tal vez tengas que hacerlo —dijo Solarin, cogiéndome de la mano y llevándome a uno de los sofás. Se sentó a mi lado mientras Nim servía el champaña—. Ahora que Minne ha abandonado el juego, alguien tiene que volver a Rusia y conseguir el tablero…

—¿Abandonado el juego? —preguntó Nim, que se quedó inmóvil con la botella levantada—. ¿Cómo? No es posible.

—Tenemos una nueva Reina Negra —dijo Solarin sonriendo y mirándolo con atención—. Al parecer, la elegiste tú.

Nim se volvió hacia mí. De pronto comprendió.

—¡Maldición! —dijo, vertiendo el líquido—. Supongo que ahora ha desaparecido sin dejar huella, dejándonos encargados de los cabos sueltos.

—No exactamente —dijo Solarin, buscando un sobre que tenía dentro de la camisa—. Me dio esto dirigido a Catherine. Tenía que dárselo cuando llegáramos. Aunque no lo he abierto… supongo que contiene información valiosa. —Me entregó el sobre cerrado, que estaba a punto de abrir cuando me sobresaltó un ruido penetrante… que tardé un momento en identificar. ¡Era el timbre de un teléfono!

—¡Creí que no tenías teléfono! —dije acusadoramente a Nim, que había dejado la botella y corría hacia la zona de hornillos y armarios.

—Y no tengo —dijo, con voz tensa mientras sacaba una llave del bolsillo y abría una de las alacenas. Sacó algo que se parecía mucho a un teléfono… y que además sonaba—. Este teléfono pertenece a otros… se podría decir que es una línea caliente.

Contestó. Mientras, Solarin y yo nos habíamos puesto de pie.

—¡Mordecai! —susurré, corriendo junto a Nim—. Lily debe estar allí.

Nim me miró seriamente y me pasó el teléfono.

—Alguien quiere hablar contigo —dijo sereno, lanzando una extraña mirada a Solarin. Cogí el teléfono.

—¡Mordecai, soy Cat! ¿Está Lily ahí? —dije.

—¡Querida! —exclamó la voz que siempre me obligaba a apartar un poco el receptor…: la voz de Harry Rad—. ¡Entiendo que tu viaje entre los árabes ha sido un éxito! Nos juntaremos para curiosear. Pero, querida, lamento decirte que ha surgido algo. Estoy con Mordecai, en su casa… me llamó para decirme que Lily había llamado y venía para aquí desde la estación Grand Central. De modo que, como es natural, vine a toda prisa… pero no ha llegado.

Quedé aturdida.

—¡Creí que tú y Mordecai no os hablabais! —grité en el teléfono.

—Querida, eso es meshugge —dijo Harry, tranquilizador—. Por supuesto que hablo con Mordecai… es mi padre. Estoy hablando con él en este mismo momento… o al menos, está escuchándome.

—Pero Blanche dijo…

—Ah, eso es otra cosa —explicó Harry—. Perdóname por decir algo semejante, pero mi esposa y mi cuñado no son personas muy agradables. He temido por Mordecai desde que me casé con Blanche Regine, si entiendes lo que quiero decir. Soy yo quien no lo deja venir por casa…

Blanche Regine. ¿Blanche Regine? ¡Por supuesto! ¡Qué idiota había sido…! ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Blanche y Lily… Lily y Blanche… ambos nombres significaban blanco, ¿no? Había llamado Lily a su hija, esperando que siguiera sus pasos. Blanche Regine… la Reina Blanca.

Me aferré al teléfono, aturdida, mientras Solarin y Nim me miraban en silencio. Por supuesto, era Harry… todo el tiempo había sido Harry. Harry, a quien Nim me había enviado como cliente; Harry, que había fomentado mi amistad con su familia; Harry, que comprendía tan bien como Nim mi especialidad; Harry, quien me había invitado a conocer a la pitonisa… quien en realidad había insistido en que fuera aquella víspera de Año Nuevo y no otra noche cualquiera.

Y también la noche en que me había invitado a cenar a su casa… toda aquella comida y entremeses… para mantenerme allí el tiempo necesario para que Solarin se metiera en mi apartamento y dejara aquella nota. Y también él quien, durante aquella cena y de manera fortuita había dicho a su doncella, Valerie, que yo me iba a Argel… Valerie, hija de Thérèse, la operadora telefónica que había trabajado en Argel para el padre de Kamel… y cuyo hermanito, Wahad, vivía en la Casbah y guardaba a la Reina Negra.

Era a Harry a quien había traicionado Saul, trabajando para Blanche y Llewellyn. Y tal vez también fuera Harry quien había arrojado el cuerpo de Saul al East River, para que pareciera un simple atraco… quizá no sólo para engañar a la policía, sino también a su mujer y su cuñado.

Y había sido Harry, y no Mordecai, quién enviara a Lily a Argel. ¡En cuanto supo que había estado en aquel torneo de ajedrez, se dio cuenta que ella estaba en peligro, no sólo a causa de Hermanold —que probablemente no fuera más que un peón—, sino a causa de su madre y su tío!

Pero finalmente, había sido Harry quien se había casado con Blanche, la Reina Blanca, de la misma manera en que Mireille había convencido a Talleyrand de que se casara con la mujer de la India. ¡Pero Talleyrand era sólo un alfil!

—¡Harry! —dije, atónita— ¡tú eres el Rey Negro!

—Cariño —dijo, apaciguador. Casi podía ver su floja cara de San Bernardo y sus ojos tristes—. Perdona por mantenerte en la oscuridad. Pero ahora comprendes la situación. Si Lily no está contigo…

—Te volveré a llamar —le dije—. Tengo que interrumpir la conversación.

Colgué y cogí a Nim, que estaba junto a mí con expresión de temor.

—Llama al ordenador —dije—. Creo que sé adónde fue… pero dijo que si algo salía mal, dejaría un mensaje. Espero que no haya cometido una locura.

Nim marcó el número, apretando el botón del módem cuando consiguió la conexión. Me colgué del receptor e instantes después escuché la voz de Lily, reproducida digitalmente, que nos proporcionaba la moderna tecnología.

—Estoy en el patio de palmeras del Plaza. —Tal vez fuera mi imaginación, pero me pareció que la reproducción binaria temblaba como una voz real—. Fui a mi casa para, coger las llaves del coche que guardamos en aquella cómoda de la sala. Pero Dios mío… —La voz se quebró. Podía sentir el pánico que recorría la línea—. ¿Conoces ese espantoso escritorio lacado de Llewellyn, con tiradores de bronce? ¡No son tiradores de bronce… son las piezas! Seis… incrustadas en él. Las bases sobresalen como tiradores, pero las piezas mismas, las partes superiores, están metidas en paneles falsos dentro de los cajones. Siempre están atascados, pero jamás pensé… así que usé un cortapapeles para abrir uno y después cogí un martillo de la cocina y rompí el panel. Saqué dos piezas… pero oí que alguien entraba en el apartamento así que salí por detrás y cogí el ascensor de servicio. Dios, tienes que venir ¡ya! No puedo volver sola allí…

Corté. Esperé otro mensaje, pero no había ninguno, así que colgué el teléfono.

—Tenemos que irnos —dije a Nim y a Solarin, que me miraban con ansiedad—. Os explicaré todo por el camino.

—¿Qué pasa con Harry? —preguntó Nim mientras yo me metía en el bolsillo la carta de Minne, sin leerla, y corría a coger las piezas.

—Lo llamaré y le diré que nos encontraremos en el Plaza —dije—. Tú ve a poner en marcha el coche. Lily ha encontrado otro escondite de piezas.

Pareció que pasaba una eternidad recorriendo autopistas y esquivando el tránsito de Manhattan, hasta que el Morgan verde de Nim se detuvo chirriando delante del Plaza, asustando a las palomas diseminadas por el camino. Corrí dentro y recorrí el patio de las palmeras… pero Lily no estaba. Harry había dicho que nos esperaría, pero no se veía a nadie… miré incluso en los lavabos.

Volví a salir corriendo, agitando los brazos, y salté al coche.

—Algo va mal —les dije—. La única razón por la que Harry no habría esperado es que Lily no estuviese aquí.

—O que hubiese algún otro —murmuró Nim—. Cuando ella escapó, alguien estaba entrando en el apartamento. Habrán visto que descubrió las piezas… tal vez la hayan seguido. Seguramente, habrán dejado un comité de recepción para Harry… —Apretó el embrague, frustrado—. ¿Adónde irían antes… a casa de Mordecai, a buscar las otras piezas? ¿O al apartamento?

—Probemos el apartamento —urgí—. Está más cerca. Además, cuando hablé con Harry antes de irnos, descubrí que yo también podía organizar un pequeño comité de recepción.

Nim me miró sorprendido.

—Kamel Kader está en la ciudad —dije. Solarin me oprimió el hombro.

Todos sabíamos lo que eso significaba. Nueve piezas en casa de Mordecai… las ocho que llevaba en el bolso… y las seis que Lily había visto en el apartamento. Había bastante para controlar el juego… y quizá también para descifrar la fórmula. Quien ganara esta vuelta, ganaría el Juego.

Nim se detuvo frente al apartamento, saltó del coche y arrojó las llaves al atónito portero. Los tres nos precipitamos dentro sin una palabra. Apreté el botón de llamada del ascensor. El portero corría detrás de nosotros.

—¿El señor Rad ya ha llegado? —pregunté mientras se abrían las puertas. El portero me miró sorprendido.

—Hace unos diez minutos —asintió—. Con su cuñado…

Era suficiente. Saltamos al ascensor antes de que pudiera seguir hablando y estábamos a punto de subir cuando vi algo con el rabillo del ojo. Estiré la mano y detuve las puertas. Una pequeña bola de pelo entró a toda prisa. Al inclinarme a cogerlo, vi a Lily corriendo por el vestíbulo de entrada. La cogí y la metí en el ascensor. Las puertas se cerraron y empezamos a subir.

—¡No te pescaron! —exclamé.

—No… pero sí a Harry —dijo—. Tenía miedo de quedarme en el patio de las palmeras, así que salí con Carioca y esperé enfrente, cerca del parque. Harry fue un idiota… dejó el coche aquí y fue andando. Lo seguían a él… no a mí. Vi a Llewellyn y Hermanold pisándole los talones. Pasaron a mi lado… sin verme. ¡No me reconocieron! —exclamó sorprendida—. Yo tenía a Carioca metido en el bolso junto con las dos piezas que conseguí. Están aquí. —Dio una palmadita al bolso. Dios mío nos estábamos metiendo allí con todas nuestras municiones—. Los seguí de regreso aquí y me quedé en la acera de enfrente, sin saber qué hacer cuando lo metieron dentro. Llewellyn estaba tan cerca de Harry… tal vez tuviera un arma.

Las puertas se abrieron y bajamos por el pasillo, con Carioca a la cabeza. Lily estaba sacando su llave cuando la puerta se abrió, y allí estaba Blanche, con su resplandeciente vestido de fiesta blanco y su fría sonrisa rubia. Sostenía una copa de champaña…

—Bueno, aquí estamos… todos juntos —dijo tranquilamente, ofreciéndome su mejilla de porcelana. La ignoré, de modo que se volvió hacia Lily—. Coge ese perro y mételo en el estudio —dijo con frialdad—. Creo que hemos tenido novedades suficientes para un día.

—Un momento —dije, mientras Lily se inclinaba para coger el perro—. No hemos venido a tomar el aperitivo. ¿Qué habéis hecho con Harry?

Entré en el piso, que hacía meses que no veía. No había cambiado, pero ahora lo veía de otra manera… el suelo de mármol del recibidor era como un tablero de ajedrez. Final de partida, pensé.

—Está muy bien —dijo Blanche, avanzando hacia los anchos escalones de mármol que conducían a la sala mientras Solarin, Nim y Lily nos seguían. Al otro lado de la habitación estaba Llewellyn, arrodillado junto al escritorio lacado, rompiendo los cajones que no habla podido saltar Lily y sacando las cuatro piezas que quedaban. El suelo estaba cubierto de astillas de madera. Cuando atravesé la gran habitación, me miró.

—Hola, querida —dijo Llewellyn, levantándose para saludarme. Estoy encantado de saber que has conseguido las piezas, tal como te pedí… aunque no hayas jugado como hubiera podido esperarse. Tengo entendido que has cambiado de camisa. Qué triste. Y yo, que siempre te he tenido tanto afecto.

—Nunca estuve de tu lado, Llewellyn —dije, asqueada—. Quiero ver a Harry. No vais a iros hasta que no lo haya visto. Sé que Hermanold está aquí… pero seguimos siendo más…

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