El ocho
Una jugada tranquila
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UNA JUGADA TRANQUILA
Posicional: relacionado con una jugada, maniobra o estilo de juego regidos por consideraciones estratégicas en lugar de tácticas. Por lo tanto, es probable que una jugada posicional también sea una jugada tranquila.
Jugada tranquila: jugada que no da jaque, no mata ni supone una amenaza directa… Aparentemente esta jugada concede a las negras una mayor libertad de acción.
EDWARD R. BRACE
An Illustrated Dictionary of Chess
En alguna parte sonaba un teléfono. Levanté la cabeza y miré a mi alrededor. Tardé unos segundos en darme cuenta de que aún estaba en el centro de datos de la Pan Am. Todavía era Nochevieja: el reloj de pared del extremo de la sala marcaba las once y cuarto. Seguía nevando. Me había quedado dormida más de una hora. Me sorprendió que nadie respondiera al teléfono.
Eché un vistazo al centro de datos, al falso suelo de mosaico blanco que ocultaba kilómetros de cable coaxial amontonado como lombrices en las entrañas del edificio. No había un alma: la sala parecía un depósito de cadáveres.
Entonces recordé que había dicho a los encargados de las máquinas que podían descansar un rato mientras yo me ocupaba de todo. Pero ya habían pasado varias horas. Cuando me levanté de mala gana para dirigirme a la centralita, recordé que las palabras de los encargados me habían llamado la atención. Habían preguntado: «¿Le molesta que vayamos a la cámara de las cintas para tomar la cocina?». ¿La cocina?
Llegué al tablero de mandos donde estaban las centralitas y las consolas de las máquinas de esa planta y conecté con las puertas de seguridad y las trampas de todo el edificio. Apreté el botón de la línea telefónica que parpadeaba. También vi una luz roja en la máquina 63, que indicaba que era necesario montar la cinta. Llamé a la cámara de las cintas para solicitar la presencia de un encargado, contesté al teléfono y me froté los ojos, soñolienta.
—Turno nocturno de Pan Am —dije.
—¿Te das cuenta? —preguntó una voz melosa de inconfundible acento británico de clase alta—. ¡Te dije que estaba trabajando! Siempre está trabajando. —Hablaba con alguien que estaba a su lado. Agregó—: ¡Querida Cat, llegarás tarde! Te estamos esperando. Son más de las once. ¿No sabes qué pasa esta noche?
—Llewellyn, no puedo ir, tengo que trabajar —dije y me desperecé para recuperarme—. Ya sé que lo prometí, pero…
—Querida, nada de «peros». En Nochevieja todos debemos averiguar qué nos depara el destino. A todos nos han adivinado el futuro y fue muy, muy divertido. Ahora te toca a ti. Harry no hace más que incordiarme, quiere hablar contigo.
Gemí y volví a llamar al encargado. ¿Dónde se habían metido los malditos encargados? ¿Por qué diablos tres hombres hechos y derechos estaban deseosos de pasar la Nochevieja en una fría y oscura cámara de cintas, dedicados a la cocina?
—Querida —chilló Harry con su profunda voz de barítono que siempre me obligaba a alejar el auricular.
Harry había sido uno de mis clientes cuando trabajaba para la Triple-M y trabamos una buena amistad. Me había adoptado y aprovechaba la menor ocasión para invitarme a todo tipo de reuniones, obligándome a soportar a su esposa Blanche y a su hermano Llewellyn. La gran esperanza de Harry era que me hiciera amiga de Lily, su desagradable hija, una mujer de mi edad. Ya podía despedirse de semejante ilusión.
—Querida —repitió Harry—. Espero que me perdones. Acabo de enviar a Saul a buscarte con el coche.
—Harry, no debiste hacerla. ¿Por qué no me consultaste antes de obligar a Saul a conducir bajo la nieve?
—Porque te habrías negado —puntualizó Harry. No se equivocaba—. Además, a Saul le gusta dar vueltas en coche. Por eso trabaja de chófer. Para eso le pago, no puede quejarse. Y me debes este favor.
—Harry, no te debo ningún favor —dije—. Será mejor que no olvides quién hizo qué para quién.
Dos años antes había instalado en la empresa de Harry un sistema de transportes que lo convirtió en el peletero mayorista más importante no sólo de Nueva York, sino del hemisferio norte. Actualmente, «Pieles económicas y de calidad Harry» podía enviar a cualquier lugar del mundo, en veinticuatro horas, un abrigo hecho a medida. Accioné enfadada el zumbador, ya que la luz roja de la máquina me miraba de mala manera. ¿Dónde estarían los encargados?
—Escucha, Harry, no sé cómo diste conmigo, pero vine aquí porque necesito estar sola —dije con impaciencia—. Ahora no quiero hablar del tema, pero tengo un problema…
—Tu problema consiste en que siempre estás trabajando y en que estás siempre sola.
—El problema es mi empresa —insistí testaruda—. Intentan lanzarme a una nueva carrera de la que no sé nada. Pretenden enviarme al extranjero. Necesito tiempo para pensar, tiempo para decidir qué haré…
—Ya lo sabía —me chilló Harry al oído—. No se puede confiar en esos goyim. Contables luteranos, ¿de dónde ha salido semejante disparate? Vale, puede que me casara con una, pero no les permito tocar mis libros. Pórtate como una buena chica, coge el abrigo y baja. Ven a tomar un trago y a charlar conmigo del asunto. Además, esta pitonisa es increíble. Aunque lleva años trabajando aquí, nunca había oído hablar de ella. Si la hubiese conocido antes, habría despedido a mi agente de bolsa y apelado a ella.
—No digas tonterías —repliqué enfadada.
—¿Alguna vez te he tomado el pelo? Oye, la adivinadora sabía que esta noche estarías aquí. Lo primero que preguntó cuando vino a nuestra mesa fue: «¿Dónde está vuestra amiga de los ordenadores?». ¿Te das cuenta?
—No, lamentablemente no. A propósito, ¿dónde estás?
—Ya te lo diré, querida. La adivina insistió en que debías venir. Incluso comentó que tu porvenir y el mío están relacionados. Y por si eso fuera poco, también sabía que Lily debía estar aquí.
—¿No ha ido Lily? —pregunté.
Aunque me alegró saberlo, me pregunté cómo era posible que su única hija lo dejara en la estacada en Nochevieja. Lily debía saber que se sentiría muy apenado.
—Hijas, ¿para qué sirven? Necesito apoyo moral. Estoy atascado con mi cuñado en el papel de alma de la fiesta.
—Está bien, iré —accedí.
—Fabuloso. Sabía que lo harías. Espera a Saul en la puerta y cuando llegues recibirás un fuerte abrazo.
Colgué y me sentí más deprimida que antes. Lo que me faltaba: una velada oyendo las necedades de la aburrida familia de Harry. Aunque debo reconocer que Harry siempre me hace reír. Tal vez alejaría mi mente de todos los problemas que me acosaban. Caminé por el centro de datos hasta la cámara de las cintas y abrí la puerta de par en par. Allí estaban los encargados, pasando de mano en mano un tubito de cristal lleno de polvo blanco. Me miraron con culpa y me ofrecieron el tubito. Evidentemente habían dicho: «… Tomar cocaína», en vez de lo que yo había entendido: «Tomar la cocina». —Me voy —les comuniqué—. ¿Os veis capaces de montar una cinta en la sesenta y tres o cerramos la compañía aérea hasta mañana?
Se desvivieron por satisfacer mi petición. Cogí el abrigo y el bolso y me acerqué a los ascensores.
Cuando llegué a la planta baja, vi que el cochazo negro ya estaba en la puerta. Divisé a Saul a través de la cristalera mientras franqueaba el vestíbulo. Se apeó del coche ágilmente y corrió para abrir las puertas de grueso cristal.
Saul, un hombre de rostro afilado con profundas arrugas que iban del pómulo a la mandíbula, no pasaba desapercibido en medio de la multitud. Superaba el metro ochenta, en realidad era casi tan alto como Harry, y tan delgado como gordo mi amigo. Cuando estaban juntos parecían las imágenes cóncava y convexa de una sala de espejos. El uniforme de Saul estaba ligeramente salpicado de nieve y me cogió del brazo para que no resbalara. Sonrió al dejarme en el asiento trasero.
—¿No pudo negarse? Es difícil decirle no a Harry.
—Es un ser intratable —coincidí—. Estoy convencida de que se niega a aceptar la existencia de la palabra no. ¿Dónde se está celebrando el aquelarre místico?
—En el Fifth Avenue Hotel —respondió Saul, cerró la portezuela y caminó hacia el lado del chófer. Puso el motor en marcha y arrancó en medio de la copiosa nevada.
En Nochevieja las principales arterias neoyorquinas están tan concurridas como a plena luz del día. Taxis y limusinas recorren las avenidas y los juerguistas deambulan por las calles en busca del último bar. Las calles están cubiertas de serpentinas y confeti y una histeria colectiva impregna la atmósfera.
Aquella noche no era la excepción a la regla. Estuvimos a punto de atropellar a unos rezagados que salieron de un bar y cayeron sobre el parachoques; una botella de champaña salió volando de un callejón y rebotó sobre el capó.
—Será un recorrido difícil —comenté.
—Ya estoy acostumbrado. Todas las Nocheviejas llevo al señor Rad y a su familia y siempre pasa lo mismo. Debería cobrar paga de combatiente.
—¿Cuánto tiempo hace que está al servicio de Harry? —pregunté mientras bajábamos por la Quinta Avenida, rodeados de edificios rutilantes y escaparates tenuemente iluminados.
—Veinticinco años —respondió—. Empecé a trabajar para el señor Rad antes que Lily naciera. En realidad, antes de que se casara.
—Supongo que le gusta trabajar para él.
—Es un trabajo como cualquier otro —contestó Saul. Pensó unos instantes y añadió—: Respeto al señor Rad. Hemos compartido algunas estrecheces. Recuerdo momentos en que no podía pagarme pero se las ingenió para cumplir, aunque luego tuviera que hacer malabarismos. Le gusta tener limusina. Dice que tener chófer le da un toque de distinción. —Saul frenó ante un semáforo en rojo. Se dio la vuelta y me habló por encima del hombro—: Seguramente sabe que en otros tiempos repartíamos las pieles en la limusina. Fuimos los primeros peleteros de Nueva York en hacerlo. —Su tono de voz denotaba cierto orgullo—. Actualmente me dedico a llevar a la señora Rad y a su hermano de compras cuando el señor Rad no me necesita. También llevo a Lily a los torneos.
Seguimos en silencio hasta llegar al final de la Quinta Avenida.
—Por lo que tengo entendido, esta noche Lily no se ha presentado —comenté.
—Así es —confirmó Saul.
—Por eso dejé el trabajo. ¿Qué cosa tan importante ha podido retenerla para que no pase la Nochevieja con su padre?
—Ya sabe lo que hace —replicó Saul mientras frenaba frente al Fifth Avenue Hotel. Tal vez fuera mi imaginación, pero tuve la impresión de que su tono era de amargura—. Está haciendo lo de siempre: jugando al ajedrez.

El Fifth Avenue Hotel estaba en el lado Oeste, pocas manzanas más arriba de Washington Square Park. Divisé los árboles cargados de nieve tan espesa como nata montada, nieve que formaba pequeñas cumbres como gorros de enanos alrededor del impresionante arco que señala la entrada de Greenwich Village.
En 1972 aún no había sido restaurado el bar público del hotel. Como tantos bares de hoteles neoyorquinos, reproducía con tanta fidelidad una taberna rural Tudor que tenías la sensación de que debías atar el caballo en la puerta en vez de apearte de un cochazo. Los ventanales que daban a la calle estaban coronados por recargados adornos de cristal biselado y vidrios de colores. El vivo fuego de la enorme chimenea de piedra iluminaba los rostros de los parroquianos y arrojaba un resplandor rubí a través de los fragmentos de cristal coloreado, reflejándose en la acera cubierta por la nieve.
Harry había reservado una mesa redonda, de roble, próxima a los ventanales. Cuando paramos, vi que nos saludaba con la mano y se inclinaba de modo que su aliento trazaba un rubor empañado en el cristal. Llewellyn y Blanche estaban en el fondo, sentados del otro lado, susurrando como un par de ángeles rubios de Botticelli.
Pensé que parecía una postal mientras Saul me ayudaba a bajar del coche: el fuego ardiente, el bar repleto de gente vestida de fiesta y moviéndose a la luz del fuego. Parecía irreal. Me quedé en la acera cubierta de nieve y vi caer los copos mientras Saul se alejaba.
Un segundo después Harry salió corriendo a recibirme, como si temiera que pudiera derretirme como un copo de nieve y desaparecer.
—¡Querida! —gritó y me dio un abrazo de oso que casi me dejó sin aliento.
Harry era enorme. Medía metro noventa y tres o noventa y cinco y decir que estaba gordo sólo habría sido una cortesía. Era una desmesurada montaña de carne, de ojos hundidos y carrillos salientes que le daban aspecto de San Bernardo. Vestía un extravagante esmoquin a cuadros rojos, verdes y negros que, dentro de lo posible, lo hacía parecer aún más corpulento.
—Me alegro mucho de que hayas venido —declaró, me cogió del brazo, me guió por el vestíbulo y me hizo cruzar las gruesas puertas dobles del bar, donde esperaban Llewellyn y Blanche.
—Querida, querida Cat —dijo Llewellyn y se levantó para darme un beso en la mejilla—. Blanche y yo nos preguntábamos si llegarías alguna vez, ¿no es así, queridísima? —Llewellyn siempre llamaba «queridísima» a Blanche, el mismo nombre que el pequeño lord Fauntleroy utilizaba con su madre—. Querida, arrancarte del ordenador cuesta tanto trabajo como separar a Heathcliff del lecho de muerte de la proverbial Catalina. A menudo me pregunto qué haríais Harry y tú si no tuvierais que ocuparas de vuestros negocios todos los días.
—Hola, querida —saludó Blanche y me indicó que me agachara para ofrecerme su fría mejilla de porcelana—. Como de costumbre, estás guapísima. Siéntate. ¿Qué quieres que te traiga Harry para beber?
—Le traeré un ponche de huevo —intervino Harry y nos sonrió como un alegre árbol de Navidad—. Aquí lo hacen de maravilla. Tomarás un poco de ponche y después lo que más te apetezca.
Harry se sumergió en medio del gentío, rumbo a la barra, y su cabeza descolló sobre todas las demás.
—Harry nos ha dicho que te vas a Europa —comentó Llewellyn, se sentó a mi lado y le pidió a Blanche que le pasara su copa.
Vestían a juego, ella un traje de noche de color verde oscuro que destacaba su piel cremosa, y él, corbata negra y esmoquin de terciopelo verde oscuro. Aunque ambos estaban en la mitad de la cuarentena, parecían muy jóvenes, pero debajo del brillo y el lustre de esas fachadas doradas semejaban perros de concurso, estúpidos y consanguíneos, a pesar de tanto acicalamiento.
—No me voy a Europa, sino a Argel —puntualicé—. Es una especie de castigo. Argel es una ciudad de Argelia…
—Sé dónde queda —me interrumpió Llewellyn. Blanche y él se miraron—. Queridísima, ¿no te parece una extraordinaria casualidad?
—En tu lugar, no lo comentaría con Harry —dijo Blanche y jugó con sus dos hileras de perlas perfectas—. Siente un gran rechazo por los árabes. Tendrías que oírlo.
—No te gustará —dictaminó Llewellyn—. Es un sitio horrible. Pobreza, mugre y cucarachas. ¡Ah, y el cuscús, una espantosa mezcla de pasta hervida y cordero lleno de grasa!
—¿Has estado en Argelia? —pregunté, encantada de que Llewellyn hubiera hecho comentarios tan estimulantes sobre el sitio de mi inminente exilio.
—Yo, no. Pero estuve buscando a alguien que fuera a Argelia en mi nombre. Querida, no te vayas de la lengua, pero creo que por fin he conseguido un cliente, Quizás estés al tanto de que, de vez en cuando, he tenido que apelar económicamente a Harry…
Nadie conocía mejor que yo la magnitud de la deuda de Llewellyn con Harry. Aunque éste no lo hubiese mencionado incesantemente, bastaba ver el estado de la tienda de antigüedades de Llewellyn en Madison Avenue para captar la situación. Los vendedores te asaltaban al pasar como si fuera un solar de venta de coches usados. Las tiendas de antigüedades con más éxito de todo Nueva York sólo vendían mediante cita previa, no por emboscada.
—He descubierto un cliente que colecciona piezas rarísimas —decía Llewellyn—. Si logro localizar y comprar una que lleva años buscando, podré pasar al frente y seré independiente.
—¿De modo que lo que busca tu cliente está en Argelia? —pregunté y miré a Blanche, que bebía un cóctel de champaña y no parecía prestar atención—. Si finalmente voy a Argelia, pasarán tres meses antes de que me concedan el visado. Llewellyn, ¿por qué no vas personalmente?
—No es tan sencillo —replicó Llewellyn—. Mi contacto en Argelia es un anticuario. Sabe dónde está la pieza, pero no la posee. El dueño es un ermitaño. Podría requerir muchos esfuerzos y dedicación. Tal vez sea más simple para alguien que esté residiendo…
—¿Por qué no le muestras la foto? —propuso Blanche en voz baja.
Llewellyn la miró, asintió y sacó del bolsillo una foto en color, plegada, que parecía arrancada de un libro. La extendió sobre la mesa ante mí.
Reproducía una talla de grandes dimensiones, al parecer de marfil o de madera clara, de un hombre sentado en una silla tipo santuario, montado a lomos de un elefante. De pie, en el lomo de la bestia y sujetando la silla semejante a un trono, había varios soldados de infantería; en la base de las patas del elefante había hombres de mayor tamaño, montados, que portaban armas medievales. Era una talla extraordinaria, evidentemente muy antigua. Aunque no sabía a ciencia cierta qué significaba, al contemplarla sentí un escalofrío. Miré los ventanales próximos a nuestra mesa.
—¿Qué te parece? —quiso saber Llewellyn—. ¿No es excepcional?
—¿Notas la corriente de aire? —pregunté.
Llewellyn negó con la cabeza. Blanche aguardaba a que diera mi opinión. Llewellyn volvió a tomar la palabra.
—Es la copia árabe de una talla india en marfil. Ésta, en concreto, se encuentra en la Biblioteca Nacional de París. Podrás echarle un vistazo si pasas por Europa. Tengo entendido que la pieza india de la que fue copiada era, en realidad, copia de una mucho más antigua que aún no se ha encontrado. Se la conoce como «el rey Carlomagno».
—¿Carlomagno montaba a lomos de un elefante? Creía que fue Aníbal.
—No es una talla de Carlomagno, sino el rey de un ajedrez que, al parecer, perteneció a Carlomagno. Y ésta es la copia de otra copia. La pieza original es legendaria. No conozco a nadie que la haya visto.
—¿Y cómo sabes que existe? —me interesé.
—Existe —replicó Llewellyn—. En La leyenda de Carlomagno se describe el juego completo de ajedrez. Mi cliente ya ha comprado varias piezas de la colección y le interesa completarla. Está dispuesto a pagar cifras astronómicas por las que le faltan. Sólo quiere permanecer en el anonimato. Querida mía, todo esto es muy confidencial. Según la información que poseo, los originales son de oro de veinticuatro quilates y están incrustados de piedras preciosas.
Miré a Llewellyn, pues no estaba segura de haber comprendido bien. Luego me di cuenta del montaje que se llevaba entre manos.
—Llewellyn, hay leyes que prohíben sacar oro y joyas de otras naciones, por no hablar de objetos de gran valor histórico. ¿Te has vuelto loco o pretendes que me encierren en una cárcel árabe?
—Ah, ahí está Harry —intervino Blanche con displicencia y se puso en pie como si quisiera estirar su largas piernas.
Llewellyn dobló la foto deprisa y se la guardó en el bolsillo.
—No comentes una sola palabra de todo este asunto con mi cuñado —susurró—. Volveremos a hablar antes de que viajes. Si te interesa, puede que haya un buen pastón para los dos.
Meneé la cabeza y también me puse de pie cuando llegó Harry con una bandeja con vasos.
—Vaya, vaya —dijo Llewellyn con voz normal—. Aquí está Harry con el ponche de huevo. ¡Ha traído uno para cada uno! ¡Qué generoso! —Se inclinó hacia mí y susurró—: Aborrezco el ponche de huevo. Es pura mierda.
Llewellyn cogió la bandeja de manos de Harry y lo ayudó a repartir los vasos.
Blanche consultó su reloj de pulsera salpicado de gemas y dijo:
—Querido, puesto que Harry ha vuelto y ya estamos todos reunidos, ¿por qué no vas a buscar a la pitonisa? Son las doce menos cuarto, y Cat debería conocer su porvenir antes de que comience el nuevo año.
Llewellyn asintió y se alejó, encantado de librarse del ponche de huevo. Harry lo miró receloso y comentó con Blanche:
—Es sorprendente. Llevamos veinticinco años de matrimonio y todos los años, durante las fiestas de Navidad, me he preguntado quién echaba el ponche en las macetas.
—Está delicioso —dije. El ponche era espeso, cremosa y con un delicioso fondo alcohólico.
—Tu bendito hermano… —prosiguió Harry—… Lo he mantenido todos estos años y no ha hecho otra cosa que echar el ponche de huevo que preparo en las macetas. Pero la propuesta de consultar a la pitonisa es la primera idea genial que ha tenido.
—En realidad —replicó Blanche—, la recomendó Lily. ¡Dios sabe cómo se enteró de que en este hotel trabaja una adivina! Tal vez estuvo aquí por algún torneo de ajedrez —añadió secamente—. Parece que actualmente los celebran en cualquier parte.
Mientras Harry hablaba hasta la saciedad de apartar a Lily del ajedrez, Blanche se limitaba a hacer comentarios despectivos. Cada uno responsabilizaba al otro de haber producido semejante aberración como única hija.
Lily no sólo jugaba al ajedrez: no pensaba en otra cosa. Le traían sin cuidado los negocios o el matrimonio, dos espinas clavadas en el corazón de Harry. Blanche y Llewellyn detestaban los sitios y las personas «vulgares» que Lily frecuentaba. Para ser sinceros, la arrogancia obsesiva que el ajedrez engendraba en ella era muy difícil de soportar. Su único logro en la vida consistía en mover una serie de piezas de madera encima de un tablero. En mi opinión, la actitud de su familia estaba parcialmente justificada.
—Te contaré lo que me dijo la pitonisa de Lily —dijo Harry e ignoró a su esposa—. Dijo que una mujer joven, que no forma parte de la familia, desempeñaría un importante papel en mi vida.
—Como puedes imaginar, a Harry le encantó —comentó Blanche con una sonrisa.
—Dijo que en el juego de la vida, los peones son los latidos, y que un peón puede cambiar su rumbo si lo ayuda una mujer.
Creo que se refería a ti…
Blanche lo interrumpió y declaró:
—«Los peones son el alma del ajedrez». Es una cita…
—¿Y la recuerdas? —se sorprendió Harry.
—La sé porque Llew la apuntó aquí, en una servilleta —respondió Blanche—. «En el juego de la vida, los peones son el alma del ajedrez. Hasta un humilde peón puede mudar de vestimenta. Alguien que amas cambiará el curso de las cosas. La mujer que la devuelva al redil cortará los vínculos conocidos y provocará el fin presagiado». —Blanche dobló la servilleta y bebió un sorbo de champaña sin mirarnos.
—¿Te das cuenta? —preguntó Harry dichoso—. Según mi interpretación, significa que harás un milagro… lograrás que durante una temporada Lily deje el ajedrez y lleve una vida normal.
—En tu lugar, no echaría las campanas al vuelo —dijo Blanche con cierta frialdad.
En aquel momento apareció Llewellyn con la pitonisa a la rastra. Harry se levantó y le hizo sitio a mi lado. Al principio tuve la impresión de que me estaban gastando una broma. La adivina era realmente estrafalaria, una auténtica antigualla. Encorvada y con un pomposo peinado semejante a una peluca, me observó a través de sus gafas como alas de murciélagos, tachonadas de falsa pedrería. Le colgaban del cuello con una larga cadena de bandas elásticas, de colores y entrelazadas, como las que hacen los niños. Vestía un suéter rosa bordado con aljófares en forma de margaritas, pantalón verde holgado y zapatillas rosa brillante con la marca «Mimsy›» cosida en el empeine. Llevaba un sujetapapeles de fibra de madera que consultaba por momentos, como si calculara constantemente el debe y el haber. Por si esto fuera poco, mascaba chicle Juicy Fruit. Cada vez que la adivina abría la boca, me llegaba el aroma.
—¿Es vuestra amiga? —preguntó con un chillido agudo.
Harry asintió y le pagó. La pitonisa tomó algunas notas y guardó el dinero en el sujetapapeles. Por último, se sentó entre Harry y yo y me miró.
—Querida, limítate a asentir si lo que dice es correcto —me pidió Harry—. Podría distraerse si…
—¿Quién se ocupa de adivinar el porvenir? —espetó la vieja, sin dejar de observarme con sus ojos pequeños, redondos y brillantes.
La adivina guardó silencio: al parecer, no tenía prisa por decirme qué me deparaba el destino. Al cabo de algunos minutos todos estábamos nerviosos.
—¿No debería leerme la mano? —pregunté.
—¡No debes hablar! —exclamaron Harry y Llewellyn a la vez.
—¡Silencio! —pidió la pitonisa con tono imperativo—. Es un caso complicado. Necesito concentrarme.
Pensé que realmente se estaba concentrando. Desde que se había sentado, no me había quitado los ojos de encima. Miré el reloj de Harry. Eran las doce menos siete. La pitonisa no se movía. Daba la sensación de que se había convertido en piedra.
El entusiasmo crecía a medida que se acercaba la medianoche. Las voces de los reunidos en el bar eran estridentes, las botellas de champaña giraban dentro de los cubos, todos probaban sus matracas y repartían bolsas de cotillón. La tensión del año vivido estaba a punto de estallar como una caja de sorpresas. Recordé las razones por las que prefería quedarme en casa en Nochevieja. La pitonisa parecía ajena a todo lo que ocurría: no dejaba de mirarme.
Aparté la mirada. Harry y Llewellyn estaban inclinados y hablaban en voz baja. Blanche estaba repantigada y observaba impertérrita el perfil de la pitonisa. Cuando volví a mirar a la anciana, comprobé que no se había movido. Parecía estar en trance y ver más allá de mi persona. Lentamente sus ojos se clavaron en los míos. Volví a sentir el mismo escalofrío de un rato antes, pero esta vez parecía proceder de mi interior.
—No digas nada —me susurró la adivina. Tardé un segundo en darme cuenta de que había movido los labios, de que había sido ella la que habló. Tanto Harry como Llewellyn se acercaron para oírla—. Corres un gran riesgo. En este mismo momento percibo un gran peligro a mi alrededor.
—¿Peligro? —preguntó Harry con voz grave. En ese instante llegó la camarera con el champaña. Harry le hizo señas de que lo dejara y se retirara—. ¿De qué habla? ¿Se está burlando?
La pitonisa miraba el sujetapapeles y golpeaba el gancho de metal con el bolígrafo como si no supiera si debía proseguir. Yo estaba cada vez más enfadada. ¿Acaso la adivina pretendía asustarme? Súbitamente alzó la mirada. Debió de notar mi expresión de disgusto, pues adoptó una actitud muy formal.
—Eres diestra —declaró la adivina—. En consecuencia, tu mano izquierda describe tu destino. La derecha establece la dirección en que te mueves. Déjame ver tu mano izquierda.
Reconozco que es extraño, pero mientras la adivina contemplaba en silencio mi mano izquierda, tuve la sobrecogedora sensación de que realmente veía algo. Los dedos débiles y sarmentosos que sujetaban mi mano parecían de hielo.
—¡Caray! —exclamó con expresión de sorpresa—. Jovencita, ¡vaya mano la tuya!
La adivina siguió mirando mi palma sin pronunciar palabra y abrió los ojos desmesuradamente tras las gafas adornadas con falsa pedrería. El sujetapapeles resbaló de su regazo al suelo y nadie lo recogió. Una energía contenida se acumulaba en torno a nuestra mesa y nadie parecía deseoso de tomar la palabra. Todos me observaban mientras el barullo crecía a nuestro alrededor.
A medida que la pitonisa sujetaba mi mano entre las suyas, sentí un dolor creciente en el brazo. Intenté apartarme, pero me aferraba la mano como en un torno letal. Por algún motivo fui presa de una cólera irracional. También estaba algo asqueada a causa del ponche de huevo y del hedor a chicle. Separé sus dedos largos y huesudos con mi otra mano e intenté hablar.
—Préstame atención —me interrumpió la adivina con voz tierna, totalmente distinta al chillido agudo de hacía unos minutos.
Aunque no logré deducir de dónde provenía, me di cuenta de que su acento no era norteamericano. Pese a que el pelo gris y el cuerpo encorvado me hicieron suponer que era una mujer entrada en años, noté que era más alta de lo que al principio me había parecido y que su cutis terso prácticamente no tenía arrugas. Quise volver a hablar. Harry se había levantado y se cernía sobre nosotras.
—Es demasiado melodramático para mi gusto —afirmó y posó una mano en el hombro de la pitonisa. Se había metido la otra mano en el bolsillo y sacó unos cuantos dólares más para dárselos a la mujer—. ¿Qué tal si damos por terminada la juerga?
La pitonisa ignoró olímpicamente a Harry, se inclinó hacia mí y murmuró:
—He venido a advertirte. Dondequiera que vayas, mira por encima del hombro. No confíes en nadie. Sospecha de todos. Las líneas de tu mano expresan… Es la mano del presagio.
—¿Quién presagió qué? —quise saber.
Volvió a cogerme la mano y siguió delicadamente las líneas, con los ojos cerrados como si estuviera leyendo en Braille. Siguió hablando en voz baja como si recordara algo, un poema leído en otros tiempos…
—Así como estas líneas componen una clave a las casillas del ajedrez ligadas; cuatro deben ser día y mes para evitar el jaque mate. O el juego es real, o es sólo una metáfora. Un saber como éste, tan nombrado, llega muy tarde. Blancas piezas han librado batallas sin cesar. Esforzadas, las negras se debaten por sellar su destino. Como siempre, prosigue la búsqueda del treinta y tres y del tres. Velada está, de aquí a la eternidad, la secreta puerta.
Guardé silencio cuando la adivina calló y Harry permaneció de pie, con las manos en los bolsillos. Aunque no tenía ni la menor idea de lo que significaba… no dejaba de ser sugestivo. Tuve la sensación de que no era la primera vez que estaba en ese bar, oyendo las mismas palabras. Lo consideré un déjà vu y le resté importancia.
—No tengo ni la más remota idea de lo que ha dicho —opiné.
—¿No lo entiendes? —preguntó y me dedicó una extraña sonrisa, casi de complicidad—. Acabarás por entenderlo. ¿No significa nada para ti el cuarto día del cuarto mes?
—Sí, pero…
La pitonisa se llevó un dedo a los labios y meneó la cabeza.
—No comentes con nadie su significado. Pronto comprenderás el resto. Es la mano del presagio, la mano del destino, y está escrito: «En el cuarto día del cuarto mes llegará el ocho».
—¿De qué habla? —gritó Llewellyn alarmado, se estiró por encima de la mesa y cogió el brazo de la pitonisa, que se apartó.
En ese momento el bar se hundió en la más completa oscuridad. Por todas partes había juerguistas. Oí el estallido de los corchos de champaña, y los presentes gritaron como un solo hombre: «¡Feliz Año Nuevo!». En la calle estallaron algunos petardos. A contraluz de las ascuas casi extenuadas de la chimenea, las distorsionadas siluetas de los celebrantes se retorcieron como ennegrecidos espíritus dantescos. Sus gritos retumbaron en la penumbra.
Cuando volvió la luz, la pitonisa ya no estaba. Harry permanecía en pie junto a la silla. Nos miramos sorprendidos a través del espacio que unos segundos antes había ocupado la mujer. Harry soltó una carcajada, se agachó y me dio un beso en la mejilla.
—Querida, feliz Año Nuevo —dijo mientras me abrazaba tiernamente—. ¡Vaya porvenir meshugge que te ha tocado en suerte! Parece que mi sorpresa ha sido un fiasco. Lo siento.
Blanche y Llewellyn susurraban agazapados al otro lado de la mesa.
—Eh, vosotros, acercaos. ¿Qué os parece si nos zampamos este champaña por el que he empeñado mi alma? —propuso Harry—. Cat, tú también necesitas una copa.
Llewellyn se incorporó, se acercó y me dio un beso.
—Querida Cat, coincido totalmente con Harry. Tienes aspecto de haber visto un fantasma.
La verdad es que me sentía anonadada. Lo atribuí a la tensión de las últimas semanas y a lo tarde que era.
—Qué vieja espantosa —añadió Llewellyn—. Dijo un montón de chorradas sobre el peligro. Sin embargo, sus palabras parecieron tener sentido para ti. ¿O esta idea sólo es producto de mi fantasía?
—Creo que no —repliqué—. El tablero de ajedrez, los números y… ¿qué significa el ocho? ¿A qué ocho se refería? No entiendo nada de todo esto.
Harry me dio una copa de champaña.
—No te preocupes —intervino Blanche y me pasó una servilleta en la que se veían algunos garabatos—. Llew ha tomado nota de todo, te daremos el papel. Tal vez más adelante despierte algún recuerdo. ¡Pero esperemos que no! Fue realmente deprimente.
—Venga ya, sólo era una diversión —Llewellyn quitó hierro al asunto—. Lamento que saliera así, pero lo cierto es que la pitonisa mencionó el ajedrez, ¿no? Esa historia de «dar jaque mate» y todo lo demás. Es bastante siniestro. Supongo que sabes que jaque mate, mejor dicho, «mate», proviene del vocablo persa Shahmat. Significa «muerte al rey». Si a todo esto sumamos el hecho de que te dijo que corres peligro… ¿estás absolutamente segura de que para ti no tiene ningún significado? —Llewellyn podía ser muy insistente.
—Corta el rollo, déjalo estar —propuso Harry—. Me equivoqué al pensar que mi porvenir estaba relacionado con Lily. Evidentemente todo esto es un disparate. Olvídalo o tendrás pesadillas.
—Lily no es la única conocida que juega al ajedrez —respondí—. En realidad, tengo un amigo que solía participar en torneos…
—¿De veras? —preguntó Llewellyn con evidente interés—. ¿Lo conozco?
Meneé la, cabeza. Blanche estaba a punto de decir algo cuando Harry le pasó la copa de champaña. Se limitó a sonreír y beber.
—Ya está bien —concluyó Harry—. Brindemos por el nuevo año, nos depare lo que nos depare.
En media hora terminamos el champaña. Recogimos nuestros abrigos, salimos y subimos a la limusina que mágicamente había aparecido en la puerta del bar. Harry pidió a Saul que me dejara en mi apartamento, cercano al East River. Al llegar a la puerta de mi casa, Harry se apeó y me dio un fuerte abrazo de oso.
—Espero que el nuevo año te sea venturoso. Tal vez puedas hacer algo con mi intratable hija. Sinceramente, estoy seguro de que lo harás, lo he visto en mis astros.
—Pronto veré las estrellas si no me voy a dormir —respondí e intenté disimular un bostezo—. Gracias por el ponche de huevo y el champaña.
Estreché la mano de Harry, que se quedó mirándome mientras entraba en el vestíbulo casi a oscuras. El portero dormía, sentado muy tieso junto a la puerta. Ni se movió cuando atravesé el amplio y umbrío vestíbulo y subí en el ascensor. El edificio estaba mudo como una tumba.
Apreté el botón y las puertas del ascensor se cerraron. Mientras subía, saqué del bolsillo del abrigo la servilleta y volví a leer los garabatos. Los descarté porque no tenían el menor sentido. Ya tenía bastantes problemas sin necesidad de imaginar otros por los que preocuparme. Sin embargo, cuando las puertas del ascensor se abrieron y caminé por el oscuro pasillo en dirección a mi apartamento, me detuve a pensar unos segundos por qué la pitonisa estaba enterada de que el cuarto día del cuarto mes era mi cumpleaños.