El ocho
Fianchetto
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FIANCHETTO
Los Aufins (obispos) son prelados con cuernos… Se mueven y comen oblicuamente porque casi todos los obispos abusan de su dignidad por codicia.
INOCENCIO III
(Papa desde 1198 hasta 1216)
Quaendam Moralitas de Scaccario
París, verano de 1791
—Oh, merde. Merde! —se exasperó Jacques Louis David. Presa de un frenesí de frustración, arrojó al suelo su pincel de marta cebellina hecho a mano y se puso en pie de un salto—. Os dije que no os movierais. ¡Que no os movierais! Se ha deshecho el drapeado. ¡Se ha estropeado!
Miró furibundo a Valentine y Mireille, situadas en una alta tarima montada en un extremo del taller. Estaban casi desnudas, cubiertas tan sólo con gasas translúcidas, primorosamente acomodadas y atadas bajo sus pechos para representar los usos de la antigua Grecia, a la sazón tan de moda en París.
David se mordió el pulgar. Su cabellera oscura y revuelta sobresalía en todas direcciones y sus ojos negros brillaban desaforadamente. El pañolón de rayas azules y amarillas, que le daba dos vueltas al cuello y estaba anudado de cualquier modo, tenía manchas de polvo de carbón. Llevaba torcidas las anchas solapas de su chaqueta de terciopelo verde.
—Tendré que volver a poner todo en su sitio —se quejó.
Valentine y Mireille permanecieron calladas. Se ruborizaron incómodas y observaron con sorpresa la puerta que se abrió a espaldas del artista. Jacques Louis miró con impaciencia hacia atrás. En la puerta se encontraba un joven alto y armonioso, tan apuesto que resultaba angelical. La tupida cabellera rubia caía en bucles atados sobre la nuca con una sencilla cinta. La larga sotana de seda morada resbalaba como agua sobre su cuerpo grácil.
Sus ojos, de un azul profundo e inquietante, se posaron serenamente sobre el pintor. Miró divertido a Jacques Louis.
—Espero no interrumpir —dijo y miró la tarima en la que estaban las muchachas, en la pose de ciervos a punto de huir.
Su voz poseía esa seguridad calma y bien hablada de las clases altas, de los que suponen que su presencia será acogida con más fervor que aquello que puedan haber interrumpido.
—Ah, Maurice, eres tú —dijo Jacques Louis con cierta irritación—. ¿Quién te permitió pasar? Saben que no gusto de las interrupciones cuando estoy trabajando.
—Espero que no saludes de esta guisa a todos tus invitados —respondió el joven sin perder la sonrisa—. No da la impresión de que estés trabajando. ¿O debería decir que es el tipo de trabajo en el que me encantaría participar?
Volvió a mirar a Valentine y a Mireille, bañadas por la luz dorada que se colaba por las ventanas que daban al norte. Divisó el perfil de sus cuerpos temblorosos a través de la tela transparente.
—En mi opinión, has participado bastante en este tipo de trabajo —respondió David y sacó un pincel del jarro de peltre apoyado en su caballete—. Pórtate como es debido… hazme el favor de subir a la tarima y acomodar los drapeados. Te daré instrucciones desde aquí. De todos modos, la luz matinal está a punto de extinguirse. Dentro de veinte minutos interrumpiremos para almorzar.
—¿Qué estás pintando? —preguntó el joven.
Se acercó lentamente a la tarima y dio la sensación de avanzar con una ligera aunque dolorosa cojera.
—Una combinación de carbón y aguada —replicó David—. Es una idea que desde hace tiempo ronda mi cabeza y que se basa en un tema de Poussin, «El rapto de las sabinas».
—¡Qué idea tan deliciosa! —exclamó Maurice al llegar a la tarima—. ¿Qué quieres que acomode? En mi opinión, todo tiene un aspecto encantador.
Valentine estaba de pie en la tarima, por encima de Maurice, con una rodilla adelantada y los brazos alzados a la altura de los hombros. Arrodillada junto a Valentine, Mireille extendía los brazos con gesto implorante. Su cabellera roja oscura le caía sobre un hombro y apenas ocultaba sus senos desnudos.
—Hay que apartar esos mechones rojos —indicó David desde el otro extremo del taller, bizqueó en dirección a la tarima y balanceó el pincel en el aire mientras daba instrucciones—. No, no tanto. Que sólo tape el pecho izquierdo. El derecho debe quedar totalmente desnudo. Totalmente al descubierto. Baja un poco el drapeado. Al fin y al cabo, no intentan abrir un convento, sino seducir a las tropas que regresan del campo de batalla.
Maurice obedeció, pero le tembló la mano al apartar la tela.
—Quítate de en medio. Por amor de Dios, quítate de en medio para que pueda verlo. ¿Quién es el artista? —gritó David.
Maurice se hizo a un lado y esbozó una sonrisa. Nunca en su vida había visto adolescentes más hermosas y se preguntó de dónde las había sacado David. Se sabía que las damas de la sociedad hacían cola en la puerta de su taller con la esperanza de que las retratara como femmes fatales griegas en cualquiera de sus famosos lienzos, pero estas niñas eran demasiado tiernas e inexpertas para formar parte de la ahíta nobleza parisina. Maurice era un experto en el tema. Había acariciado los pechos y los muslos de más damas que cualquier otro hombre de París y entre sus amantes figuraban la duquesa de Luynes, la duquesa de Fitz-James, la vizcondesa de Laval y la princesa de Vaudemont. Era una especie de club del que siempre era posible hacerse socia. Según se rumoreaba, Maurice había dicho: «París es el único sitio donde es más fácil poseer a una mujer que una abadía».
A sus treinta y siete años, Maurice parecía diez años menor y durante más de dos décadas había extraído provecho de su juvenil apostura. En aquellos tiempos había corrido mucha agua bajo el Pont Neuf, en conjunto muy gozosa y políticamente conveniente. Las amantes le habían servido tanto en los salones como en los lechos, y, pese a que tuvo que adquirir la abadía por sus propios medios, ellas le abrieron las puertas de las sinecuras políticas que codiciaba y que muy pronto conquistaría. Maurice sabía mejor que nadie que en Francia mandaban las mujeres. Aunque las leyes francesas no permitían que una mujer heredara el trono, ellas buscaban el poder por otros medios y escogían consecuentemente a sus candidatos.
—Acomoda el drapeado de Valentine —David se impacientó—. Tendrás que subir a la tarima, la escalera está detrás.
Maurice subió cojeando los escalones de la impresionante tarima, erigida a varios metros del suelo. Se detuvo detrás de Valentine.
—¿Así que te llamas Valentine? —le susurró al oído—. Querida, eres realmente hermosa pese a tener nombre de varón.
—¡Y usted es bastante libertino pese a vestir sotana morada de obispo! —exclamó Valentine descaradamente.
—Deja de cuchichear —gritó David—. ¡Arregla la tela! Ya casi no queda luz —pidió el artista. Maurice estaba a punto de acomodar la gasa cuando David añadió—: Ah, Maurice, no os he presentado. Son mi sobrina Valentine y su prima Mireille.
—¡Tu sobrina! —exclamó Maurice y soltó la tela como si fuera un ascua ardiente.
—Una sobrina muy «cariñosa» —precisó el pintor—. Es mi pupila. Su padre, que murió hace algunos años, fue uno de mis mejores amigos. Te estoy hablando del conde de Remy. Tengo entendido que tu familia lo conoció.
Maurice miró sorprendido a David.
—Valentine —le decía el pintor—, el caballero que está arreglando el drapeado es una célebre personalidad de Francia, ex presidente de la Asamblea Nacional. Te presento al señor Charles Maurice de Talleyrand-Périgord, obispo de Autun…
Mireille jadeó, se incorporó de un salto y tironeó de la tela para cubrir sus pechos desnudos. Simultáneamente Valentine soltó un grito agudo que estuvo a punto de dejar sordo a Maurice.
—¡El obispo de Autun! —chilló Valentine y se apartó—. ¡Es el demonio de pezuña hendida!
Las dos jóvenes abandonaron la tarima y huyeron descalzas. Maurice miró azorado a David.
—Normalmente no provoco tanta agitación en el sexo débil —comentó.
—Parece que tu reputación te ha precedido —respondió David.

Sentado en el pequeño comedor contiguo al taller, David contemplaba la Rue de Bac. De espaldas a las ventanas, Maurice permanecía rígidamente sentado en una de las sillas de raso, a rayas rojas y blancas, que rodeaban la mesa de caoba. Sobre ésta había varias fruteras y algunos candeleros de bronce, así como servicio para cuatro comensales formado por hermosos platos adornados con aves y flores.
—Semejante reacción era imprevisible —dijo David y peló una naranja con las manos—. Te pido disculpas por la confusión. De todos modos, he subido y han accedido a cambiarse y bajar a comer.
—¿Por qué motivo te has convertido en tutor de tanta belleza? —preguntó Maurice, alzó la copa de vino y bebió un sorbo—. Parece demasiada alegría para un hombre solitario. Y es casi un exceso para alguien como tú.
David lo miró y respondió:
—Estoy totalmente de acuerdo. No sé qué hacer. He recorrido todo París en busca de una institutriz adecuada, que esté en condiciones de seguir educándolas. Mi esposa se fue a Bruselas hace unos meses y desde entonces estoy desorientado.
—¿Su partida tuvo algo que ver con la llegada de tus bellas «sobrinas»? —preguntó Talleyrand y sonrió ante el aprieto de David mientras hacía girar el pie de su copa.
—En absoluto —respondió David y mostró una gran pesadumbre—. Mi esposa y su familia son monárquicos acérrimos. Discrepan de mi participación en la Asamblea. Opinan que un artista burgués como yo, un pintor apoyado por la monarquía, no debería defender públicamente la Revolución. Mi matrimonio ha sufrido graves tensiones desde la toma de la Bastilla. Mi esposa exige que renuncie a mi puesto en la Asamblea y que abandone mi pintura política. Ha impuesto esas condiciones para su regreso.
—¡Mi querido amigo, cuando en Roma descubriste El juramento de los harati, las multitudes se apiñaron ante tu taller de la Piazza del Popolo para esparcir flores ante el cuadro! Fue la primera obra maestra de la nueva república y tú eres su artista predilecto.
—Lo sé, pero mi esposa no lo comprende —David suspiró—. Se fue a Bruselas con los niños y hasta quiso llevarse a mis pupilas. Sin embargo, el acuerdo que firmé con la abadesa decía que deben permanecer en París, y recibo una generosa remuneración por cumplirlo. Además, éste es mi mundo.
—¿Qué abadesa? ¿Tus pupilas son monjas? —Maurice estuvo a punto de soltar una carcajada—. ¡Qué maravillosa locura! Han dejado dos jóvenes esposas de Cristo al cuidado de un hombre de cuarenta y tres años que no está emparentado con ellas. ¿En qué estaría pensando la abadesa?
—No son monjas, no han pronunciado los votos. ¡En eso se diferencian de ti! —afirmó David con mordacidad—. Al parecer, fue esa abadesa vieja y austera la que les dijo que tú eres la encarnación del demonio.
—Debo admitir que mi vida no ha sido muy santa —reconoció Maurice—. De todos modos, me sorprende que una abadesa de provincias sepa de mi vida y milagros. He intentado ser discreto.
—Si llamas discreción a inundar Francia de críos no reconocidos al tiempo que das la extremaunción y afirmas ser sacerdote, no sé qué podemos considerar descaro.
—Nunca quise ser sacerdote —dijo Maurice con pesar—. Cada uno ha de apechugar con lo suyo. El día en que me quite esta sotana de una vez por todas, me sentiré realmente puro por primera vez.
En aquel momento Valentine y Mireille se presentaron en el pequeño comedor. Iban vestidas de la misma manera, con la sencilla ropa de viaje de color gris que les había dado la abadesa. Sólo sus melenas brillantes poseían una chispa de color. Ambos hombres se pusieron en pie para recibirlas y David apartó dos sillas de la mesa.
—Llevamos esperando casi un cuarto de hora —las regañó David—. Espero que ahora os comportéis correctamente y procuréis ser amables con monseñor. Al margen de lo que hayáis oído sobre él, estoy convencido de que perderá importancia frente a la verdad. Además, es nuestro invitado.
—¿Os han contado que soy un vampiro? —preguntó Talleyrand jocosamente—. ¿Y os han dicho que bebo la sangre de los niños?
—Así es, monseñor —respondió Valentine— y también afirman que tiene la pezuña hendida. ¡Puesto que cojea al caminar, debe de ser cierto!
—¡Valentine, eres muy descortés! —la reprendió Mireille.
David se cogió la cabeza con las manos y guardó silencio.
—No os preocupéis —dijo Talleyrand—. Os daré una explicación. —Se incorporó para servir vino en las copas de Valentine y Mireille y prosiguió—. De pequeño, mi familia me puso al cuidado de un ama de cría, una campesina ignorante. Un día me dejó encima del tocador, caí y me rompí el pie. Como al ama le dio miedo avisar del accidente a mis padres, el pie nunca curó correctamente. Puesto que mi madre no estaba lo bastante interesada en ocuparse de mí, el pie creció torcido y luego fue demasiado tarde para corregirlo. Ésta es la historia de mi cojera. Carece de misterio, ¿verdad?
—¿Le provoca mucho dolor? —preguntó Mireille.
—¿El pie? El pie propiamente dicho, no, sino sus consecuencias —Talleyrand sonrió con amargura—. Por culpa del pie perdí el derecho de primogenitura. Mi madre se ocupó de dar a luz a otros dos varones y pasó mis derechos a mi hermano Archimbaud, y en segundo lugar, a Basan. No podía permitir que un lisiado heredara el antiguo título de Talleyrand-Périgord, ¿lo comprendéis? Vi por última vez a mi madre cuando fue a protestar a Autun por mi nombramiento de obispo. Pese a que me había obligado a entrar en el sacerdocio, esperaba que yo no saliera a la luz pública. Insistió en que su hijo no era lo bastante piadoso para ser obispo. Y tenía razón, ¿qué duda cabe?
—¡Qué horrible! —exclamó Valentine exaltada—. ¡Yo la habría llamado vieja bruja!
David alzó la cabeza, miró al techo y tocó la campanilla para que sirvieran la comida.
—¿De verdad lo habrías hecho? —preguntó Maurice amablemente—. En ese caso, me habría gustado que estuvieras presente. Reconozco que es algo que he deseado durante mucho tiempo.
Cuando todos estuvieron servidos y el ayuda de cámara se retiró, Valentine comentó:
—Monseñor, ahora que ha contado esta historia, veo que no es tan fiero como lo pintan. Debo reconocer que lo encuentro muy apuesto.
Presa de una gran exasperación, Mireille observó a Valentine mientras David sonreía de oreja a oreja.
—Monseñor, es posible que Mireille y yo tengamos que darle las gracias si es cierto que es responsable de la clausura de las abadías —prosiguió Valentine—. Si no fuera así, seguiríamos en Montglane, consumiéndonos de ganas de vivir la vida parisina con la que hemos soñado…
Maurice había dejado los cubiertos y miraba a las jóvenes.
—¿Te refieres a la abadía de Montglane, en los Bajos Pirineos? ¿Venís de esa abadía? ¿Por qué la habéis dejado?
La expresión y el ardor de las preguntas de Talleyrand hicieron que Valentine comprendiera que había cometido un lamentable error. Pese a su apostura y encanto, Talleyrand seguía siendo obispo de Autun, precisamente el hombre contra el cual las había aleccionado la abadesa. Si se enteraba de que las dos primas no sólo conocían la existencia del ajedrez de Montglane, sino que habían ayudado a sacar las piezas de la abadía, no pararía hasta arrancarles la información.
A decir verdad, corrían un grave peligro por el mero hecho de que Talleyrand supiera que procedían de Montglane. Aunque habían enterrado celosamente las piezas bajo las plantas del jardín de detrás del taller de David, la noche misma de su llegada a París, aún existía otro problema. Valentine no había olvidado el papel que la abadesa le encomendara: hacer de punto de reunión de cualquier monja que tuviera que huir y abandonar las piezas. De momento no había pasado nada pero, en virtud de la agitación que imperaba en Francia, cualquier día podrían producirse novedades. Y Valentine y Mireille no podían permitirse el lujo de quedar bajo la atenta vigilancia de Charles Maurice Talleyrand.
—Repetiré mi pregunta —dijo Talleyrand al ver que las muchachas guardaban silencio—. ¿Por qué habéis dejado Montglane?
—Porque… monseñor, porque han clausurado la abadía —respondió Mireille con reticencia.
—¿La han clausurado? ¿Por qué?
—Monseñor, por el proyecto de ley de confiscación. La abadesa temía por nuestra seguridad…
—En sus cartas la abadesa explica que recibió del estado papal la orden de clausurar la abadía —intervino David.
—¿Y lo has aceptado? —inquirió Talleyrand—. ¿Eres o no republicano? El papa Pío ha denunciado la revolución. ¡Cuando aprobamos el proyecto de ley de confiscación, amenazó con excomulgar a todos los católicos de la Asamblea! La abadesa traiciona a Francia aceptando órdenes del papado italiano que, como bien sabes, está plagado de Habsburgos y de Borbones españoles…
—Me gustaría aclarar que soy tan buen republicano como tú —dijo David con tono defensivo—. Mi familia no forma parte de la nobleza, soy hijo del pueblo. Permanezco en pie o caigo con el nuevo régimen. Sin embargo, la clausura de la abadía de Montglane no tiene nada que ver con la política.
—Mi querido David, todo lo que ocurre sobre la tierra es política. ¿Acaso no sabes qué estaba enterrado en la abadía de Montglane?
Valentine y Mireille palidecieron. David miró sorprendido a Talleyrand y alzó su copa de vino.
—Tonterías, cuentos de comadres —sonrió desdeñoso.
—¿Estás seguro? —preguntó Talleyrand.
El obispo miró inquisitivo a las jóvenes. Alzó su copa de vino y bebió un sorbo, aparentemente ensimismado. Cogió los cubiertos y se puso a comer. Valentine y Mireille estaban petrificadas y no probaron bocado.
—Parece que tus sobrinas han perdido el apetito —comentó Talleyrand.
David miró a las chicas.
—Bueno, ¿qué os pasa? —preguntó—. ¿Me vais a decir que creéis en esas tonterías?
—No, tío —respondió Mireille en voz baja—. Sabemos que es pura superchería.
—Por supuesto, sólo se trata de una antigua leyenda, ¿verdad? —preguntó Talleyrand y recobró parte de su encanto—. Tengo la sensación de que habéis oído hablar de ella. Decidme, ¿adónde ha ido vuestra abadesa, la misma que considera adecuado conspirar con el papa contra el gobierno de Francia?
—Por amor de Dios, Maurice —lo increpó David—. Da la sensación de que has estudiado para inquisidor. Te diré adónde ha ido y espero que no se hable más de este asunto. Se ha marchado a Rusia.
Talleyrand guardó silencio unos segundos. Esbozó una sonrisa, como si estuviera recordando algo íntimamente divertido.
—Creo que, a fin de cuentas, tienes razón —dijo a David—. ¿Tus encantadoras sobrinas ya han ido a la ópera?
—No, monseñor —se apresuró a responder Valentine—. Pero es nuestra ilusión más ardiente, lo que más deseamos, desde la más tierna infancia.
—¿Viene de tan antiguo? —se burló Talleyrand—. Tal vez podamos solucionarlo. Después del almuerzo echaremos un vistazo a vuestro guardarropa. Casualmente soy un experto en moda…
—Cierto, monseñor aconseja sobre modas a la mitad de las mujeres de París —comentó David irónicamente-Es uno de sus incontables actos de caridad cristiana.
—Os contaré la historia de la vez que organicé el peinado de María Antonieta para un baile de máscaras. También diseñé su vestimenta. ¡Ni siquiera la reconocieron sus amantes, por no mencionar al rey!
—Tío, ¿podemos pedirle a monseñor que haga otro tanto para nosotras? —suplicó Valentine, que experimentaba un gran alivio porque la conversación había girado hacia un tema menos profundo y, a la vez, menos peligroso.
—Tal como estáis, me parecéis encantadoras —Talleyrand sonrió—. Pero veremos qué podemos hacer para superar a la naturaleza. Por fortuna, tengo una amiga que está rodeada por los mejores modistas de París… Por casualidad, ¿habéis oído hablar de madame de Staël?

Valentine y Mireille pronto se enteraron de que todo París había oído hablar de Germaine de Staël. Al entrar detrás de ella en el palco dorado y azul de la Opéra-Comique, vieron que todas las cabezas empolvadas se volvían. La flor y nata de la sociedad parisina ocupaba los atiborrados palcos que se alzaban hasta las vigas del teatro excesivamente caldeado. Al ver esa profusa mezcla de joyas, perlas y encajes, era imposible imaginar que en las calles aún se debatía la revolución, que la familia real languidecía prisionera en palacio, que todas las mañanas carretones repletos de miembros de la nobleza y el clero gemían sobre el empedrado rumbo a la insaciable guillotina. En la herradura de la Opéra-Comique, todo era esplendor y regocijo. Y Germaine de Staël, la juvenil gran dama de París, era la más espléndida de todos y se agitaba en su palco como una barcaza en el Sena.
Valentine había averiguado cuanto de ella se podía saber interrogando a los criados de su tío Jacques Louis. Le habían dicho que madame de Staël era hija del suizo Jacques Necker, genial ministro de Finanzas, dos veces desterrado por Luis XVI y dos veces recuperado para el cargo por petición expresa del pueblo francés. Suzanne Necker su madre había dirigido durante veinte años el salón más influyente de París, del que Germaine había la sido estrella.
Millonaria por derecho propio, a los veinte años Germaine había comprado un mando: el barón Eric Staël von Holstein, empobrecido embajador de Suecia en Francia. Siguiendo los pasos de su madre, Germaine inauguró su propio salón en la embajada sueca y se lanzó de lleno a la política. Sus estancias estaban repletas de talentos de los ambientes político y cultural de Francia: Lafayette, Condorcet, Narbonne, Talleyrand. Madame de Staël se convirtió a la filosofía de la revolución. Todas las decisiones políticas importantes de su época se fraguaron entre las paredes forradas de seda de su salón: decisiones que tomaron las personalidades que sólo ella fue capaz de reunir. Y ahora, a los veinticinco años era, con toda probabilidad, la mujer más poderosa de Francia.
Mientras Talleyrand cojeaba dolorido por el palco y acomodaba a las tres mujeres, Valentine y Mireille estudiaban a madame de Staël. Producía una profunda impresión con su vestido escotado, de encaje negro y dorado, que resaltaba sus brazos rollizos, sus hombros musculosos y su gruesa cintura. Lucía un collar de pesados camafeos rodeados de rubíes y el exótico turbante dorado que era su sello. Se inclinó hacia Valentine sentada a su lado, y le susurró con tono bajo y ronco, que todos pudieron oír:
—Querida, mañana por la mañana todo Paris acudirá a casa a preguntar quiénes sois. Será un escándalo delicioso y estoy segura de que vuestro acompañante lo comprenderá.
—Madame, ¿no le agradan nuestros vestidos? —preguntó Valentine preocupada.
—Querida, las dos estáis preciosas —aseguró Germaine irónicamente—. Pero el color de las vírgenes es el blanco, no el rosa encendido. Y el señor Talleyrand sabe perfectamente que, aunque los pechos jóvenes siempre están a la última en París, normalmente se usa un pañuelo para cubrir las carnes de las mujeres menores de veinte años.
Valentine y Mireille se ruborizaron.
—A mi manera, estoy liberando a Francia —intervino Talleyrand.
Germaine y Talleyrand se sonrieron. Madame de Staël se encogió de hombros.
—Espero que la ópera te guste —añadió Germaine dirigiéndose a Mireille—. Es una de mis preferidas. No la he visto desde la infancia. Su compositor, André Philidor, es el mejor maestro de ajedrez de toda Europa. Ha Jugado al ajedrez y tocado música ante reyes y filósofos. Puede que la música te resulte anticuada si tenemos en cuenta que Gluck revolucionó la ópera. Se hace pesado oír tanto recitativo…
—Madame, es la primera vez que asistimos a la ópera —comentó Valentine.
—¡Jamás habéis visto una ópera! —exclamó Germaine a voz en cuello—. ¡Increíble! ¿Dónde os mantuvo encerradas vuestra familia?
—En el convento, madame —respondió Mireille con toda amabilidad.
Germaine se la quedó mirando como si jamás hubiese oído hablar de un convento. Se volvió y dirigió furibunda mirada a Talleyrand.
—Mi querido amigo, veo que hay unas cuantas cosas que no me has explicado. Si hubiera sabido que las pupilas de David se criaron en un convento, no habría elegido una ópera como Tom Jones. —Se dirigió a Mireille. Añadió—: Espero que no os sorprenda. Es una historia inglesa acerca de un ilegítimo…
—Más vale que aprendan moral a temprana edad. —Talleyrand soltó una carcajada.
—Eso sí que es bueno —comentó Germaine apretando sus delgados labios—. Si siguen teniendo como mentor al obispo de Autun, la información les resultará muy útil.
Madame de Staël se volvió hacia el escenario a medida que se levantaba el telón.

—Creo que ha sido la experiencia más maravillosa de mi vida —dijo Valentine cuando salieron de la ópera, sentada en la mullida alfombra Aubusson del estudio de Talleyrand, mirando las llamas que lamían las portezuelas de cristal de la pantalla de la chimenea.
Talleyrand estaba reclinado en un largo sofá de seda azul tornasolada, con los pies apoyados en una otomana, junto a Valentine. Mireille estaba muy cerca y contemplaba el fuego.
—También es la primera vez que bebemos coñac —añadió Valentine.
—Recuerda que sólo tienes dieciséis años —dijo Talleyrand, aspiró el coñac de su copa y dio un trago—. Ya habrá tiempo para otras experiencias.
—Señor Talleyrand, ¿cuántos años tiene? —preguntó Valentine.
—Es una pregunta poco considerada —la regañó Mireille, que estaba de pie junto a la chimenea—. Sabes que es de mal gusto preguntar la edad.
—Por favor, llamadme Maurice —pidió Talleyrand—. Aunque tengo treinta y siete años, me siento de noventa cuando me llamáis «señor». Decidme, ¿qué os pareció Germaine?
—Madame de Staël es realmente encantadora —afirmó Mireille y su roja cabellera resplandeció en contraste con la luz del fuego, del mismo color de las llamas.
—¿Es verdad que es su amante? —preguntó Valentine.
—¡Valentine! —se enfadó Mireille.
Talleyrand reía a carcajadas.
—Eres extraordinaria —dijo y revolvió los cabellos de Valentine mientras la joven se apoyaba en su rodilla. Añadió dirigiéndose a Mireille—: Señorita, su prima está a salvo de las aburridas pretensiones de la sociedad parisina. Sus preguntas me resultan reconfortantes y puedo asegurar que no son para nada ofensivas. He descubierto que las últimas semanas, en las que os he vestido y os he llevado a conocer París, fueron un tónico que ha reducido la bilis de mi cinismo natural. Valentine, ¿quién te ha dicho que Germaine es mi amante?
—Señor… mejor dicho, tío Maurice, se lo oí a la servidumbre. ¿Es verdad?
—No, querida, ya no es verdad. Ha dejado de serlo. Antaño fuimos amantes, pero los cotilleos van siempre con retraso. Sólo somos buenos amigos.
—¿Es posible que ella lo rechazara por su cojera? —indagó Valentine.
—¡Santa madre de Dios! —exclamó Mireille, que no estaba acostumbrada a blasfemar—. Discúlpate ante monseñor. Señor, le ruego que disculpe a mi prima, no ha sido su intención ofenderlo.
Talleyrand se quedó mudo, casi dominado por la sorpresa. Aunque había dicho que Valentine jamás podría ofenderlo, en Francia nadie había osado referirse públicamente a su deformidad. Tembloroso a causa de una emoción que no pudo definir, se estiró para coger las manos de Valentine y la hizo sentar en la otomana. La abrazó tiernamente.
—Lo siento muchísimo, tío Maurice —se disculpó Valentine. Le tocó la mejilla con delicadeza y le sonrió—. Hasta ahora no he tenido ocasión de ver un auténtico defecto físico. Sería una experiencia muy instructiva si me lo mostrara.
Mireille soltó un gemido. Talleyrand miraba a Valentine como si no pudiera creer lo que oía. La joven le pellizcó el brazo para alentarlo. Segundos más tarde, el obispo dijo seriamente.
—De acuerdo, si es lo que quieres.
Con gran esfuerzo apartó el pie de la otomana, se agachó y se quitó el pesado botín de acero que lo ceñía y le permitía caminar.
Valentine estudió la extremidad bajo la débil luz del fuego. El pie estaba tan torcido que la eminencia metatarsiana se hundía y los dedos parecían salir desde abajo. Desde arriba, realmente semejaba un garrote. Valentine, alzó el pie retorcido y besó la planta. Azorado, Talleyrand permanecía sentado.
—Pobre pie —se compadeció Valentine—. ¡Cuánto has sufrido y cuán poco lo merecías!
Talleyrand se acercó a Valentine. Le levantó el rostro y depositó un suave beso en sus labios. Durante unos instantes, la dorada cabellera de uno y los rizos rubio ceniza de la otra quedaron entrelazados a la luz del fuego.
—Eres la única persona que le ha hablado de tú a mi pie —comentó sonriente monseñor—. Y lo has hecho muy feliz.
Mientras el obispo observaba a Valentine con su bello rostro angelical y sus rizos dorados se iluminaban a la luz de los leños, a Mireille le costó recordar que éste era el mismo hombre que cruelmente, casi en solitario, estaba destruyendo la Iglesia católica en Francia, el mismo hombre que pretendía apoderarse del ajedrez de Montglane.

Las velas del estudio de Talleyrand se habían consumido. Bajo la agonizante luz del fuego, las esquinas de la larga estancia se encontraban en sombras. Talleyrand consultó el reloj de oro de la repisa de la chimenea y comprobó que eran más de las dos de la madrugada. Se incorporó del sofá en el que Valentine y Mireille habían estado recostadas con las cabelleras esparcidas sobre sus rodillas.
—Prometí a vuestro tío que os devolvería a casa a una hora razonable —les comunicó—. Mirad qué hora es.
—Por favor, tío Maurice, no nos obligue a irnos justo ahora —suplicó Valentine—. Es la primera vez que participamos de la vida social. Desde que llegamos a París hemos vivido como si no hubiésemos dejado el convento.
—Sólo un relato más —la apoyó Mireille—. Nuestro tío no se enfadará.
—Se pondrá furioso. —Talleyrand rió—. De todos modos, ya es demasiado tarde para devolveros a casa. A estas horas, incluso en los mejores barrios, hay sans-culottes borrachos que vagabundean por las calles. Será mejor que envíe al lacayo a casa de vuestro tío para que le entregue una nota. Pediré a Courtiade, mi ayuda de cámara, que os prepare una habitación. ¿Debo suponer que preferís dormir juntas?
No era del todo cierto que llevarlas a casa fuese peligroso. Talleyrand disponía de muchos criados y la residencia de David no quedaba lejos, Pero súbitamente el obispo comprendió que no quería devolverlas a su casa, ni ahora ni, quizá nunca. Había prolongado los relatos con tal de postergar lo inevitable. Con la cándida frescura de su juventud, las muchachas habían despertado sentimientos que no alcanzaba a definir. Talleyrand nunca había tenido familia y la calidez que sentía en presencia de las jóvenes era una experiencia insólita.
—¿De verdad podemos pasar toda la noche aquí? —preguntó Valentine, se incorporó y pellizcó el brazo de su prima.
Aunque Mireille puso expresión de duda, también deseaba quedarse.
—Por supuesto —confirmó Talleyrand y se puso de pie para tirar de la cuerda de la campanilla—. Esperemos que por la mañana no se convierta en el último escándalo de París, cómo presagió Germaine.
El serio Courtiade, vestido aún de librea almidonada, dirigió una mirada a las muchachas despeinadas y otra al pie descalzo de su señor y, sin pronunciar palabra, las guió escaleras arriba para mostrarles el amplio cuarto de huéspedes.
—¿Podría conseguirnos monseñor camisas de noche? —Pregunto Mireille—. Tal vez alguna criada…
—No se preocupe por eso —respondió Courtiade con suma amabilidad y les ofreció dos batas de seda adornadas con encajes exquisitos, prendas que, sin duda, no pertenecían a ninguna criada.
El ayuda de cámara abandonó discretamente el cuarto de huéspedes. Talleyrand llamó a la puerta después de que Valentine y Mireille se desvistieran, se cepillaran los cabellos y se metieran en la cama grande y mullida, con rebuscado baldaquino.
—¿Estáis cómodas? —preguntó, abrió la puerta y asomó la cabeza.
—Es el lecho más maravilloso que hemos visto —respondió Mireille envuelta en un montón de edredones—. En el convento dormíamos en tablas de madera para mejorar nuestra postura.
—Doy fe de que ha dado un resultado extraordinario. —Talleyrand sonrió, entró en la habitación y se sentó en un pequeño sofá próximo a la cama.
—Tiene que contarnos otro cuento —reclamó Valentine.
—Es muy tarde… —dijo Talleyrand.
—¡Un cuento de fantasmas! —exclamó Valentine—. Aunque la abadesa no nos permitía oír cuentos de fantasmas, lo cierto es que los contábamos. ¿Conoce alguno?
—Lamentablemente, no —replicó Talleyrand pesaroso—. Como bien sabéis, no tuve una infancia normal. Jamás me contaron cuentos de fantasmas. —Se quedó pensativo unos instantes—. Aunque debo reconocer que, en una ocasión, conocí a un fantasma.
—¿Es cierto? —preguntó Valentine. Apretó la mano de Mireille. Las primas estaban muy inquietas—. ¿Un fantasma auténtico?
—Ahora que lo digo, me doy cuenta de que es absurdo —Talleyrand rió—. Debéis prometerme que jamás, se lo contaréis a vuestro tío Jacques Louis. Si habláis me convertiré en el hazmerreír de la Asamblea.
Las chicas se agitaron bajo los edredones y juraron no contarlo jamás de los jamases. Talleyrand se repantigó en el sofá, bajo la débil luz de las velas y comenzó a desgranar su relato…
EL RELATO DEL OBISPO
Cuando era muy joven, antes de ser ordenado sacerdote, dejé mi sede en St. Remy, donde yace el famoso rey Clovis, y asistí a la Sorbona. Tras estudiar dos años en la famosa universidad, llegó el momento de hacer pública mi llamada.
Aunque me sentía profundamente incapacitado para ejercer el sacerdocio, sabía que para mi familia supondría un gran escándalo el que yo rechazara la profesión que me habían impuesto. Íntimamente siempre sentí que mi destino era ser estadista.
Bajo la capilla de la Sorbona están enterrados los restos del más grande estadista de Francia, hombre al que idolatraba. Estoy seguro de que le conocéis: Armand-Jean du Plessis, duque de Richelieu, que, mediante una peculiar combinación de religión y política, rigió este país con mano férrea durante cerca de veinte años, hasta su muerte, acaecida en 1642.
Una noche, cerca de las doce, abandoné el calor de mi lecho, me eché una gruesa capa encima del batín y descendí por las paredes cubiertas de hiedra de la residencia estudiantil. Iba a la capilla de la Sorbona. El viento alborotaba las frías hojas dispersas por el jardín y hasta mis oídos llegaban los extraños sonidos de los búhos y otros seres de la noche. Aunque me consideraba valiente, reconozco que sentí miedo. El sepulcro situado en el interior de la capilla estaba frío y a oscuras. A esa hora nadie oraba y en la cripta sólo permanecían encendidas unas pocas candelas. Prendí una vela, me arrodillé e imploré al difunto cardenal de Francia que me guiara. En la inmensa cripta percibía los latidos de mi corazón mientras le exponía en la difícil situación que me encontraba.
Apenas había expresado mi plegaria cuando, con gran asombro de mi parte, un viento gélido recorrió la cripta y apagó todas las velas. ¡Estaba aterrado! Rodeado de oscuridad, busqué a tientas otra vela. ¡En aquel instante oí un gemido y del sepulcro se elevó el fantasma pálido y oscuro del cardenal Richelieu! Se cernió sobre mí con el pelo, la piel y la púrpura blancos como la nieve, relucientes y totalmente transparentes.
Si no hubiese estado arrodillado, seguramente habría caído. Se me secó la boca, no pude articular palabra. Entonces volví a oír el débil gemido. ¡El fantasma del cardenal me hablaba! Sentí que un escalofrío me atravesaba la columna vertebral mientras entonaba unas fatídicas palabras con un tono de voz semejante al grave tañido de una campana.
—¿Por qué me habéis despertado? —se indignó.
El viento se arremolinaba a mí alrededor y seguía inmerso en la más negra oscuridad. Las piernas me temblaban demasiado para ponerme en pie y huir. Tragué saliva e intenté encontrar mi voz.
—Cardenal Richelieu —tartamudeé—, busco consejo. A pesar de vuestra vocación sacerdotal, en vida fuisteis el más importante estadista de Francia. ¿Cómo conseguisteis tanto poder? Os ruego que compartáis vuestro secreto, pues aspiro a seguir vuestro ejemplo.
—¿Vos? —rugió la altanera columna como de humo y se irguió hacia el techo como si se sintiera profundamente ofendida.
Deambuló alrededor de las paredes como un hombre que va de un extremo a] otro de una habitación. A cada paso crecía hasta que su forma diáfana llenó la cripta, rodando como una tormenta a punto de estallar. Me encogí. Finalmente el fantasma habló:
—El secreto que busqué permanecerá eternamente envuelto en el misterio… —El espectro seguía flotando en lo alto de la cripta y su figura se disipaba a medida que se tornaba más delgada—. Su poder está enterrado con Carlomagno. Sólo hallé la primera clave y la hice ocultar celosamente…
El fantasma aleteó débilmente como una llama a punto de apagarse. Me incorporé de un salto e hice denodados esfuerzos por impedir que se esfumara. ¿A que había aludido? ¿Cuál era el secreto enterrado con Carlomagno? Grité para hacerme oír por encima del ulular del viento que devoraba al fantasma.
—¡Sire, amado sacerdote! Os ruego que me digáis dónde encontrar la clave que habéis mencionado. Aunque el espectro había desaparecido, oí su voz como un eco que rebota en un largo, larguísimo corredor. Sólo dijo:
—François… Marie… Arouet…
El viento cesó y algunas candelas volvieron a encenderse. Permanecí en la cripta. Mucho después crucé el jardín de regreso a la residencia estudiantil.
Aunque a la mañana siguiente estaba dispuesto a creer que la experiencia no había sido más que una pesadilla, las hojas secas y el tenue olor mohoso que aún persistían en mi capa me convencieron de que había ocurrido realmente. El cardenal afirmaba que había desvelado la primera clave del misterio. Por algún motivo, yo debía buscar esa clave a través del gran poeta y dramaturgo francés François Marie Arouet, conocido como Voltaire.
Voltaire acababa de regresar a París, de un exilio elegido en su finca de Ferney, presuntamente para escribir una nueva obra. Sin embargo, la mayoría opinaba que había vuelto para morir. Yo no entendía por qué ese dramaturgo anciano, ateo e intratable, nacido cincuenta años después de la muerte de Richelieu, estaba al tanto de los secretos del cardenal. Me propuse averiguarlo. Transcurrieron algunas semanas hasta que concerté una cita con Voltaire.
Vestido con sotana, llegué a la hora acordada y pronto me hicieron pasar a su alcoba. Voltaire detestaba levantarse antes del mediodía y a menudo pasaba toda la jornada en la cama. Hacía más de cuarenta años que aseguraba estar al borde de la muerte.
Lo encontré erguido entre las almohadas, ataviado con un vaporoso gorro rosa y larga camisa de noche, blanca. Sus ojos, como ascuas en un rostro pálido, sus labios delgados y su nariz afilada confirmaban su apariencia de ave de rapiña.
Los curas se afanaban en la alcoba y él rechazaba enérgicamente sus servicios, actitud que seguiría sosteniendo hasta exhalar el último suspiro. Sabiendo cuánto despreciaba al clero, me sentí incómodo cuando Voltaire alzó la mirada y me vio con mi sotana de novicio. Esgrimió una mano nudosa por encima de las sábanas y se dirigió a los curas:
—Por favor, dejadnos a solas. Esperaba a este joven. ¡Es un emisario directo del cardenal Richelieu!
Soltó una carcajada aguda y femenina mientras los curas me miraban por encima del hombro y abandonaban apresuradamente la alcoba. Voltaire me invitó a tomar asiento.
—Para mí siempre ha sido un misterio por qué el viejo y pomposo fantasma es incapaz de permanecer en su tumba —comentó Voltaire exasperado—. En mi condición de ateo, me resulta muy desagradable que un cura muerto siga flotando y aconsejando a los jóvenes que visiten mi cabecera. Siempre distingo a sus enviados por esa inclinación babeante y metafísica de la boca, por el vano deambular de sus ojos, como los vuestros… ¡Si en Ferney el tráfago de visitantes era denso, aquí, en París es una verdadera avalancha!
Reprimí la irritación que me producía ser descrito de semejante manera. Me sorprendió y alarmó que Voltaire hubiese adivinado el motivo de mi visita, pues daba a entender que otros habían buscado lo mismo que yo.
—Me gustaría atravesar definitivamente el corazón de ese hombre con una estaca —desvarió Voltaire—. Luego podré tener un poco de paz.
Voltaire estaba muy alterado y sufrió un acceso de tos. Tuve la impresión de que se estaba ahogando en sangre. Intenté ayudarlo, pero me apartó.
—¡Médicos y curas deberían ser ahorcados en el mismo patíbulo! —gritó e intentó coger el vaso de agua. Se lo alcancé y dio un sorbo—. Quiere los manuscritos. El cardenal Richelieu no soporta que sus queridos diarios privados hayan caído en manos de un viejo réprobo como yo.
—¿Tenéis los diarios privados del cardenal Richelieu?
—Sí. Hace muchos años, cuando todavía era joven, me apresaron por subversión contra la corona, en virtud de un modesto poema que escribí sobre la vida romántica del monarca. Mientras me pudría entre rejas, un acaudalado mecenas me entregó unos diarios para que los descifrara. Llevaban años en poder de su familia, pero estaban escritos con una clave secreta que nadie consiguió descifrar. Como yo no tenía nada mejor que hacer, los descifré, y aprendí muchas cosas interesantes sobre nuestro querido cardenal.
—Tenía entendido que los escritos de Richelieu fueron legados a la Sorbona.
—Eso es lo que todos creen. —Voltaire rió con picardía—. A menos que tenga algo que ocultar, ningún cura conserva diarios íntimos escritos en clave. Sé perfectamente a qué cosas se dedicaban los sacerdotes de su época: a pensamientos masturbatorios y actos libidinosos. Me dediqué a descifrar esos diarios con el mismo ahínco con que un caballo se lanza sobre el morral pero, en lugar de la confesión chusca que esperaba, sólo descubrí un opúsculo erudito. Mejor dicho, el mayor caudal de tonterías que he visto en mi vida.
Voltaire tosió tanto que pensé que debía llamar a un sacerdote porque yo no estaba facultado para administrar el último sacramento. Luego de emitir un espantoso sonido semejante a un cascabeleo mortal, me pidió que le acercara varios chales. Se cubrió, utilizó uno como turbante para envolverse la cabeza y continuó temblando.
—¿Qué descubristeis en esos diarios y dónde están? —lo apremié.
—Aún los conservo. El mecenas murió durante mi estancia en la cárcel y no tenía herederos. Es posible que cuesten mucho dinero por su valor histórico. En mi opinión, sólo son un montón de necedades plagadas de supersticiones, brujería y hechicería.
—¿No habíais dicho que estaban cargados de erudición?
—Sí, en la medida en que un sacerdote es capaz de objetividad. Veréis, cuando no encabezaba ejércitos contra todas las naciones de Europa, el cardenal Richelieu consagraba su vida al estudio del poder. El objetivo de sus estudios secretos se basaba en… ¿por casualidad habéis oído hablar del ajedrez de Montglane?
—¿El juego de ajedrez de Carlomagno? —pregunté e intenté mostrarme sereno a pesar de que el corazón parecía escapárseme del pecho.