El ocho
Fin de partida
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—En realidad, no —dijo Blanche desde la otra puerta del recinto, sirviéndose más champaña. Echó una mirada a Lily, quien la contemplaba furiosa con Carioca en sus brazos… y después se acercó y fijó en mí sus finos ojos azules—.
Atrás hay algunos amigos tuyos… el señor Brodski, del KGB, que en realidad trabaja para mí. Y Sharrif, a quien El-Marad tuvo la amabilidad de enviar por petición mía. Han estado mucho tiempo esperando a que llegaras de Argel, vigilando la casa día y noche. Al parecer, te decidiste por lo más dramático.
Lancé una mirada a Solarin y Nim. Hubiéramos debido suponerlo.
—¿Qué habéis hecho con mi padre? —aulló Lily, acercándose a Blanche con los dientes apretados mientras Carioca gruñía a Llewellyn desde su refugio.
—Está maniatado en una habitación trasera —dijo Blanche, jugueteando con su eterno collar de perlas—. Está perfectamente bien y así permanecerá si sois razonables. Quiero las piezas. Ya ha habido bastante violencia… estoy convencida de que todos estamos hartos de violencia. No le pasará nada a nadie si me dais las piezas.
Llewellyn sacó un revólver de su chaqueta.
—Para mí, no ha habido suficiente violencia —dijo con tranquilidad—. ¿Por qué no sueltas a ese pequeño monstruo para que pueda hacer lo que siempre he deseado?
Lily lo miró horrorizada. Apoyé una mano en su brazo mientras lanzaba una mirada a Nim y Solarin, que se había desplazado hacia las paredes, preparándose. Me pareció que ya había perdido demasiado tiempo… mis piezas estaban todas en su sitio.
—Es evidente que no has prestado demasiada atención al juego, —dije a Blanche—. Tengo diecinueve piezas. Con las cuatro que vas a darme tendré veintitrés, más que suficiente para descubrir la fórmula y ganar.
Con el rabillo del ojo, vi que Nim sonreía y me hacía señas con la cabeza. Blanche me miró atónita.
—Debes de estar loca —dijo de pronto—. Mi hermano está apuntándote con un arma. Mi amado esposo, el Rey Negro, es rehén de tres hombres en el otro cuarto. Ése es el objeto del juego… clavar al Rey.
—No de este juego —le dije mientras me dirigía hacia el bar, donde estaba Solarin—. Lo mejor que puedes hacer es darte por vencida. No conoces los objetivos, los movimientos… ni siquiera los jugadores. Tú no eras la única que plantó un peón como Saul dentro de su propia casa. No eres la única que tiene aliados en Rusia y Argel…
Me detuve en los escalones con la mano puesta sobre la botella de champaña y sonreí a Blanche. Su piel, normalmente pálida, se había puesto lívida. El revólver de Llewellyn apuntaba a una parte de mi cuerpo que yo deseaba que siguiera latiendo… pero no creía que fuera a apretar el gatillo antes de escuchar el final. Desde atrás, Solarin me apretó el codo.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Blanche mordiéndose un labio.
—Cuando llamé a Harry y le dije que fuera al Plaza, no estaba solo. Estaba con Mordecai y Kamel Kader… y Valerie, tu fiel doncella, que trabaja para nosotros. Ellos no fueron al Plaza con Harry. Vinieron aquí, por la puerta de servicio. ¿Por qué no echas una ojeada?
En ese momento empezó la acción. Lily dejó caer a Carioca al suelo y éste corrió hacia Llewellyn, que vaciló un segundo de más entre Nim y el perrillo. Yo cogí la botella de champaña y la arrojé a través de la habitación a la cabeza de Llewellyn, en el momento en que apretaba el gatillo. Nim se dobló a causa del dolor. Crucé la habitación, agarré a Llewellyn por el cabello y lo tiré al suelo con todo mi peso encima.
Mientras estaba allí luchando con Llewellyn, vi con el rabillo del ojo que Hermanold entraba aprisa en la sala y Solarin lo atrapaba. Hundí los dientes en el hombro de Llewellyn mientras Carioca hacía lo mismo con su pierna. Escuchaba a Nim gimiendo a pocos centímetros de mí, mientras Llewellyn luchaba por apoderarse del arma. Cogí la botella y la descargué sobre su cabeza mientras levantaba la rodilla y lo golpeaba en la entrepierna. Gritó y yo hice una pausa. Blanche corría hacia los escalones, pero Lily la alcanzó, la sujetó por el collar de perlas y lo retorció en torno a su garganta, mientras Blanche intentaba arañarla. Su cara se puso oscura.
Solarin cogió a Hermanold por la camisa, lo puso de pie y le aplicó a la mandíbula un directo que jamás pensé que poseyesen los jugadores de ajedrez. Vi todo esto en un relámpago; después me volví para coger el arma, mientras Llewellyn rodaba por el suelo con las manos en la entrepierna.
Con el arma en la mano, me incliné sobre Nim mientras Solarin atravesaba corriendo la habitación.
—Estoy muy bien —dijo Nim cuando Solarin tocó la herida de su cadera, donde se estaba formando una mancha oscura—. ¡Buscad a Harry!
—Tú quédate aquí —me dijo Solarin, tocándome el hombro—. Yo iré.
Lanzó una mirada seria a su hermano, corrió por la habitación y subió las escaleras.
Hermanold estaba inconsciente, atravesado en los escalones. A pocos centímetros de mí, Llewellyn se agitaba chillando, protegiéndose la entrepierna mientras Carioca seguía mordiendo sus tobillos, desgarrando los calcetines. Yo estaba arrodillada junto a Nim, que respiraba con dificultad y se apretaba el lugar de la cadera de donde seguía saliendo sangre. Lily luchaba con Blanche, cuyas perlas rodaban por la alfombra.
Cuando me incliné sobre Nim, escuchamos ruidos y golpes en las habitaciones traseras.
—Será mejor que vivas —le dije en voz baja—. Después de todo lo que me has hecho pasar, detestaría perderte antes de poder vengarme.
Su herida era pequeña y profunda, apenas un delgado canal de carne desprendido de un lado de la parte superior del muslo. Nim me miró y trató de sonreír.
—¿Estás enamorada de Sascha? —preguntó.
Yo miré al techo y suspiré.
—Ya estás mejor —le dije, ayudándolo a sentarse y dándole el revólver—. Creo que lo mejor que puedo hacer es ir para ver si sigue vivo.
Crucé la habitación acuclillada, cogí a Blanche del cabello, la aparté de Lily y señalé el revólver que tenía Nim.
—Está dispuesto a usarlo —le expliqué.
Lily me siguió escaleras arriba y por el vestíbulo trasero, donde habían cesado los ruidos y las cosas estaban sospechosamente tranquilas. Fuimos de puntillas al estudio en el instante en que salía Kamel Kader. Nos vio y sonrió con sus ojos dorados. Después tomó mi mano.
—Bien hecho —dijo, feliz—. Según parece, el equipo blanco ha renunciado.
Lily y yo entramos en el estudio mientras Kamel se iba hacia la sala. Y allí estaba Harry, frotándose la cabeza. Detrás de él estaban Mordecai y Valerie, quien los había dejado entrar por la puerta de servicio. Lily atravesó corriendo la habitación y se arrojó sobre Harry, llorando de alegría. El le acarició el cabello mientras Mordecai me guiñaba un ojo.
Lancé una mirada a mi alrededor, y vi a Solarin ajustando el último nudo de las cuerdas que sujetaban a Sharrif. Brodski, el hombre del KGB, estaba echado junto a él como una perdiz. Solarin le ajustó la mordaza y se volvió hacia mí, cogiéndome del hombro.
—¿Mi hermano? —susurró.
—Se pondrá bien —dije.
—Cat, querida —exclamó Harry a mis espaldas—, gracias por salvar la vida de mi hija.
Me volví hacia él y Valerie me sonrió.
—¡Me gustaría que mi hermanito estuviera aquí para ver esto! —exclamó mirando en torno—. Lo lamentará mucho… le encantan las buenas peleas.
La abracé.
—Hablaremos más tarde —dijo Harry—. Ahora me gustaría despedirme de mi esposa.
—La odio —dijo Lily—. Si Cat no me hubiera detenido, la habría matado.
—Por supuesto que no, cariño —dijo Harry, besándole la cabeza—. Sigue siendo tu madre, a pesar de todo. Si no fuera por ella, no estarías aquí. No lo olvides nunca. —Volvió hacia mí sus tristes ojos semicerrados—. Y en cierta forma, yo soy responsable —agregó—. Sabía quién era cuando me casé con ella. Lo hice por el juego.
Inclinó la cabeza, apenado, y salió de la habitación. Mordecai dio unas palmaditas en el hombro de Lily, mirándola a través de sus gruesas gafas de búho.
—El juego no ha terminado todavía —dijo tranquilamente—. En cierta forma, acaba de empezar.

Solarin me había cogido de un brazo, arrastrándome a la enorme cocina junto al comedor. Mientras los otros ponían orden, me empujó contra la brillante mesa de cobre que había en el centro. Su boca sobre la mía era tan agresiva y cálida como si quisiera devorarme, mientras sus manos recorrían mi cuerpo. Todo lo que había sucedido, lo que faltaba por suceder, desapareció a medida que me contagiaba la oscuridad de su pasión. Sentí sus dientes en mi cuello y sus manos en mi pelo mientras luchaba contra el mareo. Su lengua volvió a encontrar la mía y gemí. Por último, se apartó.
—Tengo que regresar a Rusia —susurró, besando mi garganta—. Tengo que conseguir el tablero… es la única manera de terminar con este juego…
—Voy contigo —dije, apartándome para mirarlo a los ojos. Volvió a abrazarme, besando mis ojos mientras yo me aferraba a él.
—Imposible —murmuró, temblando por la violencia de su emoción—. Volveré, lo prometo. Lo juro por cada gota de sangre que tengo… nunca te dejaré ir.
En ese instante escuché que se abría la puerta y nos volvimos todavía abrazados. En la puerta estaba Kamel, y de pie junto a él, apoyado pesadamente contra su hombro… Nim. Se balanceó contra Kamel, con el rostro inexpresivo.
—Slava… —empezó Solarin, dando un paso hacia su hermano sin soltar mi brazo.
—La fiesta ha terminado —dijo Nim, esbozando una sonrisa lenta que contenía compresión y amor. Kamel me miraba con una ceja levantada, como preguntando qué demonios pasaba—. Ven, Sascha —dijo Nim—. Es hora de terminar el juego.

El equipo blanco, al menos los que habíamos capturado, estaba atado, amordazado y envuelto en sábanas blancas. Los hicimos salir por la cocina, llevándolos en el ascensor de servicio hasta la limusina de Harry, que esperaba en el garaje. Los pusimos a todos —Sharrif y Brodski, Hermanold, Llewellyn y Blanche— en el espacioso compartimiento trasero. Kamel y Valerie subieron atrás con el arma. Harry se puso al volante y Nim a su lado. Todavía no había oscurecido, pero los observadores no podían ver el interior a través de las ventanillas ahumadas.
—Vamos a llevarlos al Point, a casa de Nim —explicó Harry—. Después, Kamel irá a coger vuestro barco y lo llevará allí.
—Podemos meterlos en un bote junto a mi jardín —rió Nim, que seguía apretándose la cadera—. Nadie vive lo bastante cerca como para ver nada.
—¿Qué demonios haréis con ellos cuando estén a bordo? —quise saber.
—Valerie y yo los sacaremos al mar —dijo Kamel—. Arreglaré que un petrolero argelino nos recoja cuando estemos en aguas internacionales. El gobierno argelino estará encantado de capturar a los conspiradores que maquinaron contra la OPEP con el coronel Gadaffi y planearon asesinar a sus miembros. En realidad… hasta podría ser verdad. Desde que el coronel preguntó por ti en la Conferencia, he sospechado de él.
—¡Qué idea maravillosa! —reí—. Al menos eso tendría que darnos tiempo para hacer lo que debemos hacer sin que interfieran. —Inclinándome hacia Valerie, agregué—. Cuando llegues a Argel, da a tu madre y Wahad un gran abrazo de mi parte.
—Mi hermano piensa que eres muy valiente —dijo Valerie, cogiendo afectuosamente mi mano—. ¡Me pide que te diga que espera que un día vuelvas a Argelia!
Harry, Kamel y Nim salieron para Long Island llevando sus rehenes. Por fin Sharrif… y hasta Blanche, la Reina Blanca, verían el interior de la prisión argelina de la que Lily y yo habíamos escapado por un pelo.
Solarin, Lily, Mordecai y yo cogimos el Morgan verde de Nim. Con las últimas cuatro piezas que extrajimos del escritorio, nos fuimos al apartamento de Mordecai, en el Diamond District, para reunir las piezas e iniciar el trabajo que teníamos por delante: descifrar la fórmula que tantos habían buscado durante tanto tiempo. Lily conducía, yo volví a sentarme en el regazo de Solarin y Mordecai quedó encajado como una maleta en el pequeño espacio detrás de los asientos, con Carioca en su regazo.
—Bueno, perrillo —dijo Mordecai, acariciando a Carioca con una sonrisa—, después de todas estas aventuras, ya eres prácticamente un ajedrecista. Y ahora agregaremos a las ocho piezas que habéis traído del desierto, otras seis inesperadas, que estaban en poder de las blancas. Ha sido un día productivo.
—Más las nueve que Lily dijo que tenía usted —agregué—. Eso hace veintitrés.
—Veintiséis —Mordecai lanzó una risilla regocijada—. ¡También tengo las tres que Minne encontró en Rusia en 1951… y que trajeron a América Ladislaus Nim y su padre!
—¡Claro! —exclamé—. Y las nueve que tiene son las que Talleyrand enterró en Vermont. ¿Pero de dónde salieron las nuestras… las que trajimos Lily y yo del desierto?
—Ah… eso. Tengo algo más para ti, querida —gorjeó el alegre Mordecai—. Está en mi apartamento con las piezas. Tal vez Nim te haya dicho que cuando Minne le dijo adiós aquella noche, en el acantilado… le dio unos papeles plegados muy importantes.
—Sí —dijo Solarin—, que arrancó de un libro… yo la vi. Lo recuerdo, aunque en ese momento era apenas un niño. ¿Era el diario que Minne dio a Catherine? Desde que me lo mostró, me pregunté…
—Pronto no tendrás nada que preguntarte —dijo crípticamente Mordecai—. Veréis, estas páginas revelan el misterio. El secreto del juego.

Aparcamos el Morgan de Nim en un garaje público de la esquina y fuimos a pie hasta el apartamento de Mordecai. Solarin llevaba la colección de piezas, que ahora resultaba demasiado pesada para cualquier otro.
Pasaban de las ocho y la oscuridad era casi total en el Diamond District. Pasamos frente a tiendas con las persianas echadas. Trozos de periódicos volaban por las calles vacías. Seguía siendo fin de semana del día del Trabajo y estaba todo cerrado.
A mitad de manzana, Mordecai se detuvo y abrió una persiana metálica. Dentro había una escalera larga y estrecha que subía hacia la parte trasera del edificio. Lo seguimos en la penumbra y cuando llegamos al rellano, abrió otra puerta.
Entramos en un piso enorme, con techos altísimos llenos de arañas de cristal. En un extremo, una serie de ventanas altas reflejaban los relucientes prismas cuando Mordecai encendió las luces. Atravesó la habitación. Por todas partes había alfombras de colores oscuros, bellos arbustos delicados y muebles cubiertos de pieles, mesas llenas de objetos de arte y libros. Era el aspecto que hubiera tenido mi viejo apartamento, si hubiera sido más grande y yo más rica. De un muro colgaba un tapiz inmenso y magnífico, que debía ser tan antiguo como el propio juego de Montglane.
Solarin, Lily y yo nos sentamos en los sofás mullidos. Frente a nosotros, en una mesa, había un enorme tablero. Lily sacó las piezas que estaban dispuestas en él y Solarin empezó a sacar las nuestras del bolso y ponerlas en el tablero.
Las piezas del juego de Montglane eran demasiado grandes hasta para los enormes cuadrados del tablero de alabastro de Mordecai, pero se las veía magníficas, resplandeciendo a la luz de las arañas.
Mordecai levantó el tapiz y abrió una inmensa caja de caudales incrustada en el muro. Sacó una caja que contenía otras doce piezas. Solarin se apresuró a ayudarlo.
Cuando estuvieron todas dispuestas, las estudiamos. Estaban los caballos caracoleantes, los majestuosos alfiles en forma de elefantes, los camellos con sus sillas con dosel que representaban las torres. El rey de oro conduciendo su paquidermo, la reina sentada en su silla de mano… todos cubiertos por gemas y tallados con una precisión y una gracia que ningún artesano hubiera podido imitar, por lo menos durante mil años. Sólo faltaban seis piezas: dos peones de plata y uno de oro, un caballo de oro, un alfil de plata y el Rey Blanco, también de plata.
Verlas así, todas juntas, brillando entre nosotros, era increíble. ¿Qué cerebro fabuloso había concebido la idea de combinar algo tan hermoso con algo tan letal?
Sacamos el paño y lo desplegamos en la gran mesa baja que había junto al tablero. Yo estaba aturdida por las extrañas formas relumbrantes, los bellos colores de las piedras: la esmeralda y el zafiro, el rubí y el diamante, el amarillo de la citrina, la luz azul de la aguamarina y el pálido verde del peridoto, que era casi igual al de los ojos de Solarin. Estábamos allí, silenciosos, cuando él se estiró y apretó mi mano.
Lily había sacado el papel donde habíamos dibujado nuestra versión de los movimientos. Lo puso junto al paño.
—Hay algo que creo que debes ver —dijo Mordecai, que había vuelto junto a la caja fuerte. Regresó y me dio un pequeño paquete. Miré sus ojos, magnificados detrás de los cristales gruesos. Su cara bronceada esbozó una sonrisa sabia. Tendió la mano a Lily como si esperara que se levantase.
»Ven, quiero que me ayudes a preparar algo para cenar. Esperaremos a que vuelvan tu padre y Nim.
Cuando lleguen, estarán hambrientos. Mientras tanto, nuestra amiga Cat puede leer lo que le he dado.
Se llevó a Lily, que lo siguió a la cocina a regañadientes. Solarin se acercó más a mí. Abrí el paquete y saqué un montón de papeles plegados. Tal como había supuesto Solarin… era el mismo tipo de papel antiguo del viejo diario de Mireille. Cogí el libro original de mi bolso y los comparé. Se veía el lugar donde se había arrancado el papel. Sonreí a Solarin. Él me rodeó con su brazo mientras yo me reclinaba en el sofá, desplegaba los papeles y empezaba a leer. Era el último capítulo del diario de Mireille…
LA HISTORIA DE LA REINA NEGRA
Los castaños florecían en París cuando aquella primavera de 1799 dejé a Charles Maurice Talleyrand para regresar a Inglaterra. Me dolía irme porque estaba otra vez embarazada. Dentro de mí se iniciaba otra vida… y con ella, la misma semilla orientada hacia un solo objetivo: terminar de una vez por todas con el juego.
Pasarían más de cuatro años antes de que volviera a ver a Maurice. Cuatro años durante los cuales el mundo fue sacudido y alterado por muchos acontecimientos. Napoleón regresaría a Francia para derrocar el Directorio y ser nombrado Primer Cónsul… y después Cónsul Vitalicio. En Rusia, Pablo I sería asesinado por un grupo de sus propios generales… y el favorito de su madre, Platón Zubov. Ahora, el místico y misterioso Alejandro, que había estado junto a mí y la abadesa moribunda en el bosque, tendría acceso a aquella pieza del juego de Montglane conocida como la Reina Negra. El mundo que yo conocía —Inglaterra y Francia, Austria, Prusia y Rusia—, volvería a ir a la guerra. Y Talleyrand, el padre de mis hijos, recibiría por fin la dispensa papal que había solicitado para casarse con Catherine Noël Worlée Grand, la Reina Blanca.
Pero yo tenía el paño, el dibujo del tablero y la certeza de que había diecisiete piezas al alcance de mi mano. No sólo las nueve enterradas en Vermont, cuyo escondite conocía ahora, sino también aquellas ocho: las siete de madame Grand y una que pertenecía a Alejandro. Con este bagaje, fui a Inglaterra, a Cambridge, donde William Blake me había dicho que estaban guardados los papeles de Sir Isaac Newton. El propio Blake, que sentía una fascinación casi mórbida por esas cosas, me consiguió permiso para estudiar esos trabajos.
Boswell había muerto en mayo de 1795… Y Philidor, aquel gran maestro, lo había sobrevivido sólo tres meses. La vieja guardia había muerto: el reacio equipo de la Reina Blanca había sido desmantelado por la muerte. Yo tenía que hacer mi movimiento antes de que tuviera tiempo de reunir otro.
El 4 de octubre de 1799, exactamente seis meses después de mi cumpleaños y poco antes de que Shahin y Charlot volvieran de Egipto con Napoleón, di a luz en Londres a una niña. La bauticé Elisa, por Elissa la Roja, aquella gran mujer que había fundado la ciudad de Cartago, en cuyo honor llevaba también ese nombre la hermana de Napoleón. Pero me acostumbré a llamarla Charlotte, no sólo por su padre Charles Maurice y su hermano Charlot… sino en recuerdo de aquella otra Charlotte que había dado su vida por mí.
Fue entonces, cuando Shahin y Charlot se reunieron conmigo en Londres, cuando empezó el trabajo duro. Trabajábamos por la noche con los antiguos manuscritos de Newton, estudiando sus numerosas notas y experimentos a la luz de las velas. Pero todo parecía inútil. Después de muchos meses, yo había llegado a creer que ni siquiera ese gran científico había descubierto el secreto. Pero entonces se me ocurrió… que tal vez no supiera cuál era el secreto en realidad.
—El ocho —dije una noche en voz alta, sentados en las habitaciones de Cambridge que daban al huerto… el lugar donde el propio Newton había trabajado hacía casi un siglo—. ¿Qué significa en realidad el ocho?
—En Egipto —dijo Shahin— creían que había ocho dioses que precedían a los demás. En China creen en los ocho inmortales. En India piensan que Krishna el Negro, el octavo hijo, también se hizo inmortal. Un instrumento para la salvación del hombre. Y los budistas creen en el sendero de ocho pasos hacia el nirvana. Hay muchos ochos en las mitologías del mundo…
—Pero todos significan lo mismo —intervino Charlot, mi pequeño que no tenía todavía siete años—. Los alquimistas buscaban más que cambiar simplemente un metal en oro. Querían lo mismo que deseaban los egipcios cuando construyeron las pirámides… lo mismo que los babilonios, que sacrificaban niños a sus dioses paganos. Estos alquimistas siempre empiezan con una plegaria a Hermes, quien no sólo era el mensajero que llevaba al Hades las almas de los muertos… sino también el dios de la curación…
—Creo que Shahin te ha llenado demasiado la cabeza —dije—. Lo que buscamos aquí es una formula científica.
—Pero, madre, si es eso, ¿no lo ves? —contestó Charlot—. Por eso invocan al dios Hermes. En la primera fase del experimento, dieciséis pasos, producen un polvo negro-rojizo, un residuo. Lo amasan en una torta que se llama piedra filosofal. En la segunda fase, la usan como catalizador para transmutar metales. En la tercera y última fase, mezclan este polvo con un agua especial… un agua de rocío recogida en cierto momento del año… cuando el sol está entre Tauro y Aries, el Toro y la Cabra. Lo muestran los dibujos de los libros… es el día de tu cumpleaños, cuando el agua que cae de la luna es muy pesada. Entonces empieza la fase final.
—No comprendo —dije, confusa—. ¿Qué es esta agua especial mezclada con polvo de la piedra filosofal?
—La llaman al-Iksir —dijo suavemente Shahin—. Cuando se bebe, trae salud, larga vida y cura todas las heridas…
—Madre —dijo Charlot con gravedad—. Es el secreto de la inmortalidad. El elixir de la vida.
Necesitamos cuatro años para llegar a este momento del juego. Pero si bien sabíamos cuál era el objeto de la fórmula… seguíamos sin saber cómo se hacía.
En agosto de 1803, llegué con Shahin y mis dos hijos al balneario de Bourbon l’Archambault, en la Francia central, ciudad que dio nombre a la dinastía borbónica. La ciudad a la que cada verano, durante un mes, iba a tomar las aguas Maurice Talleyrand.
El balneario estaba rodeado de antiguos robles y sus largos senderos estaban flanqueados de peonías en flor. Aquella primera mañana, permanecí de pie en el sendero con las largas ropas de lino que se usaban para tomar las aguas, y esperé entre las mariposas y las flores… hasta que vi a Maurice avanzando por el camino.
Había cambiado en los cuatro años que llevaba sin verlo. Aunque yo no tenía todavía treinta, él cumpliría pronto los cincuenta. Su hermoso rostro estaba surcado de arrugas finas y los rizos de sus cabellos sin empolvar estaban llenos de hebras grises. Me vio y se detuvo de pronto en el sendero sin dejar de mirarme con aquellos ojos que seguían siendo de aquel azul intenso y chispeante que recordaba haber visto aquella primera mañana en el estudio de David, en compañía de Valentine.
Se acercó a mí como si hubiera esperado encontrarme allí, y me acarició el cabello, mirándome.
—Nunca te perdonaré que me hayas enseñado lo que es el amor —fueron sus primeras palabras— y después me hayas dejado para que me arreglase como pudiese. ¿Por qué nunca has contestado mis cartas? ¿Por qué te desvaneces… y reapareces durante el tiempo suficiente para destrozar otra vez mi corazón, cuando acaba de conformarse? A veces me descubro pensando en ti… y deseando no haberte conocido.
Después, y pese a sus palabras, me cogió y me apretó contra él en un abrazo apasionado. Sus labios iban de mi boca a mi garganta y a mis senos. Como antes, me sentí arrastrada por la fuerza ciega de su amor. Me aparté, luchando contra mi deseo.
—He venido a recordarte tu promesa —le dije con voz débil.
—He hecho todo lo que te prometí… más de lo que te prometí —me dijo amargamente—. Por ti lo he sacrificado todo… mi vida, mi libertad, tal vez mi alma inmortal. A ojos de Dios sigo siendo un sacerdote. Por ti me he casado con una mujer a quien no amo y que nunca podrá darme los hijos que quiero. Mientras que tú, que me has dado dos, jamás me has permitido verlos.
—Ahora están aquí conmigo —le dije, y él me miró incrédulo—, pero primero… ¿dónde están las piezas de la Reina Blanca?
—Las piezas —dijo ásperamente—. No temas, las tengo. Se las he quitado mediante estratagemas a una mujer que me ama más de lo que tú me has amado nunca. Y ahora, para conseguirlas, usas a mis hijos como rehenes. Dios mío, me sorprende quererte pese a todo —e hizo una pausa. No podía esconder su amargura… mezclada con una pasión sombría—. De pronto —susurró—, parece completamente imposible que pueda vivir sin ti.
Su emoción lo hacía temblar. Besaba mi cara, mi cabello; sus labios se apretaban contra los míos mientras permanecíamos de pie en un camino público, donde en cualquier momento podía pasar gente. Como siempre, fui incapaz de resistir a la fuerza de su pasión. Mis labios devolvieron sus besos, mis manos acariciaron su carne en los lugares donde su túnica se había abierto.
—Esta vez no haremos un niño —murmuró—, pero te obligaré a amarme aunque sea lo último que haga.

Cuando Maurice vio por primera vez a nuestros hijos, su expresión era más beatífica que la del más santo de los santos. Habíamos ido a medianoche a la casa de baños, cuya puerta guardaba Shahin.
Charlot tenía ya diez años y su aspecto era el del profeta que había anunciado Shahin, con su mata de cabellos rojos que caían sobre los hombros y los chispeantes ojos azules de su padre, que parecían ver a través del tiempo y el espacio. En cuanto a la pequeña Charlotte, de cuatro años, se parecía a Valentine. Fue ella quien cautivó a Talleyrand. Nos sentamos en medio de las humeantes aguas de los baños de Bourbon l’Archambault.
—Quiero llevarme estos niños conmigo —dijo por fin Talleyrand, acariciando el cabello rubio de Charlotte como si no pudiera soportar la idea de separarse de ella—. La vida que insistes en llevar no es una vida adecuada para un niño. No es necesario que nadie conozca nuestra relación… he comprado la propiedad de Valençay. Puedo darles títulos y tierras. Que sus orígenes queden en el misterio. Sólo si aceptas esto te daré las piezas.
Supe que tenía razón. ¿Qué clase de madre podía ser yo, cuando el rumbo de mi vida ya había sido determinado por poderes que no podía controlar? Por sus ojos, pude ver que Maurice los amaba a ambos incluso con mayor fuerza que la de mi vínculo natural con ellos. Pero había otro problema.
—Charlot debe quedarse —le dije—. Nació bajo los ojos de la diosa… él es quien resolverá el enigma. Fue profetizado.
Charlot se acercó a su padre en medio del vapor de las aguas y puso una mano en su brazo.
—Seréis un gran hombre —le dijo—, un príncipe con muchos poderes. Viviréis mucho, pero no tendréis más hijos que nosotros. Debéis coger a mi hermana Charlotte… casarla dentro de vuestra familia, de modo que sus hijos vuelvan a vincularse con nuestra sangre. Pero yo debo regresar al desierto. Mi destino está allí…
Talleyrand lo miraba estupefacto, pero Charlot no había terminado.
—Debéis cortar vuestro vínculo con Napoleón… porque está condenado a caer. Si lo hacéis, vuestro poder se mantendrá incólume a través de muchos cambios. Y debéis hacer algo más… por el juego. Conseguir la Reina Negra de manos de Alejandro de Rusia. Decidle que vais de mi parte. Con las siete que tenéis ya… serán ocho.
—¿Alejandro? —dijo Talleyrand, mirándome a través del vapor—. ¿El también tiene una pieza? ¿Y por qué iba a dármela?
—Porque a cambio vos le entregaréis a Napoleón —contestó Charlot.

Talleyrand vio a Alejandro en la Conferencia de Erfurt. Fuera cual fuese la naturaleza del pacto que hicieron, todo sucedió según lo predicho por Charlot. Napoleón cayó… regresó… y cayó definitivamente. Finalmente, comprendió que había sido Talleyrand quien lo había traicionado. «Monsieur —le dijo una mañana mientras desayunaban, en presencia de toda la corte—, no sois más que una mierda en una media de seda». Pero Talleyrand ya había conseguido la pieza rusa, la Reina Negra, y con ella me dio también algo de valor, un recorrido del caballo hecho por Benjamin Franklin, el americano, que pretendía representar la fórmula.
Fui a Grenoble con Shahin y Charlot, llevando las ocho piezas, el paño y el dibujo del tablero hecho por la abadesa. Allí, en el sur de Francia, no muy lejos de donde se había iniciado el juego, encontramos al famoso físico Jean-Baptiste Joseph Fourier, a quien Charlot y Shahin habían visto en Egipto. Aunque teníamos muchas piezas, no las teníamos todas. Pasaron treinta años antes de que pudiéramos descifrar la fórmula. Pero al final lo hicimos.
Aquella noche, en la penumbra del laboratorio de Fourier, estábamos los cuatro mirando cómo la piedra filosofal formaba el crisol. Por fin, después de treinta años y muchos intentos fallidos, habíamos ejecutado las dieciséis fases en el orden correcto. Se llamaba el matrimonio del Rey Rojo y la Reina Blanca… el secreto perdido desde hacía miles de años: calcinación, oxidación, congelación, fijación, solución, digestión, destilación, evaporación, sublimación, separación, extracción, ceración, fermentación, putrefacción, propagación… y ahora, proyección. Contemplamos los gases volátiles levantándose de los cristales del vaso, que brillaban como las constelaciones del universo. Al elevarse, los gases formaban colores: azul marino, púrpura, rosado, magenta, rojo, naranja, amarillo, oro… lo llamaban la cola del pavo real, el espectro de las longitudes de onda visible. Y más abajo, las ondas que sólo podían escucharse, no verse.
Cuando se hubo disuelto y desvanecido… vimos el espeso residuo negro-rojizo que cubría la base del cristal. Rascándolo, envolvimos un poco en cera de abeja y lo dejamos caer en el aqua philosophia… el agua pesada.
Ahora quedaba sólo una pregunta por contestar: ¿Quién bebería?

Cuando conseguimos la fórmula era el año 1832. Por nuestros libros sabíamos que esa bebida, si se administraba mal, podía ser letal y no dadora de vida. Había otro problema. Si lo que teníamos era en verdad el elixir, debíamos esconder las piezas de inmediato. Con este objeto, decidí regresar al desierto.
Volví a cruzar el mar por lo que temía que fuera la última vez. En Argel, fui a la Casbah en compañía de Shahin y Charlot. Allí había alguien que, en mi opinión, me resultaba útil. Por último, lo encontré en un harén. Frente a él tenía una gran tela y estaba rodeado por muchas mujeres con velos reclinadas en sillones. Se volvió hacia mí con sus relampagueantes ojos azules y el cabello oscuro desordenado, con el mismo aspecto que tenía David tantos años atrás, cuando Valentine y yo habíamos posado para él en su estudio. Pero más que a David, este joven pintor era la viva imagen de Charles Maurice Talleyrand.
—Me envía vuestro padre —anuncié al joven, que era pocos años menor que Charlot. El pintor me miró extrañado.
—Debéis de ser una médium —dijo sonriendo—. Monsieur Delacroix, mi padre, murió ya hace muchos años —e hizo girar los pinceles, ansioso por continuar su trabajo.
—Hablo de vuestro padre natural —dije, mientras su rostro se ensombrecía—. Me refiero al príncipe Talleyrand.
—Ésos son rumores infundados —dijo con sequedad.
—Yo sé que no —aseguré con calma—. Me llamo Mireille y vengo de Francia con una misión para la cual os necesito. Éste es mi hijo Charlot… vuestro hermanastro. Y Shahin, nuestro guía. Quiero que vengáis conmigo al desierto, donde planeo devolver algo de gran valor y poder a su suelo nativo. Deseo encargaros una pintura que señale el sitio… y que sirva de advertencia para todos aquellos que se acerquen. Que sepan que está protegido por los dioses.
Y le conté mi historia.
Pasaron semanas antes de llegar al Tassili. Por último, en una cueva secreta, encontramos el lugar apropiado para esconder las piezas. Eugène Delacroix escaló la pared mientras Charlot le indicaba dónde debía dibujar el caduceo… y afuera, la forma de labrys de la Reina Blanca, que agregó a la escena de caza existente.
Cuando terminamos nuestro trabajo, Shahin sacó el pomo de aqua philosophia y la pizca de polvo envuelto en cera de abeja, para que se disolviera más lentamente, como estaba prescrito. La disolvimos y miré el pomo que tenía en la mano, mientras Shahin y los dos hijos de Talleyrand me miraban.
Recordé las palabras de Paracelso, aquel gran alquimista que una vez creyó haber descubierto la fórmula: «Seremos como dioses». Me llevé el pomo a los labios… y bebí.

Cuando terminé de leer, temblaba de pies a cabeza. Solarin tenía cogida mi mano y sus nudillos estaban blancos. El elixir de la vida… ¿ésa era la fórmula? ¿Era posible que existiese semejante cosa?
Mis pensamientos se atropellaban. Solarin estaba sirviendo brandy para los dos de un frasco que había sobre una mesa cercana. Era verdad, pensé, que la ingeniería genética había descubierto recientemente la estructura del ADN, esa pieza de construcción de vida que, como el caduceo de Hermes, formaba una doble hélice semejante al ocho. Pero nada en los antiguos escritos sugería que este secreto se hubiera conocido antes. ¿Y cómo algo que transmutaba los metales podía también alterar la vida?
Pensé en las piezas… en dónde habían estado enterradas. Y me sentí más confusa. ¿Acaso no había dicho Minne que ella misma las había puesto allí, en el Tassili, bajo el caduceo, enterradas en la pared de piedra? ¿Cómo podía saber precisamente dónde estaban si las había dejado allí Mireille, más de doscientos años antes?
Entonces recordé la carta, la que Solarin había sacado de Argel y me había dado en casa de Nim: la carta de Minne.
Torpemente, metí la mano en el bolsillo y la saqué, abriéndola mientras Solarin se sentaba en silencio junto a mí, bebiendo su brandy. Sentía que sus ojos no se apartaban de mí.
Saqué la carta del sobre y la miré. Antes incluso de empezar a leer, un escalofrío de horror me recorrió la espalda. ¡La letra de la carta y la del diario era la misma! Aunque estaba escrita en inglés moderno y el diario en francés antiguo, no había forma de imitar aquellos trazos complicados, de un estilo que hacía cientos de años que no se usaba.
Miré a Solarin. Contemplaba la carta con espanto e incredulidad. Nuestros ojos se encontraron… después, lentamente, volvimos a mirar la carta. Con mano temblorosa, la estiré en mi regazo y leímos:
Mi querida Catherine:
Ahora conoces un secreto que poca gente supo nunca. Ni siquiera Alexander ni Ladislaus supusieron jamás que no soy su abuela… porque han pasado doce generaciones desde que di a luz a su antepasado: Charlot. El padre de Kamel, que se casó conmigo sólo un año antes de su muerte, descendía en realidad de mi viejo amigo Shahin, cuyos huesos yacen en el polvo desde hace más de ciento cincuenta años.
Naturalmente, puedes creer, si lo deseas, que no soy más que una vieja loca. Cree lo que quieras… ahora tú eres la Reina Negra. Posees las partes de un secreto poderoso y peligroso, en cantidad suficiente como para resolver el acertijo como hice yo hace tantos años. ¿Pero lo harás? Ésa es la elección que debes hacer, y debes hacerla sola.
Si quieres mi consejo, te sugiero que destruyas estas piezas… que las fundas para que nunca más sean origen de tanta desdicha y sufrimiento como los que he experimentado en mi vida. La historia ha demostrado que lo que puede ser un gran vínculo para la humanidad, puede ser también una espantosa maldición. Adelante y haz lo que desees. Te acompañan mis bendiciones.
Tuya en Nuestro Señor,
Mireille.
Me quedé allí sentada, con los ojos cerrados y mi mano entre la de Solarin. Cuando los abrí, vi a Mordecai, que abrazaba protectoramente a Lily. Detrás de él estaban Nim y Harry, a quienes no había oído llegar. Todos se acercaron y se sentaron en torno a la mesa donde estábamos Solarin y yo. En el centro de la mesa estaban las piezas.
—¿Qué piensas de esto? —le preguntó con calma Mordecai.
Harry se inclinó y me dio una palmada en la mano mientras yo seguía allí, temblando.
—¿Y qué si fuese verdad? —dijo Harry.
—Entonces sería lo más peligroso que se pueda imaginar —dije, sin dejar de temblar. Aunque no quería admitirlo… lo creía—. Creo que tiene razón. Deberíamos destruir estas piezas.
—Pero ahora tú eres la Reina Negra —dijo Lily—. No tienes por qué escucharla.
—Slava y yo hemos estudiado física —agregó Solarin—. Tenemos tres veces más piezas de las que tenía Mireille cuando descifró la fórmula. Aunque no tenemos la información contenida en el tablero… estoy seguro de que podríamos resolverlo. Yo podría conseguir el tablero…
—Además —intervino Nim con una sonrisa, apretándose el lado herido—, a mí mismo me vendría bien un poco de ese líquido… para curar todas mis heridas.
Me pregunté cómo se sentiría uno si supiera que tenía la posibilidad de vivir doscientos años o más. Si supiera que, cualquier cosa que le sucediese, salvo caerse de un avión, sus heridas curarían… y sus enfermedades desaparecerían.
¿Pero quería pasar treinta años de mi vida tratando de encontrar esa fórmula? Aunque tal vez no necesitáramos tanto tiempo, la experiencia de Minne me había enseñado que pronto se transformaba en una obsesión… algo que había arruinado no sólo su vida, sino la de todos los que había conocido o tocado. ¿Deseaba una larga vida a cambio de una existencia feliz? Según su propia declaración, Minne había vivido doscientos años de terror y peligro… incluso después de encontrar la fórmula. No era extraño que quisiera dejar el juego.
Ahora, la decisión era mía. Miré las piezas. Sería bastante fácil de hacer. Minne no había elegido a Mordecai sólo porque fuese un maestro de ajedrez… sino porque era también joyero. Sin duda, tenía aquí mismo todo el equipo necesario para analizar aquellas piezas, descubrir de qué estaban hechas y convertidas en joyas dignas de una reina. Pero mientras las miraba comprendí que jamás podría decidirme a hacerla. Resplandecían con una luz interna propia. Había un vínculo entre nosotros —el juego y yo— que, al parecer, no podía cortar.
Miré las caras expectantes que me contemplaban en silencio.
—Voy a enterrarlas —dije despacio—. Lily, tú me ayudarás… formamos un buen equipo. Las llevaremos a alguna parte… al desierto o las montañas… y Solarin regresará para conseguir el tablero. Esta partida tiene que terminar. Pondremos el juego de Montglane en un lugar donde nadie vuelva a encontrado durante mil años.
—Pero finalmente volverán a encontrarlo —dijo en voz baja Solarin. Me volví a mirarlo y algo muy profundo pasó entre nosotros. El sabía lo que debía suceder… y yo sabía que tal vez no volveríamos a vernos durante mucho tiempo si llevábamos a cabo lo que había decidido.
—Tal vez dentro de mil años —dije— haya en este planeta gente mejor… que sabrá cómo usar en bien de todos una herramienta como ésta… en lugar de usarla como un arma para lograr poder. Quizá para entonces los científicos ya hayan redescubierto la fórmula. Si la información que hay en este juego ya no fuera secreta, sino de dominio público… el valor de estas piezas no bastaría para comprar un billete de metro.
—¿Entonces por qué no resolver la fórmula ahora? —preguntó Nim—. ¿Hacerla del dominio público?
Había dado en el clavo… en el núcleo de la cuestionó El problema era: ¿cuánta gente conocía yo a quien quisiese dar la vida eterna? No sólo gente mala como Blanche y El-Marad… sino hombres comunes como aquéllos con quienes había trabajado: Jock Uphan y Jean-Philipe Pétard. ¿Quería que gente como ésa viviera para siempre? ¿Quería ser yo quien decidiera si lo conseguirían o no?
Ahora comprendía lo que había querido decir Paracelso cuando afirmó: «Seremos como dioses». Eran decisiones que siempre habían estado en otras manos que las de hombres mortales… controladas por los dioses, los espíritus totémicos o la selección natural, según las creencias individuales. Si nosotros teníamos el poder de dar o retirar algo de esa naturaleza, estaríamos jugando con fuego. Y por responsables que nos sintiéramos de su uso o control —a menos que lo mantuviéramos para siempre en secreto, como habían hecho los antiguos sacerdotes—, estaríamos en la misma posición de los científicos que inventaron el primer ingenio nuclear.
—No —dije a Nim. Me puse de pie y miré las piezas que resplandecían sobre la mesa; las piezas por las cuales había arriesgado mi vida tan a menudo y con tanta despreocupación. Mientras estaba allí, me pregunté si de verdad podría hacerlo: enterrarlas y nunca, nunca, sentir la tentación de ir a buscarlas y desenterrarlas. Harry estaba sonriéndome y, como si hubiera leído mis pensamientos, se acerco a mí.
—Si alguien puede hacerlo… eres tú —dijo, envolviéndome en un gran abrazo de oso—. Creo que Minne te eligió sobre todo por eso. Verás, querida, pensó que tu tenías la fortaleza que ella nunca tuvo… la necesaria para resistir la tentación del poder que llega a través del conocimiento…
—Dios mío, haces que parezca Savonarola quemando libros —le dije—. Lo único que hago es apartarlas por un tiempo para que no puedan hacer daño.
Mordecai había entrado en la habitación con una enorme fuente de delicatessen que olía a las mil maravillas. Dejó salir de la cocina a Carioca, que, por el aspecto de la fuente, había estado ayudando en la preparación de la comida.
Estábamos todos en pie, estirándonos, moviéndonos; nuestras voces resonaban con el júbilo que viene de la súbita liberación de una tensión insoportable. Yo estaba cerca de Solarin y Nim, comiendo algo, cuando Nim se estiró y volvió a pasar su brazo por mis hombros. Esta vez, a Solarin no pareció importarle.
—Sascha y yo acabamos de tener una conversación —me dijo Nim—. Tal vez tú no estés enamorada de mi hermano… pero él está enamorado de ti. Ten cuidado con las pasiones rusas… pueden ser devoradoras. —Sonrió a Solarin con una mirada de verdadero amor.
—Soy muy difícil de devorar —contesté—. Además, yo siento lo mismo por él.
Solarin me miró sorprendido… no sé por qué. Aunque el brazo de Nim seguía rodeando mis hombros me cogió y me dio un gran beso en la boca.
—No lo tendré alejado mucho tiempo —me dijo Nim acariciándome el pelo—. Voy a Rusia con él… a buscar el tablero. Perder a tu único hermano una vez en la vida ya es bastante. Esta vez, si vamos, vamos juntos.