El ocho
Fianchetto
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Me acerqué un poco más a la cama y, pendiente de cada palabra, lo acicateé amablemente para no provocarle otro ataque de tos. Yo había oído hablar del ajedrez de Montglane y creía que llevaba siglos perdido.
Según la información de que disponía, su valor superaba todo lo imaginable…
—Tenía entendido que sólo es una leyenda —dije.
—Richelieu no opinaba lo mismo —aseguró el viejo filósofo—. Sus diarios abarcan mil doscientas páginas de investigación sobre sus orígenes y significado. Viajó a Aquisgrán, o Aix-la-Chapelle, e incluso investigó Montglane, pues creía que allí estaba enterrado, pero no tuvo éxito. Veréis, nuestro cardenal opinaba que dicho ajedrez alberga la clave de un misterio, un misterio más antiguo que el ajedrez, quizá tan viejo como la civilización misma. Un misterio que explica el desarrollo y la decadencia de las civilizaciones.
—¿Y de qué misterio se trata? —pregunté, haciendo vanos esfuerzos por disimular mi agitación.
—Os diré lo que pensaba el cardenal —dijo Voltaire—. Debo reconocer que murió antes de resolver el acertijo. Interpretadlo como queráis, pero no me importunéis más con este asunto. El cardenal Richelieu estaba convencido de que el ajedrez de Montglane oculta una fórmula en sus piezas. Una fórmula capaz de revelar el secreto del poder universal…

Talleyrand calló y, bajo la débil luz, miró a Valentine y a Mireille, abrazadas bajo los edredones. Fingían estar dormidas y sus hermosas cabelleras se abrían en abanico sobre las almohadas, entrelazados los mechones largos y sedosos. El obispo se puso en pie, las tapó y les acarició tiernamente los cabellos.
—Tío Maurice —dijo Mireille y abrió los ojos—, no ha concluido el relato. ¿Cuál es la fórmula que el cardenal Richelieu buscó durante toda su vida? ¿Qué creía que ocultaban las piezas del ajedrez?
—Queridas mías, es algo que tendremos que averiguar juntos. —Talleyrand sonrió al ver que Valentine también había abierto los ojos. Las dos temblaban bajo los abrigados edredones—. Os diré una cosa: nunca vi el manuscrito. Voltaire murió poco después. Alguien que conocía perfectamente el valor de los diarios del cardenal Richelieu compró la biblioteca completa. Me refiero a una persona que comprendía y codiciaba el poder universal. Hablo de alguien que intentó sobornarnos a mí y a Mirabeau, que defendió el proyecto de ley de confiscación, en su esfuerzo por averiguar si el ajedrez de Montglane podía ser requisado por particulares de elevada posición política y bajo valor ético…
—Tío Maurice, ¿usted rechazó el soborno? —preguntó Valentine, que se había sentado con toda la ropa de cama revuelta.
—Mi precio era excesivo para nuestro mecenas… ¿o debería decir nuestra mecenas? —Talleyrand rió—. Además, quería ese ajedrez para mí y sigo deseándolo. —Miró a Valentine bajo la tenue luz de las velas y esbozo una ligera sonrisa—. Vuestra abadesa ha cometido un lamentable error, porque he deducido los pasos que ha dado: sacó el ajedrez de la abadía. Vamos, queridas, no me miréis de ese modo. ¿No es una coincidencia que vuestra abadesa haya cruzado un continente para llegar a Rusia, tal como me contó vuestro tío? Os diré más: la persona que compró la biblioteca de Voltaire, la que intentó sobornarnos a Mirabeau y a mí, la misma que durante los últimos cuarenta años ha intentado apoderarse del ajedrez es ni más ni menos que Catalina la Grande, emperatriz de todas las Rusias.