El ocho
Una partida de ajedrez
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UNA PARTIDA DE AJEDREZ
Jugaremos una partida de ajedrez, apretando los ojos sin parpados y aguardando la llamada a la puerta.
T. S. ELIOT
París, marzo de 1973
Llamaron a la puerta. Estaba de pie en el centro mismo de mi apartamento, con una mano apoyada en la cadera. Habían transcurrido tres meses desde Nochevieja. Ya casi ni me acordaba de la velada con aquella pitonisa, ni de los extraños acontecimientos que la rodearon.
Alguien llamaba enérgicamente a la puerta. Puse otra gota de azul de Prusia en el gran lienzo que tenía ante mí y metí el pincel en el bote de aceite de linaza. Aunque todo estaba abierto para airear el ambiente, tuve la sensación de que mi cliente, Con Edison, quemaba ordure (basura, en francés) debajo mismo de las ventanas de mi piso. Los alféizares estaban negros por el hollín.
No estaba de humor para recibir visitas mientras recorría la larga entrada. Me pregunté por qué no me habían avisado desde la portería como deberían haber hecho, para anunciar la llegada de quien ahora aporreaba la puerta. Había pasado una semana muy movida. Había intentado concluir mi trabajo con Con Edison y dedicado horas a luchar tanto con los administradores del edificio donde vivía como con diversas empresas de guardamuebles. Estaba organizando mi inminente partida a Argelia.
Acababan de concederme el visado. Había telefoneado a todos mis amigos. En cuanto dejara Estados Unidos, no volvería a verlos en un año. En particular, había un amigo con el que había intentado ponerme en contacto a pesar de que era tan misterioso e inaccesible como la Esfinge. ¡Qué poco imaginaba lo desesperadamente que necesitaría su ayuda cuando ocurrieran los hechos que tendrían lugar más adelante!
Mientras bajaba por el pasillo, me miré en uno de los espejos que cubrían las paredes. Mi desgreñada cabellera estaba salpicada de bermellón y tenía una mancha de rojo carmesí en la nariz. La quité con el dorso de la mano y me limpié las palmas en los pantalones de lona y la camisa suelta que llevaba. A continuación abrí la puerta.
Vi a Boswell, el portero, con un puño colérico en alto y ataviado con un uniforme azul marino de ridículas charreteras que, sin duda, había elegido personalmente.
—Señora, le ruego que me disculpe pero, una vez más cierto Corniche azul claro vuelve a bloquear la entrada —bufó—. Como sabe, pedimos a las visitas que mantengan libre la entrada del edificio para que los repartidores puedan aparcar.
—¿Por qué no me ha avisado por el intercomunicador? —lo interrumpí exasperada, aunque sabía perfectamente de quién era el coche del que hablaba.
—Señora, el intercomunicador lleva una semana sin funcionar…
—Boswell, ¿por qué no lo ha hecho reparar?
—Señora, soy el portero, y el portero no se encarga de las reparaciones. Es tarea del administrador. El portero hace pasar a las visitas y se ocupa de que la entrada…
—Está bien, está bien. Dígale que suba.
En Nueva York sólo conocía una persona que tuviera un Corniche azul claro: Lily Rad. Como era domingo, estaba convencida de que conduciría Saul. Él se ocuparía de cambiar de lugar el coche mientras ella subía a molestarme. El problema consistía en que Boswell seguía mirándome torvamente.
—Señora, queda por resolver el problema del animalito. Su invitada insiste en entrarlo en el edificio a pesar de que le he repetido hasta la saciedad que… —Era demasiado tarde.
En aquel instante, un hato de pelo franqueó como una bala el recodo del pasillo de los ascensores. Vino derecho hacia mi apartamento, bufó entre Boswell y yo y se perdió en la entrada. Tenía el tamaño de un plumero y soltaba chillidos agudos mientras volaba a la altura del suelo. Boswell me miró con profundo desdén, pero no abrió la boca.
—Calma, Boswell —dije y me encogí de hombros—. Digamos que nadie lo ha visto, ¿de acuerdo? Le aseguro que no creará problemas y que lo echaré en cuanto lo encuentre.
En aquel preciso instante Lily apareció en el recodo. Estaba envuelta en una capa de marta cebellina de la que colgaban colas largas y ahuecadas. Sus cabellos rubios estaban recogidos en tres o cuatro coletas que salían disparadas en todas direcciones, por lo que no se veía dónde terminaba su cabellera y dónde empezaba la capa. Boswell suspiró y cerró los ojos.
Lily ignoró olímpicamente a Boswell, me dio un fugaz beso en la mejilla y pasó entre los dos para entrar en mi apartamento. Para una persona de la osamenta de Lily no era fácil pasar entre otras, pero hay que reconocer que llevaba su peso con estilo. Al entrar, comentó con su voz gutural de canción sentimental:
—Dile al portero que no se ponga nervioso. Saul dará vueltas a la manzana hasta que salgamos.
Vi alejarse a Boswell, solté un quejido contenido y cerré la puerta. Entré con pesar en el apartamento, dispuesta a hacer frente a otra tarde de domingo arruinada por la persona de Nueva York que menos me gustaba: Lily Rad. Juré que esta vez me la sacaría de encima a todo gas.
Mi piso se componía de una amplia estancia de techo altísimo y un baño situado al final del largo vestíbulo. En la amplia estancia había tres grupos de puertas que albergaban un armario, una despensa y una cómoda cama abatible. La estancia era un laberinto de árboles gigantes y plantas exóticas que formaban senderos selváticos. Por todas partes había pilas de libros, montones de cojines de tafilete y objetos eclécticos procedentes de tiendas de chatarra de la Tercera Avenida. Tenía lámparas indias de pergamino pintado a mano, jarras mexicanas de mayólica, aves de cerámica francesa esmaltada y fragmentos de cristal de Praga. Las paredes estaban cubiertas de óleos a medio hacer, aún húmedos; viejas fotos en marcos tallados y espejos antiguos. Del techo colgaban campanillas, móviles y peces de papel satinado. El único mueble era un piano de cola, de ébano, situado cerca de las ventanas.
Lily deambulaba por el laberinto como una pantera liberada y apartaba cosas al tiempo que buscaba a su perro. Arrojó al suelo su capa de colas de marta. Me sorprendí al ver que iba casi desnuda. Lily tenía la figura de una escultura de Maillol, con delgados tobillos y pantorrillas curvilíneas que se ensanchaban al ascender para llegar a una ondulante superabundancia de carne fofa. Había encajado esa masa en un escueto vestido de seda morada que acababa donde empezaban sus muslos. Cada vez que se movía, recordaba un flan de gelatina, tembloroso y transparente. Lily levantó un almohadón y descubrió a la sedosa y pequeña bola de pelusa que la acompañaba a todas partes. Lo cogió en brazos y lo arrulló con su voz sensual.
—Aquí está mi querido Carioca —ronroneó—. Quería ocultarse de su mami. Es un perrín malísimo.
Se me encogió el estómago.
—¿Quieres un vaso de vino? —propuse mientras Lily depositaba a Carioca en el suelo.
El perro echó a correr y ladró como un auténtico cabrón. Fui a la despensa y saqué el vino de la nevera.
—Supongo que tienes el horroroso Chardonnay que regala Llewellyn —dijo Lily—. Lleva años intentando quitárselo de encima.
Aceptó el vaso que le ofrecí y bebió un trago. Deambuló en medio de la fronda y se detuvo ante el cuadro en el que yo había estado trabajando cuando su visita dio al traste con esa tarde de domingo.
—Oye, ¿conoces a este tío? —preguntó a bote pronto, refiriéndose al hombre del cuadro, un individuo montado en bicicleta y vestido de blanco, que se desplazaba encima de un esqueleto—. ¿Lo pintaste siguiendo el modelo del chico de abajo?
—¿Qué chico de abajo? —pregunté, me senté en el taburete del piano y miré a Lily.
Lily llevaba los labios y las uñas pintados de rojo. En contraste con su pálida piel, creaba el aura de la puta-diosa blanca que había arrastrado hasta la vida en la muerte al caballero verde o al antiguo marinero. Luego pensé que lo hacía adrede. Caissa, la musa del ajedrez, era tan implacable como la musa de la poesía. Las musas tenían por costumbre aniquilar a los que inspiraban.
—El hombre de la bici —decía Lily—. Iba vestido de esa manera… Con capucha y tapado de la cabeza a los pies. Reconozco que sólo lo vi de espaldas. Estuvimos a punto de atropellarlo y tuvimos que subirnos a la acera.
—¿Hablas en serio? —pregunté sorprendida—. Es cosecha de mi imaginación.
—Es aterrador, como un hombre que se encamina a su propia muerte —añadió Lily—. Además, había algo siniestro en la forma en que aquel hombre acechaba alrededor de este edificio…
—¿Qué has dicho?
Algo había hecho sonar una campana en mi subconsciente. Contempla la pálida cabalgadura y el nombre de quien la monta es Muerte. ¿Dónde había oído aquello?
Carioca ya no ladraba y ahora soltaba sospechosos gruñidos. Rascaba con las patas las virutas de pino de una de las orquídeas y las desparramaba por el suelo. Me acerqué, lo cogí en brazos, lo metí en el armario y cerré la puerta.
—¿Cómo te atreves a encerrar a mi perro en el armario? —preguntó Lily.
—En este edificio sólo admiten la entrada de perros si están encerrados en una caja —expliqué—. Y no tengo ninguna. Dime ¿qué te trae por aquí? Hace meses que no nos vemos.
Gracias a Dios, pensé.
—Harry quiere dar una fiesta de despedida en tu honor —replicó, se sentó en el taburete y apuró el resto del vino—. Quiere que tú decidas la fecha. Preparará personalmente la cena.
Las benditas patas de Carioca arañaban el interior de la puerta del armario, pero no me di por aludida.
—Me encantaría cenar con vosotros —respondí—. ¿Por qué no el miércoles? Probablemente me iré el próximo fin de semana.
—Muy bien —concluyó Lily.
Del armario llegaban golpes secos a medida que Carioca lanzaba su minúsculo cuerpo contra la puerta. Lily se movió inquieta.
—Por favor, ¿puedo sacar a mi perro del armario?
—¿Ya te vas? —pregunté ilusionada.
Saqué la serie de pinceles del bote de linaza y me dirigí al fregadero para aclararlos, como si Lily ya se hubiera ido. Permaneció callada unos segundos y finalmente preguntó:
—¿Tienes plan para esta tarde?
—Al parecer, mis planes hoy se han ido a pique —respondí desde la despensa mientras vertía detergente en agua caliente para que formara pompas espumosas.
—¿Alguna vez has visto jugar a Solarin? —preguntó, sonrió débilmente y me miró con sus enormes ojos grises.
Metí los pinceles en agua y le devolví la mirada. Sus palabras se parecían sospechosamente a una invitación para asistir a una partida de ajedrez. Lily se jactaba de no asistir jamás a menos que fuera uno de los contendientes.
—¿Quién es Solarin? —quise saber.
Lily me miró realmente sorprendida, como si acabara de preguntar quién era la reina de Inglaterra.
—Había olvidado que no lees la prensa —replicó—. No se habla de otra cosa. ¡Es el acontecimiento político de esta década! Se le considera el mejor ajedrecista desde los tiempos de Capablanca, un «natural». Lo que ocurre es que por primera vez en tres años le han permitido salir de la Unión Soviética…
—Creía que Bobby Fisher estaba considerado el mejor jugador del mundo —comenté mientras frotaba los pinceles con agua caliente—. ¿Tiene algo que ver con el cacao de Reykjavik del verano pasado?
—Por lo menos has oído hablar de Islandia —dijo Lily, se levantó, se acercó y se apoyó en la puerta de la despensa—. Ocurre que desde entonces Fisher no ha vuelto a jugar. Corren rumores de que no defenderá el título, de que no volverá a jugar en público. Los rusos están intrigados. El ajedrez es el deporte nacional de la Unión Soviética y los rusos se agarran de los pelos con tal de conquistar los mejores puestos. Y si Fisher no sale al ruedo, simplemente no habrá contendientes al título fuera de Rusia.
—De manera que el ruso que esté mejor situado tiene una clara oportunidad de alzarse con el título —deduje—. Y supones que ese individuo…
—Solarin.
—¿Crees que será campeón?
—Puede que si, puede que no —respondió Lily y se entusiasmó con su tema preferido—. Eso es lo sorprendente. Todos lo consideran el mejor, pero no cuenta con el respaldo del Politburó, que es imperativo para todo jugador ruso. ¡A decir verdad, en los últimos años los rusos no le han permitido jugar!
—¿Por qué? —Acomodé los pinceles en el escurreplatos y me sequé las manos con un trapo de cocina—. Si ganar les interesa tanto como para convertirlo en una cuestión de vida o muerte…
—Evidentemente Solarin no se ajusta al molde soviético —me interrumpió Lily al tiempo que sacaba el vino de la nevera y se servía otro vaso—. Hubo algunos problemas en un torneo que se celebró hace tres años en España. Se llevaron a Solarin en la quietud de la noche, reclamado por la madre Rusia. Primero dijeron que estaba enfermo y luego que había sufrido una crisis nerviosa. Todo tipo de rumores y a continuación el silencio más absoluto. Desde entonces no se ha sabido nada de él… hasta esta semana.
—¿Qué ha pasado esta semana?
—Esta semana, como por arte de birlibirloque, Solarin se presenta en Nueva York empotrado en un núcleo de funcionarios del KGB. Aparece en el Manhattan Chess Club y declara que quiere participar en el Torneo Hermanold. Su actitud es disparatada en varios sentidos. A este tipo de torneos sólo puedes asistir y participar por invitación expresa. Nadie invitó a Solarin. Además, se trata de un torneo por invitación de la Zona Cinco, que corresponde a Estados Unidos. La Zona Cuatro corresponde a la Unión Soviética. Te imaginarás la consternación que sintieron al ver de quién se trataba.
—¿Y no podían decirle que no?
—¡Y un cuerno! —exclamó Lily—. John Hermanold, el patrocinador del torneo, hizo sus pinitos como productor teatral. Desde la conmoción Fisher en Islandia, el mercado ajedrecístico ha ido en aumento. Ahora hay dinero en juego. Hermanold sería capaz de dar la vida con tal de incluir un nombre como el de Solarin.
—No entiendo cómo se las ingenió Solarin para salir de Rusia y participar en este torneo si los soviéticos no quieren que juegue.
—Querida, ése es el quid de la cuestión —replicó Lily—. Además, el guardaespaldas del KGB da a entender que ha venido con la aceptación de su gobierno. ¿Qué te parece? Ah, es un misterio fascinante. Por eso pensé que hoy te gustaría asistir… —Lily calló.
—¿Ir adónde? —pregunté cordialmente, aunque sabía adónde quería llegar Lily.
Me divirtió ver que se ponía violenta. Lily había aireado a los cuatro vientos su más absoluta indiferencia sobre las competiciones. Según se comentaba, había dicho: «No juego con el individuo, sino con el tablero». —Esta tarde juega Solarin —afirmó insegura—. Es su primera intervención pública después del escándalo en España. No queda una sola entrada y los precios de reventa están por las nubes. La partida comienza dentro de una hora y sospecho que podríamos colarnos…
—Bueno, te lo agradezco, pero paso —la interrumpí—. Ver una partida de ajedrez me resulta muy aburrido. ¿Por qué no vas sola?
Lily sujetó el vaso de vino y se sentó rígidamente en el taburete del piano. Dijo con tono tenso pero bajo:
—Sabes que no puedo.

Tuve la certeza de que era la primera vez que Lily tenía que pedir un favor. Si yo la acompañaba, ella podía simular que sólo le hacía un favor a una amiga. Si se presentaba sola y compraba una entrada, las columnas especializadas se frotarían las manos. Solarin podía ser un notición, pero en los círculos ajedrecísticos de Nueva York la presencia de Lily Rad en una partida se convertía en una noticia aún más significativa. Era una de las jugadoras mejor situadas de Estados Unidos y, sin duda, la más extravagante.
—La semana que viene me toca jugar con el ganador de la partida de hoy —confesó con los labios fruncidos.
—Ah, ya comprendo —repliqué—. Cabe la posibilidad de que gane Solarin. Como nunca te has enfrentado con él y como es indudable que jamás has leído una línea sobre su estilo de juego…
Me acerqué al armario y abrí la puerta. Carioca se asomó furtivamente. Se lanzó sobre mi pie y luchó con un hilo suelto de mi alpargata. Lo miré, lo alcé con los dedos del pie y lo dejé caer sobre una pila de cojines. Se retorció de entusiasmo y destrozó unas cuantas plumas con sus dientes afilados.
—No entiendo por qué te quiere tanto —comentó Lily.
—Simplemente sabe quién manda —repliqué.
Lily guardó silencio.
Carioca revolvió los cojines con gran entusiasmo. Aunque yo sabía muy poco de ajedrez, me di cuenta de que ocupaba el centro del tablero, pero decidí que la siguiente jugada no me correspondía.
—Tienes que acompañarme —pidió finalmente Lily.
—Me parece que lo has planteado mal —opiné.
Lily se puso en pie y se acercó a mí. Me miró a los ojos y dijo:
—No te imaginas lo que este torneo representa para mí. Hermanold ha convencido a los miembros de la comisión ajedrecística para que el torneo sea puntuable, invitando a todos los GM y a los MI de la Zona Cinco. Si me hubiera clasificado bien y sumado puntos, podría haber participado en las grandes ligas, tal vez habría ganado, pero tuvo que aparecer Solarin.
Yo sabía perfectamente que las complejidades de la preselección de los ajedrecistas eran un misterio. Aún lo era más la concesión de títulos como los de gran maestro (GM) y maestro internacional (MI). Cabía suponer que en un juego tan matemático como el ajedrez, las pautas de supremacía eran algo más claras, pero lo cierto es que funcionaban como un club de viejos compinches. Aunque comprendía la exasperación de Lily, había algo que seguía desconcertándome.
—¿Qué importancia tiene que quedes segunda? —pregunté—. Sigues siendo una de las mujeres mejor clasificadas de Estados Unidos…
—¡Las mujeres mejor clasificadas! ¿Las mujeres? —preguntó Lily.
Parecía a punto de escupir en el suelo. Recordé que Lily daba mucha importancia al hecho de no enfrentarse jamás con mujeres. El ajedrez era un juego masculino y, para ganar, tenías que derrotar a los hombres. Lily tuvo que esperar más de un año el título de MI que, en su opinión, ya había conquistado. Me di cuenta de que ese torneo era importante porque, si superaba a jugadores que tenían una categoría superior a la suya, ya no podrían escatimarle el título.
—No entiendes nada —me espetó Lily—. Es un torneo eliminatorio. Estoy emparejada con Solarin en la segunda partida, si es que los dos ganamos la primera, cosa que ocurrirá. Si juego con él y pierdo, quedo retirada del torneo.
—¿No te crees capaz de derrotarlo? —pregunté. Aunque Solarin tenía mucha prensa, me sorprendía que Lily reconociera la posibilidad de la derrota.
—No estoy segura —replicó sinceramente—. Mi entrenador opina que no podré ganarle. Considera que Solarin me dará un paseo por el tablero. Podría darme un buen revolcón. No te imaginas qué se siente al perder una partida. Odio perder, lo odio de todo corazón. —Lily apretaba los dientes y tenía los puños cerrados.
—Al principio, ¿no tienen que emparejarte con jugadores de tu misma talla? —inquirí porque creía haber leído algo al respecto.
—En Estados Unidos sólo hay unas pocas decenas de jugadores que superan los dos mil cuatrocientos puntos —respondió Lily sombríamente—. Pero no todos participan en este torneo. La última puntuación de Solarin supera los dos mil quinientos puntos, y en este torneo sólo hay cinco personas entre su categoría y la mía. Si me enfrento tan pronto con él, no podré prepararme con otras partidas.
Ahora comprendía todo. El productor teatral que organizaba el torneo había invitado a Lily por su valor promocional. Estaba ávido de vender entradas, y Lily era la Josephine Baker del ajedrez. Lo tenía todo salvo el ocelote y los plátanos. Pero ahora que contaba con una atracción mayor bajo la forma de Solarin, podía sacrificar a Lily en tanto bien prescindible. La emparejaría con Solarin en las primeras partidas y la borraría del torneo. Para él no tenía ninguna importancia que la competición fuera para Lily el medio para conquistar el título. Súbitamente pensé que el mundo del ajedrez no se diferenciaba mucho del de los interventores públicos autorizados.
—Vale, te has explicado —afirmé y eché a andar por el pasillo.
—¿Adónde vas? —preguntó Lily alzando la voz.
—Quiero darme una ducha —grité por encima del hombro.
—¿Una ducha? —parecía histérica—. ¿Para qué coño quieres ducharte?
—Necesito ducharme y cambiarme para asistir dentro de una hora a esa partida de ajedrez —respondí, me detuve junto a la puerta del baño y me volví para mirarla.
Lily me contempló en silencio. Tuvo el buen gusto de sonreír.

Me sentía ridícula a bordo de un descapotable a mediados de marzo, mientras se acumulaban las nubes de nieve y la temperatura se mantenía bajo cero. Lily se había envuelto en su capa de marta cebellina. Carioca arrancaba graciosamente las colas de piel y las esparcía por el suelo del coche. Yo sólo llevaba un abrigo de lana negra y me estaba congelando.
—¿Este coche no tiene capota? —pregunté a contraviento.
—¿Por qué no dejas que Harry te haga un abrigo de piel? Al fin y al cabo, es su oficio y te adora.
—En este momento no me servirá de nada —respondí—. Explícame por qué esta partida se celebra en sesión cerrada en el Metropolitan Club. Cabe pensar que el patrocinador está interesado en sacarle la máxima publicidad a la primera partida que después de varios años Solarin juega en territorio occidental.
—Sin duda sabes mucho de patrocinadores —coincidió Lily—. Sin embargo, hoy Solarin se enfrenta con Fiske. Podría ser contraproducente celebrar un encuentro público en lugar de una tranquila partida privada. Fiske está bastante chiflado.
—¿Y quién es Fiske?
—Antony Fiske, un jugador extraordinario —repuso Lily y se arrebujó las pieles—. Es GM británico, pero está inscrito en la Zona Cinco porque vivía en Boston cuando se dedicaba activamente al ajedrez.
Me sorprende que haya aceptado porque lleva años sin jugar. En el último torneo en que participó, hizo echar al público. Creía. que en la sala había micrófonos ocultos y en el aire vibraciones misteriosas que interferían sus ondas cerebrales. Todos los ajedrecistas están al borde de la locura. Se cuenta que Paul Morphy, el primer campeón estadounidense, murió sentado, totalmente vestido, en una bañera repleta de zapatos de mujer. Aunque la locura es uno de los riesgos principales del ajedrez, yo no acabaré en el manicomio. Sólo le pasa a los hombres.
—¿Por qué?
—Querida, porque el ajedrez es un juego edípico. Lisa y llanamente, consiste en matar al rey y follarse a la dama. A los psicólogos les encanta seguir a los jugadores de ajedrez para comprobar si se lavan las manos con demasiada frecuencia, olisquean zapatillas viejas o se masturban entre una sesión y la siguiente. Y después escriben artículos en la revista de la Asociación Médica Norteamericana.
El Rolls Corniche azul claro se detuvo frente al Metropolitan Club de la 60th Street, a la vuelta de la Quinta Avenida. Saul nos abrió la puerta. Lily le entregó a Carioca y se adelantó por la rampa con dosel que bordeaba el patio adoquinado y conducía a la entrada. Saul, que durante el trayecto no había abierto la boca, me guiñó un ojo. Me encogí de hombros y seguí a Lily.
El Metropolitan Club es una vetusta reliquia del viejo Nueva York. Club residencial privado para hombres, en su interior nada parecía haber cambiado desde hacía un siglo. La desteñida moqueta roja del vestíbulo necesitaba una limpieza, y pulimento la madera oscura y biselada de la recepción. Sin embargo, el salón principal compensaba con su encanto el brillo del que carecía la entrada.
El vestíbulo daba a una enorme sala con techos a nueve metros de altura, tallados en paladio e incrustados con pan de oro. De un largo cordón, del centro mismo, pendía una única araña. Dos lados estaban ocupados por hileras de balcones cuyas barandillas ornadamente esculpidas daban al centro, como en los patios venecianos. La tercera pared estaba forrada hasta el techo con espejos dorados que reflejaban los balcones. El cuarto lado quedaba separado del vestíbulo por altos tabiques de tablillas de terciopelo rojo. Dispersas por el suelo de mármol, a cuadros blancos y negros como las casillas de un tablero de ajedrez, había decenas de mesillas rodeadas de sillas de piel. En la esquina más distante reposaba un piano de ébano, junto a un biombo lacado.
Mientras yo observaba la decoración, Lily me llamaba desde el balcón del primer piso. Su capa de piel colgaba de la barandilla. Me señaló la gran escalera de mármol que, desde el vestíbulo, ascendía en curva hasta el balcón del primer piso.
Cuando subí, Lily me guió hasta la pequeña sala de juego. La habitación estaba decorada en verde musgo y tenía amplias puertaventanas que daban a la Quinta Avenida y al parque. Varios trabajadores se encargaban de quitar mesas con sobre de piel para jugar a cartas y tapetes verdes donde apostar. Nos miraron sobresaltados mientras apilaban las mesas junto a la pared cercana a la puerta.
—Aquí se celebrará la partida —me explicó Lily—. No sé si ya han llegado todos. Todavía nos queda media hora. —Se volvió hacia uno de los trabajadores y preguntó—: ¿Sabe dónde está John Hermanold?
—Tal vez en el comedor. —El hombre se encogió de hombros—. Puede llamar y pedirle al botones que lo vaya a buscar. —Miró de forma muy poco halagüeña a Lily, con su escueto vestido. Me alegré de haberme puesto un conservador pantalón de franela gris. Empecé a quitarme el abrigo, pero el obrero me detuvo—. Está prohibida la presencia de señoras en la sala de juegos —me comunicó. Añadió en dirección a Lily—: Tampoco pueden entrar en el comedor. Será mejor que vayan a la planta baja y telefoneen.
—Pienso asesinar a ese cabrón de Hermanold —masculló Lily apretando los dientes—. Un club privado para hombres, ¿a quién se le ocurre?
Echó a andar por el pasillo en pos de su presa. Me volví y me dejé caer en una silla, entre las miradas hostiles de los trabajadores. No envidiaba la suerte que correría Hermanold cuando se topara con Lily.
Permanecí sentada en la sala de juego, mirando por las sucias ventanas que daban a Central Park. Afuera ondeaban unas pocas banderas y la opaca luz invernal atemperaba un poco más sus colores desvaídos.
—Por favor —dijo una voz arrogante a mis espaldas.
Me volví y vi a un cincuentón alto y atractivo, de pelo oscuro y sienes plateadas. Vestía una blazer azul marino con un rebuscado escudo, pantalón gris y polo blanco. Olía poderosamente a Andover y Yale.
—No se permite la entrada en esta sala hasta que comience el torneo —declaró con firmeza—. Si tienen entrada, puedo acomodarla abajo hasta el comienzo de la partida. De lo contrario, tendrá que abandonar el club.
Su atractivo inicial empezaba a esfumarse. Guapo pero descerebrado, pensé. Dije en voz alta:
—Prefiero quedarme aquí. Estoy esperando a alguien que traerá mi entrada…
—Me temo que no es posible —añadió bruscamente y me cogió del brazo—. He asegurado al club que respetaríamos las reglas. Además, existen medidas de seguridad…
Pese a que me tironeaba con toda la dignidad de que era capaz, yo me mantenía en mis trece. Enganché los tobillos en las patas de la silla y le sonreí.
—He prometido a mi amiga Lily Rad que la esperaría aquí —le dije—. Está buscando a…
—¡Lily Rad! —exclamó y me soltó el brazo como si fuera un atizador al rojo vivo. Me repantigué y le sonreí tiernamente—. ¿Lily Rad está aquí? —Seguí sonriendo y asentí—. Permítame que me presente, señorita…
—Velis, Catherine Velis.
—Señorita Velis, soy John Hermanold —se presentó—, el patrocinador del torneo. —Me estrechó cordialmente la mano—. No se imagina el honor que supone la presencia de Lily en esta partida. ¿Dónde puedo encontrarla?
—Le está buscando —repliqué—. Nos dijeron que estaba en el comedor. Probablemente ha subido a buscarle.
—En el comedor —repitió Hermanold, imaginando lo peor—. Iré a buscarla, ¿de acuerdo? Luego nos reuniremos y las invitaré a tomar algo.
Hermanold salió apresuradamente.
Ahora que Hermanold era mi amigo de toda la vida, los trabajadores pasaron a mi lado con envidioso respeto. Los vi sacar de la sala las mesas apiladas y montar delante de las ventanas hileras de sillas, dejando un pasillo en el medio. Aunque parezca extraño, se arrodillaron cinta métrica en mano y acomodaron los muebles según un modelo invisible que parecían seguir.
Contemplaba las maniobras con tanta curiosidad que no reparé en el hombre que entró silenciosamente hasta que pasó junto a mi silla. Era alto, delgado, de pelo rubio ceniza largo y rizado a la altura de la nuca. Vestía pantalón gris y una camisa holgada, de hilo blanco, cuyo cuello abierto dejaba ver el cuello firme y los bonitos huesos de un bailarín. Se acercó prestamente a los trabajadores y les habló en voz baja.
Los que medían el suelo se levantaron inmediatamente y se acercaron al recién llegado. Éste estiró el brazo para señalar algo y los trabajadores se apresuraron a cumplir sus deseos.
El gran tablero de la parte delantera fue reacomodado varias veces, alejaron la mesa de los árbitros de la zona de juego y movieron de aquí para allá la propia mesa del ajedrez, hasta que quedó perfectamente equidistante de las paredes. Vi que los trabajadores no protestaban al realizar esas extrañas maniobras. Parecían respetar al recién llegado y no estaban dispuestos a mirarlo a los ojos mientras cumplían sus órdenes al pie de la letra. Entonces noté que el desconocido no sólo era consciente de mi presencia, sino que hacía preguntas sobre mí a los trabajadores. Señaló en dirección a mí y al final se dio la vuelta para mirarme. Cuando lo hizo, me estremecí. Había algo a un tiempo conocido y extraño en su persona.
Sus pómulos altos, su delgada nariz aguileña y su firme mentón creaban planos angulosos que, como el mármol, atrapaban la luz. Sus ojos eran de un tono gris verdoso claro, del color del mercurio líquido. Parecía una excelsa pieza renacentista esculpida en piedra. Al igual que en la piedra, también en él había algo frío e impenetrable. Quedé tan fascinada como el pájaro por la serpiente y me cogió con la guardia baja cuando inesperadamente se apartó de los trabajadores y cruzó la sala hasta donde yo estaba.
Al llegar a mi silla, me cogió las manos y me obligó a levantarme. Me sujetó del brazo, me llevó hacia la puerta antes de que me diera cuenta de lo que ocurría y me susurró al oído:
—¿Qué haces aquí? No has debido venir.
Percibí un ligerísimo acento. Su conducta me dejó azorada: yo era una perfecta desconocida. Me paré en seco y pregunté:
—¿Y tú quién eres?
—Quién soy yo no tiene ninguna importancia —respondió en voz baja. Me miró con esos ojos de color verde claro, como si intentara recordar algo—. Lo importante es que sé quién eres tú. Cometiste un gran error al venir. Corres un gran peligro. En este momento percibo un gran peligro a mi alrededor.
Tuve la impresión de que ya había oído esas palabras.
—¿De qué estás hablando? —pregunté—. He venido a ver la partida de ajedrez. Estoy con Lily Rad. John Hermanold dijo que podía…
—Sí, claro —me cortó con impaciencia—. Ya lo sé, pero debes irte de inmediato. Te ruego que no me pidas explicaciones. Deja el club lo más rápido posible… Por favor, hazme caso.
—¡Qué disparate! —exclamé alzando la voz. El hombre se apresuró a mirar a los trabajadores y volvió a dedicarse a mí—. No tengo la menor intención de marcharme a menos que me expliques a qué te refieres. No sé quién eres. Es la primera vez que te veo. ¿Con qué derecho…?
—Me has visto —aseguró quedamente. Me cogió del hombro con delicadeza y me miró a los ojos—. Y volverás a verme. Te ruego que abandones inmediatamente este lugar.
Se esfumó. Dio media vuelta y abandonó la sala de juego con el mismo sigilo con que había llegado. Yo estaba temblando. Miré a los trabajadores y vi que seguían ocupados; evidentemente, no habían notado nada raro. Caminé hacia la puerta y salí al balcón, confundida por tan insólito encuentro. Me di cuenta de que aquel hombre me recordaba a la pitonisa.
Lily y Hermanold me llamaban desde el salón de la planta baja. Estaban sobre las baldosas de mármol blanco y negro, a mis pies, y parecían trebejos disparatadamente ataviados y colocados en un tablero atiborrado, ya que otras personas se movían a su alrededor.
—Baje y la invitaré a una copa —propuso alegre Hermanold.
Caminé por el balcón hasta la escalera de mármol enmoquetada en rojo y bajé al vestíbulo. Aún me temblaban las piernas. Deseaba quedarme a solas con Lily y contarle lo ocurrido.
—¿Qué le apetece? —me preguntó Hermanold al llegar a la mesa. Apartó una silla para mí. Lily ya había tomado asiento—. Deberíamos beber champaña. ¡No todos los días contamos con la presencia de Lily en una partida de ajedrez de otro jugador!
—Nunca asisto —declaró Lily exasperada mientras ponía su capa de piel en el respaldo de la silla.
Hermanold pidió champaña y se lanzó a un panegírico de sí mismo que puso de punta los pelos de Lily.
—El torneo marcha sobre ruedas. Ya no quedan entradas para ninguna jornada. La publicidad ha dado resultado. Ni siquiera yo podía imaginar que atraeríamos a tantas luminarias. En primer lugar, Fiske abandona su retiro y, a continuación, el bombazo: ¡llega Solarin! Y tú, por supuesto —añadió palmeando la rodilla de Lily. Deseaba interrumpirlo y pedir información sobre el desconocido con el que me había topado arriba, pero no pude intercalar una sola palabra—. Es una pena no haber podido contratar el gran salón del Manhattan para la partida de hoy —comentó en cuanto nos sirvieron el champaña—. Se habría llenado hasta la bandera. De todos modos, Fiske me tiene preocupado. Hay varios médicos por si surge algún contratiempo. Me pareció mejor que juegue una de las primeras partidas, que sea eliminado al principio. No está en condiciones de llegar a la gran final y su mera presencia ya ha atraído a la prensa.
—Es muy estimulante la posibilidad de ver a dos grandes maestros y una crisis nerviosa en una misma partida —comentó Lily.
Hermanold la miró preocupado mientras servía el champaña. No estaba seguro de que Lily estuviera bromeando, pero para mí estaba claro. El comentario acerca de que Fiske fuera eliminado ya en un principio había dado en el blanco.
—Creo que, a pesar de todo, me quedaré a ver la partida —agregó Lily inocentemente y bebió champaña—. Pensaba irme en cuanto le encontrara un buen lugar a Cat…
—¡No te vayas! —suplicó Hermanold con expresión de auténtica alarma—. No quiero que te pierdas este acontecimiento, es la partida del siglo.
—Y los periodistas a los que has telefoneado se sentirán muy defraudados si no me encuentran, tal como les prometiste. ¿Me equivoco, querido John?
Lily bebió un buen sorbo de champaña al tiempo que los colores subían a la cara de Hermanold. Me dije «ésta es la mía» y pregunté:
—¿Era Fiske el hombre que he visto arriba hace unos minutos?
—¿En la sala de juego? —Hermanold parecía preocupado—. Espero que no. Debería descansar antes del encuentro.
—Quienquiera que fuese, me ha parecido muy extraño —comenté—. Entró y pidió a los trabajadores que cambiaran de lugar los muebles…
—¡Santo Dios! —exclamó Hermanold—. Ha tenido que ser Fiske. La última vez que lo vi insistió en que una persona o silla abandonaran la sala a medida que comían piezas. Según dijo, le permitía recuperar su sentido «del equilibrio y la armonía». Por si esto fuera poco, odia a las mujeres, no quiere que estén presentes mientras juega…
Hermanold intentó palmear la mano de Lily, pero ésta la retiró.
—Quizá por eso me ha pedido que me fuera —dije.
—¿Le ha pedido que se fuera? —preguntó Hermanold—. No era necesario, tendré que hablar con él antes de la partida. Debe comprender que no puede actuar como en los tiempos en que era una estrella. Hace más de quince años que no participa en un torneo de categoría.
—¿Quince años? —me asombré—. Debió de retirarse cuando sólo tenía doce. El hombre que he visto en el primer piso era joven.
—¿Está segura? —Hermanold parecía desconcertado—. ¿Quién puede ser?
—Era un hombre alto, delgado y muy pálido. Atractivo pero gélido…
—Ah, claro, se trata de Alexei. —Hermanold rió.
—¿Alexei?
—Alexander Solarin —intervino Lily—. Ya lo conoces, querida, es el jugador que tienes tantas ganas de ver, el bombazo.
—Hábleme de Solarin —pedí al patrocinador del torneo.
—No sé qué decir —replicó Hermanold—. Ni siquiera sabía qué aspecto tenía hasta que llegó y se inscribió en el torneo. Solarin es un verdadero misterio. No se reúne con nadie, no permite que le tomen fotos. No podemos permitir la entrada de cámaras en la sala de juego. Gracias a mi perseverancia, finalmente accedió a dar una rueda de prensa. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve tenerlo si no podemos publicitarlo?
Lily lo miró exasperada y suspiró estentóreamente.
—John, gracias por la copa. —Y se colgó las pieles del hombro.
Me puse en pie tan rápido como Lily. Abandoné el salón y subí la escalera a su lado.
—No he querido hablar delante de Hermanold —susurré mientras caminábamos junto al balcón—, pero hay algo raro en Solarin. Aquí pasa algo.
—Siempre pasa lo mismo —confirmó Lily—. En el mundo del ajedrez, sólo conoces idiotas, cabrones o ambas cosas a la vez. Estoy segura de que Solarin no es la excepción que confirma la regla. No soportan la participación de las mujeres…
—No hablo de eso —la interrumpí—. Solarin no me ha pedido que me fuera porque quería librarse de una mujer. ¡Me ha dicho que corro un gran peligro!
Había sujetado a Lily del brazo y nos habíamos detenido junto a la barandilla. El gentío aumentaba en el salón de la planta baja.
—¿Qué dices que te ha dicho? —preguntó Lily—. Me estás tomando el pelo. ¿Peligro en una partida de ajedrez? En esta situación, el único peligro es quedarse dormido. A Fiske le encanta atascarte con tablas y ahogados…
—Me ha advertido que corro peligro —repetí y la acerqué a la pared para que algunas personas pudieran pasar. Bajé la voz—: ¿Te acuerdas de la pitonisa que nos enviaste a Harry y a mí en Nochevieja?
—Oh, no —respondió Lily—. No me dirás que crees en el esoterismo. —Lily sonrió.
La gente se movía por el balcón y pasaba a nuestro lado en dirección a la sala de juego. Nos sumamos al fluir de la corriente. Lily seleccionó unos asientos laterales, cercanos a la primera fila, desde los que veríamos perfectamente la partida sin llamar la atención. Si es que eso era posible con el disfraz que llevaba Lily. Una vez sentadas, me acerqué a ella y le susurré:
—Solarin ha utilizado las mismas palabras que la pitonisa. ¿Harry no te comentó lo que me dijo la adivina?
—Jamás la he visto —afirmó Lily y sacó un ajedrez magnético del bolsillo de la capa. Lo acomodó sobre su regazo—. Me la recomendó una amiga, pero no creo en esa basura, por eso no la consulté.
Los asistentes tomaban asiento y la mayoría se sorprendía de la presencia de Lily. En la sala entró un puñado de periodistas, uno de los cuales llevaba una cámara colgada del cuello. Se percataron de la presencia de Lily e intentaron abordarla. Ella se agachó sobre el tablero y dijo en voz muy baja:
—Por si alguien pregunta, estamos profundamente concentradas en una charla sobre ajedrez.
Apareció John Hermanold. Se acercó deprisa a los periodistas y sujetó al que portaba la cámara justo antes de que llegara a nuestro lado.
—Lo siento mucho, pero tendrá que darme la cámara —advirtió al periodista—. El gran maestro Solarin no quiere cámaras en el salón del torneo. Por favor, ocupen sus asientos para que pueda empezar la partida. Más tarde podrán hacer entrevistas.
De mala gana, el periodista entregó la cámara a Hermanold. Se acercó con sus colegas a los asientos que el patrocinador les había asignado. El volumen de la conversación de la sala decreció hasta convertirse en un débil murmullo. Aparecieron los árbitros y ocuparon su mesa. Enseguida se presentó Solarin, a quien reconocí, y un hombre canoso y mayor que, deduje, era Fiske.
Fiske parecía presa de una gran tensión nerviosa. Le temblaba un ojo y movía su bigote gris como si quisiera espantar una mosca. Su pelo raleante y algo graso estaba peinado hacia atrás, pero sobre la frente le caían algunos mechones. Vestía chaqueta de terciopelo marrón que había conocido mejores tiempos y que echaba de menos un buen cepillado, con un cinturón, como los batines. Su holgado pantalón, también de color marrón, estaba arrugado. Me compadecí de Fiske. Parecía estar en un sitio equivocado y sentirse descorazonado.
Comparado con él, Solarin semejaba la estatua en alabastro de un lanzador de disco. Medía al menos una cabeza más que Fiske, que estaba encorvado. Se deslizó a un lado ágilmente, retiró de la mesa la silla de Fiske y lo ayudó a tomar asiento.
—Qué cabrón —masculló Lily entre dientes—. Pretende ganarse la confianza de Fiske, quiere sacar ventaja antes de que empiece la partida.
—¿No eres demasiado severa? —pregunté en voz alta.
Varias voces procedentes de la fila de atrás me hicieron callar.
Se acercó un chico con la caja de trebejos y los repartió. Puso las piezas blancas delante de Solarin. Lily me explicó que la ceremonia de sorteo de color se había celebrado el día anterior. Otro grupo de personas nos pidió silencio y cerramos el pico.
Mientras uno de los árbitros leía el reglamento, Solarin contemplaba al público. Como lo tenía de lado, me dediqué a observarlo minuciosamente. Se veía más sereno y relajado que un rato antes. Al encontrarse en su elemento, a punto de jugar al ajedrez, parecía tranquilo y apasionado, como un atleta minutos antes de la competición. Cuando nos vio a Lily y a mí, su rostro se tensó y me miró fijamente.
—Caray —dijo Lily—. Ahora comprendo a qué te referías al decir que era gélido. Me alegro de haberlo visto antes de tenerlo frente al tablero.
Solarin me miraba como si no pudiera creer en mi presencia, como si deseara levantarse y sacarme a rastras de la sala. De pronto tuve la creciente y deprimente sensación de que, al quedarme, había cometido un gravísimo error. Como las piezas ya estaban distribuidas y su reloj empezó a contar el tiempo, desvió la mirada hacia el tablero. Avanzó el peón del rey. Noté que Lily, sentada a mi lado, repetía la jugada en su tablero magnético. Un chico que se encontraba cerca de la pizarra anotó con tiza el movimiento: P4R.
Durante un rato la partida transcurrió sin incidentes. Tanto Solarin como Fiske perdieron un peón y un caballo. Solarin avanzó el alfil del rey. Algunos asistentes hablaron en voz baja. Uno o dos se levantaron a buscar café.
—Parece giuoco piano —suspiró Lily—. Esta partida podría ser interminable. Esa defensa es más vieja que Matusalén y jamás se emplea en los torneos. Por amor de Dios, hasta figura en el Manuscrito de Gotinga. —Pese a que jamás leía una palabra sobre ajedrez, Lily era un pozo de sabiduría—. Aunque permite a las negras desplegar sus piezas, es lenta, lenta, lentísima. Solarin no quiere ponerse duro con Fiske, le permitirá hacer unas cuantas jugadas antes de eliminarlo. Avísame si en la próxima hora ocurre algo.
—¿Cómo quieres que sepa si ocurre algo? —pregunté.
En ese momento Fiske hizo su jugada y paró el reloj. Un breve murmullo recorrió la sala y los pocos que se estaban yendo se detuvieron para mirar la pizarra. Alcé la vista y me encontré con la sonrisa, la extraña sonrisa de Solarin.
—¿Qué ha pasado? —pregunté a Lily.
—Fiske es más osado de lo que cabría esperar. En lugar de mover el alfil, ha adoptado la «defensa de los dos caballos». A los rusos les encanta. Es mucho más peligrosa. Me sorprende que haya adoptado esta táctica con Solarin, famoso por… —Se mordió el labio.