El ocho
Una partida de ajedrez
Página 9 de 44
Hay que reconocer que Lily jamás investigaba el estilo de otros jugadores, ¿o no?
Solarin adelantó el caballo, y Fiske, el peón de la dama. Solarin lo comió. A continuación Fiske comió el peón de Solarin con el caballo, de modo que quedaron igualados. Al menos es lo que pensé. Me pareció que Fiske estaba en plena forma, con las piezas en el centro del tablero, en tanto las de Solarin quedaban atrapadas en la retaguardia. Solarin comió el alfil de Fiske con su caballo. Un sordo murmullo recorrió la sala de juego. Los pocos que habían salido regresaron deprisa, café en mano, y miraron la pizarra mientras el chico anotaba la jugada.
—Fegatello! —gritó Lily y esta vez nadie la hizo callar—. Es increíble.
—¿Qué quiere decir fegatello? —En el ajedrez parecían existir más palabras misteriosas que en el procesamiento de datos.
—Significa «hígado frito». Te aseguro que Fiske se freirá el hígado si utiliza el rey para comer ese caballo. —Se mordió la punta del dedo y miró el ajedrez magnético como si la partida se celebrara allí—. Algo tiene que perder. La dama y la torre están en posición de ataque y no puede llegar al caballo con ninguna otra pieza.
A mí me parecía ilógico que Solarin realizase semejante jugada. ¿Pensaba cambiar alfil por caballo sólo para que el rey se moviera un escaque?
—Si Fiske mueve el rey, no podrá enrocar —comentó Lily como si me hubiese adivinado el pensamiento—. El rey quedará situado en el centro del tablero y se la pasará luchando el resto de la partida. Más le valdrá mover la dama y sacrificar la torre.
Fiske comió el caballo con el rey. Solarin adelantó la dama y dio jaque. Fiske protegió el rey detrás de varios peones y Solarin retrocedió la dama para amenazar al caballo negro. Sin duda la partida se animaba, pero no supe adónde conduciría. Lily también parecía confundida.
—Aquí hay gato encerrado —susurró—. Ese estilo de juego no es el de Fiske.
Ocurría algo raro. Observé a Fiske y noté que, después de hacer su jugada, se negaba a apartar la mirada del tablero. Su nerviosismo aumentaba. Sudaba copiosamente y en las axilas de su chaqueta marrón se percibían grandes círculos oscuros. Parecía sentirse mal y, aunque le tocaba el turno a Solarin, Fiske se concentró en el tablero como si tuviera la esperanza de conquistar el cielo.
A pesar de que el reloj de Solarin estaba descontando el tiempo, también él contemplaba a Fiske. Miraba con tanta intensidad a su adversario que daba la impresión de que había olvidado la partida. Un buen rato después, Fiske alzó la vista del tablero para mirar a Solarin, pero desvió la mirada y volvió a concentrarse en el juego. Solarin entrecerró los ojos, tocó un trebejo y lo avanzó.
Yo me había olvidado de las jugadas. Observaba a aquellos dos individuos e intentaba adivinar qué ocurría entre ambos. Lily seguía a mi lado, boquiabierta, y estudiaba atentamente el tablero. De pronto Solarin se puso en pie y apartó la silla. Una gran conmoción sacudió la sala. Solarin accionó los botones que detenían los dos relojes y se inclinó hacia Fiske para decide algo. Un árbitro se acercó corriendo a la mesa. Intercambió unas pocas palabras con Solarin y meneó la cabeza. Fiske seguía cabizbajo, con la mirada clavada en el tablero y las manos sobre el regazo. Solarin volvió a hablarle. El árbitro regresó a la mesa de los jueces. Todos los árbitros asintieron y el presidente se puso en pie y anunció:
—Damas y caballeros, el gran maestro Fiske no se siente bien. El gran maestro Solarin ha tenido la amabilidad de detener el reloj y de hacer una breve interrupción para que el señor Fiske pueda tomar el aire. Señor Fiske, entregue su próxima jugada en sobre cerrado a los árbitros y reanudaremos la partida dentro de media hora.
Fiske anotó la jugada con mano temblorosa, guardó el papel en un sobre, lo cerró y se lo entregó al árbitro. Antes de que los periodistas pudieran acosarlo, Solarin abandonó la sala y recorrió decidido el pasillo. Reinaba una gran agitación; infinidad de grupúsculos de personas hablaban en voz baja. Me volví hacia Lily:
—¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurre?
—Es increíble —decretó—. Solarin no puede parar los relojes. Es tarea del árbitro. Va contra las reglas, deberían haber suspendido la partida. Sólo el árbitro puede parar los relojes si los contendientes están de acuerdo en hacer una interrupción. Y sólo después de que Fiske entregue su siguiente jugada en sobre cerrado.
—Entonces Solarin le ha regalado a Fiske un poco de tiempo —comenté—. ¿Por qué lo ha hecho?
Lily me observó con sus ojos grises casi translúcidos. Sus propios pensamientos parecieron sorprenderla.
—Sabe que no es el estilo de Fiske —respondió. Guardó silencio unos segundos. Añadió, reviviendo mentalmente la situación—: Solarin propuso a Fiske un cambio de damas. Según los parámetros del juego, no está obligado a hacerla. Tengo la sospecha de que ha querido someter a prueba a Fiske. Todos saben que detesta perder la dama.
—¿Y Fiske ha aceptado? —pregunté.
—No —dijo Lily, todavía ensimismada—. No ha aceptado. Ha tocado la dama y la ha soltado. Ha intentado hacerla pasar por j’adoube.
—¿Qué quiere decir?
—Toco, acomodo. Es perfectamente legal acomodar una pieza durante la partida.
—¿Y qué tiene de malo?
—Nada —aseguró Lily—. Pero debes decir «j’adoube» antes de tocar la pieza, nunca después de moverla.
—Quizá no se ha dado cuenta…
—Es un gran maestro —me interrumpió Lily y me miró largo rato—. Ha tenido que darse cuenta.
Lily se quedó estudiando el ajedrez magnético. No quería molestarla, pero la sala estaba vacía y nos encontrábamos solas. Permanecí a su lado, intentando deducir, con mis limitados conocimientos de ajedrez, lo que todo eso significaba.
—¿Quieres saber mi opinión? —preguntó Lily por fin—. Considero que el gran maestro Fiske ha hecho trampa. Me parece que está conectado a un transmisor.
Si hubiera sabido cuánta razón tenía, tal vez habría variado el curso de los acontecimientos que pronto se desencadenarían. Sin embargo, ¿cómo podía deducir lo que realmente había ocurrido a sólo tres metros de distancia, mientras Solarin estudiaba el tablero?

Solarin estaba mirando el tablero cuando lo notó por primera vez. Al principio no fue más que un brillo percibido con el rabillo del ojo. Ya la tercera lo relacionó con la jugada. Fiske se ponía las manos sobre las piernas cada vez que Solarin paraba el reloj y comenzaba a funcionar el suyo. Solarin vigiló las manos de Fiske durante la siguiente jugada. Era el anillo. Hasta entonces Fiske jamás había llevado anillo.
Fiske jugaba temerariamente, se mojaba el culo. En cierto sentido, desarrollaba una estrategia más interesante. Cada vez que se arriesgaba, Solarin lo miraba a la cara. Así descubrió que no tenía la expresión de quien corre riesgos. A partir de entonces Solarin se dedicó a vigilar el anillo.
Era indudable que Fiske estaba conectado. Solarin jugaba con otra persona o cosa. No se encontraba en la sala y ciertamente no era Fiske. Solarin dirigió una mirada al hombre del KGB, sentado junto a la pared más lejana. Si aceptaba el reto y perdía la maldita partida, quedaría eliminado del torneo. Era imprescindible que averiguara quién estaba conectado con Fiske y por qué.
Solarin se dedicó a jugar peligrosamente para tratar de descubrir la pauta de las respuestas de Fiske. Esa actitud estuvo a punto de enloquecer a Fiske. Solarin tuvo luego la genial idea de forzar un cambio de damas que no tenía ninguna relación con el desarrollo de la partida. Situó su dama, la ofreció y la arriesgó, sin importarle las consecuencias. Obligaría a Fiske a jugar su propia partida o a revelar que era un tramposo. Fue entonces cuando Fiske se derrumbó.
Durante unos segundos tuvo la sospecha de que Fiske aceptaría el cambio y le comería la dama. En ese caso, Solarin llamaría a los jueces y abandonaría. No podía jugar con una máquina o con lo que fuera a lo que Fiske estaba conectado. Pero éste reculó y reclamó j’adoube. Solarin dio un salto y se inclinó junto a Fiske:
—¿Qué diablos está haciendo? —murmuró—. Interrumpiremos la partida hasta que recobre la sensatez. ¿Se da cuenta de que hay agentes del KGB? Si les dice una sola palabra, puede despedirse de su carrera de ajedrecista.
Solarin llamó a los árbitros con una mano mientras con la otra paraba los relojes. Explicó al juez que Fiske se sentía mal y que entregaría en sobre cerrado su próxima jugada.
—Señor, más vale que sea la dama —dijo inclinándose nuevamente junto a Fiske.
Fiske ni se dignó alzar la mirada. Toqueteaba el anillo como si le apretara. Solarin abandonó la sala hecho una furia.
El hombre del KGB salió a su encuentro en el pasillo y lo miró inquisitivamente. Era bajo, de piel muy clara y cejas espesas. Se llamaba Gogol.
—Ve a tomarte una Slivovitz —dijo Solarin—. Yo me ocuparé de esto.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Gogol—. ¿Por qué ha pedido j’adoube? Fue todo muy irregular. No debiste parar los relojes, te podrían haber descalificado.
—Fiske está conectado. Debo averiguar con quién y por qué. Tú sólo lograrías asustarlo un poco más. Lárgate y simula no saber nada. Sé cómo manejar este asunto.
—Brodski está aquí —murmuró Gogol.
Brodski formaba parte de los escalones más altos del servicio secreto y su categoría era muy superior a la de los guardaespaldas de Solarin.
—Invítalo —replicó Solarin—. Mantenlo lejos de mí durante media hora. No quiero que toméis ninguna medida. Ninguna medida, Gogol, ¿me has entendido?
El guardaespaldas parecía asustado, pero se alejó por el pasillo hacia la escalera. Solarin lo siguió hasta el extremo del balcón, franqueó una puerta y esperó a que Fiske saliera de la sala de juego.
Fiske caminó deprisa por el balcón, bajó la escalinata y corrió a través del vestíbulo. No advirtió que Solarin lo vigilaba desde la planta alta. Salió, cruzó el patio y franqueó las impresionantes puertas de hierro forjado. En el extremo del patio, en diagonal a la entrada del club, se alzaba la puerta que conducía al Canadian Club, de dimensiones más reducidas. Entró y subió la escalera.
Solarin atravesó el patio felinamente. Abrió la puerta de cristal del Canadian Club con el tiempo justo para ver que la puerta del servicio de caballeros se cerraba detrás de Fiske. Se detuvo, subió silenciosamente los escalones que llevaban hasta la puerta, entró y permaneció inmóvil. Fiske estaba al otro lado del servicio, con los ojos cerrados y el cuerpo apoyado en la pared de los urinarios. Solarin vio en silencio que Fiske caía de rodillas. Sollozó angustiado… se agachó, tuvo un ataque de náuseas y vomitó en el cuenco de porcelana. Cuando terminó, estaba tan agotado que apoyó la frente en el cuenco.
Por el rabillo del ojo, Solarin vio que Fiske alzaba la cabeza bruscamente al oír el chorro de agua. El ruso permaneció inmóvil junto al lavamanos, mirando el agua que corría. Fiske era inglés y debió de sentirse más que humillado de que alguien lo viera vomitando.
—Esto le ayudará —dijo Solarin sin apartarse del lavamanos.
Fiske miró a su alrededor, pues no estaba seguro de que Solarin se dirigiera a él. Aparentemente, estaban solos. Se levantó a duras penas y caminó hacia Solarin, que estrujaba una toalla de papel en el lavamanos. La toalla olía a avena húmeda. Solarin se volvió y humedeció la frente y las sienes de Fiske.
—Si sumerge las muñecas, refrescará toda su circulación —aconsejó Solarin y desabrochó los puños de la camisa de Fiske.
Arrojó la toalla húmeda a la papelera. Sin decir esta boca es mía, Fiske metió las muñecas en el lavamanos lleno de agua aunque, como notó Solarin, evitó mojarse los dedos.
Con un lápiz, Solarin anotaba algo en el revés de una toalla de papel. Fiske miró, sin apartar las muñecas del lavamanos. Solarin le mostró el mensaje. Decía: «¿La transmisión es uni o bidireccional?».
Fiske desvió la mirada y se puso rojo. Solarin lo observaba con atención. Volvió a escribir y preguntó a modo de aclaración: «¿Pueden oírnos?».
Fiske respiró hondo y cerró los ojos. Al fin negó con la cabeza. Sacó una mano del lavamanos y quiso coger la toalla de papel, pero Solarin le dio otra.
—Con ésta no —dijo, cogió un pequeño mechero de oro y prendió fuego al papel escrito. Dejó que ardiera casi en su totalidad, lo arrojó al mingitorio y tiró de la cadena—. ¿Está seguro? —preguntó Solarin mientras regresaba al lavamanos—. Es muy importante.
—Sí —respondió Fiske inquieto—. Es… me lo explicaron.
—Perfecto, podemos hablar. —Solarin aún tenía en la mano el mechero de oro—. ¿En qué oído lo lleva, en el izquierdo o en el derecho?
Fiske se tocó la oreja izquierda. Solarin asintió. Abrió la parte inferior del mechero y extrajo un pequeño instrumento de bisagra, que abrió. Era una especie de tenaza.
—Tiéndase en el suelo, con la oreja izquierda hacia mí, y apoye la cabeza de tal modo que no pueda moverla. Y no haga movimientos bruscos, no me gustaría perforarle el tímpano.
Fiske obedeció. Parecía casi contento de ponerse en manos de Solarin y ni se le ocurrió preguntar por qué el gran maestro era experto en retirar transmisores ocultos. Solarin se agachó y se inclinó sobre la oreja de Fiske. Poco después extrajo un objeto pequeño que hizo girar sujeto por la tenaza. Apenas superaba el tamaño de una cabeza de alfiler.
—Ajá —exclamó Solarin—. No es tan pequeño como los nuestros. Dígame, querido Fiske, ¿quién se lo colocó? ¿Quién está detrás de este asunto? —Depositó el diminuto transmisor en la palma de su mano.
Fiske se incorporó bruscamente y miró a Solarin. Pareció reparar por primera vez en Solarin: no sólo era jugador de ajedrez, sino ruso. Y para reforzar esta terrible realidad, tenía acompañantes del KGB que merodeaban por el edificio. Fiske gimió y se llevó las manos a la cabeza.
—Tiene que decírmelo. Se hace cargo, ¿verdad?
Solarin bajó los ojos hasta el anillo de Fiske. Le cogió la mano y lo observó atentamente. Aterrorizado, Fiske alzó la mirada.
Era un sello enorme con un escudo, fabricado en un metal parecido al oro y con la superficie engastada por separado. Solarin apretó el sello y sonó un suave zumbido, apenas perceptible incluso a tan corta distancia. Fiske podía presionar el anillo en código para comunicar la última jugada y sus compinches le indicaban el siguiente movimiento a través del transmisor que llevaba en el oído.
—¿Le advirtieron que no se quitara el anillo? —inquirió Solarin—. Es lo bastante grande para albergar un pequeño explosivo y un detonador.
—¡Un detonador! —se horrorizó Fiske.
—Lo suficiente para volar el aseo —prosiguió Solarin sonriente—. Al menos la zona en la que estamos. ¿Es usted agente de los irlandeses? Son muy diestros con las bombas pequeñas, sobre todo con las cartas bomba. Lo sé porque la mayoría se adiestra en Rusia. —Fiske estaba verde. Solarin no se desanimó—: Mi querido Fiske, no sé qué pretenden sus amigos, pero si un agente traicionara a mi gobierno como usted ha delatado a los que lo enviaron, encontrarían el modo de silenciarlo rápida y definitivamente.
—¡Pero yo… yo no soy agente de nadie! —se defendió Fiske.
Solarin lo observó unos segundos y sonrió.
—Le creo. ¡Dios mío, esto es una verdadera chapuza!
Fiske se retorció las manos mientras Solarin guardaba silencio y pensaba.
—Mi querido Fiske, se ha metido en un juego peligroso. Pueden aparecer en cualquier momento y entonces el valor de nuestras vidas caerá en picado. Quienes le pidieron que hiciera esto no son buenas personas. ¿Me comprende? Cuénteme todo lo que sabe sobre ellos. Dése prisa. Sólo así podré ayudarlo.
Solarin se puso en pie y le dio la mano a Fiske para que se incorporara. Éste miró el suelo incómodo y pareció a punto de echarse a llorar. Solarin cogió amablemente del hombro al hombre mayor.
—Lo abordó alguien que quería que ganara esta partida. Necesito que me diga quién y por qué. —El director… —a Fiske se le quebró la voz—. Cuando yo… hace muchos años enfermé y tuve que dejar el ajedrez. El gobierno británico me dio un puesto como profesor de matemáticas en la universidad y cobraba un salario del gobierno. El mes pasado vino a verme el director de mi departamento y me pidió que hablara con algunas personas. No sé quiénes son. Me anunciaron que, en pro de la seguridad nacional, debía participar en este torneo. No estaría sometido a ninguna tensión…
Fiske se echó a reír y miró desaforadamente a su alrededor. No hacía más que girar el anillo. Solarin cogió la mano de Fiske sin quitar la otra del hombro del inglés.
—No estaría sometido a ninguna tensión porque, en realidad, no jugaría —intervino Solarin con gran serenidad—. ¿Sólo tenía que seguir las instrucciones de otra persona?
Fiske asintió con los ojos llenos de lágrimas y tragó saliva varias veces antes de recuperar la palabra. Estaba a punto de derrumbarse.
—Les dije que no podía hacerlo, que eligieran a otro —alzó la voz—. Les rogué que no me obligaran a jugar, pero no contaban con nadie más. Yo estaba en sus manos. Podían exonerarme cuando se les antojara. Me lo dijeron… —Aspiró bruscamente y Solarin se preocupó. Fiske no lograba pensar con claridad y jugueteaba con el anillo como si le apretara. Miraba el entorno con ojos desaforados—. No me hicieron caso. Dijeron que debían apoderarse de la fórmula a cualquier precio. Dijeron…
—¡La fórmula! —exclamó Solarin y apretó el brazo de Fiske—. ¿Se refirieron a la fórmula?
—¡Sí, sí! ¡Sólo querían la condenada fórmula!
Fiske prácticamente chillaba. Solarin aflojó su apretón e intentó calmarlo acariciándole el hombro con suavidad.
—Hábleme de la fórmula —pidió Solarin cauteloso, como quien está sobre ascuas—. Vamos, querido Fiske, ¿por qué les interesa la fórmula? ¿Pensaron que podrían conseguirla participando en este torneo?
—Pensaban obtenerla por medio de usted —respondió Fiske débilmente, con la mirada clavada en el suelo. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.
—¿Por medio de mí? —Solarin miró a Fiske y luego al suelo. Creyó oír unos pasos al otro lado de la puerta—. Debemos aclararnos deprisa —bajó la voz—. ¿Cómo supieron que yo participaría en este torneo? Nadie estaba enterado.
—Ellos lo sabían… —respondió Fiske y miró a Solarin con ojos desorbitados. Giró bruscamente el anillo—. ¡Por favor, déjeme en paz! ¡Les dije que no podía! ¡Les dije que fracasaría!
—No toque más ese anillo —advirtió Solarin severamente, cogió a Fiske de la muñeca y le torció la mano. El inglés hizo una mueca de dolor—. ¿A qué fórmula se refiere?
—A la fórmula de la que habló en España —chilló Fiske—. ¡La fórmula que apostó durante la partida! ¡Dijo que se la daría a quien lo derrotara! ¡Es lo que usted dijo! Y yo tenía que ganarle para que me la entregara.
Solarin miró incrédulo a Fiske, apartó las manos, se alejó y soltó una carcajada.
—Es lo que usted dijo —repitió Fiske atontado y manoseó el anillo.
—No —dijo Solarin. Echó la cabeza hacia atrás y rió hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas—. Mi querido Fiske, si se refiere a esa fórmula, ¡ni lo sueñe! Los muy imbéciles llegaron a una conclusión equivocada. No ha sido más que el peón de un grupo de chalados. Salgamos y… Hombre, ¿qué hace?
No había reparado en que Fiske, que estaba cada vez más angustiado, intentaba quitarse el anillo. Se lo sacó del dedo con un brusco movimiento y lo arrojó a un urinario. Mascullaba y gritaba:
—¡No lo haré! ¡No lo haré!
Solarin vio rebotar el anillo dentro del urinario. Saltó hacia la puerta al tiempo que empezaba a contar. Uno, dos. Abrió la puerta y salió velozmente. Tres. Cuatro. Salvó la escalera de un brinco, aterrizó y corrió por el reducido vestíbulo. Seis. Siete. Abrió la puerta que comunicaba con el exterior y cruzó el patio en seis zancadas. Ocho. Nueve. Se lanzó por el aire y aterrizó boca abajo sobre los adoquines. Diez. Se cubrió la cabeza con los brazos y se tapó los oídos. Esperó, pero la explosión no se produjo.
Solarin miró hacia arriba y se encontró con dos pares de zapatos. Alzó un poco más la mirada y vio a dos árbitros que lo miraban azorados.
—¡Gran maestro Solarin! —se sorprendió uno de los jueces—. ¿Está herido?
—No, estoy perfectamente —respondió Solarin, se puso dignamente en pie y se quitó el polvo—. El gran maestro Fiske está en el servicio y se siente mal. He salido a buscar ayuda y he tropezado. Los adoquines son muy resbaladizos.
Solarin se preguntó si se había equivocado con el anillo. Tal vez el hecho de que Fiske se lo quitara no tenía la menor importancia, pero no podía saberlo de antemano.
—Intentaremos ayudarlo —dijo el juez—. ¿Por qué ha ido al servicio del Canadian Club en lugar de los aseos del Metropolitan? ¿Por qué no ha acudido al puesto de primeros auxilios?
—Porque es muy orgulloso —respondió Solarin—. Supongo que no quiso que lo vieran vomitando.
Los jueces todavía no le habían preguntado qué hacía él en el mismo aseo, a solas con su adversario.
—¿Está muy mal? —preguntó el otro árbitro mientras se acercaban a la entrada del Canadian Club.
—Tenía el estómago revuelto —explicó Solarin.
Aunque no parecía razonable regresar al aseo, Solarin no tenía otra opción.
Los tres hombres subieron la escalera y el juez que iba delante abrió la puerta del servicio de hombres. Retrocedió a toda velocidad y soltó una exclamación.
—¡No mire! —aconsejó.
El árbitro estaba pálido. Solarin se adelantó y miró hacia el interior del aseo. Fiske se había colgado del tabique de los lavabos, con su propia corbata. Estaba morado y, a juzgar por el ángulo en que pendía la cabeza, evidentemente tenía el cuello roto.
—¡Suicidio! —decretó el juez que había aconsejado a Solarin que no mirara.
El ruso se había detenido y se frotaba las manos tal como había hecho Fiske segundos antes, cuando aún estaba vivo.
—No es el primer maestro de ajedrez que acaba así —comentó el otro juez y guardó un incómodo silencio cuando Solarin se volvió y lo miró con evidente disgusto.
—Será mejor que llamemos al médico —añadió apresuradamente el primer árbitro.
Solarin se acercó al urinario en el que Fiske había arrojado el anillo: ya no estaba.
—Sí, avisemos al médico —confirmó Solarin.

Nada sabía yo de esos acontecimientos mientras permanecía en el salón y esperaba que Lily trajera la tercera ronda de café. Si hubiera sabido antes lo que sucedía entre bambalinas, tal vez no habría ocurrido lo que se desencadenó a continuación.
Habían pasado tres cuartos de hora desde el descanso y tenía la vejiga a punto de reventar a causa de todo el café que había bebido. Me pregunté qué pasaba. Lily regresó y me sonrió con cara de conspiradora.
—¿Sabes una cosa? —susurró—. ¡En el bar vi a Hermanold, avejentado y hablando seriamente con el médico del torneo! Querida, en cuanto acabemos el café podemos suspender la sesión. Hoy no habrá partida, lo anunciarán dentro de unos minutos.
—¿Tan mal está Fiske? Tal vez por eso jugaba de forma tan extraña.
—Querida, no se encuentra mal. Está más allá de su enfermedad. Cabe añadir que la ha superado intempestivamente.
—¿Ha abandonado?
—Es una manera como otra de plantearlo. Se ha ahorcado en el servicio inmediatamente después de la interrupción.
—¿Se ha ahorcado? —pregunté sorprendida y Lily me obligó a bajar el tono porque varias personas se volvieron para mirarnos—. ¿De qué hablas?
—Hermanold ha dicho que, en su opinión, la presión del torneo fue excesiva para Fiske. El médico disiente. Dice que es realmente difícil que un hombre de sesenta y cinco kilos se partiera el cuello colgándose de un tabique de metro ochenta.
—¿Por qué no pasamos del café y nos vamos de este lugar?
No hacía más que recordar los ojos verdes de Solarin cuando se agachó a mi lado. Se me revolvió el estómago. Necesitaba aire fresco.
—De acuerdo —dijo Lily en voz alta—. Pero regresaremos enseguida. No quiero perderme un solo segundo de este magnífico torneo.
Cruzamos rápidamente la sala y al llegar al vestíbulo nos abordaron dos periodistas.
—Hola, señorita Rad —saludó uno de los reporteros—. ¿Sabe qué pasa? ¿Se reanudará la partida?
—Lo dudo, a menos que traigan un mono adiestrado para reemplazar al señor Fiske.
—¿No tiene buena opinión de su táctica? —preguntó el otro periodista, sin dejar de tomar notas.
—No tengo ninguna opinión —respondió Lily con arrogancia—. Sabe perfectamente que sólo pienso en mis jugadas. En cuanto a la partida —añadió y forzó su avance hacia la salida mientras los periodistas la seguían—, he visto lo suficiente como para saber cómo acabará.
Franqueamos las puertas dobles que comunicaban con el patio y bajamos por la rampa hacia la calle.
—¿Dónde coño está Saul? —preguntó Lily—. Sabe perfectamente que el coche debería estar aparcado en la puerta del club.
Miré calle abajo y vi el gran Corniche azul claro de Lily en la esquina, en el cruce de la Quinta Avenida. Se lo mostré.
—Fantástico, lo que me faltaba, otra multa —ironizó—. Venga, larguémonos antes de que en el club se arme la de San Quintín.
Me cogió del brazo y corrimos bajo un viento despiadado. Al llegar a la esquina, noté que el coche estaba vacío. No vi a Saul por ninguna parte.
Cruzamos y miramos calle arriba y abajo en busca de Saul. Llegamos al coche y descubrimos que la llave estaba puesta. Carioca tampoco parecía estar.
—¡No me lo puedo creer! —se sulfuró Lily—. Desde que lo conozco, Saul jamás ha abandonado el coche. ¿Dónde estará? ¿Dónde está mi perro?
Oí un crujido que parecía proceder de debajo del asiento. Abrí la portezuela, me agaché y estiré la mano. Noté el contacto de una lengua pequeña. Saqué a Carioca y al incorporarme vi algo que me heló la sangre: en el asiento del conductor había un agujero.
—Mira, ¿qué significa este agujero? —pregunté a Lily.
En el preciso instante en que Lily se inclinaba para mirar, oímos un golpe seco y el coche se sacudió ligeramente. Giré la cabeza pero no vi a nadie. Me hice a un lado y dejé a Carioca sobre el asiento. Registré el lado del coche que miraba al Metropolitan Club. Descubrí otro agujero que un segundo antes no existía. Lo toqué. Estaba caliente.
Miré hacia el Metropolitan Club. Justo sobre la bandera de Estados Unidos estaba abierta una de las puertaventanas del balcón. El viento ahuecaba las cortinas, pero no divisé a nadie. Estaba convencida de que esa ventana correspondía a la sala de juego; era la situada detrás de la mesa de los árbitros.
—¡Caray! —susurré—. ¡Alguien le ha disparado al coche!
—No digas tonterías —dijo Lily.
Rodeó el coche, echó una mirada el orificio de bala del lateral y siguió mi mirada hasta la puertaventana abierta. Hacía tanto frío que en la calle no había un alma y tampoco había pasado ningún coche cuando oímos aquel golpe seco. En consecuencia, las posibilidades eran bastante reducidas.
—¡Solarin! —exclamó Lily y me sujetó el brazo—. Te aconsejó que abandonaras el club, ¿no? ¡El muy hijo de puta intenta espantarnos!
—Me advirtió que corría peligro si me quedaba en el club. Pero he salido. Además, en el caso de que alguien quisiera dispararnos, le sería muy difícil errar a tan poca distancia.
—¡Pretende apartarme del torneo! —insistió Lily—. Primero secuestra a mi chófer y acto seguido dispara contra mi coche. Más vale que se entere de que no me acojono fácilmente…
—¡Yo, sí! —le informé—. Vámonos.
La prisa con que Lily desplazó su osamenta hasta el asiento del conductor me hizo comprender que estaba de acuerdo conmigo. Giró y se metió en la Quinta Avenida, arrojando a Carioca sobre el asiento.
—Estoy famélica —chilló Lily pese al gemido del viento que chocaba contra el parabrisas.
—¿Quieres comer ahora? ¿Te has vuelto loca? Creo que, en primer lugar, deberíamos ir a la policía.
—Ni lo intentes —declaró con firmeza—. Si Harry se entera de este asunto, me encerrará para que no participe en el torneo. Tú y yo iremos a comer algo y a descifrar por nosotras mismas lo que está ocurriendo. No sé pensar con el estómago vacío.
—Si no vamos a la policía, regresemos a casa.
—No tienes cocina. Necesito un buen chuletón para que me funcionen las células cerebrales.
—Coge la dirección de mi casa. A pocas manzanas, en la Tercera, hay un buen restaurante. Te advierto que cuando tengas la tripa llena iré directamente a comisaría.
Lily paró frente al restaurante Palm de la Tercera Avenida. Cogió su enorme bolso de bandolera, quitó el ajedrez magnético y metió a Carioca. El perro asomó la cabeza y se babeó.
—Los perros tienen prohibida la entrada en los restaurantes —explicó Lily.
—¿Qué quieres que haga con esto? —pregunté y alcé el ajedrez que había arrojado en mi regazo.
—Guárdalo —respondió—. Tú eres un genio informático y yo experta en ajedrez. La estrategia es el pan nuestro de cada día. Estoy segura de que resolveremos esta cuestión si aunamos nuestros cerebros. Pero antes tendrás que aprender algunas cosas sobre ajedrez. —Lily metió la cabeza de Carioca dentro del bolso y lo cerró—. ¿Conoces la expresión «los peones son el alma del ajedrez»?
—Hmmm. Me suena, pero no sé por qué. ¿De quién es?
—De André Philidor, el padre del ajedrez moderno. Más o menos en los días de la Revolución Francesa escribió un célebre libro de ajedrez en el que explicaba que, si se utiliza el conjunto de peones, estos pueden volverse tan poderosos como las piezas principales. Hasta entonces nadie había tenido tan genial idea. Los peones solían sacrificarse para quitarlos de en medio y así no estorbaban.
—¿Intentas decir que te parece que nosotras somos un par de peones que alguien trata de apartar del tablero?
La idea me pareció insólita, aunque interesante.
—No —respondió Lily, se apeó del coche y se colgó el bolso del hombro—. Sólo digo que ha llegado la hora de que aunemos fuerzas. Al menos hasta que averigüemos a qué juego estamos jugando.
Chocamos los cinco.