El ocho

El ocho


Cambio de damas

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CAMBIO DE DAMAS

Las damas jamás hacen tratos.

LEWIS CARROLL

A través del espejo

San Petersburgo, Rusia, Otoño de 1791

La troica se deslizó por los campos nevados y los tres caballos arrojaron vaharadas por los ollares. Pasada Riga, la nieve alcanzaba tal altura que trocaron el oscuro carruaje por el trineo ancho y abierto, con los tres equinos enganchados uno al lado del otro, las tiras de cuero tachonadas con cencerros de plata y las alforjas anchas y en forma de arca con remaches de oro macizo adornados con el sello imperial.

Aquí, a sólo quince verstas de San Petersburgo, los árboles aún exhibían hojas ocres y, a pesar de que la nieve se había acumulado en los techos de paja de las casas de piedra, los campesinos seguían trabajando los campos parcialmente congelados.

La abadesa se recostó en la pila de pieles y contempló las tierras que pasaban velozmente a su lado. De acuerdo con el calendario juliano, que regía en Europa, ya era 4 de noviembre, había pasado exactamente un año y siete meses desde el día en que —casi ni se atrevía a pensarlo— decidió retirar de su escondite de mil años el ajedrez de Montglane.

Aquí, en Rusia, según el calendario gregoriano, sólo era 23 de octubre. Rusia estaba atrasada en muchos sentidos, pensó la abadesa. Este país se guiaba por un calendario, una religión y una cultura que le eran propias. Hacía siglos que los campesinos que veía a la vera del camino no modificaban sus vestimentas ni sus costumbres. Aquellos rostros prominentes, con los ojos negros típicamente rusos, que se volvían al paso de su carruaje, eran la expresión de un pueblo ignorante, sometido a supersticiones y ritos primitivos. Las manos nudosas aferraban los mismos zapapicos y acuchillaban la misma tierra congelada que sus antepasados habían conocido hacía un milenio. A pesar de los ucases que se remontaban a los tiempos de Pedro I, aún llevaban largos la barba negra y los gruesos cabellos, metiendo las mechas rebeldes en los jubones de piel de carnero.

Las puertas de San Petersburgo estaban abiertas en medio de las nevadas tierras. El cochero —ataviado con la librea blanca y los galones dorados de la Guardia Imperial— estaba de pie en la plataforma, con las piernas separadas, y azuzaba los caballos. Al entrar en la ciudad, la abadesa vio la nieve que resplandecía en las altas cúpulas del otro lado del Neva. Los niños patinaban en el río helado y, pese a lo tardío de la fecha, a lo largo de la ribera aún se alzaban las pintorescas casetas de los vendedores ambulantes. Chuchos de variados pelajes ladraron al paso del trineo y mocosos rubios con las caras sucias corrieron junto a los patines, mendigando monedas. El cochero hizo restallar el látigo.

Mientras cruzaban el helado río, la abadesa metió la mano en su bolso de viaje y acarició el paño bordado que llevaba. Tocó el rosario y rezó un avemaría. Era consciente de la responsabilidad que la aguardaba. Ella, sólo ella, soportaba la carga de dejar en buenas manos esa potente fuerza, en unas manos que la protegerían de los codiciosos y los ambiciosos. La abadesa conocía perfectamente su misión. Desde la cuna había sido escogida para esta tarea y toda su vida había aguardado los acontecimientos que la desencadenarían.

Hoy, casi cincuenta años después, la abadesa volvería a ver a su amiga de la infancia; la misma a la que, hacía tanto tiempo, había abierto su corazón. Recordó aquel día lejano y la jovencita tan parecida en espíritu a Valentine, rubia y frágil, una chiquilla enfermiza con un aparato ortopédico en la espalda que, en medio de la enfermedad y la desesperación, se había impuesto una infancia feliz y sana, rememoró a la pequeña Sofía de Anhalt-Zerbst, la amiga que durante muchos años había recordado, a la que evocaba con cariño tan a menudo, a la que había escrito sus secretos casi todos los meses de su vida adulta. Pese a que sus caminos las habían separado, la abadesa aún se acordaba de Sofía como la muchacha que perseguía mariposas por el patio de la casa de sus padres en Pomerania, con sus cabellos rubios brillando al sol.

Cuando la troica cruzó el río y se aproximó al Palacio de Invierno, la abadesa experimentó un ligero escalofrío. Una nube había tapado el sol. Se preguntó qué tipo de persona sería su amiga y protectora ahora que ya no era la pequeña Sofía de Pomerania, ahora que en toda Europa se la conocía como Catalina la Grande, zarina de todas las Rusias.

Catalina la Grande, zarina de todas las rusias, estaba sentada ante el tocador y se miraba en el espejo. Contaba sesenta y dos años, era de estatura más bien baja, obesa, de frente despejada y mandíbula gruesa. Sus gélidos ojos azules, por lo general rebosantes de vitalidad, esa mañana estaban apagados, grises e inflamados por el llanto. Había estado dos semanas encerrada en sus aposentos y prohibió el paso incluso a su familia. Más allá de las paredes de sus habitaciones, toda la corte estaba de luto. Dos semanas antes, el 12 de octubre, había llegado de Iasi un mensajero vestido de negro con la noticia de la muerte del conde Potemkin.

Potemkin, que la había elevado al trono de Rusia y le había entregado la borla de la empuñadura de su espada para que la llevara cuando, a lomos de un blanco corcel, encabezó el ejército rebelde para derrocar a su marido, el zar. Potemkin, que había sido su amante, ministro, general de sus ejércitos y confidente, el mismo hombre al que describió como «mi único esposo». Potemkin, que aumentó en un tercio sus dominios, extendiéndolos hasta los mares Caspio y Negro. Potemkin había muerto como un perro en la carretera de Nicolaiev.

Murió por comer faisanes y perdices en exceso, por atiborrarse de deliciosos jamones curados y de carnes en salazón, por beber como un cosaco cerveza y aguardiente de arándano. Murió por satisfacer a las rollizas damas de la nobleza, que lo atosigaron como las que siguen a los ejércitos en campaña, mendigando sus atenciones. Derrochó cincuenta millones de rublos en exquisitos palacios, joyas y champaña francés. Pero convirtió a Catalina en la mujer más poderosa del mundo.

Las damas de honor de Catalina revoloteaban a su alrededor como mudas mariposas, le empolvaban el pelo y le ataban los cordones de los zapatos. La zarina se puso en pie y la envolvieron con el manto de gala, de terciopelo gris, cubierto con las condecoraciones que siempre se ponía para ir a la corte: las cruces de Santa Catalina, San Vladimiro y San Alejandro Nevski; las cintas de San Andrés y San Jorge cruzaban su pecho y sostenían las pesadas medallas de oro. Irguió los hombros para poner de relieve su magnífica postura y abandonó sus aposentos.

Después de diez días, por primera vez haría acto de presencia en la corte. Acompañada por su guardaespaldas personal, marchó entre filas de soldados por los largos pasillos del Palacio de Invierno, junto a las ventanas en las que años antes había visto zarpar a sus barcos por el Neva, rumbo al mar, para hacer frente a la flota sueca que asediaba San Petersburgo. Mientras caminaba, Catalina miraba meditabunda por las ventanas.

En la corte le aguardaba el nido de víboras que se hacían llamar diplomáticos y cortesanos. Conspiraban contra ella, tramaban su caída. Hasta su propio hijo, Pablo, planeaba su asesinato. Sin embargo, a San Petersburgo acababa de llegar la única persona que podía salvarla, una mujer que tenía en sus manos el poder que Catalina había perdido con la muerte de Potemkin. Aquella misma mañana había arribado a San Petersburgo su más antigua amiga de la infancia: Helene de Roque, abadesa de Montglane.

Cansada después de su paso por la corte, Catalina se retiró del brazo de Platón Zubov, su último amante, a la cámara de las audiencias privadas. Allí la esperaba la abadesa en compañía de Valeriano, el hermano de Platón. Helene se incorporó al ver a la zarina y cruzó la estancia para abrazarla.

Activa pese a sus años y delgada como un junco invernal, la abadesa se iluminó al ver a su amiga. Miró de soslayo a Platón Zubov mientras se abrazaban. Ataviado con una casaca azul celeste y ceñidos pantalones de montar, Platón Zubov estaba tan engalanado de medallas que parecía a punto de derrumbarse. Era un joven de facciones delicadas. Su papel en la corte no ofrecía lugar a dudas y Catalina le acarició el brazo mientras hablaba con la abadesa.

—¡Helene, no imaginas con cuánta frecuencia he añorado tu presencia! Me cuesta creer que por fin estás aquí. Dios ha escuchado los ruegos de mi corazón y me ha traído a la amiga de la infancia.

Indicó a la abadesa que se sentara en un mullido sillón y ocupó una silla próxima. Platón y Valeriano se quedaron de pie, cada uno detrás de una mujer.

—Este encuentro exige una celebración. Supongo que estás enterada de que estoy de duelo y no puedo dar una fiesta por tu llegada. Propongo que esta noche cenemos juntas en mis aposentos privados. Podemos reír y divertirnos simulando que volvemos a ser las jóvenes de entonces. Valeriano, ¿has abierto el vino como te pedí?

Valeriano asintió con la cabeza y se acercó al aparador.

—Querida, tienes que probar este tinto. Es uno de los tesoros de mi corte. Denis Diderot me lo trajo de Burdeos hace muchos años. Lo valoro cual si de una piedra preciosa se tratara.

Valeriano sirvió el caldo de color rojo oscuro en vasitos de cristal. Ambas mujeres lo cataron.

—Excelente —opinó la abadesa y sonrió a Catalina—. Pero mi querida Figchen, no hay vino que pueda compararse con el elixir que circula por mis viejos huesos al verte.

Platón y Valeriano cruzaron una mirada de sorpresa ante el empleo de semejante familiaridad. De pequeña, la zarina —de nacimiento Sofía de Anhalt-Zerbst— recibió el apodo «Figchen». Dada su elevada posición. Platón tenía el descaro de llamarla «amante de mi corazón» en la cama, pero en público siempre se refería a ella como «vuestra majestad», tal como hacían los hijos de la propia Catalina. Aunque parezca extraño, la emperatriz no parecía haber reparado en la osadía de la abadesa francesa.

—Tienes que explicarme por qué decidiste quedarte tanto tiempo en Francia —dijo Catalina—. Cuando clausuraste la abadía, abrigué la esperanza de que te trasladaras inmediatamente a Rusia. Mi corte está llena de compatriotas tuyos expatriados, sobre todo porque han capturado al monarca en Varennes, intentando huir de Francia, y ahora su propio pueblo lo tiene prisionero. Francia es una hidra de mil doscientas cabezas, el estado de la anarquía. ¡Esa nación de zapateros ha invertido el orden mismo de la naturaleza!

La abadesa se sorprendió de que una soberana tan ilustrada y liberal se expresara de semejante manera. Aunque era indudable que Francia resultaba peligrosa, ¿acaso Catalina no era la misma zarina que había cultivado la amistad de los liberales Voltaire y Denis Diderot, defensores de la igualdad de clases y adversarios de la guerra territorial? ¿No fue el propio Voltaire quién la llamó Catalina «la Grande»?

—Me resultó imposible venir de inmediato —respondió la abadesa a la pregunta de Catalina—. Me retuvo cierto asunto… —Miró a Platón Zubov, que seguía en pie tras la silla de Catalina y le acariciaba el cuello—. Salvo contigo, no debo hablar con nadie de estas cuestiones.

Catalina estudió unos instantes a la abadesa y dijo con tono ligero:

—Valeriano, Platón Alexandrovich y tú podéis dejarnos a solas.

—Mi amada alteza… —dijo Platón Zubov con una voz muy parecida a los chillidos de un crío.

—Paloma mía, no temas por mi seguridad —lo calmó Catalina y le acarició la mano que aún reposaba en su hombro—. Hace casi sesenta años que Helene y yo nos conocemos. Nada pasará si nos dejas a solas unos minutos.

—¿No es hermoso? —preguntó Catalina a la abadesa en cuanto los dos jóvenes abandonaron la cámara—. Querida, sé que tú y yo no hemos elegido el mismo camino, pero espero que me comprendas si te digo que me siento como un insecto que se calienta las alas al sol después del frío invierno. Nada aviva tanto la savia de un viejo árbol como las atenciones de un joven jardinero.

La abadesa guardó silencio y volvió a preguntarse si su plan original era atinado. Después de todo, pese a que la correspondencia entre ambas había sido frecuente y cálida, hacía muchos años que no veía a su amiga de la infancia. ¿Eran veraces los rumores que circulaban? ¿Era posible confiar la tarea a esta mujer que envejecía, llena de sensualidad y celosa de su propio poder?

—¿Te he sorprendido tanto como para guardar silencio? —Catalina rió.

—Mi querida Sofía, creo que sorprender te encanta —respondió la abadesa—. Recordarás que sólo tenías cuatro años cuando, al ser presentada en la corte del rey Federico Guillermo de Prusia, te negaste a besar el borde de su casaca.

—¡Le dije que el sastre había dejado demasiado corta su chaqueta! —exclamó Catalina y rió hasta que se le saltaron las lágrimas—. Mi madre se puso furiosa. El rey le comentó que yo era demasiado audaz.

La abadesa sonrió benévola a su amiga.

—¿Recuerdas la ocasión en que el canónigo de Brunswick nos leyó la palma de la mano para predecirnos el futuro? —preguntó Helene afablemente—. En la tuya vio tres coronas.

—Lo recuerdo perfectamente. A partir de aquel día no me cupo la menor duda de que reinaría sobre un vasto imperio. Siempre he creído en las profecías místicas que se avienen a mis propios deseos.

Catalina sonrió, pero su amiga recobró la seriedad.

—¿Recuerdas qué vio el canónigo en la palma de mi mano? —preguntó la abadesa.

Catalina guardó silencio unos segundos antes de decir:

—Lo recuerdo como si fuera ayer. Por ese motivo tenía tantos deseos de que llegaras. No puedes imaginar mi expectación al ver que tardabas tanto… —Se detuvo titubeante y por fin preguntó—: ¿Las tienes?

La abadesa metió las manos en los pliegues de su hábito para llegar a la gran cartera de viaje, de piel, que llevaba a la cintura. Retiró la pesada talla de oro tachonada de piedras preciosas. Representaba a una figura vestida con larga túnica y sentada en un pequeño cenador, con las cortinas descorridas. Entregó la pieza a Catalina que, incrédula, la cogió con las manos ahuecadas y la giró lentamente.

—La dama negra —susurró la abadesa mientras estudiaba lentamente la expresión de Catalina.

Las manos de la zarina se cerraron sobre el trebejo de oro y piedras preciosas. Lo aferró, se lo acercó al pecho y miró a la abadesa.

—¿Y las otras piezas?

El tono de Catalina denotaba algo que puso en guardia a la abadesa.

—Están bien guardadas, en un sitio donde no pueden hacer daño a nadie —replicó.

—¡Mi amada Helene, debemos reunirlas de inmediato! Ya conoces el poder de este ajedrez. En manos de un monarca benévolo, nada será imposible gracias a estas piezas…

—Sabes que durante cuarenta años he ignorado tus súplicas para que buscara el ajedrez de Montglane, para que lo sacara de los muros de la abadía —la interrumpió la abadesa—. Ahora te daré buenas razones. Conozco desde siempre el emplazamiento del ajedrez… —La abadesa alzó la mano al ver que Catalina estaba a punto de soltar una exclamación—. También sé desde siempre el peligro que supone sacarlo de su escondite. Semejante tentación sólo podría confiarse a un santo. Y tú, mi querida Figchen, no eres precisamente una santa.

—¿Qué quieres decir? —se alteró la zarina—. He unido una nación fragmentada, traído la ilustración a un pueblo ignorante. He acabado con la peste, construido hospitales y escuelas, eliminado las facciones en guerra que podían dividir Rusia y convertirla en víctima de sus enemigos. ¿Sugieres que soy una tirana?

—Sólo pensé en tu bienestar —replicó serenamente la abadesa—. Estas piezas pueden confundir hasta a los más lúcidos. No olvides que el ajedrez de Montglane estuvo a punto de dividir el imperio franco. A la muerte de Carlomagno, sus hijos fueron a la guerra por estas piezas…

—No fue más que una escaramuza territorial —Catalina le restó importancia—. No entiendo qué relación hay entre ambas cuestiones.

—Sólo la fortaleza de la Iglesia Católica en Europa central ha mantenido en secreto durante tanto tiempo esta fuerza maligna. Cuando llegó la noticia de que Francia había aprobado una ley para confiscar los bienes de la Iglesia, supe que mis peores temores se harían realidad. Cuando me enteré de que los soldados franceses se dirigían a Montglane, no tuve la menor duda. ¿Por qué Montglane? Estábamos lejos de París, escondidas en el corazón de las montañas. Cerca tenían abadías más ricas, en las que sería más fácil obtener el botín. Pero no, no. Buscaban el ajedrez. Me dediqué a hacer minuciosos cálculos para retirar el ajedrez de los muros de la abadía y dispersarlo por Europa de tal modo que en muchos años no pueda reunirse…

—¡Lo has dispersado! —se lamentó la zarina. Se incorporó de un salto con el trebejo apretado contra el pecho y deambuló por la estancia como un animal acosado—. ¿Cómo te atreviste a hacer semejante cosa? ¡Debiste apelar a mí, pedirme ayuda!

—¡Ya te he dicho que no podía! —respondió la abadesa con voz quebrada y cansada de los trajines del largo viaje—. Averigüé que había otras personas enteradas del emplazamiento del ajedrez. Alguien, tal vez una potencia extranjera, sobornó a algunos miembros de la Asamblea francesa para que aprobaran la ley de confiscación y centró su atención en Montglane. ¿No es demasiada casualidad que dos de los hombres que esa oscura potencia intentó sobornar fueran el gran orador Mirabeau y el obispo de Autun? El primero es el autor del proyecto de ley y el segundo su defensor más ardiente. En abril Mirabeau cayó enfermo y fue imposible apartar al obispo del lecho del moribundo hasta que exhaló su último suspiro. Sin duda estaba desesperado por apoderarse de cualquier documento que pudiera incriminarlos.

—¿Cómo has averiguado todo esto? —murmuró Catalina.

La zarina se alejó de la abadesa, caminó hasta la ventana y contempló el horizonte, donde se acumulaban las nubes de nieve.

—Porque tengo la correspondencia que intercambiaron —respondió la abadesa. Ambas mujeres guardaron silencio unos instantes. La abadesa añadió serenamente en medio de las luces menguantes del crepúsculo—: Preguntaste qué misión me retuvo tanto tiempo en Francia, y ahora lo sabes. Tenía que averiguar quién me forzó la mano, quién me obligó a quitar de su escondite milenario el ajedrez de Montglane. Tenía que averiguar qué enemigo me persiguió como un cazador hasta que tuve que abandonar la protección de la Iglesia y cruzar el continente en busca de un refugio seguro para el tesoro confiado a mi cuidado.

—¿Has averiguado el nombre de la persona que buscas? —preguntó Catalina con cautela y se volvió para mirar a la abadesa.

—Sí, lo he averiguado —respondió apaciblemente la abadesa—. Mi querida Figchen, eres tú.

—No entiendo por qué viniste a San Petersburgo si estabas enterada de todo —comentó la majestuosa zarina al día siguiente, mientras caminaba por el sendero cubierto de nieve, con la abadesa, rumbo al Ermitage.

A ambos lados, a un distancia de veinte pasos, marchaba un escuadrón de guardias de palacio que pisoteaba los campos nevados con sus altas y orladas botas de cosacos. Estaban lo bastante lejos para que las mujeres pudieran hablar libremente.

—Porque confié en ti pese a todas las pruebas en sentido contrario —repuso la abadesa con los ojos encendidos—. Sé que temías que el gobierno de Francia cayera, que el país entrara en un estado de anarquía. Querías garantizar que el ajedrez de Montglane no cayera en manos equivocadas y sospechabas que yo no estaría de acuerdo con las medidas que estabas dispuesta a tomar. Dime una cosa, Figchen, ¿cómo pensabas quitar el botín a los soldados franceses en cuanto se llevaran el ajedrez de Montglane? ¿Te proponías invadir Francia?

—Ordené a un pelotón que se ocultara en las montañas y detuviera a los franceses en el desfiladero —explicó Catalina sonriente—. No iban de uniforme.

—Comprendo —dijo la abadesa—. ¿Qué te llevó a adoptar medidas tan extremas?

—Será mejor que comparta contigo lo que sé —respondió la zarina—. Como sabes, compré la biblioteca de Voltaire a su muerte. Entre sus papeles figuraba un diario secreto escrito por el cardenal Richelieu, donde explicaba en lenguaje cifrado sus investigaciones sobre la historia del ajedrez de Montglane. Voltaire había descifrado el código y así obtuve esa información. El manuscrito está guardado bajo llave en un sótano del Ermitage, adonde nos dirigimos. Me propongo mostrártelo.

—¿Qué importancia tiene ese documento? —inquirió la abadesa y se preguntó por qué su amiga no lo había comentado hasta ese momento.

—Richelieu siguió la pista del ajedrez hasta el moro que se lo regaló a Carlomagno, e incluso antes. Sabes que Carlomagno encabezó muchas cruzadas contra los moros en España y África. En este caso, defendió Córdoba y Barcelona contra los vascos cristianos que amenazaban con derribar la sede del poder árabe. Aunque cristianos, los vascos habían intentado durante siglos aplastar el imperio franco y hacerse con el poder de Europa Occidental, concretamente del litoral atlántico y de las montañas que dominaban.

—Los Pirineos —puntualizó la abadesa.

—Exacto —confirmó la zarina—. Las llamaban las montañas mágicas. Sabrás que antaño las mismas montañas fueron la cuna del culto más místico que se conoce desde el nacimiento de Cristo. Los celtas proceden de allí y fueron empujados hacia el norte para que se asentaran en Bretaña y, finalmente, en las Islas Británicas. El mago Merlín es de esas montañas, lo mismo que el culto secreto que hoy conocemos con el nombre de druidas.

—No estaba tan enterada —reconoció la abadesa mirando el sendero nevado que pisaba, con los labios delgados fruncidos y la cara surcada de arrugas parecida al fragmento de piedra de un antiguo sepulcro.

—Lo verás en el diario de Richelieu, porque casi hemos llegado. Richelieu sostiene que los árabes invadieron ese territorio y averiguaron el terrible secreto que durante siglos había estado protegido, primero por los celtas y luego por los vascos. Los conquistadores moros transcribieron dicho saber en un código que inventaron. De hecho, codificaron el secreto en las piezas de oro y plata del ajedrez de Montglane. Cuando fue evidente que los moros perderían su parcela de poder en la península Ibérica, enviaron el ajedrez a Carlomagno, por quien sentían un profundo respeto. Opinaban que sólo él podía protegerlo por ser el soberano más poderoso de la historia.

—¿Y tú lo crees? —preguntó la abadesa cuando arribaron a la impresionante fachada del Ermitage.

—Júzgalo por ti misma —respondió Catalina—. Sé que el secreto es más antiguo que los moros, más viejo que los vascos.

Sin duda, anterior a los druidas. Mi querida amiga, debo hacerte una pregunta. ¿Has oído hablar de una sociedad secreta cuyos miembros a veces se hacen llamar francmasones?

La abadesa palideció. Se detuvo junto a la puerta que estaba a punto de franquear.

—¿Qué has dicho? —preguntó débilmente y sujetó el brazo de su amiga.

—Ah —murmuró Catalina—. Veo que sabes que es verdad. Te contaré la historia después de que hayas leído el manuscrito.

EL RELATO DE LA ZARINA

Tenía catorce años cuando dejé mi hogar en Pomerania, donde tú y yo nos criamos. Tu padre acababa de vender sus propiedades contiguas a las nuestras y había regresado a su Francia natal. Querida Helene, jamás olvidaré la tristeza de no poder compartir contigo el triunfo del que tanto habíamos hablado, el hecho de que pronto me elegirían sucesora al trono.

Por aquel entonces tuve que viajar a la corte de la zarina Isabel Petrovna, en Moscú. Hija de Pedro el Grande, Isabel había tomado el poder a través de un golpe político y encarcelado a sus adversarios. Como nunca se casó y ya no estaba en edad de procrear, escogió como sucesor a un sobrino desconocido, el gran duque Pedro y yo me convertiría en su esposa.

De camino a Rusia, mi madre y yo hicimos un alto en la corte de Federico II, en Berlín. El joven emperador de Prusia, al que Voltaire había apodado «el Grande», quería apadrinarme como candidata para unir los reinos de Prusia y Rusia a través del vínculo matrimonial. Yo era mejor opción que su propia hermana, a la que Federico no soportaba sacrificar para semejante destino.

Por aquel entonces la corte prusiana era tan espléndida como modesta sería en los últimos años de Federico. Nada más llegar, el emperador hizo grandes esfuerzos por ganarse mi simpatía, y para que me sintiera a gusto. Me vistió con las ropas de sus regias hermanas y todas las noches, durante la cena, me sentó a su vera y me divirtió con anécdotas de la ópera y el ballet. Pese a que sólo era una niña, no me dejé engañar. Sabía que se proponía utilizarme como peón de un juego más grande, juego que jugaba sobre el tablero de Europa.

Poco después me enteré de que en Prusia había un hombre que acababa de regresar de Rusia, luego de pasar casi diez años en su corte. Era el matemático de la corte de Federico y se llamaba Leonhard Euler. Osé solicitar una audiencia privada con él, convencida de que compartiría conmigo sus ideas sobre el país que pronto visitaría. No podía imaginar que nuestro encuentro cambiaría el rumbo de mi vida.

Mi primer encuentro con Euler se celebró en una pequeña antecámara de la gran corte de Berlín. Aquel hombre de gustos sencillos y mente genial aguardaba a la niña que pronto sería reina. Debimos de formar una extraña pareja. Estaba solo en la antecámara. Era un hombre alto, frágil, con el cuello como el de una larga botella, grandes ojos oscuros y nariz prominente. Me miró torvamente y explicó que había quedado ciego de un ojo por lo mucho que había observado el sol. Euler no sólo era matemático, sino astrónomo.

—No tengo por costumbre hablar —se presentó—. Vengo de un país donde al que habla lo ahorcan.

Aquélla fue mi primera visión de Rusia, y te aseguro que posteriormente me fue muy útil. Me contó que la zarina Isabel Petrovna tenía quince mil vestidos y veinticinco mil pares de zapatos. Ante el menor desacuerdo con sus ministros, les arrojaba los zapatos a la cabeza y los mandaba a la horca por cualquier capricho. Tenía una legión de amantes y su propensión al alcohol era aún más desaforada que sus costumbres sexuales. No aceptaba opiniones que se diferenciaran de las propias.

En cuanto superé sus reservas iniciales, el doctor Euler y yo pasamos mucho tiempo juntos. Entre nosotros surgió un profundo afecto. Reconoció que deseaba que me quedara en la corte de Berlín para tomarme como discípula de matemáticas, campo en el que parecía prometer. Claro que era imposible.

Euler llegó a reconocer que no sentía gran afecto por su protector, el emperador Federico. Tenía sobrados motivos; entre otros, la poca comprensión de los conceptos matemáticos por parte de Federico. Euler me reveló sus razones el último día de mi estancia en Berlín.

—Mi querida amiga —dijo Euler aquella fatídica mañana en que fui al laboratorio para despedirme. Recuerdo que limpiaba una lente con su pañuelo de seda, algo que solía hacer cuando analizaba un problema—. Los últimos días la he observado con suma atención y estoy persuadido de que puedo confiarle lo que voy a decir. Empero, los dos correremos un gran peligro si menciona estas palabras a la ligera.

Aseguré al doctor Euler que protegería con mi vida sus confidencias. Me sorprendió diciendo que tal vez me viera obligada a hacerlo.

—Es usted joven, no tiene autoridad y es mujer —declaró Euler—. Por estos motivos Federico la ha escogido como instrumento en el enorme y oscuro imperio que forma Rusia. Tal vez ignora que, desde hace veinte años, la gran nación está gobernada exclusivamente por mujeres: Catalina I, viuda de Pedro el Grande; Ana Ivanovna, hija de Iván; Ana de Mecklenburgo, regente de su hijo Iván VI, y ahora Isabel Petrovna, hija de Pedro. Si usted perpetúa esta poderosa tradición, correrá graves peligros.

Aunque escuché amablemente al caballero, sospeché que el sol le había cegado algo más que un ojo.

—Existe una sociedad secreta cuyos miembros consideran que su misión en la vida consiste en modificar el curso de la civilización —me explicó Euler. Estábamos en su laboratorio, rodeados de telescopios, microscopios y viejos libros repartidos por las mesas de caoba y cubiertos por un denso desorden de papeles. El sabio prosiguió—: Aunque esos hombres afirman ser científicos y arquitectos, en realidad son místicos. Le diré todo lo que sé sobre su historia porque tal vez pueda servirle de gran ayuda. Corría el año 1271 cuando el príncipe Eduardo de Inglaterra, hijo de Enrique III, desembarcó en la costa del norte de África para combatir en las Cruzadas. Tocó tierra en Acre, ciudad de gran raigambre cercana a Jerusalén. Apenas sabemos qué hizo en esas tierras, salvo que participó en varias batallas y se reunió con los grandes jeques musulmanes. El año siguiente Eduardo fue llamado a Inglaterra, a la muerte de su padre. Apenas llegó, fue coronado como Eduardo I y lo demás se sabe por los libros de historia. Lo que no se sabe es que Eduardo volvió de África con algo.

—¿Con qué volvió? —me moría de curiosidad por saberlo.

—Con un gran secreto, con un secreto que se remonta a los albores de la civilización —respondió Euler—. Pero no quiero adelantarme a los acontecimientos. A su regreso, Eduardo creó en Inglaterra una sociedad formada por hombres que, al parecer, compartían su secreto. Aunque no sabemos casi nada de ellos, hasta cierto punto podemos seguir sus movimientos. Sabemos que, después de la dominación de los escoceses, dicha sociedad se difundió por Escocia y durante una temporada guardó silencio. Cuando a principios de este siglo los jacobitas huyeron de Escocia, se llevaron a Francia la sociedad y sus doctrinas. El gran escritor francés Montesquieu fue adoctrinado en las enseñanzas de la cofradía durante una estancia en Inglaterra y con su apoyo, en 1734, se creó en París la Loge des Sciences. Cuatro años después, antes de convertirse en soberano de Prusia, nuestro Federico el Grande fue introducido en la sociedad secreta en Brunswick. Ese mismo año el papa Clemente XII publicó una bula en la que condenaba el movimiento, que para entonces se había extendido por Italia, Prusia, Austria y los Países Bajos, por no hablar de Francia. A esa altura la sociedad era tan fuerte que el Parlamento de la católica Francia se negó a registrar la bula papal.

—¿Por qué me cuenta todo esto? —pregunté al doctor Euler—. Aunque comprendiera los fines con que sueñan esos hombres, ¿qué tienen que ver conmigo? ¿Qué puedo hacer? Aspiro a grandes cosas, pero no soy más que una niña.

—Por lo que sé sobre sus objetivos, esos hombres pueden vencer al mundo si nadie los derrota —replicó Euler afablemente—. Hoy usted es una niña, pero pronto se convertirá en la esposa del próximo zar de Rusia, el primer soberano varón en dos décadas. Debe escuchar mis palabras, grabadas en su mente. —Me cogió del brazo—. A veces se hacen llamar hermandad de francmasones y otras, rosacruces o masones. Sea cual fuere el nombre que adoptan, tienen algo en común. Su origen está en el norte de África. Cuando el príncipe Eduardo creó la sociedad en suelo occidental, se pusieron por nombre Orden de los Arquitectos de África. Consideran que sus antecesores fueron los arquitectos de la antigua civilización, que cortaron y colocaron las piedras de las pirámides de Egipto, que construyeron los jardines colgantes de Babilonia, así como la Torre y las Puertas de Babel. Conocían los misterios de la Antigüedad. Y yo estoy convencido de que fueron arquitectos de algo más, de algo más reciente y acaso más poderoso que cualquier…

Euler calló y me miró de un modo que nunca olvidaré. Aún hoy me atormenta, pese a que ha transcurrido cerca de medio siglo, como si hubiese ocurrido hace unos minutos. Lo veo con aterradora intensidad incluso en sueños y percibo su aliento sobre mi nuca cuando se agachó para susurrarme al oído:

—Estoy convencido de que fueron los arquitectos del ajedrez de Montglane y de que se consideran sus legítimos herederos.

Cuando Catalina concluyó el relato, la abadesa y ella permanecieron mudas en la gran biblioteca del Ermitage, a la que habían llevado el manuscrito de Voltaire. Junto a la inmensa mesa y rodeadas por estanterías de nueve metros, cubiertas de libros, Catalina observó a la abadesa como el gato vigila al ratón.

La abadesa miraba por las anchas ventanas que daban al jardín, en el que el escuadrón de la Guardia Imperial movía los pies y se echaba el aliento en las manos para protegerse del frío aire matinal.

—Mi difunto marido era partidario de Federico el Grande de Prusia —añadió Catalina en voz baja—. Pedro solía vestir uniforme prusiano en la corte de San Petersburgo. La noche de bodas desplegó soldados prusianos de juguete sobre el tálamo y me obligó a pasar revista a las tropas. Cuando Federico introdujo en Prusia la Orden de los Masones, Pedro se unió al movimiento y empeñó su vida en apoyarlo.

—Por eso derrocaste a tu marido, lo encarcelaste y organizaste su asesinato —comentó la abadesa.

—Era un fanático peligroso —reconoció Catalina—. Pero no tuve nada que ver con su muerte. Seis años después, en 1768, Federico construyó en Silesia la Gran Logia de Arquitectos Africanos. El rey Gustavo de Suecia se sumó y, pese a los esfuerzos de María Teresa por echar de Austria a esa gentuza, su hijo José II también se unió a la sociedad. Cuando lo supe, tan pronto como pude trasladé a Rusia a mi amigo, el doctor Euler. Para entonces el anciano matemático estaba totalmente ciego, pero no había perdido su visión interior. A la muerte de Voltaire, Euler me presionó para que comprara su biblioteca, pues contenía importantes documentos con los que soñaba Federico el Grande. Cuando por fin logré trasladarla a San Petersburgo, encontré esto. Lo he guardado para mostrártelo.

La zarina retiró un pergamino del manuscrito de Voltaire y se lo entregó a la abadesa, que lo desplegó con sumo cuidado. Federico, príncipe regente de Prusia, se lo había enviado a Voltaire y estaba fechado en el mismo año en que aquél ingresó en la Orden de los Masones:

Monsieur: Nada deseo más que poseer todos sus escritos… Si entre sus manuscritos figura alguno que desea ocultar de los ojos del público, me comprometo a guardarlo en el más profundo secreto…

La abadesa alzó la cabeza con la mirada perdida. Dobló lentamente la carta y se la devolvió a Catalina, que la guardó en su escondite.

—¿No está claro que se refiere a la de codificación que hizo Voltaire del diario del cardenal Richelieu? —preguntó la zarina—. Intentó apoderarse de esta información desde el instante en que se unió a la orden secreta. Supongo que ahora me creerás…

Catalina cogió el último tomo encuadernado en piel y lo hojeó hasta llegar casi al final. Leyó en voz alta las palabras que la abadesa ya había grabado en su mente, las mismas que el cardenal Richelieu, muerto hacía tanto tiempo, se había esforzado denodadamente por redactar con un código que sólo él conocía:

Por fin he averiguado que el secreto descubierto en la antigua Babilonia, el secreto transmitido a los imperios persa e indio y conocido únicamente por unos pocos elegidos era, en realidad, el secreto del ajedrez de Montglane.

Este secreto, como el sagrado nombre de Dios, no debe anotarse jamás en ninguna escritura. Secreto tan poderoso que ha provocado el ocaso de civilizaciones y la muerte de reyes, no debe comunicarse jamás a nadie salvo a los iniciados de las órdenes sagradas, a hombres que hayan superado las pruebas y prestado juramento. Este saber es tan terrible que sólo puede confiarse a los más altos grados de la elite. Estoy convencido de que el secreto se convirtió en una fórmula y que dicha fórmula fue motivo constante de la caída de reinos, reinos que en el presente sólo aparecen como leyendas de nuestra historia. Pese a estar iniciados en el saber secreto y a lo mucho que le temían, los moros transcribieron la fórmula en el ajedrez de Montglane. Incorporaron los símbolos sagrados a las casillas del tablero y a las piezas, conservando la clave que sólo los verdaderos maestros del juego podían utilizar para desvelar el secreto.

He cosechado estos datos en mi lectura de los antiguos manuscritos recogidos en Chalons, Soissons y Tours y yo mismo los he traducido.

Que Dios se apiade de nuestras almas.

Ecce Signum,

Armand Jean du Plessis,

duque de Richelieu y vicario

de Lucon, Poitou y Paris,

cardenal de Roma,

primer ministro de Francia.

Anno Domini 1642

—Por sus memorias sabemos que «el cardenal de hierro» pensaba viajar pronto al obispado de Montglane —añadió Catalina cuando la abadesa terminó la lectura y guardó silencio—. Como sabes, murió en diciembre de aquel año, después de sofocar la insurrección del Rosellón. ¿Podemos dudar de que estaba enterado de la existencia de esas sociedades secretas o de que pretendía apoderarse del ajedrez de Montglane antes de que cayera en manos de otro? Todo cuanto hizo apuntaba al poder. ¿Por qué iba a cambiar a edad tan madura?

—Mi querida Figchen, te has anotado un punto —reconoció la abadesa con una ligera sonrisa que encubría el tumulto interior que experimentó al oír esas palabras—. Pero esos hombres han muerto. Quizá buscaron en vida, pero no encontraron nada. ¿Me estás diciendo que temes a los fantasmas de los difuntos?

—¡Los fantasmas pueden levantarse de sus tumbas! —exclamó Catalina contundentemente—. Hace quince años las colonias británicas de América se libraron del yugo del imperio. ¿Quiénes participaron? Hombres apellidados Washington, Jefferson, Franklin… ¡todos masones! Hoy el rey de Francia está en las mazmorras y su corona está a punto de rodar con su cabeza. ¿Quiénes están detrás de todo esto? Lafayette, Condorcet, Danton, Desmoulins, Brissot, Sieyès y los hermanos del monarca, incluido el duque de Orleans… ¡masones todos!

—Sólo se trata de una coincidencia… —intentó decir la abadesa, pero Catalina no la dejó seguir.

—¿También fue una coincidencia que, de todos los que intenté utilizar para que se aprobara la ley de confiscación, el único que aceptó mis términos fue ni más ni menos que Mirabeau, miembro de la masonería? Claro que no sabía que yo pensaba liberarlo del tesoro en cuanto aceptara mi soborno.

—¿Lo rehusó el obispo de Autun? —preguntó la abadesa sonriente y miró a su amiga por encima de las abultadas carpetas—. ¿Qué motivos esgrimió?

—La cifra que solicitó a cambio de cooperar conmigo era exorbitante —bufó la zarina y se puso en pie—. Ese hombre sabía más de lo que estaba dispuesto a decirme. ¿Sabías que en la Asamblea apodan a Talleyrand «el Gato de Angora»? Ronronea pero saca las uñas. No confío en el.

—¿Confías en un hombre al que puedes sobornar y desconfías de aquel que no se deja tentar? —preguntó la abadesa.

Helene dirigió una lenta y triste mirada a su amiga, se recogió el hábito y se incorporó. Se volvió como si tuviera intención de irse.

—¿Adónde vas? —preguntó alarmada la zarina—. ¿No comprendes por qué he tomado esas medidas? Te ofrezco mi protección. Soy soberana del país más grande del orbe. Pongo todo mi poder en tus manos.

—Sofía, agradezco tu ofrecimiento, pero yo no temo a esos hombres tanto como tú —declaró la abadesa serenamente—. Estoy dispuesta a aceptar tu afirmación de que son místicos, puede que hasta revolucionarios. ¿Se te ha ocurrido pensar que tal vez esas sociedades de místicos que has estudiado tan a fondo tengan pensado un propósito que tú no has previsto?

—¿Qué quieres insinuar? —preguntó la zarina—. Por sus actos es evidente que desean que las monarquías muerdan el polvo. ¿Acaso tienen un objetivo distinto a controlar el mundo?

—Tal vez su objetivo consista en liberar el mundo —la abadesa sonrió—. De momento no tengo pruebas suficientes para decantarme, pero dispongo de datos para decir lo siguiente: por tus palabras deduzco que te sientes impulsada a representar el destino escrito en tu mano desde que naciste, las tres coronas de tu palma. Y yo debo ser fiel a mi propio destino.

La abadesa volvió la palma de la mano hacia arriba y se la mostró a su amiga, situada al otro lado de la mesa. Cerca de la muñeca, las líneas de la vida y del destino se unían hasta formar un ocho. Catalina lo estudió en medio de un silencio glacial y siguió lentamente la figura con la yema de los dedos.

—Deseas brindarme tu protección, pero estoy amparada por un poder superior al tuyo —explicó la abadesa con calma.

—¡Lo sabía! —gritó Catalina roncamente y apartó la mano de su amiga—. Esta cháchara sobre elevados principios y objetivos sólo tiene un significado: ¡has hecho un pacto sin consultarme! ¿En quién has depositado tu descaminada confianza? ¡Dime su nombre! ¡Te lo ordeno!

—Encantada —la abadesa sonrió—. Es Él quien puso esta señal en mi mano. Y con esta señal soy soberana absoluta. Mi querida Figchen, serás la zarina de todas las Rusias, pero te ruego que no olvides quién soy yo realmente. Y quién me eligió. Recuerda que Dios es el supremo gran maestro de ajedrez.

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