El ocho
La rueda del caballero
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LA RUEDA DEL CABALLERO
… El rey Arturo tuvo el sueño maravilloso que a continuación se relata: parecía estar sentado sobre un cojín, en una silla sujeta a una rueda, y sobre ella se hallaba el rey Arturo con la vestimenta de oro más rica… súbitamente el rey quedó boca abajo a causa de un giro de la rueda, cayó entre las serpientes y cada bestia lo sujetó de una extremidad. Entonces el rey gritó «Socorro», al tiempo que seguía durmiendo en su lecho.
SIR THOMAS MALORY
Le Morte d’Arthur
Regnabo, Regno, Regnavi, Sum sine regno.
(Reinaré, reino, he reinado, carezco de reino).
Inscripción en la rueda
de la fortuna del Tarot
La mañana de aquel lunes posterior al torneo de ajedrez me levanté adormilada, guardé la cama en su hueco de la pared y me fui a la ducha para ponerme en condiciones de pasar el día en Con Edison.
Me froté con el albornoz, caminé descalza por el pasillo y busqué el teléfono en medio de la mezcolanza de objetos decorativos. Después de la cena con Lily en el Palm y del extraño acontecimiento que le siguió, llegué a la conclusión de que éramos un par de peones en el juego de otra persona y decidí incorporar algunas piezas influyentes a mi lado del tablero. Sabía exactamente por dónde empezar.
Durante la cena Lily y yo habíamos coincidido en que la advertencia de Solarin estaba vinculada con los curiosos acontecimientos de la jornada, pero a partir de ese punto nuestras opiniones seguían distintos derroteros. Lily estaba segura de que Solarin se encontraba detrás de todo lo sucedido.
—En primer lugar, Fiske muere en extrañas circunstancias —puntualizó Lily mientras, en medio de las palmeras, tomábamos asiento en una de las mesas de madera—. ¿Cómo podemos estar seguras de que Solarin no se lo cargó? En segundo lugar, desaparece Saul, permitiendo que mi coche y mi perro puedan ser víctimas de los gamberros. Es evidente que secuestraron a Saul, ya que él jamás habría abandonado su puesto.
—Eso está claro —confirmé sonriente mientras la veía devorar un trozo de carne.
Sabía que Saul no se atrevería a dirigirle la palabra a Lily a menos que le hubiese ocurrido algo espantoso. A renglón seguido, Lily se zampó una generosa ensalada y tres panecillos mientras seguíamos charlando.
—Después alguien dispara al azar contra nosotras —añadió con la boca llena—. Coincidimos en que el proyectil salió de las ventanas de la sala de juego.
—Hubo dos disparos —precisé—. Es posible que alguien le disparara a Saul y lo asustara antes de nuestra llegada.
—Lo más importante es que he descubierto no sólo método y medios, sino el motivo —declaró Lily, masticando pan y sin prestarme la menor atención.
—¿De qué hablas?
—Sé por qué Solarin actúa de esta manera infame. Lo calculé entre el primer chuletón y la ensalada.
—Dame alguna pista.
Oí que Carioca rascaba los objetos de Lily en el bolso y supuse que los demás comensales tardarían muy poco en notarlo.
—¿Estás enterada del escándalo de España? —preguntó.
Me obligó a devanarme los sesos.
—¿Te refieres a la vez en que, hace algunos años, hicieron regresar a Solarin a Rusia? —Lily asintió. Añadí—: Es lo que tú me contaste.
—Tuvo que ver con una fórmula —dijo Lily—. Verás, Solarin abandonó muy pronto el ajedrez competitivo. Sólo participaba excepcionalmente en algún torneo. Aunque ya era gran maestro, en realidad estudió Física, profesión con la que se gana la vida. Durante el torneo de España, Solarin hizo una apuesta con otro jugador y se comprometió a darle cierta fórmula secreta si perdía.
—¿De qué fórmula se trataba?
—No tengo ni idea. Pero los rusos se acojonaron cuando la prensa informó acerca de la apuesta. Solarin se esfumó de la noche a la mañana y hasta ahora no se ha sabido nada más de él.
—¿Una fórmula física?
—Tal vez la fórmula de un arma secreta. Eso lo explicaría todo, ¿no te parece? —Aunque para mí no explicaba nada, dejé que Lily siguiera divagando—. Temiendo que Solarin volviera a hacer la misma maniobra en este torneo, el KGB intervino, se cargó a Fiske e intentó asustarme. ¡Si Fiske o yo le hubiéramos ganado, Solarin tendría que haber entregado la fórmula secreta!
Lily estaba encantada con la forma en que su explicación se adaptaba a las circunstancias, pero a mí no me convenció.
—La teoría es excelsa —coincidí—, pero quedan algunos cabos sueltos. Por ejemplo, ¿qué pasó con Saul?
¿Por qué los rusos permitieron que Solarin saliera de su país si sospechaban que intentaría la misma maniobra, suponiendo que se trate de una maniobra? ¿Y por qué diablos Solarin estaría dispuesto a entregarte o a pasarle al viejo chocho de Fiske, que en paz descanse, la fórmula de un arma?
—Vale, no todo encaja —reconoció Lily—. Pero al menos es un punto de partida.
—Como afirmó en una ocasión Sherlock Holmes: «Es un craso error elaborar teorías antes de contar con los datos». Propongo que investiguemos a Solarin. De todas maneras, sigo pensando que deberíamos presentar una denuncia. Tenemos dos orificios de bala que demuestran nuestras sospechas.
—Jamás aceptaré que soy incapaz de resolver un misterio por mí misma —se agitó Lily—. Estrategia es mi segundo nombre.
Después de muchas palabras acaloradas y de compartir un helado bañado con chocolate caliente, decidimos dejar de vernos por unos días e investigar los antecedentes y el modus operandi de Solarin.
El entrenador de ajedrez de Lily había sido gran maestro. Pese a que tenía que practicar mucho antes de la partida del martes, Lily pensó que, durante los entrenamientos, el hombre podría darle alguna información sobre la personalidad de Solarin. También procuraría averiguar qué había sido de Saul. En el caso de que no lo hubiesen secuestrado (creo que, de ser así, su talento trágico habría sufrido un duro revés), Lily averiguaría por el mismo Saul qué razones lo llevaron a abandonar su puesto.
Yo tenía mis propios planes y en ese momento no me interesaba compartirlos con Lily Rad.
En Manhattan tenía un amigo que era incluso más misterioso que el esquivo Solarin. No figuraba en el listín ni tenía señas conocidas. Aunque poco mayor que un treintón, era una de las leyendas del procesamiento de datos y había escrito textos definitivos sobre el tema. Fue mi mentor en el mundo de la informática cuando tres años antes llegué a Nueva York y en el pasado me había sacado de unas cuantas situaciones difíciles. Cuando le daba la gana utilizar un nombre, se hacía llamar doctor Ladislaus Nim.
Nim no sólo era maestro del procesamiento de datos, sino especialista en ajedrez. Se había enfrentado a Reshevsky y a Fisher y había mantenido el tipo. Su verdadera habilidad era el conocimiento panorámico del juego, motivo por el que yo quería encontrarlo. Nim sabía de memoria todas las partidas de la historia del campeonato mundial de ajedrez. Era una enciclopedia ambulante en lo concerniente a las vidas de los grandes maestros. Cuando se proponía ser encantador, era capaz de entretenerte horas contándote anécdotas sobre la historia del ajedrez. Sabía que él lograría entrelazar los hilos de la trama que yo parecía tener en mis manos. Sólo me faltaba encontrarlo.
Pero querer encontrarlo y lograrlo eran dos cosas muy distintas. Su servicio de mensajes telefónicos hacía que el KGB y la CIA parecieran meras cotillas. Cuando llamabas, los telefonistas ni siquiera reconocían quién era Nim y yo llevaba semanas intentando dar con él.
Quise hablar con Nim, simplemente para despedirme, cuando supe que me iba al extranjero. Pero ahora necesitaba ponerme en contacto con él, no sólo por mi pacto con Lily Rad, sino porque tenía la certeza de que aquellos acontecimientos aparentemente inconexos —la muerte de Fiske, la advertencia de Solarin y la desaparición de Saul— estaban relacionados. Estaban relacionados conmigo.
Lo sabía porque a medianoche, cuando me separé de Lily en el Palm, decidí iniciar la investigación. En lugar de volver a casa, tomé un taxi hasta el Fifth Avenue Hotel para hablar con la pitonisa que, tres meses antes, me había hecho la misma advertencia que Solarin esa tarde. Aunque la advertencia del ruso se vio inmediatamente acompañada de pruebas contundentes, el lenguaje afín que habían empleado me pareció demasiado casual y quería encontrarle una explicación.
Por eso necesitaba hablar con Nim ahora mismo, sin más tardanza. La verdad es que en el Fifth Avenue Hotel no había ninguna pitonisa. Hablé más de media hora con el encargado del bar para confirmar sin asomo de dudas que estaba en lo cierto. El encargado llevaba quince años allí y me aseguró una y otra vez que en ese bar nunca había trabajado una pitonisa, ni siquiera en Nochevieja. La mujer que había sabido de mi llegada, que había esperado a que Harry me telefoneara al centro de datos, que se había preparado para leerme la buenaventura, que había empleado las mismas palabras que Solarin tres meses después, la mujer que incluso conocía mi fecha de nacimiento —recordé—, lisa y llanamente nunca había existido.

Claro que había existido. Tenía tres testigos oculares para demostrarlo. Pero a esas alturas, hasta el testimonio de mis propios ojos se tornaba sospechoso ante mi propia mirada.
Por esos motivos el lunes por la mañana, mientras el pelo chorreante me empapaba el albornoz, desenterré el teléfono y por enésima vez intenté comunicar con Nim. Me aguardaba una buena sorpresa.
Cuando llamé a su servicio, en la línea apareció un mensaje grabado por la Compañía Telefónica de Nueva York, en el que explicaban que había cambiado de número por otro con prefijo de Brooklyn. Marqué el nuevo número, sorprendida de que Nim hubiese optado por un nuevo servicio. Al fin y al cabo, yo era una de las tres personas del mundo que tenían el honor de conocer el viejo número. Al parecer, todas las precauciones eran pocas.
Recibí la segunda sorpresa cuando el servicio de mensajes contestó a mi llamada.
—Rockaway Greens Hall —dijo la mujer que respondió.
—Quería hablar con el doctor Nim —respondí.
—Aquí no hay nadie con ese nombre —respondió dulcemente.
El trato era amable en comparación con las desagradables negativas que solía recibir del servicio de mensajes de Nim. Las sorpresas no habían acabado.
—Quiero hablar con el doctor Nim, con el doctor Ladislaus Nim —repetí claramente—. El servicio de información de Manhattan me dio este número.
—¿Es… es un nombre de hombre? —preguntó la mujer sobresaltada.
—Sí —respondí impaciente—. ¿Puedo dejarle un mensaje? Es muy importante que me ponga en contacto con él.
—Señora —dijo la mujer y su voz adquirió un tono frío—. ¡Está hablando con un convento de carmelitas! ¡Alguien le ha gastado una broma! —Colgó.
Sabía que a Nim le gustaba aislarse, pero esto era demasiado. Presa de una furia incontrolable, decidí encontrarlo de una vez por todas. Como se me había hecho tarde para ir a trabajar, cogí el secador y empecé a secarme el pelo en medio de la sala, mientras caminaba de un extremo a otro pensando qué táctica adoptar. Por fin tuve una idea.
Hacía varios años, Nim había instalado parte de los principales sistemas de la Bolsa de Nueva York. Seguramente los que usaban esos ordenadores lo conocían. Hasta era posible que Nim pasara de vez en cuando para contemplar su obra. Telefoneé al director de personal.
—¿El doctor Nim? —preguntó—. Jamás lo he oído nombrar. ¿Está segura de que realmente ha trabajado aquí? Llevo tres años en la Bolsa y nunca he oído ese nombre.
—Está bien, ya estoy hasta el gorro —declaré completamente exasperada—. Quiero hablar con el presidente. Dígame quién es.
—La… Bolsa… de… Nueva… York… no… tiene… presidente —me informó con tono burlón.
¡Mierda!
—¿Y qué tiene entonces? —casi grité—. Alguien tiene que dirigir las cosas.
—Contamos con un síndico —respondió molesto y me dio su nombre.
—Perfecto, le ruego que me ponga con él.
—De acuerdo, señora. Supongo que sabe lo que hace.
¡Ya lo creo! Claro que lo sabía. La secretaria del síndico fue muy atenta y supe que iba por buen camino por la forma en que eludió mis preguntas.
—¿El doctor Nim? —preguntó con voz de viejecita—. No… no, creo que nunca he oído ese nombre. En este momento el síndico se encuentra en el extranjero. ¿Quiere dejarle un mensaje?
—Sí —espeté. Era todo lo que podía hacer, por lo que sabía de mi prolongada experiencia con el hombre misterioso—. Si tiene noticias del doctor Nim, dígale por favor que la señorita Velis espera su llamada en el convento de Rockaway Greens. Y dígale también que si por la noche no tengo noticias, me veré obligada a pronunciar los votos.
Di mis números de teléfono a la pobre y confundida mujer e hicimos las paces. Pensé que Nim se lo merecía si el mensaje pasaba por las manos de varios retoños de la Bolsa de Nueva York antes de llegar a las suyas. Me encantaría ver cómo salía de ese aprieto.
Tras lograr cuanto pude, me puse el traje de pantalón color tomate para pasar el día en Con Edison. Revolví el suelo del armario buscando un par de zapatos y solté unos cuantos tacos. Carioca había mordido la mitad de mi calzado y mezclado la otra mitad. Por fin encontré dos zapatos del mismo par, me puse el abrigo y salí a desayunar. Como a Lily, me costaba trabajo afrontar ciertas cuestiones con el estómago vacío, entre ellas Con Edison.
La Galette era el bistró francés local y estaba a media manzana de mi piso. Tenía manteles de cuadros y macetas con geranios. Las ventanas traseras daban al edificio de las Naciones Unidas. Pedí zumo de naranja, café solo y pastel de ciruelas pasas.
En cuanto me sirvieron el desayuno, abrí la cartera y saqué algunas notas que había tomado la noche anterior, antes de irme a dormir. Creí posible encontrar sentido a la cronología de los acontecimientos.
Solarin tenía una fórmula secreta y decidieron llevárselo una temporada a Rusia. Hacía quince años que Fiske no participaba en una competición ajedrecística. Solarin me lanzó una advertencia y empleó el mismo lenguaje que la pitonisa a la que yo había consultado tres meses antes. Solarin y Fiske tuvieron un altercado durante la partida y decidieron solicitar una interrupción. Lily opinaba que Fiske hacía trampa. Éste apareció muerto en extrañas circunstancias. Había dos orificios de bala en el coche de Lily, uno hecho antes de nuestra llegada y el otro mientras estábamos presentes. Por último, tanto Saul como la pitonisa se habían esfumado.
Aunque nada parecía encajar, abundaban las pistas que indicaban que todo estaba relacionado. Sabía que la probabilidad aleatoria de tantas coincidencias era nula.
Había terminado la primera taza de café y comido la mitad de pastel de ciruelas pasas cuando lo vi. Contemplaba la curva verde azulada que producía la enorme cristalera del edificio de las Naciones Unidas cuando algo llamó mi atención. Un hombre pasó junto a la ventana, vestido de blanco de la cabeza a los pies, con un chándal con capucha y una bufanda que le tapaba la mitad inferior de la cara. Empujaba una bicicleta.
Quedé anonadada, con el vaso de zumo de naranja a mitad de camino hacia mi boca. El hombre descendió por la empinada escalera de caracol, flanqueada por un muro de piedra, que bordeaba la plaza situada frente a la ONU. Solté el vaso y di un respingo. Dejé sobre la mesa el importe de la consumición, guardé las notas, cogí la cartera y el abrigo y salí a toda prisa.
Los escalones de piedra estaban resbaladizos y cubiertos por una capa de hielo y sal común. Me iba poniendo el abrigo y luchaba con la cartera mientras bajaba la escalera como una flecha. El hombre de la bicicleta estaba a punto de desaparecer en la esquina. Al meter el brazo en la manga del abrigo, el alto tacón se hundió en el hielo, se partió y yo caí de rodillas dos escalones más abajo. Sobre mi cabeza vi esculpida en el muro de piedra una cita de Isaías:
Y convertirán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en podaderas. Ninguna nación alzará la espada contra otra. Ni seguirán aprendiendo a guerrear.
Mala suerte. Me incorporé y me quité el hielo de las rodillas. A Isaías le quedaban muchas cosas por aprender acerca de los hombres y las naciones. Hacía más de cinco milenios que en nuestro planeta no transcurría un sólo día en que la guerra no floreciera. Los manifestantes en contra de la guerra de Vietnam ya se habían congregado en la plaza. Me abrí paso entre ellos mientras ondeaban ante mí sus carteles en pro de la paz, carteles con forma de patas de paloma. Me encantaría verles convertir un misil balística en una reja de arado.
Sobre el tacón roto giré en la esquina y choqué contra el costado del Instituto de Investigación de Sistemas IBM. El hombre me llevaba cien metros de ventaja, había montado en la bicicleta y pedaleaba. Llegó al paso peatonal de la plaza de la ONU y paró ante el semáforo en rojo.
Eché a correr por la acera, con los ojos llenos de lágrimas a causa del frío, intentando abrocharme el abrigo y cerrar la cartera mientras el viento glacial me azotaba. A mitad de camino vi que el semáforo pasaba al verde, al tiempo que el hombre cruzaba pedaleando. Aunque aceleré el paso, el semáforo volvió a ponerse en rojo cuando llegué al cruce peatonal y los coches arrancaron. Tenía los ojos clavados en la figura que se hacía cada vez más pequeña en la acera de enfrente.
El hombre se apeó de la bicicleta y la subió por los escalones que daban a la plaza. ¡Estaba atrapado! Yo podía recuperar el aliento porque no había ninguna salida en el Jardín de los árboles esculpidos. Mientras aguardaba a que cambiase el semáforo, repentinamente me di cuenta de lo que estaba haciendo.
El día anterior había sido casi testigo de un asesinato y me había encontrado a poca distancia de una bala perdida en zonas públicas de Nueva York. Ahora perseguía a un desconocido simplemente porque se parecía al hombre de mi cuadro, bicicleta incluida. ¿Era posible que se pareciera tanto a mi óleo? Aunque le di mil vueltas a la pregunta, no hallé respuesta y, por las dudas, en cuanto cambió el semáforo miré en una y otra dirección antes de bajar a la calzada.
Crucé las puertas de hierro forjado de la plaza de la ONU y subí la escalinata. Al otro lado de la extensión de cemento blanco había una viejecita de negro, sentada en un banco de piedra, que alimentaba a las palomas. Con la cabeza cubierta por un pañuelo negro e inclinada hacia delante, arrojaba comida a las aves que, formando una gran nube plateada, se apiñaban, arrullaban y arremolinaban a su alrededor. Junto a ella se encontraba el hombre de la bicicleta.
Al verlos quedé paralizada y no supe qué hacer. Estaban hablando. La anciana se volvió, miró en mi dirección y le comentó algo. El hombre asintió fugazmente sin mirar atrás, se volvió con una mano sobre el manillar y bajó rápidamente la escalera del otro lado, rumbo al río. Me armé de valor y corrí tras él. En la plaza se produjo una gran desbandada de palomas que me obstruyeron la visión. Me encaminé a la escalera y me tapé la cabeza con un brazo mientras las aves revoloteaban a mi alrededor.
Abajo, mirando hacia el río, se alzaba un enorme campesino de bronce donado por los soviéticos. Martillaba su espada para convertirla en una reja de arado. Ante mí corría el helado East River y en la otra orilla se alzaba el gran letrero de Coca-Cola de Queens, rodeado por el humo que arrojaban los ardientes hornos. A la izquierda se extendía el jardín, rodeado de árboles cubiertos de nieve. Ni una sola pisada perturbaba su nívea superficie. Junto al río corría un sendero de grava, separado del jardín por una hilera de árboles podados y más pequeños. No había nadie a la vista.
¿Dónde se había metido? El jardín no tenía salida. Me di la vuelta y subí los escalones hasta la plaza. La vieja también había desaparecido, pero entreví una figura evanescente que entraba en la zona de los visitantes. Vi su bicicleta en la puerta. Mientras entraba a la carrera, me pregunté cómo se las había ingeniado el hombre de la bicicleta para pasar a mi lado. No había un alma salvo un guardia que charlaba de pie con la joven recepcionista, junto al mostrador ovalado.
—Disculpadme, ¿acaba de entrar un hombre con un chándal blanco?
—Yo qué sé —dijo el guardia, molesto por la interrupción.
—Si quisierais ocultaros, ¿dónde os meteríais? —Ahora sí que llamé su atención. Ambos me observaron como si fuera una terrorista. Me apresuré a añadir—: Me refiero a si quisierais estar a solas y disfrutar de un poco de intimidad.
—Los delegados acuden a la sala de meditación —respondió el guardia—. Es un sitio muy tranquilo. Queda allí.
Señaló una puerta situada al otro lado del ancho suelo de mármol, con cuadrados rosa y gris como las casillas del ajedrez. Junto a la puerta había una vidriera verde azulada de Chagall. Les di las gracias y eché a andar. Al entrar en la sala de meditación, la puerta se cerró a mis espaldas sin el menor ruido.
Se trataba de una estancia larga y penumbrosa, semejante a una cripta. Junto a la puerta había varias hileras de bancos pequeños, con los que estuve a punto de tropezar en la penumbra. En el centro se alzaba una losa en forma de féretro, iluminada por un foco delgadísimo que abarcaba su superficie. La sala estaba realmente silenciosa, fría y húmeda. Noté que se me dilataban las pupilas a medida que se adaptaban a la luz.
Ocupé uno de los pequeños bancos. La madera crujió. Deposité mi cartera en el suelo y contemplé la losa. Temblaba misteriosamente, suspendida en el aire como un monolito que flota en el espacio galáctico. Producía una sensación tranquilizadora, casi hipnótica.
Cuando la puerta se abrió mudamente a mis espaldas y antes de cerrarse, dejó pasar un torrente de luz, me volví como en cámara lenta.
—No grites —susurró una voz a mis espaldas—. No te haré daño. Te ruego que guardes silencio.
Me quedé petrificada al reconocer la voz. Me incorporé de un salto y giré, poniéndome de espaldas a la losa.
En medio de la tenue luz estaba Solarin, y sus ojos verdes reflejaban imágenes luminosas e iguales a las de la losa. Me había incorporado tan bruscamente que me maree. Puse las manos a la espalda y me apoyé en la losa. Solarin me miraba impertérrito. Con el mismo pantalón gris que llevaba el día anterior, ahora se había puesto una oscura chaqueta de piel que lo hacía parecer aún más blanco de lo que yo lo recordaba.
—Siéntate —pidió en voz baja—.
Aquí, a mi lado. Sólo dispongo de unos minutos.
Aunque las piernas me temblaban, obedecí. Seguí sin abrir la boca.
—Ayer intenté avisarte, pero no me hiciste caso. Ahora sabes que te dije la verdad. Si no queréis acabar como Fiske, será mejor que Lily Rad y tú abandonéis este torneo.
—Entonces no crees que se haya suicidado —susurré.
—No digas tonterías. Le partió el cuello un especialista. Yo fui la última persona que lo vio con vida y gozaba de buena salud. Dos minutos después estaba muerto. Y habían desaparecido varios objetos…
—A menos que lo mataras tú —lo interrumpí.
Solarin sonrió. Era una sonrisa tan desconcertante que transformó profundamente su expresión. Se inclinó hacia mí y me puso las manos en los hombros. Noté que sus dedos transmitían una gran calidez.
—Te ruego que me escuches con atención, pues el hecho de que nos vean juntos podría ponerme en peligro. Yo no disparé contra el coche de tu amiga, pero la desaparición del chófer no ha sido accidental.
Lo miré alelada. Lily y yo habíamos acordado que no se lo contaríamos a nadie. ¿Cómo estaba enterado Solarin, si no había tenido nada que ver?
—¿Sabes qué le ha pasado a Saul? ¿Sabes quién disparó?
Solarin me miró sin responder. Aún tenía las manos sobre mis hombros. Me apretó mientras volvía a concederme su cálida y maravillosa sonrisa. Tenía el aire de un chiquillo.
—No se equivocaban con respecto a ti —comentó con voz queda—. Eres la persona.
—¿Quiénes? Sabes cosas que no me dices —comenté irritada—. Me lanzas una advertencia, pero no me dices de qué debo protegerme. ¿Conoces a la pitonisa?
Solarin apartó bruscamente las manos de mis hombros y volvió a ponerse la máscara. Me di cuenta de que yo estaba tentando al destino, pero no había nada que pudiera detenerme.
—Sabes y conoces más de lo que dices —insistí—. ¿Quién es el hombre de la bicicleta? ¡Tuviste que verlo si me has seguido! ¿Por qué me haces advertencias y me ocultas datos decisivos? ¿Qué quieres? ¿Qué tiene que ver conmigo esta historia? —Paré para recobrar el aliento y miré a Solarin, que me observaba atentamente.
—No sé qué decirte —respondió. Su voz era muy suave y por primera vez percibí indicios de acento eslavo en su pronunciación formal y cortante del inglés—. Todo lo que te diga te pondrá en una situación aún más difícil. Sólo te pido que me creas porque he arriesgado mucho para hablar contigo. —Con gran sorpresa por mi parte, se estiró y me acarició el pelo como si fuera una cría—. Apártate del torneo de ajedrez. No confíes en nadie. Aunque tienes amigos influyentes de tu lado, no sabes a qué estás jugando…
—¿De qué lado? —pregunté—. Yo no juego a nada.
—Claro que sí —respondió y me miró con infinita ternura, como si deseara abrazarme—. Estás jugando una partida de ajedrez. No te preocupes, soy maestro y estoy de tu lado.
Se incorporó y caminó hacia la puerta. Lo seguí aturdida. Cuando llegamos a la puerta, Solarin se apoyó en la pared y prestó atención como si esperara que alguien entrase violentamente. Luego miró mi expresión de confusión.
Se llevó una mano al interior de la chaqueta y con la cabeza me indicó que saliera. Entreví el arma que esgrimía. Tragué saliva y franqueé velozmente la puerta, sin mirar atrás.
La cegadora luz invernal se colaba por las paredes de cristal del vestíbulo. Me dirigí deprisa a la salida. Me cerré el abrigo, crucé la plaza ancha y helada y bajé corriendo las escaleras que comunicaban con East River Drive.
Estaba en medio de la calle, protegiéndome del viento glacial, cuando paré en seco ante las puertas de la entrada de delegados. Me había olvidado la cartera en la sala de meditación. No sólo guardaba en ella los libros de la biblioteca, sino las notas sobre los acontecimientos del día anterior.
¡Fantástico! Era digno de mi suerte que Solarin encontrara esos papeles y creyera que estaba investigando su pasado mucho más a fondo de lo que suponía. Y eso era, desde luego, lo que me proponía. Me tildé de idiota, giré sobre el tacón roto y emprendí el regreso a la plaza de la ONU.
Entré en el vestíbulo. La recepcionista estaba ocupada con una visita. No vi al guardia. Me convencí de que el miedo a regresar sola a la sala de meditación era absurdo. El vestíbulo estaba totalmente vacío y mi vista abarcaba hasta la escalera de caracol. No había nadie.
Crucé osadamente el vestíbulo y miré por encima del hombro al llegar a la vidriera de Chagall. Abrí la puerta de la sala de meditación y eché un vistazo.
Aunque mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra, vi que las cosas no estaban como las había dejado. Solarin había desaparecido, lo mismo que mi cartera, y en la losa, boca arriba, descansaba un cadáver. Permanecí aterrada junto a la puerta. El largo cuerpo extendido sobre la losa vestía uniforme de chófer. Se me heló la sangre y me zumbaron los oídos. Aspiré hondo, entré y dejé que la puerta se cerrara.
Me acerqué a la losa y contemplé la cara blanca y pálida que brillaba bajo la luz del foco. Era Saul. Y estaba muertísimo. Se me revolvió el estómago y sentí un miedo atroz. Jamás había visto un cadáver, ni siquiera en los funerales. Se me hizo un nudo en la garganta, como si estuviera a punto de echarme a llorar.
Súbitamente algo ahogó el primer sollozo antes de que escapara de mi garganta: Saul no había trepado a la losa por sus propios medios y dejado de respirar. Alguien lo había depositado allí, la misma persona que había estado en la sala en los últimos cinco minutos.
Salí disparada. La recepcionista seguía dando explicaciones a un visitante. Se me ocurrió dar la voz de alarma, pero me lo pensé dos veces. Tal vez tuviera dificultades para explicar que el chófer de una amiga mía había sido asesinado y que yo había tropezado con el cadáver por casualidad; que azarosamente el día anterior había estado presente en el sitio donde se había producido una muerte en extrañas circunstancias y que mi amiga, la patrona del chófer, también estaba presente; que nos habíamos olvidado de denunciar que en su coche habían aparecido dos orificios de bala.
Emprendí la retirada de la sede de la ONU y literalmente caí en picado por la escalera. Aunque sabía que debía acudir directamente a las autoridades, estaba aterrorizada. Habían asesinado a Saul en aquella sala, segundos después de que yo la abandonara. Fiske había muerto pocos minutos después de que se interrumpiera la partida de ajedrez. En ambos casos, las víctimas se encontraban en lugares públicos, cercanos a otras personas. En ambos casos, Solarin había estado presente. Y tenía un arma, ¿no? Y había estado presente en ambos casos.
Así que estábamos jugando. En ese caso, estaba decidida a descubrir las reglas del juego por mi cuenta y riesgo. No sólo era miedo y confusión, sino determinación, lo que sentí al recorrer la calle helada rumbo a mi despacho caldeado y seguro. Tenía que atravesar el misterioso velo que envolvía el juego, identificar las reglas y a los jugadores. Y debía hacerlo muy pronto, pues las jugadas ocurrían peligrosamente cerca. Ignoraba que a treinta manzanas estaba a punto de tener lugar una jugada que modificaría el curso de mi vida…

—Brodski está furioso —informó Gogol con nerviosismo.
Se levantó de la suave y mullida silla en la que tomaba el té en el vestíbulo del Algonquin en cuanto vio que Solarin franqueaba la entrada.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Gogol pálido como un fantasma.
—He salido a tomar el aire —respondió Solarin con calma—. Te recuerdo que no estamos en la Unión Soviética. En Nueva York la gente sale a caminar cuando se le antoja sin informar a las autoridades de sus propósitos. ¿Acaso Brodski temió que desertara?
Gogol no reaccionó ante la sonrisa de Solarin.
—Está cabreado —reconoció Gogol. Miró nervioso a su alrededor, pero no había nadie, con excepción de una anciana que tomaba el té en el otro extremo—. Esta mañana Hermanold nos comunicó que el torneo se postergará indefinidamente hasta que investiguen a fondo la muerte de Fiske. Tenía el cuello roto.
—Ya lo sé —dijo Solarin, cogió a Gogol del brazo y lo llevó hacia la mesa en la que se enfriaba el té. Indicó a Gogol que se sentara y terminara la infusión—. Vi el cadáver, ¿lo has olvidado?
—Ése es el problema —replicó Gogol—. Estuviste a solas con él poco antes del accidente. Este asunto tiene muy mal cariz. No debimos llamar la atención. Si hacen una investigación, sin duda lo primero que harán será interrogarte.
—Deja que yo me preocupe de esas cosas —aconsejó Solarin.
Gogol cogió un terrón de azúcar y lo sujetó con los dientes. Bebió el té a través del terrón, mientras meditaba en silencio.
La anciana cojeaba hacia la mesa que ocupaban. Vestía de negro y se movía con dificultad, con ayuda de un bastón. Gogol la miró.
—Por favor —dijo la anciana al reunirse con ellos—. No me han servido sacarina con el té y no puedo tomar azúcar. Caballeros, ¿serían tan amables de dejarme una bolsita de sacarina?
—Por supuesto —respondió Solarin.
Abrió el azucarero de la bandeja de Gogol, sacó varias bolsitas de color rosa y se las entregó a la anciana. Ésta le dio las gracias y se alejó.
—¡Oh, no! —exclamó Gogol y miró en dirección a los ascensores. Brodski avanzaba por el vestíbulo y se abría paso entre el laberinto de mesas de té y sillas floreadas—. Quería que subiera contigo en cuanto regresaras —le explicó a Solarin en voz baja.
Gogol se puso en pie y estuvo a punto de volcar la bandeja. Solarin siguió sentado.
Brodski era un individuo alto y musculoso, con la cara bronceada. Parecía un hombre de negocios europeo con su traje de rayas azul marino y su corbata de seda asargada. Se acercó agresivamente a la mesa, como si se presentara en una reunión de negocios. Se detuvo ante Solarin y le ofreció la mano. Éste se la estrechó sin levantarse. Brodski tomó asiento.
—He tenido que informar al secretario de tu desaparición —informó Brodski.
—No he desaparecido, salí a dar un paseo.
—Has ido de compras, ¿eh? —preguntó Brodski—. Esa cartera es muy bonita. ¿Dónde la has comprado? —Tocó la cartera que reposaba en el suelo, junto a Solarin. Gogol ni siquiera la había visto—. Cuero italiano, lo ideal para un ajedrecista soviético —comentó no sin cierta sorna—. ¿Te molesta que la mire por dentro?
Solarin se encogió de hombros. Brodski colocó la cartera en sus rodillas y la abrió. Se dedicó a revolver el contenido.
—A propósito, ¿quién era la mujer que abandonó vuestra mesa justo cuando llegué?
—Sólo una anciana que necesitaba sacarina —respondió Gogol.
—No debía de estar tan desesperada —murmuró Brodski mientras hojeaba los papeles— porque se largó en cuanto llegué.
Gogol miró la mesa que ocupaba la anciana dama. Aunque se había ido, el servicio de té permanecía allí.
Brodski metió los papeles en la cartera y se la devolvió a Solarin. Miró a Gogol y suspiró.
—Gogol, eres un gilipollas —comentó como si hablara del tiempo—. Es la tercera vez que nuestro incomparable gran maestro te da el esquinazo. La primera, cuando interrogó a Fiske poco antes de que lo asesinaran. La segunda, cuando salió a buscar esta cartera que ahora sólo contiene un sujetapapeles, varios blocs por estrenar y dos libros sobre la industria petrolera. Es evidente que ha quitado todo lo de valor. Y ahora, en tus narices, le ha pasado una nota a una agente.
Gogol se puso rojo como un tomate y dejó la taza de té.
—Pues te aseguro que…
—No me asegures nada —lo interrumpió Brodski lentamente. Se dirigió a Solarin—: El secretario ha dicho que si no establecemos contacto en veinticuatro horas, pedirán que regresemos a Rusia. No puede arriesgarse a revelar nuestra cobertura si se suspende el torneo. Quedaría muy mal decir que nos quedamos en Nueva York para comprar carteras italianas de segunda mano —se burló—. Gran maestro, tienes veinticuatro horas para conseguir la información.
Solarin miró a Brodski a los ojos y sonrió fríamente.
—Mi querido Brodski, puedes informar al secretario que ya hemos establecido contacto.
Brodski permaneció mudo, a la espera de que Solarin continuara. Como éste guardó silencio, dijo con voz ronroneante:
—¿Y? Deja ya de tenernos con el alma en vilo.
Solarin miró la cartera que había apoyado en sus rodillas. Finalmente se concentró en Brodski con cara inexpresiva y replicó:
—Las piezas están en Argelia.

A mediodía estaba completamente desquiciada. Había hecho denodados esfuerzos por contactar con Nim, pero sin éxito. Mentalmente seguía viendo el horroroso cadáver de Saul tendido en la losa e intentaba encontrar significado a lo ocurrido, encajar las piezas.
Estaba encerrada en mi despacho de Con Edison, que daba a la entrada de la ONU, y escuchaba las noticias de la radio mientras esperaba que los coches patrulla pararan en la plaza apenas conocieran la existencia del cadáver. Pero no ocurrió nada.
Intenté hablar con Lily, que había salido. En el despacho de Harry me dijeron que se había ido a Buffalo a revisar unos envíos de pieles deterioradas y que no regresaría hasta muy tarde. Pensé llamar a la policía y dejar un mensaje anónimo sobre el cadáver de Saul, pero decidí que pronto lo encontrarían. Era imposible que un cadáver pasara horas en la ONU sin que nadie reparara en él.
Poco después de las doce pedí a mi secretaria que saliera a comprar bocadillos. Sonó el teléfono y contesté. Era Lisle, mi jefe. Su voz sonaba desagradablemente animada.
—Velis, ya tenemos los billetes y el itinerario. La sucursal de París te espera el próximo lunes. Pasarás la noche allí y por la mañana viajarás a Argel. Si estás de acuerdo, esta tarde haré enviar los billetes y los documentos a tu apartamento.
Le dije que me parecía bien.
—Velis, no pareces muy animada. ¿Tienes dudas sobre tu viaje al continente negro?
—En absoluto —repliqué con toda la seguridad que pude fingir—. Me vendrá bien un descanso. Nueva York empieza a ponerme los pelos de punta.
—Perfecto. Velis, bon voyage. Después no digas que no te avisé.
Colgamos. Pocos minutos más tarde regresó mi secretaria con bocadillos y leche. Cerré la puerta e intenté comer, pero no pude tragar más que unos pocos bocados. Tampoco logré sentir interés por los libros sobre la historia de la industria petrolera. Permanecí sentada con la vista clavada en el escritorio.
Alrededor de las tres mi secretaria llamó a la puerta y entró con una cartera.
—Alguien se la dejó al guardia de la entrada —explicó—. Con esta nota.
La cogí con mano temblorosa y aguardé a que se fuera. Busqué el abrecartas, abrí el sobre y saqué la hoja.
La nota decía: «He quitado algunos papeles. Te ruego que no vayas sola a tu apartamento». Aunque no tenía firma, reconocí el tono exaltado. Me guardé la nota en el bolsillo y abrí la cartera. Todo estaba en su sitio salvo, obviamente, mis apuntes sobre Solarin.

A las seis y media seguía en el despacho. Pese a que casi todos habían abandonado el edificio, mi secretaria seguía escribiendo a máquina. Le había dado un montón de trabajo para no quedarme sola y me preguntaba cómo regresaría a mi piso. Quedaba a una manzana y parecía ridículo llamar a un taxi.
Apareció el portero para limpiar los despachos. Estaba vaciando un cenicero en mi papelera cuando sonó el teléfono. Con la prisa por coger el auricular, casi lo tiré al suelo.
—Trabajas hasta muy tarde, ¿no te parece? —preguntó una voz conocida.
Estuve a punto de echarme a llorar, aliviada.
—Vaya, es sor Nim —comenté e intenté dominarme—. Has llamado demasiado tarde. Estaba a punto de emprender la retirada. Ahora soy miembro de pleno derecho de las Hermanas de Jesús.
—Sería una pena y un desperdicio —declaró Nim alegremente.
—¿Cómo te las has ingeniado para encontrarme tan tarde?
—¿Dónde más podía estar una tarde de invierno alguien con tu ilimitada dedicación? A estas altura debes de haber consumido la provisión mundial de petróleo de medianoche… Querida, ¿cómo estás? Me han dicho que me buscabas.
Esperé a que saliera el portero para responder.
—Temo encontrarme en graves problemas.
—Por supuesto, siempre tienes problemas —dijo Nim fríamente—. Es uno de tus principales encantos. Una mente como la mía se cansa de toparse constantemente con lo esperado.
Miré la espalda de mi secretaria a través del tabique de cristal de mi despacho.
—Tengo gravísimos problemas —susurré—. ¡En los dos últimos días asesinaron a dos personas prácticamente delante de mis narices! Me han advertido que tiene que ver con mi asistencia a cierto torneo de ajedrez…
—¡Qué mal se oye! —protestó Nim—. ¿Qué haces? ¿Te has tapado la boca con un trapo? Apenas te oigo. ¿De qué te han advertido? Habla más alto.
—La pitonisa predijo que yo correría peligro —expliqué—. Y así es. Los asesinatos…
—Mi querida Cat, ¿has dicho la pitonisa? —preguntó Nim risueño.
—No ha sido la única —insistí y me clavé las uñas en las palmas de las manos—. ¿Te suena el nombre de Alexander Solarin?
Nim guardó silencio unos instantes y finalmente preguntó:
—¿El ajedrecista?
—Fue quien me dijo… —repuse insegura y me di cuenta de que sonaba demasiado fantasioso para ser verdad.
—¿Cómo has conocido a Alexander Solarin?
—Ayer asistí a un torneo de ajedrez. Se me acercó para decirme que corría peligro. Fue muy insistente.
—Tal vez te confundió con otra persona.
La voz de Nim sonaba lejana, como si estuviera ensimismado.
—Tal vez —reconocí—. Pero esta mañana, en las Naciones Unidas, ha dejado claro que…
—Espera un momento —me interrumpió Nim—. Me parece percibir un problema. Pitonisas y ajedrecistas rusos te siguen y te susurran extrañas advertencias al oído. Los cadáveres caen del cielo. ¿Qué has comido?
—Hmmm. Un bocata y unos sorbos de leche.
—Paranoia provocada por la falta de alimento —diagnosticó Nim entusiasmado—. Recoge tus cosas. Dentro de cinco minutos pasaré a buscarte en coche. Comeremos como Dios manda y esas fantasías desaparecerán.
—No son fantasías —me defendí.
Me alegré de que Nim viniera a buscarme; por lo menos, llegaría a casa sana y salva.
—Ya veremos —replicó—. Desde donde estoy te veo demasiado delgada. Aunque hay que reconocer que el traje rojo que llevas es muy elegante.
Eché un vistazo a mi despacho y luego miré hacia la calle. Aunque las farolas acababan de encenderse, casi toda la acera estaba a oscuras. Vi una sombría figura en la cabina telefónica cercana a la parada del autobús. Levantó el brazo.
—A propósito, querida. Si te preocupa el peligro, te aconsejo que dejes de retozar junto a ventanas iluminadas cuando anochece. Por supuesto, no es más que una sugerencia.
Nim colgó.

El Morgan verde oscuro de Nim paró frente a Con Edison. Salí corriendo y salté junto al asiento del acompañante, situado a la izquierda. El coche tenía estribos y suelo de madera. Entre las grietas se veía la calzada.
Nim vestía vaqueros desteñidos, una cara chaqueta de piel italiana y bufanda de seda blanca con flecos. El viento agitó su pelo cobrizo cuando arrancó. Me pregunté por qué tenía tantos amigos que, en invierno, preferían conducir sin capota. Nim condujo y el tibio resplandor de las farolas tiñó sus rizos con chispas doradas.
—Pasaremos por tu casa para que te pongas ropa de abrigo —propuso Nim—. Si te tranquiliza, entraré primero con un dragaminas.
Debido a un extraño capricho genético, Nim tenía los ojos de colores distintos, uno pardo y el otro azul. Siempre daba la impresión de que me miraba a mí y a través de mí, sensación que no me agradaba en demasía. Paramos delante de casa. Nim se apeó, saludó a Boswell y le puso en la mano un billete de veinte dólares.
—Mi buen amigo, sólo tardaremos unos minutos —dijo Nim—. ¿Puede vigilar el coche mientras entramos? Es una reliquia familiar.
—Descuide, señor —respondió Boswell amablemente.
Lo ahorcaría si no daba la vuelta y me ayudaba a bajar del coche. Es extraordinario lo que puede el dinero.
Cogí el correo. Había llegado el sobre de Fulbright con los billetes. Nim y yo entramos en el ascensor y subimos. Nim estudió la puerta de mi piso y declaró que el dragaminas no era necesario. Si alguien había entrado, lo había hecho con una llave. Como casi todos los apartamentos de Nueva York, el mío tenía puerta de acero, de cinco centímetros de grosor, con doble cerrojo de seguridad. Nim se adelantó por la entrada que conducía a la sala.
—Me atrevo a sugerir que una mujer de la limpieza una vez al mes haría maravillas aquí —comentó—. Aunque útil como herramienta para la detección de delitos, no le encuentro otro fin a esta enorme colección de polvo y recuerdos…