El ocho

El ocho


La rueda del caballero

Página 12 de 44

Quitó una nube de polvo de una pila de libros, cogió uno y lo hojeó. Revolví el armario y encontré un pantalón de pana caqui y un jersey de pescador Irlandés, de lana virgen. Cuando me dirigí hacia el baño para cambiarme, Nim estaba sentado en el taburete del piano y tocaba distraído las teclas.

—¿Tocas alguna vez? —me preguntó a gritos—. Las teclas están limpias.

—Me especialicé en música —chillé desde el baño—. Los músicos son los mejores expertos en informática. Superan a la combinación entre ingeniero y físico.

Sabía que Nim se había graduado en Ingeniería y Física. Mientras me cambiaba, reinaba el silencio. Cuando volví descalza, Nim estaba en pie en medio de la sala y contemplaba mi cuadro del Hombre de la Bicicleta, que había dejado de cara a la pared.

—Ten cuidado, está húmedo —le avisé.

—¿Lo has hecho tú? —preguntó estudiando el cuadro atentamente.

—Por eso me he metido en tantos líos. Pinté el cuadro y luego he visto a un hombre que se le parece como dos gotas de agua. Así que lo he seguido…

—¿Lo has seguido? —Nim me miró sobresaltado.

Me senté en el taburete del piano y empecé a narrarle la historia, comenzando por la llegada de Lily con Carioca. ¿Realmente había ocurrido el día anterior? Esta vez Nim no me interrumpió. De vez en cuando miraba el cuadro y volvía a observarme. Acabé hablándole de la pitonisa y de mi visita de la noche anterior al Fifth Avenue Hotel, donde averigüé que jamás había existido. Cuando concluí el relato, Nim se quedó pensativo. Me levanté, fui al armario, busqué unas viejas botas de montar y un chaquetón marinero y me puse las botas por encima del pantalón de pana.

—Si no te opones, quisiera que me prestases el cuadro por unos días —pidió Nim meditabundo. Había alzado la tela y la sostenía delicadamente por el travesaño del bastidor—. ¿Todavía tienes el poema de la pitonisa?

—Está por aquí —dije y señalé el caos.

—Echémosle un vistazo —propuso.

Suspiré y metí la mano en los bolsillos de los abrigos guardados en el armario. Tardé diez minutos, y por fin, aplastada contra el forro, encontré la servilleta en la que Llewellyn había anotado la profecía.

Nim me arrancó el papel de la mano y se lo guardó en el bolsillo. Cogió la tela húmeda, me pasó el otro brazo por los hombros y caminamos hacia la puerta.

—No sufras por el cuadro. Te lo devolveré en una semana.

—Puedes quedártelo. El viernes vendrán los encargados de la mudanza. Por eso te llamé. Este fin de semana dejo el país. Pasaré un año fuera. La empresa me envía al extranjero.

—Son unos negreros —declaró Nim—. ¿Adónde te mandan?

—A Argelia —respondí cuando llegamos a la puerta.

Nim se detuvo bruscamente y me miró. Enseguida se echó a reír.

—Mi querida jovencita, siempre me sorprendes. Durante cerca de una hora me has entretenido con historias de asesinatos, matanzas, misterios e intrigas. Y lo cierto es que has omitido la cuestión principal.

Estaba realmente confundida.

—¿Qué tiene que ver Argelia con todo esto?

Nim me cogió del mentón, alzó mi cara hacia la suya y preguntó:

—Dime una cosa, ¿has oído hablar del ajedrez de Montglane?

Ir a la siguiente página

Report Page