El ocho

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La peregrinación del caballo

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LA PEREGRINACIÓN DEL CABALLO

Caballero: Juegas al ajedrez, ¿verdad?

La Muerte: ¿Cómo lo sabes?

Caballero: Lo he visto en los cuadros y lo he oído en las baladas.

La Muerte: Sí, a decir verdad soy muy buena jugadora de ajedrez.

Caballero: Pero no eres mejor que yo.

INGMAR BERGMAN

El séptimo sello

La salida de Manhattan estaba prácticamente vacía. Eran más de las siete y media y en las paredes del túnel rebotaba el potente ronroneo del motor del Morgan.

—Me has dicho que íbamos a cenar —grité para hacerme oír.

—Sí, iremos a cenar a mi casa de Long Island —respondió Nim crípticamente—, donde hago prácticas de caballero rural. Debo reconocer que en esta época del año no hay cultivos.

—¿Tienes una granja en Long Island? —pregunté.

Aunque parezca extraño, jamás había imaginado a Nim viviendo en un sitio fijo. Tenía la costumbre de aparecer y desaparecer como un fantasma.

—Así es —respondió y me miró en medio de la penumbra con sus ojos de colores diferentes—. Tal vez seas la única persona viva que pueda dar testimonio de ello. Sabes que defiendo mi intimidad a brazo partido. Pretendo prepararte personalmente la cena. Después de comer, podrás pasar la noche en casa.

—Me parece que vas muy rápido…

—Evidentemente es difícil confundirte con la razón o la lógica —dijo Nim—. Acabas de explicarme que corres peligro. En los dos últimos días has visto morir a dos hombres y te han advertido de que de alguna manera estás metida en ello. ¿Realmente piensas pasar la noche sola en tu apartamento?

—Por la mañana tengo que trabajar —me justifiqué.

—Ni soñarlo —declaró Nim con determinación—. Te mantendrás apartada de los sitios que sueles frecuentar hasta que lleguemos al fondo del asunto. Tengo unas cuantas ideas acerca de la cuestión.

Mientras el coche avanzaba por el campo y el viento silbaba a nuestro alrededor, me arrebujé con la manta y escuché a Nim.

—En primer lugar, te hablaré del ajedrez de Montglane. La historia es muy larga, pero empezaré diciendo que originalmente fue el ajedrez de Carlomagno…

—¡Ah! —exclamé y me erguí—. Ya me lo han contado, lo que no sabía era el nombre. Cuando Llewellyn, el tío de Lily Rad, se enteró de que me enviaban a Argelia, me habló del tema. Quiere que le consiga algunas piezas.

—No me sorprende. —Nim rió—. Son muy raras y valen una fortuna. Casi nadie cree en su existencia. ¿Cómo llegó a conocerlas Llewellyn? ¿Por qué supone que están en Argelia?

Aunque Nim empleó un tono ligero e indiferente, noté que prestaba profunda atención a mi respuesta.

—Llewellyn se dedica a las antigüedades. Tiene un cliente que quiere esas piezas al precio que sea. Disponen de un contacto que sabe dónde están.

—Lo dudo —opinó Nim—. Según cuenta la leyenda, llevan más de un siglo enterradas y hace más de un milenio que salieron de circulación…

Mientras bajábamos en medio de la noche negra, Nim me contó una estrafalaria historia sobre soberanos moros y monjas francesas, sobre un extraño poder que durante siglos habían buscado aquellos que comprendían la naturaleza del poder. Por último, explicó que el ajedrez completo había desaparecido y que nadie lo volvió a ver. Aunque no dio razones, Nim agregó que se creía que estaba escondido en Argelia.

Cuando concluyó su inverosímil relato, el coche avanzaba a través de una espesa arboleda y la carretera descendía en picado. Al ascender, vimos la lechosa luna colgada sobre el mar. Oí el reclamo de los mochuelos desde las ramas. Tuve la sensación de que estábamos muy lejos de Nueva York.

—Sintetizando —suspiré y asomé la nariz por encima de la manta—, le he dicho a Llewellyn que no cuente conmigo, que se equivocó al suponer que intentaría pasar de contrabando un trebejo de ese tamaño, una pieza de oro salpicada de diamantes y rubíes…

El coche giró bruscamente y estuvimos a punto de caer al mar. Nim frenó y dominó la máquina.

—¿Tenía una pieza? —preguntó—. ¿Te la mostró?

—No —repuse y me pregunté qué estaba pasando—. Tú mismo has dicho que desaparecieron hace un siglo. Me mostró la foto de algo parecido, realizado en marfil. Creo que está en la Biblioteca Nacional.

—Comprendo —murmuró Nim y se serenó.

—No entiendo qué tiene que ver todo esto con Solarin y los asesinatos —añadí.

—Te lo explicaré, pero tienes que prometerme que no lo comentarás con nadie.

—Llewellyn dijo exactamente lo mismo.

Nim me miró mosqueado.

—Tal vez te vuelvas más cautelosa si te digo que el motivo por el que Solarin se puso en contacto contigo y por el que te han amenazado puede deberse, precisamente, a esos trebejos.

—¡Qué disparate! Jamás los había oído mencionar. Prácticamente no sé nada. No tengo nada que ver con este juego de locos.

—Es posible que alguien crea que tienes algo que ver —afirmó Nim seriamente mientras el coche avanzaba por la costa oscura.

La carretera trazaba una curva alejándose del mar. A ambos lados las grandes fincas estaban cercadas por setos bien cuidados de tres metros de altura. De vez en cuando la luz de la luna me permitía atisbar mansiones señoriales que se alzaban en medio de grandes jardines cubiertos de nieve. Nunca había visto nada semejante cerca de Nueva York. Me acordé de Scott Fitzgerald.

Nim me hablaba de Solarin:

—Sólo sé lo que he leído en la prensa especializada. Alexander Solarin tiene veintiocho años, es ciudadano de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y se crió en Crimea, cuna de la civilización, aunque hay que reconocer que en los últimos años se ha vuelto bastante incivilizado. Quedó huérfano y vivió en un hogar estatal. A los nueve o diez años dio la paliza a un maestro de ajedrez. Había aprendido a jugar a los cuatro años, le enseñaron los pescadores del mar Negro. Lo trasladaron inmediatamente al Palacio de los Pioneros.

Sabía de qué hablaba Nim. El Palacio de los Pioneros es el único instituto superior de todo el mundo que se dedica a producir maestros de ajedrez. En Rusia el ajedrez no sólo es el deporte nacional, sino la prolongación de la política mundial, el juego más cerebral de la historia. Los rusos opinan que su prolongada hegemonía ajedrecística confirma su superioridad intelectual.

—El hecho de que Solarin fuera trasladado al Palacio de los Pioneros, ¿significa que contaba con un fuerte respaldo político? —pregunté.

—No pudo ser de otra manera —respondió Nim.

El coche volvió a avanzar hacia el mar. La espuma del oleaje mojaba la carretera y sobre el asfalto se veía una gruesa capa de arena. El camino acababa en una ancha calzada de acceso, de grandes puertas dobles de hierro forjado. Nim accionó algunos botones del salpicadero y las puertas se abrieron. Nos internamos por una jungla de follaje enmarañado y gigantescas florituras de nieve, como en el dominio de la reina de las nieves del Cascanueces.

—En realidad —prosiguió Nim—, Solarin se negó a regalar partidas a los favoritos, severa regla de la etiqueta política de los rusos cuando participan en torneos. Aunque ha sido muy criticada, no les impide seguir practicándola.

La calzada estaba cubierta de nieve y daba la impresión de que hacía mucho que no pasaba un coche. Los árboles formaban una arcada como los ojos de una catedral e impedían ver el jardín. Por fin llegamos a la enorme calzada circular, en cuyo centro se alzaba una fuente. La casa apareció ante nosotros iluminada por la luna. Era enorme, con grandes aguilones que daban a la calzada y muchas chimeneas en los tejados.

—De modo que nuestro amigo, el ilustre Solarin, se apuntó en la carrera de Ciencias Exactas, estudió Física y abandonó el ajedrez —concluyó Nim al tiempo que apagaba el motor del coche y me miraba—. Si exceptuamos algún torneo ocasional, no ha sido un competidor relevante desde que cumplió veinte años.

Nim me ayudó a bajar del coche y, cargados con el cuadro avanzamos hasta la entrada, cuya puerta abrió, mi amigo con la llave.

Nos internamos en un inmenso vestíbulo. Nim encendió las luces: una majestuosa araña de cristal tallado. El suelo del vestíbulo y de las habitaciones circundantes era de pizarra cortada a mano, lustrada para que brillara como el mármol. Dentro de la casa hacía tanto frío que veía mi aliento y el hielo había formado finas capas en las fisuras de las baldosas de pizarra. A lo largo de una sucesión de habitaciones a oscuras, Nim me guió hasta la cocina del fondo de la casa. Era una estancia preciosa.

Los mecheros de gas originales seguían instalados en las paredes y el techo. Nim dejó el cuadro y encendió las farolas de carruaje que colgaban de las paredes. Dieron un alegre tono dorado a la estancia.

Era una cocina desmesurada, de unos nueve por quince metros. La pared trasera estaba cubierta de puertaventanas que daban al jardín nevado y un poco más lejos el mar rompía salvaje a la luz de la luna. En un costado se encontraban los fogones, lo bastante grandes para cocinar para cien comensales, fogones que probablemente eran de leña. Del otro lado se alzaba una gigantesca chimenea de piedra que ocupaba toda la pared. Delante había una mesa redonda, de roble, para ocho o diez personas, con el sobre rajado y abollado por muchos años de uso. Por todas partes había grupos de sillas cómodas y mullidos sofás tapizados con alegres zarazas floreadas.

Nim se acercó a la pila de leña amontonada junto a la chimenea, preparó un lecho de leña fina y rápidamente apiló encima leños gruesos. Pocos minutos después la cocina brillaba con luz propia. Me quité las botas y me repantigué en un sofá mientras Nim descorchaba el jerez. Me dio una copa, se sirvió otra y se sentó a mi lado. En cuanto me quité el abrigo, inclinó su copa hacia la mía.

—Por el ajedrez de Montglane y todas las infinitas aventuras que supondrá para ti —brindó sonriente y bebió.

—Hmmm, qué delicia —comenté.

—Es amontillado —explicó e hizo girar el vino en la copa—. Por caldos inferiores a éste han emparedado a más de una persona.

—Espero que no tengan ese cariz las aventuras que has planeado para mí. Te aseguro que mañana tengo que trabajar.

—«Morí por la belleza, morí por la verdad» —citó Nim—. Todos tenemos algo por lo que nos creemos capaces de dar la vida. ¡Te aseguro que no conozco a nadie dispuesto a correr un riesgo de muerte por ir a trabajar a Consolidated Edison!

—Pretendes asustarme.

—En absoluto —aseguró Nim y se quitó la chaqueta de piel y la bufanda de seda. Llevaba un jersey de color vivo que combinaba espléndidamente con su pelo. Estiró las piernas—. Sin embargo, si un desconocido misterioso me abordara en una sala desierta de las Naciones Unidas, yo le haría caso. Sobre todo teniendo en cuenta que sus advertencias han estado acompañadas por la muerte prematura de otras personas.

—¿Por qué crees que Solarin me eligió?

—Esperaba que tú respondieras a esa pregunta —replicó Nim, bebió meditabundo un sorbo del amontillado y miró al fuego.

—¿Qué sabes de la fórmula secreta de la que hablo en España?

—No fue más que un pretexto para desviar la atención. Solarin es fanático de los juegos matemáticos. Desarrolló una nueva fórmula para la peregrinación del caballo y apostó que se la entregaría a quien lo batiera. ¿Sabes qué es la peregrinación del caballo? —preguntó al ver mi expresión de perplejidad.

Meneé negativamente la cabeza.

—Es un acertijo matemático. Paseas el caballo por todas las casillas del tablero sin pasar dos veces por la misma, empleando los movimientos corrientes del caballo: dos casillas horizontales y una vertical o a la inversa. A lo largo de los siglos, diversos matemáticos han intentado desarrollar fórmulas para pasear el caballo por el tablero. Euler dio con una nueva fórmula y Benjamin Franklin, con otra. La «peregrinación cerrada» consiste en regresar a la casilla de partida.

Nim se levantó, se acercó a los fogones, manipuló diversos cacharros y encendió los mecheros de gas de la cocina.

—Durante la competición en España, los periodistas italianos sospecharon que Solarin había ocultado otra fórmula en la peregrinación del caballo. A Solarin le gustan los juegos polivalentes. Sabiendo que era físico, extrajeron precipitadamente la conclusión de que el tema vendería bien.

—Exactamente: es físico —confirmé, acerqué una silla a los fogones y cogí la botella de amontillado—. Si su fórmula no era importante, ¿por qué los rusos lo sacaron de España con tantas prisas?

—Serías una extraordinaria periodista —opinó Nim—. Eso fue lo que pensaron, pero ocurre que Solarin está especializado en acústica. Se trata de un campo desconocido, selecto y que no tiene nada que ver con la defensa. En la mayoría de las universidades de este país no puedes estudiar acústica. Es posible que en Rusia Solarin se dedique a diseñar salas de música, si es que aún las construyen.

Nim dejó un cacharro sobre el fuego, se metió en la despensa y volvió con un montón de carne y de verduras frescas.

—En la calzada no había huellas de neumáticos —dije—. Hace días que no nieva. ¿De dónde salen las espinacas frescas y las setas exóticas?

Nim sonrió como si yo acabara de superar una prueba importante.

—Reconozco que tus aptitudes detectivescas son excelentes. Es precisamente lo que necesitarás —afirmó, metió las verduras en la pila y las lavó—. El guarda me hace las compras. Entra y sale por la puerta de servicio.

Nim desenvolvió una barra de pan de centeno fresco, salpicada de eneldo, y abrió un recipiente con mousse de trucha. Untó una buena rebanada y me la paso. Yo no había terminado el desayuno y apenas había probado el almuerzo. El aperitivo era delicioso y la cena aún más. Tomamos finas tajadas de ternera cubiertas con salsa agridulce espinacas frescas con piñones y tomates gordos y en su punto (algo realmente raro para la época), hervidos y rellenos con puré de manzana al limón. Las setas en forma de abanico estaban ligeramente salteadas y servidas como guarnición. El plato principal iba acompañado con una ensalada de lechuga, lombarda, brotes de diente de león y avellanas tostadas.

Después de quitar la mesa, Nim sirvió café con un chorrito de tuaca. Nos trasladamos a los mullidos sillones próximos al fuego, que se había convertido en ascuas llameantes. Nim encontró su chaqueta en el respaldo de una silla y sacó la servilleta con las palabras de la pitonisa. Estudió un buen rato el texto escrito por Llewellyn. Me entregó la servilleta y fue a avivar el fuego.

—¿Notas algo fuera de lo corriente en el poema? —preguntó.

Lo leí, pero no percibí nada extraño.

—Tú ya sabes que el cuarto día del cuarto mes es mi cumpleaños —afirmé. Nim asintió seriamente desde la chimenea; las llamas conferían un fantástico tono dorado rojizo a su pelo—. La pitonisa me aconsejó que no se lo dijera a nadie.

—Como de costumbre, cumpliste tu palabra contra viento y marea —ironizó Nim y añadió varios leños al fuego. Se dirigió a la mesa del rincón, cogió bolígrafo y papel y volvió a sentarse a mi lado—. Mira esto.

Copió el poema en versos de varias líneas, anotándolo en perfectas mayúsculas. En la servilleta estaba escrito de corrido. Ahora se leía:

Juego hay en estas líneas que componen un indicio.

Apenas es ajeno a las casillas del ajedrez; cuatro en total.

Deberán ser, y día y mes para evitar el jaque mate en un alarde.

O cual realidad es el juego, o sólo es ideal.

Un conocimiento, una y mil veces nombrado, que llega muy tarde.

Batalla de pieza blanca, librada desde el inicio.

Exhausta negra, seguirá sellando su destino en balde.

Como tu bien sabes, busca del treinta y tres y del tres el beneficio.

Velado siempre, de ahí a la eternidad, el secreto umbral.

—¿Qué ves? —preguntó Nim y me observó mientras estudiaba su versión del poema. No comprendí a dónde quería llegar—. Analiza la estructura del poema —insistió con impaciencia—. Aprovéchate de tu mente matemática.

Volví a leer el poema y lo vi claro.

—La cadencia es irregular —declaré orgullosa.

Nim frunció el ceño y me arrebató el papel de las manos. Leyó y soltó la carcajada.

—¡Conque ésas teníamos! —exclamó y me devolvió el poema—. No lo había notado. Venga, coge el boli y apúntalo.

Cogí el boli y apunté: «Indicio-Total-Alarde (A-B-C), Ideal-Tarde-Inicio (B-C-A) y Balde-Beneficio-Umbral (C-A-B)».

—Entonces ésta es la cadencia —agregó Nim y la copió debajo de lo que yo había escrito—. Pon números en lugar de letras y súmalos.

Escribí los números junto a las letras apuntadas por Nim y quedó así:

ABC

123

BCA

231

CAB

312

666

—¡El seiscientos sesenta y seis es el número de la bestia del Apocalipsis! —me sobresalté.

—Ni más ni menos —concluyó Nim—. Si sumas la fila de los números horizontales, verás que dan el mismo resultado. Querida, esta disposición se conoce como «cuadrado mágico». Es otro juego matemático. Algunas peregrinaciones del caballo desarrolladas por Ben Franklin ocultaban cuadrados mágicos. Veo que tienes maña para estas cosas. De buenas a primeras encontraste uno que yo no había visto.

—¿No lo habías visto? —pregunté ufana como un pavo real—. En ese caso, ¿qué era lo que querías que encontrara?

Examiné el papel como si buscara un conejo oculto en un dibujo de una revista infantil, a la espera de que en cualquier instante apareciera por un costado o del revés.

—Traza una línea que separe los dos últimos versos de los siete anteriores —propuso Nim. A medida que yo dibujaba, añadió—: Mira la primera letra de cada verso.

Bajé lentamente la mirada por la página y al acercarme al final sentí un horroroso escalofrío, a pesar del fuego que templaba la cocina.

—¿Qué pasa? —preguntó Nim y me miró asombrado.

Me quedé mirando el papel sin pronunciar palabra. Cogí el bolígrafo y apunté lo que acababa de ver.

Como si me hablara, el papel decía: «J-A-D-O-U-B-E/C-V».

—Claro —dijo Nim cuando me senté petrificada a su lado—. J’adoube, la expresión ajedrecística en francés que significa «toco», «acomodo», «ajusto». Es lo que dicen los jugadores cuando, en cualquier momento de la partida, se disponen a acomodar un trebejo. A continuación aparecen las letras «C. V.», es decir, tus iniciales. Da la sensación de que la pitonisa te envió un mensaje. Tal vez quiere ponerse en contacto contigo. Me hago cargo… ¿qué demonios te produce tanto espanto?

—No lo entiendes —repliqué con voz temblorosa por el miedo—. J’adoube fueron… fueron las últimas palabras que Fiske pronunció en público, inmediatamente antes de morir.

Como era de esperar, esa noche tuve pesadillas. Seguía al hombre de la bicicleta por un callejón tortuoso e interminable que trepaba por una empinada colina. Los edificios estaban tan amontonados que no divisaba el cielo. Todo se volvía más oscuro a medida que nos internábamos por el laberinto de calles adoquinadas cada vez más estrechas. Al girar en cada esquina, vislumbraba la bicicleta, que desaparecía en la esquina de la siguiente calleja. Lo arrinconé al llegar a un callejón sin salida. Me esperaba como la araña aguarda a su presa en la red. El ciclista se volvió, se quitó la bufanda y mostró un cráneo blanco y pelado de alegres cuencas oculares. El cráneo se cubrió de carne ante mis propios ojos y por fin, lentamente, adquirió el rostro risueño de la pitonisa.

Desperté bañada en sudor frío y retire el edredón. Me erguí temblorosa en la cama. Vi que en la chimenea de mi habitación aún ardían unas pocas brasas. Me asomé por la ventana y contemplé el jardín nevado. En el centro se alzaba un gran cuenco de mármol parecido a una fuente y debajo un estanque lo bastante grande para nadar. Más allá del jardín se extendía el mar, de color gris perla en las primeras horas de aquella mañana de invierno.

Nim me había servido tanto tuaca que no recordaba nada de lo sucedido por la noche. Me dolía la cabeza. Me levanté, me arrastré hasta el baño y abrí el grifo del agua caliente de la bañera. Logré encontrar una espuma de baño con perfume de «claveles y violetas». Aunque olía mal, eché un poco en la bañera. Formó una delgada capa. En cuanto me metí en la bañera, empecé a recordar fragmentos de la conversación que habíamos sostenido. En cuestión de minutos volví a estar aterrorizada.

Junto a la puerta de mi dormitorio, del lado de afuera, encontré una pila de ropa: un jersey escandinavo de lana impermeabilizada Y botas de goma amarillas con forro de franela. Me lo puse encima de lo que ya llevaba puesto. Mientras bajaba, percibí el delicioso aroma del desayuno.

Nim estaba junto a la cocina, de espaldas a mí, vestido con camisa escocesa, vaqueros y botas amarillas iguales a las mías.

—¿Cómo puedo llamar a mi oficina? —pregunté.

—Aquí no hay teléfono —respondió—. Carlos, el guarda, vino esta mañana y me ayudó a limpiar. Le pedí que cuando volviera a la ciudad llamara a tu despacho y avisara que hoy no irías. Esta tarde te llevaré de regreso y te enseñaré a proteger tu apartamento. Por ahora propongo que desayunemos y salgamos a mirar los pájaros. Por si no lo sabes, aquí hay una pajarera.

Nim batió los huevos rociados con vino y los sirvió con lonchas gruesas de bacon canadiense y patatas fritas regados con uno de los mejores cafés que he probado en la Costa Este.

Después del desayuno, casi sin hablar, salimos por las puertaventanas para dar un paseo por la finca de Nim.

El terreno tenía casi cien metros que bordeaban la orilla del mar y llegaba a la punta de un promontorio. Era terreno abierto y sólo había una hilera de setos altos y espesos en cada extremo que lo separaban de las fincas contiguas. El cuenco ovalado de la fuente y el estanque piscina mas grande que había debajo aún estaban parcialmente llenos de agua y contenían toneles para impedir que se formara una capa de hielo.

Junto a la casa se alzaba una enorme pajarera de cúpula morisca, construida con tela metálica pintada de blanco. La nieve se colaba por el enrejado y se acumulaba sobre las ramas de los pequeños árboles del interior.

En las ramas se posaban todo tipo de aves y por el suelo paseaban grandes pavos reales, que arrastraban sus bellas colas por la nieve. Cuando soltaron un grito espantoso, me parecieron mujeres apuñaladas. Me irritaron.

Nim abrió la puerta de tela metálica, me hizo pasar al interior y me mostró las diversas especies mientras recorríamos el nevado laberinto de árboles.

—A menudo las aves son más inteligentes que las personas —comentó—. También tengo halcones, aunque en un sector aislado. Dos veces al día Carlos les echa carne. Mi favorito es el peregrino. Como ocurre con tantas especies, es la hembra la que se dedica a la caza.

Señaló una pequeña ave salpicada de manchas e instalada en un receptáculo del fondo de la pajarera.

—¿En serio? No lo sabía —dije mientras nos acercábamos a mirar.

Los ojos juntos de esa ave eran enormes y negros. Tuve la sensación de que nos echaba una ojeada.

—Siempre he tenido la sospecha de que tú tienes instinto asesino —añadió Nim mientras observaba el halcón hembra.

—¿Yo? Te estás quedando conmigo.

—Aunque aún no lo has fomentado, me propongo iniciar su desarrollo. En mi opinión, lleva demasiado tiempo latente en tu interior.

—Pues es a mí a quien intentan asesinar —puntualicé.

—Como en cualquier juego —añadió Nim, me miró y me revolvió el pelo con la mano enguantada—, puedes elegir entre reaccionar a la defensiva o agresivamente ante una amenaza. ¿Por qué no eliges la segunda opción y desafías a tu adversario?

—¡Ni siquiera sé quién es mi adversario! —exclamé profundamente frustrada.

—Lo sabes —aseguró Nim enigmáticamente—. Lo has sabido desde el principio. ¿Quieres que te lo demuestre?

—Por supuesto. —Volví a irritarme y no me dio la gana de hablar mientras salíamos de la pajarera.

Nim cerró la puerta de la pajarera y me tomó la mano mientras emprendíamos el regreso a la casa.

Me ayudó a quitarme el abrigo, me hizo sentar en el sofá, cerca del fuego, y me quitó las botas. Se acercó a la pared en la que había apoyado mi cuadro del hombre de la bicicleta. Lo acercó y lo dejó sobre una silla, delante de mí.

—Anoche, después de que te fuiste a dormir, estuve un buen rato observando este cuadro —explicó Nim—. Experimentaba una sensación de déjà vu que me fastidiaba. Sabes que lucho con los problemas hasta resolverlos. Esta mañana he encontrado la solución.

Se acercó a un aparador de roble cercano a los fogones y abrió un cajón. Sacó varias barajas. Regresó y se sentó a mi lado en el sofá. Esparció las barajas, sacó los comodines y los dejó sobre la mesa. Miré en silencio los naipes que tenía delante.

Había un bufón de gorro y cencerros, montado en bicicleta. Tanto el hombre como su máquina estaban exactamente en la misma posición que el de mi cuadro. Detrás de la bici del bufón había una lápida en la que se leía RIP. El segundo comodín representaba a un bufón parecido, pero era la doble imagen en el espejo, como si mi hombre montara en bici encima de un esqueleto invertido. El tercero era el loco del Tarot, que caminaba alegremente y estaba a punto de caer al precipicio.

Miré a Nim, que me sonrió.

—Tradicionalmente, el bufón de la baraja está relacionado con la muerte —dijo—. Pero también es el símbolo del renacimiento y de la inocencia que poseía la humanidad antes de la Caída. Prefiero considerarlo como el caballero del Santo Grial, que debe ser ingenuo y simple para tropezar con la buena suerte que está buscando. Recuerda que su misión consiste en salvar a la humanidad.

—¿Y? —pregunté, aunque estaba bastante turbada por el parecido entre los naipes y mi cuadro. Al contemplar los modelos, comprobé que el hombre de la bicicleta parecía tener hasta la capucha y los extraños ojos torcidos del bufón.

—Me has preguntado quién era tu adversario —repuso Nim con gravedad—. Al igual que en los naipes y que en tu cuadro, creo que el hombre de la bicicleta es tu adversario y tu aliado.

—¿Estás hablando de una persona de carne y hueso?

Nim asintió lentamente y me observó mientras decía:

—Lo has visto, ¿no?

—No es más que una coincidencia.

—Tal vez —reconoció—. Sin embargo, las coincidencias pueden adoptar muchas formas. En primer lugar, pudo tratarse del señuelo puesto por alguien que conocía este cuadro. También pudo ser otro tipo de coincidencia —apostilló Nim sonriente.

—No, por favor —me quejé pues sabía demasiado bien lo que estaba a punto de oír—. Sabes que no creo en la presciencia, los poderes psíquicos ni ninguno de esos galimatías metafísicos.

—¿No? —preguntó Nim sin perder la sonrisa—. Pues te costaría mucho dar otra explicación de los motivos por los cuales pintaste el cuadro antes de ver al modelo. Creo que debo decirte algo. Al igual que tus amigos Llewellyn, Solarin y la pitonisa, me parece que desempeñas un papel importante en el misterio del ajedrez de Montglane. No hay otro modo de explicar tu participación. ¿Es posible que, de alguna manera, estés predestinada… incluso hayas sido elegida… para representar un papel clave…?

—Olvídalo —lo interrumpí—. ¡No pienso buscar ese mítico juego de ajedrez! ¿No te das cuenta de que intentan matarme o, por lo menos, involucrarme en los asesinatos? —Hablaba prácticamente a gritos.

—Lo has planteado con gran encanto —replicó Nim—. Creo que eres tú la que está equivocada. La mejor defensa es un buen ataque.

—Ni lo sueñes. Evidentemente me has endilgado el papel de cabeza de turco. Quieres apoderarte del ajedrez y necesitas una víctima propiciatoria. Estoy metida hasta el cuello en el asunto aquí, en Nueva York. No pienso irme corriendo al extranjero, a un país en el que no conozco a nadie que quiera prestarme ayuda. Puede que tú estés aburrido y que necesites nuevas aventuras, pero ¿qué me ocurrirá si me meto en líos en el extranjero? Ni siquiera tengo un número de teléfono donde llamarte. ¿Crees que las carmelitas correrán a ayudarme la próxima vez que me disparen o que el síndico de la Bolsa me seguirá para recoger los cadáveres que vaya dejando en medio del camino?

—No nos pongamos histéricos —aconsejó Nim, siempre la sosegada voz de la razón—. No me faltan contactos en ningún continente, aunque no te has enterado porque has estado demasiado ocupada escurriendo el bulto. Me recuerdas a los tres monos que tratan de eludir el mal anulando sus percepciones.

—En Argelia no hay consulado norteamericano —dije con los dientes apretados—. Quizá tengas contactos en la embajada rusa, contactos a los que les encantaría ayudarme.

Mis palabras no eran arbitrarias pues por las venas de Nim corría sangre rusa y griega. Por lo que yo sabía, apenas conocía los países de sus antepasados.

—A decir verdad, tengo contactos con varias embajadas de tu país de destino —apuntó con una mirada que se parecía sospechosamente a una sonrisa afectada—, pero ya hablaremos de esto. Querida, reconocerás que, te guste o no, estás metida en la aventura. La búsqueda del Santo Grial se ha desbocado. No tendrás la menor capacidad de negociación a menos que seas la primera que le ponga las manos encima.

—Llámame Parsifal —replique deprimida—. No debí pedirte ayuda. Tu modo de resolver los problemas consiste en encontrar otros más difíciles que, en comparación, vuelven ridículos los primeros.

Nim se incorporó, me ayudó a ponerme en pie y me observó con una sonrisa de profunda complicidad. Me apoyó las manos en los hombros y dijo:

J’adoube.

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