El ocho
Sacrificios
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SACRIFICIOS
A nadie le interesa jugar al ajedrez al borde del abismo.
MADAME SUZANNE NECKER
madre de Germaine de Staël
París, 2 de septiembre de 1792
Nadie se imaginó en qué tipo de día se convertiría.
Germaine de Staël no lo sabía mientras se despedía del personal de la embajada. Hoy, 2 de septiembre, intentaría huir de Francia bajo protección diplomática.
Jacques Louis David no lo sabía mientras se vestía apresuradamente para asistir a una sesión de urgencia de la Asamblea. Hoy, 2 de septiembre, las tropas enemigas habían avanzado y se encontraban a doscientos cuarenta kilómetros de París. Los prusianos habían amenazado con incendiar la ciudad hasta los cimientos.
Maurice Talleyrand no lo sabía mientras con la colaboración de Courtiade, su ayuda de cámara, quitaba los caros libros encuadernados en cuero de las estanterías de su estudio. Hoy, 2 de septiembre, pensaba pasar de contrabando por la frontera su valiosa biblioteca, como preparativo de su inminente huida.
Valentine y Mireille no lo sabían mientras paseaban por el jardín de detrás del taller de David. La carta que acababan de recibir les informaba que algunas piezas del ajedrez de Montglane corrían peligro. No imaginaban que esa carta las situaría en el centro de la tormenta que muy pronto atravesaría Francia.
Nadie sabía que exactamente cinco horas después, a las dos de la tarde del 2 de septiembre, comenzaría el Terror.
9 de la mañana
Valentine hundió los dedos en el pequeño estanque situado detrás del taller de David. Un gran pez de color la mordisqueó. Cerca, ella y Mireille habían enterrado los dos trebejos del ajedrez que habían trasladado desde Montglane. A partir de aquel momento podían llegar más piezas.
Mireille estaba de pie a su lado y leía la carta. Los crisantemos oscuros brillaban con tonos amatista y topacio ahumados en medio del follaje. Las primeras hojas amarillentas cayeron sobre el agua, despidiendo olor a otoño pese al letárgico calor de finales de verano.
—Esta carta sólo tiene una explicación —afirmó Mireille.
Leyó la misiva en voz alta:
Amadas hermanas en Cristo:
Tal vez estéis enteradas de que han clausurado la abadía de Caen. A raíz de los grandes disturbios de Francia, nuestra directora, Mlle. Alexandrine de Forbin, ha tenido que reunirse con su familia en Flandes. Pero sor Marie-Charlotte Corday, a la que quizá recordéis, se ha quedado en Caen para ocuparse de cualquier imprevisto.
Como no nos conocemos, quiero presentarme. Soy sor Claude, benedictina del ex convento de Caen. Fui secretaria personal de sor Alexandrine, que hace varios meses visitó mi hogar en Épernay antes de partir hacia Flandes. Entonces me apremió para que llevara personalmente sus noticias a la hermana Valentine en el caso de que tuviera que viajar pronto a París.
Actualmente estoy en el barrio de los franciscanos. Os suplico que os reunáis conmigo en las puertas del monasterio de l’Abbaye hoy, a las dos en punto, pues no sé cuánto tiempo permaneceré en París. Supongo que comprendéis la importancia de esta petición.
Vuestra hermana en Cristo, Claude de la Abbaye-aux-Dames, Caen.
—Viene de Épernay —añadió Mireille en cuanto terminó de leer la carta—. Es una ciudad situada al este de París, a orillas del Marne. Dice que Alexandrine de Forbin pasó por allí de camino a Flandes. ¿Sabes qué hay entre Épernay y la frontera flamenca?
Valentine negó con la cabeza y miró sorprendida a Mireille.
—Las fortalezas de Longwy y de Verdún. Y la mitad del ejército prusiano. Tal vez la querida sor Claude trae algo más valioso que las buenas nuevas de Alexandrine de Forbin. Tal vez nos trae algo con lo que Alexandrine temió cruzar la frontera flamenca, dado que en esa región combaten los ejércitos.
—¡Las piezas! —exclamó Valentine, se puso en pie de un salto y asustó al pececillo—. ¡En la carta dice que Charlotte Corday se ha quedado en Caen! Tal vez Caen era el punto de reunión más próximo a la frontera norte. —Se quedó pensativa. Añadió confundida—: En ese caso, ¿por qué Alexandrine intentó abandonar Francia por el este?
—No lo sé —reconoció Mireille, se quitó el lazo de los rojos cabellos y se inclinó hacia la fuente para mojarse el rostro arrebatado—. No sabremos qué significa la carta a menos que, a la hora fijada, nos reunamos con sor Claude. ¿Por qué ha elegido el barrio de los franciscanos, el más peligroso de todo París? Como sabes, l’Abbaye ha dejado de ser un monasterio, ahora es una prisión.
—No me asusta ir sola —aseguró Valentine—. Prometí a la abadesa que aceptaba la responsabilidad y ha llegado la hora de demostrarlo. Prima, tendrás que quedarte, tío Jacques Louis nos ha prohibido salir de casa en su ausencia.
Tendremos que usar la inteligencia para fugarnos —dijo Mireille—. Puedes estar segura de que no te permitiré ir sola a ese barrio.
10 de la mañana
El carruaje de Germaine de Staël cruzó las puertas de la embajada sueca. Protegido por el cochero y dos criados de librea, en el techo se acumulaban pilas de baúles y cajas con pelucas. Germaine estaba cómodamente instalada, en compañía de sus criadas personales y muchos joyeros. Lucía la vestimenta oficial de embajadora, llena de galones y charreteras de colores. Los seis caballos blancos avanzaban por las humeantes calles de París en dirección a las puertas de la ciudad. Los equinos lucían espléndidas escarapelas con los colores suecos. Las portezuelas del carruaje estaban blasonadas con el escudo de la corona sueca. Las cortinas de las ventanillas estaban cerradas.
Ensimismada en medio del sofocante calor y la oscuridad del interior del carruaje, Germaine no se asomó hasta que, inexplicablemente, el vehículo se detuvo con una sacudida antes de llegar a las puertas de la ciudad. Una criada se inclinó y abrió la ventana de guillotina.
En la calle se apiñaba una turba de mujeres coléricas que esgrimían rastrillos y azadas cual si de armas se tratara. Varias miraron de reojo a Germaine, con sus horribles bocas como agujeros irregulares de dientes ennegrecidos o ausentes. ¿Por qué el populacho siempre tenía un aspecto tan vulgar?, pensó Germaine. Había dedicado interminables horas a las intrigas políticas y prodigado su considerable fortuna para sobornar a los funcionarios… en pro de pobres desgraciados como esas mujeres. Germaine se asomó por la ventanilla y apoyó un fornido brazo en el travesaño.
—¿Qué ocurre? —preguntó con voz resonante y autoritaria—. ¡Dad paso a mi carruaje!
—¡Nadie puede dejar la ciudad! —exclamó una mujer del pueblo—. ¡Nosotras vigilamos las puertas! ¡Muerte a la nobleza!
El mujerío cada vez más numeroso careó la consigna. El barullo de las brujas chillonas estuvo a punto de ensordecer a Germaine.
—¡Soy la embajadora de Suecia y me dirijo a Suiza en misión oficial! ¡OS ordeno que deis paso a mi carruaje!
—¡Ja, ja! ¡Dice que nos lo ordena! —se mofó una mujer próxima a la ventanilla del carruaje. Se volvió hacia Germaine y le escupió en la cara mientras el gentío la vitoreaba.
Germaine retiró un pañuelo de encaje de su corpiño y se limpió el escupitajo. Arrojó el pañuelo por la ventanilla y gritó:
—Aquí tenéis el pañuelo de la hija de Jacques Necker, el ministro de Finanzas al que amabais y venerabais. ¡Está mojado con la saliva del pueblo! —Germaine se dirigió a sus damas de honor, que temblaban en un rincón del carruaje—. ¡Animales! Ya veremos quién domina la situación.
La multitud mujeril había quitado el yugo a los caballos. Se engancharon al carruaje y lo arrastraron por las calles, alejándolo de las puertas de la ciudad. El hormigueante gentío alcanzó proporciones descomunales. Empujó el carruaje y lo movió lentamente, como un enjambre de hormigas que traslada un trocito de pastel.
Germaine se aferró a la puerta y, a través de la ventanilla, soltó juramentos y amenazas, pero los chillidos de la turba ahogaron su voz. Después de una eternidad, el carruaje se detuvo ante la impresionante fachada de un gran edificio rodeado de guardias. Cuando Germaine vio dónde estaba, se le heló la sangre: la habían trasladado al Hotel de Ville, sede de la Comuna de París.
Germaine sabía que la Comuna de París era más peligrosa que la chusma que rodeaba su carruaje. Estaban todos locos. Los demás miembros de la Asamblea les temían. Delegados de las calles de París, encarcelaban, juzgaban y ejecutaban a los miembros de la nobleza con una celeridad que contradecía la idea misma de la libertad. Para la Comuna, Germaine de Staël representaba otro cuello noble que la guillotina debía cortar. Y ella lo sabía.
Abrieron por la fuerza las puertas del carruaje y unas manos sucias arrastraron a Germaine a la calle. Se irguió y avanzó en medio de la muchedumbre con gélida mirada. A sus espaldas, las criadas balbucían de miedo mientras la turbamulta las sacaba del carruaje y las empujaba con los mangos de escobas y palas. Germaine subió casi a empellones la ancha escalinata del Hotel de Ville. Jadeó cuando un hombre se adelantó bruscamente, hundió la afilada punta de su pica bajo el corpiño y le rajó la vestimenta de embajadora. Habría bastado un resbalón para que la abriera en canal. Contuvo el aliento cuando un agente de policía se acercó y apartó la pica con su espada. Cogió a Germaine del brazo y la introdujo en la oscura entrada del Hotel de Ville.
11 de la mañana
David llegó sin aliento a la Asamblea. La inmensa sala estaba llena hasta la bandera de hombres que gritaban. El secretario permanecía de pie en el podio central y chillaba para hacerse oír. Mientras se dirigía a su escaño, David apenas oyó lo que decía el portavoz:
—¡El 23 de agosto la fortaleza de Longwy cayó en manos del enemigo! ¡El duque de Brunswick, comandante de los ejércitos prusianos, emitió un manifiesto en el que exigía que liberáramos al rey y restauráramos todos los poderes reales! ¡De lo contrario, sus tropas arrasarían París!
El ruido parecía una ola que cubría al secretario y ahogaba sus palabras. Cada vez que la ola retrocedía, el pobre hombre intentaba recuperar la palabra.
La Asamblea revolucionaria sólo esgrimiría su débil poder en Francia mientras mantuviera encarcelado al monarca. Y el manifiesto de Brunswick exigía la liberación de Luis XVI como pretexto para que los ejércitos prusianos invadieran Francia. Asediado por deudas apremiantes y deserciones masivas en las filas del ejército galo, el nuevo gobierno —que había asumido el poder hacía tan poco tiempo— corría el peligro de caer en pocas horas. Además, cada delegado sospechaba que los demás eran culpables de traición, de connivencia con el enemigo que asolaba la frontera. Mientras observaba al secretario que luchaba por mantener el orden, David pensó que se encontraba en la cuna de la anarquía.
—¡Ciudadanos, os traigo lamentables noticias! —gritó el secretario—. ¡Esta mañana la fortaleza de Verdún ha caído en manos de los prusianos! Debemos tomar las armas contra el…
El nerviosismo causó estragos en la Asamblea. Estalló el caos y los presentes echaron a correr como ratas arrinconadas. ¡La fortaleza de Verdún era la última plaza fuerte, que separaba París de los ejércitos enemigos! Los prusianos podían llegar a las puertas de la ciudad a la hora de la cena.
David permaneció silencioso en su escaño y aguzó el oído. Las palabras del secretario se perdieron en medio de tanto alboroto. David vio que aquél abría la boca y la cerraba sin emitir sonido alguno en esa cacofonía de voces.
La Asamblea se convirtió en una hormigueante maraña de orates. Desde la Montaña, el populacho arrojaba papeles y fruta podrida a los moderados del foso. Con sus puños de encaje, los girondinos —en otro tiempo considerados liberales— alzaban la mirada con las caras demudadas de miedo. Se sabía que eran monárquicos republicanos que apoyaban los tres estados: la nobleza, el clero y la burguesía. Una vez publicado el manifiesto de Brunswick, sus vidas corrían gravísimo peligro incluso entre las paredes de la Asamblea… y lo sabían. Los partidarios de la restauración monárquica podían convertirse en hombres muertos antes de que los prusianos llegaran a las puertas de París.
Danton ocupó el podio a medida que el portavoz se hacía a un lado. Danton, el león de la Asamblea, el hombre de cabeza grande y cuerpo fornido, con la nariz rota y el labio desfigurado por la patada que en la infancia le propinó un toro, pese a lo cual sobrevivió. Levantó sus manazas y llamó al orden.
—¡Ciudadanos! ¡Para el ministro de un estado libre es una satisfacción comunicar que el país se ha salvado! Todos estáis agitados, entusiasmados y deseosos de entrar en la lid…
En las galerías y pasillos del gran salón de la Asamblea había grupúsculos de hombres que guardaron silencio al oír las calurosas palabras de tan persuasivo líder. Danton los provocó, los retó a no mostrarse débiles, los invitó a rebelarse contra la marea que avanzaba hacia París. Los exaltó y los exhortó a defender las fronteras de Francia, a ocupar las trincheras Y a proteger con picas y lanzas las puertas de la ciudad. El ardor de su arenga encendió una llama en lo más recóndito de sus oyentes. Poco después en la Asamblea sonaban gritos y vítores que marcaban cada palabra que salía de sus labios.
—¡No estamos dando la voz de alarma, sino ordenando la carga contra los enemigos de Francia! ¡Tenemos que atrevernos Y volvernos a atrever, tenemos que atrevernos siempre… Y Francia se salvará!
La Asamblea enloqueció. Hubo disturbios cuando algunos individuos arrojaron papeles al aire y gritaron:
—L’audace! L’audace!
Cuando se desencadenó el pandemonio, David paseó la mirada por la tribuna y clavó los ojos en un individuo. Era un hombre pálido y delgado, impecablemente vestido con pañuelo almidonado, chaqué sin una sola arruga y peluca empolvada con sumo esmero. Un hombre joven, de expresión fría y ojos color esmeralda que brillaban como los de una serpiente.
David vio que el joven pálido permanecía en silencio, sin inmutarse ante las palabras de Danton. David sabía que sólo un hombre podía salvar a Francia, desgarrada por cien facciones en pugna, arruinada y amenazadas sus fronteras por varias potencias hostiles. Francia no necesitaba el histrionismo de un Danton o de un Marat, sino un líder. Un hombre que hiciera acopio de fuerzas en silencio hasta que reclamaran sus servicios. Un hombre en cuyos labios claros y delgados la palabra virtud sonara mejor que codicia o gloria. Un hombre que recuperara las ideas del gran Jean-Jacques Rousseau, en las que se había forjado la Revolución. El hombre sentado en la tribuna era ese líder: se llamaba Maximilien Robespierre.
1 de la tarde
Germaine de Staël se encontraba en un incómodo banco de madera de los despachos de la Comuna de París. Llevaba más de dos horas. Por todas partes hombres nerviosos formaban corros, pero no hablaban. En el banco estaban sentados unos pocos individuos y otros habían tomado asiento en el suelo. A través de las puertas abiertas de la improvisada sala de espera, Germaine vio figuras que iban de un lado a otro y sellaban documentos. De vez en cuando, alguien salía y pronunciaba un nombre. El mentado palidecía, otros le palmeaban la espalda susurrándole consejos para que tuviera valor y luego el hombre franqueaba la puerta.
Germaine sabía perfectamente lo que ocurría del otro lado de las puertas: los miembros de la Comuna de París celebraban juicios sumarios. El acusado —que probablemente sólo estaba acusado de su linaje— era interrogado sobre sus orígenes y su lealtad al rey. Si su sangre era demasiado azul, al alba teñía las calles de París. Germaine no se hizo ilusiones respecto de sus posibilidades. Solo le quedaba una esperanza y acarició la idea mientras aguardaba su destino: no guillotinarían a una embarazada.
Mientras Germaine esperaba tocando los anchos galones de su vestimenta de embajadora, el hombre sentado a su lado se derrumbaba, se cubría la cabeza con las manos y se echaba a llorar. Aunque los demás lo miraron preocupados, nadie osó consolarlo. Desviaron incómodos la mirada, como lo harían ante un tullido o un mendigo. Germaine suspiró y se puso de pie. No quería pensar en el hombre que lloriqueaba en el banco. Prefería encontrar el modo de salvarse.
En ese momento vislumbró a un joven que se abría paso en la atestada sala de espera con un fajo de papeles en la mano. Recogía con una cinta su pelo castaño rizado y su chorrera de encaje se veía gastada. Exhalaba una agotadora pero apasionada intensidad. De pronto Germaine se dio cuenta de que lo conocía.
—¡Camille! —gritó madame de Staël—. ¡Camille Desmoulins!
El joven se volvió y puso expresión de sorpresa.
Desmoulins era el niño célebre de París. Tres años antes, cuando era novicio de los jesuitas, una calurosa noche de julio había saltado sobre una mesa del café Foy y retado a los ciudadanos a que tomaran la Bastilla. Se había convertido en el héroe de la Revolución.
—¡Madame de Staël! —exclamó Camille y se abrió paso entre el gentío para tomarle la mano—. ¿Qué la trae por aquí? ¿Está acusada de algún delito contra el estado?
Camille sonrió de oreja a oreja y su rostro encantador y poético desentonó en esa sala ensombrecida por el miedo y el olor a muerte. Germaine intentó devolver la sonrisa.
—Me han capturado las ciudadanas de París —repuso e intentó hacer acopio del encanto diplomático que en el pasado le había dado tan buenos resultados—. Parece que la esposa de un embajador que intenta franquear las puertas de la ciudad se convierte en enemiga del pueblo. ¿No le parece paradójico después de lo mucho que luchamos por la libertad?
La sonrisa de Camille se esfumó. Miró al hombre sentado detrás de Germaine, que seguía llorando. Sujetó a la embajadora del brazo y la llevó aparte.
—¿Quiere decir que ha intentado abandonar París sin pase ni escolta? Santo cielo, madame, tuvo suerte de que no la fusilaran sumariamente.
—¡No diga tonterías! —gritó—. Tengo inmunidad diplomática. ¡El hecho de que me encarcelen equivaldrá a la declaración de guerra contra Suecia! Están locos si creen que pueden retenerme.
Su valentía desapareció en cuanto oyó la respuesta de Camille:
—¿No sabe lo que está ocurriendo en este mismo momento? Ya estamos en guerra y al borde de un ataque… —Bajó la voz al recordar que la noticia no era de conocimiento público y que, sin duda, provocaría disturbios—. Verdún ha caído.
Germaine lo contempló y repentinamente tuvo clara la gravedad de su situación.
—Es imposible —murmuró. Al ver que Camille meneaba la cabeza, Germaine preguntó—: ¿A qué distancia de París…? ¿Dónde están en este momento?
—Según mis cálculos, a menos de diez horas, incluso con artillería pesada. Se ha dado la orden de disparar contra todo aquel que se acerque a las puertas de la ciudad. El intento de salir en este momento supondría una acusación obligada de traición.
Desmoulins la miró gravemente.
—Camille, ¿sabe por qué estaba tan deseosa de reunirme con mi familia en Suiza? Si sigo postergando mi partida, no estaré en condiciones de viajar. Estoy encinta.
Camille la miró incrédulo, pero Germaine había recuperado su osadía. Le cogió la mano y le hizo tocar su vientre. Pese a los gruesos pliegues de la tela, Desmoulins supo que la embajadora decía la verdad. Esbozó su sonrisa infantil y se sonrojó.
—Madame, con un poco de suerte lograré que esta misma noche la devuelvan a la embajada. Ni siquiera Dios podrá hacerle atravesar las puertas de la ciudad antes de que rechacemos a los prusianos. Hablaré con Danton de este asunto.
Germaine sonrió aliviada y, mientras Camille le apretaba la mano, dijo:
—Cuando mi hijo nazca en Ginebra, le pondré su nombre.
2 de la tarde
Valentine y Mireille se acercaron a las puertas de la prisión de l’Abbaye en el carruaje que alquilaron después de escapar del taller de David. El gentío se apiñaba en la calle atestada y había varios carruajes parados ante la entrada de la prisión.
La multitud estaba formada por un harapiento grupo de sans-culottes armados con rastrillos y azadas, que se amontonaban junto a los carruajes próximos a las puertas de la prisión y golpeaban portezuelas y ventanillas con las manos y las herramientas. El retumbar de sus voces airadas resonaba por la estrecha calle de murallas de piedra, al tiempo que los guardianes de la prisión, posados sobre los carruajes, intentaban repeler al gentío.
El cochero del carruaje de Valentine y Mireille se agachó y las miró por la ventanilla.
—No puedo acercarme más —explicó—. Quedaríamos atascados en el callejón y no podríamos movernos. Además, esta muchedumbre no me gusta nada.
Valentine divisó en medio del gentío a una monja que vestía el hábito benedictino de la Abbaye-aux-Dames de Caen. Saludó desde la ventanilla y la hermana de más edad devolvió el gesto, pero quedó rodeada por la plebe apiñada en el estrecho callejón de altos muros de piedra.
—¡Valentine, no lo hagas! —gritó Mireille mientras su joven y rubia prima abría la portezuela y se apeaba de un salto.
—Por favor, monsieur —suplicó Mireille al cochero, se bajó del carruaje y le dirigió una mirada suplicante—, ¿puede esperar? Mi prima tardará un minuto.
Rezó para que así fuera y contempló atentamente la figura de Valentine, devorada por el gentío cada vez más denso a medida que iba al encuentro de sor Claude.
—Mademoiselle, tengo que girar el carruaje a mano —se justificó el cochero—. Estamos en peligro. Los coches que han parado más adelante llevan prisioneros.
—Hemos venido a buscar a una amiga —dijo Mireille—. La traeremos enseguida. Monsieur, le suplico que nos espere.
—Los prisioneros son curas que se han negado a prestar juramento de fidelidad al estado —insistió el cochero y miró al gentío desde su asiento elevado—. Temo por ellos y por nosotros. Busque a su prima mientras doy vuelta al caballo. No pierda un solo instante.
El anciano se apeó, cogió las riendas y tiró del caballo para girar el carruaje en el estrecho callejón. Mireille corrió hacia la muchedumbre con el corazón encogido.
La chusma la rodeó como un mar embravecido. No divisó a Valentine en la maraña de cuerpos apretujados en el callejón. Se abrió paso frenética y sintió que la empujaban y tironeaban a diestro y siniestro. El pánico estuvo a punto de dominarla a medida que el desagradable olor a carne humana sucia se percibía cada vez más cerca.
En medio del bosque de extremidades y armas agitadas, repentinamente entrevió a Valentine a corta distancia de sor Claude, con la mano extendida hacia la monja mayor. El gentío volvió a cortarle la visión.
—¡Valentine! —chilló Mireille, pero su voz se perdió en medio de los gritos atronadores y, en esa marea humana, fue arrastrada hacia los seis carruajes que se encontraban junto a las puertas de la prisión: los coches que trasladaban a los curas.
Mireille hizo denodados esfuerzos por dirigirse hacia Valentine y sor Claude, pero era como nadar a contracorriente. Cada vez que daba unos pasos, se encontraba más cerca de los carruajes situados contra los muros de la prisión. Finalmente fue lanzada hacia los radios de la rueda de un carruaje y se agarró desesperada intentando recobrar el equilibrio. Se estaba incorporando cuando la portezuela se abrió, como si hubiese estallado una explosión. Cuando el retorcido mar de brazos y piernas se elevó a su alrededor, Mireille se sujetó a la rueda para no volver a fundirse con la multitud.
Los curas fueron expulsados del carruaje y arrojados a las calles. Un sacerdote joven, con los labios lívidos de miedo, miró un segundo a los ojos de Mireille mientras lo sacaban; después se confundió con la masa. Lo siguió un cura mayor, que se apeó de un salto y golpeó a la gente con su bastón. Pidió a gritos el auxilio de los guardianes, que ya se habían convertido en bestias rabiosas. Éstos se pusieron de parte de la turba, bajaron del techo del carruaje, rasgaron la sotana del pobre cura y la hicieron añicos mientras el infeliz caía bajo los pies de sus perseguidores y era pisoteado contra los adoquines.
Mientras Mireille se aferraba a la rueda, sacaron uno tras otro a los aterrorizados curas. Corrieron como ratones asustados, empujados y acuchillados por picas y rastrillos de hierro. A punto de vomitar de miedo, Mireille gritó una y otra vez el nombre de Valentine mientras era testigo del horror que la rodeaba. Con los dedos sangrantes de tanto aferrarse a los radios de la rueda, se vio nuevamente inmersa en el gentío y aplastada contra el muro de la prisión.
Chocó con la pared de piedra y cayó sobre los adoquines. Estiró la mano para suavizar la caída y tocó algo tibio y húmedo. Alzó la cabeza, despatarrada sobre los duros adoquines, y se apartó del rostro la roja cabellera. Vio los ojos abiertos de sor Claude, aplastada contra el muro de la prisión de l’Abbaye. La sangre manaba por la cara de la mujer mayor en la zona en que le habían arrancado el griñón y tenía una brecha profunda en la frente. Los ojos miraban vacuamente hacia el cielo. Mireille se incorporó y gritó con todas sus fuerzas, pero de su garganta no salió el menor sonido. Aquello tibio y húmedo en que había posado su mano era el agujero donde había estado el brazo de Claude, arrancado del hombro.
Temblando horrorizada, Mireille se apartó de Claude. Se pasó frenéticamente la mano por el vestido para quitar la sangre. ¿Valentine? ¿Dónde estaba Valentine? Mireille se arrodilló e intentó clavar las uñas en el muro para ponerse de pie mientras el gentío se movía a su lado como una bestia colérica y estúpida. En ese instante oyó un gemido y se dio cuenta de que Claude había entreabierto los labios. ¡La monja no estaba muerta!
Mireille se adelantó y sujetó a Claude de los hombros. La sangre manaba de la espantosa herida.
—¿Y Valentine? ¿Dónde está Valentine? Por favor, Señor, ¿me has entendido? Dime qué ha sido de Valentine.
La vieja monja movió los labios resecos sin emitir sonido alguno y elevó su mirada vacua hacia Mireille. Ésta se inclinó hasta rozar con el pelo los labios de la monja.
—En el interior —susurró Claude—. La han llevado al interior de la abadía —dijo y perdió inmediatamente el conocimiento.
—Dios mío, ¿está segura? —preguntó Mireille.
No obtuvo respuesta.
Mireille intentó levantarse. La turbamulta giraba a su lado sedienta de sangre. Por todas partes picas y azadas rasgaban el aire y los gritos de los asesinos y de los moribundos se fundían hasta anular sus pensamientos.
Mireille se apoyó en las puertas macizas de la prisión de l’Abbaye, llamó con todas sus fuerzas y golpeo la madera con los puños hasta que le sangraron los nudillos. Nadie abrió. Agotada y atormentada por el sufrimiento y la desesperación, intentó abrirse paso entre el gentío para llegar al carruaje. Debía encontrar a David: era el único que podía ayudarlas.
En medio del desenfrenado remolino de cuerpos quedó súbitamente petrificada y miró a través de una pequeña grieta abierta en medio del gentío. La chusma retrocedía a medida que algo se aproximaba en dirección a Mireille. Se aplastó contra el muro, se deslizó lentamente y logró distinguir de qué se trataba: por el asfixiante callejón la turba arrastraba el carruaje en el que habla llegado. En lo alto de una pica clavada en el asiento de madera se veía la cabeza cortada del cochero, con el pelo plateado bañado de sangre y su rostro viejo convertido en una máscara de terror.
Mireille se mordió el brazo para no gritar. Al quedarse quieta y mirar la horrible cabeza que se movía por encima de la plebe, Mireille supo que no tenía tiempo de buscar a David. Debía entrar inmediatamente en la prisión de l’Abbaye. Supo con pesarosa certeza que, si no buscaba en el acto a Valentine, llegaría demasiado tarde.
3 de la tarde
Jacques Louis David atravesó una nube de vapor, pues las mujeres arrojaban cubos de agua para refrescar la acera caliente y entró en el café de la Régence.
En el interior del club lo envolvió una nube más densa producida por el humo de los que fumaban cigarros y pipa. Le ardieron los ojos y la camisa de hilo, abierta hasta la cintura, se le adhirió a la piel mientras avanzaba por la estancia demasiado caldeada, esquivando a los camareros que, bandejas en alto, corrían entre las mesas colocadas muy juntas. En cada mesa se jugaba a las cartas, al dominó o al ajedrez. El café de la Régence era el club de juego más antiguo y famoso de toda Francia. Al ir hacia el fondo, David vio que Maximilien Robespierre, con su cincelado perfil semejante a un camafeo de marfil, analizaba serenamente su situación en la partida de ajedrez. Con el mentón apoyado en un dedo, el pañuelo de doble nudo y el chaleco de brocado sin una sola arruga, no parecía reparar en el ruido que aumentaba a su alrededor ni en el calor insoportable. Como de costumbre, la objetividad de su fría actitud daba a entender que no participaba del entorno, que era un mero observador… o juez.
David no reconoció al hombre entrado en años sentado frente a Robespierre. Ataviado con una anticuada casaca azul plateada, culottes con lazos, medias blancas y zapatos bajos de charol al estilo Luis XV, el anciano caballero desplazó una pieza por el tablero, sin mirarla.
Alzó sus ojos acuosos a medida que David se acercaba.
—Perdonadme por perturbar la partida —se disculpó David—. Tengo que pedir a monsieur Robespierre un favor que no puede esperar.
—No se preocupe —lo tranquilizó el hombre mayor. Robespierre seguía observando el tablero en silencio—. De todos modos, mi amigo ha perdido la partida. Le daré mate en cinco jugadas. Querido Maximilien, será mejor que abandones. La interrupción de tu amigo no puede ser más oportuna.
—No lo entiendo —reconoció Robespierre—. De todos modos, si de ajedrez se trata, tus ojos ven más que los míos. —Robespierre se repantigó en la silla y miró a David—. Monsieur Philidor es el mejor ajedrecista de Europa. Considero un privilegio perder con él, aunque sólo sea para tener la oportunidad de volver a jugar en la misma mesa.
—¡Es usted el célebre Philidor! —exclamó David y estrechó calurosamente la mano del anciano—. Monsieur, lo tengo por genial compositor. De pequeño vi una reposición de Le Soldat Magicien. Jamás la olvidaré. Permítame que me presente, soy Jacques Louis David.
—¡El pintor! —exclamó Philidor y se puso en pie—. Como todos los ciudadanos de Francia, yo también admiro sus obras. Sospecho que es usted la única persona de este país que se acuerda de mí. Aunque debo reconocer que en otros tiempos mi música sonaba en la Comedie-Française y en la Opéra-Comique. Ahora practico el ajedrez de exhibición, como un mono amaestrado, para ganar mi propio sustento y el de mi familia. A propósito, Robespierre ha tenido la amabilidad de conseguirme un pase para Inglaterra, donde podré ganar bastante ofreciendo este tipo de espectáculo.
—Éste es, precisamente, el favor que vine a pedirle —dijo David mientras Robespierre dejaba de observar el tablero y se ponía en pie—. En este momento la situación política en París es explosiva. Y este calor infernal e impío no ha mejorado el humor de los parisinos. Es esta atmósfera explosiva la que me ha llevado a tomar la decisión de pedir… aunque el favor no es para mí.
—Los ciudadanos nunca piden favores para sí mismos —intervino Robespierre fríamente.
—Lo solicito en nombre de mis jóvenes pupilas —aseguró David envarado—. Maximilien, estoy seguro de que se hace cargo de que Francia no es el sitio idóneo para muchachas de tierna edad.
—Si tanto le interesa su bienestar, impediría que se pasearan por la ciudad del brazo del obispo de Autun —replicó Robespierre y miró a David con sus encendidos ojos verdes.
—Estoy en desacuerdo —intervino Philidor—. Siento una profunda admiración por Maurice de Talleyrand. Preveo que en un futuro lo considerarán el más grande estadista de la historia de Francia.
—¡Vaya profecía! —se mofó Robespierre—. Es una suerte que no te ganes la vida diciendo la buenaventura. Hace semanas que Talleyrand intenta sobornar a los funcionarios de Francia para marcharse a Inglaterra, donde se hará pasar por diplomático. Sólo le interesa salvar el pellejo. Querido David, los nobles de Francia están desesperados por largarse antes de que lleguen los prusianos. En lo que concierne a sus pupilas, esta noche, en la reunión del comité, veré qué puedo hacer, pero no le prometo nada. Es una petición tardía.
David se lo agradeció profundamente y Philidor se ofreció a acompañar al pintor a la calle, pues él también estaba a punto de dejar el club. Mientras el famoso ajedrecista y el pintor cruzaban la atestada sala, Philidor comentó:
—Debe comprender que Maximilien Robespierre es distinto a usted y a mí. En tanto solterón, no tiene que afrontar las responsabilidades propias de la crianza y la educación de los hijos. David, ¿qué edad tienen sus pupilas? ¿Cuánto tiempo llevan a su cuidado?
—Poco más de dos años —repuso David—. Con anterioridad, hacían el noviciado en la abadía de Montglane…
—¿Ha dicho Montglane? —preguntó Philidor y bajó la voz al llegar a la entrada del club—. Querido David, en tanto ajedrecista, le aseguro que sé mucho acerca de la historia de la abadía de Montglane. ¿Conoce la leyenda?
—Sí, por supuesto —respondió David e intentó dominar su irritación—. Es pura superchería mística. El ajedrez de Montglane no existe y me sorprende que usted dé crédito a semejantes disparates.
—¿Dar crédito? —preguntó Philidor y cogió del brazo a David mientras salían a la acera ardiente—. Mi querido amigo, yo sé que existe. Y también sé muchas cosas más. Hace cuarenta y dos años, tal vez incluso antes de que usted naciera, estuve de visita en la corte de Federico el Grande de Prusia. Durante mi estancia, conocí a dos hombres con tanto poder de percepción que nunca los olvidaré. Probablemente haya oído hablar de uno de ellos, me refiero al gran matemático Leonhard Euler. El otro, a su manera tan grande como Euler, era el anciano padre del joven músico de la corte de Federico. Lamentablemente ese genio viejo y pasado de moda ha sido condenado a un recuerdo cubierto de polvo. Aunque desde entonces en Europa nadie ha oído hablar de él, la música que una noche interpretó para nosotros a petición del monarca fue la más exquisita que he oído en mi vida. Se llamaba Johann Sebastian Bach.
—No lo he oído nombrar —reconoció David—. ¿Qué tienen que ver Euler y el músico con el legendario servicio de ajedrez?
—Sólo se lo diré si me presenta a sus pupilas —Philidor sonrió—. ¡Tal vez lleguemos al fondo del misterio que toda mi vida he intentado desentrañar!
David accedió y el gran maestro de ajedrez lo acompañó a pie por las calles engañosamente tranquilas que bordeaban el Sena. Atravesaron el Pont Royal en dirección al taller.
El aire estaba inmóvil, ni una sola hoja se mecía en los árboles. Oleadas de calor subían de la calzada recocida y hasta las aguas plomizas del río maldecían mudamente a su lado. No sabían que a veinte manzanas, en el corazón del barrio de los franciscanos, la multitud sedienta de sangre aporreaba las puertas de la prisión de l’Abbaye. Tampoco estaban enterados de que Valentine se hallaba en el interior.
Mientras caminaban en medio del silencio inmóvil y canicular de la tarde, Philidor desgranó su relato…
EL RELATO DEL MAESTRO DE AJEDREZ
A los diecinueve años abandoné Francia y viajé a Holanda para acompañar con el oboe a una joven pianista, una niña prodigio que iba a dar un concierto. Por desgracia, al llegar me enteré que pocos días antes la viruela había acabado con la vida de la niña. Me encontré en el extranjero, sin dinero ni posibilidades de obtener ingresos. Para no morir de hambre, fui de cafetería en cafetería jugando al ajedrez.
Desde los catorce años había estudiado ajedrez bajo la tutela del famoso Sire de Legal, el mejor jugador de Francia y, acaso, el más eximio de Europa. A los dieciocho era capaz de derrotarlo dándole un caballo de ventaja. Pronto descubrí que podía superar a todos los ajedrecistas con que me enfrentaba. Durante la batalla de Fontenoy, jugué en La Haya contra el príncipe de Waldeck mientras el fragor del combate arreciaba a nuestro alrededor. Viajé por Inglaterra y en Londres jugué en la cafetería Slaughter contra los mejores ajedrecistas, incluidos sir Abraham Janssen y Philip Stamma. Los vencí a todos. Stamma, un sirio de probable ascendencia mora, había publicado varios libros de ajedrez. Me los mostró, lo mismo que obras escritas por La Bourdonnais y Maréchal Saxe. Stamma opinaba que, dada mi singular capacidad de juego, yo también debía escribir un tratado.
Mi libro, publicado varios años después, se tituló Analyse du Jeu des Eschecs. En él planteaba la tesis según la cual «los peones son el alma del ajedrez». En realidad, demostré que los peones no sólo eran objetos a sacrificar, sino que podían utilizarse estratégica y posicionalmente contra el adversario. Mi obra provocó una revolución en el mundo del ajedrez.
Mi libro llamó la atención del matemático alemán Euler. Se había enterado de mis partidas con los ojos vendados gracias a la Enciclopedia publicada por Diderot y persuadió a Federico el Grande para que me invitara a su corte.
La corte de Federico el Grande estaba en Potsdam, en un salón inmenso y desolado, rebosante de lámparas pero carente de las maravillas artísticas que cabe encontrar en otras cortes europeas. Federico era guerrero y prefería la compañía de soldados a la de cortesanos, artistas y mujeres. Corría el rumor de que dormía en un duro jergón y de que nunca se separaba de sus perros.
La velada de mi presentación llegó el Kappellmeister Bach de Leipzig, con su hijo Wilhelm; había viajado para visitar a otro vástago, Carl Philipp Emanuel Bach, intérprete de clavicordio en la corte del rey Federico. El propio monarca había escrito ocho barras de un canon y le había pedido a Bach padre que improvisara. Me comentaron que el viejo compositor tenía facilidad para la recreación. Había creado cánones con su nombre y el de Jesús escondidos en las armonías de la notación matemática. Había inventado contrapuntos inversos de gran complejidad, en los que la armonía era la imagen en el espejo de la melodía.
Euler sugirió que el anciano Kappellmeister inventara una variación en cuya estructura quedara reflejado el infinito, es decir, Dios en todas sus manifestaciones. El soberano se mostró complacido y yo tuve la certeza de que Bach pondría objeciones. En virtud de mi faceta de compositor, le aseguro que bordar la música compuesta por otro es una tarea ímproba.
En una ocasión tuve que crear una ópera basada en temas de Jean-Jacques Rousseau, el filósofo nulo de oído. De todos modos, parecía imposible ocultar un rompecabezas secreto y de semejante naturaleza en las notas musicales.
Para gran sorpresa de mi parte, el Kappellmeister cojeó al trasladar su cuerpo bajo y rechoncho hasta el teclado, Su impresionante cabeza estaba tapada por una gruesa peluca mal encajada. Sus cejas tupidas, salpicadas de canas, semejaban alas de águila. Tenía nariz ancha, mentón fuerte y el ceño perpetuo que arrugaba sus facciones severas sugería una naturaleza díscola. Euler me susurró que a Bach padre no le gustaban las interpretaciones a la orden y que seguramente haría un chiste a costa del monarca.
Inclinó su desgreñada cabeza sobre las teclas e interpretó una bella pero obsesionante melodía que parecía elevarse al infinito, cual una graciosa ave. Era una especie de fuga, y al oír sus misteriosas complejidades, comprendí lo que el Kappellmeister acababa de conseguir. Por medios que para mí no estaban claros, cada estrofa comenzaba en una clave armónica y acababa en una más alta, hasta que luego de repetir seis veces el tema básico del monarca, Bach llegaba a la misma clave por la que había comenzado. No supe percibir dónde o cómo se producía la transición. Era una obra mágica, como la transmutación de metales en oro. Comprendí que gracias a su ingeniosa construcción, la armonía subiría incesantemente hacia el infinito hasta que las notas, como la música de las esferas, sólo fueran oídas por los ángeles.
—¡Magnífica! —exclamó el monarca cuando Bach puso lento fin a su melodía.
El Kappellmeister hizo una inclinación de cabeza ante los pocos generales y oficiales que ocupaban sillas de madera en la sala escuetamente amueblada.
—¿Qué nombre recibe la estructura? —pregunté a Bach.
—Yo la llamo Ricercar —respondió el anciano, y la belleza de la música que acababa de crear no alteró su agria expresión—. Significa «buscar» en italiano. Es una forma musical antiquísima que ya no está de moda.
Al pronunciar esas palabras, miró con sorna a su hijo Carl Philipp, famoso por escribir música popular.
Bach cogió el manuscrito del monarca y en la parte superior escribió Ricercar, con las letras muy espaciadas. Convirtió cada letra en una palabra latina, de modo que decía: «Regis Iussu Cantio Et Reliqua Canonica Arte Resoluta». En un sentido amplio, significa canción hecha por el rey y el resto resuelto mediante el arte del canon. El canon es una estructura musical en la que cada parte suena un compás después del último, pero toda la melodía se repite de forma superpuesta. Crea la ilusión de que se prolonga eternamente.
Bach anotó dos frases en latín en el margen del pentagrama. Una vez traducidas, decían:
A medida que las notas aumentan, crece la fortuna del rey.
A medida que asciende la modulación, se eleva la gloria del rey.
Euler y yo felicitamos al envejecido compositor por la genialidad de su trabajo. Luego me pidieron que jugara simultáneamente tres partidas de ajedrez con los ojos vendados contra el monarca, el doctor Euler y Wilhelm, uno de los hijos del Kappellmeister. Aunque Bach padre no jugaba, gustaba de presenciar una partida. Al terminar mi actuación, en la que gané los tres encuentros, Euler me llevó aparte.
—Le he preparado un regalo. Acabo de inventar una nueva peregrinación del caballo, un acertijo matemático. Estoy convencido de que se trata de la mejor fórmula hasta ahora descubierta para el recorrido del caballo por el tablero. Si no le molesta, esta noche me gustaría entregarle una copia al anciano compositor. Se divertirá porque le gustan los juegos matemáticos.
Bach aceptó el regalo con una extraña sonrisa y nos dio sinceramente las gracias.
—Propongo que mañana, antes de la partida de Herr Philidor, se reúnan conmigo en casa de mi hijo —invitó Bach—. Es posible que tenga tiempo de darles una agradable sorpresa.
El Kappellmeister despertó nuestra curiosidad y acordamos presentarnos en el lugar y a la hora señalados.
A primera hora de la mañana siguiente, Bach abrió la puerta de la casa de su hijo Carl Philipp y nos hizo pasar. Nos guió hasta el saloncito y nos invitó a té. Ocupó el taburete del pequeño teclado e interpretó una melodía realmente inusual. Cuando concluyó, Euler y yo estábamos patidifusos.
—¡Ésta es la sorpresa! —exclamó Bach y soltó una risa cacareante que borró el gesto habitualmente sombrío de su rostro. Comprendió que Euler y yo estábamos inmersos en un mar de confusiones.
—Será mejor que consultemos el pentagrama.
Euler y yo nos pusimos en pie y nos acercamos al teclado. En el atril reposaba, ni más ni menos, la peregrinación del caballo que Euler había preparado y que le había entregado la noche anterior. Era el mapa de un gran tablero de ajedrez y en cada escaque llevaba escrito un número. Bach había conectado sagazmente los números mediante una red de líneas delgadas que para él tenían algún significado, si bien para mí eran ininteligibles. Sin embargo, Euler era matemático y su mente funcionaba más rápido que la mía.
—¡Ha convertido los números en octavas y acordes! —se exaltó—. ¡Tiene que explicarme cómo lo ha hecho! Ha convertido en música las matemáticas… ¡eso sí que es pura magia!
—¡Las matemáticas son música! —le respondió Bach—. Y a la inversa. Da lo mismo que crea que la palabra música procede de musa o de muta, que significa boca del Oráculo. Es igual si piensa que matemáticas proviene de mathanein, que significa saber o de matrix útero o madre de toda la Creación.
—¿Se ha dedicado al estudio de las palabras? —preguntó Euler.
—Las palabras poseen la capacidad de crear y de matar —replico Bach llanamente—. El Gran Arquitecto que nos hizo a todos también creó las palabras. De hecho, las creó primero, si nos guiamos por lo que dice San Juan en el Nuevo Testamento.
—¿Qué ha dicho? ¿El Gran Arquitecto? —preguntó Euler y palideció.
—Llamo a Dios el Gran Arquitecto porque lo primero que hizo fue crear el sonido —respondió Bach—. «En el principio fue el Verbo», ¿lo recuerdan? No se sabe, tal vez sólo fue una palabra, quizá fue música. Es posible que Dios interpretara un canon infinito inventado por Él y que a través de éste se forjara el universo.
Euler había palidecido un poco más. Aunque había perdido la visión de un ojo de tanto observar el sol a través de una lente, con el otro escudriñó la peregrinación del caballo que reposaba sobre el atril del teclado. Pasó los dedos por el infinito diagrama de diminutos números escritos con tinta sobre el tablero de ajedrez y quedó ensimismado varios minutos. Al fin tomó la palabra:
—¿Dónde ha aprendido todo esto? —preguntó Euler al sabio compositor—. Lo que ha descrito es un secreto oscuro y peligroso que sólo conocen los iniciados.