El ocho
Sacrificios
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—Me inicié a mí mismo —respondió Bach con profunda calma—… Sé que existen sociedades secretas cuyos miembros dedican la vida a desvelar los misterios del universo, pero yo no formo parte de ninguna.
Busco la verdad a mi manera.
Al pronunciar esas palabras, se estiró y quitó el mapa ajedrecístico cubierto de fórmulas. Cogió una pluma y anotó dos palabras en la parte superior: «Quaerendo Invenietis». O sea, busca y encontrarás. Bach me entregó la peregrinación del caballo.
—No lo entiendo —le dije algo confundido.
—Herr Philidor —dijo Bach—, es usted ajedrecista, como el doctor Euler, y compositor, como yo. Reúne dos valiosas aptitudes en la misma persona.
—¿Valiosas en qué sentido? —pregunté amablemente—. Debo confesar que ninguna de las dos me ha servido de mucho desde una perspectiva económica. —Sonreí.
—A veces cuesta trabajo recordarlo, pero en el universo operan fuerzas más importantes que el dinero. —Bach rió entre dientes—. Dígame… ¿ha oído hablar del ajedrez de Montglane?
Me volví bruscamente hacia Euler, que había soltado una exclamación.
—Veo que este nombre no es desconocido para Herr doctor, nuestro amigo. Quizá pueda ilustrarle también a usted —dijo Bach.
Fascinado, oí a Bach contar la historia del peculiar ajedrez que otrora había pertenecido a Carlomagno y que supuestamente albergaba potentes propiedades. Cuando el compositor acabó la síntesis, dijo:
—Caballeros, les pedí que vinieran para realizar un experimento. Toda mi vida he estudiado el peculiar poder de la música. Posee una fuerza propia que nadie puede negar. Es capaz de amansar a las fieras o de hacer que un hombre apacible se lance a la lid. Mediante diversas pruebas, logré desentrañar el secreto de su poder. Verán, la música tiene su propia lógica. Aunque se parece a la lógica matemática, presenta algunas diferencias. La música no se limita a comunicarse con nuestras mentes sino que, de hecho, cambia nuestro pensamiento de forma imperceptible.
—¿A qué apunta? —inquirí.
Me di cuenta de que Bach acababa de tocarme una fibra sensible que no fui capaz de definir. Algo que, sentí, conocía desde hacía mucho tiempo, algo enterrado en lo más recóndito de mi ser y que sólo percibía al oír una bella melodía obsesionante… o al jugar una partida de ajedrez.
—Apunto a que el universo semeja un enorme juego matemático que se juega a escala descomunal —respondió Bach—. La música es una de las formas más puras de las matemáticas. Toda fórmula matemática puede convertirse en música, como he hecho con la del doctor Euler.
Bach miró a Euler y éste asintió, como si compartieran un secreto del que yo aún no estaba enterado.
—La música puede convertirse en matemáticas, cabe añadir que con resultados sorprendentes —prosiguió Bach—. El Arquitecto que diseñó el universo la creó de esa manera. La música tiene el poder de crear el universo o de destruir la civilización. Si no me cree, lea la Biblia.
Euler permaneció de pie, en silencio, durante unos segundos.
—Así es —reconoció el matemático—. En la Biblia figuran otros arquitectos cuyas historias son muy esclarecedoras, ¿verdad?
—Mi querido amigo —dijo Bach y se volvió sonriente hacia mí—, como ya he dicho, busca y encontrarás. Aquel que comprenda la arquitectura de la música entenderá el poder del ajedrez de Montglane… pues los dos son uno.

David había escuchado el relato con suma atención. Al aproximarse a las puertas de hierro del patio de su casa se volvió consternado hacia Philidor.
—¿Qué significa? —preguntó—. ¿Qué tienen que ver la música y las matemáticas con el ajedrez de Montglane? ¿Qué relación hay entre esas cosas y el poder, ya sea terrenal o celestial? Su relato sustenta mí afirmación de que el legendario ajedrez atrae a místicos y a orates. Por mucho que me desagrada endilgar semejantes epítetos al gran matemático Euler, el relato indica que fue presa fácil de ese tipo de fantasías.
Philidor hizo un alto bajo los oscuros castaños de Indias cuyas ramas colgaban sobre las puertas del patio.
—He dedicado años a estudiar el tema —murmuró el compositor—. Aunque nunca me interesaron los intérpretes de la Biblia, finalmente abordé la tarea de leer las Sagradas Escrituras, como sugirieron Euler y Bach. El Kappellmeister murió poco después de nuestro encuentro y Euler emigró a Rusia, por lo que fue imposible reunirme con ellos para analizar lo que descubrí.
—¿Y qué descubrió? —preguntó David y sacó la llave para abrir la puerta.
—Ambos me aconsejaron que estudiara a los arquitectos, y lo hice. En la Biblia sólo figuraban dos arquitectos de renombre. Uno era el Arquitecto del Universo, es decir, Dios. El otro era el arquitecto de la Torre de Babel. Descubrí que la palabra «Bab-El» significa «puerta de Dios». Los babilonios fueron un pueblo muy orgulloso. Conformaron la mayor civilización desde el origen de los tiempos. Construyeron jardines colgantes que compitieron con las más excelsas obras de la naturaleza. Soñaron con construir una torre que llegara hasta el cielo, que llegara hasta el sol. Estoy convencido de que Bach y Euler aludieron a la historia de la torre. El arquitecto se llamaba Nimrod —prosiguió Philidor mientras franqueaban las puertas—. Fue el más grande de su época. Erigió una torre, la más alta de las conocidas por el hombre. Pero jamás la concluyó. ¿Sabe por qué?
—Por lo que recuerdo, Dios lo castigó. —David sonrió mientras atravesaba el patio.
—¿Sabe cómo lo castigó? —preguntó Philidor—. ¡No le envió un rayo, una inundación ni una plaga, como tenía por costumbre! Amigo, le contaré cómo destruyó Dios la obra de Nimrod. Dios confundió las lenguas de los obreros, que hasta entonces había sido una. ¡Golpeó el lenguaje! ¡Destruyó el Verbo!
David vio que un criado salía de la casa corriendo.
—¿Cómo debo interpretarlo? —preguntó David y sonrió cínicamente—. Dios destruye la civilización enmudeciendo a los hombres, confundiendo nuestra lengua. En ese caso, los franceses no tenemos de qué preocupamos. ¡Cuidamos nuestra lengua como si valiera más que el oro!
—Si realmente vivieron en Montglane, es posible que sus pupilas nos ayuden a resolver el misterio —repuso Philidor—. Creo que ese poder, el poder de la música de la lengua, las matemáticas de la música, el secreto del Verbo con que Dios creó el universo y castigó al imperio babilónico… creo que ese secreto está guardado en el ajedrez de Montglane.
El criado se había acercado deprisa y, retorciéndose las manos, guardaba una respetuosa distancia de los dos hombres que cruzaban el patio.
—Pierre, ¿qué pasa? —preguntó David sorprendido.
—Monsieur, las señoritas han desaparecido —informó Pierre con tono preocupado.
—¿Qué…? —gritó David—. ¿Qué dices?
—Desde las dos, monsieur. Recibieron una carta con el correo de la mañana. Salieron al jardín a leerla. ¡A la hora del almuerzo fuimos a buscarlas y no estaban! Es posible que escalaran el muro del jardín, no existe otra explicación. No han regresado.
4 de la tarde
Los vítores de la multitud que rodeaba la prisión de l’Abbaye no llegaban a ahogar los gritos ensordecedores provenientes del interior. Mireille jamás podría apartar de su mente ese sonido.
La turbamulta se había hartado de aporrear las puertas de la prisión y se había sentado sobre los carruajes salpicados con la sangre de los curas asesinados. El callejón estaba cubierto de cuerpos desmembrados y pisoteados.
Hacía más de una hora que en la prisión celebraban juicios. Los hombres más fornidos habían subido a sus compañeros a los altos muros que rodeaban el patio de la prisión. Éstos arrancaron las púas de hierro de los contrafuertes de piedra para usarlas como armas y se dejaron caer en el patio.
Un hombre que se encontraba de pie sobre los hombros de otro grito:
—¡Ciudadanos, abrid las puertas! ¡Hoy se hará justicia!
La chusma aplaudió al oír que quitaban una tranca. Una de las puertas de madera maciza se abrió y la multitud entró en tropel, arrojándose sobre la puerta con todo el peso de sus cuerpos.
Los mosqueteros repelieron el grueso de la gente y cerraron nuevamente las puertas. Mireille y los demás aguardaban las noticias de los que, sentados sobre el muro, asistían al proceso de los falsos juicios e informaban de las matanzas a los que, como ella, esperaban.
Mireille había golpeado las puertas de la prisión e intentado escalar el muro, pero sin éxito. Agotada, se quedó junto a las puertas con la esperanza de que se abrieran, aunque sólo fuera un instante, para colarse.
Por fin su deseo se vio satisfecho. A las cuatro en punto, Mireille divisó un carruaje en el callejón y los caballos abriéndose paso cuidadosamente por encima de los cuerpos desmembrados. Las ciudadanas sentadas en los carros de la prisión soltaron un grito al ver al ocupante del carruaje y el callejón se pobló de ruidos mientras los hombres abandonaban sus perchas en el muro y las horribles brujas saltaban de los techos para rodear al recién llegado. Azorada, Mireille se incorporó de un salto. ¡Era David!
—¡Tío, tío! —gritó y se abrió paso a arañazos mientras las lágrimas surcaban sus mejillas.
David la divisó y su rostro se ensombreció al bajar del carruaje y avanzar para abrazarla.
—¡Mireille! —gritó mientras el gentío ondulaba a su alrededor, le palmeaba la espalda y le daba la bienvenida a gritos—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Valentine?
El horror demudó la cara de David mientras abrazaba a Mireille, que sollozaba sin poderse dominar.
—Está en la prisión —gimió Mireille—. Vinimos a ver a una amiga… nosotras… tío, no sé qué ha ocurrido. Tal vez sea demasiado tarde.
—Cálmate, cálmate —aconsejó David, avanzó en medio de la muchedumbre sujetando a Mireille y saludó a varios conocidos que le abrieron el paso.
—¡Abrid las puertas! —gritaron varios hombres sentados en el muro del patio—. ¡El ciudadano David está aquí! ¡Ha llegado el pintor David!
Poco después, una de las puertas macizas se abrió y el hedor a cuerpos sudados sacudió a David. Se vieron arrastrados al interior de la prisión y las puertas se cerraron.
El patio de la prisión estaba inundado de sangre. En una pequeña y herbosa extensión de lo que antaño había sido el jardín del monasterio, un sacerdote yacía en el suelo, con la cabeza apoyada en un tajo de madera. Un soldado con el uniforme salpicado de sangre golpeaba ineficazmente con la espada el cuello del cura, intentando separar la cabeza del cuerpo. El sacerdote aún estaba vivo. Cada vez que intentaba incorporarse, manaban borbotones de sangre de las heridas de su cuello. Tenía la boca abierta en un mudo grito.
De un extremo a otro del patio, la gente corría y pasaba por encima de los cadáveres caídos en horrorosas posiciones. Era imposible saber a cuántos habían matado. Brazos, piernas y torsos se acumulaban junto a los cuidados setos y había montones de entrañas a lo largo de los bordes herbáceos.
Mireille se aferró al hombro de David y, ahogada, se puso a gritar. Su tío la sacudió enérgicamente Y le murmuró al oído:
—O te dominas o estamos perdidos. Debemos encontrar enseguida a Valentine.
Mireille intentó dominarse. David contempló el patio con mirada extraviada. Sus sensibles manos de pintor temblaron al acercarse a un hombre y tironearle de la manga. El hombre vestía raído uniforme de soldado, no de guardia de la prisión, y daba la sensación de que tenía la boca manchada de sangre, pese a que no se vela ninguna herida.
—¿Quién manda aquí? —preguntó David.
El soldado rió y señaló una larga mesa de madera, próxima a la entrada de la prisión, en la que varios hombres estaban sentados. Un grupo de personas se apiñaba delante de la mesa.
Mientras David ayudaba a Mireille a cruzar el patio, empujaban a tres curas por la escalera de la prisión y los arrojaban al suelo, delante de la mesa. Los presentes se mofaron de ellos y los soldados emplearon las bayonetas para apartar a los burlones. Luego ayudaron a los curas a ponerse en pie y los sostuvieron delante de la mesa.
Por turno, cada uno de los cinco hombres sentados ante la mesa se dirigieron a los sacerdotes. Uno consultó unos papeles, anotó algo y meneó la cabeza.
Hicieron girar a los curas, que marcharon hacia el centro del patio, con el rostro convertido en letales máscaras blancas de horror al ver lo que les aguardaba. El gentío del patio soltó un grito estremecedor cuando contempló las nuevas víctimas que se dirigían al matadero. David abrazó con fuerza a Mireille y la empujó hacia la mesa de los jueces, oculta por el gentío que, dando vítores, aguardaba la ejecución.
David llegó a la mesa en el momento en que los ciudadanos apostados en el muro anunciaron el veredicto a los que estaban fuera.
—¡Muerte al padre Ambrosio de San Sulpicio! —sonó el primer grito, recibido con aullidos y aplausos.
—Soy Jacques Louis David —informó a gritos al juez más cercano, haciéndose oír por encima del ruido que retumbaba en los muros del patio—. Formo parte del Tribunal Revolucionario. Danton me ha enviado…
—Jacques Louis David, te conocemos bien —respondió un hombre desde el otro extremo de la mesa.
David se dio la vuelta para mirarlo y soltó una exclamación.
Mireille miró al juez y se le heló la sangre. Era el tipo de rostro que sólo veía en pesadillas, la cara que imaginaba al pensar en la advertencia de la abadesa. Era el rostro de la pura maldad.
Se trataba de un hombre horrible. Su carne era una masa de cicatrices y llagas supurantes. Un trapo sucio rodeaba su frente, de la que goteaba un líquido de color gris que bajaba por el cuello y pegoteaba su pelo graso. Cuando el juez miró burlonamente a David, Mireille pensó que las pústulas que cubrían su piel procedían del mal que albergaba en su interior, dado que era la encarnación de Lucifer.
—Ah eres tú —murmuró David—. Pensé que estabas…
—¿Enfermo? —el hombre terminó la frase—. Y lo estoy, ciudadano, pero no tanto como para dejar de servir a Francia.
David caminó a lo largo de la mesa hacia el hombre horrible, aunque daba la sensación de que temía la proximidad. Arrastró a Mireille y le susurró al oído:
—No abras la boca. Estamos en peligro.
Al llegar al otro extremo de la mesa, David se inclinó hacia el juez.
—Danton me ha pedido que venga a ayudar al tribunal —dijo.
—Ciudadano, no necesitamos ayuda —replicó el juez—. Esta prisión no es más que un botón de muestra. Los enemigos del estado están encerrados en todas las cárceles. Cuando acabemos con estos juicios, visitaremos otras. No hay falta de voluntarios en lo que se refiere a hacer justicia. Vete y dile al ciudadano Danton que estoy aquí. Todo está en buenas manos.
—De acuerdo —aceptó David e, inseguro, alzó la mano para palmear el hombro del desastrado juez mientras de la multitud se elevaba un nuevo clamor—. Te tengo por honrado ciudadano y miembro de la Asamblea. Tengo un problema y estoy seguro de que podrás ayudarme. —David apretó la mano de Mireille, que permaneció en silencio, atenta a sus palabras—. Esta tarde mi sobrina pasó por casualidad delante de la prisión y accidentalmente, en medio de la confusión, acabó dentro. Creemos… espero que no le haya pasado nada, pues es una muchacha sencilla que no entiende de política. Te pido que la busques dentro de la prisión.
—¿Tu sobrina? —preguntó el juez y miró a David de soslayo.
Se agachó, revolvió un cubo de agua que tenía a su lado y alzó un trapo húmedo. Se quitó el que le cubría la frente, lo arrojó en el cubo, se colocó el chorreante sobre la cabeza y lo anudó. El agua le goteó sobre el rostro, mezclándose con el pus que manaba de sus llagas. Mireille percibió la putrefacción de la muerte con mucha más intensidad que el olor a sangre y pánico que impregnaba el patio. Se sintió desfallecer y a punto de perder el conocimiento cuando a sus espaldas sonó otro clamor. Procuró no pensar qué significaba cada coro de gritos.
—No es necesario buscarla —añadió el hombre horrible—. Es la próxima que se presenta ante el tribunal. David, conozco a tus pupilas, incluida ésta. —Señaló con la cabeza a Mireille pero no la miró—. Forman parte de la nobleza, son fruto de la sangre de los De Remy. Salieron de la abadía de Montglane. Ya hemos interrogado a tu «sobrina» en la prisión.
—¡No! —protestó Mireille y escapó del abrazo de David—. ¡Valentine! ¿Qué le habéis hecho? —Se estiró por encima de la mesa y sujetó al maligno, pero David la apartó.
—No seas insensata —le aconsejó.
Mireille intentaba alejarse, pero el horrible juez alzó la mano. En el muro de la prisión estalló un gran alboroto cuando dos cuerpos bajaron estrepitosamente la escalera. Mireille se liberó, corrió detrás de la mesa y avanzó por los senderos al ver la suelta cabellera rubia de Valentine y su cuerpo frágil rodando por los escalones, junto a un joven cura. El sacerdote se incorporó y ayudó a Valentine a ponerse en pie mientras Mireille se arrojaba a los brazos de su prima.
—Valentine, Valentine —gimió Mireille mientras observaba el rostro lacerado y los labios cortados de su prima.
—Las piezas —susurró Valentine con la mirada extraviada—. Claude me dijo dónde están los trebejos. Hay seis…
—No te preocupes por eso —aconsejó Mireille y acunó a Valentine en sus brazos—. Nuestro tío está aquí. Nos ocuparemos de que te pongan en libertad…
—¡No! —exclamó Valentine—. Querida prima, van a matarme. Saben de la existencia de las piezas… ¡acuérdate del fantasma! De Remy, De Remy —barbotó distraídamente y no cesó de repetir su apellido.
Mireille intentó serenarla.
Inmediatamente un soldado sujetó a Mireille, que forcejeó. Miró frenética a David, que estaba inclinado sobre la mesa e imploraba al horrible juez. Mireille pataleó e intentó morder al soldado cuando dos hombres se acercaron, sujetaron a Valentine y la llevaron ante la mesa. Valentine se irguió ante el tribunal, sostenida por los soldados. Con el rostro pálido y demudado por el miedo, miró unos instantes a Mireille. Sonrió y su sonrisa fue como un rayo de sol en el cielo encapotado. Mireille cesó sus forcejeos y le devolvió la sonrisa. Súbitamente oyó la voz de los jueces. Sonó como un latigazo en su cerebro y retumbó en los muros del patio:
—¡Muerte!
Mireille luchó con el soldado. Gritó y llamó a David, que había caído sobre la mesa hecho un mar de lágrimas. En cámara lenta, Valentine fue arrastrada por el patio adoquinado hasta el parterre. Mireille luchó como una fiera para librarse de esos brazos de hierro. Súbitamente algo la golpeó de lado. El soldado y ella cayeron. Era el joven cura que había bajado la escalera a trompicones, junto a Valentine, y había acudido en su rescate lanzándose contra ellos mientras el soldado la sujetaba. Los hombres lucharon en el suelo y Mireille aprovechó la ocasión para escapar y correr hacia la mesa en la que David parecía un desecho humano. Agarró la camisa mugrienta del juez y lo increpó:
—¡Anule esa orden! —Miró por encima del hombro y vio a Valentine tendida en el suelo, sujeta por dos hombres que se habían quitado las casacas y arremangado las camisas. No podía perder ni un segundo—. ¡Déjela en libertad!
—Sólo si me dices lo que tu prima se negó a revelar —repuso el hombre—. Dime dónde habéis ocultado el ajedrez de Montglane. Sé con quién hablaba tu amiguita antes de que la detuvieran.
—Si se lo digo, ¿dejará en libertad a mi prima? —preguntó Mireille apresuradamente y volvió a mirar a Valentine.
—¡Quiero esas piezas! —exclamó impetuosamente.
El repugnante individuo la contempló fría y duramente. Mireille pensó que tenía ojos de lunático. Aunque interiormente reculó, hizo frente a su mirada.
—Si la suelta, le diré dónde están.
—¡Dímelo de una vez! —chilló.
Mireille notó su desagradable aliento sobre el rostro cuando el juez se le acercó. Aunque David gimió a su lado, no le hizo caso. Respiró hondo, abrigó la esperanza de que Valentine la perdonara y dijo lentamente:
—Están enterradas en el jardín, detrás del taller de nuestro tío.
—¡Ajá! —exclamó el juez. Una llama inhumana iluminaba sus ojos al tiempo que se incorporaba de un salto y se inclinaba hacia Mireille por encima de la mesa—. Más vale que no me hayas mentido. Si me has engañado, te perseguiré hasta los confines mismos de la tierra. ¡Esas piezas deben estar en mi poder!
—Monsieur, le suplico que deje en libertad a mi prima —rogó Mireille—. Sólo he dicho la verdad.
—Te creo —replicó.
El juez alzó la mano y miró a los dos hombres que, sujetando a Valentine, aguardaban sus órdenes. Mireille contempló el horrible rostro inenarrablemente contorsionado y se juró que, mientras ella viviera y mientras él viviera, jamás lo olvidaría. Grabaría ese rostro en su mente, el rostro de ese hombre que esgrimía tan cruelmente en sus manos la vida de su amada prima. Mireille siempre lo recordaría.
—¿Y usted quién es? —preguntó mientras el verdugo contemplaba el jardín sin dignarse mirarla.
El hombre se volvió lentamente hacia ella y el odio reflejado en sus ojos la heló hasta la médula.
—Soy la ira del pueblo —respondió en voz baja—. Caerán la nobleza, el clero y la burguesía. Serán pisoteados por nuestros pies. Escupo sobre todos vosotros porque el sufrimiento que habéis causado se volverá en vuestra contra. Haré caer los cielos mismos sobre vuestras cabezas. ¡Me apropiaré del ajedrez de Montglane! ¡Lo poseeré! ¡Será mío! Si no lo encuentro donde has dicho que está, te perseguiré… ¡me las pagarás!
Su malévola voz resonó en los oídos de Mireille.
—¡Adelante con la ejecución! —ordenó y la multitud volvió a lanzar su espantoso clamor—. ¡Muerte! ¡El veredicto es de muerte!
—¡No! —gimió Mireille.
Un soldado intentó sujetarla, pero escapó. Enloquecida, Mireille corrió ciegamente por el patio y sus faldas rozaron los charcos de sangre de las grietas de los adoquines. En medio de un mar de caras desencajadas, vio la afilada hacha de dos filos que se alzaba sobre el cuerpo tendido de Valentine.
Su cabellera, cenicienta a causa del calor estival, estaba desplegada sobre el césped en el que yacía.
Mireille corrió entre la masa de cuerpos y se acercó al espeluznante escenario, se aproximó para ver la matanza desde primera fila. Dio un salto en el aire y se arrojó sobre el cuerpo de Valentine en el mismo instante en que el hacha caía.