El ocho

El ocho


La bifurcación

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LA BIFURCACIÓN

Siempre hay que estar en condiciones de escoger entre dos alternativas.

TALLEYRAND

El miércoles por la tarde tomé un taxi y crucé la ciudad para encontrarme con Lily Rad en unas señas de la calle Cuarenta y siete, entre las avenidas Quinta y Sexta. El lugar se llamaba Gotham Book Mart y nunca lo había visitado.

El martes por la tarde Nim me había traído en coche y me había enseñado a registrar la puerta del apartamento para comprobar si alguien había entrado en mi ausencia. Como preludio de mi viaje a Argelia, también me había dado un número de teléfono que comunicaba las veinticuatro horas del día con su centro informático. ¡Todo un compromiso para alguien que no creía en los teléfonos!

Nim conocía a una mujer que vivía en Argelia, Minnie Renselaas, viuda del antiguo cónsul holandés en ese país. Era rica, bien relacionada y estaba en condiciones de ayudarme a averiguar cuanto necesitara. Con estos datos, acepté de mala gana decirle a Llewellyn que intentaría localizar las piezas del ajedrez de Montglane. No me gustaba porque era una mentira, pero Nim me había convencido de que sólo alcanzaría una mínima tranquilidad de espíritu si encontraba el puñetero ajedrez. Además, así tendría una vida medianamente larga.

Llevaba tres días preocupada por algo que no era mi vida ni ese ajedrez probablemente inexistente. Temía por Saul. Los periódicos no habían publicado la noticia de su muerte.

En el diario del martes aparecieron tres artículos sobre la ONU, referidos al hambre en el mundo y a la guerra de Vietnam. No figuraba una sola alusión a la aparición de un cadáver sobre la losa. Tal vez nunca limpiaban la sala de meditación, lo cual resultaba aún más extraño. Aunque habían publicado un breve comentario sobre la muerte de Fiske y el aplazamiento del torneo de ajedrez durante una semana, nada aludía a que no hubiese fallecido de muerte natural.

El miércoles por la noche Harry daba la cena en mi honor. Aunque desde el domingo no hablaba con Lily, estaba segura de que la familia ya tenía que estar enterada de la muerte de Saul. Al fin y al cabo, llevaba veinticinco años a su servicio. La confrontación me ponía los pelos de punta. Como conocía a Harry, sabía que la reunión se parecería a un velatorio. Veía a su personal como si fueran miembros de la familia. Me preguntaba cómo me las ingeniaría para ocultar lo que sabía.

Cuando el taxi giró en la Sexta Avenida, vi que los tenderos estaban en la calle, bajando las cortinas metálicas que protegían los escaparates. En el interior de las tiendas, los empleados quitaban lujosas joyas de los expositores. Me di cuenta de que estaba en el corazón mismo del barrio de los diamantes. Al bajar del taxi, vi pequeños grupos de hombres en la acera, vestidos con sobrios abrigos negros y altos sombreros de fieltro, de ala chata. Algunos llevaban oscuras barbas salpicadas de gris, tan largas que les llegaban al pecho.

El Gotham Book Mart se encontraba calle abajo. Entré en el edificio abriéndome paso entre los corros. La entrada era un pequeño vestíbulo enmoquetado, parecido al de una mansión victoriana, con una escalera que llevaba a la primera planta. A la izquierda había dos escalones que conducían a la librería.

Los suelos eran de madera y los techos bajos estaban cubiertos de tubos metálicos de la calefacción, que iban de un extremo al otro del local. En el fondo se encontraban las entradas a otras salas, repletas de libros del suelo al techo. En cada esquina había pilas a punto de derrumbarse y los estrechos pasillos estaban obstruidos por lectores que me dejaron pasar de mala gana y reanudaron la lectura, al parecer sin saltarse una sola línea.

Lily estaba de pie en el fondo del local y lucía un abrigo de zorro rojo brillante y medias de lana. Charlaba animadamente con un anciano y arrugado caballero de la mitad de su tamaño. Vestía el mismo abrigo y sombrero negro que los hombres de la calle, pero no llevaba barba y su rostro oscuro estaba surcado de arrugas curtidas por la intemperie. Sus gruesas gafas de montura dorada daban un aspecto profundo e intenso a sus ojos. Lily y él formaban una extraña pareja.

Cuando me vio, Lily apoyó la mano en el brazo del anciano caballero y le comentó algo. El hombre se volvió hacia mí.

—Cat, te presento a Mordecai —dijo—. Es amigo mío de toda la vida y sabe la tira de ajedrez. Se me ocurrió consultarle nuestro problemilla.

Supuse que se refería a Solarin. Sin embargo, en los últimos días había averiguado algunas cosas por mi cuenta y me interesaba llevar a Lily aparte para hablar de Saul antes de hacer frente a los leones de la familia en su propia guarida.

—Aunque ya no juega, Mordecai es gran maestro —explicaba Lily—. Me entrena para los torneos. Es famoso y ha escrito varios libros de ajedrez.

—Exageras —intervino Mordecai modestamente y me dedicó una sonrisa—. En realidad, me gano la vida como negociante en diamantes. El ajedrez es mi gran pasatiempo.

—El domingo Cat estuvo conmigo en el torneo —comentó Lily.

—Ah, ya comprendo —reconoció Mordecai y me estudió con más atención a través de sus gruesas gafas—. Por lo tanto, fue testigo del acontecimiento. Propongo que tomemos una taza de té. Calle abajo hay un bar en el que podemos conversar.

—Bueno… no quisiera llegar tarde a la cena. Desilusionaría al padre de Lily.

—Insisto en que tomemos una taza de té —repitió Mordecai con encanto y decisión. Me cogió del brazo y me condujo hacia la puerta—. Esta noche tengo importantes compromisos, pero lamentaría no conocer sus observaciones sobre la muerte misteriosa del gran maestro Fiske. Fuimos muy amigos. Espero que sus opiniones no sean extremistas como las de mi… como las que ha expuesto mi amiga Lily.

Reinó cierta confusión cuando intentamos atravesar la primera sala. Mordecai tuvo que soltarme el brazo mientras avanzábamos en fila india por los estrechos pasillos, con Lily en la delantera. Después de la asfixiante librería, fue un alivio respirar el aire fresco de la calle. Mordecai volvió a cogerme del brazo.

Casi todos los negociantes en diamantes se habían dispersado y las tiendas estaban a oscuras.

—Lily me ha dicho que es experta en informática —dijo Mordecai y me guió calle abajo.

—¿Le interesan los ordenadores? —pregunté.

—No es exactamente eso. Me impresiona lo que son capaces de hacer. Digamos que me dedico a estudiar fórmulas —pronunció esas palabras, rió alegremente y en, su rostro apareció una simpática sonrisa—. ¿No le ha dicho Lily que soy matemático? —Miró por encima del hombro a Lily, pero ella negó con la cabeza y nos alcanzó—. Cursé un semestre en Zurich con Herr profesor Einstein. ¡Era tan inteligente que ninguno entendía una sola de sus palabras! A veces se olvidaba de lo que estaba diciendo y se paseaba por el aula. Nunca nos reímos. Sentíamos un gran respeto por él.

Se detuvo para coger a Lily del brazo antes de cruzar la calle de una sola dirección.

—Durante mi estancia en Zurich, caí enfermo —prosiguió—. El doctor Einstein vino a visitarme. Se sentó a mi lado y hablamos de Mozart. Tenía un gran aprecio por Mozart. Probablemente sabe que el profesor Einstein era un eximio violinista.

Mordecai me sonrió y Lily le apretó el brazo.

—Mordecai ha llevado una vida interesante —me explicó Lily.

Me di cuenta de que, en presencia de Mordecai, Lily se portaba bien. Nunca la había visto tan sumisa.

—Preferí no dedicarme a las matemáticas —dijo Mordecai—. Dicen que hay que sentir la llamada, como para el sacerdocio. Opté por convertirme en comerciante. Sin embargo, siguen interesándome temas relacionados con las matemáticas. Ah, hemos llegado. —Nos hizo pasar por la puerta doble que conducía al primer piso. Cuando empezamos a subir la escalera, Mordecai añadió—: ¡Sí, siempre he pensado que los ordenadores son la octava maravilla! —Volvió a emitir su risa cacareante.

Mientras subía la escalera, me pregunté si no era más que una coincidencia que Mordecai se mostrara interesado por las fórmulas. En mi mente resonó un estribillo: «El cuarto día del cuarto mes llegará el ocho».

La cafetería ocupaba el entresuelo que daba a un enorme bazar de pequeñas joyerías. Aunque las tiendas estaban cerradas, la cafetería estaba a tope con los viejos que hacía menos de media hora se habían reunido a charlar en las calles. Aunque se habían quitado los sombreros, todos llevaban un pequeño gorro. Algunos lucían largos rizos a los lados de la cara.

Buscamos una mesa y Lily se ofreció a pedir el té mientras charlábamos. Mordecai me ofreció una silla y rodeó la mesa para sentarse del otro lado.

—Es la tradición religiosa del payess. Los judíos no se afeitan las barbas ni se quitan los rizos laterales porque el Levítico dice: «No se raerán los sacerdotes la cabeza ni los lados de la barba». —Mordecai volvió a sonreír.

—Pues usted no lleva barba —comenté.

—Así es —replicó Mordecai con pesadumbre—. Como también dice la Biblia: «Mi hermano Esaú es un hombre peludo y yo soy lampiño». Me gustaría dejarme la barba porque creo que me daría un aspecto gallardo… —Sus ojos soltaban chispas—. La verdad es que lo único que logro cosechar es el proverbial campo de paja.

Apareció Lily con la bandeja y depositó en la mesa humeantes tazas de té.

—En la Antigüedad, los judíos no cosechaban los extremos de sus campos, lo mismo que los extremos de sus barbas, para que los recogieran los ancianos de la aldea y los nómadas. La religión judía siempre ha tenido un alto concepto de los nómadas. Hay algo místico relacionado con el nomadismo. Mi amiga Lily me ha dicho que está usted a punto de salir de viaje.

—Así es —respondí, pero no supe cómo reaccionaría si le contaba que me tocaba pasar un año en un país árabe.

—¿Toma el té con leche? —preguntó Mordecai. Asentí y comencé a levantarme, pero se me adelantó—. Iré a buscarla.

En cuanto Mordecai se alejó, me volví hacia Lily y susurré:

—Rápido, aprovechemos que estamos solas. ¿Cómo ha tomado tu familia la noticia de la muerte de Saul?

—Ah, están furiosos —respondió Lily y repartió las cucharillas—. Sobre todo Harry, que no cesa de decir que es un cabrón desagradecido.

—¡Furiosos! —exclamé—. Saul no tuvo la culpa de que se lo cargaran.

—¿De qué hablas? —preguntó Lily y me miró desconcertada.

—¿Acaso crees que Saul organizó su propio asesinato?

—¿Asesinato? —preguntó Lily y abrió cada vez más los ojos—. Escucha, sé que me exalté y que imaginé que lo habían secuestrado, pero después de toda esa historia volvió a casa. ¡Y presentó la dimisión! Se largó sin más luego de pasar veinticinco años a nuestro servicio.

—Te digo que está muerto —insistí—. Lo vi. El lunes por la mañana estaba tendido en la losa de la sala de meditación de la ONU. ¡Alguien le hizo el viaje! —Lily permanecía boquiabierta, con la cucharilla en la mano—. Aquí está pasando algo raro.

Lily me obligó a callar y miró por encima de mi hombro. Mordecai estaba a punto de llegar a la mesa con una jarrita de leche.

—Ha sido difícil conseguirla —comentó y se sentó entre Lily y yo—. Ya no hay buen servicio. —Nos miró—. Pero bueno, ¿qué pasa? Lily, da la sensación de que alguien acaba de pisar tu tumba.

—Algo por el estilo —dijo Lily en voz baja, y pálida como un fantasma—. Parece que el chófer de mi padre acaba de… acaba de morir.

—Lo siento —se apenó Mordecai—. ¿Había trabajado mucho tiempo al servicio de los tuyos?

—Desde antes de que yo naciera.

Lily tenía los ojos vidriosos y parecía estar a millones de kilómetros de distancia.

—¿Era joven? Espero que no haya de por medio una familia que mantener.

Mordecai observaba a Lily de forma peculiar.

—Puedes decírselo. Cuéntale lo que me has dicho —pidió Lily.

—No creo que…

—Sabe lo de Fiske. Cuéntale lo de Saul.

Mordecai se volvió hacia mí con amable expresión.

—¿Hay drama de por medio? —preguntó con tono ligero—. Lily opina que el gran maestro Fiske no falleció de muerte natural. ¿Usted también sustenta esa opinión? —Bebió el té distraídamente.

—Mordecai, Cat acaba de decirme que han asesinado a Saul —dijo Lily.

Mordecai depositó la cucharilla en el plato sin levantar la mirada y suspiro.

—Ah. Temía que fuera exactamente lo que me iba a decir. —Me miró con sus grandes y pesarosos ojos—. ¿Es verdad?

—Lily, no creo que… —intenté decir.

Mordecai me interrumpió con suma cortesía.

—¿Por qué es usted la primera en enterarse de todo esto, mientras Lily y su familia parecen ignorarlo todo? —preguntó.

—Porque estuve presente —respondí.

Lily intentó decir algo, pero Mordecai la obligó a callar.

—Señoras, señoras —murmuró y se volvió hacia mí—. ¿Tendría la amabilidad de empezar por el principio?

Volví a narrar la misma historia que le había contado a Nim: la advertencia de Solarin durante el torneo de ajedrez, la muerte de Fiske, la extraña desaparición de Saul, los orificios de bala en el coche y, por último, el cadáver de Saul en las Naciones Unidas. Lógicamente, callé algunas tonterías como la pitonisa, el hombre de la bicicleta y la historia de Nim sobre el ajedrez de Montglane. Sobre esto último me había comprometido a guardar silencio, y los demás episodios eran demasiado estrafalarios para repetirlos.

—Se ha explicado perfectamente —reconoció Mordecai cuando terminé—. Podemos suponer, sin temor a equivocamos, que las muertes de Fiske y Saul están relacionadas. Debemos averiguar qué acontecimientos o personas las vinculan y encontrar la pauta.

—¡Solarin! —exclamó Lily—. Todas las circunstancias conducen a él. Sin duda es el enlace.

—Querida amiga, ¿por qué Solarin? —preguntó Mordecai—. ¿Qué motivos tiene?

—Deseaba cargarse a todos los que podían derrotarlo para no tener que entregar la fórmula del arma…

—Solarin no tiene nada que ver con las armas —intervine—. Se especializó en física acústica.

Mordecai me miró sobresaltado y prosiguió:

—Pues es verdad. En realidad, aunque nunca te lo he dicho, conozco a Alexander Solarin —Lily guardó silencio, con las manos sobre el regazo, dolida de que su venerado maestro de ajedrez le hubiera ocultado un secreto—. Lo conocí hace muchos años, cuando aún negociaba activamente con diamantes. A mi regreso de la Bolsa de Amsterdam fui a Rusia a visitar a un amigo. Me presentaron a un chiquillo de dieciséis años. Había ido a casa de mi amigo a tomar clases de ajedrez…

—Solarin estudió en el Palacio de los Jóvenes Pioneros —intervine.

—Exactamente —confirmó Mordecai y volvió a mirarme con extrañeza.

Como estaba demostrado que yo había investigado decidí cerrar el pico.

—En Rusia todos juegan al ajedrez. En realidad, no hay otra cosa que hacer. Jugué una partida con Alexander Solarin. Fui lo bastante necio para pensar que le enseñaría una o dos cosas. Me derrotó de mala manera. Ese joven es el mejor ajedrecista que conozco. Querida —añadió dirigiéndose a Lily—, es posible pero no probable que el gran maestro Fiske o tú le hubierais ganado la partida.

Permanecimos en silencio. El cielo estaba oscuro y la cafetería vacía a excepción de nosotros tres. Mordecai consultó el reloj de bolsillo, alzó la taza y acabó el último sorbo de té.

—Bueno, ¿qué opináis? —preguntó jovialmente para sacamos del marasmo—. ¿Habéis pensado en alguien que tenga otros motivos para desear la muerte de tantas personas?

Perplejas, Lily y yo negamos con la cabeza.

—¿No se os ocurre otra alternativa? —preguntó, se puso en pie y cogió el sombrero—. Lo siento, pero tengo una cena a la que ya llego tarde, lo mismo que vosotras. Seguiré analizando este problema cuando disponga de tiempo libre, pero me gustaría comentar cuál es mi evaluación inicial de la situación. Así podréis reflexionar. Creo que la muerte del gran maestro Fiske no tuvo casi nada que ver con Solarin y menos aún con el ajedrez…

—¡Solarin fue el único que estuvo presente antes de que se descubrieran los asesinatos! —protesto Lily.

—No es así —respondió Mordecai y sonrió enigmáticamente—. Hubo otra persona presente en ambos casos. ¡Tu amiga Cat!

—Un momento… —intervine.

Mordecai me interrumpió.

—¿No es extraño que el torneo de ajedrez se haya aplazado una semana por la desdichada muerte del gran maestro Fiske y que la prensa no mencione que hubo juego sucio? ¿No le llama la atención el hecho de que hace dos días viera el cadáver de Saul en un lugar tan público como la sede de las Naciones Unidas y que los medios de comunicación no hayan dado la menor publicidad al asunto? ¿Cómo explica estas circunstancias extrañas?

—¡Es una coartada! —apostilló Lily.

—Tal vez —reconoció Mordecai y se encogió de hombros—. Hay que admitir que Cat y tú os habéis ocupado de ocultar algunas pruebas. ¿Puedes explicarme por qué no acudiste a la policía cuando dispararon contra tu coche? ¿Por qué Cat no denunció la presencia de un cadáver que posteriormente se esfumó?

Lily y yo nos pusimos a hablar al mismo tiempo:

—Te he explicado el motivo por el que quería… —masculló Lily.

—Tuve miedo de… —vacilé.

—Por favor —murmuró Mordecai y levantó la mano—. Creo que la policía dará menos crédito que yo a esos galimatías. El hecho de que tu amiga Cat estuviera presente en todos los casos resulta aún más sospechoso.

—¿Qué insinúa? —inquirí.

Entretanto no dejé de oír el comentario de Nim: «Querida, es posible que alguien crea que tienes algo que ver».

—Quiero dar a entender que, si bien es posible que usted no tenga nada que ver con los acontecimientos, ellos tienen algo que ver con usted —respondió Mordecai.

Pronunció esas palabras, se inclinó y besó a Lily en la frente. Se volvió hacia mí y, al tiempo que me estrechaba la mano formalmente, hizo algo extrañísimo: ¡me guiñó el ojo! Se perdió escaleras abajo y se internó en la oscura noche.

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