El ocho

El ocho


Fin de partida

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Mordecai se acercó, repartiendo copas y sirviéndonos champaña. Cuando terminó, cogió a Carioca y levantó su copa.

—Por el juego de Montglane —dijo con su sonrisa arrugada—. ¡Que descanse en paz por mil y mil años!

Bebimos y hubo gritos de: «¡Escuchad, escuchad!» de Harry.

—¡Por Cat y Lily! —dijo Harry levantando su copa—. Han afrontado muchos peligros. Que vivan mucho tiempo en felicidad y amistad. Aunque no vivan para siempre… al menos que sus días estén llenos de alegría. —Me sonrió.

Era mi turno. Levanté la copa y miré sus rostros: Mordecai, parecido a un búho; Harry, con sus grandes ojos perrunos; Lily, bronceada y esbelta; Nim, con el cabello rojo del profeta pero extraños ojos bicolores, que me sonreía como si pudiera leer mis pensamientos; y Solarin, intenso y vivo junto a un tablero de ajedrez.

Allí estaban todos, en torno a mí. Mis mejores amigos, gente a la que amaba de verdad. Pero gente mortal, como yo, y que declinaría con el tiempo. Nuestros relojes biológicos seguirían latiendo… nada demoraría los años. Lo que hiciéramos, tendríamos que hacerlo en menos de cien años… el tiempo dado al hombre. No siempre había sido así. En otras épocas hubo en la tierra gigantes, dice la Biblia, hombres de gran poder que vivían setecientos u ochocientos años. ¿En qué momento habíamos perdido el camino? ¿Cuándo perdimos la capacidad?… Meneé la cabeza, levanté la copa de champaña y sonreí.

—Por el juego —dije—. El juego de los reyes… el más peligroso, el juego eterno. El juego que acabamos de ganar… al menos por otra vuelta. Y por Minne, que luchó toda su vida por guardar estas piezas para que no cayeran en manos de aquellos que harían mal uso de ellas… para satisfacer sus propios objetivos y conseguir dominar a sus semejantes mediante la maldad y el poder. Que viva en paz esté donde esté, y con nuestras bendiciones.

—Escuchad, escuchad… —repitió Harry, pero yo no había terminado.

—Y ahora que el juego ha terminado y hemos decidido enterrar las piezas —agregué—, ¡que tengamos la fuerza necesaria para resistir toda tentación de desenterrarlas!

Todos aplaudieron con entusiasmo… hubo muchas palmadas en la espalda mientras bebíamos. Casi como si estuviéramos tratando de convencernos.

Me llevé la copa a los labios y eché la cabeza hacia atrás. Sentí las burbujas descendiendo por mi garganta… secas, punzantes, quizás algo amargas de tragar. Cuando cayeron las últimas gotas sobre mi lengua, me pregunté —por un instante— lo que tal vez no sabría jamás. Qué sabor tendría… qué sensación produciría… si ese líquido que bajaba por mi garganta no fuera champaña… sino el elixir de la vida.

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