El ocho
El avance del peón
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EL AVANCE DEL PEÓN
Entonces ella trajo el tablero de ajedrez y jugó con él; pero Sharrkan en lugar de estudiar sus movimientos, no quitaba los ojos de su bella boca, y ponía el Caballo en lugar del Elefante y el Elefante en lugar del Caballo.
Ella rió y le dijo:
—Si vas a jugar así, no sabes nada del juego.
—Éste es sólo el primero —contestó él—. No me juzgues por este combate.
Las mil y una noches
París, 3 de septiembre de 1792
Sólo una llama brillaba en el pequeño candelabro de bronce en el recibidor de la casa de Danton. Justo a medianoche, alguien cubierto con una larga capa negra tiró del cordón de la campanilla, afuera. El portero atravesó el recibidor arrastrando los pies y espió por la mirilla. El hombre que estaba de pie en los escalones llevaba un sombrero blando de ala ancha que ocultaba su cara.
—Por amor de Dios, Louis —dijo el hombre—. Abre la puerta. Soy yo, Camille.
Se descorrió el cerrojo y el portero abrió la puerta.
—Todas las precauciones son pocas, monsieur —se disculpó el hombre mayor.
—Lo comprendo perfectamente —dijo con gravedad Camille Desmoulins atravesando el umbral, quitándose el sombrero de ala ancha y pasando las manos por el espeso cabello rizado—. Acabo de regresar de la prisión La Force. Ya sabes lo que ha pasado… —Pero Desmoulins se interrumpió sobresaltado al observar un movimiento ligerísimo entre las oscuras sombras de la entrada—. ¿Quién está aquí? —preguntó asustado. La figura se levantó en silencio, alta, pálida y vestida con elegancia pese al calor intenso. Salió de las sombras y tendió la mano a Desmoulins.
—Mi querido Camille —dijo Talleyrand—. Espero no haberte alarmado. Estoy esperando que regrese Danton del Comité.
—¡Maurice! —exclamó Desmoulins, cogiéndole la mano mientras el portero se retiraba—. ¿Qué te trae por aquí tan tarde?
En calidad de secretario de Danton, Desmoulins había compartido durante años el alojamiento con la familia de su superior.
—Danton ha tenido la amabilidad de prometerme un pase para abandonar Francia —explicó Talleyrand con absoluta serenidad—. Para que pueda regresar a Inglaterra y reanudar las negociaciones. Como sabes, los británicos se han negado a reconocer nuestro nuevo gobierno…
—Yo no me molestaría en esperarlo aquí esta noche —dijo Camille—. ¿Te has enterado de lo que ha sucedido hoy en París?
Talleyrand meneó la cabeza y dijo:
—He oído decir que hemos rechazado a los prusianos, que están en retirada. Tengo entendido que regresan a casa porque han cogido la disentería —y rió—. ¡No existe ejército capaz de marchar tres días bebiendo los vinos de Champagne!
—Es verdad que hemos vencido a los prusianos —dijo Desmoulins sin unirse a su risa—. Pero hablo de la masacre.
Por la expresión de Talleyrand, comprendió que no se había enterado.
—Ha empezado esta tarde en la prisión de l’Abbaye. Ahora se ha extendido a La Force y la Conciergerie. Por lo que sabemos, ya han muerto quinientas personas. Ha habido una carnicería, hasta canibalismo, y la Asamblea no puede parado…
—¡No sabía nada de eso! —exclamó Talleyrand—. ¿Pero qué medidas se han tomado?
—Danton todavía está en La Force. El Comité ha organizado juicios improvisados en todas las prisiones para tratar de moderar el movimiento. Han acordado pagar a jueces y verdugos seis francos diarios más las comidas. Era la única esperanza de conservar una apariencia de control. Maurice, París está en una situación de anarquía. La gente lo llama el Terror.
—¡Es imposible! —exclamó Talleyrand—. Cuando se filtren estas noticias, habrá que abandonar toda esperanza de un acercamiento con Inglaterra. Tendremos suerte si no se une a Prusia y nos declara la guerra. Tanta mayor razón para partir de inmediato.
—No puedes hacer nada sin un pase —dijo Desmoulins cogiéndolo del brazo—. Esta misma tarde fue arrestada madame de Staël por tratar de salir del país bajo inmunidad diplomática. Tuvo suerte de encontrarme allí para salvar su cuello de la guillotina. Se la han llevado a la Comuna.
La expresión del rostro de Talleyrand demostraba que comprendía la gravedad de la situación. Desmoulins continuó:
—No temas ahora está a salvo en la embajada. Y tú también deberías estar seguro en casa. Ésta no es noche para que paseen miembros de la nobleza o el clero. Estás doblemente amenazado, amigo mío.
—Ya veo —dijo con calma Talleyrand—. Sí, lo entiendo muy bien.

Era casi la una de la madrugada cuando Talleyrand regresó a su casa a pie, cruzando los sombríos barrios de París sin coche, para reducir la posibilidad de que se observaran sus movimientos. Mientras atravesaba las calles mal iluminadas, vio algunos grupos de aficionados al teatro que regresaban a casa y se cruzó con los rezagados de los casinos. Sus risas resonaban al pasar los carruajes abiertos llenos de trasnochadores y champaña.
Maurice pensó que bailaban al borde del abismo. Era sólo cuestión de tiempo. Veía ya el oscuro caos hacia el cual se deslizaba su patria. Tenía que irse, y pronto.
Al acercarse a los portones de entrada de sus jardines, lo alarmó ver el centelleo de una luz en el patio interior. Había dado órdenes estrictas de que se cerraran los postigos y corrieran las cortinas para que no se viese luz alguna que sugiriese que estaba en casa. En esos días era peligroso estar en casa. Pero cuando iba a meter la llave, la puerta de hierro macizo se entreabrió. Allí estaba Courtiade, su valet, y la luz provenía de una pequeña bujía que tenía en la mano.
—Por amor de Dios, Courtiade —susurró Talleyrand—. Te dije que no debía haber luz. Casi me matas del susto.
—Excusadme, monseñor —dijo Courtiade, quien siempre daba a su amo el título religioso—. Espero no haberme excedido en mis atribuciones al desobedecer otra orden.
—¿Qué has hecho? —preguntó Talleyrand mientras se deslizaba por la puerta, que el valet cerró a sus espaldas.
—Tiene una visita, monseñor. Me tomé la libertad de permitir que esa persona os esperara dentro.
—Pero esto es serio. —Y Talleyrand se detuvo y cogió al criado de un brazo—. Esta mañana, la chusma detuvo a madame de Staël y la llevó a la Comuna de París. ¡Estuvo a punto de perder la vida! Nadie debe saber que planeo dejar París. Debes decirme a quién has dejado entrar.
—Es mademoiselle Mireille, monseñor —dijo el valet—. Vino sola hace apenas un rato.
—¿Mireille? ¿Sola a estas horas de la noche? —preguntó Talleyrand, atravesando a toda prisa el patio en compañía de Courtiade.
—Llegó con una maleta, monseñor. Su traje está destrozado. Apenas podía hablar. Y no pude dejar de advertir que en el traje parecía haber algo… como sangre. Mucha sangre.
—Dios mío —murmuró Talleyrand, cojeaba tan rápido como le era posible por el jardín y entró en el recibidor amplio y oscuro. Courtiade señaló el estudio y Talleyrand atravesó el vestíbulo y las anchas puertas. Por todas partes había cajas a medio llenar con libros, preparando su marcha. En el centro estaba Mireille, echada en el sofá de terciopelo color melocotón, su rostro estaba pálido a la luz mortecina de la vela que Courtiade había puesto a su lado.
Talleyrand se arrodilló con cierta dificultad y cogió su mano desmayada entre las suyas, frotando sus dedos con vigor.
—¿Traigo las sales, señor? —preguntó Courtiade con rostro preocupado—. He despedido a todos los sirvientes porque como nos íbamos por la mañana…
—Sí, sí —dijo el amo sin apartar los ojos de Mireille. Sentía el corazón petrificado de miedo—. Pero Danton no llegó con los papeles. Y ahora esto…
Miró hacia Courtiade, que seguía sosteniendo una vela.
—Bueno, trae las sales. Cuando consigamos reanimarla, tendrás que ir a casa de David. Tenemos que llegar al fondo de este asunto, y rápido.
Talleyrand permaneció sentado en silencio junto al sofá, con el cerebro confuso entre cien ideas terribles. Cogiendo la vela de la mesa, la acercó a la forma inmóvil. En el cabello color fresa había sangre coagulada y el rostro estaba manchado de polvo y sangre. Con delicadeza, apartó los cabellos de su cara y se inclinó para depositar un beso en su frente. Mientras la contemplaba, algo se agitó en su interior. Era extraño, pensó. Ella siempre había sido la seria, la sobria.
Courtiade regresó con las sales y tendió el pequeño pomo de cristal a su amo. Levantando con cuidado la cabeza de Mireille, Talleyrand pasó el frasco abierto por debajo de su nariz hasta que ella empezó a toser.
Sus ojos se abrieron y miró horrorizada a los dos hombres. De pronto, al comprender dónde estaba se incorporó. Se aferró con fiereza a la manga de Talleyrand, en un frenesí de pánico.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —exclamó—. ¿No le habéis dicho a nadie que estoy aquí?
Su rostro estaba lívido y apretaba su brazo con la fuerza de diez hombres.
—No, no, querida mía —dijo Talleyrand con voz apaciguadora—. No has estado mucho tiempo aquí. En cuanto te encuentres un poco mejor, Courtiade te preparará un coñac caliente para calmar tus nervios y después enviaremos a buscar a tu tío…
—¡No! —gritó casi Mireille—. ¡Nadie debe saber que estoy aquí! ¡No debéis decírselo a nadie, y a mi tío menos que a nadie! Es el primer lugar en el que se les ocurriría buscarme. Mi vida está en terrible peligro. ¡Juradme que no se lo diréis a nadie!
Trató de ponerse en pie de un salto, pero Talleyrand y Courtiade, alarmados, la detuvieron.
—¿Dónde está mi maleta? —exclamó.
—Está aquí —dijo Talleyrand palmeando el maletín de piel—, junto al sofá. Querida, debes calmarte y echarte. Por favor, descansa hasta que te encuentres lo bastante bien como para hablar. Es muy tarde. ¿No querrías por lo menos que enviáramos a buscar a Valentine, que le hiciéramos saber que estás a salvo…?
Ante la mención del nombre de Valentine, el rostro de Mireille adoptó tal expresión de horror y dolor, que Talleyrand se apartó, asustado.
—No —dijo despacio—. No puede ser. Valentine no. Dime que nada le ha sucedido a Valentine. ¡Dímelo!
Había cogido a Mireille por los hombros y la sacudía. Lentamente, ella fijó su mirada en él. Lo que leyó en sus profundidades lo desgarró hasta las raíces de su ser. La sacudió con fuerza, con la voz enronquecida.
—Por favor —dijo—. Por favor, di que no le ha pasado nada. ¡Debes decirme que no le ha pasado nada!
Mientras Talleyrand continuaba sacudiéndola, los ojos de Mireille estaban secos. El no parecía saber lo que hacía. Courtiade se inclinó y puso con suavidad la mano sobre el hombro de su amo.
—Señor —dijo con dulzura—. Señor…
Pero Talleyrand miraba a Mireille como un hombre que ha perdido la razón.
—No es verdad —susurró, mordiendo cada palabra como si fuera hiel en su boca. Mireille se limitó a mirarlo. Poco a poco, él aflojó la presión sobre sus hombros. Sus brazos cayeron a los lados del cuerpo mientras miraba sus ojos. Estaba demudado, atontado por el dolor de lo que no lograba obligarse a creer.
Apartándose de ella, se puso en pie y fue hasta la chimenea, dando la espalda a la habitación. Abriendo su preciado reloj dorado, insertó la llave de oro. Despacio, con cuidado, empezó a darle cuerda. Mireille lo escuchaba repiqueteando en la oscuridad.

Todavía no había salido el sol, pero la primera luz pálida atravesó las colgaduras de seda del tocador de Talleyrand.
Había estado en pie la mitad de la noche, y había sido una noche de horror. No podía obligarse a admitir que Valentine había muerto. Sentía como si le hubieran arrancado el corazón y no sabía cómo aceptar ese sentimiento. Era un hombre sin familia, un hombre que jamás había necesitado a otro ser humano. Tal vez fuera mejor así, pensó con amargura. Si nunca sientes amor, tampoco sientes su pérdida.
Veía todavía el pálido cabello rubio de Valentine resplandeciendo ante el fuego de la chimenea mientras se inclinaba para besar su pie y acariciaba su rostro con dedos delgados. Pensó en las cosas graciosas que había dicho, en cómo le gustaba escandalizarlo con su picardía. ¿Cómo era posible que estuviera muerta? ¿Cómo era posible?
Mireille había sido del todo incapaz de relatar las circunstancias de la muerte de su prima. Courtiade le había preparado un baño, obligándola a beber coñac caliente muy especiado en el cual había puesto unas gotas de láudano para que pudiera dormir. Talleyrand le había cedido la gran cama de su tocador, con el dosel como una cúpula cubierto de pálidas sedas azules. El color de los ojos de Valentine.
Él había permanecido en pie la mitad de la noche, reclinado en un sillón azul cubierto de acuosas sedas. Mireille había estado varias veces a punto de sucumbir al sopor del sueño, pero cada vez había despertado estremecida, con la mirada ausente, llamando en voz alta a Valentine. En esas ocasiones él la había consolado, y cuando ella volvía a hundirse en el sueño, regresaba a la cama improvisada, bajo los chales que le había proporcionado Courtiade.
Pero para él no había consuelo, y cuando el alba se insinuó rosada al otro lado de las ventanas francesas que daban al jardín, Talleyrand seguía dando vueltas insomnes en su sofá, con los rizos dorados en desorden, y los ojos azules empañados por la falta de sueño. Una vez, durante la noche, Mireille había gritado:
—Iré contigo a la abadía, prima. No dejaré que vayas sola a los Cordeliers.
Y al escuchar esas palabras, él había sentido un estremecimiento intenso y helado en la columna vertebral. Dios mío, ¿era posible que hubiera muerto en la abadía? No podía siquiera contemplar el resto. Resolvió que una vez que Mireille hubiera descansado, le sacaría la verdad, sin poner mientes en el dolor que provocaría a ambos.
Mientras yacía echado en el sillón, escuchó un ruido, un paso ligero.
—¿Mireille? —susurró, pero no hubo respuesta. Se estiró hasta tocar las colgaduras de la cama y las apartó. Ella no estaba.
Envolviéndose en su bata de seda, Talleyrand cojeó en dirección a su vestidor. Pero al pasar junto a los ventanales, vio a través de las cortinas de seda mate el contorno de un figura contra la luz rosada. Corrió los cortinajes que daban a la terraza. Entonces quedó inmóvil.
Mireille estaba de pie, de espaldas a él, mirando hacia sus jardines y el pequeño huerto que había al otro lado del muro de piedra. Estaba completamente desnuda y su piel cremosa resplandecía con brillo de seda en la luz matinal. Tal como él recordaba haberlas visto aquella primera mañana, de pie en la tarima del estudio de David. Valentine y Mireille. La impresión de este recuerdo fue tan inmediata y dolorosa, que parecía como si lo hubiera atravesado una lanza. Pero al mismo tiempo había otra cosa. Algo que emergía lentamente del pulsante y obnubilador dolor rojo de su conciencia. Y a medida que emergía, le pareció más horrible que cualquier cosa que pudiera imaginar. Lo que sentía en ese instante preciso era lujuria. Pasión. Deseaba asir a Mireille allí, en la terraza, en el primer rocío húmedo de la mañana, hundir su carne en la suya, arrojarla al suelo, morder sus labios y magullar su cuerpo, expulsar su dolor en el pozo oscuro y sin fondo de su ser. Mientras seguía en él esta idea, Mireille, sintiendo su presencia, se volvió de cara a él. Se ruborizó intensamente. Él se sintió humillado y trató de cubrir su vergüenza.
—Querida —dijo, sacándose de prisa la bata y acercándose para echarla sobre sus hombros—. Cogerás frío. El rocío es abundante en esta época del año.
Sonaba como un tonto incluso para sí mismo. Peor que un tonto. Cuando sus dedos rozaron los hombros de Mireille para envolverla en su bata de seda, sintió que lo atravesaba una sacudida eléctrica que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Controló el impulso de apartarse de un salto, pero Mireille lo miraba con aquellos insondables ojos verdes. Apartó rápidamente la mirada. Ella no debía saber lo que estaba pensando. Era deplorable. Pensó en todo lo que pudo para reprimir el sentimiento que había surgido en él tan de repente. Con tanta violencia.
—Maurice —dijo ella mientras levantaba sus dedos delgados para apartar un rizo rebelde de sus cabellos rubios—. Ahora quiero hablar de Valentine. ¿Puedo?
Sus cabellos rojizos flotaban contra su pecho, balanceándose con la suave brisa de la mañana. Él lo sentía arder a través de la fina tela de su camisón. Estaba tan cerca de ella que podía oler el perfume dulce de su piel. Cerró los ojos luchando por controlarse, incapaz de mirarla, temeroso de lo que pudiera ver en él. El dolor que sentía era abrumador. ¿Cómo podía ser tan monstruoso?
Se obligó a abrir los ojos y mirarla. Se obligó a sonreír, pese a que sentía que sus labios se contorsionaban en una expresión extraña.
—Me has llamado Maurice —dijo, siempre con la sonrisa forzada—. No, tío Maurice.
Era tan hermosa, con los labios entreabiertos como oscuros pétalos aplastados… Se arrancó ese pensamiento. Valentine. Ella quería hablar de Valentine. Suavemente, pero con firmeza, puso las manos sobre sus hombros. Sentía el calor de su piel a través de la seda delgada de la bata. Veía la vena azul que latía entre la garganta larga y blanca y más abajo, la sombra entre los pechos jóvenes…
—Valentine os amaba profundamente —decía Mireille con voz ahogada—. Yo conocía todos sus pensamientos y sentimientos. Sé que quería hacer con vos todas esas cosas que hacen los hombres a las mujeres. ¿Sabéis de qué cosas hablo…?
Ella volvía a mirarlo con sus labios tan cerca, su cuerpo tan… No estaba seguro de haber oído bien.
—No… no estoy seguro… quiero decir, claro que lo sé —balbuceó, mirándola—. Pero nunca imaginé…
Volvió a maldecirse por ser un idiota. ¿Qué demonios le estaba diciendo?
—Mireille —dijo con firmeza. Quería ser benevolente, paternal. Al fin y al cabo, esta niña que tenía delante era lo bastante joven como para ser su hija. No era más que una criatura en realidad—. Mireille —repitió, luchando por encontrar la manera correcta de llevar una vez más la conversación a terreno seguro.
Pero ella había levantado las manos y deslizaba sus dedos por sus cabellos. Atrajo su boca hacia la de ella. Dios mío, pensó, debo de estar loco. No es posible que esté sucediendo esto.
—Mireille —repitió, con los labios rozando su boca—, no puedo… no podemos…
Cuando apretó su boca contra la de ella y sintió el calor que latía en sus entrañas, sintió que las compuertas caían. No. No podía. Esto no. Ahora no.
—No lo olvides —susurraba Mireille contra su pecho mientras lo tocaba a través de la tela fina de su bata—, yo también la amaba.
Él gimió y arrancó la bata de sus hombros mientras se hundía en su carne cálida.

Descendía, se hundía. Se sumergía en un estanque de pasión oscura, con los dedos moviéndose como frías aguas profundas sobre la seda de los largos miembros de Mireille. Yacían sobre la desordenada ropa de la cama adonde la había llevado, y se sentía caer, caer. Cuando sus labios se encontraron, sintió como si su sangre se precipitara en el cuerpo de ella, como si sus sangres se mezclaran. La violencia de su pasión era insoportable. Trató de recordar lo que estaba haciendo y por qué no debía hacerlo, pero sólo ansiaba olvidar. Mireille fue a su encuentro con una pasión más oscura y violenta que la suya. Nunca había experimentado algo así. No deseaba que terminara nunca.
Mireille lo miró con sus ojos como oscuros pozos verdes, y supo que ella sentía lo mismo. Cada vez que la tocaba, que la acariciaba, ella parecía hundirse más profundamente en su cuerpo, como si también deseara estar dentro de él, en cada hueso, nervio o tendón; como si deseara atraerlo hasta el fondo del pozo oscuro, donde podían ahogarse juntos en el opio de su pasión. El pozo del Leteo, del olvido. Y él, mientras nadaba en las aguas de sus profundos ojos verdes, sintió que la pasión lo desgarraba como una tormenta, escuchó la llamada de las ondinas, que cantaban desde el fin de las simas.

Maurice Talleyrand había hecho el amor a muchas mujeres, tantas que ya no podía contarlas, pero mientras yacía sobre las sábanas arrugadas y suaves de su cama, con las largas piernas de Mireille entrelazadas a las suyas, no pudo recordar a ninguna. Sabía que nunca podría recuperar lo que había sentido. Había sido el éxtasis absoluto, de una clase que pocos seres humanos experimentan nunca. Pero lo que sentía ahora era el dolor absoluto. Y culpa.
Culpa, porque cuando habían caído juntos sobre la colcha, envueltos el uno en el otro en un abrazo apasionado más potente que cualquiera que hubiese conocido… él había balbuceado «Valentine». Valentine. Precisamente en el instante en que la pasión se consumaba. Y Mireille había murmurado: «Sí».
La miró. Su piel cremosa y el cabello enredado eran hermosos contra las frías sábanas de lino. Ella lo miró con aquellos ojos de color verde oscuro. Después sonrió.
—No sabía cómo sería —dijo.
—¿Y te ha gustado? —preguntó él, desordenando con suavidad su pelo.
—Sí —contestó, todavía sonriendo. Después vio que estaba apesadumbrado.
—Lo siento —murmuró—. No quería hacerlo. Pero eres tan hermosa. Y te deseaba tanto. —Y besó sus cabellos y después sus labios.
—No quiero que lo lamentes —dijo Mireille, sentándose en la cama y mirándolo con seriedad—. Por un momento, me hizo sentir como si ella estuviera todavía viva. Como si todo hubiera sido un mal sueño. Si Valentine estuviera viva, habría hecho el amor contigo.
De modo que no deberías lamentar haberme llamado por su nombre.
Había leído sus pensamientos. Él la miró y le devolvió la sonrisa.
Se echó en la cama y atrajo a Mireille, poniéndola encima suyo. Su cuerpo largo y gracioso era fresco contra su piel. Los cabellos rojos se derramaban sobre sus hombros. Bebió su perfume. Quería hacerle el amor otra vez. Pero se concentró en apaciguar la rigidez de sus entrañas. Antes había otra cosa que deseaba más.
—Mireille, hay algo que quiero que hagas —dijo, con la voz ahogada por sus cabellos. Ella levantó la cabeza y lo miró—. Sé que es doloroso para ti pero quiero que me hables de Valentine. Quiero que me lo digas todo. Tenemos que comunicarnos con tu tío. Anoche, mientras dormías, hablaste de la prisión de l’Abbaye…
—No puedes decirle a mi tío dónde estoy —interrumpió Mireille, sentándose de golpe en la cama.
—Por lo menos, tenemos que dar a Valentine un entierro decente —argumentó él.
—Ni siquiera sé si podemos encontrar su cuerpo —dijo Mireille, ahogándose con las palabras—. Si juras ayudarme, te diré cómo murió Valentine. Y por qué.
Talleyrand la miró de manera extraña.
—¿Qué quieres decir con por qué? —preguntó—. Supuse que habíais quedado atrapadas en la confusión de l’Abbaye. Seguramente…
—Murió por esto —dijo Mireille.
Salió de la cama y atravesó la habitación hasta llegar junto a su maleta, que Courtiade había dejado junto a la puerta del vestidor. Con un esfuerzo, la cogió y la colocó sobre la cama. La abrió e hizo un gesto para que Talleyrand mirara. Adentro, cubiertas de tierra y hierbas, había ocho piezas del ajedrez de Montglane.
Talleyrand metió una mano en la gastada bolsa de piel y sacó una pieza, sosteniéndola con ambas manos mientras se sentaba junto a Mireille sobre las mantas revueltas. Era un gran elefante de oro, cuya altura era casi equivalente al largo de su mano. La silla estaba cubierta de rubíes pulidos y zafiros negros formando un dibujo abigarrado, como el de una alfombra. El tronco y los colmillos dorados estaban alzados, en posición de combate.
—El aufin —susurró—. Ésta es la pieza que ahora llamamos alfil, el consejero del rey y la reina.
Extrajo una por una las piezas de la bolsa y las dispuso sobre la cama. Un camello de plata y otro de oro. Otro elefante dorado, un semental árabe caracoleante, con las patas levantadas, y tres peones que llevaban armas diversas, cada pequeño infante, del largo de su dedo todos con incrustaciones de amatistas y citrinas, turmalinas, esmeraldas y jaspes.
Lentamente, Talleyrand cogió el semental y lo hizo girar entre sus manos. Sacando la tierra que tenía en la base, vio un símbolo impreso en el oro oscuro. Lo estudió con atención y después se lo mostró a Mireille. Era un círculo con una flecha clavada a un lado.
—Marte, el Planeta Rojo —dijo—. Dios de la Guerra y la Destrucción. «Y entonces salió otro caballo, que era rojo: y se le dio poder para que a partir de allí eliminará la paz de la tierra y se mataran unos a otros; y se le dio una gran espada».
Pero Mireille no parecía escucharlo. Estaba allí sentada, contemplando el símbolo impreso en la base del semental que Talleyrand tenía entre las manos. No habló pero parecía estar en trance. Por último, él vio que sus labios se movían y se inclinó para escucharla.
—«Y el nombre de la espada era Sar» —susurró ella. Después cerró los ojos.

Talleyrand permaneció sentado en silencio más de una hora, con la bata apenas envuelta en torno a su cuerpo, mientras Mireille permanecía desnuda sobre el montón desordenado de ropas, narrando su historia.
Le habló del cuento de la abadesa con tanta fidelidad como le fue posible, y de lo que habían hecho las monjas para sacar el juego de entre los muros de la abadía. Narró cómo habían dispersado las piezas por toda Europa y cómo ella y Valentine debían servir como un punto de recepción si alguna hermana necesitaba ayuda. Después le habló de la hermana Claude y de cómo Valentine se había precipitado a encontrarse con ella en el callejón que flanqueaba la prisión.
Cuando Mireille llegó al punto en que la Tribuna había sentenciado a muerte a Valentine y David se había desplomado, Talleyrand la interrumpió. El rostro de Mireille estaba lleno de lágrimas, sus ojos hinchados y tenía la voz entrecortada.
—¿Quieres decir que Valentine no fue asesinada por la chusma? —exclamó.
—¡Fue sentenciada! Ese hombre horrible —sollozó Mireille—. Nunca olvidaré su cara. ¡Aquella mueca espantosa! Cómo disfrutaba del poder que tenía sobre la vida y la muerte. Ojalá se pudra en esas llagas purulentas que lo cubren…
—¿Qué has dicho? —exclamó Talleyrand, cogiéndola de un brazo y sacudiéndola—. ¿Cómo se llamaba ese hombre? ¡Tienes que recordarlo!
—Pregunté su nombre —dijo Mireille, mirándolo a través de sus lágrimas—, pero no quiso decírmelo. Sólo dijo: «Soy la cólera del pueblo».
—¡Marat! —exclamó Talleyrand—. Tenía que haberlo supuesto. Pero no puedo creer…
—¡Marat! —dijo Mireille—. Ahora que lo sé, no lo olvidaré nunca. Afirmó que si no encontraba las piezas donde le había dicho, me perseguiría. Pero seré yo quien lo persiga.
—Mi queridísima niña —dijo Talleyrand—, has sacado las piezas de su escondite. Ahora, Marat removerá cielo y tierra para encontrarte. ¿Pero cómo escapaste del patio de la prisión?
—Mi tío Jacques Louis —dijo Mireille—. Estaba junto a ese hombre perverso cuando se dio la orden, y se arrojó contra él encolerizado. Yo me arrojé sobre el cuerpo de Valentine, pero me sacaron a rastras como a una… una… —Mireille luchó por continuar—. Y entonces oí a mi tío gritando mi nombre, diciéndome que huyera. Salí corriendo a ciegas de la prisión. No sé cómo me las arreglé para atravesar las puertas. Para mí es como un sueño horrible, pero me encontré otra vez en el callejón y corrí para salvarme hasta el jardín de David.
—Eres una criatura valiente, querida. Me pregunto si yo tendría fuerzas para hacer lo que tú has hecho.
—Valentine murió a causa de las piezas —sollozó Mireille, tratando de calmarse—. ¡No podía permitirle que las cogiera! Las tenía en mis manos antes de que él tuviera tiempo de salir de la prisión. Cogí ropa de mi habitación y este maletín y huí…
—Pero no podía ser mucho después de las seis cuando saliste de casa de David. ¿Dónde estuviste entre esa hora y la hora en que llegaste aquí, después de medianoche?
—En el jardín de David sólo había dos de las piezas —contestó Mireille—. Eran las que Valentine y yo habíamos traído con nosotras desde Montglane: el elefante de oro y el camello de plata. Las otras seis las trajo la hermana Claude de otra abadía. Yo sabía que la hermana Claude había llegado a París ayer mismo por la mañana. No había tenido mucho tiempo para ocultarlas y era demasiado peligroso llevarlas consigo cuando fue a encontrarse con nosotras. Pero la hermana Claude murió y sólo dijo dónde estaban a Valentine.
—¡Pero las tienes tú! —dijo Talleyrand, con la mano abierta sobre las piezas enjoyadas que seguían dispersadas sobre las sábanas. Le parecía sentir un calor que irradiaba de ellas—. Me dijiste que en la prisión había soldados y miembros de la Tribuna y gente por todas partes. ¿Cómo pudo Valentine descubrirte el lugar donde estaban?
—Sus últimas palabras fueron «recuerda el fantasma». Y después dijo su nombre varias veces.
—¿El fantasma? —dijo confundido Talleyrand.
—Enseguida comprendí lo que quería decirme. Se refería a tu historia del fantasma del cardenal Richelieu.
—¿Estás segura? Bueno, debes estarlo ya que aquí están las piezas. Pero no logro imaginar cómo las encontraste con tan poca información.
—Nos dijiste que habías sido sacerdote en St. Remy, de donde saliste para ir a la Sorbona, y que allí, viste el fantasma del cardenal Richelieu en la capilla. Como sabes, el apellido de la familia de Valentine es De Remy. Pero recordé enseguida que el bisabuelo de Valentine, Gericauld de Remy, estaba enterrado en la capilla de la Sorbona, no lejos de la tumba del cardenal Richelieu. Ése era el mensaje que trataba de darme. Allí estaban enterradas las piezas. Regresé a la capilla atravesando los barrios a oscuras, y allí encontré una llama votiva ardiendo ante la tumba del antepasado de Valentine. Sirviéndome de la luz de esa vela, registré la capilla. Pasaron horas hasta que encontré una baldosa floja, parcialmente oculta tras la pila bautismal y, levantándola, exhumé las piezas. Después huí lo más rápido que pude. Vine aquí, a la Rue de Beaune. —Mireille hizo una pausa, sin aliento—. Maurice —dijo después, reclinando la cabeza contra su pecho para que él pudiera sentir el latido de su pulso—, creo que había otra razón para que Valentine mencionara el fantasma. Estaba tratando de decirme que recurriera a ti en busca de ayuda, que confiara en ti.
—¿Pero qué puedo hacer yo para ayudarte, querida mía? —dijo Talleyrand—. Yo mismo estoy prisionero en Francia hasta que pueda conseguir un pase. Es evidente que comprendes que la posesión de estas piezas nos pone en una situación aún más comprometida.
—No sería así si conociéramos el secreto, el secreto del poder que contienen. Si supiéramos eso, nosotros tendríamos la ventaja. ¿No lo crees así?
Parecía tan valerosa y seria, que Talleyrand no pudo evitar una sonrisa. Se inclinó sobre ella y apoyó los labios en sus hombros desnudos. Y a pesar de sí mismo, volvió a sentir el deseo. En ese momento, se escuchó un suave golpe en la puerta del dormitorio.
—Monseñor —dijo Courtiade al otro lado de la puerta cerrada—, no quiero molestaros pero hay una persona en el patio.
—No estoy en casa, Courtiade —dijo Talleyrand—. Ya lo sabes.
—Pero, monseñor —dijo el valet—, es un mensajero del señor Danton. Ha traído los pases.

Aquella noche, a las nueve, Courtiade estaba tendido en el suelo del estudio, con su rígida chaqueta doblada en una silla y las mangas de su almidonada camisa arremangadas. Estaba clavando el último compartimento falso de las cajas de libros que estaban dispersas por la habitación. Por todas partes había libros sueltos. Mireille y Talleyrand estaban sentados entre los montones bebiendo coñac.
—Courtiade —dijo Talleyrand—, mañana te irás a Londres con estas cajas de libros. Cuando llegues, pregunta por los agentes de propiedad de madame de Staël y ellos lo arreglarán para darte las llaves y llevarte al alojamiento que hemos conseguido. Hagas lo que hagas, no dejes que nadie más que tú toque estas cajas. No las pierdas de vista y no las abras hasta que hayamos llegado mademoiselle Mireille y yo.
—Ya te he dicho —dijo con firmeza Mireille— que no puedo ir contigo a Londres. Sólo deseo que las piezas salgan de Francia.
—Mi querida niña —dijo Talleyrand acariciando sus cabellos—, ya hemos hablado de esto. Insisto en que uses mi pase. Yo me conseguiré otro enseguida. No puedes permanecer más tiempo en París.
—Mi primera tarea era arrebatar el ajedrez de Montglane de manos de ese hombre horrible y de las de otros que podrían darle un mal uso —dijo Mireille—. Valentine hubiera hecho lo mismo. Otras pueden venir a París en busca de refugio. Debo quedarme aquí para ayudarlas.
—Eres una joven valiente —dijo él—. Sin embargo, no permitiré que te quedes sola en París, y no puedes regresar a casa de tu tío. Ambos debemos decidir qué haremos con estas piezas cuando lleguemos a Londres…
—Me interpretas mal —dijo Mireille con frialdad, poniéndose de pie—. No dije que pensara quedarme en París.
Extrayendo una pieza del ajedrez de Montglane de la bolsa de piel que estaba junto a su silla, se la alcanzó a Courtiade. Era el caballo, el caracoleante semental de oro que había estado estudiando esa mañana. Courtiade cogió la pieza con cuidado. Mireille sintió el fuego que pasaba de su brazo al de él. Courtiade la metió en el compartimento falso y rellenó el espacio con paja.
—Mademoiselle —dijo el serio Courtiade con los ojos brillantes—, entra justo. Apuesto mi vida a que vuestros libros llegarán sanos y salvos a Londres.
Mireille le tendió la mano, que Courtiade estrechó cordialmente. Después, ella se volvió hacia Talleyrand.
—No entiendo nada —dijo él, irritado—. Primero te niegas a ir a Londres porque dices que debes quedarte en París. Después afirmas que no piensas quedarte aquí. Por favor, aclárate.
—Tú irás a Londres con las piezas —le informó ella con voz sorprendentemente autoritaria—, pero mi misión es otra. Escribiré a la abadesa informándola de mis planes. Tengo dinero propio y Valentine y yo éramos huérfanas. Sus propiedades y título pasan a mí por derecho. Después, solicitaré que envíe otra monja a París hasta que yo haya terminado mi trabajo.
—¿Pero adónde irás? ¿Qué harás? —preguntó Talleyrand—. Eres una joven sola, sin familia…
—Desde ayer he pensado mucho en eso —dijo Mireille—. Tengo cosas que terminar antes de poder volver a Francia. Estoy en peligro… hasta que pueda comprender el secreto de estas piezas. Y sólo hay una manera de comprenderlo. Y es ir a su lugar de origen.
—¡Buen Dios! —dijo indignado Talleyrand—. ¡Me has dicho que el gobernador moro de Barcelona se las dio a Carlomagno! Pero eso fue hace casi mil años. Diría que a estas alturas el rastro debe estar algo frío. ¡Y Barcelona no está precisamente a las afueras de París! ¡No permitiré que recorras Europa sola!
—No pienso ir a un país de Europa —dijo Mireille sonriendo—. Los moros no llegaron de Europa sino de Mauritania, desde el fondo del desierto del Sáhara. Para encontrar el sentido hay que remontarse a las fuentes…
Miró a Talleyrand con sus insondables ojos verdes y éste le devolvió una mirada estupefacta.
—Iré a Argelia —dijo ella—. Porque allí es donde empieza el Sáhara.