El ocho

El ocho


El juego medio

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EL JUEGO MEDIO

Con frecuencia se encuentran, dentro de los cocos, los esqueletos de los ratones, porque es más fácil entrar en ellos, delgados y ávidos, que salir, apaciguados pero gordos.

VÍCTOR KORCHNOI

(Gran Maestro ruso)

Mi vida es el ajedrez

La táctica consiste en saber qué hacer cuando hay algo que hacer. La estrategia, en saber qué hacer cuando no hay nada que hacer.

SAVIELLY TARTAKOVER

(Gran Maestro polaco)

De camino a casa de Harry, en el taxi, me sentí más confundida que nunca. La declaración de Mordecai en el sentido de que yo había estado presente en ambas ocasiones luctuosas, no hizo más que reforzar el perturbador sentimiento de que este circo tenía algo que ver conmigo. ¿Por qué tanto Solarin como la adivina me habían hecho una advertencia a mí? ¿Y por qué había pintado yo un hombre en bicicleta, que ahora aparecía como artista invitado en la vida real?

Deseaba haberle hecho más preguntas a Mordecai. Al parecer, sabía más de lo que dejaba entrever. Había admitido, por ejemplo, que conocía a Solarin desde hacía doce años. ¿Cómo sabíamos que no habían mantenido el contacto?

Cuando llegamos a casa de Harry, el portero se precipitó a abrir la puerta principal. Durante el viaje, apenas habíamos hablado. Por último, mientras subíamos en el ascensor, Lily dijo:

—Mordecai parecía fascinado contigo.

—Es una persona muy compleja.

—No tienes ni idea —dijo mientras las puertas se abrían en su planta—. Aun cuando lo venzo en el ajedrez, me pregunto qué combinaciones podría haber hecho. Confío en él más que en nadie pero siempre ha tenido un lado secreto. Y hablando de secretos, no menciones la muerte de Saul hasta que sepamos más.

—Debería ir a la policía —dije.

—Se preguntarían por qué has tardado tanto en mencionarlo —señaló Lily—. Tal vez una sentencia de diez años retrasaría tu viaje a Argelia.

—Seguramente no pensarían que yo…

—¿Por qué no? —preguntó cuando llegábamos ante la puerta de Harry.

—¡Ahí están! —exclamó Llewellyn desde la sala cuando Lily y yo entramos en el vestíbulo de mármol y entregamos nuestros abrigos a la doncella—. Tarde, como de costumbre. ¿Dónde estabais? Harry está en la cocina, con un ataque.

El vestíbulo tenía un suelo de tablero de ajedrez, con cuadros blancos y negros. En torno a las paredes curvas había pilares de mármol y paisajes italianos en tonos verdegrises. En el centro borboteaba una fuentecilla rodeada de hiedra.

A cada lado había anchos escalones de mármol, curvados y decorados en los bordes. Los de la derecha conducían al comedor de etiqueta, donde había una mesa de caoba oscura puesta para cinco personas. A la izquierda, la sala donde estaba Blanche, sentada en una pesada silla de brocado rojo oscuro. Una espantosa cómoda china, lacada en rojo con tiradores de oro, dominaba el extremo más alejado de la habitación. Los desechos excesivos, caros, de la tienda de antigüedades de Llewellyn, salpicaban el resto del recinto. El propio Llewellyn venía a nuestro encuentro.

—¿Dónde habéis estado? —preguntó Blanche mientras bajábamos las escaleras—. Íbamos a tomar unos cócteles con entremeses hace una hora.

Llewellyn me dio un besito y se fue a informar a Harry de nuestra llegada.

—Estábamos charlando —dijo Lily, depositando su mole en otra silla adornada en exceso y cogiendo una revista.

Harry salió a toda prisa de la cocina, trayendo una gran bandeja de canapés. Llevaba un mandil de chef con un gran sombrero blando. Parecía la publicidad gigantesca de una masa autoleudante.

—Me he enterado de que habíais llegado —dijo sonriendo—. He dado la noche libre a la mayor parte del servicio para que no picotearan mientras guisaba. Así que he preparado los entremeses con mis propias manos.

—Dice Lily que han estado charlando todo este tiempo, ¿te imaginas? —interrumpió Blanche mientras Harry depositaba la bandeja en una mesilla auxiliar—. Se podría haber echado a perder toda la cena.

—Déjalas tranquilas —dijo Harry guiñándome un ojo de espaldas a Blanche—. Las chicas de esta edad deberían cotillear un poco.

Harry acariciaba la fantasía de que si era expuesta a mi influencia durante cierto tiempo, parte de mi personalidad pasaría a Lily.

—Y ahora, mira —dijo arrastrándome en dirección a la bandeja—. Esto es caviar y smétana, esto es huevo y cebolla y ésta es mi receta secreta de hígado picado con schmaltz. ¡Mi madre me la pasó en su lecho de muerte!

—Huele que alimenta —dije.

—Y esto otro es salmón ahumado con queso-crema, por si no te interesa el caviar. Quiero que haya desaparecido la mitad de esto para cuando vuelva. La cena estará lista en media hora.

Volvió a sonreírme y salió de la habitación.

—Dios mío, salmón ahumado —dijo Blanche como si empezara a dolerle la cabeza—. Dame uno de ésos.

Se lo di y cogí uno.

Lily se acercó a la bandeja y devoró algunos canapés.

—¿Quieres champaña, Cat? ¿O prefieres que te prepare otra cosa?

—Champaña —le dije en el momento en que regresaba Llewellyn.

—Yo lo serviré —se ofreció, metiéndose detrás del bar—. Champaña para Cat, ¿y que querrá mi encantadora sobrina?

Whisky con soda —dijo Lily—. ¿Dónde está Carioca?

—Ya hemos dado las buenas noches al pequeño tesoro. No hay por qué tenerlo dando vueltas entre los entremeses.

Su actitud era comprensible, porque Carioca insistía en morderle los tobillos cada vez que lo veía. Lily puso mala cara y Llewellyn me dio una copa de champaña hormigueante de burbujas y volvió al bar para servir el whisky con soda.

Después de la media hora prescrita y muchos canapés, Harry salió de la cocina con una chaqueta de terciopelo marrón Y nos invitó a sentamos. Lily y Llewellyn fueron a un lado de la mesa de caoba, Blanche y Harry se sentaron en las cabeceras, y a mí me quedó el otro lado. Nos sentamos y Harry sirvió el vino.

—Brindemos por la marcha de nuestra querida amiga Cat, su primer viaje largo desde que la conocemos.

Todos brindamos y Harry continuó:

—Antes que te vayas, te daré una lista de los mejores restaurantes de París. Ve a Maxim’s o a la Tour d’Argent, da mi nombre al maître, y te servirán como a una princesa.

Tenía que decírselo. Era ahora o nunca.

—En realidad, Harry —dije—, sólo estaré unos días en París. Después me voy a Argel.

Harry me lanzó una mirada con el vaso suspendido en el aire. Lo depositó sobre la mesa.

—¿Argel? —preguntó.

—Es allí donde voy a trabajar —expliqué—. Estaré un año.

—¿Vas a vivir con los árabes?

—Bueno, voy a Argelia —dije.

Los demás permanecieron en silencio y aprecié el hecho de que nadie intentara intervenir.

—¿Por qué vas a Argel? ¿Te has vuelto loca de repente? ¿O hay alguna otra razón que al parecer se me escapa?

—Voy a desarrollar un sistema de computación para la OPEP —le dije—. Es un consorcio de petróleo. Quiere decir Organización de Países Exportadores de Petróleo. Producen y distribuyen crudo, y Argel es una de sus bases.

—¿Qué clase de consorcio es? —preguntó Harry—. ¿Dirigido por un grupo de gente que ni siquiera sabe hacer un agujero en el suelo? ¡Durante cuatro mil años, los árabes han estado vagando por el desierto, dejando que sus camellos cagaran donde quisieran y sin producir nada en absoluto! ¿Cómo puedes…?

Valerie, la doncella, entró con perfecta sincronización con una gran sopera de caldo de pollo en una mesilla rodante. La puso junto a Blanche y empezó a servir.

—¿Qué haces, Valerie? —dijo Harry—. ¡Ahora no!

Monsieur Rad —dijo Valerie, que era marsellesa y sabía cómo tratar a los hombres—, he estado con usted durante diez años. Y en todo ese tiempo, nunca he permitido que me dijera cuándo tengo que servir la sopa. ¿Por qué iría a empezar ahora?

Y siguió sirviendo con gran aplomo.

Cuando Harry se recuperó, Valerie ya estaba a mi lado.

—Ya que insistes en servir la sopa, Valerie —dijo—, querría que me dieras tu opinión sobre algo.

—Muy bien —contestó ella, frunciendo los labios y dándose la vuelta para servirle la sopa.

—¿Conoces bien a la señorita Velis?

—Muy bien —aceptó Valerie.

—¿Sabes que la señorita Velis acaba de informarme que está planeando ir a Argel para vivir entre los árabes? ¿Qué piensas de eso?

—Argelia es un país maravilloso —dijo Valerie acercándose a Lily—. Tengo un hermano que vive allí. Lo he visitado muchas veces. —Y me saludó con la cabeza desde el lado opuesto de la mesa—. Le gustará mucho.

Sirvió a Llewellyn y desapareció.

Permanecimos en silencio. Se escuchaba el ruido de cucharas golpeando el fondo de los boles. Finalmente, Harry dijo:

—¿Qué te parece la sopa?

—Es estupenda —contesté.

—Será mejor que sepas que en Argel no conseguirás una sopa como ésta.

Era su manera de admitir que había perdido. Se podía escuchar el alivio barriendo la mesa como un gran suspiro.

La cena fue maravillosa. Harry había hecho souflés de patata con salsa de manzana casera que estaba un punto agria y sabía a naranjas. Había un enorme asado que se derrumbaba en sus jugos y podía cortarse con un tenedor. Y también un guiso de fideos que llamaba kugel, con la superficie tostada. Montones de verduras y cuatro clases diferentes de pan con crema agria. De postre comimos el mejor strudel que había probado, lleno de pasas y muy caliente.

Blanche, Llewellyn y Lily habían permanecido en un silencio desacostumbrado, manteniendo una especie de charla superficial sin demasiadas ganas. Por último, Harry se volvió hacia mí, volvió a llenar mi vaso de vino y dijo:

—¿Me llamarás si tienes problemas? Estoy preocupado por ti, querida, sin nadie a quien recurrir salvo unos árabes y esos goyim para los que trabajas.

—Gracias —dije—. Pero Harry, por favor, trata de comprender que voy a trabajar a un país civilizado. Quiero decir que no es como ir de excursión a la jungla…

—¿Qué quieres decir? —me interrumpió Harry—. Los árabes todavía cortan la mano a los ladrones. Además, ya ni siquiera los países civilizados son seguros. No dejo que Lily conduzca sola en Nueva York por miedo a que la asalten. ¿Supongo que te habrás enterado de que Saul nos dejó de pronto? ¡Ese ingrato!

Lily y yo nos miramos y apartamos la vista. Harry seguía.

—Lily sigue en ese maldito torneo de ajedrez y no tengo nadie que la lleve. Me enferma la idea de que va a estar sola por la calle… ahora que me he enterado de que hasta en el torneo murió un jugador.

—No seas ridículo —dijo Lily—. Es un torneo muy importante. Si gano podría jugar en los interzonales contra los mejores jugadores del mundo. Desde luego no voy a abandonar porque un viejo loco dejó que se lo cargaran…

—¿Que se lo cargaran? —preguntó Harry, y su mirada se fijó en mí antes de que tuviera tiempo de adoptar una expresión ingenua—. ¡Estupendo! ¡Maravilloso! Eso es justo lo que me preocupaba. Y mientras tanto, tú corres a la calle Cuarenta y seis cada cinco minutos para jugar al ajedrez con ese viejo estúpido y achacoso. ¿Cómo vas a encontrar marido así?

—¿Estás hablando de Mordecai? —pregunté a Harry.

Sobre la mesa cayó un silencio ensordecedor. Harry se había quedado de piedra. Llewellyn había cerrado los ojos y jugaba con su servilleta. Blanche miraba a Harry con una sonrisilla desagradable. Lily contemplaba fijamente su plato y daba golpecitos en la mesa con la cuchara.

—¿He dicho algo malo? —pregunté.

—No es nada —masculló Harry—. No te preocupes.

Pero no agregó nada más.

—Está bien, querida —dijo Blanche con dulzura forzada—. Es algo de lo que no hablamos con frecuencia, eso es todo. Mordecai es el padre de Harry. Lily lo quiere mucho. Él la enseñó a jugar al ajedrez cuando era pequeña. Creo que lo hizo sólo para fastidiarme.

—Eso es ridículo, madre —dijo Lily—. Yo le pedí que me enseñara. Y tú lo sabes.

—Apenas te habíamos sacado los pañales —dijo Blanche, sin dejar de mirarme—. En mi opinión, es un viejo horrible. No ha estado en este apartamento desde que Harry y yo nos casamos hace veinticinco años. Me sorprende que Lily te lo haya presentado.

—Es mi abuelo —dijo Lily.

—Podrías habérmelo dicho antes —intervino Harry.

Parecía sentirse tan herido que durante un instante pensé que iba a ponerse a llorar. Aquellos ojos de San Bernardo nunca habían sido tan lánguidos.

—Lo siento muchísimo —dije—. Ha sido culpa mía…

—No ha sido culpa tuya —dijo Lily—. Así que cállate. El problema aquí es que nadie ha comprendido nunca que yo quiero jugar al ajedrez. No quiero ser actriz o casarme con un hombre rico. No quiero desplumar a otros como hace Llewellyn…

Llewellyn alzó un instante la vista con una mirada asesina y regresó a la contemplación de la mesa.

—Quiero jugar al ajedrez y sólo Mordecai lo comprende.

—Cada vez que se menciona el nombre de ese hombre en esta casa —dijo Blanche con una voz que sonaba estridente por primera vez—, separa un poco más a esta familia.

—No veo por qué tengo que escurrirme al centro como un culpable —dijo Lily—, sólo para ver a mi…

—¿Cómo, escurrirte? —preguntó Harry—. ¿Alguna vez te he pedido que te escurrieras? Siempre que quisiste ir, te envié en el coche. Nadie ha dicho nunca que tuvieras que escurrirte a ninguna parte.

—Pero a lo mejor quería hacerlo —dijo Llewellyn, hablando por primera vez—. Tal vez nuestra querida Lily quería escurrirse con Cat para hablar del torneo al que asistieron juntas el domingo pasado, cuando mataron a Fiske. Al fin y al cabo, Mordecai es un antiguo socio del maestro Fiske. O, más bien, era.

Llewellyn sonreía como si acabara de encontrar el lugar donde clavar su daga. Me pregunté cómo había disparado tan cerca del blanco. Intenté una pequeña treta.

—No seas tonto. Todo el mundo sabe que Lily nunca va a los torneos…

—¿Por qué mentir? —dijo Lily—. Es probable que haya salido en los periódicos. Había suficientes periodistas dando vueltas por allí.

—¡Nunca me decís nada! —gimió Harry. Tenía la cara roja—. ¿Qué demonios está pasando aquí?

Nos miró malhumorado, a punto de estallar. Nunca lo había visto tan enfadado.

—El domingo Cat y yo fuimos al torneo. Fiske jugaba con un ruso. Fiske murió y Cat y yo nos fuimos. Eso es todo lo que pasó, así que no lo transformes en un melodrama.

—¿Quién hace un melodrama? —preguntó Harry—. Ahora que lo has explicado, estoy satisfecho. Sólo que hubieras podido satisfacerme un poco antes, nada más. Pero no irás a ningún otro torneo donde se carguen a la gente.

—Procuraré arreglarlo de modo que todos permanezcan vivos —dijo Lily.

—¿Y qué tenía que decir el brillante Mordecai de la muerte de Fiske? —preguntó Llewellyn, que no parecía dispuesto a que el tema decayera—. Seguro que tenía una opinión. Parece tener opiniones sobre todo.

Blanche puso una mano sobre el brazo de Llewellyn, como si ya fuera suficiente.

—Mordecai pensó que Fiske había sido asesinado —dijo Lily, apartando la silla de la mesa y poniéndose de pie. Dejó caer su servilleta—. ¿Alguien quiere pasar a la sala para beber un estomacal de arsénico?

Salió del comedor. Hubo un incómodo instante de silencio. Después Harry me dio una palmada en el hombro.

—Lo siento, querida. Es tu fiesta de despedida y aquí estamos, gritándonos como una manada de hienas. Ven, tomemos un coñac y hablemos de algo más alegre.

Acepté. Nos fuimos todos a la sala para tomar una última copa. Al cabo de unos minutos, Blanche se quejó de dolor de cabeza y se disculpó. Llewellyn me llevó aparte y dijo:

—¿Recuerdas mi pequeña proposición sobre Argelia?

Asentí.

—Ven un momento al estudio —agregó-y hablaremos del asunto.

Lo seguí por el pasillo oscuro hasta el estudio, que estaba decorado con suaves muebles rechonchos de color castaño y luces difusas. Llewellyn cerró la puerta.

—¿Estás dispuesta a hacerlo? —preguntó.

—Mira, sé que es importante para ti —le dije—. Y lo he pensado. Trataré de encontrar esas piezas de ajedrez, pero no voy a hacer nada ilegal.

—Si puedo enviarte un giro, ¿las comprarías? Quiero decir que podría ponerte en contacto con alguien que… las sacaría del país.

—De contrabando, quieres decir.

—¿Por qué ponerlo en esos términos? —dijo Llewellyn.

—Deja que te haga una pregunta, Llewellyn —dije—. Si tienes a alguien que sabe dónde están las piezas y tienes a alguien dispuesto a pagarlas y alguien más que va a sacarlas del país, ¿para qué me necesitas a mí?

Llewellyn permaneció un momento en silencio. Era evidente que meditaba una respuesta. Por último, dijo:

—¿Por qué no ser honestos? Ya lo hemos intentado. El dueño se niega a venderlas a mi gente. Se niega incluso a verlos.

—¿Y por qué ese hombre iría a tratar conmigo?

Llewellyn esbozó una sonrisa extraña. Después dijo, crípticamente:

—Es una mujer. Y tenemos razones para creer que sólo está dispuesta a tratar con otra mujer.

No había sido muy claro, pero me pareció mejor no insistir porque tenía motivos personales que podían escaparse sin querer en la conversación.

Cuando regresamos a la sala, Lily estaba sentada en el sofá con Carioca en el regazo. Harry estaba de pie junto a la espantosa cómoda lacada, hablando por teléfono. Aunque me daba la espalda, la rigidez de su actitud me dio a entender que algo andaba mal. Lancé una mirada a Lily, que meneó la cabeza. Cuando vio a Llewellyn, Carioca levantó las orejas y un gruñido sacudió su cuerpo esponjoso. Llewellyn se excusó a toda prisa, dándome un beso en la mejilla, y se fue.

—Era la policía —dijo Harry, colgando el teléfono y volviéndose hacia mí con una expresión desolada. Tenía los hombros caídos y parecía a punto de echarse a llorar—. Han sacado un cuerpo del East River. Quieren que vaya a la morgue a identificarlo. El muerto… —dijo ahogándose— tenía el billetero de Saul y la licencia de chófer en el bolsillo. Tengo que ir.

Me puse verde. Así que Mordecai tenía razón. Alguien estaba intentando encubrir las cosas, ¿pero cómo había terminado el cuerpo de Saul en el East River? Temía mirar a Lily. Ninguna de las dos dijo nada, pero Harry no pareció notarlo.

—¿Sabes? —estaba diciendo—, el domingo por la noche supe que algo iba mal. Cuando Saul regresó, se encerró en su habitación negándose a hablar con nadie. No salió para cenar. ¿Crees que puede haberse suicidado? Debí insistir en hablar con él… me culpo por esto.

—No sabes con certeza que sea Saul al que han encontrado —dijo Lily. Me lanzó una mirada suplicante, pero yo no sabía si me pedía que dijera la verdad o que mantuviera la boca cerrada. Me sentía fatal.

—¿Quieres que vaya contigo? —sugerí.

—No, querida —dijo Harry, lanzando un suspiro—. Esperemos que Lily tenga razón y haya habido un error. Pero si es Saul, tendré que quedarme un rato allí. Querría reclamar el… querría arreglarlo con una funeraria.

Harry se despidió con un beso, disculpándose otra vez por la tristeza de la velada y finalmente se fue.

—Dios, me siento muy mal —dijo Lily cuando se hubo ido—. Harry quería a Saul como a un hijo.

—Creo que deberíamos decirle la verdad —dije.

—¡No seas tan noble! —dijo Lily—. ¿Cómo demonios vamos a explicar que hace dos días viste el cadáver de Saul y olvidaste mencionarlo durante la cena? Recuerda lo que dijo Mordecai.

—Mordecai parecía tener algún presentimiento de que alguien estaba encubriendo estos asesinatos —le dije—. Creo que debería hablar con él.

Le pedí a Lily el número de teléfono de su abuelo. Dejó caer a Carioca en mi regazo y fue hacia la cómoda para coger papel. Carioca me lamió la mano. La sequé.

—¿No te parece increíble la mierda que mete Lulu en esta casa? —dijo Lily refiriéndose a la cómoda rojo y oro. Lily siempre llamaba Lulu a Llewellyn cuando estaba enfadada—. Los cajones se atascan y estos espantosos tiradores de bronce son demasiado.

Apuntó el número de Mordecai en un trozo de papel y me lo dio.

—¿Cuándo te vas? —preguntó.

—¿A Argel? El sábado. Pero dudo que tengamos mucho tiempo para hablar antes de entonces.

Me puse de pie y le arrojé a Carioca. Ella lo levantó y frotó su nariz contra la suya mientras el animal se debatía tratando de escapar.

—De todos modos, no podré verte antes del sábado. Estaré encerrada con Mordecai jugando al ajedrez hasta que recomience el torneo, la semana próxima. ¿Pero cómo haremos para comunicarnos contigo si tenemos noticias sobre la muerte de Fiske o… la de Saul?

—No sé cuál será mi dirección. Creo que deberías telegrafiar a mi oficina de aquí y ellos me enviarán el correo.

Lo arreglamos así. Bajé y el portero me consiguió un taxi. Mientras el coche atravesaba la noche oscura y hostil, traté de repasar todo lo que había sucedido hasta ese momento, para extraerle algún sentido. Pero mi cabeza era como un ovillo enredado y sentía en el estómago pequeños nudos de miedo. Llegué a la puerta de mi edificio en la serena desesperación del pánico absoluto.

Le dejé algún dinero al conductor, entré deprisa al edificio y al vestíbulo. Frenética, apreté el botón del ascensor. De pronto sentí un golpecito en el hombro. Casi salto hasta el techo.

Era el conserje, con mi correspondencia en la mano.

—Lamento haberla sobresaltado, señorita Velis —se excusó—. No quería olvidar su correspondencia. Tengo entendido que este fin de semana nos deja.

—Sí, he dado al gerente la dirección de mi oficina. A partir del viernes, pueden enviarme el correo allí.

—Muy bien —dijo, y me dio las buenas noches.

No fui directamente a mi apartamento, sino al terrado. Nadie, aparte de los residentes, conocía la existencia de la contrapuerta que conducía al amplio espacio embaldosado de la terraza desde la cual se dominaba todo Manhattan. Allá, a mis pies; tan lejos como alcanzaba mi vista, brillaban las luces resplandecientes de la ciudad que estaba a punto de abandonar. El aire era limpio y fresco. Veía el Empire State y el Edificio Chrysler burbujeando en la distancia.

Me quedé allí arriba unos diez minutos, hasta que sentí que controlaba el estómago y los nervios. Después, volví a bajar a mi planta.

El cabello que había dejado pegado en la puerta estaba intacto, de modo que nadie había entrado. Pero cuando terminé de abrir todos los cerrojos y entré en el recibidor, supe que algo andaba mal. Todavía no había encendido las luces, pero una luz débil brillaba en la habitación principal, al final del pasillo. Nunca dejaba luces encendidas cuando salía.

Di la luz del recibidor, hice una inspiración profunda y atravesé lentamente el pasillo. En el otro extremo de la habitación, sobre el piano, había una pequeña lámpara cónica que usaba para leer partituras. La habían colocado de modo que brillara sobre el espejo adornado que había encima del piano. Incluso a una distancia de veinticinco pasos, veía qué era lo iluminado. Contra el espejo había una nota.

Atravesé la habitación como una sonámbula, abriéndome paso a través de la jungla. No dejaba de pensar en que oía susurros detrás de los árboles. La lucecilla resplandecía como una baliza que me atraía hacia el espejo. Rodeé el piano y me detuve delante de la nota. Mientras la leía, sentía un estremecimiento ya familiar en la columna vertebral.

La he advertido pero veo que no quiere escucharme. Cuando se encuentre en peligro, no meta la cabeza en la arena. En Argel hay mucha arena.

Me quedé allí un largo rato, mirando la nota. Aun cuando el pequeño caballo que la firmaba no me hubiera sugerido nada, reconocía la letra. Era la de Solarin. ¿Pero cómo había entrado en mi apartamento dejando la trampa intacta? ¿Acaso podía escalar un muro de once plantas y entrar por la ventana?

Me exprimí el cerebro tratando de encontrar sentido a todo aquello. ¿Qué quería de mí Solarin? ¿Por qué estaba dispuesto a correr el riesgo de entrar en mi apartamento sólo para comunicarse conmigo? Dos veces se había tomado el trabajo de hablarme, de advertirme, y las dos veces lo había hecho poco antes de que alguien muriera. ¿Pero qué tenía que ver conmigo? Además, si estaba en peligro, ¿qué esperaba que hiciera al respecto?

Regresé por el pasillo y volví a correr el cerrojo de mi puerta, poniendo la cadena. Después revisé el apartamento, mirando detrás de las plantas, en los armarios y en la despensa, para asegurarme de que estaba sola. Dejé caer la correspondencia al suelo, bajé la cama plegable y me senté en el borde para sacarme los zapatos y las medias. Entonces me di cuenta.

La nota estaba en el otro extremo de la habitación resplandeciendo bajo el suave haz de luz de la lámpara. Pero la lámpara no enfocaba exactamente su centro. Brillaba sólo sobre un lado. Volví a levantarme, con las medias en la mano, y volví a mirarla. La luz enfocaba un lado de la nota —el izquierdo—, de modo que sólo iluminaba la primera palabra de cada línea. Y esas primeras palabras formaban otra frase: «La veo en Argel».

A las dos de la madrugada estaba echada en la cama contemplando el techo. No podía cerrar los ojos. Mi cerebro seguía funcionando, como un ordenador. Había algo incorrecto, algo que faltaba. Las piezas del rompecabezas eran muchas y al parecer no lograba reunirlas. Sin embargo, estaba segura de que de alguna manera encajarían. Me puse a repasarlo por milésima vez.

La pitonisa me había advertido de que estaba en peligro. Solarin también. La pitonisa había dejado un mensaje en su profecía. Solarin había dejado otro oculto en su nota. ¿Estarían ambos relacionados de alguna forma?

Había algo a lo que no le había prestado atención porque no tenía sentido. El mensaje en código de la adivinadora decía J’adoube CV. Como observara Nim, al parecer quería contactar conmigo. Pero si era así, ¿por qué no había vuelto a saber de ella? Habían pasado tres meses y había desaparecido del mapa.

Me arrastré fuera de la cama y volví a encender las luces. Ya que no podía dormir, al menos podía intentar descifrar el maldito enigma. Fui hasta el armario y revolví hasta encontrar la servilleta de cóctel y el papel plegado en que Nim había escrito el poema en versos yámbicos. Fui a la alacena y me serví una copa de brandy. Después me dejé caer al suelo, sobre un montón de cojines.

Sacando un lápiz de un cubilete, empecé a contar las letras y a rodearlas con círculos, como me había enseñado Nim. Si la maldita mujer estaba tan ansiosa por comunicarse conmigo, tal vez ya lo había hecho. Tal vez en la profecía hubiera escondido algo más. Algo que no había visto antes.

Ya que la primera letra de cada línea había producido un mensaje, intenté con la última. Pero por desgracia salía algo incomprensible.

No me pareció significativo, de modo que lo intenté con las primeras letras de las segundas palabras de cada línea, después las terceras, etcétera. Sin resultado. Intenté la primera letra de la primera frase, la segunda, de la segunda y tampoco conseguí nada. No funcionaba. Tomé un trago de brandy y seguí intentándolo durante una hora.

Eran casi las tres y media de la mañana cuando se me ocurrió intentarlo con pares e impares. Tomando las letras impares de cada frase, conseguí algo por fin. La primera letra de la primera frase, la tercera letra de la siguiente, después la quinta, la séptima, y conseguí «JEREMÍAS-H». No sólo era una palabra sino un nombre. Me arrastré por la habitación, registrando montones de libros, hasta que encontré una vieja y enmohecida Biblia Gedeón. Revisé el índice hasta que encontré Jeremías, el libro veinticuatro del Antiguo Testamento. Pero mi mensaje decía «Jeremías-H». ¿Para qué era la H? Lo pensé un momento hasta que comprendí que en el alfabeto internacional la «H» es la octava letra. ¿Y con eso?

Después observé que la octava frase del poema decía: «Como tú bien sabes, busca del treinta y tres y del tres el beneficio». Estaba dispuesta a jurar que parecía referirse a capítulo y versículo.

Busqué Jeremías 33:3. ¡Bingo!

«Acude a mí y te responderé, y te mostraré cosas grandes y poderosas que no conoces».

De modo que tenía razón. Había otro mensaje escondido en la profecía. El único problema era que, tal como estaban las cosas, este mensaje era inútil. Si la vieja bribona había querido mostrarme cosas que eran grandes y poderosas, entonces ¿dónde demonios estaban esas cosas? Yo no lo sabía.

Era estimulante descubrir que una persona que nunca había logrado terminar las palabras cruzadas del New York Times servía para decodificar profecías escritas en una servilleta de cóctel. Por otro lado, me sentía bastante frustrada. Si bien cada capa que descubría parecía tener significado, en el sentido de que era inglés y contenía un mensaje, los mensajes en sí mismos no parecían llevar a ninguna parte. Excepto a otros mensajes.

Suspiré, miré el maldito poema, me bebí el resto de brandy y decidí empezar de nuevo. Fuera lo que fuese, tenía que estar escondido en el poema. Era el único lugar donde podía estar.

Cuando en mi cabeza confusa apareció la idea de que quizá tuviera que dejar de buscar letras, eran las cinco de la mañana. Tal vez el mensaje estuviera expresado en palabras, como en el caso de la nota de Solarin. Y en el momento en que se me ocurrió la idea —quizá con la ayuda del tercer vaso de brandy—, mi mirada se posó en la primera frase de la profecía.

«Juego hay en estas líneas que componen un indicio…»

Cuando la pitonisa había dicho esas palabras, estaba mirando las líneas de mi mano. ¿Pero qué pasaba si las líneas del propio poema componían la clave del mensaje?

Cogí el texto para darle un último repaso. ¿Dónde estaba el indicio? A esas alturas ya había decidido tomar esas claves crípticas en su sentido literal. Ella había dicho que las propias líneas formaban una clave, de la misma manera en que el patrón de la rima, al sumarse, había producido 666, el número de la Bestia.

Es absurdo decir que tuve una intuición repentina cuando hacía cinco horas que estudiaba la maldita nota, pero así lo sentí. Con una certeza que desmentían mi falta de sueño y la proporción de alcohol en sangre, supe que había encontrado la respuesta.

El patrón rítmico del poema no sólo sumaba 666. Era la clave del mensaje oculto. Para entonces mi copia del poema estaba tan garabateada que parecía un mapa de las interrelaciones galácticas del universo. Dando vuelta a la página para escribir por detrás, copié el texto y el patrón rítmico. El modelo había sido 1-2-3, 2-3-1, 3-1-2. Elegí en cada frase la palabra que correspondía a ese número. El mensaje decía: JUEGO-ES-Y CUAL-UNA-BATALLA SEGUIRÁ-COMO-SIEMPRE.

Y con la inconmovible confianza que me proporcionaba mi estupor alcohólico, supe exactamente lo que significaba. ¿Acaso no me había dicho Solarin que estaban jugando una partida de ajedrez? Pero la adivina me había hecho su advertencia tres meses antes.

J’adoube. Te toco. Te ajusto, Catherine Velis. Ven a mí y te contestaré y te mostraré cosas grandes y poderosas que no conoces. Porque se está desarrollando una batalla y tú eres un peón en el juego. Una pieza en el tablero de ajedrez de la vida.

Sonreí, estiré las piernas y busqué el teléfono. Aunque no podía comunicarme con Nim, sí podía dejar un mensaje en su ordenador. Nim era un maestro de la decodificación, tal vez la mayor autoridad mundial. Había dado conferencias y escrito libros sobre la materia, ¿no? No era sorprendente que me hubiera arrancado la nota de la mano cuando descubrí su patrón de versificación. Había comprendido enseguida que era una clave. Pero el mal nacido había esperado a que lo descubriera por mí misma.

Marqué el número de teléfono y dejé mi mensaje de despedida:

«Un peón avanza en dirección a Argel».

Después, mientras el cielo se iluminaba, decidí acostarme. No quería seguir pensando y mi cerebro estaba de acuerdo conmigo.

Estaba apartando con el pie la correspondencia que había dejado acumulada en el suelo, cuando vi un sobre sin sello ni dirección. Lo habían entregado en mano y no reconocí la letra compleja, ornamentada, en que estaba escrito mi nombre. Lo cogí y lo abrí. Dentro había una gran tarjeta gruesa. Me senté en la cama para leerla.

Mi querida Catherine:

Disfruté de nuestro breve encuentro. No podré hablar con usted antes de su partida, porque yo mismo salgo de la ciudad por unas semanas.

Basándome en nuestra charla, he decidido enviar a Lily a reunirse con usted en Argel. Dos cabezas son mejor que una cuando se trata de resolver acertijos. ¿No lo cree así?

A propósito, olvidé preguntarle… ¿disfrutó de su encuentro con mi amiga la pitonisa? Le envía saludos: bienvenida al juego.

Con mi afecto,

MORDECAI RAD

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