El ocho
El desarrollo
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EL DESARROLLO
Una y otra vez encontramos en las antiguas literaturas leyendas que hablan de juegos sabios y misteriosos concebidos y jugados por eruditos, monjes o los cortesanos de los príncipes cultivados. Podían tomar la forma de juegos de ajedrez en los que las piezas y cuadrados tenían significados secretos, además de sus funciones habituales.
HERMAN HESSE
El juego de los abalorios
Juego el juego por el juego mismo.
SHERLOCK HOLMES
Argel, abril de 1973
Era uno de esos crepúsculos azul lavanda en los que tiembla la expectación de la primavera. El propio cielo parecía canturrear mientras el avión describía círculos a través de la delgada bruma que se elevaba desde las costas del Mediterráneo. Debajo de mí, estaba Argel.
La llamaban Al-Djezair Beida. La Isla Blanca. Parecía haber surgido chorreando del mar como una ciudad de cuento de hadas, un espejismo. Los siete picos de leyenda estaban atestados de edificios blancos que caían unos sobre otros como el glaseado decorativo de un pastel de bodas. Hasta los árboles tenían formas místicas, exóticas, y colores que no eran de este mundo.
Ésa era la ciudad blanca que iluminaba el camino de entrada al continente negro. Allá abajo, detrás de la fachada resplandeciente, estaban las piezas dispersas del misterio por descubrir, por el cual había atravesado medio mundo. Mientras mi avión descendía sobre el agua, sentí que estaba a punto de aterrizar, no en Argel, sino en el primer cuadrado: el cuadrado que me llevaría al corazón mismo del Juego.

El aeropuerto de Dar-el-Beida (El palacio blanco) está en el borde mismo de Argel, y su corta pista llega hasta el Mediterráneo.
Cuando bajamos del avión, una hilera de palmeras se balanceaban como largas plumas en la brisa fresca y musgosa ante el chato edificio de dos plantas. El aire estaba lleno del perfume del jazmín de floración nocturna. A lo largo de la parte frontal del bajo edificio de vidrio, habían colocado una pancarta escrita a mano: aquellos rizos, puntos y rayas que parecían pinturas japonesas, fueron mi primer encuentro con el árabe clásico. Debajo de las letras esculpidas, las palabras impresas traducían: Bienvenue en Algérie.
Habían amontonado el equipaje sobre el pavimento para que pudiéramos encontrar nuestras maletas. Un maletero puso la mía en un carrito metálico mientras yo seguía al grupo de pasajeros al interior del aeropuerto. Al incorporarme a la cola ante Inmigración, pensé en lo lejos que había llegado desde aquella noche, hacía apenas una semana, en la que había renunciado a dormir hasta descifrar la profecía de la pitonisa. Y había cubierto esa distancia sola.
No por elección. Aquella primera mañana, después de descifrar el poema, había intentado frenéticamente ponerme en comunicación con cualquiera de entre mi abigarrada colección de amigos, pero parecía haber una conspiración de silencio. Cuando llamé al apartamento de Harry, Valerie, la doncella, me dijo que Lily y Mordecai estaban encerrados en alguna parte estudiando los misterios del ajedrez. Harry había salido de la ciudad para llevar el cuerpo de Saul a unos parientes lejanos que había localizado en Ohio u Oklahoma… en algún lugar del interior. Aprovechando la ausencia de Harry, Llewellyn y Blanche habían partido hacia Londres en un viaje de compra de antigüedades.
Nim seguía enclaustrado, por decido así, y no contestaba ninguno de mis mensajes urgentes. Pero el sábado por la mañana, mientras yo luchaba con los de la mudanza, que hacían lo posible por envolver la basura con papel de regalo, apareció Boswell ante mi puerta, llevando en la mano una caja «de parte del encantador caballero que estuvo aquí el otro día».
La caja estaba llena de libros y había una nota que ponía: «Reza en busca de guía y lávate detrás de las orejas», firmado «Las Hermanas de la Misericordia». Metí los libros en mi bolso de mano y los olvidé. ¿Cómo podía saber que esos libros que descansaban en mi bolso como una bomba de relojería tendrían una influencia tan grande en lo que pronto sucedería? Pero Nim lo sabía. Tal vez siempre lo había sabido. Incluso antes de poner sus manos en mis hombros y decir j’adoube.
Entre la mezcla ecléctica de viejos y mohosos libros de bolsillo estaba La leyenda de Carlomagno, así como libros sobre ajedrez, cuadrados mágicos e investigaciones matemáticas de todos los sabores y variedades posibles. También había un aburrido libro sobre proyección de mercado titulado Los números Fibonacci, escrito, quién lo iba a decir, por el doctor Ladislaus Nim.
Es difícil afirmar que me volví una experta en ajedrez durante el vuelo de seis horas entre Nueva York y París, pero aprendí mucho sobre el ajedrez de Montglane y el papel que había desempeñado en el derrumbe del imperio de Carlomagno. Aunque jamás se mencionaba por su nombre, este juego de ajedrez estaba mezclado en las muertes de no menos de media docena de reyes, príncipes y cortesanos diversos, todos con la cabeza aplastada con las piezas de oro macizo. Algunos de estos crímenes iniciaron guerras, y al morir Carlomagno, sus propios hijos destruyeron el imperio franco en su lucha por lograr la posesión del misterioso juego de ajedrez. Allí, Nim había escrito una nota al margen: «Ajedrez, el más peligroso de los juegos».
La semana anterior había estado aprendiendo algo de ajedrez por mi cuenta, incluso antes de leer los libros que él me envió; en todo caso, lo bastante como para conocer la diferencia entre táctica y estrategia. La táctica eran los movimientos a corto plazo que permitían tomar una posición. Pero la estrategia era la forma en que se ganaba el juego. Para cuando llegué a París, esta información me serviría de mucho.
Cruzar el Atlántico no había eliminado nada de la pátina de traición y corrupción largamente probadas de la sociedad Fulbright Cone. Tal vez hubiera cambiado el lenguaje del juego que jugaban, pero los movimientos seguían siendo los mismos. Cuando llegué a la oficina de París, me anunciaron que tal vez el negocio quedara en nada. Al parecer, no habían conseguido obtener un contrato firmado por los chicos de la OPEP.
Según dijeron, los habían tenido días esperando en diversos ministerios de Argel, yendo y viniendo de París con grandes gastos y regresando siempre con las manos vacías.
Ahora Jean Philippe Petard, el socio principal en persona, planeaba ocuparse del asunto. Advirtiéndome de que no hiciera nada hasta que él llegara a Argel el fin de semana, Petard me aseguró que la sucursal francesa seguramente me encontraría algo que hacer cuando las cosas hubieran vuelto a su cauce. Su tono parecía insinuar un poco de mecanografía, limpieza de suelos y ventanas y tal vez el repaso de algunos baños. Pero yo tenía otros planes.
Tal vez la sucursal francesa no tuviera un contrato firmado con el cliente, pero yo tenía un billete de avión a Argel y una semana allí sin supervisión inmediata.
Mientras salía de la oficina de Fulbright Cone en París y paraba un taxi, decidí que Nim había tenido razón sobre la necesidad de afinar mis instintos asesinos. Había estado demasiado tiempo usando tácticas para maniobras inmediatas y no lograba distinguir entre las piezas y el tablero. ¿Habría llegado el momento de sacar aquellas piezas que me dificultaban la visión?

Había estado en la cola de Inmigración en Dar-el-Beida casi media hora antes de que me llegara el turno. Nos arrastramos como hormigas por los angostos pasillos flanqueados por vallas de metal hasta llegar al control de pasaportes.
Por fin estuve frente al compartimento de vidrio. El oficial estudiaba mi visado argelino, con su pequeña etiqueta roja oficial y la enorme firma que cubría casi la página azul. Lo observó bastante tiempo antes de echarme una mirada que tenía una expresión extraña.
—Viaja sola —dijo en francés. No era una pregunta—. Tiene usted un visado de affaires, mademoiselle. ¿Y para quién trabaja? (Affaires quería decir negocios. ¡Muy propio de los franceses matar dos pájaros de un solo tiro!).
—Para la OPEP —empecé a explicar en mi mal francés. Pero antes de que pudiera continuar, puso a toda prisa un sello que decía «Dar-el-Beida» sobre mi visado. Hizo un movimiento de cabeza a un portero que había estado remoloneando contra la pared. El portero se acercó mientras el oficial de Inmigración revisaba por encima el resto del visado y me deslizaba el formulario de declaración de aduanas.
—OPEP —dijo el oficial—. Muy bien. Por favor, ponga en este formulario cualquier objeto de oro o dinero que traiga…
Mientras llenaba el formulario, observé que murmuraba algo al portero, señalándome con la cabeza. El otro me miró, asintió y se alejó.
—¿Y su lugar de residencia durante su estancia? —preguntó el oficial mientras yo le devolvía mi declaración completa por debajo del tabique de vidrio.
—Hotel El Riadh —contesté. El portero había ido a la parte de atrás de los pasillos de Inmigración y, después de mirar una vez por encima de su hombro, golpeaba ahora la puerta de vidrio ahumado de la oficina solitaria que había en la pared trasera. Se abrió la puerta y salió un hombre fornido. Ahora, ambos me miraban. No era mi imaginación. Y el tipo llevaba un arma apoyada en la cadera.
—Sus papeles están en orden —me dijo tranquilamente el oficial de Inmigración—. Ahora puede dirigirse a la Aduana.
Murmuré una frase de agradecimiento, cogí mis papeles y atravesé el pasillo angosto hacia un cartel que ponía «Douanier». Desde lejos vi mi equipaje dispuesto en una cinta transportadora inmóvil. Pero justo cuando me encaminaba hacia allí, se me acercó el portero que había estado mirándome.
—Pardon, mademoiselle —dijo con una voz suave y cortés que nadie más podía oír—. ¿Quiere acompañarme? —E hizo un gesto hacia la puerta de vidrio ahumado de la oficina. El hombre fornido seguía allí de pie, acariciando el arma que colgaba de su cintura. Se me vino el corazón a la boca.
—¡Por supuesto que no! —dije en voz alta y en inglés. Me volví hacia mi equipaje y traté de ignorado.
—Me temo que debo insistir —dijo el portero poniendo una mano firme sobre mi brazo. Traté de recordarme que era conocida en los ambientes de negocios por tener nervios de acero. Pero sentía que me invadía el pánico.
—No comprendo cuál es el problema —dije, esta vez en francés, mientras le apartaba la mano.
—Pas de problème —dijo con tranquilidad, sin apartar sus ojos de los míos—. El chef du sécurité querría hacerle unas preguntas, eso es todo. El procedimiento sólo llevará unos minutos. Sus maletas están seguras. Yo mismo las vigilaré.
No era mi equipaje lo que me preocupaba. Me sentía reacia a abandonar el suelo resplandeciente de la Aduana para entrar en un despacho sin identificación vigilado por un hombre armado. Pero al parecer no tenía elección. Me escoltó hasta la oficina y el pistolero se hizo a un lado para dejarme entrar.
Era un cuarto diminuto, apenas lo bastante grande como para contener el escritorio de metal y dos sillas. Cuando entré, el hombre que estaba detrás del escritorio se puso de pie para saludarme.
Tenía unos treinta y cinco años y era musculoso, bronceado y guapo. Se movía como un gato en torno al escritorio y los músculos se destacaban contra las líneas enjutas de su impecable traje oscuro. Hubiera podido pasar por un gigoló italiano o una estrella de cine francés con el espeso cabello negro peinado hacia atrás, la piel aceitunada, la nariz recta y la boca bien dibujada.
—Eso es todo, Achmet —dijo con voz sedosa al matón armado que seguía detrás de mí, sosteniendo la puerta. Achmet se retiró, cerrándola con suavidad.
—Mademoiselle Velis, supongo —dijo mi anfitrión, indicándome con un gesto el asiento opuesto al suyo—. La estaba esperando.
—¿Cómo dice? —pregunté, sin sentarme y mirándolo de frente.
—Lo siento, no es mi intención ser misterioso —y sonrió—. Mi oficina revisa todos los visados a punto de concederse. No hay muchas mujeres que soliciten visados comerciales; en realidad, tal vez sea usted la primera. Debo confesar que sentía curiosidad por conocer a una mujer así…
—Bueno, ahora que ha satisfecho su curiosidad… —dije, volviéndome hacia la puerta.
—Mi querida señorita —dijo, anticipándose a mi intento de huida—, por favor, siéntese. No soy un ogro, ni voy a comérmela. Soy el chef de sécurité. Me llaman Sharrif. —Y me mostró sus blancos dientes en una sonrisa arrebatadora mientras yo me sentaba con renuencia en la silla que me había ofrecido tres veces—. ¿Puedo decir que su conjunto de safari me parece muy apropiado? No sólo es elegante sino también muy adecuado para un país con tres mil kilómetros de desierto. ¿Piensa visitar el Sáhara durante su estancia, mademoiselle? —agregó de manera fortuita mientras se sentaba detrás del escritorio.
—Iré adonde me envíe mi cliente —le dije.
—Ah, sí, su cliente —repitió el resbaladizo personaje—. El doctor Kader, Emile Kamel Kader, el ministro del petróleo. Un viejo amigo. Debe transmitirle mis saludos más afectuosos. Recuerdo que fue él quien avaló su visado. ¿Puedo ver su pasaporte, por favor?
Ya había extendido la mano y tuve la rápida visión de un gemelo de oro que debió retener en Aduanas. No hay muchos funcionarios de aeropuerto que ganen tanta pasta como para eso.
—Es una simple formalidad. En cada vuelo, elegimos a una persona al azar para hacer un registro más minucioso que el que se realiza en aduanas. Puede no volver a sucederle en veinte viajes o en cien…
—En mi país —dije—, sólo se hace pasar a las oficinas privadas de los aeropuertos a la gente sospechosa de contrabando.
Estaba haciendo una apuesta fuerte y lo sabía. Pero no me dejaba engañar por el relumbrón de su historia camaleónica, sus gemelos de oro o sus dientes de estrella de cine. De todo el avión yo era la única persona a quien habían llamado y registrado. Y había visto las caras de los funcionarios mientras cuchicheaban y me miraban desde lejos. Iban a por mí. Y no sólo porque en un país musulmán sintieran curiosidad por una mujer de negocios.
—Ah —dijo—, ¿teme que crea que es usted contrabandista? ¡Por desgracia para mí, la ley del estado establece que sólo las funcionarias pueden registrar a una dama! No, sólo deseo ver su pasaporte… al menos por ahora.
Lo examinó con gran interés.
—Nunca habría adivinado su edad. No parece tener más de dieciocho años y sin embargo veo que acaba de cumplir… veinticuatro. ¡Qué interesante! ¿Sabía que el día de su cumpleaños, cuatro de abril, es una fiesta islámica?
En ese momento, recordé las palabras de la pitonisa, cuando me dijo que no mencionara mi cumpleaños. Yo había olvidado cosas tales como pasaportes y permisos de conducir.
—Espero no haberla alarmado —agregó, mirándome de manera extraña.
—En absoluto —contesté con indiferencia—. Y ahora, si ha terminado…
—Tal vez le interese saber más —continuó, suave como un gato, mientras se estiraba y cogía mi bolso de mano. Sin duda era otra formalidad pero yo empezaba a sentirme muy incómoda. «Estás en peligro —decía una voz dentro de mí—. No confíes en nadie, mira siempre por encima del hombro, porque está escrito: El cuarto día del cuarto mes vendrá el ocho».
—Cuatro de abril —murmuraba para sí Sharrif mientras sacaba un pintalabios, un peine y un cepillo del bolso y los ponía con cuidado sobre el escritorio, como las pruebas etiquetadas en un juicio por asesinato—. En Al-Islam, lo llamamos el Día de Curación. Tenemos dos maneras de contar el tiempo: el año islámico, que es un año lunar, y el año solar, que empieza el 21 de marzo del calendario occidental. Cada uno de ellos tiene muchas tradiciones. Cuando empieza el año solar —siguió, sacando libretas, plumas y lápices de mi bolso y ordenándolos en hileras—, Mahoma nos dice que debemos recitar el Corán diez veces diarias durante la primera semana. En la segunda semana, tenemos que levantarnos cada día, echar nuestro aliento sobre un bol de agua y beber de esa misma agua, durante siete días. Entonces, en el octavo día —y Sharrif me miró súbitamente, como si esperara encontrarme con los dedos en la nariz. Sonrió y yo le devolví la sonrisa—, es decir, en el octavo día de la segunda semana de este mes mágico, cuando todos los rituales se hayan cumplido, la persona quedará curada, fueran cuales fuesen sus enfermedades. Esto sería el cuatro de abril. Se cree que las personas que han nacido ese día tienen grandes poderes para curar a otros… casi como si… pero, naturalmente, como occidental es dudoso que puedan interesarle estas supersticiones.
¿Era mi imaginación o me vigilaba como un gato al ratón? Yo estaba controlando la expresión de mi cara cuando lanzó una exclamación que me sobresaltó.
—¡Ah! —dijo, y con un giro de la muñeca arrojó algo sobre la mesa, frente a mí—. ¡Veo que le interesa el ajedrez!
Era el pequeño ajedrez magnético de Lily, que había quedado olvidado en un rincón de mi bolso. Y Sharrif iba sacando los libros y ordenándolos en una pila sobre el escritorio mientras leía cuidadosamente los títulos.
—Juegos matemáticos de ajedrez… ¡ah! ¡Los números Fibonacci! —exclamó, con esa sonrisa que me hacía sentir que tenía algo contra mí. Señalaba el aburrido libro de Nim—. ¿De modo que le interesan las matemáticas? —preguntó, mirándome con intención.
—No mucho —dije, poniéndome en pie y tratando de volver a guardar mis pertenencias en la bolsa mientras Sharrif me las alcanzaba. Era difícil imaginar cómo una chica delgada podía arrastrar por medio mundo tanta basura inservible. Pero allí estaba.
—¿Qué sabe exactamente sobre los números Fibonacci? —preguntó mientras yo seguía llenando el bolso.
—Se usan para proyecciones de mercado —murmuré—. Los teóricos de la Eliott Wave proyectan mercados con ellos… es una teoría desarrollada por un tipo llamado R. N. Eliott en los treinta…
—¿Entonces no conoce al autor? —me interrumpió Sharrif. Sentí que me ponía enferma mientras lo miraba, con la mano petrificada sobre el libro.
—Me refiero a Leonardo Fibonacci —agregó Sharrif, mirándome con seriedad—. Un italiano nacido en Pisa en el siglo doce, pero educado aquí, en Argel. Era un brillante erudito de las matemáticas de aquel moro famoso, Al-Kwarizmi, que ha dado su nombre al algoritmo. Fibonacci introdujo en Europa la numeración arábiga, que reemplazó a los viejos números romanos…
Maldición. Debí haber comprendido que Nim no iba a darme un libro sólo para que me entretuviera, aun cuando lo hubiera escrito él mismo. Ahora hubiera deseado saber de qué se trataba antes de que Sharrif iniciara su pequeño interrogatorio. En mi cabeza se encendía una luz de alarma pero no conseguía leer lo que transmitía en Morse.
¿Acaso no me había instado Nim a aprender cosas sobre los cuadrados mágicos? ¿Solarin no había inventado una fórmula para el recorrido del caballo? ¿Las profecías de la adivina no estaban compuestas en números? ¿Por qué era tan obtusa que no sabía sumar dos más dos?
Recordé que había sido un moro quien regalara el ajedrez de Montglane a Carlomagno. No era un genio matemático pero había estado trabajando con ordenadores lo bastante como para saber que los moros habían introducido en Europa prácticamente todos los descubrimientos matemáticos importantes desde que conquistaron Sevilla en el siglo octavo. Era evidente que la búsqueda de este fabuloso juego de ajedrez tenía algo que ver con las matemáticas, ¿pero qué? Sharrif me había dicho más de lo que yo le había dicho a él, pero no conseguía ordenar los datos. Sacando de entre sus dedos el último libro, lo deposité en mi bolso.
—Como estará un año en Argel —dijo él—, tal vez podamos jugar una partida en alguna ocasión. Yo mismo fui aspirante al título persa en categoría júnior…
—Tal vez le interese aprender una expresión occidental —dije por encima del hombro mientras me dirigía hacia la puerta—. No nos llame… ya lo llamaremos nosotros.
Abrí la puerta. Achmet, el matón, me lanzó una mirada sorprendida y después miró a Sharrif, que estaba apenas poniéndose de pie. Cerré la puerta a mis espaldas y el vidrio tembló. No miré hacia atrás.
Me dirigí a toda prisa hacia la Aduana. Al abrir mis maletas delante del aduanero, comprendí por su indiferencia y el ligero desorden del contenido, que las había visto antes. Las cerró y las marcó con tiza.
Para entonces, el resto del aeropuerto estaba casi desierto, pero por suerte la oficina de cambio seguía abierta. Después de cambiar algún dinero, llamé a un maletero y salí en busca de un taxi. Volví a sentir la pesadez del aire balsámico. El oscuro aroma del jazmín lo invadía todo.
—Al Hotel El Riadh —dije al conductor mientras subía de un salto, y partimos por el bulevar de color ambarino que llevaba a Argel.
El rostro del chófer, viejo y nudoso como madera roja, me miró inquisitivamente por el espejo retrovisor.
—¿Ha estado antes en Argel, madame? —preguntó—. Si no, puedo ofrecerle un breve recorrido de la ciudad por cien dinares. Incluido el viaje a El Riadh, por supuesto.
El Riadh estaba a más de treinta kilómetros, al otro lado de Argel, y cien dinares eran sólo veinticinco dólares, de modo que acepté. Cruzar el centro de Manhattan en hora punta podía salir más caro.
Íbamos por el bulevar principal. A un lado había una majestuosa hilera de gordas palmeras datileras. Al otro, los edificios que miraban hacia el puerto de Argel estaban protegidos por altas arcadas coloniales. Podía olerse el sabor salado y húmedo del mar.
En medio del puerto, frente al elegante Hotel Aletti, nos desviamos por una avenida empinada que ascendía la colina. A medida que la calle se elevaba, los edificios parecían agrandarse y cerrarse a nuestro alrededor al mismo tiempo. Eran estructuras coloniales imponentes, pintadas a la cal, de antes de la guerra, suspendidas en la oscuridad como fantasmas que susurraran por encima de nuestras cabezas. Estaban tan cerca unas de otras que nos impedían la visión de la noche estrellada.
Ahora el aire era oscuro y silencioso. Unas escasas farolas callejeras proyectaban las sombras de árboles retorcidos en las paredes blancas a medida que el camino se hacía cada vez más estrecho y empinado, dirigiéndose tortuosamente hacia el corazón de Al-Djezair.
La Isla.
A mitad del camino de ascenso, la calzada se ensanchaba un poco y se achataba para formar una plaza circular con una fuente decorada en el medio, que parecía marcar el punto central de esa ciudad vertical. Al doblar la curva, pude ver la masa retorcida de calles que formaban la parte superior de la ciudad. Al girar, los faros de un coche que venía detrás de nosotros giraron también, mientras los rayos débiles de mi taxi penetraban la sofocante oscuridad de lo alto.
—Alguien nos sigue —dije al conductor.
—Sí, madame. —Y me miró por el espejo retrovisor, con una sonrisa nerviosa. Sus dientes frontales, de oro, resplandecieron un instante en el reflejo de los faros que nos seguían—. Han estado siguiéndonos desde el aeropuerto. ¿Tal vez es usted una espía?
—No sea ridículo.
—Verá, el coche que nos sigue es el del chef de sécurité.
—¿El jefe de seguridad? Me entrevistó en el aeropuerto. Sharrif.
—El mismo —dijo el conductor, poniéndose cada vez más nervioso a medida que pasaban los minutos. Ahora nuestro coche estaba en lo más alto de la ciudad y el camino se estrechaba hasta ser una cinta fina que corría peligrosamente por el borde del acantilado que dominaba Argel. Mi conductor miró hacia abajo mientras el coche que nos perseguía, largo y negro, doblaba la curva justo debajo de nosotros.
Por encima de las onduladas colinas se tendía toda la ciudad, una masa de calles tortuosas que corrían como dedos de lava hacia la media luna de luces que señalaba el puerto. Más allá, en las negras aguas de la bahía, resplandecían los barcos, balanceándose en el mar tranquilo.
El conductor apretaba el acelerador. Cuando nuestro coche dobló en la siguiente curva, Argel desapareció por completo y quedamos hundidos en la oscuridad. Pronto el camino se metió en un agujero negro, un bosque espeso e impenetrable en el que el pesado olor de los pinos eliminaba casi la humedad salina del mar. Ni siquiera la luz delgada y acuosa de la luna podía atravesar la espesa cúpula entrelazada de los árboles.
—Es poco lo que podemos hacer ahora —dijo sin dejar de mirar hacia atrás, vigilando sus espejos mientras atravesaba el bosque solitario. Yo hubiera querido que mantuviera los ojos puestos en la carretera—. Ahora estamos en la zona llamada Les Pins. Entre nosotros y El Riadh no hay más que pinos. Es un atajo.
La carretera que atravesaba el pinar seguía bajando y subiendo colinas como el carrito de una montaña rusa. Cuando el conductor aumentó la velocidad, me pareció sentir que el taxi abandonaba la tierra unas cuantas veces, al llegar a lo alto de una elevación. No se veía nada.
—Tengo mucho tiempo —le dije, sujetándome al asiento para que mi cabeza no se aplastara contra el techo—. ¿Por qué no va más despacio?
Detrás de cada colina aparecían los faros del otro coche.
—Este hombre, Sharrif —dijo el taxista con voz temblorosa—. ¿Sabe por qué la ha interrogado en el aeropuerto?
—No me interrogó —dije, un poco a la defensiva—. Sólo quería hacerme unas preguntas. Al fin y al cabo, no hay muchas mujeres que vengan a Argel por negocios. —Mi risa me sonó forzada incluso a mí—. Los de Inmigración pueden interrogar a quien quieran, ¿no?
—Madame —dijo el conductor, meneando la cabeza y mirándome de manera extraña por el espejo, mientras de vez en cuando los faros del otro coche le daban en los ojos—. Este hombre, Sharrif, no trabaja para Inmigración. Su trabajo no consiste en dar la bienvenida a Argel. No ha hecho que la sigan para asegurarse de que llega a casa sana y salva —agregó, permitiéndose el pequeño chiste pese a que su voz seguía siendo insegura—. Su trabajo es algo más importante que eso.
—¿De veras? —pregunté, sorprendida.
—No se lo dijo —explicó mi conductor, sin dejar de vigilar el espejo con una mirada asustada—. Ese Sharrif es el jefe de la policía secreta.

Tal como la describía mi conductor, la policía secreta sonaba como una mezcla del FBI, la CIA, el KGB y la Gestapo. El hombre pareció más que aliviado cuando nos detuvimos frente al Hotel El Riadh, un edificio bajo, impecable, con una pequeña piscina de fantasía y una fuente en la entrada, rodeadas de espeso follaje. El largo sendero y la entrada escultórica resplandecían de luces, ocultas en un bosquecillo casi pegado a la costa.
Al bajar del taxi, vi los faros del otro coche que giraban y volvían a internarse en la oscura arboleda. Las nudosas manos de mi conductor temblaban mientras cogía mis maletas y empezaba a llevarlas al interior del hotel.
Lo seguí y le pagué. Cuando se fue, di mi nombre al empleado de recepción. El reloj que había tras el escritorio señalaba las diez menos cuarto.
—Estoy desolado, madame —dijo el conserje—. No tengo reserva a su nombre. Y por desgracia estamos al completo.
Sonrió y se encogió de hombros; después me dio la espalda y se dedicó a sus papeles. Era justo lo que me faltaba. Había observado que no había precisamente una hilera de taxis frente al aislado El Riadh, y caminar de regreso a Argel atravesando un bosque de pinos lleno de policías con el equipaje a la espalda, no era mi idea de diversión.
—Tiene que haber algún error —le dije en voz alta—. Mi reserva se confirmó hace más de una semana.
—Tiene que haber sido algún otro hotel —dijo con esa sonrisa cortés que parecía ser una característica nacional. E increíblemente volvió a darme la espalda.
Se me ocurrió que en todo esto podía haber encerrada una lección para la astuta ejecutiva. Tal vez esta espalda indiferente era un simple preludio, un preliminar para el acto del regateo al estilo árabe. Y tal vez se suponía que uno tenía que regatear por todo: no sólo por contratos de asesoría a alto nivel sino también por una reserva de hotel confirmada. Decidí que merecía la pena probar. Saqué del bolsillo un billete de cincuenta dinares y lo puse sobre el mostrador.
—¿Tendría la amabilidad de guardar mis maletas? Sharrif, el jefe de seguridad, espera encontrarme aquí… por favor, cuando llegue, dígale que estoy en el salón.
Me dije que no era por completo un invento. Sharrif esperaría encontrarme allí, ya que sus matones me habían seguido hasta la puerta. Y no era probable que el conserje telefoneara a un tipo como Sharrif para interesarse por sus planes para la hora del aperitivo.
—Oh, perdóneme, por favor, madame —exclamó el conserje, mirando rápidamente el registro y, según advertí, guardándose el dinero con un hábil movimiento—. Acabo de darme cuenta de que tenemos una reserva a su nombre. —Hizo una anotación y me miró con la misma sonrisa encantadora—. ¿Hago que el botones lleve las maletas a su habitación?
—Sería estupendo —le dije, dando unos billetes al botones que se acercaba al trote—. Mientras tanto, echaré una mirada por aquí. Por favor, envíeme la llave al salón cuando haya terminado.
—Muy bien, madame —dijo el conserje, resplandeciente.
Cogí mi bolso y atravesé el vestíbulo en dirección al salón. Cerca de la entrada, el vestíbulo era bajo y moderno, pero cuando giré en una esquina, se abrió formando un espacio vasto semejante a un atrio. Las paredes encaladas se curvaban y elevaban como levantando el vuelo, ascendiendo hacia la cúpula del techo, a quince metros de altura. En la cúpula había agujeros que miraban hacia la noche estrellada.
Al otro lado del magnífico vestíbulo, suspendida a unos nueve metros por encima de la pared opuesta, estaba la terraza salón, que daba la impresión de flotar en el espacio. Por el borde de la terraza caía una cascada, que parecía no surgir de ninguna parte, y se desplomaba como una pared de agua que aquí y allá formaba un chorro de espuma al chocar con salientes de piedra incrustadas en la pared posterior. Abajo, el agua se depositaba en un gran estanque espumoso abierto en el pulido suelo de mármol del vestíbulo.
A cada lado de la cascada había escaleras a cielo abierto que ascendían desde el vestíbulo hasta el salón curvándose hacia el firmamento como una doble hélice. Crucé el vestíbulo y empecé a subir por la escalera de la izquierda. Por agujeros abiertos en las paredes entraban árboles silvestres florecidos. Hermosos tapices de exquisitos colores colocados sobre las escaleras caían quince metros para depositarse en el fondo formando bellos pliegues.
Los suelos eran de mármoles pulidos dispuestos en sorprendentes patrones de distintos tonos. Aquí y allá había rincones íntimos con gruesas alfombras persas, bandejas de cobre, otomanas de cuero, lujosas alfombrillas de piel y samóvares de bronce. Aunque el salón era grande, con grandes ventanas acristaladas que daban al mar, tenía un aire de intimidad.
Sentada en una blanda otomana, hice mi pedido a un camarero que me recomendó la cerveza local. Todas las ventanas estaban abiertas, y desde la alta terraza de piedra entraba una brisa húmeda. El mar se balanceaba con suavidad y su murmullo era hipnótico. Por primera vez desde mi salida de Nueva York, me sentí relajada.
El camarero me trajo la cerveza en una bandeja, ya servida. Junto a la copa estaba la llave de mi habitación.
—Madame encontrará su habitación al otro lado de los jardines —me dijo, señalando un espacio oscuro al otro lado de la terraza, que no pude ver bien bajo la delgada luz de la luna—. Se sigue el laberinto de arbustos hasta el árbol de flor de luna, que tiene pimpollos muy perfumados. La habitación cuarenta y cuatro está justo detrás del árbol. Tiene entrada privada.
La cerveza sabía a flores, no dulce sino más bien aromática, con un ligero gusto a madera. Terminé por pedir otra. Mientras la bebía, pensé en el extraño interrogatorio de Sharrif, pero decidí desechar todas las suposiciones hasta que hubiera tenido más tiempo para empaparme en el tema que, ahora veía, Nim había procurado sugerirme. Así que me puse a pensar en mi trabajo. ¿Qué estrategia utilizaría cuando fuera a la mañana siguiente a hacer mi visita al Ministerio? Recordé los problemas que había tenido Fulbright Cone para tratar de lograr la firma del contrato. Era una historia rara.
La semana anterior el ministro de Industria y Energía, un tipo llamado Abdelsalaam Belaid, había aceptado una reunión. Iba a ser una ceremonia oficial para firmar el contrato, de modo que seis socios volaron a Argel, a gran coste, con una caja de Dom Pérignon, para descubrir al llegar al Ministerio que el ministro Belaid estaba en viaje de negocios al exterior. Aceptaron reacios una entrevista con el segundo en jefe, un pavo llamado Emile Kamel Kader (el mismo que había dado el visto bueno a mi visado, según observara Sharrif).
Mientras esperaban en una de las innumerables antesalas hasta que Kader pudiera verlos, advirtieron un racimo de banqueros japoneses que descendía el corredor y se metía en un ascensor. Y en el centro estaba el ministro Belaid, aquel que había salido en viaje de negocios.
Los socios de Fulbright Cone no estaban acostumbrados a ese trato; sobre todo si eran seis y, en todo caso, no de manera tan descarada. Estaban dispuestos a quejarse en cuanto los admitieran al despacho de Emile Kamel Kader. Pero cuando por fin entraron, Kader saltaba por la habitación con pantaloncillos de tenis y polo, blandiendo una raqueta.
—Lo siento muchísimo —les dijo—, pero hoy es lunes. Y los lunes siempre juego un set con un viejo compañero de estudios. No puedo desilusionarlo. —Y allá se fue, dejando a seis socios de Fulbright Cone con un palmo de narices.
Tenía interés en conocer a los tipos que eran capaces de armar semejante farsa con los socios de mi ilustre compañía. Y supuse que era otra manifestación de la metodología árabe del trueque. Pero si seis socios no habían conseguido la firma de un contrato, ¿cómo podía hacerlo yo?
Cogí mi copa de cerveza y salí a la terraza. Contemplé el oscuro jardín que se extendía entre el hotel y el mar, parecido a un laberinto, como había dicho el camarero. Había crujientes senderos de grava blanca que separaban arriates de cactus, flores y arbustos, follaje tropical y desértico, todo mezclado.
En el borde del jardín que tocaba la playa había una chata terraza de mármol con una piscina enorme que resplandecía como una turquesa a causa de las lámparas que la iluminaban por debajo del agua. Entre la piscina y el mar había un retorcido muro escultórico de curvas paredes blancas unidas por arcos de formas extrañas, a través de los cuales se veía la difusa playa de arena y las blancas olas que iban y venían. Junto a la pared que recordaba una telaraña, se levantaba una torre de ladrillos con una cúpula como una cebolla de ésas desde las cuales canta el muecín su llamada a la oración vespertina.
Mis ojos volvían a fijarse en el jardín cuando lo vi. Fue sólo un relámpago, el brillo de una luz que venía de la piscina y se fijaba en los rayos y contorno de la rueda de una bicicleta. Después, desapareció detrás del follaje.
Me quedé inmóvil en lo alto de la escalera mientras mis ojos recorrían el jardín, la piscina y la playa y procuraba captar algún sonido. Pero no oí nada. Ni un movimiento. De pronto, alguien apoyó la mano en mi hombro. Casi me desplomo.
—Perdón, madame —dijo el camarero lanzándome una mirada extraña—. El conserje me ha pedido que le informe que hoy por la tarde, antes de su llegada, recibió correspondencia para usted. Había olvidado mencionarlo. —Y me tendió un sobre que parecía un télex y un periódico envuelto en papel marrón—. Le deseo una feliz velada —dijo, y se fue.
Volví a mirar el jardín. Tal vez la imaginación me jugaba una mala pasada. Al fin y al cabo, aunque hubiera visto lo que creía haber visto, era indudable que tanto en Argel como en cualquier otro lugar, la gente iba en bicicleta.
Regresé al salón iluminado y me senté con mi cerveza. Abrí el télex, que ponía: «Lee tu periódico. Sección G5». No llevaba firma, pero cuando desenvolví el periódico supuse quién lo había enviado. Era la edición dominical del New York Times. ¿Cómo había llegado tan rápido? Las Hermanas de la Misericordia se movían por caminos extraños y misteriosos.
Busqué la sección G5, Deportes. Había un artículo sobre el torneo de ajedrez.
TORNEO DE AJEDREZ CANCELADO
SE CUESTIONA EL SUICIDIO DE UN GRAN MAESTRO
El suicidio la semana pasada del maestro Antony Fiske, que provocó suspicacia en los círculos ajedrecísticos de Nueva York, ha provocado ahora una investigación seria del Departamento de Homicidios de la policía de esta ciudad. En una declaración emitida hoy, la Oficina del Forense afirma que es imposible que el maestro británico, de 67 años, haya muerto por su propia mano. La muerte obedeció a «una fractura cervical, resultado de la presión simultánea ejercida sobre la vértebra prominens (C7) y debajo de la barbilla». Según el médico del torneo, Dr. Osgood, que fue el primero en examinar a Fiske y expresar sospechas con relación a la causa de la muerte, no hay manera de que un hombre se produzca esa fractura, «a menos que esté de pie a sus propias espaldas mientras se rompe el cuello».
Alexander Solarin, gran maestro ruso, estaba jugando una partida con Fiske cuando observó el «extraño comportamiento» de éste. La embajada soviética ha solicitado inmunidad diplomática para el controvertido maestro, que una vez más produjo escándalo al rechazarla. (Véase artículo en página A6). Solarin fue la última persona que vio a Fiske con vida y ha hecho una declaración a la policía.
El patrocinador del torneo, John Hermanold, emitió un comunicado de prensa explicando los motivos de su decisión de cancelar el torneo. Hoy afirmó que el gran maestro Fiske tenía un largo historial de lucha contra la adicción a las drogas y sugirió que los informantes policiales podrían dar pistas posibles para el homicidio.
Para ayudar a la investigación, los coordinadores del torneo han proporcionado a la policía los nombres y direcciones de las 63 personas, incluidos jueces y jugadores, que estaban presentes el domingo en la sesión a puerta cerrada en el Club Metropolitan.
(Véase la edición del Times del domingo próximo para un análisis en profundidad: «Antony Fiske, vida de un gran maestro.»).
Así que ya era un secreto a voces y la división Homicidios de Nueva York investigaba. Me emocionó enterarme de que mi nombre estaba ahora en manos de la poli de Manhattan, aunque me sentí aliviada de que no pudieran hacer nada al respecto, salvo pedir mi extradición desde el norte de África. Me preguntaba si Lily también habría escapado de la inquisición. Indudablemente, Solarin no había podido. Pasé a la página A6 para obtener más detalles.
Me sorprendió encontrar una «Entrevista exclusiva» a dos columnas con el provocativo título de: «LOS SOVIÉTICOS NIEGAN SU INTERVENCIÓN EN LA MUERTE DEL GRAN MAESTRO BRITÁNICO». Me salté el relleno que describía a Solarin como carismático y misterioso, resumiendo su carrera interrumpida y su brusca salida de España. El núcleo de la entrevista me dio más datos de los que esperaba.
En primer lugar, no había sido Solarin quien negara la intervención. Hasta ese momento no había comprendido que sólo segundos antes del crimen, él estaba solo en el lavabo con Fiske. Pero los soviéticos, sí, y habían sufrido un ataque, pidiendo inmunidad diplomática y golpeando la mesa con el zapato mítico.
Solarin había rechazado la inmunidad (sin duda conocía el procedimiento) y había subrayado su deseo de cooperar con las autoridades locales. Cuando lo interrogaron sobre la posible adicción a las drogas de Fiske, hizo un comentario que me causó gracia: «Tal vez John (Hermanold) tenga información de primera mano. La autopsia no menciona la presencia de elementos químicos en su cuerpo». Con lo cual sugería que Hermanold era un mentiroso o un camello.
Pero quedé atónita al leer la descripción que Solarin hacia del crimen. Por propio testimonio, era prácticamente imposible que alguien, salvo él mismo, entrara en el lavabo para matar a Fiske. No había tiempo ni oportunidad porque Solarin y los jueces habían bloqueado el único camino de huida. Me descubrí deseando haber obtenido más detalles de la distribución física del lugar. Si lograba encontrar a Nim, todavía era posible. Podía ir al club y coger los datos para mí.
Mientras tanto, me estaba entrando sueño. Mi reloj interno me dijo que eran las cuatro de la tarde en Nueva York. Cogí la llave y el correo de la bandeja, volví a salir y bajé los escalones que daban al jardín. En el muro cercano encontré el árbol de flor de luna, de penetrante perfume, con su negro follaje lustroso, que dominaba el jardín con su altura. Sus flores cerosas, en forma de trompetas, eran como lirios vueltos del revés, abriéndose a la luz de la luna y despidiendo su olor penetrante y sensual.
Subí los pocos escalones hasta mi habitación y abrí la puerta. Las lámparas ya estaban encendidas. Era una habitación grande con suelos de baldosas de cerámica, paredes estucadas y grandes ventanas francesas que miraban al mar, más allá del árbol. Había una gruesa colcha de lana, como la piel de una oveja, una alfombrilla del mismo material y escasos muebles.
El baño tenía una gran bañera, un lavabo, un inodoro y un bidet. No había ducha. Abrí el grifo y empezó a salir un agua de color rojizo. La dejé correr durante varios minutos, pero no cambió de color ni se calentó. Estupendo. Podía ser divertido bañarse en agua helada del color de la herrumbre.
Dejé correr el agua, regresé a la habitación y abrí el armario. Dentro estaba mi ropa, cuidadosamente colgada, y las maletas ordenadas en el fondo. Pensé que al parecer en ese lugar disfrutaban revisando las pertenencias de otros. Pero no tenía nada que ocultar que pudiera ponerse en una maleta. El portafolios me había enseñado la lección.
Cogí el teléfono y conseguí al operador del hotel, le di el número del ordenador de Nim en Nueva York. Me dijo que me llamaría en cuanto hiciese la conexión. Me desnudé y volví al lavabo. La bañera tenía ocho centímetros de desechos de hierro. Suspirando, entré en aquella porquería y me senté lo más graciosamente que pude.
Mientras trataba de sacarme del cuerpo el jabón escamoso, el teléfono empezó a sonar. Me envolví en una toalla raída, regresé al dormitorio y cogí el auricular.
—Estoy desolado, madame —dijo el operador—, pero su número no contesta.
—¿Cómo es posible? —pregunté—. Es pleno día en Nueva York y es un teléfono comercial.
Además, el ordenador de Nim estaba conectado las veinticuatro horas.
—No, madame, es la city la que no contesta.
—¿La city? ¿La ciudad de Nueva York no contesta? —No podían haberla borrado del mapa en un día—. No habla en serio. ¡En Nueva York hay diez millones de personas!
—Tal vez la operadora se haya ido a la cama, madame —contestó con gran calma—. O ya que es tan temprano, se habrá ido a comer.
Bienvenida a Argelia, pensé. Di las gracias al operador, colgué y recorrí la habitación apagando las lámparas. Después fui hacia los ventanales y los abrí para llenar el dormitorio con el pesado aroma del árbol de flor de luna.
Me quedé allí, mirando las estrellas suspendidas sobre el mar. Desde donde estaba, parecían tan remotas y frías como piedras pegadas a un trapo color azul marino. Y sentí mi propia lejanía, la gran distancia que me separaba de la gente y las cosas que conocía. Cómo me había deslizado, sin sentirlo, en otro mundo.
Finalmente, volví a entrar y me deslicé entre las sábanas húmedas y me adormecí, mirando las estrellas suspendidas sobre la costa del continente africano.

Cuando escuché el primer ruido y abrí los ojos en la oscuridad, pensé que había estado soñando. La esfera luminosa del reloj que había junto a la cama señalaba las doce y veinte. Pero en mi apartamento de Nueva York no había reloj. Poco a poco, comprendí dónde estaba y me di media vuelta para volver a dormir cuando escuché de nuevo el ruido junto a la ventana, afuera: el chirrido lento, metálico, de las ruedas de una bicicleta.
Como una idiota, había dejado abierta la ventana que daba al mar. Allí, oculta por el árbol e iluminada por la luna, estaba la silueta de un hombre, con una mano en el manillar de una bicicleta. ¡De modo que no había sido mi imaginación!