El ocho

El ocho


El desarrollo

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Mientras me dejaba caer en silencio por un lado de la cama y me arrastraba en la oscuridad hacia las ventanas para cerrarlas, mi corazón latía con golpes pesados, lentos. Comprendí al instante que había dos problemas. Primero, no tenía idea de dónde estaban los cerrojos de la ventana (caso de que existieran) y, segundo, estaba completamente desnuda. Maldición. Ya era demasiado tarde para saltar por el dormitorio buscando lencería.

Llegué a la pared más alejada, me aplasté contra ella y traté de encontrar los malditos pestillos.

En ese momento escuché crujir la gravilla y la silueta de afuera avanzó hacia la ventana, apoyando la bicicleta en la parte exterior del muro.

—No tenía idea de que durmiera desnuda —susurró.

Era imposible confundir el suave acento eslavo. Era Solarin. Sentía el rubor que me cubría todo el cuerpo y despedía calor en la oscuridad. Hijo de puta.

Estaba pasando la pierna por el vano de la ventana. ¡Dios, estaba entrando! Con una boqueada, corrí hacia la cama, tiré de una sábana y me envolví en ella.

—¿Qué demonios está haciendo aquí? —exclamé mientras entraba en la habitación, cerraba las ventanas y pasaba los cerrojos.

—¿No recibió mi nota? —preguntó mientras cerraba los postigos y se me acercaba en la oscuridad.

—¿Pero tiene idea de la hora que es? —balbuceaba yo mientras se acercaba—. ¿Cómo ha llegado aquí? Ayer estaba en Nueva York…

—Usted también —dijo Solarin encendiendo la luz. Me miró de arriba abajo con una sonrisa y se sentó sin ser invitado en el borde de mi cama, como si fuera el dueño del lugar—. Pero ahora estamos los dos aquí. Solos. En este encantador escenario marino. Es muy romántico, ¿no le parece? —Y sus ojos verdes, con reflejos plateados, chispearon a la luz de la lámpara.

—¡Romántico! —bufé, envolviéndome dignamente en la sábana—. ¡No quiero que se me acerque! Cada vez que lo veo, se cargan a alguien…

—Tenga cuidado —dijo—, las paredes pueden tener oídos. Póngase algo de ropa. La llevaré a un lugar donde podamos hablar.

—Debe estar loco —le dije—. ¡No pienso poner un pie fuera de aquí y menos con usted! Y además…

Pero él se había puesto de pie, acercándose rápidamente y cogiendo la parte frontal de mi sábana como si estuviera a punto de sacármela. Me miraba con una sonrisa crispada.

—Vístase o la vestiré yo —dijo, siempre sonriendo.

Sentí que el rubor me cubría el cuello. Me liberé y fui hasta el armario con la mayor dignidad posible, cogiendo algunas prendas. Después, hice una presurosa retirada hacia el lavabo, para vestirme. Cuando cerré la puerta de un golpe, estaba furiosa. El cabrón pensaba que podía salir de la nada, despertarme asustada e intimidarme para que… si al menos no fuera tan guapo.

¿Pero qué quería? ¿Por qué me perseguía así… por medio mundo? ¿Y qué estaba haciendo con esa bicicleta?

Me puse unos tejanos y un holgado jersey rojo de cachemir, con mis viejas alpargatas. Cuando salí, Solarin estaba sentado sobre la cama jugando al ajedrez con el juego magnético de Lily que, sin duda, había encontrado revisando mis pertenencias. Levantó la mirada y sonrió.

—¿Quién gana? —pregunté.

—Yo —dijo con seriedad—. Siempre gano.

Se puso en pie, mirando una vez más su posición en el tablero. Después fue hacia el armario, sacó una chaqueta y me ayudó a ponérmela.

—Se la ve muy guapa —me dijo—. No es tan atractivo como el primer conjunto pero más apropiado para un paseo de medianoche por la playa.

—Si cree que voy a dar un paseo por una playa desierta con usted, está loco.

—No está lejos —dijo, ignorándome—. La llevo a un cabaret. Tienen té de menta y danza del vientre. Le encantará, querida. ¡Tal vez en Argelia las mujeres lleven velo, pero los bailarines son hombres!

Meneé la cabeza y lo seguí. Cerró la puerta con la llave que me había confiscado. Se la guardó en el bolsillo.

La luz de la luna era muy brillante. Plateaba el cabello de Solarin y sus ojos parecían traslúcidos. Caminamos por la estrecha franja de playa y vimos la costa iluminada que descendía en dirección a Argel. Las olas golpeaban con suavidad la arena oscura.

—¿Ha leído el periódico que le envié? —preguntó.

—¿Lo envió usted? ¿Por qué?

—Quería que supiera que descubrieron que Fiske fue asesinado. Como le había dicho.

—La muerte de Fiske no tiene nada que ver conmigo —dije, golpeando los pies para sacarme la arena de los zapatos.

—Como no ceso de repetirle, todo tiene que ver con usted. ¿Cree que he atravesado diez mil kilómetros para espiar por la ventana de su dormitorio? —dijo con cierta impaciencia—. Ya le he dicho que está en peligro. Mi inglés no es perfecto, pero al parecer lo hablo mejor de lo que usted lo comprende.

—El único peligro que parece amenazarme es usted —repliqué—. ¿Cómo sé que no ha asesinado a Fiske? Si lo recuerda, la última vez que lo vi me había robado el portafolios, abandonándome con el cadáver del chófer de mi amiga. ¿Cómo sé que no mató también a Saul y me dejó con el muerto entre las manos?

—Sí que maté a Saul —dijo Solarin con calma. Cuando quedé petrificada, me miró con curiosidad—. ¿Quién más podría haberlo hecho?

Yo había perdido el habla. Estaba clavada en el suelo y mi sangre parecía haberse convertido en horchata. Paseaba por un playa desierta en compañía de un asesino.

—Debería darme las gracias —decía Solarin— por llevarme su portafolios. Hubiera podido complicarla en su muerte. Fue muy difícil devolvérselo.

Su actitud me enfurecía. Seguía viendo la cara blanca de Saul sobre aquella losa de piedra, y ahora sabía que era Solarin quien la había puesto allí.

—¡Vaya, muchas gracias! —dije, furiosa—. ¿Qué quiere decir con que mató a Saul? ¿Cómo puede traerme aquí y decirme que asesinó a un hombre inocente?

—Hable bajo —dijo Solarin, mirándome con ojos acerados y cogiéndome por los brazos—. ¿Hubiera preferido que él me matara a mí?

—¿Saul? —pregunté con lo que esperaba que se escuchara como un bufido de desdén. Aparté su mano y empecé a desandar el camino, pero Solarin volvió a cogerme y me hizo girar.

—Como dirían los americanos, protegerla empieza a ser un engorro —exclamó.

—Gracias, no necesito protección —repliqué—. Y menos de un asesino. De modo que vuelva y dígale a quien le haya enviado…

—Mire —dijo Solarin encolerizado. Me agarró por los hombros, contemplando la luna y haciendo una inspiración profunda. Sin duda, contaba hasta diez—. ¿Y si le dijera que fue Saul quién mató a Fiske? ¿Que yo era el único en situación de saberlo y que por eso vino a buscarme? ¿Me escucharía entonces?

Sus pálidos ojos verdes buscaban los míos, pero yo no podía pensar. Estaba confusa. ¿Saul, un asesino? Cerré los ojos y traté de pensar, pero sin resultado.

—Vale, dispare —dije, lamentando por un instante la desafortunada elección de palabras. Solarin me sonrió. Hasta a la luz de la luna su sonrisa era radiante.

—Entonces tendremos que andar —dijo, manteniendo una mano en mi hombro y volviendo a ponerme en el buen camino—. Si no puedo moverme, no consigo hablar ni jugar al ajedrez.

Caminamos unos instantes en silencio, mientras ordenaba sus pensamientos.

—Creo que lo mejor será empezar por el principio —dijo por fin. Me limité a asentir con la cabeza.

—Primero debería comprender que yo no tenía interés en ese torneo de ajedrez en el que me vio jugar. Mi gobierno lo arregló como una especie de cobertura para que pudiera ir a Nueva York, donde tenía negocios urgentes que atender.

—¿Qué clase de negocios? —pregunté.

—Ya llegaremos a eso.

Seguíamos caminando por la arena, junto a las olas, cuando de pronto Solarin se inclinó y cogió una conchilla oscura que estaba medio enterrada en la arena. La luz de la luna le dio un brillo opalescente.

—Hay vida en todas partes —musitó, dándome la delicada conchilla—. Hasta en el fondo del mar. Y por todas partes la extingue la estupidez del hombre.

—Esa almeja no murió con el cuello fracturado —señalé—. ¿Es una especie de asesino profesional? ¿Cómo puede estar cinco minutos con un hombre en una habitación y acabar con él?

Arrojé la conchilla lo más lejos que pude, al mar. Solarin suspiró y seguimos caminando.

—Cuando advertí que Fiske estaba haciendo trampas en el torneo —continuó por fin con cierto esfuerzo—, quise saber quién le había obligado a hacerla y por qué.

Así que Lily tenía razón respecto a eso, pensé. Pero no dije nada.

—Supuse que detrás de eso había otros, de modo que detuve el juego y lo seguí a los lavabos. Confesó eso y más. Me dijo quién estaba detrás. Y por qué.

—¿Quién era?

—No lo dijo directamente. Él mismo no lo sabía. Pero me dijo que los hombres que lo amenazaron sabían que yo estaría en el torneo. Había sólo un hombre que lo sabía: el hombre con quien mi gobierno hizo los arreglos. El patrocinador del torneo…

—¡Hermanold! —exclamé. Solarin asintió y continuó.

—Fiske me dijo también que Hermanold, o sus contactos, iban tras la fórmula que una vez aposté en broma contra una partida, en España. Dije que si alguien me vencía, le daría una fórmula secreta… Y estos imbéciles, creyendo que la oferta seguía siendo válida, decidieron enfrentar a Fiske conmigo de modo que no pudiera perder. Si algo andaba mal en el juego de Fiske, creo que Hermanold había acordado encontrarse con él en el lavabo del Canadian Club, donde no los verían…

—Pero Hermanold no planeaba eso —aventuré. Las piezas empezaban a encajar, pero seguía sin ver el cuadro completo—. Había arreglado que algún otro se encontrara con Fiske, eso es lo que quiere decir. ¿Alguien cuya presencia no se echara de menos entre la gente que participaba en el juego?

—Exacto —dijo Solarin—. Pero no esperaban que yo siguiera a Fiske. Cuando él entró, yo le pisaba los talones. Su asesino, escondido afuera, en el corredor, debió de oír todo lo que dijimos. Para entonces ya no tenía sentido amenazar a Fiske. El juego había terminado. Tenían que eliminarlo enseguida.

—Eliminarlo con perjuicio grave —dije. Miré hacia el oscuro mar y pensé en ello. Era posible, al menos desde el punto de vista táctico y yo tenía algunas piezas que Solarin no podía conocer. Por ejemplo, que Hermanold no esperaba que Lily asistiera al torneo, porque nunca lo hacía. Pero cuando Lily y yo llegamos al club, Hermanold había insistido en que se quedara, alarmándose cuando ella amenazó con irse (¡con el coche y el chófer!). Sus actos podían tener más de una explicación si contaba con Saul para realizar algún trabajo. ¿Pero por qué Saul? Tal vez supiera más ajedrez del que yo creía. ¡Tal vez había estado sentado en la limusina, afuera, jugando la partida de Fiske y transmitiéndole los movimientos! Al fin y al cabo, ¿hasta qué punto conocía a Saul?

Ahora Solarin estaba explicándome la sucedido: cómo había observado el anillo que llevaba su contrincante, cómo lo había seguido al lavabo de hombres, cómo se había enterado de los contactos de Fiske en Inglaterra y lo que deseaban, cómo huyó del lavabo cuando éste se quitó el anillo, pensando que contenía un explosivo. Aunque sabía que Hermanold estaba tras la llegada de Fiske al torneo, no podía haber sido el propio Hermanold quien asesinara a Fiske y sacara el anillo del lavabo. Yo era testigo de que no había salido del Metropolitan Club.

—Saul no estaba en el coche cuando regresamos Lily y yo —admití, reacia—. Tuvo la ocasión, aunque no tengo idea de cuáles podían ser sus motivos… En realidad, si me baso en su descripción de los hechos, no habría tenido oportunidad de salir del Canadian Club y regresar al coche, porque usted y los jueces bloqueaban su única salida. Esto explicaría su ausencia cuando Lily y yo lo buscábamos.

Explicaría bastante más que eso, pensé. ¡Por ejemplo, las balas que habían disparado contra nuestro coche! Si la historia de Solarin era real y Hermanold había contratado a Saul para despachar a Fiske, no podía permitirse que Lily y yo volviéramos a entrar en el club persiguiendo al chófer. ¡Si había subido a la sala de juego y nos había visto junto al coche, desconcertadas, habría tenido que hacer algo para asustamos!

—¡De modo que fue Hermanold quién subió a la sala de juego vacía, sacó un revólver y disparó contra nuestro coche! —exclamé, cogiendo a Solarin de un brazo. Él me miraba atónito, preguntándose cómo había llegado a esa conclusión—. Esto explicaría también por qué Hermanold dijo a la prensa que Fiske era drogadicto —agregué—. ¡Distraería la atención de sí mismo, fijándola en cambio en algún camello desconocido!

Solarin rompió a reír.

—Conozco a un tipo llamado Brodski a quien le gustaría contratarla —dijo—. Tiene un cerebro especialmente diseñado para el espionaje. Y ahora que sabe todo lo que yo sé, vamos a tomar una copa.

En el extremo de la larga curva de la playa, distinguía ahora una gran tienda instalada en la arena, con la forma delineada por hileras de luces parpadeantes.

—No tan rápido —dije, sujetándolo por el brazo—. Suponiendo que Saul mató a Fiske, eso deja algunas preguntas sin contestar. ¿Qué era esa fórmula que tenía en España y que ellos tanto deseaban? ¿Para qué iba a Nueva York? ¿Y cómo terminó Saul en las Naciones Unidas?

La tienda, con rayas blancas y rojas, se veía enorme sobre la playa. Tendría unos nueve metros de alto en el centro. A la entrada había dos macetas de bronce con grandes palmeras, y una larga alfombra con volutas doradas y azules se internaba en la arena, cubierta por una marquesina de lona que daba al mar. Nos encaminamos hacia la entrada.

—Tenía una entrevista de negocios con un contacto en las Naciones Unidas —dijo Solarin—. No había advertido que Saul me seguía… hasta que se interpuso usted.

—¡Entonces usted era el hombre de la bicicleta! —exclamé—. Pero sus ropas eran…

—Me encontré con mi contacto —interrumpió él—. Ella vio que usted me seguía y que Saul estaba detrás de usted… —(¡De modo que la vieja de las palomas era su contacto de negocios!)—. Espantamos a los pájaros como camuflaje —siguió Solarin—, y yo me escondí en el hueco de las escaleras traseras hasta que ustedes pasaron. Después salí para seguir a Saul. Había entrado en el edificio, pero no sabía dónde. Mientras bajaba en ascensor, me quité el chándal porque tenía la otra ropa debajo. Cuando volví a subir, la vi entrar en la sala de meditación. No tenía idea de que Saul ya estaba allí… escuchando todo lo que dijimos.

—¿Dentro de la sala de meditación? —exclamé. Ahora estábamos a pocos metros de la tienda, vestidos con tejanos y jerséis y con aspecto bastante descuidado, pero nos encaminamos a la entrada como si llegáramos a El Morocco en limusina.

—Querida —dijo Solarin, desordenando mí cabello como hacía Nim a veces—, usted es muy ingenua. Aunque tal vez no haya comprendido mis advertencias, Saul sí las comprendió. Cuando usted se fue y él salió de detrás de aquella losa de piedra y me atacó, supe que había oído lo bastante como para que también su vida estuviera en peligro. Me llevé su portafolios para que sus cohortes no supieran que usted había estado allí. Más tarde, mi contacto me dejó una nota en mi hotel, explicándome cómo devolverlo.

—Pero cómo sabía ella… —empecé. Solarin sonrió y volvió a desordenarme el pelo mientras el maître se adelantaba a saludamos. Solarin le dio un billete de cien dinares de propina. El maître y yo quedamos estupefactos. Era evidente que, en un país donde cincuenta céntimos eran una buena propina, conseguiríamos la mejor mesa.

—Soy un capitalista de corazón —susurró Solarin en mi oído mientras seguíamos al hombre y entrábamos en el enorme cabaret.

El suelo estaba todo cubierto de alfombrillas de paja colocadas sobre la arena. Encima había alfombras persas de colores vivos, con gruesos cojines de espejuelos bordados con diseños brillantes. Había grupos de palmeras en macetas separando las mesas, mezcladas con enormes ramos de plumas de pavo real y avestruz que temblaban en la luz suave. Aquí y allá, de los palos de la tienda colgaban linternas de bronce con diseños de filigrana, que producían extraños patrones lumínicos sobre los cojines resplandecientes de espejos. Era como entrar en un caleidoscopio. En el centro había un gran escenario circular con focos, y un grupo de músicos tocaba una música salvaje, frenética, que no había oído nunca. Había largos tambores ovalados de bronce, grandes gaitas hechas con pellejos de animales, con la piel todavía colgando, flautas, clarinetes y carillones de todas clases. Mientras tocaban, los músicos bailaban con un extraño movimiento circular.

Nos sentaron en una enorme pila de cojines cerca de una mesa de cobre, delante del escenario. El volumen de la música me impedía hacerle preguntas, de modo que me quedé pensando mientras él aullaba el pedido en la oreja de un camarero que pasaba.

¿Qué era esa fórmula que quería Hermanold? ¿Quién era la mujer de las palomas y cómo había sabido dónde podía encontrarme Solarin para devolverme el portafolios? ¿Cuáles eran los negocios de Solarin en Nueva York? Si la última vez que vi a Saul estaba sobre una losa, ¿cómo había aparecido en el East River? Y por último, ¿qué tenía todo eso que ver conmigo?

Justo en el momento en que la banda se tomaba un descanso, llegaron las bebidas. Dos enormes vasos de Amaretto, caldeados como brandy y acompañados por una tetera de largo pico. El camarero sirvió el té en unos vasos que mantenía alejados, haciendo equilibrios sobre unos platillos diminutos. El líquido humeante volaba por el aire, del pico al vaso, sin que se derramara una gota. Cuando el camarero se retiró, Solarin brindó por mí con su vaso de té de menta.

—Por el juego —dijo con una sonrisa misteriosa. Se me congeló la sangre.

—No sé de qué me está hablando —mentí, tratando de recordar lo que había dicho Nim sobre el aprovechamiento del ataque. ¿Qué sabía él del maldito juego?

—Por supuesto que sí, querida —dijo con suavidad, cogiendo mi vaso y llevándolo a mis labios—. Si no lo supiera, yo no estaría aquí sentado bebiendo con usted.

Cuando el líquido ambarino se deslizó por mi garganta, una gota cayó por mi barbilla. Solarin sonrió y la limpió con un dedo, volviendo a dejar el vaso en la bandeja. No me miraba, pero su cabeza estaba lo bastante cerca como para poder oír todo lo que decía.

—El juego más peligroso que pueda imaginarse —murmuró tan bajo que nadie podía oírnos—, y cada uno de nosotros fue elegido para los papeles que desempeñamos…

—¿Qué quiere decir con elegidos? —pregunté, pero antes de que pudiera contestarme, se escuchó un estallido de címbalos y timbales, mientras los músicos regresaban trotando al escenario.

Los seguía un grupo de bailarines con túnicas cosacas de pálido terciopelo azul, los pantalones metidos dentro de altas botas y ensanchándose en las rodillas. Llevaban pesadas cuerdas retorcidas a la cintura, con borlas en el extremo, que colgaban de sus caderas y se balanceaban mientras ellos seguían el ritmo lento, exótico. Se elevó la música de clarinetes y caramillos, sinuosa y ondulante, parecida a la melodía que convierte a la cobra en una columna rígida y oscilante que se levanta de la cesta.

—¿Le gusta? —me susurró Solarin. Asentí—. Es música cabilia —me dijo mientras los acordes nos envolvían con su trama—. De las altas montañas Atlas que atraviesan Argelia y Marruecos. Ese bailarín del centro, ¿ve el cabello rubio y los ojos claros? Y la nariz aguileña, la barbilla fuerte como el perfil de una moneda romana. Ésas son las características de los cabilias; no se parecen en nada a los beduinos…

Una mujer mayor se levantó entre el público y fue bailando hacia el escenario, para diversión de la multitud que la animaba con maullidos que deben de significar lo mismo en todas las lenguas. Pese a su porte imponente, sus largas ropas grises y el rígido velo de lino, se movía con paso ligero y despedía una sensualidad que no pasaba inadvertida a los bailarines. Bailaron en torno a ella, balanceando las caderas atrás y adelante en su dirección, de modo que las borlas de sus túnicas la tocaban apenas, como una caricia.

El público estaba entusiasmado con ese despliegue y se entusiasmó aún más cuando la mujer de cabellos plateados se acercó sinuosamente al bailarín principal, sacó unos billetes de entre los pliegues de su traje y los deslizó con gran discreción entre las cuerdas de su cinturón, muy cerca de la bragueta. Él miró al cielo de manera sugerente con una amplia sonrisa, para beneficio del público.

La gente estaba de pie, siguiendo el ritmo de la música con las palmas, que iba creciendo mientras la mujer se acercaba al borde del escenario con pasos circulares. Justo en el borde, con la luz detrás de ella, con las manos estiradas dando palmadas de despedida al ritmo flamenco, se volvió hacia nosotros y yo me quedé inmóvil.

Eché una rápida mirada a Solarin, que me miraba con atención. Entonces me puse de pie de un salto mientras la mujer, una silueta oscura contra la luz plateada, bajaba del escenario y la penumbra confusa de la multitud se la tragaba, entre las plumas de avestruz y el follaje de las palmeras. Éstas se movían en el brillante relámpago de la luz reflejada.

La mano de Solarin era como un grillete de acero en mi brazo. Se quedó junto a mí, apretando todo su cuerpo contra el mío.

—Suélteme —susurré entre dientes, porque algunas personas que estaban cerca nos estaban mirando—. ¡He dicho que me suelte! ¿Sabe quién era ésa?

—¿Lo sabe usted? —susurró en mi oído—. ¡Deje de llamar la atención!

Cuando vio que yo seguía debatiéndome, me rodeó con sus brazos en un abrazo mortal que hubiera podido parecer afectuoso.

—Nos pondrá en peligro —me decía en el oído, tan cerca que podía oler el aroma mezclado de menta y almendras de su aliento—. Como lo hizo al ir a ése torneo de ajedrez… y siguiéndome a las Naciones Unidas. No tiene idea del riesgo que ha corrido viniendo a verla. Ni tampoco de la clase de juego desaprensivo que está jugando con las vidas de otros…

—¡No, no la tengo! —dije casi gritando, porque la presión de su abrazo me lastimaba. En el escenario, los bailarines seguían girando con la música, que nos bañaba en olas rítmicas—. ¡Pero ésa era la pitonisa y voy a encontrada!

—¿La pitonisa? —preguntó Solarin, desconcertado pero sin soltarme. Sus ojos en los míos eran verdes como el oscuro, oscuro mar. Cualquiera que nos viera, pensaría que éramos amantes.

—No sé si dice la buenaventura —dijo—, pero desde luego conoce el futuro. Fue ella quien me llamó a Nueva York. Fue ella quien me hizo seguirla hasta Argel. Fue ella quien la eligió…

—¡Elegir! —dije—. ¿Elegirme para qué? ¡Ni siquiera conozco a esa mujer!

Solarin me cogió por sorpresa al aflojar su brazo. Cuando me asió la muñeca, la música daba vueltas en torno a nosotros como una pulsante bruma de sonido. Levantó mi mano con la palma hacia arriba y apretó los labios contra el lugar blando en la base de la palma, donde la sangre late más cerca de la superficie. Durante un segundo, sentí la sangre cálida corriendo por mis venas. Después levantó la cabeza y me miró a los ojos. Cuando le devolví la mirada, me temblaban las rodillas.

—Míralo —susurró, y comprendí que su dedo trazaba un dibujo en la base de mi muñeca. Bajé lentamente la vista porque en ese momento no quería dejar de mirado—. Míralo —repitió mientras yo contemplaba mi muñeca. Allí, en la base de mi palma, justo donde la gran arteria azul latía con el paso de la sangre, había dos líneas que se entrelazaban en un abrazo serpentino, formando un número ocho—. Has sido elegida para descifrar la fórmula —dijo con suavidad, casi sin mover los labios. ¡La fórmula! Retuve el aliento mientras él me miraba profundamente a los ojos.

—¿Qué fórmula? —me oí murmurar.

—La fórmula del ocho… —empezó, pero en ese momento se puso rígido y su cara volvió a convertirse en una máscara mientras miraba por encima de mi hombro, fijando la vista en algo que estaba a mis espaldas. Dejó caer mi mano y dio un paso atrás mientras me volvía para mirar.

La música seguía batiendo su ritmo primitivo y los bailarines daban vueltas en un frenesí exótico. Al otro lado del escenario, contra el resplandor enceguecedor de los focos, había una forma sombría y vigilante. Cuando el foco recorrió la curva del escenario, siguiendo a los bailarines, iluminó un instante la figura oscura. ¡Era Sharrif!

Me hizo una cortés inclinación de cabeza antes de que pasara la luz. Yo me volví hacia Solarin, pero allí donde había estado un momento antes, una palmera se balanceaba lentamente en el espacio.

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