El ocho

El ocho


La isla

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LA ISLA

Un día una misteriosa colonia abandonó España y se instaló en la lengua de tierra en la cual ha permanecido hasta hoy. Llegó de no se sabe dónde y hablaba una lengua desconocida. Uno de sus jefes, que hablaba provenzal, rogó a la comuna de Marsella que les diera ese promontorio desnudo y estéril en el cual habían anclado sus barcas, como los marineros de los antiguos tiempos…

ALEJANDRO DUMAS

El conde de Montecristo,

descripción de Córcega

Tengo el presentimiento de que algún día esta pequeña isla sorprenderá a Europa.

JEAN-JACQUES ROUSSEAU

El contrato social,

descripción de Córcega

París, 4 de septiembre de 1792

Pasaban unos minutos de la medianoche, cuando Mireille salió de casa de Talleyrand aprovechando la oscuridad, y desapareció en el sofocante terciopelo de la calurosa noche parisina.

En cuanto aceptó que no podía modificar su resolución, Talleyrand le proporcionó un caballo fuerte y sano de sus establos y la pequeña bolsa de monedas que había podido reunir a esa hora. Vestida con piezas sueltas de librea que reunió Courtiade para disfrazada, con el cabello recogido en una coleta y ligeramente empolvado, como el de un muchacho, Mireille había salido sin ser observada por el patio de servicio y se había abierto paso por las calles oscuras de París hacia las barricadas y el Bois de Boulogne: el camino de Versalles. No podía permitir que Talleyrand la acompañase. Todo París conocía su aristocrático perfil. Además, descubrieron que los pases enviados por Danton no eran válidos hasta el 14 de septiembre, es decir casi dos semanas más tarde. Acordaron que la única solución era que Mireille partiera sola, que Maurice permaneciera en París como si no hubiera sucedido nada, y que Courtiade saliera aquella misma noche con las cajas de libros y esperara en el Canal hasta que su pase le permitiera ir a Inglaterra.

Ahora, mientras su caballo atravesaba la total oscuridad de las estrechas calles, Mireille tuvo por fin tiempo de meditar en la peligrosa misión que tenía por delante. Desde el instante en que su carruaje alquilado había sido detenido ante las puertas de la prisión de l’Abbaye, los acontecimientos se habían precipitado de tal forma, que sólo había podido actuar de forma instintiva. El horror de la ejecución de Valentine, el terror súbito ante la amenaza a su vida mientras huía por las calles incendiadas de París, el rostro de Marat y las muecas de los mirones que contemplaban la matanza… era como si por un momento se hubiera levantado una tapa de la delgada capa de la civilización, ofreciéndole la perspectiva de la horrorosa bestialidad del hombre, latiendo bajo el frágil barniz.

A partir de aquel momento, el tiempo se había detenido y sucedieron cosas que se la tragaron con la velocidad devoradora del fuego. Detrás de cada ola que la asaltaba, había una reacción emotiva más intensa que cualquiera que hubiera conocido. Esta pasión seguía ardiendo en su interior como una llama oscura; una llama que se intensificó durante las breves horas que pasó en brazos de Talleyrand. Una llama que aumentaba su deseo de coger, antes que nada, las piezas del juego de Montglane.

Desde su visión de la brillante sonrisa de Valentine al otro lado del patio, parecía haber pasado una eternidad. Y, sin embargo, sólo habían pasado treinta y dos horas. Treinta y dos, pensó Mireille mientras atravesaba sola las calles desiertas: el número de piezas de un juego de ajedrez. La cantidad que debía reunir para descifrar el acertijo… y vengar la muerte de Valentine.

Había visto poca gente en las estrechas callejuelas periféricas de camino al Bois de Boulogne. Incluso aquí, en el campo y bajo la luna llena, las carreteras estaban vacías, aunque todavía se hallaba lejos de las barricadas. A esas alturas, la mayor parte de los parisinos se habían enterado de las masacres en las prisiones, que continuaban todavía, y habían decidido permanecer en la relativa seguridad de sus hogares.

Aunque para llegar al puerto de Marsella, su destino, tenía que ir hacia el este, a Lyon, Mireille se había dirigido hacia el oeste, en dirección a Versalles. El motivo era que allí estaba el convento de St. Cyr, la escuela fundada en el siglo anterior por madame de Maintenon, consorte de Luis XIV, para la educación de las hijas de la nobleza. La abadesa de Montglane se había detenido en St. Cyr de camino a Rusia.

Tal vez la directora le diera asilo, la ayudara a ponerse en contacto con la abadesa de Montglane para obtener los fondos que necesitaba, la ayudara a salir de Francia. La reputación de la abadesa de Montglane era el único pase hacia la libertad que poseía Mireille. Rezó para que obrara un milagro.

En el Bois, las barricadas eran montones de piedras, sacos de tierra y trozos de muebles. Mireille veía la plaza delante de ella, atestada de gente con sus carros tirados por bueyes, carruajes y animales, esperando para huir en cuanto se abrieran las puertas. Se aproximó, desmontó y permaneció a la sombra de su caballo para que no se descubriera su disfraz a la parpadeante luz de las antorchas que iluminaban el lugar.

En la barrera había una conmoción. Mireille cogió las riendas del caballo y se mezcló con el grupo de gente que llenaba la plaza. Más allá, a la luz de las antorchas, veía soldados que trepaban para alzar la barrera. Alguien quería entrar.

Cerca de Mireille se apiñaba un grupo de hombres jóvenes que estiraban el cuello para ver mejor. Debía de ser una docena o más, vestidos con encajes, terciopelos y brillantes botas de tacones altos adornadas con deslumbrantes cuentas de vidrio, como gemas. Eran la jeunesse dorée, la juventud dorada que tantas veces le señalara Germaine de Staël en la ópera. Mireille los oyó quejarse en voz alta al grupo heterogéneo de nobles y campesinos que llenaba la plaza.

—¡Esta Revolución se ha vuelto imposible! —exclamó uno—. Realmente, no hay razón para retener a los ciudadanos franceses como rehenes, ahora que hemos rechazado a los sucios prusianos.

—¡Eh, soldado! —gritó otro agitando un pañuelo de encaje en dirección a uno de los que estaban en lo alto de la barricada—. ¡Tenemos que ir a una fiesta en Versalles! ¿Cuánto tiempo piensan tenernos esperando aquí?

El soldado volvió su bayoneta en dirección al pañuelo, que desapareció al instante de la vista.

La multitud se preguntaba quién podía aproximarse por el otro lado de la barricada. Se sabía que ahora todos los caminos que atravesaban zonas boscosas estaban llenos de salteadores. Los orinales, grupos de inquisidores autonombrados, cruzaban los caminos en unos vehículos de extraño diseño que les habían dado su apodo. Aunque no actuaban por orden oficial, estaban animados por el celo de nuevos ciudadanos de Francia: detenían a los viajeros arrojándose sobre sus coches como langostas, exigiendo ver sus papeles y haciendo un arresto ciudadano si el interrogatorio no les satisfacía. Y para ahorrarse problemas, en ocasiones el arresto incluía el ahorcamiento en el árbol más cercano, como ejemplo para otros.

Se abrieron las barreras y pasó un grupo de fiacrés y cabriolés llenos de polvo. La muchedumbre de la plaza los rodeó para enterarse de lo que pudieran por boca de los agotados pasajeros que acababan de llegar. Asiendo a su caballo por las riendas, Mireille avanzó hacia el primer coche de postas, cuya puerta se abría para dejar salir a los pasajeros.

Un soldado joven, que llevaba el uniforme rojo y azul del ejército, bajó de un salto en medio de la muchedumbre para ayudar al cochero a bajar cajas y baúles del techo del carruaje.

Mireille estaba lo bastante cerca como para ver que era un joven de extraordinaria belleza. Llevaba suelto el largo cabello castaño, que caía hasta los hombros. Los grandes ojos gris azulados, sombreados por espesas pestañas, acentuaban la palidez traslúcida de su piel. La estrecha nariz romana era un tanto aguileña. Los labios, bien formados, tenían una expresión de desdén cuando echó una ojeada a la ruidosa multitud y le dio la espalda.

Después lo vio ayudando a alguien a bajar del carruaje, una criatura hermosa de no más de quince años, tan pálida y frágil que a Mireille le inspiró serios temores. La niña se parecía tanto al soldado que Mireille tuvo la seguridad de que eran hermanos, y la ternura con la que él ayudaba a su joven compañera a bajar del coche abonó esta suposición. Ambos eran menudos pero bien formados. Constituían una pareja de aspecto romántico, pensó Mireille, como el héroe y la heroína de un cuento de hadas.

Los pasajeros que bajaban del carruaje parecían sacudidos y asustados mientras procuraban quitarse el polvo de los trajes, pero la más conmovida era la jovencita que estaba cerca de Mireille, blanca como una sábana y temblando como si estuviera a punto de desmayarse. El soldado trataba de ayudarla a atravesar la muchedumbre cuando un viejo que estaba cerca de Mireille lo cogió por el brazo.

—¿Cómo está el camino de Versalles, amigo? —preguntó.

—Yo que usted, no intentaría ir allí esta noche —replicó cortésmente el soldado, en voz lo bastante alta como para que lo escucharan todos—. Los orinales no trabajan y mi hermana está indispuesta. El viaje nos ha llevado cerca de ocho horas porque desde que salimos de St. Cyr nos han detenido una docena de veces…

—¡St. Cyr! —exclamó Mireille—. ¿Venís de St. Cyr? ¡Es allí adonde voy!

Ante esto, el soldado y su joven hermana se volvieron hacia Mireille y los ojos de la chica se dilataron.

—¡Pero… pero, si es una dama! —exclamó la joven, mirando el traje y el cabello empolvado de Mireille—. ¡Una dama vestida de hombre!

El soldado le lanzó una mirada elogiosa.

—¿De modo que vais a St. Cyr? —preguntó—. ¡Esperemos que no tuvierais intención de incorporaros al convento!

—¿Venís del convento? —dijo ella—. Tengo que llegar allí esta noche. Es un asunto de gran importancia. Debéis decirme cómo están las cosas.

—No podemos quedarnos aquí —dijo el soldado—. Mi hermana no se encuentra bien.

Y echándose al hombro su única maleta, se abrió paso a través de la multitud.

Mireille los siguió de cerca, tirando de las riendas de su caballo. Cuando los tres salieron por fin de entre la gente, la joven posó sus ojos oscuros en Mireille.

—Debéis tener una razón muy poderosa para iros a St. Cyr esta noche —dijo—. Los caminos son inseguros. Tenéis mucho coraje al viajar en tiempos como éste, una mujer sola.

—Incluso con un corcel tan magnífico —intervino el soldado, dando una palmada en el flanco del caballo de Mireille—, y aunque sea disfrazada. Si no hubiera pedido licencia en el ejército cuando cerraron el convento, para escoltar a Maria-Anna a casa…

—¿Es que han cerrado St. Cyr? —exclamó Mireille cogiendo su brazo—. ¡Entonces me ha abandonado mi última esperanza!

La pequeña Maria-Anna intentó consolarla posando una mano en su brazo.

—¿Teníais amigos en St. Cyr? —preguntó, preocupada—. ¿O familia? Tal vez fuera alguien a quien conozco…

—Buscaba refugio —empezó Mireille, sin saber cuánto debía revelar a esos extraños. Pero tenía poca elección. Si el convento estaba cerrado, su único plan se derrumbaba Y debía concebir otro. ¿Qué importancia tenía en quién confiara si su situación era desesperada?

—Aunque no conocía a la directora —les dijo—, esperaba que pudiera ayudarme a ponerme en contacto con la abadesa de mi antiguo convento. Su nombre era madame de Roque…

—¡Madame de Roque! —exclamó la jovencita, que aunque era pequeña y frágil, había cogido con gran fuerza el brazo de Mireille—. ¡La abadesa de Montglane! —Y lanzó una rápida mirada a su hermano, que dejó su maleta en el suelo y posó sus ojos en Mireille mientras hablaba.

—¿Entonces venís de la abadía de Montglane?

Al asentir Mireille con cautela, el joven agregó al instante:

—Nuestra madre conoció a la abadesa de Montglane… han sido amigas íntimas. En realidad, fue por consejo de madame de Roque que enviamos a mi hermana a St. Cyr hace años.

—Sí —susurró la niña—. Y yo misma he conocido bien a la abadesa. Durante su visita a St. Cyr, hace dos años, habló conmigo en varias ocasiones. Pero antes de seguir… ¿fuisteis una de las últimas… en quedaros en la abadía de Montglane, mademoiselle? Si es así, comprenderéis por qué os hago esta pregunta. —Y volvió a mirar a su hermano.

Mireille sentía la sangre latiendo en sus oídos. ¿Era simple coincidencia este encuentro con personas que conocían a la abadesa? ¿Podía atreverse a esperar que hubieran sido depositarios de su confianza? No, llegar a esa conclusión era demasiado peligroso. Pero la niña parecía percibir su preocupación.

—Por vuestro rostro veo que preferís no hablar de esto aquí, al aire libre —dijo—. Y tenéis razón, por supuesto. Pero hablar de ello podría beneficiamos a ambas. Veréis, antes de salir de St. Cyr vuestra abadesa me confió una misión especial. Tal vez sepáis de qué hablo. Os propongo que nos acompañéis hasta la posada más cercana, donde mi hermano ha reservado alojamiento para esta noche. Allí podremos hablar con mayor tranquilidad…

La sangre seguía latiendo en las sienes de Mireille y mil pensamientos se confundían en su cabeza. Aun cuando confiara lo bastante en estos extraños como para ir con ellos, quedaría atrapada en París en un momento en que Marat podía estar registrando la ciudad en su busca. Por otro lado, no estaba segura de poder salir sin ayuda de la ciudad. Y si el convento estaba cerrado ¿adónde podía acudir en busca de refugio?

—Mi hermana tiene razón —dijo el soldado sin dejar de mirarla—. No podemos quedarnos aquí. Mademoiselle, os ofrezco nuestra protección.

Mireille volvió a pensar en lo guapo que era, con su abundante cabello castaño suelto y los grandes ojos tristes. Aunque era esbelto y casi de su misma altura, daba una impresión de gran fortaleza y seguridad. Por último, decidió que confiaba en él.

—Muy bien —dijo con una sonrisa—. Iré a la posada y allí hablaremos.

Ante estas palabras, la niña sonrió y oprimió el brazo de su hermano. Se miraron amorosamente a los ojos. Después, el soldado volvió a coger la maleta y tomó las riendas del caballo mientras su hermana daba el brazo a Mireille.

—No lo lamentaréis, mademoiselle —dijo la niña—. Permitidme presentarme. Mi nombre es Maria-Anna, pero mi familia me llama Elisa. Y éste es mi hermano Napoleone… de la familia Buonaparte.

Ya en la posada, los jóvenes se sentaron en rígidas sillas de madera en torno a una mesa gastada, también de madera. Sobre la mesa ardía una sola vela y, junto a ésta, había una barra de duro pan negro Y una jarra de cerveza clara que constituían su austera comida.

—Somos de Córcega —decía Napoleone a Mireille—, una isla que no se adapta con facilidad al yugo de la tiranía. Como dijo Livio hace casi dos mil años, los corsos somos tan rudos como nuestra tierra y tan ingobernables como bestias salvajes. No hace aún cuarenta años, nuestro líder Pasquale Paoli expulsó a los genoveses de nuestras playas, liberó Córcega y contrató al famoso filósofo Jean-Jacques Rousseau para que redactara una Constitución. Sin embargo, la libertad duró poco, porque en 1768 Francia compró a Génova la isla de Córcega. En la primavera siguiente desembarcó en el peñón treinta mil hombres y ahogó nuestro trono de libertad en un mar de sangre. Os digo estas cosas porque fue esta historia, y el papel desempeñado en ella por nuestra familia, las que nos pusieron en contacto con la abadesa de Montglane.

Mireille, que había estado a punto de preguntar por qué le relataba esa saga histórica, permaneció en un silencio atento. Cogió un trozo de pan negro para comer mientras escuchaba.

—Nuestros padres lucharon con valentía junto a Paoli para rechazar a los franceses —siguió Napoleone—. Mi madre fue una gran heroína de la Revolución. Cabalgó a pelo de noche por las salvajes colinas corsas, con las balas de los franceses zumbando en sus oídos, para llevar municiones y víveres a mi padre y los soldados que luchaban en la Corte… el Nido del Águila. ¡Por entonces estaba en el séptimo mes de embarazo y me llevaba a mí en su vientre! Como ha dicho siempre, nací para ser soldado. Pero cuando yo nací, mi país moría.

—Vuestra madre era una mujer valerosa, sin duda —dijo Mireille, tratando de imaginar a la revolucionaria a caballo como amiga íntima de la abadesa.

—Vos me recordáis a ella —dijo Napoleone sonriendo—. Pero me desvío. Cuando la Revolución fracasó y Paoli fue exiliado a Inglaterra, la vieja nobleza corsa eligió a mi padre para representar a nuestra isla ante los Estados Generales, en Versalles. Esto fue en 1782… el año y el lugar donde Letizia, nuestra madre, conoció a la abadesa de Montglane. Nunca olvidaré lo elegante que se veía nuestra madre, cómo hablaban los chicos de su belleza cuando, al regresar de Versalles, nos visitó en Autun…

—¡Autun! —exclamó Mireille, que estuvo a punto de tirar su vaso de cerveza—. ¿Estabais en Autun al mismo tiempo que el señor Talleyrand? ¿Cuando era obispo?

—No, eso fue después de mi estancia, porque me fui pronto a la escuela militar de Brienne —contestó él—. Pero es un gran estadista a quien me gustaría conocer algún día. He leído muchas veces la obra que escribió con Thomas Paine: la Declaración de los Derechos del Hombre… uno de los documentos más bellos de la Revolución Francesa…

—Continúa con tu historia —susurró Elisa, dándole un codazo en las costillas—, porque mademoiselle y yo no queremos pasar la noche hablando de política.

—Lo intento —dijo Napoleone mirando a su hermana—. No conocemos las circunstancias exactas del encuentro de Letizia con la abadesa, pero sabemos que fue en St. Cyr. Debió de impresionar a la abadesa… porque desde entonces siempre ha ayudado a nuestra familia.

—Nuestra familia es pobre, mademoiselle —explicó Elisa—. Aun en vida de mi padre, el dinero se escapaba de entre sus dedos como agua. La abadesa de Montglane ha pagado mi educación desde el día que entré a St. Cyr, hace ocho años.

—Debe haber tenido un vínculo poderoso con vuestra madre —dijo Mireille.

—Más que un vínculo —aceptó Elisa—, porque hasta que abandonó Francia, no ha pasado una semana en la cual no se comunicaran. Lo comprenderéis cuando os hable de la misión que me confió.

Habían pasado diez años, pensó Mireille. Diez años desde que ambas mujeres se conocieran, mujeres con antecedentes y perspectivas tan distintas. Una, criada en una isla salvaje y primitiva, luchando junto a su esposo en las montañas, dándole ocho hijos; la otra, una enclaustrada mujer de Dios, de noble nacimiento y bien educada. ¿Cuál podía ser la naturaleza de su relación, cuando había impulsado a la abadesa a confiar un secreto a la niña que ahora tenía delante… quien no podía tener más de doce o trece años cuando la abadesa la vio por última vez?

Pero Elisa estaba explicándolo…

—El mensaje de la abadesa para mi madre era tan secreto que no deseaba ponerlo por escrito. Tenía que repetírselo personalmente cuando la viera. En ese momento, ni la abadesa ni yo sospechábamos que pasarían dos largos años, que la Revolución cambiaría nuestras vidas y nos impediría viajar. Me da miedo no haber transmitido antes este mensaje… tal vez fuera crucial, porque la abadesa me dijo que había personas que conspiraban para quitarle un tesoro secreto, un secreto cuya existencia conocían pocos… y que estaba oculto en Montglane.

La voz de Elisa había bajado hasta ser apenas un susurro, pese a que estaban completamente solos en la habitación. Mireille trató de no dejar traslucir nada, pero el corazón le latía con tal fuerza que tuvo la convicción de que los otros podían oírlo.

—Había venido a St. Cyr, tan cerca de París —continuó Elisa—, para enterarse de la identidad de aquellos que trataban de robarlo. Me dijo que para proteger ese tesoro, había hecho que las monjas lo sacaran de la abadía.

—¿Y cuál era la naturaleza de ese secreto? —preguntó Mireille con voz débil—. ¿Os lo dijo la abadesa?

—No —dijo Napoleone, contestando por su hermana y mirando con atención a Mireille. Su largo rostro oval estaba pálido en la luz mortecina, que sacaba destellos de su cabello castaño—. Pero ya conocéis las leyendas que rodean esos monasterios de las montañas vascas. Siempre se supone que allí hay reliquias escondidas. Según Chrêtien de Troyes, el Santo Grial está escondido en Monsalvat, también en los Pirineos…

—Por eso, precisamente, quería hablar con vos, mademoiselle —lo interrumpió Elisa—. Cuando nos dijisteis que veníais de Montglane, pensé que tal vez vos podríais echar luz sobre el misterio.

—¿Cuál es el mensaje que os dio la abadesa?

—El último día de su estada en St. Cyr —contestó Elisa reclinándose en la mesa de modo que la luz dorada captó el contorno de su cara—, la abadesa me hizo llamar a una cámara privada. Dijo: «Elisa, te confío una misión secreta porque sé que eres la octava hija de Carla Buonaparte y Letizia Ramolino. Cuatro de tus hermanos murieron en la infancia; eres la primera mujer que sobrevive. Esto te hace especial a mis ojos. Recibiste el nombre de una gran gobernante, Elissa, a quien algunos llamaban la Roja. Ella fundó una gran ciudad, Q’ar, que después tuvo fama en todo el mundo. Debes ir a tu madre y decirle que la abadesa de Montglane dice lo siguiente: Elissa la Roja se ha levantado… el ocho regresa. Ése es el único mensaje, pero Letizia sabrá de qué se trata… y lo que debe hacer».

Elisa hizo una pausa y miró a Mireille. También Napoleone trató de captar su reacción… pero el mensaje carecía de sentido para ésta. ¿Qué secreto podía estar comunicando la abadesa, relacionado con las fabulosas piezas de ajedrez? Algo se agitaba en su cerebro, pero no conseguía darle forma. Napoleone se estiró para volver a llenar su vaso, aunque Mireille no era consciente de haber bebido nada.

—¿Quién era esa Elissa de Q’ar? —preguntó, confundida—. No conozco su nombre ni la ciudad que fundó.

—Pero yo, sí —dijo Napoleone. Echándose hacia atrás de modo que su rostro quedaba en sombras, sacó de su bolsillo un libro muy leído—. La admonición favorita de nuestra madre siempre ha sido: «Hojead vuestro Plutarco, releed vuestro Livio» —dijo sonriendo—.

Y yo lo he hecho aún mejor, porque aquí, en La Eneida de Virgilio, he encontrado a nuestra Elissa… aunque los romanos y los griegos preferían llamada Dido. Venía de la ciudad de Tiro, en la antigua Fenicia. Pero huyó de aquella ciudad cuando su hermano, el rey de Tiro, asesinó a su esposo. Desembarcó en las costas del norte de África y fundó la ciudad de Q’ar, a la que dio ese nombre en homenaje a la gran diosa Car, que era su protectora. Es la ciudad que ahora conocemos por Cartago.

—¡Cartago! —exclamó Mireille. Excitada, empezó a reunir la información. ¡La ciudad de Cartago, llamada ahora Túnez, estaba a menos de ochocientos kilómetros de Argel! Todas las tierras conocidas como estados Bereberes (Trípoli, Túnez, Argelia y Marruecos) tenían una cosa en común: durante quinientos años, habían sido gobernadas por los bereberes, ancestros de los moros. No podía ser casual que el mensaje de la abadesa señalara precisamente la tierra hacia la que ella iba.

—Veo que esto significa algo para vos —dijo Napoleone interrumpiendo sus pensamientos—. Tal vez podríais decírnoslo.

Mireille se mordió el labio y contempló la llama de la bujía. Ellos habían confiado en ella, que hasta ese momento no había revelado nada. Y sin embargo, sabía que para ganar un juego como el que estaba jugando, necesitaría aliados. ¿Qué daño podía hacer revelar una parte de lo que sabía para acercarse más a la verdad?

—Había un tesoro en Montglane —dijo por fin—. Lo sé porque ayudé a sacarlo con mis propias manos.

Los dos Buonaparte intercambiaron miradas y luego volvieron a contemplar a Mireille.

—Este tesoro era algo de gran valor pero también de gran riesgo —continuó ella—. Lo llevaron a Montglane hace casi mil años… ocho moros cuyos ancestros salieron de aquellas mismas playas del norte de África que vos describís. Yo misma voy allí para descubrir el secreto que hay detrás de este tesoro…

—¡Entonces debéis acompañamos a Córcega! —exclamó Elisa, excitada—. ¡Nuestra isla está a mitad de camino de vuestro punto de destino! Os ofrecemos la protección de mi hermano durante el viaje y el refugio de nuestra familia cuando lleguemos…

Lo que había dicho era verdad, pensó Mireille… y además, debía tener en cuenta otra cosa. En Córcega, aunque técnicamente estuviera todavía en suelo francés, se hallaría lejos de las garras de Marat, que en ese mismo momento podía estar buscándola por las calles de París.

Pero había aún algo más. Mientras miraba vacilar la vela en un charco de cera caliente, sintió que volvía a encenderse en su cabeza la llama oscura. Y escuchó las palabras susurradas por Talleyrand mientras descansaban entre las sábanas desordenadas… y él tenía en la mano el vigoroso semental del juego de Montglane… «Y salió otro caballo que era rojo… y se le dio poder para que a partir de entonces eliminara la paz de la tierra y se mataran los unos a los otros… y se le dio una gran espada…».

—«… y el nombre de la espada es Venganza» —dijo Mireille en voz alta.

—¿La espada? —preguntó Napoleone—. ¿Qué espada es ésa?

—La espada roja de la retribución —contestó ella.

Mientras la luz desaparecía poco a poco de la habitación, Mireille volvió a ver las letras que había visto, día tras día, durante los años de su infancia, grabadas sobre el portal de la abadía de Montglane:

«Maldito sea quien derribe estos muros,

al rey sólo lo detiene la mano de Dios».

—Tal vez hayamos hecho algo más que sacar un antiguo tesoro de los muros de la abadía de Montglane… —dijo con suavidad. A pesar del calor de la noche, sintió el frío en su corazón como si la hubieran tocado con dedos helados—. Tal vez —dijo—, hayamos despertado también una vieja maldición.

Córcega, octubre de 1792

La isla de Córcega, como la de Creta, está puesta como una joya, como cantó el poeta, «en medio del mar oscuro como el vino». Aunque estaban casi en invierno, a treinta kilómetros de la costa Mireille podía oler el fuerte aroma del macchia, aquel sotobosque de salvia, retama, romero, hinojo, lavanda y espinos, que cubría la isla con enmarañada abundancia.

De pie en la cubierta del pequeño barco que se abría camino por el mar picado, veía las espesas brumas que velaban las montañas altas y ásperas y oscurecían en parte los traicioneros y sinuosos caminos, las cascadas en forma de abanico que caían como encaje sobre la superficie de la roca. El velo de niebla era tan intenso que apenas podía ver dónde terminaba el agua y dónde empezaba la isla.

Iba envuelta en gruesas ropas de lana y aspiraba el aire tonificante mientras miraba la isla suspendida ante sus ojos. Estaba enferma, seriamente enferma, y la causa no eran las sacudidas del mar. Desde que abandonaron Lyon, había padecido unas violentas náuseas.

Junto a ella, en cubierta, estaba Elisa, que le sostenía la mano mientras los marineros corrían a su alrededor recogiendo las velas. Napoleone había bajado para reunir sus escasas pertenencias antes de llegar al puerto.

Tal vez había sido el agua de Lyon, se dijo Mireille. O quizá la dureza de su viaje por el valle del Ródano, donde los ejércitos hostiles peleaban a su alrededor, tratando de obtener Saboya… parte del reino de Cerdeña. Cerca de Givors, Napoleone había vendido su caballo —que hasta ese momento habían llevado uncido al coche de postas— al quinto regimiento del ejército. En el calor de la batalla, los soldados habían perdido más caballos que hombres, y el de Mireille les había proporcionado una bonita suma… lo bastante para pagar los gastos de su viaje… y más.

Durante todo ese tiempo, la enfermedad de Mireille se había agravado. Con cada día transcurrido, el rostro de Elisa reflejaba más preocupación cuando alimentaba a mademoiselle y aplicaba compresas frías en su cabeza en cada descanso. Pero la sopa nunca permanecía demasiado tiempo en el estómago y mademoiselle había empezado a sentirse seriamente preocupada mucho antes de que el barco saliera del puerto de Toulon y se encaminara hacia Córcega atravesando el mar embravecido. Al mirarse en el espejo convexo del barco, se había visto pálida, desmayada y enflaquecida, en lugar de gorda y expandida, como debió verse en la forma redonda del espejo. Había permanecido lo más posible en cubierta, pero ni siquiera el fresco aire salino le había devuelto aquel sentimiento de saludable vigor que siempre había dado por sentado. Ahora, mientras Elisa oprimía su mano, abrazadas ambas en la cubierta del pequeño barco, Mireille sacudió la cabeza para aclarada y tragó saliva para controlar las náuseas. No podía permitirse la debilidad.

Y como si el propio cielo la hubiera escuchado, la bruma oscura se levantó ligeramente y apareció el sol, formando charcos de luz que lamían la superficie aserrada del agua como piedras de oro, precediéndola en cien años al interior del puerto de Ajaccio.

Napoleone estaba en cubierta, y en cuanto llegaron, saltó a la orilla y ayudó a sujetar la nave al embarcadero de piedra. El puerto de Ajaccio bullía de actividad. En la entrada había muchos buques de guerra. Mientras Mireille y Elisa miraban deslumbradas a su alrededor, los soldados franceses trepaban por las guindalesas y corrían por las cubiertas.

El gobierno francés había ordenado a Córcega que atacara Cerdeña, su vecina. Mientras sacaban suministros del barco, Mireille escuchaba a los soldados franceses y la Guardia Nacional corsa hablando entre ellos de la conveniencia de ese ataque, que parecía inminente.

Mireille escuchó un grito proveniente del embarcadero. Mirando hacia abajo, vio a Napoleone precipitándose por entre la muchedumbre en dirección a una mujer pequeña y esbelta que llevaba de la mano a dos criaturas diminutas. Mientras Napoleone la estrechaba en sus brazos, Mireille vio el relámpago de un cabello castaño rojizo y unas manos blancas que revoloteaban como palomas en torno a su cuello. Los niños, sueltos, saltaban libremente en torno a la forma doble de su madre y su hermano.

—Es Letizia, nuestra madre —susurró Elisa, mirando sonriente a Mireille— y mi hermana Maria-Carolina, de diez años, y el pequeño Girolamo, que era un bebé cuando me fui a St. Cyr. Pero Napoleone siempre ha sido el favorito de mi madre. Venid, os presentaré.

Y bajaron juntas al atestado puerto.

Mireille pensó que Letizia Ramolino Buonaparte era una mujer diminuta. Aunque esbelta como un junco, daba impresión de solidez. Contempló desde lejos a Mireille y Elisa, con los ojos pálidos y translúcidos como hielo azul y el rostro sereno como una flor flotando en un estanque quieto. Aunque a su alrededor todo era plácido, su presencia resultaba tan autoritaria que a Mireille le pareció que dominaba incluso la confusión del puerto atestado. Y tuvo la sensación de haberla conocido antes.

—Señora madre —dijo Elisa, abrazando a su madre—, os presento a nuestra nueva amiga. Viene de parte de madame de Roque, la abadesa de Montglane.

Letizia miró largo rato a Mireille sin decir nada. Después le tendió la mano.

—Sí —dijo en voz baja—, os estaba esperando…

—¿A mí? —preguntó Mireille, sorprendida.

—Tenéis un mensaje para mí, ¿no es cierto? Un mensaje de cierta importancia…

—¡Señora madre, tenemos un mensaje! —intervino Elisa, tirándole de la manga. Letizia lanzó una mirada a su hija que, a los quince años, ya era más alta que ella—. Yo misma he estado con la abadesa en St. Cyr y ella me dio este mensaje para vos… —y Elisa se inclinó hacia el oído de su madre.

Nada podía haber transformado a esta mujer impasible de manera más absoluta que esas pocas palabras susurradas. Ahora, al escuchar, su rostro se oscureció. Sus labios temblaron de emoción mientras retrocedía apoyándose en el hombro de Napoleone.

—¿Qué pasa, madre? —exclamó éste, cogiendo su mano y mirando alarmado sus ojos.

Madame —urgió Mireille—, debéis decirnos qué sentido tiene este mensaje para vos. Mis actos futuros, mi propia vida, pueden depender de ello. Iba de camino a Argel y me he detenido aquí sólo a causa de mi encuentro fortuito con vuestros hijos. Este mensaje puede ser…

Pero en ese momento una oleada de náusea le impidió seguir hablando. Letizia se abalanzó hacia ella en el momento en que Napoleone la cogía por debajo del brazo para impedirle caer.

—Perdonadme —dijo débilmente Mireille, con la frente fría empapada en sudor—. Me temo que tengo que echarme… no estoy bien.

Letizia parecía casi aliviada por la interrupción. Con cuidado, tocó la frente afiebrada y el corazón palpitante. Después, adoptando una actitud casi militar, dio órdenes y puso en movimiento a los niños mientras Napoleone llevaba a Mireille colina arriba, hasta la carreta. Pero cuando Mireille estuvo acomodada en la parte de atrás, Letizia pareció lo bastante recuperada como para volver a mencionar el tema.

Mademoiselle —dijo con cautela, echando una ojeada a su alrededor para asegurarse de que no la oían—, aunque hace treinta años que me preparo para esta noticia, el mensaje me ha cogido por sorpresa. Pese a lo que he dicho a mis hijos para protegerlos, conozco a la abadesa desde que tenía la edad de Elisa… mi madre ha sido su confidente. Contestaré a todas vuestras preguntas. Pero primero debemos ponernos en contacto con madame de Roque y descubrir cómo entráis vos en sus planes…

—¡No puedo esperar tanto tiempo! —exclamó Mireille—. Tengo que ir a Argel.

—Pese a ello, voy a contrariar vuestra decisión —dijo Letizia trepando al carro y cogiendo el látigo mientras indicaba a los niños que subieran—. No estáis en condiciones de viajar, e intentándolo podéis poner en peligro la vida de otros, aparte de la vuestra. Porque no comprendéis la naturaleza de este juego que estáis jugando y tampoco sus apuestas…

—Vengo de Montglane —replicó Mireille—. He tocado las piezas con mis propias manos.

Letizia se había vuelto para mirarla y Napoleone y Elisa escuchaban con atención mientras subían a Girolamo a la carreta, porque ellos nunca habían sabido con exactitud en qué consistía el tesoro.

—¡No sabéis nada! —dijo Letizia con fiereza—. Tampoco Elissa de Cartago quiso escuchar las advertencias. Murió por el fuego… inmolada en una pira funeraria como aquel pájaro fabuloso que ha dado su identidad a los fenicios…

—Pero, madre —dijo Letizia mientras ayudaba a Maria-Carolina a subir—, según la historia, ella se arrojó a la pira cuando fue abandonada por Eneas.

—Tal vez —dijo crípticamente Letizia—, y tal vez la razón fuera otra.

—¡El ave Fénix! —murmuró Mireille, sin notar apenas que Elisa y Carolina se acomodaban a duras penas a su lado—. ¿Y acaso la reina Elissa se levantó después de entre sus cenizas… como aquel mítico pájaro del desierto?

—No —canturreó Elisa—, porque más tarde el propio Eneas la vio en el Hades.

Los ojos azules de Letizia seguían posadas en Mireille, como perdida en sus pensamientos. Por último habló… y al escuchar sus palabras, Mireille sintió que le recorría un escalofrío.

—Pero se ha levantado ahora… como las piezas del juego de ajedrez de Montglane. Y haremos bien en temblar, todos nosotros. Porque éste es el final de lo que fue profetizado.

Y dándoles la espalda, tocó ligeramente al caballo con el látigo y partieron en silencio.

La casa de Letizia Buonaparte era un pequeño edificio encalado de dos plantas, que se alzaba en una calle estrecha en las colinas que dominaban Ajaccio. En la pared de la entrada había dos olivos y, a pesar de la espesa bruma, algunas abejas ambiciosas seguían trabajando en el resto florecido de romero que cubría a medias la puerta.

Durante el viaje de regreso nadie habló. Pero al bajar de la carreta se asignó a Maria-Carolina la tarea de acomodar a Mireille mientras los otros se dedicaban a la preparación de la cena. Mireille llevaba todavía la vieja camisa de Courtiade, que era demasiado grande, y una falda de Elisa, que le iba pequeña, además de los cabellos cubiertos de polvo a causa del viaje y la piel pegajosa por su enfermedad, por lo que se sintió muy aliviada cuando la pequeña Carolina apareció con dos jarras de cobre con agua caliente para prepararle un baño.

Después de bañarse y ponerse las pesadas ropas de lana que le habían conseguido, se sintió algo mejor. Durante la cena, la mesa rebosaba de especialidades locales: bruccto, un queso cremoso de oveja; tortitas de trigo; panes hechos con castañas; mermelada de cerezas silvestres de la isla; miel de salvia; pequeños calamares y pulpitos del Mediterráneo que pescaban ellos mismos; conejo de bosque preparado con la salsa especial de Letizia; y aquella novedad que ahora se cultivaba en Córcega, las patatas.

Después de cenar, cuando los pequeños se acostaron, Letizia sirvió unas tacitas de aguardiente de manzana y los cuatro «adultos» se acomodaron en el comedor junto a las cálidas ascuas del brasero.

—Antes que nada —empezó Letizia—, deseo excusarme por mi mal carácter, mademoiselle. Mis hijos me han hablado de vuestro coraje al salir de París durante el Terror, sola y por la noche. He pedido a Napoleone y a Elisa que escuchen lo que vaya decir. Quiero que sepan qué espero de ellos… que os consideren un miembro de nuestra familia, como lo hago yo. Suceda lo que suceda en el futuro, espero que os ayuden como a uno de los nuestros.

Madame —dijo Mireille calentando su aguardiente de manzana junto al brasero—, he venido a Córcega por una razón… escuchar de vuestros propios labios el significado del mensaje de la abadesa. Esta misión en la que estoy comprometida me fue impuesta por los acontecimientos. El último miembro de mi familia fue destruido a causa del juego de Montglane… y yo dedico toda mi sangre, todo mi aliento, todas las horas que pase sobre la tierra, a descubrir el oscuro secreto que guardan estas piezas.

Letizia miró a Mireille, con su cabello rojo y oro resplandeciente a la luz del brasero y la juventud de su rostro en contraste tan amargo con la fatiga de sus palabras… y su corazón dio un vuelco al pensar en lo que había decidido hacer. Esperaba que la abadesa de Montglane estuviera de acuerdo con su decisión.

—Os diré lo que deseáis saber —dijo por fin—. En mis cuarenta y dos años, jamás he hablado de esto. Tened paciencia porque no es una historia sencilla. Cuando haya terminado, comprenderéis la terrible carga que he llevado todos estos años… Ahora os la paso a vos.

EL CUENTO DE LA SEÑORA MADRE

Cuando era una niña de ocho años, Pasquale Paoli liberó a la isla de Córcega de los genoveses. Como mi padre había muerto, mi madre casó en segundas nupcias con un suizo llamado Franz Fesch. Para casarse con ella él tuvo que renunciar a su fe calvinista y abrazar el catolicismo. Su familia lo desheredó. Ésta fue la circunstancia que provocó la entrada de la abadesa de Montglane en nuestras vidas.

Pocas personas saben que Helene de Roque desciende de una antigua y noble familia de Saboya, pero su familia tenía propiedades en muchos países y ella misma había viajado mucho. En 1764, año en que la conocí, ya era abadesa de Montglane, pese a que aún no tenía cuarenta años. Conocía a la familia de Fesch y, como noble cuyo origen era en parte suizo, aunque católica, era muy estimada por estos burgueses. Al conocer la situación decidió erigirse en árbitro entre mi padrastro y su familia y restablecer las relaciones familiares… acto que en ese momento pareció puramente desinteresado.

Franz Fesch, mi padrastro, era un hombre alto y delgado con un rostro expresivo, encantador. Como buen suizo, hablaba con suavidad, daba su opinión en contadas ocasiones y no confiaba prácticamente en nadie. Como es natural, se sentía agradecido a madame de Roque por haber arreglado una reconciliación con su familia, y la invitó a visitamos a Córcega. En ese momento no podíamos imaginar que ésa había sido precisamente su intención.

Jamás olvidaré el día que llegó a nuestra vieja casa de piedra, suspendida en lo alto de las montañas corsas, a casi dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Para llegar a ella era preciso atravesar un terreno dificultoso de traicioneros acantilados, barrancos empinados y macchia impenetrable que, en algunos sectores, formaba muros de arbusto de dos metros de altura. Pero la abadesa no se había dejado acobardar por el viaje. En cuanto se cumplieron las primeras formalidades, sacó el tema que deseaba considerar.

—Franz Fesch, he venido hasta aquí no sólo en respuesta a vuestra amable invitación —empezó—, sino a causa de un asunto muy urgente. Hay un hombre, un suizo, como vos… converso también a la fe católica. Le temo, porque vigila mis movimientos. Creo que intenta apoderarse de un secreto que guardo… un secreto que tiene quizá mil años. Todas sus actividades lo sugieren, porque ha estudiado música. Ha llegado incluso a escribir un diccionario de música y ha compuesto una ópera con el famoso André Philidor. Se ha hecho amigo de los filósofos Grimm y Diderot, protegidos ambos por la corte de Catalina la Grande, en Rusia. ¡Ha llegado incluso a mantener correspondencia con Voltaire… un hombre al que desprecia! Y ahora, aunque está demasiado enfermo como para viajar, ha contratado los servicios de un espía que viene aquí, Córcega. Os pido ayuda; que actuéis en mi nombre, como lo he hecho yo por vos.

—¿Y quién es? —preguntó Fesch, interesado—. Tal vez lo conozca.

—Lo conozcáis o no, habréis oído su nombre —contestó la abadesa—. Es Jean-Jacques Rousseau.

—¡Rousseau! ¡Imposible! —exclamó Angela-Maria, mi madre—. ¡Pero si es un gran hombre! ¡La Revolución Corsa se basó en sus teorías sobre la virtud natural! En realidad, Paoli le encargó que escribiera nuestra Constitución… fue Rousseau quien dijo: «El hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado».

—Una cosa es hablar de principios de libertad y virtud —dijo la abadesa con sequedad—, y otra muy distinta actuar en consecuencia. Éste es un hombre que dice que todos los libros son instrumentos de maldad… pero escribe seiscientas páginas de una sentada. Dice que los niños deben ser nutridos físicamente por sus madres e intelectualmente por sus padres… ¡pero abandona a los suyos en la escalera de un orfanato! Estallará más de una revolución en nombre de las virtudes que preconiza… y sin embargo va en busca de una herramienta de tal poder, que encadenará a todos los hombres… salvo a su poseedor.

Los ojos de la abadesa resplandecían como las ascuas del brasero.

—Querréis saber qué es lo que quiero —dijo sonriendo—. Yo entiendo a los suizos, monsieur. Yo misma soy casi suiza. Voy directamente al grano. Quiero información y colaboración. Comprendo que no podáis concederme ninguna de ambas cosas… hasta que os diga cuál es el secreto que guardo y que está enterrado en la abadía de Montglane.

Durante la mayor parte de ese día, la abadesa nos narró un largo y misterioso cuento sobre un legendario juego de ajedrez que, según se decía, había pertenecido a Carlomagno, y que se creía que estaba desde hacia mil años enterrado en la abadía de Montglane. Digo que se creía… porque ningún ser viviente lo había visto, aunque muchos habían procurado conocer el lugar donde estaba enterrado y el secreto de sus presuntos poderes. Como todas sus predecesoras, la abadesa temía que el tesoro tuviera que ser desenterrado durante el ejercicio de sus funciones. Ella sería responsable de la apertura de la caja de Pandora. En consecuencia, había llegado a temer a aquellos que se cruzaban en su camino, de la misma manera en que un jugador de ajedrez vigila con desconfianza las piezas que pueden ahogarlo —incluidas las propias— y planifica su contraataque de antemano. Para eso había venido a Córcega.

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