El ocho
La isla
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—Tal vez sepa qué busca aquí Rousseau —dijo la abadesa—, porque la historia de esta isla es antigua y misteriosa. Como he dicho, el juego de Montglane pasó a manos de Carlomagno por obra de los moros de Barcelona. Pero en el año del Señor 809, cinco antes de la muerte de Carlomagno, otro grupo de moros se apoderó de la isla de Córcega. En la fe islámica hay casi tantas sectas como en la cristiana —continuó con una sonrisa seca—. En cuanto Mahoma murió, su propia familia rompió las hostilidades, dividiendo la fe. La secta que se estableció en Córcega eran los Shia, místicos que predicaban el Talim, una doctrina secreta que incluía la llegada de un redentor. Fundaron un culto místico con una logia, ritos de iniciación secretos y un Gran Maestre… sobre los cuales ha basado sus ritos la actual Sociedad de los Francmasones. Sometieron Cartago y Trípoli, y establecieron en ellas dinastías poderosas. Uno de los hombres pertenecientes a su orden, un persa de Mesopotamia a quien llamaban Q’armat en homenaje a la antigua diosa Car, organizó un ejército que atacó La Meca y robó el velo de la Kaaba y la sagrada Piedra Negra que estaba dentro.
Por último, dieron origen a los Hashhashin, un grupo de homicidas políticos afectos a las drogas, del cual sale la palabra asesinos. Os digo estas cosas —prosiguió la abadesa—, porque esta secta chiíta, despiadada e involucrada en política, que desembarcó en Córcega, conocía la existencia del juego de Montglane. Habían estudiado los antiguos manuscritos de Egipto, Babilonia y Sumeria, que hablaban de los oscuros misterios cuya clave, según creían, estaba en el juego. Y querían recuperarlo. Durante los siglos de guerra que siguieron, estos místicos clandestinos vieron frustrados repetidas veces sus intentos de encontrar y recuperar el juego. Por último, los moros fueron expulsados de sus plazas fuertes de Italia y España. Divididos por peleas intestinas, dejaron de desempeñar un papel importante en la historia.
Durante el relato de la abadesa, mi madre había permanecido en un silencio extraño. Su personalidad, habitualmente directa y abierta, parecía ahora velada y cautelosa. Tanto mi padrastro como yo lo notamos, y Fesch habló… tal vez para incitarla a hacer lo mismo:
—Mi familia y yo quedamos obligados por lo que nos habéis dicho —dijo—. Pero como es natural, esperaréis que nos preguntemos cuál es el secreto que monsieur Rousseau podría buscar en nuestra isla… y por qué nos habéis elegido a nosotros como confidentes en vuestro intento de frustrado.
—Aunque, como he dicho, Rousseau puede estar demasiado enfermo como para viajar —contestó la abadesa—, es evidente que indicaría a su agente que visite a uno de sus compatriotas aquí. En cuanto al secreto que persigue… ¿tal vez Angela-Maria, vuestra esposa, pueda decirnos más…? Sus raíces familiares datan de hace mucho en la isla de Córcega… si no me equivoco, son incluso anteriores a los moros…
¡Comprendí de repente por qué la abadesa había venido aquí! El rostro frágil y dulce de mi madre se ruborizó intensamente mientras lanzaba una rápida mirada a Fesch y luego a mí. Se retorcía las manos y parecía no saber qué hacer.
—No tengo intención de desconcertaros, madame Fesch —dijo la abadesa con una voz serena que, pese a ello, transmitía un sentimiento de urgencia—, pero esperaba que el sentido del honor corso exigiría la devolución de un favor por otro.
Fesch parecía confundido, pero yo no. Había vivido siempre en Córcega Y conocía las leyendas en torno a la familia de mi madre, los Pietrasanta, cuya morada en esta isla se remontaba a la penumbra de los comienzos.
—Madre —dije—, ésos son sólo viejos mitos, o al menos es lo que me habéis dicho. ¿Qué importa compartirlos con madame de Roque, que tanto ha hecho por nosotros?
Ante esto, Fesch puso su gran mano sobre la mano pequeña de mi madre y la oprimió para manifestarle su apoyo.
—Madame de Roque —dijo mi madre con voz temblorosa—, tenéis mi gratitud, y pertenezco a una clase de gente que paga sus deudas. Pero vuestra historia me ha asustado. La superstición está profundamente enraizada en nuestra sangre. Aunque la mayoría de las familias de esta isla descienden de etruscos, lombardos o sicilianos, la mía pertenece al grupo de los primeros pobladores. Provenimos de Fenicia, un antiguo pueblo de la costa oriental del Mediterráneo. Colonizamos Córcega 1600 años antes del nacimiento de Cristo.
Mientras mi madre hablaba, la abadesa asentía en silencio. Después habló:
—Angela-Maria di Pietrasanta, durante años he buscado a alguien que pudiera hablarme de los antiguos misterios, porque aunque he estudiado a conciencia durante mucho tiempo, en realidad estas cosas sólo se transmiten oralmente y así pasan de generación en generación. Creo que comprenderéis que podéis confiar en que jamás diré una palabra de lo que suceda hoy entre nosotros… y que espero lo mismo de vos. Pero aquí, en Córcega, hay un secreto por descubrir, y otros lo saben. Debo conocerlo antes que ellos.
Mostrando tácitamente su acuerdo, mi madre continuó su relato:
—Estos fenicios eran traficantes, mercaderes, y en las antiguas historias se los conocía como el pueblo del mar. Los griegos los llamaron phoinikes, que significa rojo como la sangre, tal vez a causa de los tintes purpúreos que obtenían de las conchas o quizá por el legendario pájaro de fuego o la palmera, ambos llamados phoinix, es decir, rojo como el fuego. Los hay que piensan que provenimos del mar Rojo y por eso nos dieron ese nombre. Pero nada de esto es cierto. Nos llamaron así por el color de nuestros cabellos. Y todas las tribus que se formaron a partir de los fenicios, como los venecianos, fueron conocidas por esta señal. Me detengo en esto porque estos pueblos extraños y primitivos adoraban las cosas rojas, del color de las llamas y la sangre. Aunque los griegos los llamaban phoinikes, ellos se autodenominaban Pueblo de Khna —o Knossos— y más tarde cananitas. La Biblia nos dice que adoraban a muchos dioses, los dioses de Babilonia: al dios Bel, a quien llamaban Baal; a Isthar, que se convirtió en Astarté; y a Mel’Quarth, a quien los griegos llamaban Car, que significa «Sino» o «Destino», y mi gente llamaba el Moloch.
—El Moloch —susurró la abadesa—. Los hebreos lamentaban el culto pagano de este dios, aunque los acusaron de adorarlo. Arrojaban los niños vivos al fuego para aplacarlo.
—Sí —dijo mi madre—; y cosas peores. Aunque la mayor parte de los pueblos antiguos creía que la venganza sólo correspondía a los dioses, los fenicios creían que les competía a ellos. Los lugares que fundaron —Córcega, Cerdeña, Marsella, Venecia, Sicilia—, son lugares donde la traición es sólo un medio para llegar a un fin; donde el desquite significa justicia. Sus descendientes arrasan aún hoy el Mediterráneo. Esos piratas de Berbería no descendían de los bereberes sino de Barbarroja, y aún hoy, en Túnez y Argel, tienen esclavizados a veinte mil europeos para obtener el rescate, que es su medio de obtener fortuna. Éstos son los verdaderos descendientes de Fenicia: ¡hombres que gobiernan los mares desde fortalezas isleñas, que adoran al dios de los ladrones, viven de la traición y mueren por causa de vendetta!
—Sí —dijo excitada la abadesa—. ¡Tal como el moro dijo a Carlomagno, era el propio juego de ajedrez el que llevaba en sí el Sar, la venganza! ¿Pero qué es? ¿Cuál puede ser el oscuro secreto, buscado por los moros y conocido quizá también por los fenicios? ¿Qué poder encierran estas piezas… conocido quizás alguna vez y perdido ahora para siempre sin esa clave enterrada?
—No estoy segura —respondió mi madre—, pero por lo que me habéis dicho, puede que tenga una clave. Habéis dicho que eran ocho los moros que llevaron el juego de ajedrez a Carlomagno, y que se negaron a separarse de él… siguiéndolo incluso a Montglane, donde se creía que practicaban ritos secretos. Sé cuál puede haber sido ese rito. Los fenicios, mis ancestros, practicaban ritos de iniciación como los que habéis descrito. Adoraban una piedra sagrada, a veces una estela o monolito que, según creían, contenía la voz del dios. En todo santuario fenicio había un masseboth como la Piedra Negra de la Kaaba, en la Meca, o la Cúpula de la Roca en Jerusalén. Entre nuestras leyendas figura la de una mujer llamada Elissa, que llegó de Tiro. Su hermano era el rey, y cuando asesinó a su esposo; ella robó las piedras sagradas y huyó a Cartago, en las costas del norte de África. Su hermano la persiguió… porque ella había robado sus dioses. Según nuestra versión de la historia, ella se inmoló en la pira para aplacar a los dioses y salvar a su pueblo. Pero al hacerlo afirmó que volvería a levantarse como el Fénix de entre sus cenizas… el día que las piedras empezaran a cantar. Y dijo que ése sería un día de retribución para la Tierra.
Cuando mi madre terminó su relato, la abadesa permaneció un largo rato en silencio. Ni mi padrastro ni yo interrumpimos sus pensamientos. Por último, dijo lo que estaba pensando.
—Es el misterio de Orfeo, que con su canto daba la vida a las rocas y a las piedras. La dulzura de su canto era tal, que hasta las arenas del desierto lloraban lágrimas de sangre. Aunque tal vez sólo sean mitos, yo misma siento que se aproxima este día de retribución. Si el juego de Montglane se levanta, que el Cielo nos proteja a todos, porque creo que contiene la llave para abrir los labios mudos de la Naturaleza y liberar las voces de los dioses.

Letizia paseó la mirada por el pequeño comedor. Los carbones del brasero ya eran sólo cenizas. Sus dos hijos la miraban en silencio pero Mireille estaba más atenta.
—¿Y dijo la abadesa cómo pensaba que el juego podía provocar estas cosas? —preguntó.
Letizia meneó la cabeza.
—No, pero su otra predicción resultó cierta… la que hizo sobre Rousseau. Porque en el otoño posterior a su visita, llegó su agente, un joven escocés llamado James Boswell. Con el pretexto de escribir una historia de Córcega, se hizo amigo de Paoli y cenaban juntos todas las noches. La abadesa nos había rogado que le comunicásemos sus movimientos y que advirtiésemos a las personas de ascendencia fenicia que no debían compartir sus historias con él. Aunque esto no era necesario porque somos un pueblo clánico y reservado por naturaleza, que no habla fácilmente con extraños a menos que esté en deuda con ellos, como en el caso de la abadesa. Tal como ella predijera, Boswell se puso en contacto con Franz Fesch, pero el frío recibimientos de mi padrastro lo mantuvo alejado y solía decir, bromeando, que era un suizo típico. Cuando más tarde se publicó esta Historia de Córcega y la vida de Pasquale Paoli, resultó difícil imaginar que hubiera obtenido muchos datos para comunicar a Rousseau. Y ahora Rousseau ha muerto, claro…
—Pero el juego de Montglane se ha despertado —dijo Mireille, poniéndose de pie y mirando a Letizia a los ojos—. Aunque vuestro relato explica el mensaje de la abadesa y la naturaleza de vuestra amistad… no explica mucho más. ¿Esperáis, señora, que acepte esta historia de piedras cantantes y fenicios vengativos? ¡Tal vez mis cabellos sean rojos como los de Elissa de Q’ar… pero debajo de los míos hay un cerebro! La abadesa de Montglane no es más mística que yo, y tampoco se daría por satisfecha con este cuento. Además, en su mensaje hay más de lo que habéis explicado… ella dijo a vuestra hija que cuando vos recibierais estas noticias, sabríais qué hacer. ¿Qué quería decir con eso, madame Buonaparte…? ¿Y qué relación tenía con la fórmula?
Ante estas palabras, Letizia palideció intensamente y se llevó una mano al pecho. Elisa y Napoleone estaban como clavados a sus sillas, pero éste murmuró:
—¿Qué fórmula?
—La fórmula cuya existencia conocía Voltaire… y el cardenal Richelieu… y sin duda también Rousseau… ¡Y desde luego vuestra madre! —exclamó Mireille, elevando la voz con cada nombre. Sus ojos verdes ardían como oscuras esmeraldas mientras miraba a Letizia, que permanecía sentada y muda.
Mireille cruzó la habitación con dos ágiles zancadas y, cogiendo a Letizia por los brazos, la puso en pie. Napoleone y Elisa también se levantaron, pero Mireille hizo un gesto que los mantuvo alejados.
—Contestadme, madame… estas piezas ya han matado a dos mujeres ante mis ojos. He visto la naturaleza repulsiva y maléfica de uno de los que la buscan… que me persigue aún ahora y estaría dispuesto a matarme por lo que sé. La caja se ha abierto y la muerte anda suelta. Lo he visto con mis propios ojos, tal como he visto el juego de Montglane y los símbolos que están grabados en sus piezas. Sé que hay una fórmula. ¡Y ahora decidme qué desea la abadesa que hagáis!
Mireille zarandeaba casi a Letizia y su rostro tenía una expresión furiosa mientras volvía a ver frente a sí el rostro de Valentine… de Valentine, que había sido asesinada por las piezas.
Los labios de Letizia temblaban… esta mujer de acero, que jamás derramaba una lágrima, estaba llorando. Mientras Mireille la sujetaba con fuerza, Napoleone pasó un brazo en torno a su madre y Elisa tocó suavemente el brazo de Mireille.
—Madre —dijo Napoleone—. Debe decírselo. Dígale lo que desea saber. ¡Por Dios, habéis desafiado a cien soldados franceses armados! ¿Qué horror es éste tan terrible que ni siquiera podéis mencionado?
Letizia trataba de hablar y tenía los labios llenos de lágrimas mientras procuraba controlar los sollozos.
—Juré… todos juramos… que jamás hablaríamos de ello —dijo—. Helene… la abadesa, sabía que había una fórmula antes de haber visto el juego. Y me dijo que si se veía obligada a ser la primera en sacarlo a la luz después de estos mil años, la escribiría… escribiría los símbolos que había en las piezas y el tablero… y de alguna manera me los haría llegar.
—¿A vos? —preguntó Mireille—. ¿Por qué a vos?
Por entonces erais sólo una niña.
—Sí, una niña —dijo Letizia sonriendo entre lágrimas—. Una niña de catorce años… que estaba a punto de casarse. Una niña que tuvo trece hijos y vio morir a cinco de ellos. Sigo siendo una niña porque no comprendí el peligro que encerraba mi juramento.
—Decidme —dijo con suavidad Mireille—. Decidme qué prometisteis hacer.
—Yo había estudiado estas antiguas historias toda mi vida. Prometí a Helene que, cuando ella tuviera las piezas en la mano… iría al norte de África, a buscar al pueblo de mi madre… que iría a ver a los antiguos mufti del desierto. Y que descifraría la fórmula…
—¿Conocéis allá personas que puedan ayudaros? —preguntó excitada Mireille—. Pero, madame, allí es donde voy. Permitidme que os haga este servicio. ¡Es mi único deseo! Sé que he estado enferma… pero soy joven y me recuperaré con rapidez…
—No hasta que nos hayamos comunicado con la abadesa —dijo Letizia, recobrando parte de su aplomo. ¡Además, necesitaréis más de una velada para aprender lo que yo he aprendido en cuarenta años! Aunque pensáis que sois fuerte… no lo sois lo bastante como para viajar… creo que he visto lo suficiente de esta clase de enfermedad como para predecir que dentro de seis o siete meses curará. Es justo el tiempo suficiente para aprender…
—¡Seis o siete meses! —exclamó Mireille—. ¡Es imposible! ¡No puedo quedarme tanto tiempo en Córcega!
—Me temo que tendréis que hacerlo, querida —sonrió Letizia—. Veréis, es que no estáis enferma en absoluto. Estáis embarazada.
Londres, Noviembre de 1792
Mil kilómetros al norte de Córcega, el padre de la criatura de Mireille, Charles Maurice de Talleyrand-Périgord, estaba sentado en las riberas heladas del río Támesis… pescando.
Debajo de él, sobre los rastrojos, había varios chales de lana cubiertos con hule. Llevaba los calzones enrollados por encima de las rodillas y atados con cintas de gros, y los zapatos y las medias estaban cuidadosamente dispuestos a su lado. Llevaba un grueso jubón de piel y botas forradas también de piel, además de un sombrero de ala ancha destinado a evitar que la nieve se depositara en su cuello.
Detrás de él, bajo las ramas nevadas de un gran roble, estaba Courtiade, con una cesta de pescado colgando de un brazo y la chaqueta de terciopelo de su amo bien doblada en el otro. El fondo de la cesta estaba forrado con las hojas amarillentas de un periódico francés de dos meses de antigüedad, que hasta esa misma mañana había estado fijado a las paredes del estudio.
Courtiade sabía qué ponía el periódico y se sintió aliviado cuando Talleyrand lo arrancó bruscamente de la pared, lo metió en la cesta y anunció que ya era hora de ir a pescar. Desde que llegaran las noticias de Francia, su amo había estado insólitamente silencioso. Las habían leído juntos, en voz alta:
BUSCADO
POR TRAICIÓN
Talleyrand, antiguo obispo de Autun, ha emigrado… procurad obtener información de parientes o amigos que puedan haberlo albergado. Esta descripción… rostro largo, ojos azules, nariz normal ligeramente respingona. Talleyrand-Périgord cojea, del pie derecho o del izquierdo…
Courtiade seguía con la mirada las siluetas oscuras de las barcazas que subían y bajaban por las aguas grises y desoladas del Támesis. Fragmentos de hielo desprendidos de las riberas saltaban como peonzas, atraídos por la corriente rápida. El sedal de Talleyrand flotaba entre los juncos que sobresalían por las grietas de hielo sucio. A pesar del aire frío, Courtiade percibía el aroma intenso y salado de los peces. El invierno había llegado demasiado pronto, como muchas otras cosas.
Era el 23 de septiembre y no hacía todavía dos meses que Talleyrand llegara a Londres, a la casita de la calle Woodstock que Courtiade había preparado para él. Justo a tiempo, porque el día anterior el Comité había abierto el armario de hierro del rey, en las Tullerías, y allí habían encontrado las cartas de Mirabeau y La Porte que revelaban los muchos sobornos hechos por Rusia, España y Turquía —y hasta por Luis XVI— a miembros prominentes de la Asamblea.
Mirabeau era afortunado; estaba muerto, pensó Talleyrand mientras recogía el sedal y hacía señas a Courtiade de que le lanzara más cebo. Aquel gran estadista a cuyo funeral habían asistido trescientas mil personas. Ahora, habían cubierto con un velo su busto en la Asamblea, retirando sus cenizas del Panteón. Las cosas serían aún peores para el rey. Su vida pendía ya de un hilo, encerrado como estaba con su familia en la torre de los Caballeros Templarios, aquella poderosa orden de francmasones que exigía que se lo llevase a juicio.
También Talleyrand había sido juzgado in absentia, y lo habían declarado culpable. Aunque no habían encontrado pruebas decisivas de su puño y letra, las cartas confiscadas a La Porte sugerían que su amigo el obispo estaría dispuesto, como antiguo Presidente de la Asamblea, a servir los intereses del rey… por un precio.
Talleyrand enganchó en el anzuelo el trozo de cebo que le alcanzaba Courtiade y, suspirando, volvió a echar el sedal a las oscuras aguas del Támesis. Todas las precauciones que había tomado para abandonar Francia con un pase diplomático habían sido inútiles. Como ahora era un hombre buscado en su país, las puertas de la nobleza británica se habían cerrado ante sus narices. Hasta los emigrados que vivían en Inglaterra lo detestaban por haber traicionado a su clase apoyando la Revolución. Y lo más terrible era que estaba sin blanca. Incluso aquellas amantes en las que una vez confiara para obtener apoyo económico, eran ahora pobres y confeccionaban sombreros de paja o escribían novelas para sobrevivir.
La vida era horrenda. Veía que sus treinta y ocho años de existencia desaparecían arrasados por la corriente como el anzuelo que acababa de arrojar a las aguas negras, sin dejar huella. Pero seguía manejando la caña. Aunque no hablaba de ello con frecuencia, no podía olvidar que sus antepasados descendían de Carlos el Calvo, nieto de Carlomagno. Adalberto de Périgord había puesto a Hugo Capeto en el trono de Francia; Traillefer, el Cortafierro, era un héroe de la batalla de Hastings; Hélie de Talleyrand había puesto las Sandalias del Pescador al Papa Juan XXII. Descendía de aquella larga estirpe de hacedores de reyes cuyo lema era Reque Dieu: Sólo servimos a Dios. Cuando la vida parecía desesperada, los Talleyrand de Périgord eran más propensos a arrojar el guante que la toalla.
Recogió el sedal, cortó el cebo y lo arrojó a la cesta de Courtiade. El valet lo ayudó a poner en pie.
—Courtiade —dijo Talleyrand entregándole la caña—, ya sabes que dentro de pocos meses cumpliré treinta y nueve años.
—Naturalmente —contestó el valet—. ¿Desea monseñor que prepare una fiesta?
Talleyrand echó la cabeza hacia atrás y rió.
—A fin de mes tengo que dejar la casa de la calle Woodstock y coger un lugar más pequeño en Kensington. Y a fin de año, como no haya otra fuente de ingresos, me veré obligado a vender mi biblioteca…
—Tal vez monseñor pase algo por alto —dijo cortésmente Courtiade, ayudando a Talleyrand a quitarse las cosas y sosteniendo la chaqueta de terciopelo—. Algo que tal vez le haya proporcionado el destino para luchar contra la situación difícil en la que se encuentra… me refiero a esos artículos guardados en este momento detrás de los libros de la biblioteca de monseñor, en la calle Woodstock.
—Courtiade, no ha pasado día en que no haya pensado lo mismo —contestó Talleyrand—. Sin embargo, no creo que fueran puestos allí para ser vendidos.
—Si me lo permitís —continuó Courtiade, doblando la ropa de Talleyrand y recogiendo los brillantes escarpines—. ¿Monseñor ha tenido últimamente noticias de mademoiselle Mireille?
—No —admitió Talleyrand—, pero todavía no estoy dispuesto a redactar su epitafio. Es una joven valerosa y está en el buen camino. Lo que quiero decir es que este tesoro que está ahora en mis manos puede tener más valor que su peso en oro… ¿por qué, si no, lo habrían perseguido tantos durante tanto tiempo? Ahora, la Edad de la Ilusión ha terminado en Francia. Han puesto al rey en la balanza y lo han encontrado deficiente… como a todos los reyes. Su juicio será una simple formalidad. Pero ni siquiera el gobierno más débil puede ser reemplazado por la anarquía. Lo que Francia necesita ahora es un líder, no un gobernante. Y cuando llegue, seré el primero en reconocerlo.
—Monseñor se refiere a un hombre que sirva a la voluntad de Dios y devuelva la paz a nuestra tierra —dijo Courtiade, arrodillándose para meter trozos de hielo en la cesta de pescado.
—No, Courtiade —dijo Talleyrand con un suspiro—. Si Dios deseara paz en la tierra, a estas alturas ya la tendríamos. Nuestro Salvador dijo: «No he venido a traer la paz, sino la espada». El hombre al que me refiero comprenderá cuál es el valor del juego de Montglane… que se resume en una palabra: poder. Esto es lo que ofrezco al hombre que un día, pronto, conducirá los destinos de Francia.
Mientras Talleyrand y Courtiade marchaban junto a las heladas riberas del Támesis, el valet hizo, vacilante, la pregunta que había ocupado sus pensamientos desde que recibieran aquel periódico francés, aplastado y arrugado ahora debajo del hielo y el pescado:
—¿Y cómo piensa monseñor encontrar a ese hombre, ahora que la acusación de traición le impide regresar a Francia? —susurró.
Talleyrand sonrió y oprimió el hombro del valet con familiaridad desacostumbrada.
—Mi querido Courtiade —dijo—. La traición no es más que una cuestión de fechas.
París, diciembre de 1792
Estaban a 11 de diciembre. El acontecimiento era el juicio de Luis XVI, rey de Francia. El cargo era traición.
Cuando Jacques Louis David atravesó las puertas, el Club de los Jacobinos ya estaba atestado. Los últimos rezagados de aquel primer día de audiencia iban detrás de él, y algunos le dieron palmadas en el hombro. Captó retazos de sus conversaciones: las damas en sus palcos, bebiendo licores aromáticos; los vendedores ambulantes ofreciendo helados en la convención; las amantes del duque de Orleans murmurando y riendo detrás de sus abanicos de encajes. Y el propio rey, quien, al mostrársele las cartas sacadas de su armario de hierro, fingía no haberlas visto nunca… negaba su firma, invocaba mala memoria cuando se le hacían múltiples cargos de traición al estado. Los Jacobinos estaban de acuerdo en que era un bufón entrenado. La mayor parte de ellos había decidido ya su voto antes de cruzar las grandes puertas de roble del Club Jacobino.
David atravesaba los pisos enlosados del antiguo monasterio en el que los Jacobinos celebraban sus reuniones, cuando alguien tiró de su manga. Al volverse, encontró los ojos fríos y chispeantes de Maximilien Robespierre.
Éste —impecable, como siempre, con un traje gris plata, cuello alto, y el cabello cuidadosamente empolvado— estaba más pálido que la última vez que lo viera, tal vez incluso más severo.
Saludó a David con un movimiento de cabeza y sacó una cajita de pastillas del bolsillo interior de su chaqueta. Cogió una y le ofreció la caja.
—Mi querido David —dijo—, no te hemos visto mucho estos últimos meses. Oí decir que trabajabas en una pintura en el Jeu de Paume. Sé que eres un artista devoto, pero no debes ausentarte tanto tiempo… la Revolución te necesita.
Era la manera sutil que tenía Robespierre de indicar que ya no era seguro para un revolucionario mantenerse apartado de la acción. Podía interpretarse como falta de interés.
—Por supuesto, oí hablar del destino de tu pupila en la prisión de l’Abbaye —agregó—. Permíteme que te exprese mi pésame más sentido, aunque sea algo tarde. Supongo que sabrás que Marat fue castigado por los Girondinos delante de la Asamblea. ¡Cuando solicitaron a gritos su castigo, se puso en pie en la Montaña y sacó una pistola, apuntando a su sien como si pensara suicidarse! Una exhibición desagradable, pero le salvó la vida. El rey haría bien en seguir su ejemplo.
—¿Crees que la Convención votará la condena a muerte del rey? —preguntó David cambiando de tema para desechar el horrible recuerdo de la muerte de Valentine, que apenas lo había abandonado en todos los meses transcurridos.
—Un rey vivo es un rey peligroso —dijo Robespierre—. Aunque no propongo el regicidio, su correspondencia no deja lugar a dudas de que planeaba actos de traición contra el estado… ¡como tu amigo Talleyrand! Ya ves que mis predicciones sobre él resultaron ciertas.
—Danton me envió una nota solicitando mi presencia esta noche —dijo David—. Parece que se trata de poner el destino del rey en manos del voto popular.
—Sí, para eso nos reunimos —dijo Robespierre—. Los Girondinos, esos corazones compasivos, apoyan la medida. Pero si permitimos que voten sus representantes provincianos, me temo que nos encontraremos con una restauración de la monarquía. Y hablando de Girondinos, me gustaría que conocieras a ese joven inglés que viene hacia nosotros… es amigo de André Chénier, el poeta. Lo he invitado a venir hoy aquí para que sus ilusiones románticas sobre la Revolución queden destruidas al ver al ala izquierda en acción.
David miró al joven larguirucho que se aproximaba. Era pálido y tenía cabello lacio que peinaba hacia atrás, dejando la frente libre. Caminaba ligeramente inclinado hacia delante, como si se inclinara sobre el terreno. Llevaba una chaqueta marrón de mal corte, que parecía haber recogido de una bolsa de trapos. Y en lugar de bufanda, llevaba un pañuelo negro anudado en torno al cuello. Pero los ojos eran claros y brillantes y el mentón huidizo estaba equilibrado por una nariz fuerte y prominente. Las manos juveniles mostraban ya las callosidades de las personas que han crecido en el campo y se han visto obligadas a trabajar.
—Éste es el joven William Wordsworth, un poeta —dijo Robespierre cuando el joven se acercó y cogió la mano tendida de David—. Ya hace un mes que está en París… pero ésta es su primera visita al Club de los Jacobinos. Os presento al ciudadano Jacques Louis David, antiguo presidente de la Asamblea.
—¡Monsieur David! —exclamó Wordsworth, estrechando cordialmente la mano de David—. ¡Tuve el gran honor de ver vuestra pintura exhibida en Londres cuando volví de Cambridge! La muerte de Sócrates. Sois una inspiración para alguien como yo, cuyo mayor deseo es registrar la historia sobre la marcha.
—Sois escritor, ¿no es eso? —preguntó David—. Entonces, Robespierre seguramente estará de acuerdo conmigo cuando os diga que llegáis a tiempo para ser testigo de un gran acontecimiento: la caída de la monarquía francesa.
—Nuestro poeta, el místico William Blake, publicó el año pasado un poema, «La Revolución Francesa», en el que predice como en la Biblia la caída de los reyes. ¿Tal vez lo habéis leído?
—Me temo mucho que me dedico a Herodoto, Plutarco y Livio —dijo sonriendo David—. En ellos encuentro temas adecuados para mis cuadros, porque no soy un místico ni un poeta.
—Es extraño —dijo Wordsworth—. En Inglaterra creíamos que quienes estaban detrás de esta Revolución eran los francmasones, a quienes, sin duda, debemos considerar místicos.
—Es verdad que la mayor parte de nosotros pertenece a esa sociedad —aceptó Robespierre—. En realidad, el propio Club Jacobino fue fundado por Talleyrand como una orden de francmasones. Pero aquí, en Francia, apenas puede decirse que seamos místicos…
—Algunos sí —interrumpió David—. Por ejemplo, Marat.
—¿Marat? —preguntó Robespierre levantando una ceja—. Bromeas, claro. ¿De dónde has sacado esa idea?
—En realidad, he venido esta noche no sólo convocado por Danton —admitió reacio David—. Vine a verte porque pensé que quizá podrías ayudarme. Has hablado del… accidente… que sufrió mi pupila en la prisión de l’Abbaye. Sabes que su muerte no fue un accidente. Marat la hizo interrogar y ejecutar deliberadamente, porque creía que sabía algo sobre… ¿has oído hablar del juego de Montglane?
Ante estas palabras, Robespierre palideció. El joven Wordsworth miró a uno y a otro con expresión confundida.
—¿Sabes de lo que estás hablando? —susurró Robespierre llevándose aparte a David, pese a que Wordsworth los siguió con expresión atenta—. ¿Qué podía saber tu pupila de esas cosas?
—Mis dos pupilas habían sido novicias en la abadía de Montglane… —empezó a decir David, pero volvió a ser interrumpido.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —dijo Robespierre con voz temblorosa—. Pero es evidente… ¡esto explica la devoción que les dedicó el obispo de Autun desde que llegaron! Si me lo hubieras dicho antes… ¡antes de que se me escapara!
—Jamás creí esa historia, Maximilien —dijo David—. Pensé que era sólo una leyenda, una superstición. Sin embargo, Marat lo creía. ¡Y Mireille, en un esfuerzo por salvar a su prima, le dijo que ese tesoro fabuloso existía en realidad! Le dijo que ella y su prima tenían parte de ese tesoro y que lo habían enterrado en mi jardín. Pero al día siguiente, cuando llegó con una delegación para desenterrarlo…
—¿Qué? ¿Qué? —preguntó Robespierre con gran agitación, apretando el brazo de David. Wordsworth no se perdía palabra.
—Mireille había desaparecido —murmuró David—, y cerca de la pequeña fuente del jardín, había un lugar en el que la tierra había sido removida…
—¿Y dónde está ahora tu pupila? —en su agitación, Robespierre casi gritaba—. Hay que interrogarla. Enseguida.
—Ahí es donde esperaba que pudieses ayudarme —dijo David—. Ya he perdido las esperanzas de que regrese. Pensé que con tus contactos podrías enterarte de su paradero y también de si le ha sucedido… algo.
—La encontraremos, aunque tengamos que poner Francia patas arriba —le aseguró Robespierre—. Debes darme una descripción completa, con la mayor cantidad posible de detalles.
—Puedo hacer algo mejor —contestó David—. Tengo un retrato de ella en mi estudio.
Córcega, enero de 1793
Pero el destino quiso que la modelo del retrato no permaneciera mucho tiempo más en suelo francés.
Era un día de final de enero, bien pasada la medianoche, cuando Letizia Buonaparte despertó a Mireille de su sueño en la pequeña habitación que compartía con Elisa, en su casa de las colinas de Ajaccio. Hacía ya tres meses que Mireille estaba en Córcega… y junto a Letizia había aprendido mucho, aunque no todo lo que necesitaba saber.
—Debéis vestiros a toda prisa —dijo Letizia en voz baja a las dos muchachas, que se frotaban los ojos. Junto a ella, en la habitación a oscuras, estaban sus dos hijos menores, Maria-Carolina Y Girolamo, ya vestidos, como Letizia, para emprender viaje.
—¿Qué sucede? —exclamó Elisa.
—Debemos huir —dijo Letizia con voz serena y firme—. Han estado aquí los soldados de Paoli. El rey de Francia ha muerto.
—¡No! —exclamó Mireille incorporándose de golpe.
—Lo ejecutaron hace dos días, en París —dijo Letizia sacando ropa del armario para que pudieran vestirse sin demora—. Paoli ha organizado tropas aquí, en Córcega, para unirse a Cerdeña y España… y derrocar el gobierno francés.
—Pero, madre mía —gimió Elisa, que no deseaba salir de la cama—, ¿qué tiene esto que ver con nosotros?
—Esta tarde, en la Asamblea Corsa, tus hermanos Napoleone y Lucciano han hablado en contra de Paoli —dijo Letizia con una sonrisa tensa—. Paoli ha decretado la vendetta traversa.
—¿Qué es eso? —preguntó Mireille, saltando de la cama y empezando a ponerse la ropa que le tendía Letizia.
—¡La venganza colateral! —susurró Elisa—. ¡En Córcega es costumbre, cuando alguien te perjudica, vengarse de toda su familia! ¿Dónde están mis hermanos ahora?
—Lucciano se esconde con mi hermano, el cardenal Fesch —contestó Letizia alcanzando la ropa a Elisa—, Napoleone ha huido de la isla. Vamos, no tenemos caballos suficientes para llegar a Bocognano esta noche, aunque los niños vayan de a dos. Debemos robar algunos y llegar antes del amanecer.
Salió de la habitación, empujando a los niños delante de ella. Cuando lloraron asustados, Mireille la oyó decir con voz firme:
—Yo no lloro, ¿no? ¿Qué os habéis inventado para llorar?
—¿Qué hay en Bocognano? —preguntó Mireille a Elisa mientras salían del dormitorio.
—Allí vive mi abuela, Angela-Maria di Pietrasanta —contestó Elisa—. Esto quiere decir que las cosas son muy graves.
Mireille estaba atónita. ¡Por fin vería a la anciana de la que tanto había oído hablar! La amiga de la abadesa de Montglane… Elisa cogió a Mireille por la cintura mientras salían a la oscura noche.
—Angela-Maria ha vivido toda su vida en Córcega. Sólo con sus hermanos, primos y sobrinos nietos podría alzar un ejército que barriera la mitad de la isla. Por eso mi madre acude a ella. Significa que acepta la venganza colateral.

La aldea de Bocognano era un conjunto amurallado suspendido a casi dos mil quinientos metros por encima del nivel del mar, en las escarpadas y abruptas montañas. Cuando cruzaron a caballo el último puente, en fila de a uno y con el torrente rugiendo debajo de ellos, era casi el amanecer. Mientras ascendían la última colina, Mireille vio el perlado Mediterráneo que se extendía hacia el este, las pequeñas islas de Pianosa, Formica, Elba y Montecristo, que parecían flotar en el cielo, y más allá la temblorosa costa de la Toscana, que se levantaba de entre la niebla.
Angela-Maria di Pietrasanta no se alegró de verlos.
—¡Vaya! —dijo la diminuta mujer con las manos en las caderas mientras salía de la pequeña casa de piedra para recibirlos—. ¡Otra vez tienen problemas los hijos de Carlo Buonaparte! Tendría que haber imaginado que algún día llegaríamos a esto.
Si a Letizia le sorprendía que su madre conociera la razón de su llegada, no lo demostró. Con el rostro impasible y tranquilo, como una máscara, saltó de su caballo y se adelantó a besar a su nudosa y airada madre en ambas mejillas.
—¡Bueno, bueno —protestó la anciana—, basta de formalidades! ¡Baja a esos niños de sus caballos porque están medio muertos! ¿Es que no les das de comer? ¡Parecen gallinas desplumadas!
Y se precipitó a bajar a los niños de sus cabalgaduras. Cuando llegó a Mireille, se detuvo y la miró desmontar. Después se acercó y cogió con rudeza su barbilla, volviendo su cara a uno y otro lado para verla bien.
—Así que ésta es la que me decías —dijo a Letizia por encima del hombro—. ¿La que está preñada? ¿La de Montglane?
Mireille llevaba ya casi cinco meses de embarazo y, tal como predijera Letizia, había recobrado la salud.
—Hay que sacarla de la isla, madre —contestó Letizia—. Ya no podemos protegerla, aunque sé que es lo que desearía la abadesa.
—¿Cuánto sabe? —inquirió la anciana.
—Todo lo que he podido enseñarle en tan poco tiempo —contestó Letizia mirando por un instante a Mireille con sus pálidos ojos azules—. Pero no lo bastante.
—¡Bueno, no nos quedemos cacareando aquí para que nos oiga todo el mundo! —exclamó la anciana.
Se volvió hacia Mireille y la estrechó entre sus delgados brazos.
—Venid conmigo, damisela. Tal vez Helene de Roque me maldiga por lo que voy a hacer… pero si es así, le pasa por no contestar al punto su correspondencia. En los tres meses transcurridos desde que estáis aquí, no he tenido noticias de ella. Lo he arreglado todo —prosiguió en un susurro misterioso, llevando a Mireille hacia la casa— para que esta noche, aprovechando las sombras, un barco os lleve a ver a un amigo mío, donde estaréis a salvo hasta que termine la traversa…
—Pero, madame —dijo Mireille—, vuestra hija no ha completado mi educación. Si debo irme y permanecer oculta hasta que termine esta batalla, esto retrasará aún más mi misión. No puedo permitirme esperar mucho más…
—¿Y quién os pide que esperéis? —dijo la vieja dando una palmada en el estómago de Mireille y sonriendo—. Además, necesito que vayáis allí donde os envío… y no creo que os moleste. El amigo que va a protegeros sabe que llegáis, aunque no os esperaba tan pronto. Se llama Shahin… un nombre arrebatador. En árabe quiere decir el Halcón Peregrino. Continuaréis vuestra educación en Argel.