El ocho

El ocho


Análisis posicional

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ANÁLISIS POSICIONAL

El ajedrez es el arte del análisis.

MIKHAIL BOTVINNIK

GM soviético/Campeón del mundo

El ajedrez es imaginación.

DAVID BRONSTEIN

GM soviético

Wenn ihr’s nicht fühlt, ihr werdet’s nicht erjagen.

(Si no lo sientes, nunca lo lograrás).

JOHANN WOLFGANG GÖETHE

Fausto

El camino de la costa describía largas curvas por encima del mar y cada recodo mostraba un paisaje impresionante de la rompiente. Pequeños brotes y líquenes se derramaban por las laderas de pura piedra empapadas por las salpicaduras de agua salada. Las plantas escarchadas florecían en dorados y fucsias intensos y sus hojas como lancetas formaban patrones de encaje al descender la roca incrustada de sal. El mar bullía en un verde metálico… el color de los ojos de Solarin.

Sin embargo, la maraña de pensamientos que atestaban mi cerebro desde la noche anterior me impedía disfrutar de la vista. Trataba de organizarlos mientras mi taxi cruzaba la cornisa en dirección a Argel.

Cada vez que sumaba dos más dos… me daba ocho. Había ochos por todas partes. La adivinadora había sido la primera en señalarlo en relación con mi cumpleaños. Después Mordecai, Sharrif y Solarin lo habían invocado como un número mágico: no sólo había un ocho en la palma de mi mano sino que Solarin decía que había una fórmula del ocho… fuera lo que fuese. Aquéllas habían sido sus últimas palabras antes de desaparecer la noche anterior, dejándome con Sharrif como escolta… y sin llave para regresar a la habitación de mi hotel, porque se la había metido en el bolsillo.

Como es natural, Sharrif sentía curiosidad por saber quién era mi guapo acompañante del cabaret y por qué se había desvanecido tan de repente. Le expliqué lo halagador que resultaba para una chica sencilla como yo tener dos citas en lugar de una, a pocas horas de mi llegada a las playas de un nuevo continente… y lo dejé librado a sus propios pensamientos mientras él y sus matones me llevaban al hotel en el coche patrulla.

Cuando llegué, mi llave estaba en la recepción y la bicicleta de Solarin había desaparecido. Ya que de todas formas había dado al traste con mi noche de apacible sueño, decidí utilizar lo que quedaba de ella para hacer un poco de investigación.

Ahora sabía que existía una fórmula y que no era simplemente el recorrido de un caballo. Era otra clase de fórmula, como había supuesto Lily… una que ni siquiera Solarin había podido descifrar. Y yo estaba segura de que tenía alguna relación con el juego de Montglane.

¿Acaso Nim no había intentado prevenirme? Me había enviado bastantes libros sobre fórmulas y juegos matemáticos. Decidí comenzar con el que tanto había interesado a Sharrif, el que había escrito Nim: Los números Fibonacci. Había permanecido leyéndolo casi hasta el amanecer y mi decisión había resultado productiva, aunque no sabía con certeza cómo. Al parecer, los números Fibonacci se usan para algo más que las proyecciones del mercado de valores. Funcionan así:

Leonardo Fibonacci había decidido tomar los números empezando por el uno; sumando cada número al precedente, produjo una cadena numérica de interesantes propiedades. Es decir, uno más cero da uno; uno más uno, dos; dos más uno, tres; tres más dos, cinco; cinco más tres, ocho… y así sucesivamente.

Fibonacci, que había estudiado con los árabes, que creían que todos los números tenían propiedades mágicas, era una especie de místico. Descubrió que la fórmula que describía la relación entre cada uno de sus números —que era la mitad de la raíz cuadrada de cinco menos uno: 1/2 (√5-1)— describía también la estructura de todas las cosas naturales que formaban una espiral.

Según el libro de Nim, los botánicos descubrieron pronto que todas las plantas cuyos pétalos o tallos eran espiralados, se conformaban según los números Fibonacci. Los biólogos sabían que la concha del nautilus y todas las formas espiraladas de la vida marina seguían ese modelo. Los astrónomos afirmaban que las relaciones de planetas en el sistema solar —incluida la forma de la Vía Láctea— eran descritas por los números Fibonacci. Pero incluso antes de que el libro de Nim lo dijera, yo había comprendido otra cosa, y no porque supiera algo de matemáticas sino porque me había especializado en música. Y era que esta pequeña fórmula no había sido inventada por Fibonacci sino que un tipo llamado Pitágoras la había descubierto dos mil años antes. Los griegos la llamaban aurio sectio: la sección áurea.

Dicho en palabras sencillas, la sección áurea describe cualquier punto de una línea en que el radio de la parte menor respecto de la mayor, es igual al radio de la parte mayor respecto de toda la línea. Las civilizaciones antiguas utilizaban este radio en arquitectura, pintura y música. Platón y Aristóteles consideraban que era la relación perfecta para determinar si algo es estéticamente bello. Pero para Pitágoras significaba mucho más.

Pitágoras era un tipo cuya devoción al misticismo hacía aparecer como un patzer hasta al propio Fibonacci. Los griegos lo llamaban Pitágoras de Samos porque había llegado a Crotona desde la isla de Samos, huyendo de conflictos políticos. Pero había nacido en Tiro, una ciudad de la antigua Fenicia —ese país que ahora llamamos Líbano—, y había viajado mucho, vivió veintiún años en Egipto y otros doce en Mesopotamia y llegó a Crotona con cincuenta años más que cumplidos. Allí fundó una sociedad mística, disfrazada apenas de escuela, donde sus estudiantes aprendían los secretos que él había desvelado en sus vagabundeos. Estos secretos se centraban en dos cosas: las matemáticas y la música.

Fue Pitágoras quien descubrió que la base de la escala musical occidental es la octava, porque una cuerda dividida por la mitad daría el mismo sonido exactamente ocho tonos más alto que una cuerda del doble de largo. La frecuencia de vibración de una cuerda es inversamente proporcional a su longitud. Uno de sus secretos era que un quinto musical (cinco notas diatónicas, o la sección áurea de una octava) debía regresar a la nota original ocho octavas más alta cuando se la repetía doce veces en una secuencia ascendente. Pero cuando lo probó, había una diferencia de un octavo de nota… de modo que la escala ascendente también era una espiral.

Pero el mayor de los secretos era la teoría pitagórica de que el universo está formado por números y que cada uno de esos números tiene propiedades divinas. Estas proporciones mágicas de los números aparecían por todas partes en la naturaleza, incluyendo —según Pitágoras— los sonidos emitidos por los planetas en vibración mientras se trasladaban por el vacío negro. «Hay geometría en el canturreo de las cuerdas —dijo—. Hay música en el espacio que separa las esferas».

¿Y qué tenía esto que ver con el juego de Montglane? Sabía que en un juego de ajedrez hay ocho peones y ocho piezas de un lado; y que el propio tablero tiene 64 espacios: ocho al cuadrado. Era evidente que había una fórmula. Solarin la había llamado la fórmula del ocho. ¿Y qué mejor lugar para ocultarla que un juego de ajedrez, enteramente formado por ochos? Como la sección áurea, como los números Fibonacci, como la espiral siempre ascendente… el juego de Montglane era más grande que la suma de sus partes…

Mientras el taxi avanzaba, saqué de mi portafolios un trozo de papel y dibujé un número 8. Después di media vuelta al papel. Era el símbolo de infinito. Mientras miraba esa forma, escuché una voz que martilleaba en mi cabeza. La voz decía: «Juego es y cual una batalla seguirá como siempre».

Pero antes de unirme a la pelea, tenía que resolver un problema importante: para permanecer en Argel debía asegurarme de que tenía trabajo… un trabajo con brillo suficiente como para hacerme dueña de mi propio destino. Mi colega Sharrif me había dado una muestra de la hospitalidad norteafricana y yo quería asegurarme de que mis credenciales eran dignas rivales de las suyas por cualquier conflicto futuro. Y además, ¿cómo me las iba a arreglar para buscar el juego de Montglane Si a finales de semana tendría a Petard, mi jefe, colgado de mis faldas?

Necesitaba libertad de movimientos, y sólo había una persona que podía proporcionármela. Iba de camino a verlo, dispuesta a esperar en las interminables colas de salas de espera. Era el hombre que había aprobado mi visado pero también quien había plantado a los socios de Fulbright Cone porque tenía un partido de tenis; el hombre que podía conceder un contrato de computación importante si lográbamos que firmase el papel. Y por alguna razón sentía que su apoyo sería indispensable para el éxito de las muchas empresas que tenía por delante. Aunque en ese momento no podía siquiera imaginar hasta qué punto era así. Se llamaba Emile Kamel Kader.

Mi taxi se detuvo delante del amplio espacio del puerto. Frente al mar estaba la alta recova de arcos blancos que daba entrada a los edificios del gobierno. Nos detuvimos frente al Ministerio de Industria y Energía.

Cuando entré en el vestíbulo de mármol, enorme, oscuro y frío, tuve que ajustar lentamente los ojos a la luz. Había grupos de hombres, algunos vestidos con trajes occidentales, otros con flotantes túnicas blancas o chilabas negras, esas túnicas con capucha que protegen contra los súbitos cambios climáticos del desierto. Unos pocos llevaban tocados a cuadros rojos y blancos que parecían manteles de restaurante italiano. Cuando entré en el vestíbulo, todas las miradas se fijaron en mí y comprendí por qué. Parecía ser una de las pocas personas que llevaban pantalones.

No había directorio del edificio ni ventanilla de información y delante de cada uno de los ascensores disponibles se agolpaba una multitud. Además, no tenía ganas de ir arriba y abajo en compañía de mirones con ojos de pulga, sobre todo porque no estaba segura de qué departamento buscaba. De modo que fui hacia las anchas escaleras de mármol que conducían a la planta superior. Un tipo atezado, con traje occidental, me cortó el paso.

—¿Puedo ayudarla? —dijo con brusquedad, colocándose justo entre la escalera y yo.

—Tengo una cita… —dije, tratando de pasar—. Con el señor Kader. Emile Kamel Kader. Estará esperándome.

—¿El ministro del petróleo? —dijo el tipo mirándome con incredulidad. Para horror mío, asintió cortésmente y dijo—. Por supuesto, madame. La llevaré hasta él.

Mierda. No me queda elección, salvo permitir que me escoltara de regreso a los ascensores. El tipo me había cogido del codo y se abría camino a través de la muchedumbre como si fuera la Reina Madre. Me preguntaba qué sucedería cuando descubriera que no tenía ninguna cita.

Para empeorar las cosas, pensé de pronto, mientras él conseguía un ascensor sólo para nosotros dos, que mi eficiencia disminuía mucho hablando en francés en lugar de inglés. Bueno, tendría tiempo de planificar mi estrategia mientras esperaba durante horas en las antesalas que, según me había dicho Petard, eran de rigueur. Eso me permitiría pensar.

Cuando bajamos del ascensor en la última planta, un enjambre de habitantes del desierto, con blancas túnicas, merodeaba cerca del escritorio de recepción, esperando que el pequeño recepcionista con turbante registrara sus portafolios en busca de armas. Estaba sentado detrás del alto escritorio con una radio portátil transmitiendo música a todo volumen e inspeccionando los portafolios con un leve movimiento de la mano. La muchedumbre que lo rodeaba era bastante impresionante. Aunque sus ropas parecían sábanas, el oro y los rubíes que brillaban en sus dedos hubiera provocado el desvanecimiento inmediato de Louis Tiffany.

Mi escolta me arrastraba entre la gente, pidiendo excusas mientras atravesaba la exposición de sudarios. Dijo unas palabras en árabe al recepcionista, que saltó de detrás del escritorio y nos precedió trotando por el corredor. Cuando llegó al final, lo vi detenerse para hablar con un soldado que llevaba un rifle colgando del hombro. Ambos se volvieron para mirarme y el soldado desapareció detrás del recodo. Un instante después, regresó y nos llamó con un movimiento de la mano. El pavo que me había escoltado desde el vestíbulo asintió y se volvió hacia mí.

—El ministro la verá ahora mismo —dijo.

Echando una última mirada rápida al Ku Klux Klan que me rodeaba, cogí mi portafolios y lo seguí al trote.

En el extremo del corredor, el soldado me indicó que lo siguiera. Giró marcialmente y continuó por otro pasillo, más largo, que conducía a un par de puertas talladas que debían de tener cuatro metros de altura.

Entonces se detuvo, adoptó posición de firmes y esperó a que yo cruzara las puertas. Haciendo una inspiración profunda, abrí una. Al otro lado había un fabuloso vestíbulo con suelos de mármol gris oscuro y una enorme estrella de mármol rosado en el centro. Las puertas del lado opuesto estaban abiertas y mostraban una oficina enorme con alfombra de Boussac de pared a pared, negra con cuadrado de gruesos crisantemos rosados. La pared posterior del despacho era curva y estaba enteramente ocupada por ventanas francesas de muchas hojas, todas abiertas, de modo que los cortinajes flotaban hacia el interior de la habitación. Más allá, las copas de altas palmeras datileras ocultaban en parte la visión del mar.

Apoyado en la barandilla de hierro forjado del balcón, dándome la espalda, había un hombre alto y esbelto, con cabellos color arena, que contemplaba el mar. Cuando entré, se volvió hacia mí.

Mademoiselle —dijo cordialmente, rodeando el escritorio para estrecharme la mano—, permítame que me presente. Soy Emile Kamel Kader, el ministro del petróleo. Deseaba conocerla.

Toda esta presentación fue hecha en inglés. Estuve a punto de desplomarme de alivio.

—Mi inglés le sorprende —dijo con una sonrisa, y no precisamente el tipo de sonrisa oficial que me habían dedicado los locales. Ésta era una de las más cálidas que había visto. Continuó estrechando mi mano un minuto más de lo necesario—. Crecí en Inglaterra y fui a Cambridge. Pero en el ministerio todos hablan algo de inglés. Al fin y al cabo, es la lengua del petróleo.

Tenía también una voz muy cálida, rica y dorada como miel cayendo en una cuchara. Su color también me recordaba a la miel: ojos ambarinos y cabello ceniciento y ondulado y una piel color aceituna. Cuando sonreía, lo que hacía a menudo, aparecía en torno a sus ojos una red de pequeñas arrugas, señal de que pasaba demasiado tiempo al sol. Pensé en el partido de tenis y le devolví la sonrisa.

—Siéntese, por favor —dijo, llevándome a una silla de palo de rosa exquisitamente tallada. Se acercó a su escritorio, apretó el botón del intercomunicador y dijo unas palabras en árabe—. He pedido que nos traigan té —me dijo—. Tengo entendido que está en El Riadh. Allí la comida es en su mayor parte enlatada, desagradable, aunque el hotel es precioso. Si no tiene otros planes, después de nuestra entrevista la llevaré a almorzar. Entonces podrá ver un poco de la ciudad.

Yo seguía confusa con esta recepción tan cordial y supongo que se me notaba, porque agregó:

—Probablemente esté preguntándose por qué la trajeron tan rápido a mi despacho.

—Tengo que admitir que me habían dicho que me llevaría más tiempo.

—Verá, mademoiselle… ¿puedo llamarla Catherine? Estupendo, y usted debe llamarme Kamel, mi nombre de pila, digamos. En nuestra cultura se considera grosero negarle algo a una mujer. Impropio de un hombre, en realidad. Si una mujer dice que tiene una cita con un ministro, uno no la deja aburriéndose en las antesalas, sino que la hace pasar enseguida. —Y rió con su hermosa voz dorada—. Ahora que conoce la receta del éxito, puede salir bien hasta de un crimen durante su estancia aquí.

La larga nariz romana y la frente ancha de Kamel daban a su perfil el aspecto de una moneda. Había algo en él que me resultaba familiar.

—¿Es usted cabilio? —pregunté de pronto.

—¡Pues, sí! —dijo con expresión complacida—. ¿Cómo lo ha sabido?

—Una simple conjetura —contesté.

—Pero muy buena. Gran parte del ministerio es de origen cabilio. Aunque constituimos menos del quince por ciento de la población de Argelia, el ochenta por ciento de los altos puestos oficiales está en manos cabilias. Los ojos dorados siempre nos traicionan. Vienen de tanto contemplar dinero —rió.

Parecía estar de un humor excelente. Decidí que era el momento adecuado para plantear un tema difícil… aunque no sabía muy bien cómo hacerlo. Al fin y al cabo, los socios habían sido expulsados de su despacho por interferir en un partido de tenis. ¿Qué podía impedirle sacarme en volandas por meter la pata? Pero estaba en el santuario… tal vez no volviera a tener una oportunidad como ésa. Decidí aprovechar la ventaja.

—Verá, hay algo de lo que quiero hablar con usted antes de que llegue mi colega este fin de semana —empecé.

—¿Su colega? —dijo, sentándose detrás del escritorio. ¿Era mi imaginación o de pronto se había puesto en guardia?

—Mi gerente, para ser exacta —dije—. Mi firma ha llegado a la conclusión de que como todavía no tenemos un contrato firmado, necesitan este gerente in situ para supervisar las cosas. En realidad, al venir hoy aquí he desobedecido órdenes. Pero he leído el contrato —agregué, sacando una copia de mi portafolios y poniéndola sobre el escritorio—, y con franqueza, no veo que necesite tanta supervisión.

Kamel lanzó una mirada al contrato y después a mí. Unió las manos en actitud de oración y bajó la cabeza, como si pensara. Estaba segura de que había ido demasiado lejos. Por último, habló:

—¿De modo que usted cree en la virtud de la desobediencia? —preguntó—. Eso es interesante… me gustaría saber por qué.

—Éste es un contrato de cobertura para los servicios de un asesor —le dije, señalando el paquete que seguía intocado entre nosotros—. Dice que voy a hacer análisis de recursos petroleros, tanto en el subsuelo como en el barril. Para hacer eso, sólo necesito un ordenador… y un contrato firmado. Un jefe no haría más que interferir.

—Ya veo —dijo Kamel, impasible—. Me ha dado una explicación sin contestar a mi pregunta. Permítame que le haga otra. ¿Conoce los números Fibonacci?

Decidí no lanzar una exclamación.

—Un poco —admití—. Se utilizan para proyección de mercado de valores. ¿Podría decirme por qué le interesa una cuestión tan… digamos erudita?

—Por supuesto —dijo Kamel, apretando un botón. Momentos después apareció un siervo con un cartapacio de piel, se lo alcanzó a Kamel y salió.

—El gobierno argelino —dijo, sacando un documento y tendiéndomelo— cree que nuestro país tiene un suministro de petróleo limitado, lo bastante para unos ocho años más. Tal vez encontremos más en el desierto; tal vez, no. En este momento, el crudo es nuestra exportación básica; mantiene al país pagando todas nuestras importaciones, incluida la alimentación. Aquí tenemos muy poca tierra cultivable, como verá. Importamos toda la leche, la carne, los granos, la madera… hasta la arena.

—¿Importan arena? —pregunté, levantando la vista del documento que había empezado a leer. Argelia tenía cientos de miles de kilómetros cuadrados de arena.

—Arena de tipo industrial, para usar en la manufactura. La arena del Sáhara no tiene la calidad adecuada para propósitos industriales. De modo que dependemos por completo del petróleo. No tenemos reservas pero sí un gran yacimiento de gas natural. Es tan grande que quizá con el tiempo seamos los mayores exportadores mundiales de este producto… si podemos encontrar una manera de transportado.

—¿Y esto qué tiene que ver con mi proyecto? —dije, mientras hojeaba las páginas del documento que, aunque escrito en francés, no hacía la menor referencia al petróleo o al gas natural.

—Argelia es un país miembro de la OPEP. Cada país miembro negocia en la actualidad sus contratos y establece individualmente los precios del crudo, con términos distintos según los diferentes países. Gran parte de esto es pura subjetividad y trueque. Como país anfitrión de la OPEP, proponemos que nuestros miembros adopten el concepto de trueque colectivo. Esto servirá a dos propósitos. Primero, aumentará de manera espectacular el precio por barril, manteniendo el coste fijo de explotación. Segundo, podemos reinvertir el dinero en adelantos tecnológicos, como han hecho los israelíes con los fondos occidentales.

—¿Quiere decir en armas?

—No —dijo Kamel sonriendo—, aunque es verdad que, al parecer, todos gastamos mucho en ese departamento. Me refería a adelantos industriales y más que eso. Podemos llevar agua al desierto. Como sabe, la irrigación es la raíz de toda civilización…

—Pero en este documento no veo nada que refleje lo que está diciéndome —dije.

En ese momento llegó el té, traído en un carrito por un valet con guantes blancos. Sirvió el té de menta, ya familiar, dejándolo caer en un chorro humeante. Al tocar los vasos pequeños, el té emitía un silbido.

—Ésta es la manera tradicional de servir té de menta —explicó Kamel—. Trituran hojas de menta verde y las sumergen en agua hirviendo. Contiene todo el azúcar que es capaz de absorber. En algunos ambientes, se dice que es un tonificante; en otros, que es un afrodisíaco.

Rió mientras inclinábamos los vasos y bebíamos el té perfumado.

—Tal vez ahora podamos continuar nuestra conversación —dije, tan pronto como se cerró la puerta detrás del valet—. Usted tiene un contrato sin firmar con mi compañía donde pone que desea calcular las reservas de crudo; y aquí tiene un documento que pone que quiere analizar la importación de arena y otras materias primas. Desea proyectar cierta orientación, porque si no fuera así, no hablaría de los números Fibonacci. ¿Por qué tantas historias distintas?

—Sólo hay una —dijo Kamel, dejando su vaso de té y mirándome con atención—. El ministro Belaid y yo hemos estudiado con cuidado su résumé. Estuvimos de acuerdo en que usted sería la persona indicada para este proyecto… su historial demuestra que está dispuesta a quebrantar las reglas… —y esbozó una amplia sonrisa—. Verá, querida Catherine, esta misma mañana le he negado el visado a su gerente, monsieur Petard.

Atrajo hacia sí la copia del ambiguo contrato, sacó una pluma y trazó su nombre a pie de página.

—Ahora tiene un contrato firmado que explica su misión aquí —dijo, pasándomelo por encima del escritorio.

Miré fijamente la firma y sonreí. Kamel me devolvió la sonrisa.

—Excelente, jefe —dije—. Y ahora, ¿tendrá alguien la amabilidad de explicarme lo que se supone que debo hacer?

—Queremos un modelo de computación —dijo suavemente—. Preparado en el mayor secreto.

—¿Y qué tiene que hacer el modelo? —pregunté, estrechando el contrato contra mi pecho y deseando ver la cara de Petard cuando recibiera en París el contrato que ni una delegación completa de socios había conseguido hacer firmar.

—Nos gustaría poder predecir —dijo Kamel— qué hará económicamente el mundo cuando le cortemos el suministro de petróleo.

Las colinas de Argel son más empinadas que las de Roma o San Francisco. Hay lugares donde incluso es difícil permanecer de pie. Cuando llegamos al restaurante, una habitación pequeña en la segunda planta de un edificio que daba a una plaza abierta, estaba sin aliento. El restaurante se llamaba El Baçour lo que, según explicó Kamel, significaba la silla del camello. En la pequeña entrada y el bar había sillas de camello dispersas, cada una de ellas bordada con hermosos patrones de hojas y flores bellamente coloreados.

El recinto principal tenía mesas con manteles blancos y almidonados y blancas cortinas de encaje que se levantaban suavemente a impulsos de la brisa que entraba por las ventanas abiertas. Afuera, las copas de las acacias salvajes golpeaban contra los postigos.

Elegimos una mesa colocada en una especie de alcoba redondeada, donde Kamel pidió pastilla au pigeon, un pastel crujiente empapado en canela y azúcar y relleno con una deliciosa combinación de carne de paloma, huevos revueltos picados, pasas, almendras tostadas y especias exóticas. Mientras comíamos el tradicional almuerzo mediterráneo de cinco platos, con los deliciosos vinos caseros fluyendo como agua, Kamel me entretuvo con historias del norte de África.

No había pensado en la increíble historia cultural de ese país que ahora llamaba mi casa. Primero llegaron los tuaregs, cabilios y moros —esas tribus de los antiguos bereberes que se habían establecido en la costa—, seguidos por los cretenses y fenicios que habían establecido guarniciones allí. Después las colonias romanas, los españoles, que habían conquistado tierras moras después de recuperar las propias, y el imperio otomano, que dominó durante trescientos años a los piratas de la costa de Berbería. A partir de 1830, estas tierras habían estado dominadas por los franceses, hasta que la Revolución Argelina terminó con la dominación extranjera, diez años antes de mi llegada.

En los intervalos, habían reinado más dinastías de Deys y Beys de las que podía enumerar, todas con nombres exóticos y prácticas más exóticas que sus nombres. Harenes y decapitaciones parecían constituir la regla. Ahora que primaba el gobierno musulmán, las cosas se habían calmado un poco. Pese a que había observado que Kamel bebía su parte de vino tinto con el tournedó y el arroz azafranado, y su vino blanco para bajar la ensalada… afirmaba ser un seguidor de al-Islam.

—Islam —dije mientras nos servían el café negro muy dulce y el postre—. Quiere decir paz, ¿no es así?

—En cierta forma —dijo Kamel, que estaba cortando en cuadrados el rahad lakhoum, una sustancia parecida a jalea cubierta de azúcar glas y aromatizada con ambrosía, jazmín y almendras—. Quiere decir lo mismo que shalom en hebreo: que la paz sea contigo. En árabe se dice salaam y va acompañado de una reverencia profunda, hasta tocar el suelo con la cabeza. Significa sometimiento total a la voluntad de Alá… sumisión completa. —Y me tendió un trozo de rahad lakhoum con una sonrisa—. En ocasiones, la sumisión a la voluntad de Alá significa la paz… pero otras veces, no.

—Las más de las veces, no —dije, pero Kamel me miró con seriedad.

—Recuerde que de todos los grandes profetas de la historia, Moisés, Buda, Juan el Bautista, Zaratustra, Cristo, Mahoma fue el único que fue a la guerra. Organizó un ejército de cuarenta mil hombres y lo dirigió en el ataque a La Meca. ¡Y la recuperó!

—¿Y qué me dice de Juana de Arco? —pregunté sonriendo.

—Ella no fundó una religión —contestó—. Pero tenía el espíritu adecuado. No obstante, el yihad no es lo que creen ustedes los occidentales. ¿Ha leído alguna vez El Corán?

Yo meneé la cabeza y agregó:

—Haré que le envíen un buen ejemplar… en inglés. Creo que lo encontrará interesante, Y distinto de lo que podría imaginar.

Kamel pagó la cuenta y salimos a la calle.

—Y ahora, daremos ese paseo por Argel que le prometí —dijo—. Me gustaría empezar mostrándole la Poste Centrale.

Nos encaminamos a la gran oficina central de Correos, en el puerto. Mientras íbamos de camino, explicó:

—Todas las líneas telefónicas pasan por la poste Centrale. Es otro de esos sistemas que hemos heredado de los franceses, en los que todo se dirige a un centro y nada puede hacer el camino inverso… como las calles. Las llamadas internacionales se hacen manualmente. Le gustará verlo… sobre todo porque va a tener que lidiar con este sistema telefónico arcaico para diseñar el modelo de computación por el que acabo de firmar. Muchos de los datos que necesitará llegarán por línea telefónica.

Yo no estaba segura de que el modelo que me había descrito fuera a necesitar telecomunicaciones, pero habíamos acordado no hablar de ello en público, de modo que me limité a decir:

—Sí, tuve problemas anoche para conseguir una conferencia.

Subimos la escalinata hacia la poste Centrale. Como todos los otros edificios, era grande y oscuro, con suelos de mármol y techos altos. Del techo colgaban arañas elaboradas, como en una sucursal bancaria de la década de los veinte. Por todas partes había retratos enmarcados de Houari Boumédienne, el presidente de Argelia. Tenía un rostro largo, grandes ojos tristes y un gran bigote victoriano.

En todos los edificios que había visto había mucho espacio vacío, y la poste no era una excepción. Aunque Argel era una gran ciudad, nunca parecía haber gente suficiente para llenar todo el espacio, ni siquiera en las calles. Al llegar de Nueva York, esto resultaba impresionante. Mientras atravesábamos Correos, el ruido de los tacones de nuestros zapatos despertaba un eco en las paredes. La gente hablaba en susurros, como si estuviera en una Biblioteca Pública. En un rincón alejado, con mucho espacio en torno, había un diminuto conmutador del tamaño de una mesa de cocina. Parecía diseñado por Alexander Graham Bell. Detrás de él había una mujercita de rostro tenso, de unos cuarenta años, con una acumulación de cabellos teñidos en lo alto de la cabeza. Su boca era un tajo de color de sangre brillante, un color que no se fabricaba desde la segunda guerra mundial, y el floreado vestido de voile también tenía solera. En lo alto del conmutador había una caja de chocolates con muchos papeles vacíos.

—¡Pero si es el ministro! —exclamó la mujer, sacando una clavija del conmutador y poniéndose en pie para saludarlo. Le tendió las dos manos y Kamel las tomó—. Recibí sus chocolates —dijo ella, señalando la caja—. ¡Suizos! Todo lo suyo es siempre de primera clase.

Tenía una voz grave como la de una cantante de Montmartre. Había algo de estibador en su personalidad, y me gustó enseguida. Hablaba francés como los marineros marselleses que tan bien imitaba Valerie, la doncella de Harry.

—Thérèse, me gustaría que conocieras a mademoiselle Catherine Velis —dijo Kamel—. Está haciendo un importante trabajo de computación para el ministerio, para la OPEP, en realidad. Me pareció que serías la persona adecuada para presentársela.

—¡Ah, la OPEP! —exclamó Thérèse, abriendo mucho los ojos y agitando los dedos—. Muy grande. Muy importante. ¡Ésta debe ser inteligente! —observó—. ¿Sabe?, esta OPEP dará un gran golpe muy pronto, créame.

—Thérèse lo sabe todo —dijo Kamel riendo—. Escucha todas las llamadas transcontinentales. Sabe más que el ministro.

—Naturalmente —dijo ella—. ¿Quién se ocuparía de los asuntos si yo no estuviera aquí?

—Thérèse es pied noir —me dijo Kamel.

—Quiere decir pie negro —dijo ella en inglés. Después, volviendo al francés, explicó—: Nací con los pies en África pero no soy uno de esos árabes. Mi gente viene del Líbano.

Yo parecía destinada a no terminar de comprender las distinciones genéticas que se hacían en Argelia, a pesar de que a ellos les interesaban mucho.

—Anoche, la señorita Velis tuvo problemas para hacer una llamada —le dijo Kamel.

—¿Qué hora era? —preguntó.

—Alrededor de las once de la noche —dije—. Traté de llamar a Nueva York desde El Riadh.

—¡Pero si yo estaba aquí! —exclamó. Después, meneando la cabeza, me dijo—: Estos tipos que trabajan en el conmutador del hotel son muy holgazanes. Interrumpen las conexiones. A veces hay que esperar ocho horas para conseguir hablar. La próxima vez, me lo hace saber y yo lo arreglo todo. ¿Quiere llamar esta noche? Dígame cuándo y eso está hecho.

—Quiero enviar un mensaje a un ordenador de Nueva York —le dije—, para que alguien sepa que he llegado. Es un grabador, se da el mensaje y queda grabado digitalmente.

—¡Muy moderno! —dijo Thérèse—. Si lo desea, puedo hacerlo en inglés.

Quedamos de acuerdo y escribí el mensaje para Nim, diciéndole que había llegado sana y salva y pronto iría a las montañas. Él entendería; sabría que iba a buscar al anticuario de Llewellyn.

—Excelente —dijo Thérèse doblando la nota—. Lo enviaré enseguida. Ahora que nos hemos conocido, sus llamadas siempre tendrán prioridad. Venga a visitarme alguna vez.

Al salir de la Poste, Kamel dijo:

—Thérèse es la persona más importante de Argelia. Puede hacer triunfar o frustrar una carrera política, sólo con desconectar a quien le desagrada. Creo que usted le gusta. ¡Quién sabe, tal vez la haga presidenta! —agregó riendo.

Caminábamos junto al puerto, de regreso al ministerio, cuando comentó como por casualidad.

—Observé por su mensaje que piensa ir a las montañas. ¿Hay algún lugar preciso al que quiera ir?

—Sólo a visitar al amigo de un amigo —dije, sin comprometerme—. Y para ver algo del país.

—Pregunto porque estas montañas son el hogar de los cabilios. Yo crecí en ellas y conozco bien la región. Si lo desea, puedo enviarle un coche o llevarla yo mismo.

Aunque el ofrecimiento de Kamel era tan desinteresado como el de enseñarme Argel, advertí detrás de él un matiz que no conseguía precisar.

—Creí que había crecido en Inglaterra —dije.

—Fui a los quince años para asistir a la escuela pública. Pero antes corría descalzo por las colinas de los cabilios, como una cabra salvaje. De verdad, debería tener un guía. Es una región magnífica pero resulta fácil perderse. Los mapas de carreteras de Argelia no son todo lo que deberían ser.

Estaba haciéndome un discurso de vendedor y pensé que sería descortés declinar su oferta.

—Tal vez sería mejor ir con usted —dije—. ¿Sabe?, anoche, cuando salí del aeropuerto, me siguió la Sécurité. Un tipo llamado Sharrif. ¿Cree que significa algo?

Kamel se había detenido de golpe. Estábamos en el puerto y los barcos gigantescos se balanceaban con suavidad con la marea baja.

—¿Cómo sabe que era Sharrif? —preguntó abruptamente.

—Lo conocí. Él… hizo que me llevaran a su oficina en el aeropuerto cuando me dirigía a la Aduana. Me hizo unas preguntas, todo con mucha cortesía, y después me dejó ir. Pero hizo que me siguieran…

—¿Qué clase de preguntas? —me interrumpió Kamel. Tenía la cara gris. Traté de recordar todo lo que había pasado y se lo conté a Kamel. Le hablé incluso del comentario del taxista.

Cuando terminé, Kamel quedó en silencio. Parecía estar pensándose algo. Por último, dijo:

—Le agradecería que no mencionara esto a nadie más. Me ocuparé del asunto, pero yo que usted no me preocuparía demasiado. Probablemente sea un caso de confusión de identidad.

Recorrimos el puerto de regreso al ministerio. Cuando llegamos a la entrada, Kamel dijo:

—Si Sharrif vuelve a ponerse en contacto con usted por alguna razón, dígale que me ha informado de esto. —Y puso una mano en mi hombro—. Y dígale también que yo voy a llevarla a Cabilia.

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