El ocho
El sonido del desierto
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EL SONIDO DEL DESIERTO
Pero el Desierto oye, aunque los hombres no oigan, y un día se convertirá en un Desierto de sonidos.
MIGUEL DE UNAMUNO
El Sáhara, febrero de 1793
De pie en el Erg, Mireille contempló el vasto desierto rojo.
Hacia el sur estaban las dunas de Ez-Zemoul El Akbar, que se despeñaban como olas a trescientos metros de altura. En la luz de la mañana y a esa distancia, parecían espolones ensangrentados que arañaran la arena.
A sus espaldas se alzaban los montes Atlas, empurpurados todavía por las sombras y velados por las nubes bajas. Se alzaban meditabundos sobre el desierto vacío —una soledad más grande que cualquier otra soledad terrestre—, dieciséis mil kilómetros de arenas profundas del color de polvo de ladrillo, en las que no se movía nada más que los cristales creados por el hálito de Dios.
Lo llamaban Sahra. El Sur. El Erial. El reino de los aroubi… El Árabe, Errante en la soledad.
Sin embargo, el hombre que la había llevado hasta allí no era un aroubi. Shahin tenía piel blanca y su cabello y sus ojos eran del color del bronce viejo. Su gente hablaba la lengua de los antiguos bereberes que habían reinado en ese desierto estéril durante más de quinientos años. Según decía, habían llegado de las montañas y los Erg, aquella imponente cadena de mesetas que separaban las montañas que tenía detrás, de las arenas que se tendían ante ella. Habían llamado Areg, la Duna, a esta cadena de mesetas. Y se llamaban a sí mismos Tu-Areg; es decir, los que están ligados a la Duna. Los tuaregs conocían un secreto tan antiguo como su raza, un secreto enterrado en las arenas del tiempo. Era el secreto cuyo descubrimiento había llevado a Mireille a viajar durante tantos meses y tanta distancia.
Sólo había pasado un mes desde la noche en que fuera con Letizia a la escondida cueva corsa. Allí abordó un pequeño barco pesquero que atravesó el encabritado mar invernal y la llevó a África, donde su guía Shahin, el Halcón, la esperaba en el embarcadero de Dar-el-Beida, para conducirla al Magreb. Llevaba un largo häik negro y su rostro estaba oculto detrás del litham color índigo, un velo doble a través del cual veía pero no podía ser visto. Porque Shahin era uno de los hombres azules, aquellas tribus sagradas del Ahaggar donde sólo los hombres utilizaban velos para protegerse de los vientos del desierto, tiñéndose la piel con un tono de azul que poco tenía de terreno. Los nómadas llamaban Magrebí —los Magos— a esta secta especial que podía desvelar los secretos del Magreb, la tierra donde se ponía el sol. Ellos sabían dónde podía encontrarse la clave para desentrañar el misterio del juego de Montglane.
Por eso Letizia y su madre la habían enviado a África; por eso había cruzado Mireille los altos Atlas en invierno: quinientos kilómetros en medio de ventiscas por un terreno peligroso. Porque cuando descubriera el secreto, sería la única persona viva que había tocado las piezas… y conocía el secreto de su poder.
El secreto no estaba escondido en el desierto debajo de una piedra. Tampoco estaba oculto en una biblioteca polvorienta. Estaba encerrado en los cuentos susurrados de estos nómadas. Atravesando de noche las arenas, pasando de boca en boca, el secreto se había extendido como se extienden las chispas de una fogata moribunda por las arenas silenciosas, quedando enterradas en la oscuridad.
El secreto estaba oculto en los sonidos mismos del desierto, en las historias narradas por su gente… en los susurros misteriosos de las rocas y piedras.

Shahin estaba echado boca abajo en la trinchera cubierta por arbustos que habían excavado en la arena. Sobre sus cabezas, el halcón describía círculos en una espiral lenta y ociosa, estudiando los arbustos en busca de movimiento. Detrás de Shahin estaba Mireille agazapada, casi sin respirar. Contemplaba el perfil tenso de su compañero: la larga y estrecha nariz, ganchuda como la de los peregrinos cuyo nombre llevaba; los pálidos ojos amarillos, la boca apretada y el turbante flojo, con el largo cabello trenzado que caía por su espalda. Se había quitado el largo häik tradicional y, como Mireille, llevaba sólo una chilaba de lana con capucha teñida de un claro amarillo brillante con los jugos del abal, del mismo color que el desierto. El halcón que describía círculos en el cielo no podía distinguirlos de la arena y los arbustos que constituían su camuflaje.
—Es un hurr… un halcón sakr —susurró Shahin a Mireille—. No es tan veloz o agresivo como el peregrino, pero es más listo y tiene mejor visión. Será un buen pájaro para vos.
Antes de cruzar el Ez-Zemoul El Akbar, en el borde del Gran Erg oriental, la más alta y ancha cadena de dunas del mundo, Shahin le había dicho que debía cazar y entrenar un halcón. No se trataba sólo de una prueba de merecimiento tradicional entre los tuaregs —cuyas mujeres cazaban y gobernaban—, sino que era también necesario para la supervivencia.
Porque tenían por delante quince, tal vez veinte días en las dunas, ardientes de día y heladas de noche. Sus camellos sólo podían recorrer unos dos kilómetros por hora mientras las arenas rojas se deslizaban bajo sus patas. Habían comprado provisiones en Khardaia: café, harina, miel y dátiles… y sacas con malolientes sardinas secas para alimentar a los camellos. Pero ahora que habían dejado atrás las marismas salinas y la pétrea Hammada, con los últimos hilos de manantiales agotados, no tendrían más comida que ésa, a menos que pudieran cazar. Y no había en la tierra especie que poseyera la resistencia, la vista, la tenacidad y el ánimo predador del halcón, para cazar en aquella tierra salvaje y estéril.
Mireille contemplaba al halcón, que parecía suspendido sobre ellos sin esfuerzo, sostenido por la caliente brisa del desierto. Shahin registró su fardo y sacó la paloma amaestrada que habían comprado. Ató un delgado cordel a su pata; sujetó el otro extremo a una piedra. Después, soltó al pájaro. La paloma se elevó hacia el cielo. Un segundo después, el halcón la había visto y pareció detenerse en medio del aire, reuniendo fuerzas. Después, descendió a gran velocidad, como una bala, y atacó. Mientras ambos pájaros caían a tierra, el aire se llenó de plumas que volaban en todas direcciones.
Mireille inició un movimiento, pero Shahin la retuvo cogiéndole la mano.
—Dejad que pruebe la sangre —susurró—. El sabor de la sangre elimina memoria y prudencia.
Cuando Shahin empezó a tirar del cordel, el halcón estaba en el suelo, desgarrando la paloma. Se agitó un momento pero volvió a posarse en la arena, confuso. Shahin volvió a tirar del cordel… de modo que pareciera que la paloma, malherida, se movía por la arena. Tal como había predicho, el halcón regresó rápidamente a picotear en la carne cálida.
—Acercaos tanto como podáis —susurró Shahin a Mireille—. Cuando esté a un metro de distancia, cogedlo por una pata.
Mireille lo miró como si pensara que estaba loco, pero se acercó lo más que pudo al borde de los arbustos, acuclillada y dispuesta a saltar. Mientras Shahin acercaba cada vez más la paloma, su corazón latía con violencia. Cuando Shahin le dio un golpecito en el brazo, el halcón estaba a apenas un metro de distancia, ocupado siempre con su presa. Sin perder un segundo, saltó de entre los arbustos y le cogió una pata. El ave giró, batiendo las alas, y lanzando un graznido hundió el agudo pico dentado en su muñeca.
Un instante después, Shahin estaba a su lado, cogió el pájaro, lo encapuchó con movimientos expertos y lo sujetó con un trozo de cordel de seda a la banda de cuero que ya había puesto en torno a su muñeca izquierda.
Mireille chupó la sangre que salía de su otro brazo herido, y se manchó la cara y el pelo. Shahin desgarró un trozo de muselina y vendó el lugar en donde el pájaro había mordido la carne. El pico del ave había llegado peligrosamente cerca de una arteria.
—Lo habéis cogido para poder comer —dijo Shahin con una sonrisa ácida—, pero él ha estado a punto de comeros a vos.
Cogiendo su brazo vendado, colocó la mano contra el halcón cegado, que se aferraba ahora con sus espolones a su otra muñeca.
—Acariciadlo —aconsejó—. Que sepa quién es el amo. Se necesita una luna y tres cuartos para dominar a un hurr… pero si vivís con él, coméis con él, lo acariciáis y le habláis… si dormís con él incluso, será vuestro con la luna nueva. ¿Qué nombre le daréis, para que pueda aprenderlo?
Mireille miró con orgullo la criatura salvaje que se aferraba temblando a su brazo. Por un instante olvidó el dolor que sentía.
—Charlot —respondió—. Pequeño Charles. He capturado un pequeño Carlomagno celeste.
Shahin la miró en silencio con sus ojos amarillos y después levantó su velo color índigo de modo que cubriera la mitad inferior de su cara. Cuando habló, el velo se estremeció en el seco aire del desierto.
—Esta noche le pondremos vuestra marca —dijo—, para que sepa que es sólo vuestro.
—¿Mi marca? —preguntó Mireille.
Shahin sacó un anillo de sus dedos y lo puso en su mano. Mireille lanzó una mirada al sello, un pesado bloque de oro. Grabado en la parte superior había un número ocho.
Siguió en silencio a Shahin bajando el empinado talud en dirección al lugar donde esperaban los camellos, arrodillados en la base de la duna. Lo miró mientras él ponía una rodilla en la silla del camello y la bestia se levantaba con un solo movimiento, alzándolo como una pluma. Mireille lo imitó, sosteniendo el halcón con el brazo levantado, y partieron por las arenas del color de la herrumbre.

Cuando Shahin se inclinó para poner el anillo en el fuego, las brasas ardían con un resplandor bajo. Hablaba poco y raras veces sonreía. No había podido saber muchas cosas de él en todo el mes que habían pasado juntos. Se concentraban en la supervivencia. Mireille sólo sabía que alcanzarían las Ahaggar —aquellas montañas de lava que eran el hogar de los tuaregs de Kel Djanet— antes de que naciera su hijo. Shahin era reacio a hablar de otros temas y respondía a todas sus preguntas con un sentencioso «Pronto lo veréis».
Por lo tanto, quedó sorprendida cuando él se quitó los velos y habló mientras miraban cómo el anillo se ponía al rojo vivo entre las brasas.
—Sois lo que llamamos una thayyib —dijo Shahin—, una mujer que ha conocido varón sólo una vez… y sin embargo estáis preñada. Tal vez hayáis notado cómo os miraban los de Khardaia cuando nos detuvimos allí. Mi gente cuenta una historia. Siete mil años antes de la Égira, llegó del este una mujer. Viajó sola miles de kilómetros por el desierto de sal, hasta que llegó al Kel Rela Tuareg. Su pueblo la había expulsado porque estaba preñada. Tenía el cabello del color del desierto, como vos. Se llamaba Daia, que quiere decir el manantial. Buscó refugio en una cueva. El día que nació el niño, brotó agua de la roca de la cueva. Y sigue fluyendo aún hoy en Q’ar Daia, la cueva de Daia, la diosa de los pozos.
Así que este Khardaia, donde se habían detenido para comprar camellos y provisiones, se llamaba así por la extraña diosa de Q’ar, como Cartago, pensó Mireille. ¿Sería esta Daia, o Dido, la misma leyenda? ¿O la misma persona?
—¿Por qué me decís esto? —preguntó Mireille, acariciando a Charlot posado en su brazo, mientras contemplaba el fuego.
—Está escrito —respondió Shahin— que un día un Nabi o Profeta vendrá por el Bahr al-Azrak… el mar Azul. Un Kalim, alguien que habla con los espíritus, que sigue el Tarikat o camino místico hacia el conocimiento. Este hombre será todas esas cosas y sería un Za’ar… un hombre de piel blanca, ojos azules y cabellos rojos. Para mi pueblo es un portento y por eso os miraban así…
—Pero yo no soy un hombre —dijo Mireille levantando los ojos— y mis ojos son verdes, no azules.
—No hablo de vos —dijo Shahin. Inclinándose sobre el fuego, sacó su bousaadi (un cuchillo largo y delgado) y lo usó para extraer el anillo del fuego—. Es vuestro hijo a quien hemos esperado… el que nacerá bajo los ojos de la diosa… como fue dicho.
Mireille no preguntó a Shahin cómo sabía que su hijo sería un varón. Mientras lo miraba atar una tira de cuero sobre el anillo al rojo, en su cabeza bullían mil pensamientos. Se permitió pensar en la criatura que ocupaba su vientre hinchado. Con casi seis meses de preñez, lo sentía moverse en su interior. ¿Qué sería de él, nacido en esta vasta y traicionera soledad, tan lejos de su propio pueblo? ¿Por qué creía Shahin que él cumpliría esa profecía primitiva? ¿Por qué le había contado la historia de Daia, y qué tenía eso que ver con el secreto que buscaba? Cuando él le tendió el anillo, apartó aquellas ideas de su cabeza.
—Tocadlo rápido pero con firmeza en el pico… justo aquí —le dijo cuando ella cogió el anillo envuelto en cuero—. No lo siente mucho, pero lo recordará…
Mireille miró el halcón encapuchado, que se posaba confiado en su brazo, con los espolones hundidos en la gruesa banda que envolvía su muñeca. El pico estaba expuesto y ella acercó el anillo al rojo, pero se detuvo.
—No puedo —dijo, apartando el anillo. El resplandor rojizo titilaba en el frío aire nocturno.
—Debéis hacerlo —dijo Shahin con firmeza—. ¿De dónde sacaréis la fuerza para matar a un hombre… si no tenéis coraje suficiente para poner vuestra marca a un pájaro?
—¿Matar a un hombre? —dijo Mireille—. ¡Jamás!
Pero mientras hablaba, Shahin esbozó una sonrisa, con los ojos chispeando como el oro en la extraña luz. El beduino tenía razón, pensó ella, cuando decía que en una sonrisa había algo terrible.
—No me digáis que no vais a matar a ese hombre —dijo con suavidad Shahin—. Conocéis su nombre… lo pronunciáis todas las noches durante el sueño. Puedo oler en vos la venganza, como se encuentra agua por el olfato. Esto es lo que os ha traído aquí y lo que os mantiene viva… la venganza.
—No —dijo Mireille, aunque sentía que detrás de los párpados latía la sangre mientras sujetaba el anillo—. Vine para descubrir un secreto. Vos lo sabéis. Y en lugar de eso me contáis leyendas sobre una mujer pelirroja que murió hace miles de años…
—Jamás dije que hubiera muerto —dijo bruscamente Shahin con rostro impasible—. Vive como las cantantes arenas del desierto. Habla como los antiguos misterios. Los dioses no podían soportar verla morir… y la transformaron en piedra viviente. Ella ha esperado ocho mil años, porque vos sois el instrumento de su retribución (vos y vuestro hijo), tal como fue dicho.
… Volveré a levantarme como un Fénix de entre sus cenizas el día que las rocas y las piedras empiecen a cantar… y las arenas del desierto llorarán lágrimas de sangre… y será un día de retribución para la Tierra…
Mireille escuchó la voz de Letizia que susurraba en su cabeza. Y después, la respuesta de la abadesa: El juego de Montglane contiene la clave para abrir los labios mudos de la Naturaleza… y liberar las voces de los dioses.
Miró las arenas, que la luz del fuego teñía de un rosado pálido y escalofriante, nadando bajo el vasto mar de estrellas. Tenía el anillo en la mano. Murmurando tiernamente al halcón, hizo una inspiración profunda y apretó el engaste caliente contra su pico. El pájaro se sobresaltó, tembló, pero no se movió, mientras el olor acre del cartílago quemado llenaba sus narices. Cuando dejó caer el anillo al suelo, se sentía enferma. Pero acarició el lomo y las alas dobladas del halcón. Las plumas suaves se movieron bajo sus dedos. En el pico había un perfecto número ocho.
Mientras acariciaba al animal, Shahin se estiró y puso su gran mano sobre su hombro. Era la primera vez que la tocaba y ahora la miro a los ojos.
—Cuando ella llegó del desierto —dijo—, la llamamos Daia. Pero ahora vive en los Tassili, adonde os llevo. Tiene más de seis metros de altura y está de pie a más de dos metros arriba del Valle de Djabbaren, por encima de los Gigantes de la Tierra… sobre quienes reina. La llamamos La Reina Blanca.

Durante semanas atravesaron las dunas solitarias, deteniéndose sólo para ver volar pequeñas presas y soltando uno de los halcones para cazarlas. Era la única comida fresca que tenían. Su única bebida era la leche de las camellas con su sabor salino, sudoroso.
Era el mediodía de la decimoctava jornada cuando Mireille alcanzó la elevación, con su camello resbalando sobre la arena suelta… y divisó los zauba’ah, aquellos pilares naturales formados por el viento que arrasaba el desierto. A unos dieciséis kilómetros de distancia, se elevaban 300 metros hacia el cielo: columnas de arena roja y ocre inclinadas a causa del viento. La arena de la base se levantaba 30 metros en el aire, como un mar embravecido, mezclando rocas, arena y plantas en un caleidoscopio salvaje, como confeti coloreado. Proyectaban a 900 metros de altura una inmensa nube roja que cubría el cielo y se combaba sobre los pilares como una catedral, obliterando el sol del mediodía.
El dosel en forma de tienda que la protegía del resplandor de la arena se agitaba por encima de las sillas de los camellos como velas de botavara que cruzaran el mar del desierto. Era el único sonido que escuchaba, ese aletea seco… mientras en la distancia el desierto se desgarraba en silencio.
Después escuchó otra cosa… un murmullo lento, bajo y aterrador, como una misteriosa canción oriental. Los camellos empezaron a agitarse, luchando contra las riendas y moviéndose enfurecidos. La arena se movía bajo sus patas.
Shahin saltó de su camello, cogiendo las riendas para dominarlo mientras el animal lanzaba patadas en su dirección.
—Tienen miedo de las arenas cantantes —gritó a Mireille, cogiendo las riendas de su montura mientras ella bajaba para ayudar a sacar el dosel.
Shahin vendaba los ojos de los camellos, que se echaban sobre él, llorando con sus voces ásperas como bramidos. Los manejó con un ta’kil —sujetando la pata delantera por encima de la rodilla— y los obligó a echarse en la arena mientras Mireille sacaba las sillas. El viento caliente seguía su ritmo mientras el canto de las arenas se elevaba.
—Están a dieciséis kilómetros —gritó Shahin—, pero se mueven muy rápido. ¡En veinte o treinta minutos las tendremos encima!
Estaba hundiendo en la arena los palos de la tienda, sujetando lonas sobre sus equipajes mientras los camellos bramaban frenéticamente, buscando con sus patas un lugar seguro sobre las arenas movedizas. Mireille cortó las sibaks, los cordeles de seda que sujetaban los halcones a sus perchas, cogió los pájaros y los metió en un saco, colocándolo bajo la tienda todavía sin levantar. Después, ella y Shahin se acurrucaron bajo la lona, que estaba ya medio enterrada bajo una arena pesada, semejante a ladrillo.
Debajo de la lona, Shahin empezó a cubrirse la cara y la cabeza con una muselina. Aun allí, bajo la tienda, Mireille sentía las partículas punzantes que le pinchaban la piel y se abrían paso dentro de su boca, nariz y oídos. Se echó en la arena y permaneció allí tratando de no respirar mientras el ruido aumentaba… como el rugido del mar.
—Es la cola de la serpiente —dijo Shahin, envolviéndola en sus brazos para formar una bolsa de aire que les permitiera respirar mientras la arena caía cada vez con más fuerza sobre ellos—. Se levanta para guardar la puerta. Esto significa que, si Alá nos permite vivir, mañana llegaremos al Tassili.
San Petersburgo, Rusia, marzo de 1793
La abadesa de Montglane estaba sentada en el vasto comedor de sus aposentos en el Palacio Imperial de San Petersburgo. Las pesadas tapicerías que cubrían puertas y ventanas tapaban toda la luz y prestaban al recinto una sensación de seguridad. Hasta aquella misma mañana, la abadesa se había creído segura, pensando haber previsto toda eventualidad. Ahora comprendía que se había equivocado. Estaba rodeada por la media docena de femmes de chambre que la zarina Catalina había puesto a su servicio. Sentadas en silencio, con las cabezas inclinadas sobre sus encajes y bordados, la vigilaban con el rabillo del ojo para poder informar de su menor movimiento. La abadesa movía los labios, canturreando un Acto de Fe y un Credo, para que creyeran que estaba inmersa en la plegaria.
Mientras tanto, sentada ante la mesilla taraceada francesa, abrió su ejemplar de la Biblia, encuadernado en piel, y leyó por tercera vez la carta que esa misma mañana le había pasado subrepticiamente el embajador francés… lo último que hizo antes de que el trineo lo llevara de regreso a Francia, expulsado.
La carta era de Jacques Louis David. Mireille había desaparecido; había huido de París durante el Terror, tal vez abandonado Francia. Pero Valentine, la dulce Valentine, había muerto. La abadesa se preguntó con desesperación dónde estarían las piezas. Como es natural, la carta no hablaba de eso.
En ese instante, se escuchó un violento estallido en la recámara… un estrépito metálico seguido de exclamaciones excitadas. La voz estentórea de la zarina se impuso sobre las demás.
La abadesa cerró la Biblia, ocultando la carta. Las femmes de chambre intercambiaban miradas inquietas. De golpe, se abrió la puerta de la cámara de par en par. La tapicería que la cubría cayó al suelo con un estruendo de anillas de bronce.
Las damas se pusieron de pie, confusas… volcando los costureros, de donde rodaron hilos y telas, mientras Catalina entraba impetuosamente en la habitación, dejando a sus espaldas un enjambre de guardias desconcertados.
—¡Fuera! ¡Fuera, fuera! —gritó, atravesando el cuarto mientras golpeaba contra su palma un rígido rollo de pergamino. Las damas de compañía se apresuraron a dejarle camino libre, diseminando trozos de hilo y telas a su paso, mientras tropezaban en sus prisas por alcanzar la puerta. En la recámara hubo un pequeño atasco al chocar las damas y los guardias en su intento por huir de la ira soberana; después, las puertas exteriores se cerraron con un golpe… en el momento preciso en que la emperatriz llegaba junto al escritorio. La abadesa sonrió tranquila, con la Biblia cerrada frente a ella sobre el escritorio.
—Mi querida Sofía —dijo con dulzura—, después de tanto años, vienes a rezar maitines conmigo. Sugiero que comencemos con el acto de contrición…
La emperatriz golpeó con el rollo de pergamino sobre la Biblia de la abadesa. Sus ojos ardían de furia.
—¡Empieza tú con el acto de contrición! —gritó—. ¿Cómo te atreves a desafiarme? ¿Cómo te atreves a negarte a obedecer? ¡En este estado, mi voluntad es la ley…! ¡Este estado te ha dado asilo durante más de un año… pese a las advertencias de mis consejeros y en contra de mi propio buen juicio! ¿Cómo osas rechazar mi orden? —Y cogiendo el pergamino, lo abrió delante de la abadesa—.
¡Fírmalo! —aulló, cogiendo la pluma del tintero y arrojando tinta sobre el escritorio con mano temblorosa y el rostro congestionado de furia—. ¡Fírmalo!
—Mi querida Sofía —dijo apaciblemente la abadesa, cogiendo el pergamino—. No sé de qué me hablas. —Y estudió la página como si nunca la hubiera visto.
—¡Platón Zubov me ha dicho que te negaste a firmarlo! —exclamó mientras la abadesa continuaba leyendo. La pluma seguía goteando tinta—. ¡Exijo saber la razón… antes de meterte en prisión!
—Si vas a encerrarme en prisión —dijo la abadesa sonriendo—, no veo de qué puede servir mi excusa… aunque para ti pueda tener una importancia fundamental. —Y volvió la vista al papel.
—¿Qué quieres decir? —preguntó la emperatriz, volviendo a dejar la pluma en el tintero—. Sabes muy bien qué es este papel… ¡Negarse a firmado es un acto de traición contra el estado! Cualquier emigrado francés que desee permanecer bajo mi protección, tiene que firmar este juramento. ¡Esa nación de bribones disolutos ha asesinado a su rey! He expulsado de mi corte al embajador Genet… He cortado las relaciones diplomáticas con ese gobierno títere de imbéciles… He prohibido que los barcos franceses fondeen en cualquier puerto ruso.
—Sí, sí —dijo la abadesa con cierta impaciencia—. ¿Pero qué tiene esto que ver conmigo? No creo que pueda llamárseme una emigrada… Salí de Francia mucho antes de que cerrara sus puertas. ¿Por qué tendría que cortar mis relaciones con mi país… o la correspondencia amistosa que no hace daño a nadie…?
—¡Al rehusar, sugieres que estás coaligada con esos demonios! —dijo Catalina, horrorizada—. ¿Comprendes que votaron la ejecución de un rey? ¿Con qué derecho se toman semejante libertad? Esa chusma… ¡lo asesinaron a sangre fría, como a un delincuente común! ¡Lo raparon, lo dejaron en camisa y lo llevaron en una carreta de madera para que la escoria pudiera escupirlo! Y en el cadalso, cuando intentó hablar… perdonar los pecados de su pueblo antes de que lo degollaran como a una res… lo obligaron a bajar la cabeza en el tajo y ordenaron que empezaran a batir los tambores…
—Lo sé —dijo con calma la abadesa—. Lo sé. —Y colocando el pergamino sobre el escritorio, se puso de pie ante su amiga—. Pero no puedo interrumpir la comunicación con Francia, pese a cualquier ucase que se te ocurra inventar. Hay algo peor… algo más espantoso que la muerte de un rey… quizá que la muerte de todos los reyes.
Catalina la miraba estupefacta mientras la abadesa renuente, abría la Biblia y sacaba de entre sus páginas la carta, que le tendió.
—Tal vez hayan desaparecido algunas piezas del Juego de Montglane —dijo.

Catalina la Grande, zarina de todas las Rusias, estaba sentada frente a la abadesa, y entre ellas estaba el tablero de ajedrez de azulejos blancos y negros. Cogió un caballo y lo colocó en el centro. Parecía cansada y enferma.
—No comprendo —dijo en voz baja—. Si has sabido siempre dónde estaban las piezas, ¿por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no confiaste en mí? Creí que las habías dispersado…
—Y así era —contestó la abadesa, estudiando el tablero—, pero las habían dispersado menos a las que creía poder controlar. Al parecer me equivocaba. Uno de los jugadores ha desaparecido junto con algunas piezas. Debo recobradas.
—Por supuesto —aceptó la emperatriz—. Ya ves que debiste recurrir a mí desde un principio. Tengo agentes en todos los países. Si alguien puede recuperar esas piezas, soy yo.
—No seas absurda —dijo la abadesa, adelantando su reina y comiendo un peón—. Cuando esta joven desapareció, había en París ocho piezas. No sería tan tonta como para llevárselas con ella. Es la única que sabe dónde están ocultas… y no confiaría en nadie, salvo en una persona que estuviera segura que he enviado yo. He escrito con este objeto a mademoiselle Corday, que solía dirigir el convento en Caen. Le he pedido que viaje a París en mi nombre… para encontrar el rastro de la chica desaparecida antes de que sea demasiado tarde. Si ella muriera, moriría con ella el secreto del escondite de esas piezas. Ahora que has expulsado a mi correo, el embajador Genet, ya no puedo comunicarme con Francia, a menos que me ayudes. Mi última carta ha salido en su valija diplomática.
—Helene, eres demasiado inteligente para mí —dijo Catalina con una amplia sonrisa—. Debí haber supuesto de dónde venía el resto de tu correo… lo que no pude confiscar.
—¡Confiscar! —exclamó la abadesa, contemplando cómo Catalina sacaba su alfil del tablero.
—Nada interesante —dijo la zarina—. Pero ahora que me has demostrado confianza suficiente como para revelar el contenido de esta carta, tal vez estés dispuesta a permitir que te ayude con el juego, como te ofrecí al comienzo. Sigo siendo tu amiga… aunque sospecho que sólo la expulsión de Genet te ha movido a confiar en mí. Quiero el juego de Montglane. Debo conseguirlo antes de que caiga en manos menos escrupulosas que las mías. Viniendo aquí, pusiste tu vida en mis manos, pero hasta ahora no habías compartido conmigo lo que sabes. ¿Por qué no iba a confiscar tus cartas, si no me demostrabas confianza?
—¿Cómo podía confiar tanto? —exclamó la abadesa, airada—. ¿Crees que no sé usar los ojos? ¡Has firmado un pacto con Prusia, tu enemigo, para otra partición de tu amiga Polonia! Tu vida está amenazada por mil adversarios, incluso en tu propia corte. Debes saber que tu hijo Pablo está en su posesión de Gatchina, entrenando tropas de aspecto prusiano con vistas a un golpe de estado. Todos los movimientos que haces en este juego peligroso sugieren que podrías buscar el juego de Montglane para servir a tus propios fines: el poder. ¿Cómo podría saber que no me traicionas como has traicionado a tantos otros? Y aunque estés de mi parte, como deseo creer… ¿qué sucedería si trajera el juego aquí? Ni siquiera tu poder puede ir más allá de la tumba, querida Sofía. ¡Y si tú murieras, tiemblo al pensar en el uso que podría dar tu hijo Pablo a estas piezas!
—No tienes por qué temer a Pablo —resopló la zarina mientras la abadesa enrocaba—. Su poder nunca superará esas tropas miserables a las que hace marchar con sus estúpidos uniformes. Cuando yo muera, será mi nieto Alejandro quien reine. Yo misma lo he educado y hará lo que le he dicho…
En ese momento, la abadesa se llevó un dedo a los labios y señaló una tapicería que cubría el extremo más alejado de la habitación. Obedeciendo a su gesto, la zarina se levantó resueltamente de su silla. Mientras la abadesa seguía hablando, ambas mujeres contemplaban la tapicería.
—Ah, qué jugada tan interesante —dijo—, plantea problemas…
La zarina atravesaba la habitación con poderosas zancadas. Con un solo movimiento, apartó el tapiz. Y allí detrás estaba el príncipe Pablo, con su rostro avergonzado rojo como una remolacha. Atónito, lanzó una mirada a su madre y después fijó su vista en el suelo.
—Madre, venía a haceros una visita… —empezó, pero no conseguía mirarla—. Quiero decir, Majestad, venía… a ver a su reverenda madre, la abadesa, para hablar de un asunto…
—Veo que tu ingenio es tan ágil como el de tu difunto padre —espetó la zarina—. ¡Y pensar que he llevado en mi vientre un príncipe cuyo principal talento parece ser fisgar detrás de las puertas! ¡Sal de aquí enseguida! ¡Sólo verte me provoca disgusto!
Le dio la espalda, pero la abadesa vio la mirada de odio amargo que encendió el rostro de Pablo al contemplar la espalda de su madre. Catalina estaba jugando un juego peligroso con ese muchacho; no era tan tonto como ella creía.
—Ruego que la reverenda madre y vuestra Majestad sepan perdonar mi intrusión —susurró. Después, haciendo una profunda reverencia en dirección a la espalda de su madre, retrocedió un paso y salió en silencio de la habitación.
La zarina no habló, pero permaneció junto a la puerta con los ojos fijos en el tablero de ajedrez.
—¿Cuánto crees que habrá oído? —preguntó por fin, leyendo los pensamientos de la abadesa…
—Debemos suponer que lo ha oído todo —dijo la abadesa—. Hay que actuar enseguida.
—¿Por qué, porque un muchacho tonto se ha enterado de que no es el hombre destinado a ser rey? —dijo Catalina con una sonrisa amarga—. Estoy segura de que hace mucho tiempo que lo suponía.
—No —dijo la abadesa—, sino porque se ha enterado de la existencia del juego.
—Pero, seguramente, estaremos a salvo hasta haber concebido un plan —dijo Catalina—. Y la pieza que has traído aquí está en mi caja de seguridad. Si quieres, podemos trasladada a un lugar en el que nadie pensaría en buscarla. Los obreros están poniendo otra capa de cemento en la última ala del Palacio de Invierno. Hace cincuenta años que se está construyendo… ¡me espanta pensar en la cantidad de huesos que deben estar enterrados allí!
—¿Podríamos hacerlo nosotras? —preguntó la abadesa mientras la zarina cruzaba la habitación.
—¿Estás bromeando? —dijo Catalina, volviendo a sentarse junto al tablero—. ¿Nosotras dos… saliendo a hurtadillas en medio de la noche para esconder una pequeña pieza de ajedrez de quince centímetros de altura? No me parece que haya tanto motivo de alarma.
Pero la abadesa ya no la miraba. Su vista estaba fija en el tablero de ajedrez, una mesa de azulejos blancos y negros que había traído consigo desde Francia. Lentamente, levantó la mano y, con un rápido movimiento del brazo, apartó las piezas, algunas de las cuales cayeron sobre la mullida alfombra de astracán que había en el suelo. Golpeó el tablero con los nudillos. Se escuchó un ruido apagado, denso, como si debajo de la superficie hubiera un acolchado… como si algo separara los delgados cuadros esmaltados de otra cosa escondida más abajo. Los ojos de la zarina se dilataron mientras tocaba la superficie del tablero. Se levantó con el corazón palpitante y se acercó al brasero cuyos bordes ya se habían transformado en cenizas. Cogió un pesado atizador de hierro y, levantándolo por encima de su cabeza, lo descargó con energía sobre el tablero. Algunos azulejos se rompieron. Arrojó el atizador y sacó con las manos los fragmentos y el relleno de algodón que había debajo. Vio el resplandor sofocado que parecía arder con una llama interna. La abadesa seguía sentada junto al tablero con una expresión adusta y conmovida.
—¡El tablero del juego de Montglane! —susurró la zarina, mirando fijamente los cuadros esculpidos de plata y oro que se veían por el agujero—. Lo has tenido todo este tiempo. No me sorprende que callaras. Tenemos que sacar estos azulejos y el relleno, quitados de la mesa para que yo pueda contemplar todo su resplandor. ¡Como anhelo verlo!
—Lo había visto en mis sueños —susurró la abadesa—, pero cuando por fin lo sacamos de la tierra, cuando lo vi brillar en la luz apagada de la abadía, cuando toqué las piedras talladas y los extraños símbolos mágicos con mis propias manos… sentí que me recorría una fuerza más aterradora que cualquiera que haya conocido. Ahora comprenderás por qué deseo enterrarlo… esta noche… donde nadie pueda volver a encontrarlo hasta que se hayan recuperado las otras piezas. ¿Hay alguien en quién podamos confiar para que nos ayude?
Catalina la miró largo rato, percibiendo por primera vez en muchos años la soledad del papel que había elegido representar en la vida. Una emperatriz no podía permitirse amigos, confidentes.
—No —dijo a la abadesa con una sonrisa pícara e infantil—, pero hace mucho tiempo que nos permitimos caprichos peligrosos… ¿no es así, Helene? Hoy, a medianoche, podemos cenar juntas… ¿y tal vez después nos venga bien un enérgico paseo por los jardines?
—Tal vez deseemos dar varios paseos —aceptó la abadesa—. Antes de hacer introducir este tablero en la mesa, lo hice dividir cuidadosamente en cuatro… para poder moverlo sin ayuda de demasiada gente. Preví este día…
Usando como palanca el atizador, Catalina ya había empezado a romper los frágiles azulejos. La abadesa iba sacando los fragmentos para mostrar partes cada vez mayores del magnífico tablero. Cada cuadrado contenía un extraño símbolo místico, alternando el oro y la plata. Los bordes estaban ornados con valiosas gemas sin cortar, pulidas como huevos y dispuestas en extraños dibujos esculpidos.
—¿Y después de la cena leeremos mis… cartas confiscadas? —preguntó la abadesa.
—Por supuesto, haré que te las traigan —dijo la emperatriz mirando el tablero con ojos maravillados—. No eran muy interesantes. Son de una antigua amiga tuya… hablan en su mayor parte del tiempo en Córcega…
El Tassili, abril de 1793
Pero Mireille ya estaba a miles de kilómetros de Córcega. Y al llegar a la última pared del Ez-Zemoul El Akbar, vio frente a sí, al otro lado de las arenas, el Tassili… la casa de la Reina Blanca.
El Tassili n’Ajjer o meseta de los Abismos, se alzaba sobre el desierto: era una larga cinta de piedra azul que recorría cuatrocientos ochenta kilómetros desde Argelia hasta el interior del reino de Trípoli, rodeando el borde de las montañas Ahaggar y los fértiles oasis que salpicaban el desierto del Sur. Dentro de esos cañones estaba la clave de un antiguo misterio.
Al seguir a Shahin al interior de la embocadura del estrecho desfiladero occidental, Mireille advirtió que la temperatura descendía con rapidez, y por primera vez en casi un mes, olió el rico aroma del agua fresca. Al penetrar en el desfiladero, con sus altas paredes rocosas, vio el fino hilo de agua que corría sobre las piedras irregulares. Las riberas estaban cubiertas de rosadas adelfas que murmuraban en la sombra, mientras que algunas palmeras datileras surgían del cauce mismo y sus frondas plumosas se alzaban hacia el tembloroso fragmento de cielo.
A medida que sus camellos ascendían por la estrecha garganta, el cuello de roca azul iba ensanchándose lentamente y convirtiéndose en un valle rico y fértil en el que altos ríos nutrían los huertos de melocotones, higos y albaricoques. Mireille, que durante semanas no había comido más que lagartijas, salamandras y águilas ratoneras asadas sobre carbón, iba cogiendo melocotones de los árboles mientras pasaban en medio de las gruesas ramas, y los camellos arrancaban grandes manojos de oscuras hojas verdes.
Cada valle desembocaba en otros valles y retorcidas gargantas, cada uno con su clima y vegetación propios.
El Tassili —formado millones de años antes por profundos ríos subterráneos que se abrían paso por capas de rocas de variados colores— estaba esculpido como las cuevas y abismos de un mar enterrado. El río cortaba gargantas cuyas trabajadas paredes de piedra rosada y blanca parecían arrecifes coralinos, amplios valles de agujas espiraladas que se elevaban hacia el cielo. Y en torno a estas masas semejantes a castillos de arenisca roja petrificada, estaban las macizas mesetas con muros de un gris azulado, como los de fortalezas, que surgían del suelo del desierto y se proyectaban mil metros hacia el cielo.
Mireille y Shahin no encontraron a nadie hasta llegar a Tamrit, la aldea de las tiendas, en lo alto de las estribaciones del Aabaraka Tafelalet. Allí, cipreses milenarios se alzaban sobre el profundo y frío cauce del río, y la temperatura descendió de manera tan brusca que a Mireille le costaba trabajo recordar los cuarenta y ocho grados del mes transcurrido entre las dunas secas y estériles.
En Tamrit dejarían los camellos y seguirían a pie, llevando sólo las provisiones que pudieran. Porque ahora habían entrado en aquella parte del laberinto en que, según Shahin, las veredas y cornisas eran tan traicioneras que ni siquiera las cabras salvajes solían aventurarse por ellas.
Dispusieron lo necesario para que el pueblo de las tiendas abrevara a sus camellos. Muchos habían salido a mirar con ojos dilatados las trenzas rojas de Mireille, que el sol poniente convertía en llamas.
—Pasaremos la noche aquí —le dijo Shahin—. El laberinto sólo puede atravesarse de día. Saldremos mañana. En el corazón del laberinto está la llave… —y levantó el brazo para señalar el extremo de la garganta, donde las paredes rocosas desaparecían en una curva ya oculta por la sombra negrazulada, porque el sol desaparecía debajo del borde del cañón.
—La Reina Blanca —susurró Mireille, mirando las sombras distorsionadas que hacían que la roca pareciera tener movimiento—. Shahin, tú no crees de verdad que allá arriba haya una mujer de piedra… quiero decir, un ser vivo —dijo, estremeciéndose a medida que el sol se ocultaba y el aire se enfriaba de manera palpable.
—Lo sé —dijo él, también susurrando, como si pensara que alguien podía estar escuchando—. Dicen que a veces, al ponerse el sol, cuando no hay nadie cerca, la han oído desde grandes distancias… cantando una melodía extraña. Tal vez… cante para vos.

En Sefar el aire era frío y cristalino. Allí encontraron las primeras rocas talladas, aunque no eran las más antiguas: pequeños demonios con cuernos de chivo, dispersos por las paredes en bajorrelieve. Habían sido pintados unos mil quinientos años antes de Cristo. Cuanto más ascendían, más difícil se hacía el acceso y más antiguas las pinturas; más mágicas, misteriosas y complejas.
Mientras ascendían las empinadas cornisas practicadas en las paredes del cañón, Mireille sentía que iba retrocediendo en el tiempo. En cada curva del cañón, las pinturas que cubrían el oscuro rostro de piedra contaban la historia de las edades de hombres cuyas vidas se habían mezclado con estos abismos —una marea de civilización, ola tras ola—, retrocediendo ocho mil años en el tiempo.
Por todas partes había arte: carmín, ocre, negro, amarillo y pardo; esculpido y pintado en las paredes verticales, grabado con colores radiantes en los recodos oscuros de grietas y cavernas… miles y miles de pinturas, hasta donde alcanzaba la vista. Desplegadas allí, en la soledad de la naturaleza, pintadas en ángulos y alturas que sólo podía alcanzar un montañero experto o —como decía Shahin— un chivo, no sólo contaban la historia del hombre… sino de la vida misma.
Al segundo día vieron los carruajes de los hicsos, el pueblo del mar que dos mil años antes de Cristo había conquistado Egipto y el Sáhara y cuyo armamento más desarrollado —vehículos tirados por caballos y armaduras— los había ayudado a vencer los pintados camellos de los guerreros nativos. Mientras pasaban junto a los muros del cañón como predadores que atravesaran el desierto, leían la historia de sus conquistas como en un libro abierto. Mireille sonreía preguntándose qué pensaría su tío Jacques Louis si pudiera contemplar el trabajo de tantos artistas desconocidos, cuyos nombres se habían perdido en la espesa bruma de los tiempos, pero cuyo trabajo había durado miles de años.
Todas las noches, cuando el sol se ocultaba detrás del cañón, tenían que buscar abrigo. Si no había cuevas cerca, se envolvían en mantas de lana que Shahin fijaba al cañón con las estacas de la tienda, para no despeñarse por el desfiladero durante el sueño.
Al tercer día llegaron a las cuevas de Tan Zoumaitok, tan profundas y oscuras que sólo se podía ver a la luz de antorchas improvisadas con ramas que arrancaban de las grietas en la roca. Dentro de las cuevas había pinturas perfectamente conservadas, de hombres sin rostro con cabezas en forma de moneda, hablando con peces que caminaban erguidos sobre piernas. Porque, según dijo Shahin, las tribus de la antigüedad creían que sus ancestros habían pasado del mar a la tierra como peces, saliendo del lodo primordial con ayuda de sus piernas. Había también descripciones de la magia utilizada para aplacar a los espíritus de la naturaleza —una danza espiralada ejecutada por djenoun, o genios que parecían poseídos— moviéndose en sentido contrario al de las agujas del reloj en torno a la forma central de una piedra sagrada. Mireille contempló largo tiempo la imagen, con Shahin mudo a su lado, antes de proseguir la marcha.
En la mañana del cuarto día se acercaron a la cima de la meseta. Al doblar la curva de la garganta, los muros se expandieron y abrieron formando un valle ancho y profundo cubierto por completo de pinturas. Había color por todas partes, en todas las superficies rocosas. Era el valle de los Gigantes. Más de cinco mil pinturas llenaban las paredes de la garganta, de abajo arriba. Mireille se quedó sin aliento un instante, paseando la mirada por aquel vasto despliegue artístico —el más antiguo que había visto—, cubierto con un color tan vivo y ejecutado con tal claridad y simplicidad, como si lo hubieran pintado el día anterior. Eran atemporales, como los frescos de los grandes maestros.
Se quedó en pie durante mucho tiempo. Las historias grabadas en estos muros parecían envolverla, arrastrarla a otro mundo, primitivo y misterioso. Entre la tierra y el cielo sólo había color y forma, un color que parecía pasar a su sangre como una droga mientras estaba de pie en la cornisa, suspendida en el espacio. Y entonces escuchó el sonido.
Al principio pensó que era el viento… un murmullo alto como el del aire pasando por el gollete de una botella. Al levantar la vista, vio un alto desfiladero, a unos trescientos metros por encima de su cabeza, que sobresalía por encima de la garganta seca y salvaje. En la cara de la roca pareció surgir de pronto una grieta estrecha. Mireille miró a Shahin. Él también observaba el desfiladero de donde salía el sonido. Shahin se cubrió el rostro con sus velos y movió la cabeza para indicarle que debía precederlo en la estrecha vereda.
La vereda ascendía de forma abrupta. Pronto fue tan empinada, y la propia cornisa tan frágil, que Mireille, cuya preñez era de más de siete meses, luchaba por conservar tanto la respiración como el equilibrio. En una ocasión, resbaló y cayó de rodillas. Los guijarros sueltos cayeron a la garganta, novecientos metros por debajo. Tragó saliva, se levantó, porque la cornisa era tan estrecha que Shahin no podía ayudarla, y continuó sin mirar hacia abajo. El sonido se elevó.
Eran tres notas, repetidas una y otra vez en diferentes variaciones… con tonos cada vez más agudos. Cuanto más se acercaba a la grieta de la roca, menos se parecía al viento. El tono hermoso, claro, semejaba una voz humana. Mireille continuó ascendiendo por la insegura vereda.
La terraza estaba a mil quinientos metros del valle. Allí, lo que desde abajo parecía una fisura estrecha en la roca, se veía como la gigantesca abertura que era… al parecer, la entrada a una cueva. Se abría como una brecha en la roca, con una amplitud de seis metros y una altura de quince, entre la cornisa y la cima. Mireille esperó que Shahin la alcanzara, cogió su mano y entró por la abertura.