El ocho

El ocho


El sonido del desierto

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El ruido se hizo ensordecedor, girando en torno a ellos desde todos los lados y despertando ecos en las paredes cerradas de la grieta. Parecía atravesar hasta la última partícula de su cuerpo mientras Mireille recorría el espacio Oscuro. En el extremo se veía temblar una luz. Se hundió en la oscuridad, como tragada por la música. Y por fin llegó al extremo, cogida siempre de Shahin, y salió.

Lo que había creído una cueva era en realidad otro pequeño valle, con su techo abierto al cielo. La luz entraba desde arriba y lo iluminaba todo con una capa de un blanco escalofriante. En el paño de muros cóncavos estaban los gigantes.

Flotaban a seis metros por encima de ella, en colores pálidos y etéreos. Dioses con cuernos retorcidos que surgían de sus cabezas, hombres en trajes acolchados con tubos que iban de sus bocas al pecho y las caras ocultas debajo de cascos globulares, con rendijas donde debieron haber estado los rasgos. Estaban sentados en sillas de extraños respaldos que sostenían sus cabezas; tenían delante palancas e instrumentos circulares como diales de relojes o barómetros. Todos ellos desempeñaban extrañas funciones ajenas a Mireille, y en medio de todos ellos flotaba la Reina Blanca.

La música había cesado. Tal vez fuera una estratagema del viento… o de su mente. Las figuras resplandecían bajo la luz Mireille miró a la Reina Blanca.

En lo alto de la pared estaba suspendida la extraña y terrible figura, más grande que cualquier otra. Como una divina Némesis, se alzaba por encima del desfiladero en una nube de blanco, con el rostro enérgico sugerido apenas con unas líneas violentas, y los cuernos retorcidos como signos de interrogación que parecían desprenderse de la roca. Su boca era un agujero abierto, como una persona sin lengua que luchara por hablar. Pero no habló.

Mireille la contemplaba con una estupefacción cercana al terror. Rodeada por un silencio más espantoso que la música, miró a Shahin, que estaba inmóvil a su lado. Él también parecía esculpido en la roca eterna envuelto en el oscuro häik y cubierto por los velos azules. Mireille estaba aterrorizada y confusa bajo la luz blanquecina, rodeada por los fríos muros de la garganta. Volvió a mirar la pared. Y entonces lo vio.

La mano alzada de la Reina Blanca sostenía una larga vara… y en torno a esta vara se entrelazaban las formas de serpientes. Como un caduceo, formaban un número ocho. Le pareció oír una voz… pero no surgía de la roca sino de su interior. La voz decía: mira otra vez. Mira bien. Ve.

Mireille contempló las figuras alineadas en el muro. Todas eran figuras masculinas… salvo la Reina Blanca. Y de pronto lo vio todo distinto, como si le hubieran arrancado una venda de los ojos. Ya no era un panorama de hombres ocupados en actos extraños e indescifrables… sino un solo hombre. Como un dibujo con movimiento que se iniciara en un extremo y terminara en otro, mostraba el progreso de este hombre a través de muchas etapas… la transmutación de una cosa en otra.

Bajo la vara transformadora de la Reina Blanca, él se movía por la pared, pasando de estadio en estadio de la misma forma en que los hombres de cabezas redondas habían salido del mar con forma de peces. Estaba vestido con ropas rituales… tal vez para protegerse. Tenía palancas en las manos, como un navegante que gobierna un barco o un químico que muele sustancias en un mortero. Y por fin, después de muchos cambios, cuando el gran trabajo estaba completo, se levantaba de su silla y se reunía con la Reina, coronado por sus esfuerzos con los sagrados cuernos espiralados de Marte… el dios de la guerra y la destrucción. Se había convertido en un dios.

—Comprendo —dijo Mireille en voz alta… y el sonido de su voz despertó un eco en las paredes y el suelo del abismo, conmoviendo la luz del sol.

En ese momento sintió el primer dolor. Se echó hacia delante y Shahin la cogió y la ayudó a tenderse en el suelo. Estaba cubierta de sudor frío y su corazón latía desbocado. Shahin se arrancó los velos y apoyó una mano sobre su estómago mientras la segunda contracción atenazaba su cuerpo.

—Ya es hora —dijo con suavidad.

El Tassili, junio de 1973

Desde la alta meseta encima de Tamrit Mireille podía ver las dunas exteriores hasta una distancia de treinta y dos kilómetros. El viento levantaba su cabello que flotaba a sus espaldas con el color de la arena roja: La tela blanda de su caftán estaba desatada y el niño mamaba de su pecho. Tal como había predicho Shahin, había nacido bajo los ojos de la diosa… y era un varón. Mireille lo había llamado Charlot, como a su halcón. Ya tenía casi seis semanas de vida.

Vio recortadas en el horizonte las suaves plumas rojas de la arena suelta que levantaban los jinetes de Bahr-al-Azrak. Entrecerrando los ojos, distinguió cuatro hombres en sus camellos, descendían por la curva interior de una duna plumosa, como astillas de madera envueltas por el rizo de una ola oceánica. El calor se desprendía de la duna en formas calientes, oscureciendo las figuras cuando entraban en su estela.

Llegar a Tamrit, tan al interior de los cañones del Tassili, les llevaría un día, pero Mireille no necesitaba esperar su llegada. Sabía que venían a buscarla. Hacía ya días que lo presentía. Besó a su hijo en lo alto de la cabeza, lo envolvió en el saco que llevaba colgado al cuello y emprendió el descenso de la montaña… para esperar la carta. Si no llegaba hoy, llegaría pronto. La carta de la abadesa de Montglane, que le decía que debía regresar.

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