El ocho
Las montañas mágicas
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LAS MONTAÑAS MÁGICAS
¿Qué es el futuro? ¿Qué es el pasado? ¿Qué somos? ¿Cuál es el fluido mágico que nos rodea y oculta las cosas que más necesitamos saber? Vivimos y morimos en medio de maravillas.
NAPOLEÓN BONAPARTE
La Cabilia, junio de 1973
Y así Kamel y yo subimos a las Montañas Mágicas. En el viaje a la Cabilia. Cuanto más penetrábamos en ese terreno solitario, más perdía yo contacto con lo que me parecía real.
Nadie sabe con exactitud dónde empieza o termina la Cabilia. Es una confusión laberíntica de altos picos y profundas gargantas. Colocados entre el Medjerdas al norte de Constantino, y las Hodnas, debajo de Bouira, esas vastas cadenas anteriores del Alto Atlas —la Gran y la Pequeña Cabilia— se extienden a lo largo de treinta mil kilómetros, desmoronándose por fin por la cornisa rocosa al mar, cerca de Bejaia.
Mientras Kamel conducía su negro Citroën ministerial por el camino retorcido y sucio entre columnas de antiguos eucaliptus, las colinas azules se levantaban sobre nosotros majestuosas, coronadas de nieve y de misterio. Debajo de ellas se extendía la Tizi-Ouzou, la Garganta de la Aulaga, donde el salvaje brezo argelino bañaba el amplio valle con un brillante color fucsia, con las pesadas flores balanceándose como olas ante cada impulso de la brisa. El aroma era mágico y penetraba el aire con una fragancia mareante.
Junto al camino, las claras aguas azules del Ouled Sebaou se abrían paso entre los brezos. Este río, alimentado por el deshielo primaveral, recorría cuatrocientos ochenta kilómetros hasta Cabo Bengut, regando el Tizi-Ouzou a lo largo del cálido verano. Era difícil imaginar que estábamos sólo a cincuenta kilómetros del brumoso Mediterráneo y que a ciento cuarenta y cinco kilómetros al sur de, donde nos hallábamos, se extendía el mayor desierto del mundo.
Durante las cuatro horas transcurridas desde que me recogiera en mi hotel, Kamel había permanecido en un silencio insólito. Se había tomado bastante tiempo para llevarme allí. Casi dos meses desde que me lo prometió. Y durante ese tiempo me había encargado todo tipo de misiones… algunas descabelladas. Inspeccioné refinerías, desmotadoras y molinos. Vi mujeres con rostros cubiertos de velos y descalzas, sentadas sobre capas de sémola, separando cuscús me ardieron los ojos en el aire caliente y lleno de fibras en suspensión de las plantas textiles; me quemé los pulmones inspeccionando plantas de extrusión, y estuve a punto de caer de cabeza dentro de un tanque de acero fundido desde el precario andamio de una refinería. Me había enviado a todas partes de la zona oeste del estado: Orán, Tlemcén, Sidi-bel-Abbes, para que pudiera reunir los datos necesarios como base para su modelo. Pero nunca al este, donde estaban los Cabilios.
Durante siete semanas, alimenté los grandes ordenadores de Sonatrach, el conglomerado petrolero, con datos sobre todas las industrias imaginables. Incluso puse a trabajar a Thérèse, la telefonista, recogiendo estadísticas gubernamentales sobre producción de crudo y consumo en otros países… para poder comparar balanzas comerciales y ver qué país sufriría más. Como dije a Kamel, en un país en el que la mitad de las comunicaciones pasaban por un conmutador de la primera guerra mundial, y la otra mitad, a camello, no era fácil elaborar un sistema. Pero lo haría lo mejor que pudiera.
Por otra parte, parecía más lejos que nunca de mi objetivo: encontrar el juego de Montglane. No había tenido noticias de Solarin ni de su adjunta: la pitonisa. Thérèse había enviado todos los mensajes que se me ocurrieron a Nin, Lily y Mordecai, pero sin resultado. En lo que a mí refería, había un vacío de información. Y Kamel me había alejado tanto del centro, que casi sentía que sabía lo que yo planeaba. Y de pronto, esa mañana, apareció en mi hotel, ofreciendo «ese viaje que le prometí».
—¿Usted se crió en esta región? —pregunté, bajando el vidrio ahumado para ver mejor.
—En la cadena posterior —contestó Kamel—. Allí, la mayor parte de las aldeas están sobre altos picos y tienen una vista hermosa. ¿Querría ir a algún sitio en especial o me limito a llevarla en el grand tour?
—Bueno, en realidad hay un anticuario que me gustaría visitar… colega de un amigo de Nueva York. Prometí ver su tienda, si no lo desvía demasiado…
Me pareció mejor hablar con displicencia, porque no sabía mucho sobre el contacto de Llewellyn. No conseguía encontrar la aldea en ningún mapa, aunque, como decía Kamel, las cartes geographiques argelinas eran algo precarias.
—¿Antigüedades? —preguntó Kamel—. No hay muchas. Hace tiempo ya que las cosas de valor están encerradas en los museos. ¿Cómo se llama la tienda?
—No lo sé. La aldea se llama Ain Ka-abah —le dije—. Llewellyn dijo que era la única tienda de antigüedades del pueblo.
—Qué cosa tan extraña —dijo Kamel, siempre mirando el camino—. Ain Ka-abah es la aldea en que nací. Es un lugar diminuto, lejos de las rutas conocidas, pero allí no hay ninguna tienda de antigüedades… de eso estoy seguro.
Sacando la agenda de mi mochila, busqué las rápidas notas que había tomado de Llewellyn.
—Aquí está. No hay nombre de calle, pero está en la zona norte del pueblo. Parece que su especialidad son las alfombras antiguas. El nombre del dueño es El-Marad…
Tal vez fuera mi imaginación, pero me pareció que Kamel se ponía un tanto verde. Tenía la mandíbula tensa y cuando habló, su voz era forzada.
—El-Marad —dijo—. Lo conozco. Es uno de los mayores comerciantes de la región, famoso por sus alfombras. ¿Le interesa comprar una alfombra?
—En realidad, no —dije, cautelosa. Kamel no me lo decía todo, aunque su expresión mostraba bien a las claras que algo andaba mal—. Mi amigo de Nueva York sólo me pidió que pasara a verlo. Si es un problema, siempre puedo venir yo en otro momento.
Kamel permaneció mudo unos minutos. Parecía estar pensando. Llegamos al final del valle y empezó a ascender las montañas. Había prados ondulados de hierba primaveral, moteados con árboles frutales en flor. Junto al camino, se veían niños que vendían manojos de espárragos, gordos y negros champiñones y narcisos fragantes. Kamel salió de la carretera y estuvo charlando varios minutos en una lengua extraña… algún dialecto bereber que sonaba como el gorjeo de los pájaros. Después volvió a meter la cabeza en el coche y me ofreció un ramo de flores de olor muy delicado.
—Si va a conocer a El-Marad —dijo, recuperando su habitual sonrisa—, espero que sepa regatear. Es despiadado como un beduino y diez veces más rico. Yo no lo he visto… de hecho, no he estado en casa desde que murió mi padre. Mi aldea tiene muchos recuerdos para mí…
—No es necesario ir —repetí.
—Por supuesto que iremos —dijo Kamel con firmeza, aunque el tono de su voz no era precisamente entusiasta—. Sin mí, no podría encontrar el lugar. Ademas, El-Marad se sorprenderá al verme. Desde la muerte de mi padre, ha sido el jefe de la aldea… —Kamel volvió a guardar silencio con un aspecto más bien siniestro. Me pregunté qué sucedía.
—¿Y cómo es ese vendedor de alfombras? —pregunté para romper el hielo…
—En Argelia, el nombre de un hombre puede indicarle a uno muchas cosas —dijo Kamel mientras giraba con destreza por los caminos cada vez más tortuosos—. Por ejemplo Ibn significa hijo de. Algunos son nombres de sitios, como Yamini, es decir Hombre del Yemen, o Jabal-Tarik, montaña de Tarik, o Gibraltar. Las palabras El, Al y Bel se refieren a Alá o Baal, es decir, dios, como Aníbal, Asceta de Dios, o Aladino, Sirviente de Alá, etcétera…
—¿Entonces qué significa El-Marad, Merodeador de Dios? —pregunté riendo.
—Está más cerca de lo que cree —dijo Kamel, lanzando una risa incómoda—. El nombre no es árabe ni bereber, sino acadio, la lengua de la antigua Mesopotamia. Es una forma abreviada de Babel, que se suponía que se elevaría hasta el sol, hasta las puertas del cielo. Eso es lo que significa Babel: la Puerta de Dios. Y Nimrod quiere decir el rebelde… el que desobedece a los dioses.
—¡Todo un nombre para un vendedor de alfombras! —reí, aunque por supuesto había observado las semejanzas con el nombre de otro a quien conocía.
—Sí —aceptó—, si eso fuera todo lo que es.

Kamel no quería explicar a qué se refería, pero no era casual que entre cientos de aldeas hubiera crecido precisamente en la que era el hogar de este comerciante.
Hacia las dos de la tarde, cuando llegamos al pequeño balneario de Beni Yenni, mi estómago rugía de hambre. La pequeña posada en lo alto de una montaña era más bien destartalada, pero los oscuros cipreses italianos que se retorcían contra las paredes ocres y los tejados rojos, le daban mucho encanto.
Almorzamos en la pequeña terraza embaldosada, rodeada por una barandilla blanca que sobresalía de la cumbre de la montaña. Abajo, las águilas rozaban el suelo del valle y de sus alas se desprendían destellos dorados cuando atravesaban la ligera bruma azul que se levantaba del Oouled Aissi. A nuestro alrededor veíamos el peligroso terreno: caminos serpenteantes como delgadas cintas deshilachadas a punto de resbalar por las laderas; aldeas enteras que parecían rojizos cantos rodados que se despeñaran, mantenidas en precario equilibrio en lo más alto de cada elevación. Aunque ya estábamos en junio, el aire era lo bastante frío como para necesitar el jersey, al menos treinta grados más frío que el de la costa que habíamos abandonado esa mañana. Al otro lado del valle, vi la nieve que coronaba el macizo Djurdjura, y las nubes bajas sospechosamente cargadas… justo en la dirección hacia la que íbamos.
Éramos las únicas personas de la terraza y el camarero parecía algo malhumorado mientras traía de la cálida cocina nuestros tragos y la comida. Me pregunté si habría algún huésped en la posada, que recibía un subsidio estatal para alojar a miembros del ministerio. El tráfico turístico en Argelia no era suficiente como para mantener ni siquiera los balnearios más accesibles de la costa.
Permanecimos sentados en medio del aire vigorizante, bebiendo el amargo y rojo byrrh con limón y hielo picado. Comimos en silencio. Un caldo caliente de verduras, panes crujientes y pollo hervido con mahonesa y aspic. Kamel parecía aún perdido en sus reflexiones.
Antes de salir de Beni Yenni, abrió el maletero y sacó un montón de mantas de lana. Estaba tan preocupado como yo por el aspecto del tiempo. Casi de inmediato, el camino se hizo precario. ¿Cómo podía imaginar que eso no era nada comparado con lo que nos esperaba?
De Beni Yenni a Tikjda había una hora de camino, pero pareció una eternidad. La pasamos en silencio casi absoluto. Al comienzo, el camino descendía hasta el valle, cruzaba el pequeño río y volvía a ascender lo que parecía una colina baja y ondulante. Pero cuanto más avanzábamos, más empinada se volvía. Cuando llegamos arriba, el Citroën resoplaba. Miré abajo. Ante mí había un abismo de seiscientos metros de profundidad, un laberinto de aserradas y abiertas gargantas practicadas en la roca. Y nuestro camino, o lo que quedaba de él, era una masa de hielo en derrumbe… gravilla incrustada a punto de caer en la arista de la loma. Y para aumentar la emoción, esa estrecha vereda practicada en la roca, retorcida como un nudo marinero, también descendía por la ladera rocosa en una inclinación del quince por ciento… hasta llegar a Tikjda.
Mientras Kamel conducía el grande y felino Citroën por encima del borde y lo colocaba en el camino inseguro, cerré los ojos y recité unas plegarias. Cuando volví a abrirlos, habíamos girado en la curva. Y ahora el camino parecía desconectado de todo, suspendido en el espacio, entre las nubes. A ambos lados, las gargantas descendían trescientos metros o más. Las montañas nevadas parecían surgir como estalagmitas del suelo del valle. Un viento salvaje, atorbellinado, se elevaba por las paredes de los negros barrancos, absorbiendo nieve y oscureciendo el camino. Yo había sugerido volver… pero no había lugar para hacer la maniobra.
Me temblaban las piernas cuando apoyé con fuerza los pies contra el suelo, preparada para el golpe cuando perdiéramos el camino y saliéramos despedidos al espacio. Kamel disminuyó la velocidad a cincuenta kilómetros, después a treinta… hasta que avanzábamos a quince. Absurdamente, a medida que descendíamos la pendiente, la nieve se hacía más pesada. En ocasiones, al girar en una curva pronunciada, encontrábamos un carro o un camión roto abandonados en el camino.
—¡Pero si estamos en junio, por el amor de Dios! —dije a Kamel mientras nos abríamos paso con cautela alrededor de un desfiladero especialmente alto.
—Ni siquiera nieva todavía —dijo con tranquilidad—. Sólo sopla un poco…
—¿Qué quiere decir con todavía? —pregunté.
—Espero que le gusten sus alfombras —dijo Kamel con una sonrisa tensa—, porque esto puede costarle más que dinero. Aun si no nieva, si el camino no se derrumba… si llegamos a Tikjda antes de que oscurezca… todavía tenemos que atravesar el puente.
—¿Antes de que oscurezca? —exclamé, desplegando mi hermético e inútil mapa de la Cabilia—. Según esto, Tikjda está a sólo cuarenta y ocho kilómetros de aquí… y el puente está justo después.
—Sí —aceptó Kamel—, pero los mapas sólo muestran las distancias en línea recta. Las cosas que en dos dimensiones parecen cercanas, en la realidad pueden estar muy alejadas.
Llegamos a Tikjda a las siete en punto. El sol, que afortunadamente pudimos ver, hacía equilibrios en la última cornisa, preparado para hundirse detrás del Rif. Habíamos necesitado tres horas para recorrer cuarenta y ocho kilómetros. En el mapa, Kamel había señalado Ain Ka-abah cerca de Tikjda. Parecía como si pudiéramos ir corriendo de un lado al otro… pero el dato resultó ser singularmente engañoso.
Salimos de Tikjda, donde nos detuvimos sólo para cargar gasolina y llenar nuestros pulmones de aire fresco de montaña. El tiempo había mejorado… el cielo estaba sereno, el aire era sedoso, y lejos, más allá de los pinos en forma de prisma, se extendía un fresco valle azul. En el centro de este valle, tal vez a diez u once kilómetros de distancia, había una enorme montaña cuadrada que se alzaba púrpura y dorada bajo los últimos rayos del sol, y cuya cumbre era chata como la de una meseta. Estaba totalmente sola en medio del ancho valle.
—Ain Ka-abah —dijo Kamel, señalando por la ventanilla.
—¿Allá arriba? —pregunté—. Pero no veo ninguna carretera…
—No la hay… es sólo una vereda para ascender a pie —contestó—. Varios kilómetros por terreno pantanoso en la oscuridad, y después arriba por la senda. Pero antes de llegar, tenemos que cruzar el puente.
El puente estaba apenas a ocho kilómetros de Tikjda… pero mil doscientos metros más abajo. En el crepúsculo —ese momento especialmente difícil para lograr una visión clara—, resultaba complicado atravesar las sombras purpúreas proyectadas por los altos desfiladeros. Pero a nuestra derecha, el valle seguía brillante, lleno de una luz que convertía a la montaña de Ain Ka-abah en un lingote de oro. Ante nuestros ojos había un paisaje que me dejó sin aliento. Nuestro camino descendía, descendía, casi hasta el suelo del valle… pero ciento cincuenta metros más arriba, suspendido sobre el torrente impetuoso de un río, estaba el puente. A medida que bajábamos hacia el suelo del cañón, Kamel iba disminuyendo la marcha. Al llegar al puente se detuvo.
Era un puente canijo, tembloroso, que parecía de juguete. Podía haberse construido diez o cien años antes; imposible saberlo. La superficie, alta y estrecha, era apenas suficiente para admitir el paso de un solo coche, y tal vez el nuestro fuera el último. Abajo, el río se arrojaba con saña contra los invisibles pilares; era una impetuosa corriente que caía a gran velocidad de las altas gargantas.
Kamel colocó la pulida limusina negra en la basta superficie. Sentí que el puente temblaba debajo de nosotros.
—Le resultará difícil de imaginar —susurró Kamel, como si la vibración de su voz pudiera ser la gota que rebasara el vaso—, pero en pleno verano ese río es apenas un hilo seco que atraviesa las marismas… apenas gravilla suelta durante toda la estación cálida.
—¿Y cuánto dura la estación cálida… quince minutos? —pregunté con la boca seca de miedo mientras el coche avanzaba crujiendo. Un leño o algo así golpeó los pilares del fondo y el puente tembló como si estuviéramos sufriendo un terremoto. Me aferré al asiento hasta que se detuvo.
Cuando las ruedas delanteras del Citroën pisaron terreno sólido, empecé a respirar otra vez. Mantuve los dedos cruzados hasta que sentí que también las traseras tocaban tierra. Kamel detuvo el coche y me miró con una amplia sonrisa de alivio.
—¡Es increíble lo que las mujeres pueden pedir a un hombre sólo para hacer unas compras! —dijo.
El terreno del valle parecía demasiado blando para bajar con el coche, así que lo dejamos en la última terraza de piedra bajo el puente. Veredas de cabras zigzagueaban por las marismas, abriendo una senda en las altas y duras hierbas. En el lodo se veían el estiércol y las profundas huellas de patas hendidas.
—Suerte que llevaba los zapatos apropiados —dije, mirando con tristeza mis sandalias doradas, inadecuadas para cualquier cosa.
—El ejercicio le vendrá bien —dijo Kamel—. Las mujeres cabilias marchan todos los días… con veintiocho kilos a la espalda. —Y me sonrió.
—Debo confiar en usted porque me gusta su sonrisa —le dije—. No hay otra explicación de por qué estoy haciendo esto.
—¿Qué diferencia hay entre un beduino y un cabilio? —preguntó mientras avanzaba lentamente por los pastos mojados.
—¿Es un chiste étnico? —pregunté riendo.
—No, lo digo en serio. El beduino se distingue porque nunca muestra los dientes cuando ríe. Es descortés mostrar las muelas… en realidad, da mala suerte. Observe a El-Marad y ya verá.
—¿No es cabilio? —pregunté. Íbamos progresando por el oscuro y chato valle del río. La montaña de Ain Ka-abah estaba suspendida sobre nosotros, iluminada todavía por el sol. Allí donde se habían pisado las hierbas húmedas, vimos flores silvestres de colores púrpura, amarillo y rojo, cerrándose para la noche.
—Nadie lo sabe —dijo Kamel, guiándome—. Hace años llegó a la Cabilia, nunca supe de dónde, y se instaló en Ain Ka-abah. Es un hombre de orígenes misteriosos.
—Tengo la impresión de que no le resulta simpático —dije.
Kamel siguió caminando en silencio.
—Es difícil tenerle simpatía a un hombre a quien se considera responsable de la muerte del padre de uno —dijo por fin.
—¡La muerte! —exclamé, adelantándome aprisa para colocarme a su lado. Perdí una sandalia, que desapareció entre los pastos. Kamel se detuvo mientras la buscaba—. ¿Qué quiere decir? —murmuré por entre las altas hierbas.
—Mi padre y El-Marad se asociaron en una aventura comercial —dijo mientras yo recuperaba mi sandalia—. Mi padre fue a Inglaterra a ultimar una negociación. Fue atracado y asesinado por matones en las calles de Londres.
—De modo que este El-Marad no tuvo una responsabilidad directa —dije, poniéndome a su lado mientras seguíamos andando.
—No —dijo Kamel—. De hecho, pagó mis estudios con los beneficios del negocio de mi padre, para que pudiera permanecer en Londres. Pero se guardó el negocio. Nunca le envié una nota de agradecimiento. Por eso dije que le sorprendería verme.
—¿Y por qué lo hace responsable de la muerte de su padre? —lo urgí. Era evidente que Kamel no deseaba hablar del asunto. Cada palabra parecía requerir un esfuerzo.
—No lo sé —dijo tranquilamente, como si lamentara haber sacado el tema—. Tal vez piense que debió haber ido él.
Durante el resto del camino del valle permanecimos en silencio. El sendero que ascendía a Ain Ka-abah era una larga espiral que circundaba la montaña. Había media hora del pie de la montaña hasta su cumbre… y los últimos cuarenta metros eran amplios escalones practicados en la piedra y muy pulidos por el paso de muchos pies.
—¿Cómo come la gente que vive aquí? —pregunté cuando llegábamos jadeantes a lo alto. Las cuatro quintas partes de Argelia eran desierto, no había madera y la única tierra cultivable estaba a trescientos kilómetros de distancia, junto al mar.
—Hacen alfombras —contestó Kamel— y joyas de plata, que truecan. En la montaña hay piedras preciosas y semipreciosas… cornalina y ópalo y algunas turquesas. Todo lo demás se importa de la costa.
La aldea de Ain Ka-abah tenía una larga calle central, con casas de estuco a ambos lados. Nos detuvimos en el camino sucio, frente a una gran casa con techo de paja. Las cigüeñas habían hecho un nido en la chimenea, y había varias posadas en el tejado.
—Ésta es la casa de los tejedores —dijo Kamel.
Mientras bajábamos por la calle, observé que el sol había desaparecido por completo. Era un hermoso crepúsculo color lavanda… pero el aire iba enfriándose.
En la calle había algunos carros llenos de heno, varios asnos y pequeños rebaños de cabras. Supuse que era más fácil subir la colina con carros tirados por asnos que con una limusina Citroën.
En el extremo del pueblo, Kamel hizo una pausa frente a una casa grande. Se quedó mirándola largo tiempo. La casa era de estuco, como las otras, pero tal vez el doble de grande y con un balcón que cruzaba la fachada. Había una mujer golpeando alfombras. Era oscura y llevaba ropa muy colorida. Junto a ella había una niña pequeña con rizos dorados, con un vestido blanco y una bata. La parte superior de su cabello estaba trenzada en mechones muy finos que caían como rizos sueltos. Cuando nos vio, corrió escaleras abajo y se me acercó.
Kamel habló a la madre, que permaneció un momento mirándolo en silencio. Después me vio a mí y me dedicó una sonrisa, mostrando varios dientes de oro. Entró en la casa.
—Ésta es la casa de El-Marad —dijo Kamel—. Esa mujer es su esposa principal. La niña es una hija muy tardía… la mujer dio a luz cuando todos creían que era estéril. Esto se considera una señal de Alá… la criatura es una elegida…
—¿Cómo sabe todo esto si hace diez años que no viene? —pregunté—. Esta niña tiene apenas unos cinco años.
Mientras entrábamos en la casa, Kamel cogió a la pequeña de la mano y la miró con afecto.
—Nunca la había visto —admitió—, pero me mantengo informado de lo que sucede en mi aldea. Esta criatura se consideró todo un suceso. Debí haberle traído algo… al fin y al cabo, no puede decirse que sea responsable de los sentimientos que me inspira su padre.
Revolví en mi bolsa para ver si encontraba algo que resolviera el problema. Una pieza del ajedrez magnético de Lily quedó suelta en mi mano. Era sólo una pieza de plástico: la Reina Blanca. Parecía una muñeca en miniatura. Se la di a la niña. Muy excitada, se apresuró a ir a mostrar el juguete a su madre. Kamel me sonrió, agradecido.
La mujer salió y nos hizo entrar en la casa en penumbras. Llevaba en la mano la pieza de ajedrez, charlaba en bereber con Kamel y no me quitaba los brillantes ojos de encima. Tal vez le estuviera haciendo preguntas sobre mí. De vez en cuando, me tocaba con dedos ligeros como plumas.
Kamel le dijo unas palabras y la mujer se fue.
—Le he pedido que traiga a su esposo —me dijo—. Podemos entrar en la tienda y esperar allí. Una de las esposas nos traerá café.
La tienda de alfombras era grande y ocupaba la mayor parte de la planta principal. Había alfombras apiladas por todas partes, plegadas y enrolladas formando largos tubos contra las paredes. Había alfombras cubriendo el suelo y otras pendiendo de los muros y colgadas de la barandilla interior de la segunda planta. Nos sentamos en el suelo, sobre cojines, con las piernas cruzadas. Entraron dos mujeres jóvenes, una de las cuales llevaba una bandeja con un samovar y tazas, y la otra un soporte para colocarla. Dispusieron todo y nos sirvieron café. Al mirarme lanzaban risillas y después apartaban rápidamente la mirada. Al cabo de unos momentos, se fueron.
—El-Marad tiene tres esposas —me dijo Kamel—. La fe islámica permite hasta cuatro, pero no es probable que tome otra a estas alturas. Debe estar cerca de los ochenta.
—¿Pero usted no tiene ninguna? —pregunté.
—La ley del estado sólo permite a un ministro tener una esposa —contestó Kamel—. De modo que hay que ser más cauteloso. —Me sonrió, pero parecía apagado. Era evidente que se hallaba en tensión.
—Al parecer, estas mujeres me encuentran divertida. Cuando me miran, ríen —dije para aligerar el ambiente.
—Tal vez nunca antes hayan visto a una mujer occidental —dijo Kamel—. Lo seguro es que jamás han visto una mujer con pantalones. Probablemente desearían hacerle muchas preguntas, pero son demasiado tímidas.
En ese momento se abrieron las cortinas que había detrás del balcón y entró en el cuarto un hombre alto e imponente. Medía más de un metro ochenta y tenía una nariz larga y afilada, curvada como el pico de un halcón, cejas hirsutas sobre unos ojos negros y penetrantes, y una mata de cabello negro estriado de canas. Llevaba un largo caftán rojo y blanco de lana fina y ligera y caminaba con paso vigoroso. No representaba más de cincuenta años. Kamel se levantó para saludarlo y se besaron en ambas mejillas, llevándose los dedos a las frentes y el pecho. Kamel le dijo algunas palabras en árabe y el hombre se volvió hacia mí. Su voz era más aguda de lo que esperaba, y suave… casi un susurro.
—Soy El-Marad —me dijo—. Un amigo de Kamel Kader es bienvenido en mi casa.
Me hizo un gesto para que tomara asiento y él se sentó frente a mí, con las piernas cruzadas a la turca. No advertía entre ambos hombres, que hacía por lo menos diez años que no hablaban, ninguna señal de la tensión mencionada por Kamel. El-Marad había arreglado su ropa en torno a sí y me miraba con interés.
—Le presento a mademoiselle Catherine Velis —dijo Kamel con gran cortesía—. Ha venido de América para trabajar para la OPEP.
—La OPEP —repitió El-Marad, asintiendo—. Por fortuna, aquí en las montañas no tenemos petróleo, porque si no también nosotros tendríamos que cambiar nuestra forma de vida. Espero que disfrute de su estancia en nuestra tierra y que, a través de su trabajo, y si es voluntad de Alá, prosperemos todos.
Levantó la mano y entró la madre, llevando a la pequeña. Dio a su marido la pieza de ajedrez y él me la tendió.
—Entiendo que ha dado un regalo a mi hija —dijo—. Soy su deudor. Por favor, elija la alfombra que quiera.
Volvió a levantar la mano y madre e hija desaparecieron tan silenciosamente como habían entrado.
—No, por favor —dije—. Es sólo un juguete de plástico.
Pero él miraba la pieza que tenía en la mano y no parecía oírme. De pronto me miró con ojos de águila bajo las cejas fruncidas.
—¡La Reina Blanca! —susurró, lanzando una rápida mirada a Kamel y volviéndose hacia mí otra vez—. ¿Quién la ha enviado? —preguntó—. ¿Y por qué lo ha traído a él?
Esto me cogió por sorpresa y miré a Kamel. Y entonces comprendí. Él sabía por qué estaba yo allí… tal vez la pieza de ajedrez fuera una especie de señal de que venía de parte de Llewellyn. Pero si era así, se trataba de una contraseña que Llewellyn no había mencionado.
—Lo siento muchísimo —dije, tratando de suavizar las cosas—. Un amigo mío, un anticuario de Nueva York, me pidió que viniera a verlo. Kamel tuvo la amabilidad de traerme.
El-Marad permaneció silencioso un momento, pero me miraba severamente bajo sus pobladas cejas. Seguía jugando con la pieza de ajedrez como si fuera la cuenta de un rosario. Por último, se volvió hacia Kamel y le dijo unas palabras en bereber. Kamel asintió y se puso de pie. Mirándome, dijo:
—Creo que iré a tomar el aire. Parece que hay algo que El-Marad quiere decirle en privado. —Y me sonrió para demostrar que la rudeza de ese hombre extraño no le molestaba. Volviéndose hacia El-Marad, agregó—: Pero Catherine es dakhil-ak, ya sabe…
—¡Imposible! —exclamó El-Marad, levantándose él también—. ¡Es una mujer!
—¿Qué es eso? —pregunté, pero Kamel había salido y me quedé a solas con el vendedor de alfombras.
—Dice que está usted bajo su protección —dijo El-Marad, volviéndose hacia mí cuando estuvo seguro de que Kamel se había ido—. Es una formalidad beduina. En el desierto, un hombre perseguido puede aferrarse de los vestidos de otro hombre. La responsabilidad de la protección es insoslayable, aunque no pertenezcan a la misma tribu. Rara vez se ofrece, a menos que se la solicite… Y jamas a una mujer.
—Tal vez pensó que dejarme sola con usted exigía medidas extremas —sugerí.
El-Marad me miró estupefacto.
—Es usted muy valerosa al hacer bromas en un momento como éste —dijo lentamente, caminando alrededor de mí, estudiándome—. ¿No le dijo que lo eduqué como a mi propio hijo? —El-Marad se detuvo y me dedicó otra de sus fastidiosas miradas—. Somos nahnu malihin, estamos en términos de sal. Si en el desierto comparte usted su sal con alguien, esa sal vale más que el oro…
—De modo que es usted beduino —dije—. Conoce todas las costumbres del desierto y jamás ríe… me pregunto si Llewellyn Markham lo sabe. Tendré que enviarle una nota para hacerle saber que los beduinos no son tan corteses como los bereberes.
Ante la mención del nombre de Llewellyn, El-Marad palideció.
—De modo que él la envía —dijo—. ¿Por qué no ha venido sola?
Suspiré y miré la pieza de ajedrez que tenía en la mano.
—¿Por qué no me dice dónde están? —pregunté—. Ya sabe qué he venido a buscar.
—Muy bien —dijo. Se sentó, sirviéndose un poco de café en una tacita y sorbiéndolo—. Hemos localizado las piezas e intentado comprarlas… sin resultado. La mujer que las tiene ni siquiera quiere vemos. Vive en la Casbah de Argel, pero es muy rica. Aunque no es dueña de todo el juego, tenemos razones para creer que posee muchas piezas. Podemos reunir los fondos para comprarlas… si usted consigue verla…
—¿Y por qué no quiere verlo a usted? —dije, repitiendo la pregunta que había hecho a Llewellyn.
—Vive en un harén —dijo él—. Está enclaustrada… la palabra harén significa santuario prohibido. Allí no puede entrar ningún hombre, salvo el amo.
—¿Y por qué no negociar con su marido? —pregunté.
—Ya no vive —dijo El-Marad, dejando la taza de café con un gesto de impaciencia—. El está muerto y ella es rica. Los hijos de él la protegen, pero no son hijos de ella. No saben que tiene las piezas. Nadie lo sabe…
—¿Entonces cómo lo sabe usted? —pregunté, levantando la voz—. Mire, me ofrecí para hacer este sencillo favor a un amigo, pero usted no me ayuda. Ni siquiera me ha dicho el nombre o la dirección de esta mujer.
Hizo una pausa y me miró con cuidado.
—Se llama Mokhfi Mokhtar —dijo—. En la Casbah no hay nombres de calles, pero no es grande… la encontrará. Y cuando lo haga, ella venderá si usted le da el mensaje secreto que voy a decirle. Ese mensaje abrirá todas las puertas.
—Vale —dije con impaciencia.
—Dígale que usted ha nacido en el Día Santo Islámico… el Día de la Curación. Dígale que ha nacido, según el calendario occidental… el cuatro de abril…
Ahora me tocaba mirar a mí. Se me heló la sangre y mi corazón latía muy fuerte. Ni siquiera Llewellyn sabía la fecha de mi cumpleaños.
—¿Y por qué tendría que decirle eso? —pregunté con toda la calma de que fui capaz.
—Es el día del cumpleaños de Carlomagno —me dijo con suavidad—, el día en que el juego de ajedrez salió de la tierra… un día importante relacionado con las piezas que buscamos. Se dice que aquel destinado a volver a reunir las piezas después de todos estos años, habrá nacido ese día. Mokhfi Mokhtar conocerá la leyenda… y aceptará verla.
—¿Usted la ha visto alguna vez? —pregunté.
—Sí, una vez hace muchos años… —dijo, y su expresión cambió al recordar el pasado.
Me pregunté cómo era en verdad este hombre… alguien a quien la gente del pueblo evidentemente temía, pero que tenía negocios con un pusilánime como Llewellyn… un hombre a quien Kamel creía sospechoso de robar el negocio de su padre e incluso de haberlo enviado a la muerte, pero que había pagado por su educación para que pudiera llegar a ser uno de los ministros más influyentes del país. Vivía aquí como un ermitaño, a miles de kilómetros de cualquier parte, con un enjambre de esposas… pero tenía contactos comerciales en Londres y Nueva York.
—… Entonces era muy hermosa —estaba diciendo—. Ahora debe ser muy vieja. La vi, pero sólo un momento. Naturalmente, yo no sabía entonces que tenía las piezas… que algún día sería… pero tenía ojos parecidos a los suyos. Eso sí lo recuerdo —dijo, y volvió a ponerse alerta—. ¿Es todo lo que desea saber?
—¿Y cómo consigo el dinero, si puedo comprar las piezas? —pregunté, volviendo a los negocios.
—Ya arreglaremos eso —dijo con brusquedad—. Puede contactar conmigo a través de este apartado postal… —y me tendió una tira de papel con un número. En ese momento, una de las esposas metió la cabeza por entre los cortina dos y detrás de ella vimos a Kamel.
—¿Han terminado el negocio? —preguntó, entrando en la habitación.
—Del todo —dijo El-Marad, poniéndose en pie y ayudándome a hacer lo mismo—. Su amiga es una negociante dura. Puede reclamar el al-basharah para otra alfombra.
Sacó de un montón dos alfombras enrolladas de pelo de camello sin peinar. Los colores eran hermosos.
—¿Qué es lo que he reclamado? —pregunté sonriendo.
—El regalo que corresponde a alguien que trae buenas noticias —dijo Kamel, echándose las alfombras a la espalda—. ¿Qué buenas noticias ha traído? ¿O eso también es un secreto?
—Me trae un mensaje de un amigo —dijo suavemente El-Marad—. Si quiere, puedo enviar un chico con un asno para bajar con ustedes —agregó.
Kamel respondió que se lo agradecería, y enviamos a buscarlo. Cuando el chico llegó, El-Marad nos acompañó hasta la calle.
—¡Al-safar zafar! —dijo El-Marad, despidiéndonos.
—Un viejo proverbio árabe —dijo Kamel—. Quiere decir: Viajar es la victoria. Le desea lo mejor.
—No es tan cascarrabias como pensé al principio —dije a Kamel—. De todos modos, no me inspira confianza.
Kamel rió. Parecía mucho más tranquilo.
—Juega usted muy bien el juego —dijo.
Tuve un sobresalto, pero seguí andando en la noche oscura. Estaba contenta de que no pudiera verme la cara.
—¿Qué quiere decir? —pregunté.
—Quiero decir que consiguió dos alfombras gratis del más astuto comerciante de Argelia. Si esto se supiera, su reputación quedaría arruinada.
Caminamos un rato en silencio, escuchando los chirridos de las ruedas de la carreta que nos precedía en la oscuridad.
—Creo que deberíamos ir a pasar la noche en las dependencias del ministerio en Bouira —dijo Kamel—. Está a unos dieciséis kilómetros de aquí, camino abajo. Tendrán habitaciones agradables para nosotros y podríamos regresar a Argel mañana… a menos que prefiera regresar esta noche.
—Ni hablar —le dije.
Además, en el alojamiento del ministerio tendrían probablemente baños calientes y otros lujos de los que hacía meses que no disfrutaba. Aunque El Riadh era un hotel encantador, su encanto se había gastado después de dos meses de agua fría con viruta de hierro.
Después de regresar al coche con nuestras alfombras, dar propina al chico e iniciar el camino hacia Bouira, saqué mi diccionario de árabe para buscar unas palabras que me habían desconcertado.
Tal como sospechaba, Mokhfi Mokhtar no era un nombre. Significa el Elegido Oculto. La elegida secreta.