El ocho
La torre (el enroque)
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LA TORRE (el enroque)
Alicia: Es una inmensa partida de ajedrez que se está jugando en todo el mundo… ¡Qué divertida es! ¡Cómo me gustaría ser uno de ellos! No me molestaría ser un peón, si pudiera participar… aunque por supuesto me gustaría más ser una reina.
Reina Roja: Eso se resuelve fácilmente. Si lo deseas, puedes ser el peón de la reina blanca, porque Lily es demasiado pequeña para jugar… y para empezar, te pones en el segundo cuadro. Cuando llegues al octavo, serás una reina…
LEWIS CARROLL
A través del espejo
La mañana del lunes posterior a nuestro viaje a la Cabilia se armó la gorda. Había comenzado la noche antes, cuando Kamel me llevó a mi hotel… y dejó caer la bomba al irse. Al parecer, se acercaba una conferencia de la OPEP en la cual planeaba presentar los hallazgos de mi modelo de computación… un modelo que todavía no existía. Thérèse había recogido más de treinta cintas de datos sobre la cantidad mensual de barriles en cada país. Tenía que formatearlas y cargar mis propios datos por perforadora para producir tendencias de producción, consumo y distribución. Después, tenía que escribir los programas capaces de analizarlas… y todo antes de que se realizara la conferencia.
Por otra parte, con la OPEP nunca se sabía qué quería decir pronto. Las fechas y sitios de cada conferencia se mantenían en el más absoluto de los misterios hasta última hora… en el supuesto de que esas planificaciones lamentables resultaran menos convenientes para los horarios de los terroristas que para los de los ministros de la OPEP. En algunos círculos se había levantado la veda y en los últimos meses habían eliminado cierta cantidad de ministros de la OPEP. El hecho de que Kamel insinuara que se acercaba una reunión, daba fe de la importancia de mi modelo. Sabía que se esperaba de mí que proporcionara datos.
Para empeorar las cosas, cuando llegué al centro de datos del Sonatrach, en lo alto de la colina principal de Argel, me esperaba un mensaje en sobre oficial, pegado a la consola en la que hacía mi trabajo. Era del Ministerio de la Vivienda: por fin me habían encontrado un apartamento de verdad. Podía mudarme esa noche; de hecho, tenía que hacerla o lo perdería. En Argel, la vivienda era escasa… yo ya había esperado dos meses por ésta. Tendría que volver deprisa, hacer las maletas y salir en cuanto el timbre anunciara la hora de salida. Con tantos acontecimientos, ¿cómo me las iba a arreglar para cumplir con mis planes y buscar a Mokhfi Mokhtar en la Casbah?
Aunque el horario de trabajo en Argel es de las siete de la mañana a las siete de la tarde, los edificios están cerrados durante las tres horas del almuerzo y la siesta. Decidí utilizar esas tres horas para iniciar mi búsqueda.
Como en todas las ciudades árabes, la Casbah era el barrio más antiguo, que alguna vez había estado fortificado. La de Argel era un rompecabezas laberíntico de estrechas callejas empedradas y viejas casas de piedras que se distribuían por las laderas de la colina más empinada. Aunque ocupaba sólo dos kilómetros cuadrados de ladera, estaba atestada de docenas de mezquitas, cementerios, baños turcos e impresionantes tramos de escalones de piedra que se ramificaban como arterias en todos los rincones. Del millón de residentes de Argel, casi el veinte por ciento vivía en ese barrio diminuto: figuras envueltas con velos, que salían y entraban en silencio de las profundas sombras de puertas escondidas. La Casbah podía tragarte sin dejar huella. Era el escenario perfecto para una mujer que se llamaba a sí misma la elegida secreta.
Por desgracia, también era el lugar perfecto para extraviarse. Aunque entre mi oficina y el Palais de la Casbah, en la puerta superior, había veinte minutos de camino, pasé la hora siguiente dando vueltas como una rata en un laberinto. Fuera cual fuese el torcido callejón que tomaba, terminaba siempre en el Cementerio de las Princesas: una espiral. Por mucha que fuera la gente a la que preguntaba por los harenes locales, siempre me respondían con esas miradas inexpresivas —drogadas, sin duda— y algunos insultos ultrajantes o instrucciones inútiles. Cuando pronunciaba el nombre de Mokhfi Mokhtar, la gente reía.
Al terminar la siesta, exhausta y con las manos vacías, pasé por la Poste Centrale para ver a Thérèse sentada frente a su conmutador. No era probable que mi presa figurara en la guía de teléfonos… ni siquiera había visto cables de teléfono en la zona, pero Thérèse conocía a todo el mundo en Argel. A todos menos a la que buscaba.
—¿Por qué tendría alguien un nombre tan ridículo? —me preguntó, dejando que sonaran las chicharras del conmutador mientras me ofrecía unos bombones—. ¡Mi niña, es estupendo que haya pasado hoy por aquí! Tengo un télex para usted… —Revisó un montón de papeles colocados en el estante de su conmutador—. ¡Estos árabes! —murmuró—. Con ellos, todo es b’ad ghedoua… después de mañana. Si intentara enviarle esto a El Riadh, tendría suerte de recibirlo el mes próximo. —Encontró el télex y me lo tendió con una reverencia. Bajando la voz, agregó—: Aunque venga de un convento… ¡sospecho que está escrito en código!
Naturalmente, era de la hermana María Magdalena, del convento de San Ladislaus en Nueva York. Se había tomado su tiempo. Eché una mirada al texto, exasperada por el descaro de Nim:
POR FAVOR AYUDA CON CRUCIGRAMA DE NY TIMES STOP TODO RESUELTO MENOS LO QUE SIGUE STOP CONSEJO DE HAMLET A SU CHICA STOP QUIÉN SE METE EN LOS ZAPATOS DEL PAPA STOP QUÉ HACE LA ELITE CUANDO SE ENCUENTRA STOP CANTANTE ALEMÁN MEDIEVAL STOP NÚCLEO DEL REACTOR EXPUESTO STOP OBRA DE TCHAIKOVSKY STOP LAS LETRAS SON 3-8-6-5-8-9.
SE SOLICITA RESPUESTA
HERMANA MARÍA MAGDALENA
CONVENTO DE SAN LADISLAUS NY NY
Estupendo… un crucigrama. Los detestaba, como muy bien sabía Nim. Lo había enviado sólo para torturarme. Era precisamente lo que necesitaba, otra tarea descabellada del rey de las trivialidades.
Agradecí a Thérèse su diligencia y la dejé ante su conmutador multitentacular. En realidad, mi coeficiente decodificador debía haber aumentado en los últimos meses, porque ya había imaginado algunas de las respuestas, de pie en la Poste. Por ejemplo, el consejo de Hamlet a Ofelia fue: «Vete a un convento». Y lo que hacía la elite cuando se encontraba era «reunirse a hablar». Tendría que recortar los mensajes para coincidir con la cantidad de letras que me proporcionaba, pero evidentemente estaba preparado para una mentalidad simple como la mía.
Pero aquella noche, cuando regresé al hotel a las ocho, me esperaba otra sorpresa. Allí, en el crepúsculo, estacionado en la entrada del hotel, estaba el Rolls Corniche azul de Lily… rodeado de porteros cautivados, camareros y botones, todos acariciando el cromo y tocando el tablero de piel suave.
Pasé deprisa, tratando de imaginar que no había visto lo que había visto. En los últimos dos meses había enviado al menos diez telegramas a Mordecai, rogándole que no enviara a Lily a Argel. Pero ese coche no había llegado solo.
Cuando fui a recepción a coger mi llave y notificar que me iba, tuve otro sobresalto. Apoyado contra el mostrador de mármol y charlando con el empleado de recepción, estaba el atractivo pero siniestro Sharrif… jefe de la Policía Secreta. Antes de que pudiera irme, me había visto.
—¡Mademoiselle Velis! —exclamó, dedicándome su sonrisa de estrella de cine—. Llega justo a tiempo para ayudamos en una pequeña investigación. ¿Tal vez haya notado al entrar el coche de uno de sus compatriotas?
—Es extraño… me pareció británico —le dije con indiferencia mientras el empleado me daba la llave.
—¡Pero con matrícula de Nueva York! —dijo Sharrif levantando una ceja.
—Es una ciudad grande… —dije alejándome en dirección a mi habitación, pero Sharrif no había terminado.
—Esta tarde, cuando pasó por Aduanas, alguien lo había registrado a su nombre y con esta dirección. ¿Tal vez pueda explicármelo?
Mierda. Cuando encontrara a Lily, la mataría. Probablemente, ya habría sobornado a alguien para entrar en mi cuarto.
—Vaya, estupendo —dije—. Un regalo anónimo de un prójimo neoyorquino. Necesitaba un coche… y los de alquiler son tan difíciles de conseguir.
Iba hacia el jardín, pero Sharrif me pisaba los talones.
—Ahora la Interpol está buscando la matrícula para nosotros —me dijo, apresurándose para no perder el paso—. No puedo creer que el dueño pague los impuestos en efectivo… son el cien por cien del valor del coche… y después lo haga enviar a alguien a quien ni siquiera conoce. Vino a buscarlo un lacayo alquilado para traerlo aquí. Además, en este hotel no hay americanos salvo usted…
—Ni siquiera yo —dije, saliendo y empezando a cruzar la gravilla del jardín—. Me voy dentro de media hora a Sidi Fredj, como ya le habrán dicho sus jawasis, sin duda.
Los jawasis eran espías —o chivatos— de la Policía Secreta. La insinuación dio en el blanco. Entrecerrando los ojos, me cogió por un brazo obligándome a detenerme. Miré con desdén la mano que me apretaba el codo y me solté con cuidado.
—Mis agentes —dijo, siempre cuidadoso con la semántica— ya han revisado sus habitaciones en busca de visitantes… además de las listas de entrada de la semana de Argel y de Orán. Estamos esperando las listas de los otros puertos de entrada. Como usted sabe, compartimos fronteras con otros siete países y la zona costera. Si usted me dijera a quién pertenece el coche, las cosas serían mucho más sencillas.
—¿Pero qué pasa? —dije, volviendo a caminar—. Si han pagado los impuestos y los papeles están en orden, ¿por qué iría a mirarle los dientes a un caballo regalado? Además, ¿a usted qué le importa de quién es el coche? En un país que no fabrica coches, no hay tope de vehículos importados, ¿no?
No supo qué contestar a eso. No podía admitir que sus jawasis me seguían a todas partes e informaban hasta de mis estornudos. En realidad, yo estaba tratando de ponerle las cosas difíciles hasta que pudiera encontrar a Lily… pero parecía raro. Si no estaba en mi habitación y tampoco se había registrado en el hotel, ¿dónde estaba? La respuesta llegó en ese mismo momento.
En el extremo más alejado de la piscina estaba el minarete de ladrillos decorativo que separaba el jardín de la playa. Escuché una voz sospechosamente familiar… el ruido de unas pequeñas garras caninas contra la madera de la puerta y un gruñido sensiblero que era muy difícil de olvidar para quien lo había escuchado una vez.
En la luz difusa del otro lado de la piscina, vi que la puerta se entreabría… y que una bola de pelo de aspecto feroz salía a toda velocidad. Evitando la piscina a toda pastilla, se precipitó sobre nosotros. Incluso con luz más clara, hubiera sido difícil saber de una ojeada qué clase de animal era Carioca… y vi que Sharrif miraba sorprendido mientras la bestia cargaba sobre su tobillo, hundiendo los puntiagudos dientecillos en la pierna cubierta con calcetín de seda. Sharrif dejó escapar un grito de horror, saltando sobre la pierna sana y tratando de sacudirse a Carioca de la otra. Con un solo tirón, alejé a la bestezuela, apretándola contra mi pecho. Se retorció y me lamió la barbilla.
—¿Qué es eso, en el nombre de Dios? —exclamó Sharrif, mirando airado al movedizo monstruo de angora.
—Es el dueño del coche —dije con un suspiro, advirtiendo que el juego se había descubierto—. ¿Desea conocer a su media naranja?
Sharrif me siguió, cojeando y levantando la pernera del pantalón para mirar su pierna herida.
—Esa criaturita podría estar rabiosa —se quejó mientras nos acercábamos al minarete—. Esos animales atacan con frecuencia a la gente.
—No está rabioso… es sólo un crítico exigente —dije. Pasamos por la puerta entreabierta y subimos las escaleras en penumbra del minarete hasta la segunda planta. Era una amplia habitación rodeada de cojines, Lily estaba en medio como un pachá, con los pies levantados y trozos de algodón entre los dedos de los pies… aplicando con cuidado esmalte color sangre a sus uñas. Con un minivestido microscópico, estampado con rosados caniches saltarines, me miró con ojos helados y el rizado cabello rubio cayéndole sobre los ojos. Carioca ladró para que lo soltara. Lo apreté hasta que guardó silencio.
—Ya era hora —dijo indignada—. ¡No te creerás los problemas que he tenido para llegar aquí! —Miró a Sharrif por encima de mi hombro.
—¿Tú has tenido problemas? —dije—. Permíteme que te presente a mi escolta: Sharrif, jefe de la Policía Secreta.
Lily lanzó un enorme suspiro.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no necesitamos a la policía? —dijo—. Podemos arreglárnoslas solas…
—No es la policía —interrumpí—. He dicho Policía Secreta.
—¿Y qué demonios quiere decir eso… que nadie tiene que saber que es policía? Mierda, se me ha estropeado el esmalte —dijo Lily inclinándose sobre su pie. Dejé caer a Carioca en su regazo y ella volvió a mirarme enfadada.
—Entiendo que conoce a esta mujer —dijo Sharrif. Estaba de pie junto a nosotras y extendió la mano—. ¿Puedo ver sus papeles, por favor? No hay constancia de su entrada en este país, ha registrado usted un coche caro con nombre supuesto y es evidente que su perro es un riesgo civil…
—¡Bah, tómese un laxante! —dijo Lily, apartando a Carioca y apoyando los pies en el suelo para levantarse y mirarlo cara a cara—. He pagado mucho para entrar el coche en este país, ¿y cómo sabe usted que entré ilegalmente? ¡Ni siquiera sabe quién soy!
Mientras tanto, iba recorriendo la habitación sobre los talones para que el algodón que tenía entre los dedos no estropeara el esmalte. Sacó unos papeles de un montón de lujosas maletas de piel y los agitó ante las narices de Sharrif. Él se los quitó de la mano y Carioca ladró.
—Me he detenido en este despreciable país de camino a Túnez —informó—. Resulta que soy una importante maestra de ajedrez y voy allí a participar en un torneo…
—No hay torneo de ajedrez en Túnez hasta septiembre —dijo Sharrif estudiando su pasaporte. La miró con suspicacia—. Su nombre es Rad… ¿será por casualidad pariente de…?
—Sí —le espetó ella.
Recordé que Sharrif era un maníaco del ajedrez. Sin duda había oído hablar de Mordecai; tal vez incluso hubiera leído sus libros.
—No tiene en orden el visado de entrada en Argelia —observó él—. Me lo guardo hasta que pueda llegar al fondo de este asunto. Mademoiselle, no puede abandonar este recinto.
Esperé hasta que la puerta de abajo se cerró con un golpe.
—Desde luego, haces amigos muy rápidamente cuando llegas a un país nuevo —dije mientras Lily volvía a sentarse en el vano de la ventana—. ¿Y ahora que se ha llevado tu pasaporte, qué vas a hacer?
—Tengo otro —dijo melancólicamente, sacándose los algodones de entre los dedos—. Nací en Londres de madre inglesa. Los ciudadanos británicos pueden mantener dos nacionalidades, ¿sabes?
No lo sabía, pero tenía preguntas más importantes que hacerle.
—¿Por qué registraste a mi nombre tu maldito coche? ¿Y cómo entraste si no pasaste por Inmigración?
—Alquilé un hidroavión en Palma —dijo—. Me dejaron aquí cerca, en la playa. Tenía que registrar el coche a nombre de un residente, porque lo envié por barco antes. Mordecai me dijo que llegara aquí con el mínimo de problemas.
—Bueno, pues lo has hecho —dije irónicamente—. Dudo que nadie en el país sospeche que estás aquí, salvo la gente de Inmigración de todas las fronteras, la Policía Secreta y tal vez incluso el Presidente. ¿Qué demonios se supone que has venido a hacer? ¿O Mordecai se olvidó de hablarte de eso?
—Me dijo que viniera a rescatarte… ¡y el mentiroso me dijo también que Solarin jugaría en Túnez este mes! Estoy muerta de hambre. Tal vez puedas encontrarme una hamburguesa con queso o algo sustancioso para comer. Aquí no hay servicio de habitaciones… ni siquiera tengo teléfono.
—Veré lo que puedo hacer —dije—. Pero me voy del hotel. Tengo un apartamento nuevo en Sidi Fredj, a una media hora de camino playa abajo. Cogeré el coche para trasladar mis cosas y dentro de una hora te tendré preparado algo de cena. Puedes salir cuando oscurezca y escabullirte por la playa. El paseo te vendrá bien.
Lily aceptó a regañadientes y me fui a recoger mis cosas con las llaves del Rolls en el bolsillo. Estaba segura de que Kamel podría arreglar lo de su entrada ilegal, y mientras estuviera con ella, al menos dispondría del coche. Además, no había tenido noticias de Mordecai desde aquel críptico mensaje sobre la adivinadora y el juego. Tendría que sondear a Lily para saber de qué se había enterado durante mi ausencia.

El apartamento ministerial de Sidi Fredj era estupendo: dos habitaciones con techos abovedados y suelos de mármol, totalmente amuebladas, incluso con ropa de cama, y un balcón que daba al puerto y al Mediterráneo.
Soborné al restaurante al aire libre que había bajo mi terraza para que subiera comida y vino y me senté al fresco en una tumbona para descifrar el crucigrama de Nim mientras esperaba la llegada de Lily. El mensaje quedaba así:
Consejo de Hamlet a su chica (3)
Quién se mete en los zapatos del Papa (8)
Qué hace elite cuando se encuentra (6)
Cantante alemán medieval (5)
Núcleo del reactor expuesto (8)
Obra de Tchaikovsky (9)
No tenía intención de perder tanto tiempo con este ejercicio como con la servilleta de cóctel de la pitonisa, pero tenía la ventaja de una educación musical. Había sólo dos clases de trovadores alemanes: Meistersingers y Minnesingers. También conocía toda la obra de Tchaikovsky… no había tantas obras con esa cantidad de letras.
Mi primer intento quedó así: «Ve-a; Pescador; Hablar; Minne; Disolver; Juana de Arco». Estaba bastante bien. Un reactor nuclear que se disolvía pasaba a fase de Urgencia… que también encajaba. De modo que el mensaje era: «Ve a Pescador; habla con Minne; ¡Urgencia!».
Aunque no sabía cuál era la relación de Juana de Arco con todo eso, había en Argel un lugar llamado Escaliers de la Pêcherie (Escaleras del Pescador). Y una rápida ojeada a mi agenda me dijo que Minne Renselaas, esposa del cónsul holandés —a quien Nim me había dicho que telefoneara si necesitaba ayuda— vivía en el número uno de esas escaleras. Aunque en la medida de mis conocimientos no creía necesitar ayuda, parecía que para él era urgente que la viera. Traté de recordar el argumento de la Juana de Arco de Tchaikovsky, pero aparte de que ardía en la hoguera no recordé nada más. Esperaba que Nim no me tuviera preparado ese destino.
Conocía las Escaleras del Pescador… un interminable tramo de piedra entre el Boulevard de Anatole France y una calle llamada Bab el Qued, o Puerta del río. La mezquita del Pescador estaba arriba, junto a la entrada a la Casbah… pero allí no había nada que se pareciera a un consulado holandés. Au contraire, las embajadas estaban al otro lado de la ciudad, en una zona residencial. De modo que volví a entrar, cogí el teléfono y llamé a Thérèse, que seguía trabajando a las nueve de la noche.
—¡Por supuesto que conozco a madame Renselaas! —exclamó con su voz grave. No nos separaba demasiada distancia y estábamos en tierra, pero el ruido de la línea sugería el fondo del mar—. Todos la conocen en Argel… una dama encantadora. Solía traerme chocolates holandeses y esos dulces diminutos que hacen en Holanda con una flor en el centro. Era esposa del cónsul de los Países Bajos, ¿sabe?
—¿Cómo que era? —aullé.
—Eso fue antes de la Revolución, mi niña. Hace diez años, tal vez quince, que su esposo ha muerto. Pero ella sigue aquí… al menos eso dicen. Sin embargo, no tiene teléfono, porque si no, lo sabría.
—¿Y cómo puedo ponerme en contacto con ella? —balé mientras la línea se espesaba con sonidos acuáticos. No era necesario pinchar el teléfono. Nuestra conversación podía escucharse en todo el puerto—. Sólo tengo la dirección… el número uno de las Escaleras del Pescador. Pero no hay casas junto a la mezquita.
—No —gritó Thérèse—. Allí no hay número uno. ¿Segura que es la dirección correcta?
—La leeré —dije—. Pone… Wahad, Escaliers de la Pêcherie.
—¡Wahad! —rió Thérèse—. Eso significa número uno… pero no es una dirección, sino una persona. Es el guía turístico que está cerca de la Casbah. ¿Conoce ese puesto de flores junto a la mezquita? Pregúntele al florista por Wahad… por cincuenta dinares le hará una visita guiada. El nombre Wahad quiere decir número uno, ¿comprende?
Thérèse había colgado antes de que pudiera preguntarle por qué era necesario un guía turístico para encontrar a Minne. Pero al parecer las cosas se hacían de otra manera en Argel.
Estaba planificando mi excursión para el mediodía siguiente cuando escuché el ruido de uñas caninas golpeteando el suelo de mármol del vestíbulo exterior. Un rápido golpe en la puerta y entró Lily. Ella y Carioca fueron derechos a la cocina, de donde salían los olores de la cena que se estaba calentando: rouget a la parrilla, ostras al vapor y cuscús.
—Necesito ser alimentada —dijo Lily por encima del hombro. Cuando la alcancé, ya estaba levantando las tapas de las ollas y cogiendo cosas con los dedos—. No necesitamos platos —afirmó.
Suspiré y la miré atiborrarse, experiencia que siempre me quitaba el apetito.
—¿Y por qué te ha enviado Mordecai? Le escribí diciéndole que te mantuviera al margen.
Lily se volvió para mirarme con sus dilatados ojos grises. De entre sus dedos se deslizó un trozo de oveja del cuscús.
—Tendrías que estar emocionada —me informó—. Resulta que en tu ausencia hemos resuelto todo este misterio.
—Cuéntame —dije, impasible. Y me dediqué a descorchar una botella de excelente vino tinto argelino, sirviendo los vasos mientras ella hablaba.
—Mordecai estaba tratando de comprar estas raras y valiosas piezas de ajedrez para un museo… cuando Llewellyn lo descubrió y empezó a interferir en el trato. Mordecai sospecha que Llewellyn sobornó a Saul para descubrir más cosas sobre las piezas. ¡Y cuando Saul lo amenazó con descubrir su doble juego, Llewellyn se asustó y alquiló a alguien para que lo borrara del mapa!
Estaba muy complacida con la explicación.
—O Mordecai no está bien informado o te confunde deliberadamente —le dije—. Llewellyn no tuvo nada que ver con la muerte de Saul. Lo hizo Solarin. Él mismo me lo dijo. Solarin está en Argelia.
Lily tenía una ostra a medio camino de la boca, pero la dejó caer dentro del cuscús. Cogiendo el vino, tomó un buen trago.
—Dímelo otra vez —pidió.
Se lo dije. Le conté toda la historia tal como la entendía, sin reservarme nada. Conté cómo Llewellyn me había pedido que le consiguiera las piezas, cómo la adivina había escondido un mensaje en la profecía, cómo Mordecai había escrito para decirme que conocía a la mujer, cómo había aparecido Solarin en Argel diciendo que Saul mató a Fiske y trató de matarlo a él. Y todo por las piezas. Le expliqué que había imaginado que había una fórmula, tal como ella sospechaba. Estaba oculta en el juego de ajedrez que buscaban todos. Terminé con la descripción de mi visita al colega de Llewellyn, el vendedor de alfombras… Y el cuento que me había hecho sobre la misteriosa Mokhfi Mokhtar.
Cuando terminé, Lily me miraba con la boca abierta… y no había probado bocado.
—¿Por qué no me dijiste nada antes? —quiso saber ella.
Carioca estaba echado de espaldas, con las patas levantadas, como si estuviera enfermo. Lo cogí y lo metí en el fregadero, abriendo un poco el grifo para que pudiera beber.
—No sabía casi nada de esto cuando vine —le contesté—. Y la única razón por la que te lo cuento ahora es porque puedes ayudarme con algo que yo no puedo hacer. Parece como si se estuviera jugando una partida de ajedrez con otras personas haciendo los movimientos. No tengo ni idea de cómo se juega el juego, pero tú eres una experta. Tengo que saberlo para encontrar estas piezas.
—No hablas en serio —dijo Lily—. ¿Te refieres a una partida real? ¿Con gente en lugar de piezas? ¿Y que si matan a alguien… es como si lo barrieran del tablero?
Se acercó al fregadero para lavarse las manos, salpicando a Carioca. Lo puso bajo su brazo, todavía mojado, fue hacia la sala, y yo la seguí con el vino y los vasos. Parecía haberse olvidado de la comida.
—¿Sabes? —dijo, recorriendo la habitación—, si pudiéramos saber quiénes son las piezas, tal vez lograríamos solucionarlo. Puedo mirar cualquier tablero, incluso en medio de una partida, y reconstruir los movimientos que se han hecho hasta ese momento. Por ejemplo, creo que podemos suponer con seguridad que Saul y Fiske eran peones…
—Y tú y yo también —acepté.
Los ojos de Lily brillaban como los de un terrier que huele al zorro. Raras veces la había visto tan excitada.
—Llewellyn y Mordecai podrían ser piezas…
—Y Hermanold —agregué rápidamente—. ¡Él es quien disparó contra nuestro coche!
—No podemos olvidar a Solarin —dijo—. Sin duda, es un jugador. ¿Sabes?, si pudiéramos repasar todo esto con cuidado, recreando los hechos, creo que podría reproducir los movimientos en un tablero y conseguir algo.
—Tal vez deberías quedarte aquí esta noche —sugerí—. Sharrif podría enviar a sus muchachos a arrestarte en cuanto tenga pruebas de que has entrado de forma ilegal. Mañana podría meterte subrepticiamente en la ciudad. Kamel, mi cliente, puede tocar algunos resortes para mantenerte fuera de prisión. Mientras tanto, podemos trabajar con el rompecabezas.
Permanecimos la mitad de la noche despiertas, moviendo piezas de ajedrez por el tablero magnético de Lily… usando una cerilla para ocupar el lugar de la Reina Blanca perdida. Pero Lily estaba desanimada.
—Si tuviéramos más datos —protestó, mientras mirábamos cómo el cielo matinal adquiría una tonalidad lavanda.
—De hecho, conozco la manera de adquirir más datos —admití—. Tengo un amigo muy íntimo que ha estado ayudándome con esto… cuando lo encuentro. Es un mago de la computación que también ha jugado mucho al ajedrez. Tiene una amiga muy relacionada en Argel, la viuda del cónsul holandés. Espero verla mañana. Si consigues arreglar lo del visado, podrías venir conmigo.
Resolvimos hacerlo así y nos metimos en cama para tratar de dormir un poco. No imaginaba que pocas horas después sucedería algo que me convertiría de participante reacia en personaje importante en el juego.

La Darse era el embarcadero situado en el extremo noroeste del puerto de Argel, donde atracaban los barcos pesqueros. Era una amplia mole de piedra que conectaba la masa continental con aquella pequeña isla por la que Argel recibía el nombre de Al-Djezair.
El coche de Kamel no estaba en el estacionamiento del ministerio, de modo que puse el gran Corniche azul en su puesto y dejé una nota en el parabrisas. Me sentí algo incómoda al dejar un coche de paseo en tonos pasteles en medio de todas aquellas limusinas, pero era mejor que dejarlo en la calle.
Lily y yo recorrimos el puerto por el Boulevard Anatole France y cruzamos la Avenue Ernesto Che Guevara en dirección a las Escaliers que conducían a la mezquita del Pescador. Lily había recorrido la tercera parte del tramo de escalones cuando se sentó chorreando sudor, aunque todavía hacía fresco.
—Estás tratando de matarme —me informó dando boqueadas—. ¿Qué clase de lugar es éste? Estas calles suben. Tendrían que arrasarlo todo y empezar de cero.
—A mí me parece encantador —le dije, tirando de su brazo. Carioca yacía despatarrado junto a ella, con la lengua fuera—. Además, cerca de la Casbah no hay dónde aparcar. Así que vamos.
Después de muchas protestas y descansos, llegamos a lo alto, donde la sinuosa calle Bab el Oued separaba la mezquita del Pescador de la Casbah. A nuestra izquierda estaba la Place des Martyrs, un espacio amplio lleno de ancianos y bancos, donde estaba el puesto de flores. Lily se dejó caer en el primer banco vacío.
—Busco a Wahad, el guía —dije al malhumorado florista. Me miró de arriba abajo y agitó la mano. Un niño, vestido como un vagabundo, con un cigarrillo colgado de los labios descoloridos, se acercó corriendo.
—Wahad, tienes un cliente —dijo el florista al niño. Me cogió por sorpresa.
—¿Tú eres el guía? —pregunté.
La mugrienta criatura no podía tener más de diez años, pero ya parecía agostada y decrépita. Por no mencionar los piojos. Se rascó, se mojó los dedos para apagar el cigarrillo y lo guardó detrás de la oreja.
—Para la Casbah el precio mínimo es de cincuenta dinares —me dijo—. Por cien, le muestro la ciudad.
—No quiero una gira —dije, cogiéndolo de la camisa deshilachada para llevármelo aparte—. Busco a la señora Renselaas… Minne Renselaas, viuda del cónsul holandés. Un amigo me dijo…
—Ya sé quién es —respondió, cerrando un ojo para detenerme.
—Te pagaré para que me lleves hasta ella… ¿has dicho cincuenta dinares? —pregunté, mientras buscaba el dinero en el bolso.
—Nadie ve a la dama a menos que ella lo diga —dijo—. ¿Tiene una invitación o algo así?
¿Invitación? Me sentía como una idiota, pero saqué el télex de Nim y se lo mostré, pensando que tal vez lo confundiera. Lo miró largo rato, desde diferentes ángulos. Por último, dijo:
—No sé leer. ¿Qué pone?
De modo que tuve que explicar a la desagradable criatura que un amigo mío lo había enviado en código. Y le expliqué lo que pensaba que decía: Ve a las Escaleras del Pescador, habla con Minne. Urgente.
—¿Y eso es todo? —preguntó, como si ese tipo de conversación fuera algo habitual—. ¿No hay nada más? ¿Algo como una palabra secreta?
—Juana de Arco —dije—. Dice Juana de Arco.
—No está bien —me dijo, cogiendo el cigarrillo y volviendo a encenderlo.
Miré a Lily, derrumbada en el banco del otro lado de la plaza. Me devolvió una mirada que me decía que estaba loca. Me devané los sesos tratando de encontrar otra pieza de Tchaikovsky que tuviera nueve letras —obviamente, ésa era la clave—, pero no lo logré. Wahad seguía mirando el papel que tenía en la mano.
—Sé leer números —me dijo por fin—. Eso es un número de teléfono.
Miré y vi que Nim había escrito seis números. Estaba muy excitada.
—¡Es el número de teléfono de ella! —dije—. Podríamos llamada y preguntar…
—No —dijo Wahad con aspecto misterioso—, no es su número de teléfono sino el mío.
—¡Tuyo! —exclamé.
Lily y el florista nos miraban y ella se levantó y empezó a encaminarse hacia nosotros.
—Pero eso no prueba…
—Prueba que alguien sabe que yo puedo encontrar a la dama —me dijo—. Pero no lo haré, a menos que sepa las palabras exactas.
Pequeño cabrón testarudo. Estaba maldiciendo interiormente a Nim por ser tan críptico… cuando de pronto se me ocurrió. Otra obra de Tchaikovsky con nueve letras… al menos, en francés. Lily acababa de llegar a nuestro lado cuando cogí a Wahad por el cuello de la camisa.
—¡Dame Pique! —exclamé—. ¡La Reina de Picas!
Wahad me dedicó una amplia sonrisa de dientes torcidos.
—Eso, señora —dijo—. La Reina Negra.
Aplastando el cigarrillo en el suelo, nos hizo señas de que cruzáramos Bab el Oued y lo siguiéramos al interior de la Casbah.

Wahad nos hizo subir y bajar por calles empinadas que yo jamás hubiera podido descubrir sola. Lily jadeaba y resoplaba detrás de nosotros, de modo que finalmente cogí a Carioca y lo metí en mi bolso para que parara de gemir. Después de media hora de dar vueltas por recodos y esquinas, llegamos a un callejón sin salida con altas paredes de ladrillo que tapaban la luz del cielo. Wahad esperó a que Lily nos alcanzara y yo sentí de pronto un escalofrío. Tuve la sensación de haber estado allí antes. Después comprendí que se parecía a mi sueño de aquella noche en casa de Nim, cuando desperté cubierta de sudor frío. Estaba aterrorizada. Giré y cogí a Wahad por el hombro.
—¿Adónde nos llevas? —exclamé.
—Síganme —dijo, y abrió una pesada puerta de madera enterrada en la pared de ladrillos. Miré a Lily y me encogí de hombros; después entramos. Había una escalera oscura con aspecto de conducir a una mazmorra.
—¿Estás seguro de que sabes lo que estás haciendo? —pregunté a Wahad, que ya había desaparecido en la penumbra.
—¿Y cómo sabemos que no nos están secuestrando? —me susurró Lily mientras empezábamos a bajar las escaleras. Había apoyado su mano en mi hombro y Carioca gemía suavemente en mi bolso—. He oído decir que las mujeres rubias se venden a muy altos precios en el mercado de esclavos…
Pensé que, si lo hacían por eso, ella costaría el doble. Luego dije:
—Cállate y deja de empujarme.
Pero estaba asustada. Sabía que yo sola nunca podría encontrar el camino de salida. Wahad nos esperaba al pie de la escalera, y choqué con él en la oscuridad.
Lily seguía apoyada en mí mientras oíamos que Wahad hacía girar un picaporte. La puerta se entreabrió, dejando pasar una luz difusa.
Me arrastró por un gran sótano oscuro donde había una docena de hombres sentados en cojines, jugando a los dados. Mientras atravesábamos la habitación llena de humo, algunos nos miraron con ojos turbios. Pero nadie trató de detenemos.
—¿Qué es ese olor asqueroso? —preguntó Lily por lo bajo—. Es como carne en descomposición.
—Hachís —respondí susurrando, mirando los grandes recipientes llenos de agua que había por todo el recinto, a los hombres que chupaban a través de tubos y hacían rodar los dados de marfil.
¿Dónde demonios nos llevaba Wahad? Lo seguimos hasta la puerta que había en el otro extremo y subimos por un corredor empinado y oscuro hasta la parte trasera de una pequeña tienda. La tienda estaba repleta de pájaros… pájaros de la jungla posadas en perchas semejantes a ramas, moviéndose por todas partes dentro de las jaulas.
Una sola ventana cubierta por una parra dejaba entrar la luz exterior. Las lágrimas de cristal de las arañas proyectaban prismas dorados, verdes y azules contra las paredes y sobre los rostros velados y el cabello de media docena de mujeres que trajinaban por la habitación. Al igual que los hombres que habíamos visto, estas mujeres nos ignoraron, como si formáramos parte del empapelado.
Wahad me empujó a través del laberinto de árboles y perchas hasta una pequeña arcada en el extremo más alejado de la tienda. Daba a un callejón estrecho. Estaba cerrado a cal y canto y la única entrada era la que habíamos utilizado. Altos muros de ladrillo cubierto de musgo rodeaban el pequeño trozo de pavimento cuadrado y frente a nosotros había una pesada puerta.
Wahad cruzó el patio cerrado, tirando de una cuerda que colgaba junto a la puerta. Pasó mucho rato antes de que sucediera algo. Eché una mirada a Lily, que seguía colgada de mi. Había recuperado el aliento pero su cara estaba lívida, seguramente como la mía. Mi intranquilidad estaba transformándose en terror.
Por la mirilla de la puerta apareció una cara masculina. Miró a Wahad sin hablar. Después, sus ojos pasaron a Lily ya mí, en nuestro rincón del patio. Hasta Carioca estaba mudo. Wahad murmuró algo y, aunque estábamos a bastante distancia, pude oír lo que decía.
—Mokhfi Mokhtar —susurró—. Le he traído a la mujer.

Atravesamos la maciza puerta de madera y entramos en un pequeño jardín, rodeado de muros de ladrillo. El suelo formaba un dibujo de baldosas esmaltadas en varios diseños. No parecía repetirse ninguno. En el follaje irregular borboteaban fuentecillas. Los pájaros gorjeaban y jugaban en la luz moteada. En la parte posterior del patio había un muro cubierto de ventanas francesas de muchos paños, cubiertas de viñas. A través de estas ventanas vi una habitación lujosamente amueblada con alfombras marroquíes, urnas chinas e intrincadas pieles y maderas talladas.
Wahad se deslizó por la puerta que estaba a nuestras espaldas. Lily giró y gritó:
—¡No permitas que ese pequeño monstruo se nos escape… jamás saldremos de aquí!
Pero ya había desaparecido, lo mismo que el hombre que nos había hecho entrar, de modo que ambas quedamos solas en el oscuro patio, donde el aire era fresco y balsámico, con el aroma mezclado de colonias y hierbas dulces. Mientras las fuentes hacían música que resonaba en las paredes musgosas, me sentí mareada.
Advertí que una sombra se movía detrás de las ventanas francesas. Atravesó fugazmente el pesado cortinaje de jazmín y buganvilla. Lily me apretó la mano. Nos quedamos de pie junto a las fuentes y contemplamos la forma plateada que atravesaba una arcada y entraba al jardín, flotando en una luz verdosa como un hilo de seda… una mujer esbelta, hermosa, cuyos vestidos translúcidos crujían como un susurro secreto al moverse. Su cabello suave flotaba en torno a su cara medio velada como las alas plateadas de los pájaros. Cuando nos habló, su voz era dulce y baja, como agua fría pasando por encima de piedras pulidas.
—Soy Minne Renselaas —dijo, deteniéndose ante nosotras como un espectro en la luz temblorosa. Pero antes de que se quitara el opaco velo plateado que le cubría la cara, supe quién era. La pitonisa.