El ocho

El ocho


La muerte de los reyes

Página 28 de 44

LA MUERTE DE LOS REYES

Por Dios bendito, sentémonos en el suelo y contemos tristes historias sobre la muerte de los reyes:

cómo algunos fueron depuestos; otros, muertos en la guerra;

otros, aun perseguidos por los fantasmas a quienes despojaron;

otros, envenenados por sus mujeres; otros muertos durmiendo.

Asesinados todos: porque dentro de la corona hueca

que rodea las sienes mortales de un rey

tiene la Muerte su corte… y con un alfiler

atraviesa el muro de su castillo, y ¡adiós, rey!

WILLIAM SHAKESPEARE

Ricardo II

París, 10 de julio de 1793

Mireille estaba de pie bajo los frondosos castaños en la entrada del patio de Jacques Louis David y espiaba por entre las rejas de la puerta de hierro. Con su largo häik negro Y el rostro oscurecido por el velo de muselina, parecía una típica modelo de los cuadros exóticos del famoso pintor. Y lo que era aún más importante: con ese atuendo nadie podría reconocerla. Sucia y agotada después del duro viaje, tiró de la cuerda y escuchó la campana que resonaba en el interior.

Hacía menos de seis semanas que había recibido la carta de la abadesa, llena de reproches y urgencia. Había tardado mucho en recibirla porque la había enviado a Córcega, desde donde la reenvió el único miembro de la familia de Napoleone y Elisa que no había huido de la isla: su nudosa abuela, Angela-Maria di Pietrasanta.

Aquella carta ordenaba a Mireille que regresase de inmediato a Francia:

… Al saber que no estabais en París, temí no sólo por vos sino también por el destino de aquello que Dios ha puesto a vuestro cuidado… responsabilidad que, según veo, habéis desdeñado. Estoy desesperada por aquellas de vuestras hermanas que pueden haber huido a esa ciudad en busca de vuestra ayuda cuando no estabais allí para prestársela. Ya me comprendéis.

Os recuerdo que afrontamos adversarios poderosos que no se detendrán ante nada para lograr sus fines, que han organizado su oposición mientras que nosotras hemos sido dispersadas por los vientos del destino. Ha llegado el momento de recuperar las riendas, volver los acontecimientos a nuestro favor y reunir lo que el destino ha separado.

Os conmino a ir inmediatamente a París. Alguien fue a buscaros a instancias mías, con instrucciones específicas relacionadas con vuestra misión, que es fundamental.

Mi corazón se duele con vos por la pérdida de vuestra adorada prima. Que Dios os acompañe en vuestra tarea…

La carta no tenía fecha ni firma. Aunque Mireille reconoció la letra de la abadesa, no sabía cuánto tiempo hacía que había escrito esa carta. Aunque dolida por la acusación de haber abandonado su deber, Mireille había comprendido el verdadero sentido del mensaje. Había otras piezas en peligro, otras monjas estaban amenazadas por las mismas fuerzas del mal que destruyeran a Valentine. Debía regresar a Francia.

Shahin aceptó acompañarla hasta el mar. Pero Charlot, su hijo de un mes, era demasiado pequeño para afrontar ese arduo viaje. En Djanet, el pueblo de Shahin prometió cuidar al niño hasta su regreso, porque ya consideraban a la criatura pelirroja como el profeta que se les había anunciado. Después de una dolorosa despedida, lo dejó en brazos del ama de cría y partió. Durante veinticinco días atravesaron el Deban Ubari, el borde occidental del desierto de Libia, evitando las montañas y las traicioneras dunas, y tomaron un atajo hacia Trípoli y el mar. Una vez allí, Shahin la puso en un schooner de dos mástiles que iba a Francia. Estos barcos, los más veloces del mundo, navegaban con el viento en mar abierto a catorce nudos, haciendo el viaje desde Trípoli hasta St. Nazaire, en la desembocadura del Loira, en apenas diez días. Mireille había regresado.

Ahora, de pie ante la puerta de David, desalmada Y exhausta, miraba por los barrotes aquel patio del que había huido hacía menos de un año. Pero parecía como si hubiera pasado un siglo desde aquella tarde en que ella y Valentine escalaron los muros del jardín, riendo excitadas ante su atrevimiento, y fueron a los Cordeliers en busca de la hermana Claude. Apartó estos recuerdos de su mente y volvió a tirar de la campanilla. Por fin Pierre, el anciano sirviente, salió de la caseta y fue arrastrando los pies hacia las puertas de hierro, donde ella esperaba en silencio en las sombras de los altos castaños.

Madame —dijo Pierre sin reconocerla—, el maestro no ve a nadie antes de almorzar… Y nunca sin cita previa.

—Pero Pierre, sin duda aceptará verme a mi —dijo Mireille bajándose el velo. Los ojos de Pierre se dilataron y le empezó a temblar la barbilla. Buscó torpemente entre sus pesadas llaves para abrir la puerta.

Mademoiselle —susurró—, hemos rezado por vos todos los días.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas de júbilo, mientras abría las puertas. Mireille lo abrazó fugazmente Y ambos cruzaron deprisa el patio.

Solo en su estudio, David tallaba un gran trozo de madera una escultura del ateísmo que se quemaría el mes siguiente, en el Festival del Ser Supremo. El aire estaba impregnado por el aroma de la madera recién cortada. El suelo estaba cubierto de viruta y el polvillo de madera cubría el rico terciopelo de su chaqueta. Cuando la puerta se abrió a sus espaldas, se volvió, se puso en pie de un salto, volcando el banquillo y dejó caer el cincel.

—¿Sueño o me he vuelto loco? —exclamó, levantando, una nube de polvo al atravesar a toda prisa la habitación y coger a Mireille en un potente abrazo—. ¡Gracias a dios que estás a salvo! —La apartó para verla mejor—. ¡Cuando te fuiste, llegó Marat con una delegación, cavaron en mi jardín con sus ministros y delegados de las alcantarillas, como cerdos buscando trufas! No tenía ni idea de que esas piezas existieran realmente. Si hubieras confiado en mí… habría podido ayudar…

—Podéis ayudarme ahora —dijo Mireille, desplomándose exhausta en una silla—. ¿Ha venido alguien a buscarme? Espero una emisaria de la abadesa.

—Mi querida niña —dijo David con voz preocupada—, durante tu ausencia han venido a París varias… jóvenes que escribían pidiendo una entrevista contigo o con Valentine. Pero yo estaba aterrado por ti. Entregué esas notas a Robespierre, pensando que podían ayudarnos a encontrarte.

—¡Robespierre! ¡Dios mío! ¿Qué habéis hecho? —gritó Mireille.

—Es un amigo íntimo en quien se puede confiar —se apresuró aclarar David—. Lo llaman el Incorruptible. Nadie podría inducirlo a abandonar su deber. Mireille, le he hablado de tu relación con el juego de Montglane. El también te buscaba…

—¡No! —gritó Mireille—. Nadie debe saber que estoy aquí, ni siquiera que me habéis visto. No comprendéis… Valentine fue asesinada por esas piezas. Mi vida, también está en peligro. Decidme cuántas monjas escribieron, cuántas cartas disteis a ese hombre.

Mientras trataba de recordar, David estaba pálido de miedo. ¿Tendría ella razón? Tal vez no había sabido apreciar la situación…

—Hubo cinco —le dijo—. En mi estudio tengo registrados sus nombres.

—Cinco monjas —susurró ella—. Otras cinco muertes sobre mi conciencia. Porque no estaba aquí. —Miró vagamente el espacio.

—¡Muertas! —dijo David—. Pero el jamás las interrogó, Descubrió que habían desaparecido… todas ellas.

—Sólo podemos rogar porque sea verdad —dijo Mireille, mirándolo—. Tío, estas piezas son mas peligrosas que cualquier cosa que podáis imaginar. Tenemos que saber más del interés de Robespierre, sin que se entere de que estoy aquí. Y Marat… ¿dónde está Marat? Porque si ese hombre se enterara de esto, ni siquiera nuestras plegarias nos servirían de nada.

—Está en su casa enfermo de gravedad —murmuró David—. Enfermo, pero más poderoso que nunca. Hace tres meses, los Girondinos lo juzgaron por incitar al asesinato y la dictadura, por desdeñar los objetivos de la Revolución: libertad, igualdad, fraternidad. Pero Marat fue absuelto por un juzgado aterrorizado, la chusma lo coronó de laureles y lo paseó por las calles en medio de multitudes entusiastas y lo eligió presidente del club de los Jacobinos. Y ahora está en su casa, denunciando a los Girondinos que quisieron oponérsele. La mayoría de ellos han sido arrestados… el resto ha huido a las provincias. Gobierna el estado desde su bañera con las armas del miedo. Lo que se dice de nuestra Revolución parece ser cierto: el fuego que destruye no puede construir.

—Pero puede ser consumido por una llama más alta —dijo Mireille—. Esa llama es el juego de Montglane. Cuando lo hayamos reunido, devorará incluso a Marat. He regresado a París para liberar esa fuerza. Y espero vuestra ayuda.

—¿Pero no oyes lo que he dicho? —exclamó David—. Lo que ha destruido nuestro país es precisamente esta venganza Y esta traición. ¿Dónde terminará? Si creemos en Dios, debemos creer en una justicia divina que con el tiempo nos devolverá la cordura…

—No tengo tiempo de esperar a Dios —dijo Mireille.

11 de julio de 1793

En ese mismo momento, otra monja que no podía esperar se dirigía a toda prisa a París.

Charlotte Corday llegó a la ciudad en coche de postas a las diez de la mañana. Después de registrarse en un pequeño hotel cercano, se dirigió a la Convención.

La carta de la abadesa —que el embajador Genet le había llevado a Caen— había tardado en llegar, pero su mensaje era claro. Las piezas enviadas a París en el mes de septiembre anterior mediante la hermana Claude habían desaparecido. Durante el Terror había muerto otra monja: la joven Valentine. Su prima había desaparecido sin dejar huella. Charlotte había tomado contacto con la facción girondina —antiguos delegados de la Convención que ahora se escondían en Caen—, con la esperanza de conocer a alguno que hubiera estado en la prisión de l’Abbaye… el último lugar en que se había visto a Mireille.

Los Girondinos no sabían nada de una muchacha pelirroja que había desaparecido en medio de aquella locura, pero su jefe, el guapo Barbaroux, le tomó simpatía a la antigua monja que buscaba a su amiga. El pase que le dio le daba permiso para mantener una breve entrevista con el delegado Lauze Duperret, que se encontró con ella en la Convención, en la antecámara de visitantes.

—Vengo de Caen —dijo Charlotte en cuanto el distinguido delegado se sentó frente a ella, ante la mesa lustrada—. Busco a una amiga que desapareció el pasado septiembre, durante los tumultos en la prisión. Ella, como yo, fue monja en un convento que ha sido clausurado.

—Charles-Jean-Marie Barbaroux no me ha hecho precisamente un favor al enviaros aquí —dijo el delegado con una sonrisa cínica—. Es un hombre buscado… ¿o no lo sabíais? ¿Acaso desea que a mí me suceda lo mismo? Tengo bastantes problemas, Y podéis decírselo así cuando regreséis a Caen… lo que espero que suceda pronto. —Empezó a ponerse de pie.

—Por favor —dijo Charlotte tendiendo la mano—. Mi amiga estaba en la prisión de l’Abbaye cuando empezó la masacre. Jamás se ha encontrado su cuerpo. Tenemos razones para creer que ha escapado… pero nadie sabe dónde. Debéis decirme… ¿quién de entre los miembros de la Asamblea presidió aquellos juicios?

Duperret hizo una pausa y sonrió. No era una sonrisa agradable.

—Nadie escapó de l’Abbaye —le dijo secamente—. Puedo contar con los dedos de las manos los que fueron absueltos. Si fuisteis lo bastante estúpida como para venir aquí, tal vez lo seáis también como para interrogar al hombre responsable del Terror… pero no os lo recomiendo. Se llama Marat.

12 de julio de 1793

Mireille, con un vestido de algodón rojo y blanco y un sombrero de paja con cintas de colores, bajó del coche abierto de David y pidió al cochero que esperara. Entró aprisa en el vasto y atestado barrio del mercado de Les Halles, uno de los más antiguos de la ciudad.

Durante los dos días que llevaba en París se había enterado de suficientes cosas como para actuar de inmediato. No necesitaba esperar instrucciones de la abadesa. No sólo habían desaparecido cinco monjas con sus piezas sino que, según le dijera David, había otras personas que sabían de la existencia del juego de Montglane… y de su relación con él. Demasiados: Robespierre, Marat… y André Philidor, el maestro de ajedrez y compositor cuya ópera había visto en compañía de madame de Staël. Según David, Philidor había huido a Inglaterra. Pero antes de irse le había hablado a David de un encuentro que había tenido con el gran matemático Leonhard Euler y un compositor llamado Bach. Éste había tomado la fórmula del recorrido del caballo descubierta por Euler, transformándola en música. Estos hombres pensaban que el secreto del juego de Montglane tenía relación con la música… ¿Cuántos más habrían llegado tan lejos?

Mireille atravesó los puestos al aire libre, llenos de verduras, carnes y pescado que sólo los ricos podían comprar. Su corazón latía con fuerza y sus ideas se confundían. Tenía que actuar de inmediato… mientras conociera sus paraderos y ellos ignoraran el suyo. Eran todos como peones en un tablero, arrastrados hacia un centro invisible en un juego inexorable como el destino. La abadesa había tenido razón al decir que debían recuperar las riendas… pero era Mireille quien debía tomar el control. Porque comprendía que ahora sabía más que la abadesa —tal vez más que nadie— sobre el juego de Montglane.

El relato de Philidor abonaba lo que le había dicho Talleyrand y confirmado Letizia Buonaparte: en el juego había una fórmula. Algo que la abadesa nunca había mencionado. Pero Mireille sabía. Ante sus ojos flotaba todavía la extraña figura pálida de la Reina Blanca, con el báculo del ocho con su mano levantada.

Mireille descendió al laberinto, aquella parte de Les Halles que alguna vez fueran catacumbas romanas y se utilizaba ahora como mercado subterráneo. Allí había puestos de cacharros de cobre, cintas, especias y sedas de Oriente. Pasó junto a un pequeño café en el corredor estrecho, donde un grupo de carniceros, sucios todavía con las señales de su comercio, comían sopa de col y jugaban al dominó. Se fijó en la sangre que manchaba sus brazos desnudos y sus mandiles blancos. Cerró los ojos y se abrió paso por el estrecho laberinto.

Al final del segundo pasaje había una tienda de cubertería. Miró la mercancía, probó la resistencia y el filo de cada cuchillo antes de encontrar uno que le convenía: un cuchillo de quince centímetros con una hoja equilibrada, semejante al bousaadi que había usado con tanta destreza en el desierto. Hizo que el vendedor lo afilara hasta que se pudiese partir un pelo en el aire.

Quedaba sólo una pregunta. ¿Cómo entraría? Miró al comerciante envolver el cuchillo con su funda en papel de estraza. Mireille le pagó dos francos, se puso el paquete bajo el brazo y partió.

13 de julio de 1793

Su pregunta encontró respuesta la tarde siguiente mientras ella y David discutían en el pequeño comedor anexo al estudio. El, como delegado de la Convención, podía asegurarle la entrada al domicilio de Marat. Pero se negaba… tenía miedo. Pierre, el sirviente, interrumpió su acalorada discusión.

—En la puerta de entrada hay una dama, señor. Pregunta por vos… y busca información sobre mademoiselle Mireille.

—¿Quién es? —preguntó Mireille, lanzando una rápida mirada a David.

—Una dama de vuestra altura, mademoiselle —contesto Pierre— y con cabellos rojos… dice que se llama Corday.

—Hazla pasar —dijo Mireille para estupefacción de David.

De modo que éste era el emisario, pensó Mireille cuando Pierre salió. Recordó a la fría y orgullosa compañera de Alexandrine de Forbin, que hacía tres años fue a Montglane para decirles que las piezas del juego corrían peligro. Ahora la abadesa la había enviado… pero llegaba demasiado tarde.

Cuando Charlotte Corday fue introducida en la habitación, se detuvo de golpe, mirando incrédula a Mireille: Se sentó vacilante en la silla que le ofrecía David, sin apartar los ojos de Mireille. Allí estaba la mujer cuyas noticias habían desenterrado el juego, pensó Mireille. Aunque el tiempo transcurrido las había cambiado a ambas, seguían pareciéndose: altas, de huesos grandes, con alborotados rizos rojos en torno a los rostros ovales. Lo bastante parecidas como para pasar por hermanas. Y sin embargo, tan distintas.

—Llegaba desesperada —empezó Charlotte—, porque todos los rastros estaban fríos, todas las puertas cerradas. Debo hablaros a solas. —Lanzó una inquieta mirada a David, quien se excusó. Cuando hubo salido, dijo—: ¿Están a salvo las piezas?

—¡Las piezas! —dijo Mireille con amargura—. ¡Siempre las piezas! Me maravilla la tenacidad de nuestra abadesa… una mujer a quien Dios confió las almas de cincuenta mujeres, mujeres apartadas del mundo que creían en ella como en sus propias vidas. Nos dijo que las piezas eran peligrosas… pero no que seríamos perseguidas y asesinadas por ellas. ¿Qué clase de pastor es el que guía a sus ovejas al matadero?

—Comprendo… estáis destrozada por la muerte de vuestra prima —dijo Charlotte—. ¡Pero fue un accidente! Quedó atrapada en un tumulto junto con mi amada hermana Claude. No podéis permitir que esto haga vacilar vuestra fe. La abadesa os ha elegido para una misión…

—Ahora yo elijo mis propias misiones —exclamo Mireille con sus ojos verdes ardientes de pasión—. Y la primera es encontrar al hombre que asesinó a mi prima. ¡No fue un accidente! En este ultimo año han desaparecido otras cinco monjas. Creo que él sabe qué ha sido de ellas y de las piezas que custodiaban y tengo cuentas que saldar.

Charlotte se había llevado la mano al pecho. Su cara estaba lívida mientras contemplaba a Mireille desde el otro lado de la mesa. Su voz temblaba.

—¡Marat! —susurró—. ¡Sabía de su intervención pero no esto! La abadesa no sabía nada de estas monjas desaparecidas.

—Parece que hay muchas cosas que nuestra abadesa no sabe —contestó Mireille—. Pero yo, sí. No es mi intención oponérmele, pero creo que comprenderéis que primero tengo cosas que hacer. ¿Estáis conmigo… o contra mí?

Charlotte miró a Mireille, al otro lado de la mesa, con sus profundos ojos azules brillantes de emoción, Por último, se estiró y colocó su mano sobre la de Mireille. Ésta se sintió temblar.

—Los derrotaremos —exclamó Charlotte con energía—. Por difícil que sea lo que me pidáis, estaré a vuestro lado… como desearía la abadesa.

—Os habéis enterado de la intervención de Marat —dijo Mireille con voz tensa—. ¿Qué más sabéis del hombre?

—Traté de verlo… buscándoos —contestó Charlotte bajando la voz—. Un portero me echó. Pero le he escrito pidiendo una cita… esta tarde.

—¿Vive solo? —preguntó Mireille, excitada.

—Comparte alojamiento con su hermana Albertine… y con Simone Évrard, su esposa natural. ¡Pero no querréis, ir vos! Si dais vuestro nombre o suponen quién sois, seréis arrestada…

—No pienso dar mi nombre —aseguró Mireille esbozando una sonrisa—. Daré el vuestro.

El sol ya se ponía cuando Mireille y Charlotte llegaron en la parte trasera de un cabriolet alquilado al callejón frente a la casa de Marat. El reflejo del cielo daba color de sangre a las ventanas; la última luz del sol convertía en cobre las piedras de la calle.

—Debo saber qué razón disteis en vuestra carta para solicitar esta entrevista —exigió Mireille.

—Escribí diciendo que venía de Caen —respondió Charlotte— para denunciar las actividades de los Girondinos contra el gobierno. Puse que conocía ciertas conspiraciones…

—Dadme vuestros papeles —ordeno Mireille extendiendo la mano—, por si necesito pruebas para entrar.

—Ruego por vos —dijo Charlotte, dándole los papeles que Mireille metió en su corpiño, junto al cuchillo—. Esperaré aquí vuestro regreso.

Mireille cruzó la calle y subió los escalones que conducían a la desvencijada casa de piedra. Se detuvo en la entrada, donde se leía una tarjeta ajada:

Jean Paul Marat: Médico

Realizó una inspiración profunda y dio unos golpes en la puerta con la aldaba de metal. El ruido resonó en las vacías paredes del interior. Por último, escuchó que se acercaban unos pasos lentos y se abrió la puerta.

Se encontró mirando a una mujer alta, de cara cerosa y grande atravesada de arrugas. Con un movimiento de muñeca, apartó un mechón de cabellos que se había soltado del moño descuidado. Limpiándose las manos llenas de harina en la toalla que rodeaba su amplia cintura miró a Mireille de pies a cabeza, examinando el elegante vestido de algodón, el bonete con lazos y los rizos suaves que caían sobre los hombros cremosos.

—¿Qué queréis? —preguntó con desdén.

—Mi nombre es Corday. El ciudadano Marat me espera —dijo Mireille.

—Está enfermo —replicó la mujer empezando a cerrar la puerta.

Pero Mireille se lo impidió, obligándola a retroceder un paso.

—¡Insisto en verlo!

—¿Qué sucede, Simone? —preguntó otra mujer que habla aparecido en el extremo del largo pasillo.

—Una visita, Albertine… para tu hermano. Le he dicho que está enfermo…

—Marat querrá verme —dijo Mireille en alta voz—, si supiera qué noticias traigo de Caen… y de Montglane.

A través de una puerta entreabierta que había en medio del pasillo se escuchó una voz.

—¿Una visita, Simone? ¡Tráela de inmediato!

Ésta se encogió de hombros e indicó a Mireille que la siguiera.

Era una gran habitación azulejada con una sola ventana pequeña y alta a través de la cual podía ver el cielo rojo que iba agrisándose. El lugar hedía con el olor de medicinas astringentes y putrefacción. En un rincón había una bañera en forma de bota. Y allí, en la sombra penetrada por la única luz de una vela colocada sobre una escribanía que tenía sobre las rodillas, estaba Marat. Con la cabeza envuelta en un trapo mojado y la piel marcada que resplandecía con un blanco enfermizo a la luz de la vela, trabajaba inclinado sobre la escribanía atestada de plumas y papeles.

Mireille tenía los ojos fijos en el hombre. Cuando Simone la introdujo en la habitación y le indicó por señas que se sentara en un banquillo de madera que había Junto a la bañera, Marat no levantó la vista.

Siguió escribiendo mientras Mireille lo contemplaba con el corazón latiendo con furia. Ansiaba saltar sobre él, hundirle la cabeza en el agua tibia del baño y mantenerlo allí hasta que… pero Simone seguía de pie a sus espaldas.

—Vuestra llegada es oportuna —decía Marat inclinado siempre sobre los papeles—. Estoy precisamente preparando una lista de Girondinos que parecen estar sublevando las provincias. Si venís de Caen, podríais ratificarla. Pero decís que también traéis noticias de Montglane…

Miró a Mireille y sus ojos se dilataron. Guardo Silencio un momento y después dijo a Simone:

—Ahora puedes dejarnos, querida amiga.

Durante un momento, Simone permaneció inmóvil, pero finalmente, sometida a la mirada penetrante de Marat, se volvió y se fue, cerrando la puerta a sus espaldas.

Mireille devolvió la mirada de Marat sin pronunciar palabra. Era extraño, pensó. Ésta era la encarnación de la maldad, el hombre cuyo espantoso rostro había visitado sus inquietos sueños durante tanto tiempo, y estaba sentado en una bañera de cobre llena de sales hediondas, pudriéndose como un trozo de carne pasada. Un anciano agostado muriendo por su propia maldad. Si en su corazón hubiera habido lugar para la piedad, lo habría compadecido. Pero no lo había.

—De modo que por fin habéis venido —susurro el sin quitarle los ojos de encima—. ¡Cuando vi que faltaban las piezas, supe que algún día volveríais!

Sus ojos chispeaban a la temblorosa luz de la bujía. Mireille sintió que se le helaba la sangre en las venas.

—¿Dónde están? —preguntó.

—Eso era exactamente lo que quería preguntaros —dijo él con tranquilidad—. Habéis cometido un gran error al venir aquí, mademoiselle, con nombre supuesto o sin él. Jamás saldréis de este lugar con vida… a menos que me digáis qué se hizo de aquellas piezas que sacasteis del jardín de David.

—Vos tampoco —dijo Mireille, sintiendo que su corazón se apaciguaba mientras sacaba el cuchillo de su corpiño—. Cinco de mis hermanas han desaparecido. Tengo intención de saber si terminaron como mi prima.

—Ah… habéis venido a matarme —dijo Marat con una sonrisa terrible—. Pero no creo que lo hagáis. Soy un hombre moribundo, ¿veis? No necesito que me lo digan los médicos… yo lo soy.

Mireille tocó el filo del cuchillo con la yema de un dedo.

Cogiendo una pluma de la escribanía, Marat la pasó por su pecho desnudo.

—Os aconsejo que pongáis la punta de la daga aquí… a la izquierda, entre la segunda costilla y la tercera cortareis la aorta. Rápido y seguro. Pero antes de morir, os interesará saber que tengo las piezas. Y no cinco, como creíais, sino ocho. Entre nosotros dos, mademoiselle, podríamos controlar la mitad del tablero.

Mireille trató de permanecer impasible, pero el corazón volvía a desbocársele. La adrenalina se infiltraba en su sangre como una droga.

—¡No os creo! —exclamó.

—Preguntad a vuestra amiga, mademoiselle de Corday, cuantas monjas recurrieron a ella en vuestra ausencia —dijo Marat—. Mademoiselle Beaumont… mademoiselle Defresnay… mademoiselle d’Armentières… ¿os dicen algo esos nombres?

Todas eran monjas de Montglane. ¿Qué estaba diciendo el hombre? Ninguna de ellas había venido a Paris… ninguna de ellas había escrito esas cartas que David pasara a Robespierre…

—Fueron a Caen —dijo Marat, leyendo sus pensamientos—. Esperaban encontrar a Corday. ¡Qué triste! Enseguida se enteraron de que la mujer que las interceptaba no era una monja…

—¿Una mujer? —preguntó Mireille.

En ese instante se oyó un golpe afuera y la puerta se abrió. Entró Simone Évrard con una bandeja de riñones y mollejas humeantes. Atravesó la habitación con una expresión agria mientras contemplaba a Marat y su visitante con el rabillo del ojo. Puso la bandeja en el vano de la ventana.

—Para que se enfríen y podamos picarlos para el pastel de carne —dijo secamente fijando sus pequeños ojos en Mireille, que había ocultado a toda prisa el cuchillo entre los pliegues de su traje.

—Por favor, no vuelvas a molestarnos —le dijo secamente Marat.

Simone le lanzó una mirada ofendida y abandonó sin más la habitación, con una expresión herida en su feo rostro…

—Cerrad la puerta con llave —dijo Marat a Mireille, que lo miró sorprendida. La mirada de Marat era oscura cuando se reclinó en la bañera y sus pulmones emitían un sonido raspante a causa del esfuerzo por respirar—. Mi querida mademoiselle la enfermedad ha invadido todo mi cuerpo. Si queréis matarme, no tenéis mucho tiempo. Pero me parece que lo que más deseáis es información… Y yo también. Cerrad la puerta y os diré lo que sé.

Mireille fue hacia la puerta empuñando Siempre el cuchillo e hizo girar la llave hasta que escuchó el sonido del pestillo. Le latía la cabeza. ¿Quién era la mujer de la que hablaba… que había robado las piezas a las desprevenidas monjas?

—Vos las matasteis. ¡Las asesinasteis por las piezas!

—Yo soy un inválido —contestó él con una sonrisa horrible y su cara blanca flotando entre las sombras—. Pero como el Rey en el tablero, la pieza mas débil puede ser también la más valiosa. Las maté… pero sólo con información. Sabía quiénes eran y dónde era probable que se dirigiesen en caso de peligro. Vuestra abadesa era una estúpida… los nombres de las monjas de Montglane eran del dominio público. Pero no, no las maté yo mismo. Os diré quién lo hizo cuando me digáis lo que habéis hecho con las piezas que os llevasteis. Os diré incluso dónde están nuestras piezas capturadas, aunque no os servirá de nada…

La duda y el miedo atormentaban a Mireille. ¿Cómo podía confiar en él… cuando la última vez que le diera su palabra había asesinado a Valentine?

—Decidme el nombre de la mujer y dónde están las piezas —dijo, volviendo a acercarse a la bañera—. Si no, nada.

—Sois vos quien tiene el cuchillo —dijo Marat con voz quebrada—. Pero mi aliada es la jugadora más poderosa. ¡Jamás la destruiréis… jamás! Vuestra única esperanza es uniros a nosotros y reunir las piezas. Por separado no son nada. Pero juntas, tienen un poder inmenso. Si no me creéis, preguntadle a vuestra abadesa. Ella la conoce. Comprende su poder. Su nombre es Catalina… ¡es la Reina Blanca!

—¡Catalina! —exclamó Mireille, mientras los pensamientos se agolpaban en su cabeza. ¡La abadesa había ido a Rusia! ¡Su amiga de la infancia… el relato de Talleyrand… la mujer que había comprado la biblioteca de Voltaire… Catalina la Grande, zarina de todas las Rusias! ¿Pero cómo podía esta mujer ser al mismo tiempo aliada de Marat y amiga de la abadesa?

—Estáis mintiendo —dijo—. ¿Dónde está ahora? ¿Y dónde están las piezas?

—Os he dicho su nombre —exclamó, lívido de furia—. Pero antes de deciros más, debéis demostrarme la misma confianza. ¿Dónde están las piezas que sacasteis del jardín de David? ¡Decídmelo!

Mireille respiró hondo, apretando el cuchillo.

—Las he sacado del país —dijo lentamente—. Están a salvo en Inglaterra.

Pero el rostro de Marat se iluminó al escuchar sus palabras. Mireille podía ver los cambios que se operaban en él mientras su expresión adoptaba esa máscara de maldad que había recordado en sus sueños.

—¡Por supuesto! —exclamó—. ¡He sido un tonto! ¡Se las habéis dado a Talleyrand! Dios mío… ¡es más de lo que esperaba! —Trató de ponerse de pie en la bañera—. ¡Está en Inglaterra! —exclamó—. ¡En Inglaterra! Dios mío… ¡ella puede obtenerlas! —Luchaba por apartar la escribanía con sus débiles brazos. El agua de la bañera se agitaba—. ¡A mí! ¡A mí!

—¡No! —exclamó Mireille—. ¡Dijisteis que me diríais dónde están las piezas!

—¡Pequeña idiota! —rió él, apartando la escribanía, que cayó al suelo, manchando con tinta las faldas de Mireille. Escuchó pasos que se acercaban por el corredor y una mano que agitaba el picaporte. Empujó a Marat, que volvió a caer en la bañera. Con una mano cogió su grasiento cabello y apoyó el cuchillo en su pecho.

—¡Decidme dónde están! —gritó, mientras el ruido de los puños que golpeaban la puerta ahogaba sus palabras—. ¡Decídmelo!

—¡Pequeña cobarde! —silbó él con los labios llenos de saliva—. ¡Hazlo o que Dios te maldiga! ¡Has llegado demasiado tarde… demasiado tarde!

Mireille lo contempló mientras continuaban golpeando la puerta. Escuchaba gritos de mujeres mientras miraba la cara horrible que le dedicaba una sonrisa perversa. «… Cómo tendréis fuerza para matar a un hombre… Huelo en vos la venganza como se huele el agua en el desierto…». Escuchaba la voz de Shahin susurrando en su cabeza, ahogando los gritos de las mujeres, los golpes en la puerta. ¿Qué quería decir él con que llegaba demasiado tarde? ¿Qué importancia tenía que Talleyrand estuviera en Inglaterra? ¿Y qué quería decir con que ella podía conseguirlas?

El cerrojo estaba a punto de ceder ante las embestidas del pesado cuerpo de Simone Évrard, y la madera podrida que rodeaba la cerradura se astillaba. Mireille contempló la cara llena de pústulas de Marat. Haciendo una inspiración profunda, hundió el cuchillo en su pecho. La sangre brotó de la herida manchando su vestido. Hundió la hoja hasta la empuñadura.

—El punto exacto… —murmuró él mientras la sangre llegaba a su boca. Su cabeza cayó hacia un lado; con cada contracción del corazón, la sangre surgía en grandes chorros. Mireille sacó el cuchillo y lo dejó caer al suelo en el momento en que se abría la puerta.

Simone Évrard irrumpió en la habitación con Albertine pisándole los talones. La hermana de Marat lanzó una mirada a la bañera, gritó y se desmayó. Mientras Mireille avanzaba hacia la puerta como en un sueño, Simone aullaba.

—¡Dios! ¡Lo habéis matado! ¡Lo habéis matado! —gritaba mientras se precipitaba hacia la bañera y caía de rodillas para detener con su delantal el flujo de sangre. Mireille siguió caminando por el corredor como en un trance. De pronto se abrió la puerta delantera y varios vecinos entraron en la casa. Mireille pasó junto a ellos en el corredor… moviéndose como una autómata, con la cara y el vestido manchados de sangre. Escuchó los gritos y gemidos detrás de ella mientras avanzaba hacia la puerta abierta como si estuviera hipnotizada. ¿Qué había querido decir con que llegaba demasiado tarde?

Tenía la mano apoyada en la puerta cuando el golpe la abatió desde atrás. Sintió el dolor y escuchó el ruido de madera que se rompía. Se desplomó. En el suelo polvoriento estaban dispersos los fragmentos de la silla con que la habían golpeado. Luchó por levantarse con la cabeza latiendo. Un hombre la cogió por el escote del vestido, arañando sus senos y poniéndola en pie. La aplastó contra la pared, donde volvió a golpearse la cabeza, y se derrumbó. Esta vez no pudo levantarse. Escuchó el ruido de pisadas, el temblor de las maderas flojas del suelo al entrar mucha gente en la casa, los ruidos de gritos y exclamaciones violentas de los hombres… el llanto de una mujer.

Yacía en el suelo sucio incapaz de moverse. Después de un largo rato, sintió manos que se deslizaban bajo su cuerpo… alguien trataba de levantarla. Eran hombres con uniformes oscuros que la ayudaban a ponerse en pie. Le dolía la cabeza y sentía un latido espantoso en la nuca y la columna vertebral. La levantaban cogiéndola por los codos, dirigiéndola hacia la puerta mientras ella trataba de caminar.

Afuera se había juntado una multitud que rodeaba la casa. Tenía la vista borrosa… contempló la masa de rostros, cientos de ellos que la miraban como enjambres de ratones… todos ahogándose, pensó… todos ahogándose. La policía hacía retroceder a la gente con sus bastones. Escuchó exclamaciones Y gritos: «¡Asesina!, ¡carnicera!», y muy lejos, al otro lado de la calle, vio una cara blanca que flotaba en la ventana abierta de un carruaje. Luchó por enfocarla. Durante un segundo vio los ojos aterrados, los labios pálidos y los nudillos blancos que apretaban la puerta del coche: era Charlotte Corday. Después, todo se volvió negro.

14 de julio de 1793

Cuando Jacques Louis David regresó de la Convención, agotado, eran las ocho de la noche. La gente ya había comenzado a lanzar petardos y a correr por las calles como imbéciles borrachos mientras él detenía su carruaje en el patio.

Era el día de la Bastilla, pero por alguna razón no podía captar su espíritu. ¡Esa mañana, al llegar a la Convención, se había enterado de que la noche anterior habían asesinado a Marat! Y la mujer que tenían en la Bastilla, la asesina, era la visitante de Mireille, Charlotte Corday.

La propia Mireille no había regresado en toda la noche. David estaba enfermo de aprensión. Su posición no era tan segura como para que no pudiera alcanzarlo el largo brazo de la Comuna de París si descubrían que el complot anarquista se había fraguado en su comedor, Si pudiera encontrar a Mireille… salir de París antes de que la gente sumara dos más dos…

Bajó del carruaje y se sacudió el polvo que cubría el sombrero tricolor que él mismo había diseñado para los delegados de la Convención, para representar el espíritu de la Revolución. Al ir a cerrar los portones una forma esbelta salió de entre las sombras y se dirigió a él. Cuando el hombre lo cogió del brazo, David procuró apartarse, asustado. En el cielo brilló un cohete que le permitió echar una ojeada a la cara pálida y los ojos verde mar de Maximilien Robespierre.

—Tenemos que hablar, ciudadano —susurró éste con una voz suave y aterradora mientras en el cielo crepuscular estallaban los cohetes—. Esta tarde te perdiste la vista…

—¡Estaba en la Convención! —exclamó David con voz asustada, porque era evidente a qué vista se refería Robespierre—. ¿Por qué saltaste de ese modo de entre las sombras? —agregó, tratando de disimular la verdadera causa de su temblor—. Si deseas hablarme, entra.

—Amigo mío, lo que tengo que decir no debe ser oído por sirvientes u oídos indiscretos —dijo Robespierre con voz grave.

—Mis sirvientes tienen permiso esta noche para celebrar el día de la Bastilla. ¿Por qué, si no, crees que he cerrado yo mismo la puerta?

Temblaba de tal manera que se sintió agradecido por la oscuridad que los rodeaba mientras atravesaban el patio…

—Es lamentable que no hayas podido venir a la audiencia —dijo Robespierre mientras entraban en la casa vacía y oscura—. Verás, la detenida no es Charlotte Corday, sino la muchacha cuyo dibujo me mostraste… la que hemos estado buscando por toda Francia. ¡Mi querido David, la asesina de Marat es tu pupila Mireille!

Pese al cálido tiempo de julio, David sentía un frío mortal. Se sentó en el pequeño comedor frente a Robespierre mientras éste encendía una lámpara de aceite y le servía un poco de brandy que había en una jarra. David temblaba tanto que apenas podía sostener la copa.

—No he hablado de esto con nadie porque prefería hacerla primero contigo —decía Robespierre—. Necesito tu ayuda… tu pupila tiene una información que me interesa. Sé por qué fue a ver a Marat: persigue el secreto del juego de Montglane. Debo saber que sucedió entre ellos en su entrevista antes de la muerte de Marat y si ella tuvo la oportunidad de comunicar lo que sabe a otros.

—¡Pero te digo que no sé nada de estas cosas espantosas! —exclamó David, mirando horrorizado a Robespierre—. Jamás creí en la existencia del juego de Montglane hasta aquel día que salí del café de la Régence con André Philidor… ¿te acuerdas? Él fue quien me lo dijo. Pero cuando repetí esa historia a Mireille…

Robespierre se inclinó sobre la mesa para coger el brazo de David.

—¿Ella ha estado aquí? ¿Has hablado con ella? Dios mío, ¿por qué no me lo dijiste?

—Dijo que nadie debía saber que estaba aquí —gimió David con la cabeza entre las manos—. Llegó hace cuatro días, Dios sabe de dónde… vestida de mufti como un árabe…

—¡Ha estado en el desierto! —dijo Robespierre levantándose de un salto y recorriendo la habitación de un lado al otro—. Querido David, esta pupila tuya no es una escolar inocente. Este secreto se remonta a los moros… al desierto. Lo que ella busca es el secreto de las piezas. Por eso asesinó a Marat a sangre fría. ¡Está en el centro mismo de este juego poderoso y peligroso! Debes decirme qué más dijo… antes de que sea demasiado tarde.

—¡Fue al decirte la verdad cuando provoqué este horror! —exclamó David a punto de llorar—. Y si ellos descubren quién es, soy hombre muerto. Tal vez temieran y odiaran a Marat cuando vivía… pero ahora que ha muerto, van a poner sus cenizas en el Panteón… han guardado su corazón en el club jacobino como si fuera una santa reliquia.

—Lo sé —dijo Robespierre con esa voz suave que hacía estremecer a David—. Por eso he venido. Querido David, tal vez pueda hacer algo para ayudaros a ambos… pero sólo si tú me ayudas primero. Creo que tu pupila confía en ti… te dirá lo que sabe mientras que a mí ni siquiera me hablaría. Si pudiera introducirte en secreto en la prisión…

—¡Por favor, no me pidas eso! —David casi gritaba—. Haré todo lo que pueda por ayudarla… pero lo que sugieres podría costarnos la cabeza a todos.

—No comprendes —dijo con calma Robespierre, sentándose junto a David. Tomó su mano entre las suyas—. Amigo mío, sé que eres un revolucionario entusiasta. Pero lo que no sabes es que el juego de Montglane está en el centro mismo de la tormenta que está destruyendo las monarquías en toda Europa… que eliminará para siempre el yugo de la opresión. —Acercándose al aparador se sirvió un vaso de oporto. Después continuó—: Tal vez si te explico cómo entré yo en el juego, lo comprenderás. Porque hay un juego en marcha, querido David… un juego peligroso y letal que destruye el poder de los reyes. El juego de Montglane debe reunirse bajo el control de aquellos que, como nosotros, utilizarán esta poderosa herramienta para apoyar esas virtudes inocentes preconizadas por Jean-Jacques Rousseau. Porque fue él mismo quién me eligió para el juego.

—¡Rousseau! —murmuró David espantado—. ¿El buscaba el juego de Montglane?

—Philidor lo conocía… y yo también —dijo Robespierre, sacando de su libreta una hoja de papel de carta y buscando a su alrededor algo con qué escribir.

David, tanteando en medio de la confusión de papeles que había sobre el aparador, le tendió un lápiz de dibujo, y mientras empezaba a trazar un diagrama, Robespierre continuó:

—Lo conocí hace quince años, cuando era un abogado joven que asistía a los Estados Generales en París. Me enteré de que el reverenciado filósofo Rousseau había caído enfermo de gravedad en las afueras de la ciudad. Sin perder tiempo, me procuré una entrevista y fui a caballo a visitar al hombre que, a los sesenta y seis años, dejaba un legado que pronto cambiaría el futuro del mundo. Desde luego, lo que me dijo aquel día alteró mi futuro… tal vez el tuyo cambie también, David permaneció sentado en silencio mientras los cohetes estallaban como crisantemos que se desplegaran en la profunda oscuridad, al otro lado de las ventanas y Robespierre, con la cabeza inclinada sobre su dibujo, inició su relato…

LA HISTORIA DEL ABOGADO

A unos cincuenta kilómetros de París cerca de la ciudad de Ermenonville, están las propiedades del marqués de Girardin, donde Rousseau y su amante Thérèse Levasseur habitaban una casita desde mediados de mayo del año de 1778.

Era el mes de junio; el tiempo era balsámico el olor de la hierba recién cortada y las rosas florecidas impregnaba los prados que rodeaban el castillo del marqués. En el centro de un lago, dentro de la propiedad, había una isleta, llamada isla de los Álamos. Allí encontré a Rousseau, vestido con el traje de moro que, según decían, usaba siempre: un caftán púrpura suelto, un chal verde con flecos, zapatos de piel marroquí roja con las puntas levantadas como babuchas, una gran bolsa de piel amarilla puesta en bandolera Y una gorra con bordes de piel que enmarcaba su rostro oscuro e intenso. Un hombre exótico y misterioso que parecía moverse al ritmo de los moteados árboles y el agua como si obedeciera a una música interna que sólo él escuchaba. Crucé a pie el puentecillo y me presenté… aunque lamentaba interrumpir esa concentración tan profunda. Yo lo ignoraba, pero Rousseau estaba contemplando su encuentro con la eternidad… que estaba a pocas semanas de distancia.

—Os he estado esperando —dijo tranquilamente al saludarme—. Señor Robespierre, me dicen que sois un hombre adepto a esas virtudes naturales que preconizo. En los umbrales de la muerte, es consolador saber que hay por lo menos un ser humano que comparte nuestras creencias.

En ese momento yo tenía veinte años y era un gran admirador de Rousseau… un hombre que se había visto obligado a ir de un lado a otro, exiliado de su país, forzado a depender de la caridad de otros a pesar de su fama y el valor de sus ideas. No sé qué esperaba al ir a verlo… tal vez alguna intuición filosófica profunda, una conversación esperanzadora sobre política, un extracto romántico de La Nouvelle Héloïse. Pero al parecer Rousseau, sintiendo la proximidad de la muerte, tenía otra cosa en la cabeza.

—Voltaire murió la semana pasada —empezó diciendo—. Nuestras dos vidas estaban ligadas como las de aquellos caballos de los que hablaba Platón… uno tirando hacia la Tierra, el otro, hacia los cielos. Voltaire pujaba por la Razón, mientras que yo era el campeón de la Naturaleza. Entre nosotros, nuestras filosofías servirán para desmembrar el carro de la Iglesia y el Estado.

—Pensé que os desagradaba ese hombre —dije, confundido.

—Lo odiaba y lo amaba… lamento no haberlo conocido nunca. Una cosa es segura: no lo sobreviviré mucho tiempo. La tragedia es que Voltaire tenía la clave de un misterio que he tratado de desentrañar durante toda mi vida. A causa de su testaruda parcialidad por lo racional, jamás conoció el valor de lo que había descubierto. Y ahora es demasiado tarde. Ha muerto. Y con él murió el secreto del juego de Montglane.

Ir a la siguiente página

Report Page