El ocho

El ocho


La reina negra

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LA REINA NEGRA

Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen

Tod und Verzweiflung flammet um mich her!…

Verstossen sei auf evig, verlassen sei auf evig,

Zertrümmert zei’n auf evig alle bande der Natur.

(La Venganza del Infierno bulle mi corazón

La Muerte y la Desesperación arden en torno a mí…

Expulsada para siempre, abandonada para siempre,

Para siempre rotos los lazos de la Naturaleza).

EMMANUEL SCHIKANEDER Y WOLFGANG AMADEUS MOZART

La Reina de la Noche

La flauta mágica

Argel, junio de 1973

De modo que allí estaba Minne Renselaas, la adivina.

Estábamos sentadas en su habitación de ventanas francesas de muchas hojas, ocultas a la vista del patio por una cortina de emparrados. De la cocina llegó comida, servida en la baja mesa de bronce por un enjambre de mujeres con velos que desaparecieron tan en silencio como habían llegado. Lily, derrumbada en el suelo sobre una pila de cojines, comía una granada. Yo estaba a su lado, hundida en una silla de cuero marroquí, mascando una tarta de kiwis y caquis. Y frente a mí, reclinada en un diván de terciopelo verde y con los pies levantados, estaba Minne Renselaas.

Por fin la veía; la adivina que seis meses antes me había arrastrado a este juego peligroso. Una mujer de muchas caras. Para Nim era una amiga, la viuda del cónsul holandés. Se suponía que iba a protegerme si tenía problemas. De creer a Thérèse, era una mujer popular en la ciudad. Para Solarin era un contacto de negocios. Para Mordecai, su aliada y vieja amiga. Pero si escuchaba a El-Marad, era también Mokhfi Mokhtar de la Casbah, la mujer que tenía las piezas del juego de Montglane. Era muchas cosas para mucha gente… pero todas se resumían en una.

—Usted es la Reina Negra —dije.

Minne Renselaas sonrió misteriosamente.

—Bienvenida al juego —dijo.

—¡De modo que eso era lo que quería decir la Reina de Picas! —exclamó Lily, incorporándose sobre los cojines—. Es una jugadora… de modo que conoce los movimientos.

—Una jugadora importante —asentí, estudiando a Minne—. Es la pitonisa cuyo encuentro conmigo arregló tu abuelo. Si no me equivoco, sabe más de este juego que simplemente los movimientos…

—No te equivocas —dijo Minne, sin dejar de sonreír como el gato de Cheshire.

Era increíble lo distinta que parecía cada vez que la veía. Vestida con una tela plateada centelleante, que destacaba contra el verde oscuro del diván, con su piel cremosa sin arrugas, parecía mucho más joven que la última vez que la viera… bailando en el bistró. Y muy lejos de la adornada pitonisa con sus gafas de pedrería o la anciana mujer de los pájaros de las Naciones Unidas, vestida de negro. Parecía un camaleón. ¿Quién era en realidad?

—Por fin has venido —decía con su voz suave y fría. En esa voz había una traza de acento que no conseguía identificar—. He esperado mucho tiempo. Pero ahora puedes ayudarme…

Mi paciencia se agotaba.

—¿Ayudarla? —dije—. Mire, señora… no le pedí que me eligiera para este juego. Pero la he llamado y usted me ha contestado… tal como decía el poema. Ahora, supongamos que me muestra cosas grandes y poderosas que no conozco. Porque ya estoy harta de misterio e intriga. Me han disparado, me ha perseguido la Policía Secreta, he visto dos personas asesinadas. A Lily la busca Inmigración y están a punto de encerrarla en una cárcel argelina… y todo a causa de esto que llaman juego.

Mi estallido me dejó sin aliento. Mi voz resonaba en las altas paredes. Carioca había buscado la protección del regazo de Minne, y Lily lo miró furiosa.

—Me alegro de ver que tienes carácter —dijo ella con frialdad. Acarició a Carioca, y el pequeño traidor ronroneaba en su regazo como un gato de angora—. Sin embargo, en el ajedrez la paciencia es una virtud muy valiosa… como puede corroborar tu amiga Lily. Yo he sido paciente durante mucho tiempo… esperándote. Fui a Nueva York arriesgando mi vida, sólo para conocerte. Aparte de ese viaje, hace diez años que no salgo de la Casbah… desde la Revolución Argelina. En cierto sentido, estoy prisionera aquí. Pero tú me liberarás.

—¡Prisionera! —dijimos a un tiempo Lily y yo.

—Pues en mi opinión tiene bastante movimiento —agregué—. ¿Quién la tiene secuestrada?

—No hay quién sino qué —contestó, estirándose para servir té sin molestar a Carioca—. Hace diez años sucedió algo, algo que no podía haber previsto, y que dio por tierra con un delicado equilibrio de poder. Mi esposo murió y empezó la Revolución…

—Los argelinos expulsaron a los franceses en 1963 —expliqué a Lily—. Fue un verdadero baño de sangre. —Volviéndome hacia Minne, agregué—: Con el cierre de las embajadas, debe haberse encontrado en una situación difícil, sin otro lugar adonde ir como no fuese Holanda. Seguramente, su gobierno hubiera podido sacarla… ¿por qué está aún aquí? Hace diez años que terminó la Revolución.

Minne dejó su taza con un golpe seco, apartó a Carioca y se puso en pie.

—Estoy clavada, como un peón retrasado —dijo, apretando los puños—. Lo que sucedió en el verano de 1963 empeoró con la muerte de mi esposo y las molestias de la Revolución. Hace diez años, en Rusia, unos obreros que reparaban el Palacio de Invierno encontraron los fragmentos partidos del tablero… del juego de Montglane.

Lily y yo nos miramos excitadas. Ahora estábamos llegando a alguna parte.

—Increíble —dije—. ¿Pero cómo lo sabe usted? No salió precisamente en primera plana. ¿Y qué tiene eso que ver con que esté atrapada?

—¡Escucha y lo comprenderás! —exclamó, yendo de un lado a otro mientras Carioca bajaba de un salto para trotar en seguimiento de su largo traje plateado. Intentaba pisar el ruedo que se movía ante sus ojos—. Si cogieron el tablero… tendrían la tercera parte de la fórmula. —Apartó bruscamente sus faldas del alcance de los dientes de Carioca, y se volvió hacia nosotras.

—¿Se refiere a los rusos? —pregunté—. Pero si ellos están en el otro bando, ¿cómo es que es uña y carne con Solarin?

Pero mi cerebro se movía rápido. Había dicho una tercera parte de la fórmula. ¡Significaba que sabía cuántas partes había!

—¿Solarin? —preguntó Minne, riendo—. ¿Cómo crees que me enteré? ¿Por qué piensas que lo elegí como jugador? ¿Por qué crees que mi vida corre peligro… que debo permanecer en Argelia… que os necesito tanto a las dos?

—¿Porque los rusos tienen la tercera parte de la fórmula? —inquirí—. Pero seguramente no serán los únicos jugadores del bando opuesto.

—No —aceptó Minne—, pero son los que descubrieron que yo tengo el resto.

Cuando Minne salió de la habitación en busca de algo que deseaba mostrarnos, Lily y yo nos sentíamos a punto de estallar. Carioca saltaba por ahí como una pelota de goma, hasta que le di una patada.

Recuperando su tablero magnético de mi bolso, Lily estaba preparándolo sobre la mesa de bronce mientras hablábamos. Me preguntaba quiénes eran nuestros adversarios. ¿Cómo sabían los rusos que Minne era una de las jugadoras… y qué tenía ella que la mantenía atrapada allí desde hacía diez años?

—Recuerdas lo que nos dijo Mordecai —susurró Lily—. Dijo que fue a Rusia a jugar al ajedrez con Solarin… eso fue hace unos diez años, ¿no?

—Exacto. Quieres decir que en ese momento lo reclutó como jugador, ¿verdad?

—¿Pero en calidad de qué? —preguntó Lily moviendo las piezas por el tablero.

—¡El caballo! —exclamé, recordando de pronto—. ¡Solarin puso ese símbolo en la nota que dejó en mi apartamento!

—De modo que si Minne es la Reina Negra, todos pertenecemos al equipo de las negras… tú y yo, Mordecai y Solarin. Los que llevan sombrero negro son los buenos. Si fue Mordecai quien reclutó a Solarin, tal vez Mordecai sea el rey negro… y Solarin el caballo del rey…

—Tú y yo somos peones —agregué—. Y Saul y Fiske…

—Peones que fueron eliminados del tablero —dijo Lily completando mi pensamiento mientras barría un par de peones. Iba moviendo las piezas mientras yo trataba de seguir su línea de pensamiento.

Pero desde el instante en que comprendí que Minne era la adivina, algo rondaba por mi cabeza. Y de pronto supe de qué se trataba. En realidad, no había sido Minne quien me había arrastrado al juego, sino Nim… siempre había sido Nim. Si no hubiera sido por él, yo no me habría molestado en descifrar aquel acertijo, ni me habría preocupado por mi cumpleaños, ni habría supuesto que las muertes de otras personas tenían algo que ver conmigo… y tampoco habría aceptado conseguir las piezas del juego de Montglane. Y ya que estaba en eso, había sido Nim quien arreglara mi contrato con la compañía de Harry… hacía tres años, cuando los dos trabajábamos para Triple-M. Y había sido él quien me había enviado a ver a Minne Renselaas…

En ese momento, regresó Minne trayendo una gran caja de metal y un pequeño libro encuadernado en piel y atado con bramante. Puso ambas cosas sobre la mesa.

—¡Nim sabía que usted era la adivina! —le dije—. Incluso cuando me ayudaba a decodificar ese mensaje.

—¿Tu amigo de Nueva York? —intervino Lily—. ¿Y qué pieza es él?

—Una torre —dijo Minne, estudiando el tablero que armaba Lily.

—¡Por supuesto! —dijo Lily—. Está en Nueva York para enrocar…

—Sólo he visto una vez a Ladislaus Nim —me dijo Minne—. Cuando lo elegí como jugador, como te he elegido a ti. Aunque él te recomendó mucho, no sabía que yo iría a Nueva York a conocerte. Tenía que estar segura de que eras la que necesitaba… que tenías las capacidades necesarias…

—¿Qué capacidades? —preguntó Lily, siempre ocupada con las piezas—. Ni siquiera sabe jugar al ajedrez.

—Ella no, pero tú sí —dijo Minne—. Hacéis un equipo perfecto.

—¿Equipo? —exclamé. Estaba tan ansiosa de formar equipo con Lily, como un buey de ser uncido junto a un canguro. Aunque era evidente que jugaba al ajedrez mucho mejor que yo, cuando se trataba de la realidad, resultaba una molestia.

—De modo que tenemos una reina, un caballo, una torre y unos peones —interrumpió Lily, mirando a Minne con sus ojos grises—. ¿Y qué hay del otro equipo? ¿Qué pasa con John Hermanold, que disparó contra mi coche, o de mi tío Llewellyn o su colega el vendedor de alfombras… cómo se llama?

—¡El-Marad! —dije, y de pronto comprendí cuál era la pieza que representaba. No era difícil… un tipo que vivía como un ermitaño en las montañas, sin abandonar nunca su lugar pero manejando negocios en todo el mundo, temido y odiado por todos cuantos lo conocían, y que estaba tras las piezas—. Él es el rey blanco —aventuré.

Minne había palidecido intensamente. Se derrumbó en una silla junto a mí.

—¿Has conocido a El-Marad? —preguntó, casi susurrando.

—Hace unos días, en la Cabilia —dije—. Parece saber mucho sobre usted. Me dijo que su nombre era Mokhfi Mokhtar… que vivía en la Casbah… que tenía las piezas del juego de Montglane. Dijo que me las daría si yo le decía que mi cumpleaños es el cuarto día del cuarto mes…

—Entonces, sabe mucho más de lo que creía —dijo Minne, bastante alterada. Cogió una llave y empezó a abrir la caja de metal que había traído—. Pero obviamente hay una cosa que no sabe, porque de otro modo no te hubiera permitido verlo. ¡No sabe quién eres!

—¿Quién soy? —pregunté, confusa—. Yo no tengo nada que ver con este juego. Hay montones de personas que nacieron el mismo día que yo… montones de personas que tienen líneas curiosas en la mano. Esto es ridículo. Estoy de acuerdo con Lily… no veo cómo puedo ayudarla…

—No quiero que me ayudes —dijo Minne con firmeza, abriendo la caja mientras hablaba—. Quiero que ocupes mi lugar.

Se inclinó sobre el tablero, apartando el brazo de Lily, cogió la Reina Negra y la adelantó.

Lily contempló la pieza… en el tablero. De pronto, tocó mi rodilla.

—¡Ya lo tengo! —exclamó, saltando excitada sobre los cojines. Carioca aprovechó la oportunidad para robar una espumosa pasta de queso y arrastrarla a su cubil debajo de la mesa—. ¿No ves? De este modo, la Reina Negra puede dar mate a la Blanca, obligando al rey a moverse por el tablero… pero sólo arriesgándose. La única pieza que tiene para protegerla es este peón adelantado…

Traté de comprender. Allí, sobre el tablero, había ocho piezas negras en cuadros negros; las otras estaban en cuadros blancos. Y delante de todas, en el extremo del territorio blanco, había un solo peón negro, protegido por una torre y un caballo.

—Sabía que trabajaríais bien juntas —dijo Minne sonriendo—, si os daban la oportunidad. Ésta es una reconstrucción casi perfecta de la partida tal como está en este momento. Al menos, por ahora. —Mirándome, agregó—: ¿Por qué no preguntas a esta nieta de Mordecai Rad cuál es la pieza esencial en la que se centra esta partida específica?

Me volví hacia Lily, que también sonreía y tocaba el peón adelantado con su larga uña roja.

—La única pieza que puede reemplazar a una reina es otra reina —dijo—. Pareces ser tú.

—¿Qué quieres decir? —pregunté—. Creí que era un peón.

—Lo eres… pero si un peón atraviesa las filas de los peones opuestos y alcanza el octavo cuadrado del lado opuesto, puede transformarse en cualquier otra pieza que desee. Incluso en reina. ¡Cuando ese peón llegue al octavo cuadrado, el de la coronación, puede reemplazar a la Reina Negra!

—O vengarla —dijo Minne, con los ojos brillantes como ascuas—. Un peón adelantado penetra Argel… la Isla Blanca. Así como has penetrado en territorio blanco… penetrarás el misterio. El secreto del ocho.

Mi estado de ánimo oscilaba como un barómetro durante el monzón. ¿Yo era la Reina Negra? ¿Qué quería decir? Aunque Lily señaló que podía haber más de una reina del mismo color en el tablero… Minne había dicho que yo iba a reemplazarla. ¿Quería eso decir que planeaba abandonar el juego?

Además, si necesitaba una sustituta… ¿por qué no Lily? Lily había dispuesto el juego en aquel pequeño tablero de modo que cada persona coincidía con las piezas y todos los movimientos imitaban los sucesos. Pero yo era una ignorante en lo relacionado con el ajedrez… ¿Cuál era entonces mi capacidad? Además, al peón le quedaba camino por delante antes de llegar a la línea de coronación. Aunque era demasiado tarde para que otro peón lo eliminara… todavía podía ser barrido por piezas con movimientos más flexibles. Hasta yo sabía eso.

Minne había desenvuelto el contenido de la caja de metal. Después, retiró un pesado paño que procedió a desplegar sobre la gran mesa de bronce. El paño era azul oscuro, casi negro. Dispersos en su superficie había trozos de vidrio coloreado —algunos redondos, otros ovalados—, cada uno de los cuales tenía el tamaño aproximado de un cuarto de dólar. El paño estaba bordado con extraños diseños con una especie de hilo metálico. Parecían símbolos del zodíaco. Se parecían también a algo que no conseguía localizar pero que me resultaba familiar. En el centro del paño había un gran bordado de dos serpientes tragando cada una la cola de la otra. Formaban un número ocho.

—¿Qué es esto? —pregunté, examinando el paño con curiosidad. Lily se había acercado más y tocaba la tela.

—Me recuerda algo —dijo.

—Éste es el paño que originalmente cubría el juego de Montglane —dijo Minne mirándonos con atención—. Estuvo enterrado con las piezas durante mil años hasta que ambos fueron exhumados durante la Revolución Francesa por las monjas de la abadía de Montglane, en el sur de Francia. Después, este paño pasó por muchas manos. Se dice que fue enviado a Rusia durante el reinado de Catalina la Grande, junto con el tablero fragmentado que han descubierto.

—¿Cómo sabe todo esto? —le pregunté, aunque al parecer no podía apartar los ojos del oscuro terciopelo azul desplegado ante ellos. El paño del juego de Montglane… más de mil años de antigüedad y todavía intacto. Parecía arder opacamente en la luz verdosa que se filtraba por la buganvilla—. ¿Y cómo lo consiguió? —agregué, estirándome para tocar las piedras que ya estaba examinando Lily.

—¿Sabes? —dijo Lily—, en casa de mi abuelo he visto muchas gemas sin pulir. ¡Creo que estas cosas son auténticas!

—Lo son —dijo Minne, con una voz que me hizo sobresaltar a pesar mío—. Todo lo que rodea este temible juego es real. Como sabéis, el juego de Montglane contiene una fórmula… una fórmula de gran poder, una fuerza de maldad para aquellos que saben cómo usarla.

—¿Y por qué necesariamente maldad? —pregunté. Pero en ese paño había algo… tal vez fuera mi imaginación, pero parecía iluminar el rostro de Minne desde abajo cuando se inclinó sobre él en la penumbra.

—La pregunta debería ser… ¿por qué es necesaria la maldad? —dijo con frialdad Minne—. Pero ha existido desde mucho antes que el juego de Montglane. Y también la fórmula. Mirad mejor el paño y lo veréis.

Esbozó una sonrisa extrañamente amarga mientras volvía a servir té. De pronto, su hermoso rostro parecía duro y agotado. Por primera vez, advertí el precio que se cobraba el juego.

Sentí a Carioca revolviendo pasta de queso sobre mi pie. Sacándolo de debajo de la mesa, lo puse en mi silla y me incliné sobre el paño para mirarlo mejor.

Allí, en la luz difusa, estaba el dorado número ocho, las serpientes retorciéndose en el oscuro terciopelo azul como un cometa sinuoso que atravesara el cielo de medianoche. En torno a ellas estaban los símbolos: Marte y Venus, el Sol y la Luna, Saturno y Mercurio… y entonces lo vi. ¡Comprendí qué otra cosa representaban!

—¡Son los elementos! —exclamé.

—La octava ley —dijo Minne, asintiendo.

Ahora todo adquiría sentido. Estos pedazos de gemas sin tallar y bordados de oro formaban símbolos que habían sido utilizados tanto por filósofos como por científicos desde tiempos inmemoriales para describir las partes constitutivas básicas de la naturaleza. Allí estaban el hierro y el cobre, la plata y el oro; sulfuro, mercurio, plomo y antimonio; hidrógeno, oxígeno, sales y ácidos. En resumen, todo lo que comprendía materia, fuese viva o muerta.

Mientras pensaba, empecé a recorrer la habitación… y a comprenderlo todo.

—La octava ley —expliqué a Lily, que me miraba como si pensara que estaba loca— es la ley sobre la cual se basó la tabla periódica de los elementos. En la década de 1860, antes de que Mendeleiev elaborara sus tablas, el químico inglés John Newlands descubrió que si dispones los elementos en orden ascendente por peso atómico, cada octavo elemento será una especie de repetición del primero… como la octava nota de una octava musical. ¡Le dio el nombre de la teoría de Pitágoras porque pensó que las propiedades moleculares de los elementos tenían entre sí la misma relación que tienen las notas en la escala musical!

—¿Y es verdad? —preguntó Lily.

—¿Cómo voy a saberlo? —respondí—. Todo lo que sé de química es lo que aprendí antes de que me expulsaran por volar el laboratorio de mi universidad.

—Pero aprendiste bien —dijo Minne riendo—. ¿Recuerdas algo más?

¿Qué era? Yo seguía de pie, mirando el paño, cuando de pronto recordé. Ondas y partículas… partículas y ondas. Algo relacionado con valencias y electrones bailaba en la periferia de mi cerebro. Pero Minne estaba hablando.

—Tal vez pueda refrescarte la memoria. Esta fórmula es casi tan vieja como la propia civilización… se hablaba de ella en escritos anteriores a Cristo en 4000 años. Deja que te relate la historia…

Tomé asiento junto a ella mientras Minne se inclinaba, siguiendo con la punta de los dedos la silueta del número ocho. Cuando empezó su relato, parecía perdida en un trance.

—Hace seis mil años ya había civilizaciones avanzadas a lo largo de los grandes ríos del mundo: el Nilo, el Ganges, el Indo y el Éufrates. Practicaban un arte secreto que más tarde daría origen tanto a la religión como a la ciencia. Este arte era tan misterioso que se necesitaba toda una vida para convertirse en iniciado… para ser introducido a su verdadero sentido. El rito de iniciación era a menudo cruel y en ocasiones mortal. La tradición de este rito ha llegado hasta los tiempos modernos; sigue apareciendo en la misa católica, en los ritos cabalísticos, en las ceremonias de rosacruces y masones. Pero se ha perdido su sentido oculto. Estos rituales son la reactuación del proceso de la fórmula que era conocida por los antiguos… una reactuación que les permitía transmitir conocimiento mediante un acto. Porque estaba prohibido escribirlo.

Minne me miró con sus ojos verde oscuros y su mirada parecía buscar algo en mi interior.

—Los fenicios comprendían el ritual… y los griegos, también. Hasta Pitágoras prohibió a sus alumnos ponerlo por escrito porque se creía que era muy peligroso. El gran error de los moros fue que desobedecieron la orden. Pusieron los símbolos de la fórmula en el juego de Montglane. Aunque está en código, cualquiera que posea todas las partes puede llegar a descifrar el sentido… sin pasar por la iniciación que los obliga a jurar, bajo pena de muerte, no usarlo jamás para hacer el mal. Los árabes dieron a estas tierras donde se desarrolló esta ciencia oculta, donde floreció, el nombre del negro y rico légamo que todas las primaveras se depositaba en las riberas de los ríos que les daban la vida. Era en primavera cuando se realizaba el rito. Las llamaban Al-Khem, las Tierras Negras. Y la ciencia secreta se llamaba Al-Khemie, el Arte Negro.

—¿La alquimia? —preguntó Lily—. ¿Se refiere a transformar paja en oro?

—Al arte de la transmutación, sí —dijo Minne con una extraña sonrisa—. Afirmaban que podían transformar metales bajos como la hojalata y el cobre en otros raros como plata y oro… y más, mucho más.

—Está bromeando —dijo Lily—. ¿Me está diciendo que hemos viajado miles de kilómetros y hemos pasado por todos estos apuros… sólo para descubrir que el secreto de este juego es un montón de magia de pacotilla inventada por un grupo de sacerdotes primitivos?

Yo seguía estudiando el plano. Algo empezaba a formularse.

—La alquimia no es magia —le dije, empezando a entusiasmarme—. Quiero decir, al principio no lo era… sólo ahora. En realidad, fue el origen de la química y la física modernas. La estudiaban todos los científicos de la Edad Media… e incluso después. Galileo ayudó al duque de Toscana y al Papa Urbano VIII con sus experimentos alquímicos. La madre de Johannes Kepler estuvo a punto de ser enviada a la hoguera por bruja, por haber enseñado a su hijo secretos místicos… —Minne asentía mientras yo seguía moviéndome—. Dicen que Isaac Newton pasaba más tiempo cociendo elementos químicos en su laboratorio de Cambridge que escribiendo los Principia Mathematica. Paracelso puede haber sido un místico, pero también fue el padre de la química moderna. En realidad, en las modernas plantas de fundición y fraccionamiento utilizamos los principios alquímicos descubiertos por él. ¿No sabes cómo producen plásticos, asfalto y fibras sintéticas partiendo del petróleo? Fraccionan las moléculas, las separan con calor y catalizadores… de la misma manera en que los alquimistas aseguraban que convertían mercurio en oro. En realidad, en esta historia hay un solo problema.

—¿Sólo uno? —preguntó Lily, siempre escéptica.

—Hace seis mil años, en Mesopotamia, no tenían aceleradores de partículas… ni plantas fraccionadoras en Palestina. No podían hacer mucho más que convertir cobre y latón en bronce.

—Tal vez no —contestó Minne, impasible—. Pero si estos antiguos sacerdotes de la ciencia no tenían un secreto raro y peligroso, ¿por qué lo envolvieron en un velo de misterio? ¿Por qué exigir que el iniciado soportara toda una vida de entrenamiento, una letanía de juramentos y promesas, un ritual de dolor y peligro, antes de ser admitido a la orden…?

—¿De los elegidos ocultos? —dije—. ¿De los elegidos secretos?

Minne no sonrió. Me miró y después fijó la vista en el paño. Pasó largo tiempo antes de que hablara, y cuando lo hizo, su voz me atravesó como un cuchillo.

—Del ocho —dijo serenamente—. De los que podían escuchar la música de las esferas.

Clic. La última pieza encontró su lugar. Ahora sabía por qué Nim me había recomendado; por qué Mordecai me había enviado y Minne me había elegido. No era simplemente mi vibrante personalidad, el día de mi cumpleaños o la palma de mi mano… aunque eso era lo que querían hacerme creer. No estábamos hablando de misticismo, sino de ciencia. Y la música era ciencia… una ciencia más antigua que la acústica que había estudiado Solarin, o que la física, especialidad de Nim. Mi especialidad era la música, de modo que lo sabía. No era casual que Pitágoras hubiera enseñado la música como algo que tenía la misma importancia que las matemáticas y la astronomía. Pensaba que las ondas sonoras impregnaban el universo… abarcaban todo lo existente, desde lo más grande hasta lo más pequeño. Y no se equivocaba mucho.

—Son ondas —dije— las que mantienen unidas las moléculas… ondas las que mueven un electrón de una capa a otra, cambiando su valencia para que pueda entrar en reacción química con otras moléculas…

—Exacto —dijo Minne, excitada—. Ondas de luz y sonido que abarcan el universo. Sabía que eras la elección correcta… ya estás sobre la pista.

Con su cara ruborizada, volvía a parecer joven, y una vez más advertí qué belleza debió haber sido no muchos años atrás.

—Pero nuestros enemigos también lo están —agregó—. Te dije que esta fórmula tenía tres partes. El tablero, que ahora está en manos del equipo contrario… y el paño que tienes delante. La parte central está en las piezas.

—Pero creí que las tenía usted —interrumpió Lily.

—Poseo la colección más grande desde que el juego fue desenterrado: veinte piezas, dispersas en escondites donde había esperado que no fuesen descubiertas por otros mil años. Pero me equivocaba. En cuanto los rusos se enteraron de que tenía las piezas, las fuerzas blancas sospecharon de inmediato que algunas podían estar aquí, en Argelia… y para mi desgracia tenían razón. El-Marad está reuniendo sus huestes. Creo que tiene emisarios aquí, que pronto me cercarán, impidiéndome sacar las piezas del país…

¡De modo que eso era lo que quería decir cuando afirmó que El-Marad no sabía quién era yo! Por supuesto… me había elegido como emisario, sin comprender que yo había sido elegida por el otro equipo. Pero iba a enterarme de otras cosas.

—¿De modo que sus piezas están aquí, en Argelia? —pregunté—. ¿Quién tiene las otras? ¿El-Marad? ¿Los rusos?

—Tienen algunas… no sé cuántas —me dijo—. Otras fueron dispersadas o se perdieron después de la Revolución Francesa. Pueden estar en cualquier parte… en Europa, el Extremo Oriente, hasta en América… tal vez nunca se las vuelva a encontrar. He pasado mi vida reuniendo las que tengo. Algunas están escondidas en lugares seguros de otros países… pero de las veinte, ocho están ocultas aquí, en el desierto… en el Tassili. Tenéis que cogerlas y traérmelas antes de que sea demasiado tarde. —Cuando me cogió del brazo, su cara seguía ruborizada de excitación.

—No tan rápido —dije—. Mire, el Tassili está a más de mil seiscientos kilómetros de aquí. Lily está ilegalmente en el país y yo tengo un trabajo de gran urgencia. ¿No puede esperar hasta que…?

—¡Nada puede ser más urgente que lo que te pido! —exclamó—. Si no recuperas esas piezas, pueden caer en otras manos. El mundo se convertiría en un lugar imposible de imaginar. ¿No ves la extensión lógica de semejante fórmula?

La veía. Había otro proceso que empleaba la transmutación de los elementos: la creación de elementos transuránicos, es decir, elementos de mayor peso atómico que el del uranio.

—¿Quiere decir que con esta fórmula alguien podría conseguir plutonio? —sugerí. Ahora comprendía por qué Nim decía que la asignatura más importante que podía estudiar un físico nuclear era ética. Y comprendí el sentimiento de urgencia de Minne.

—Te dibujaré un mapa —dijo Minne, como si nuestra partida fuera un fait accompli—. Lo aprenderéis de memoria y después lo destruiré. Y hay otra cosa que deseo que tengáis… un documento de gran importancia y valor.

Me tendió el libro encuadernado en piel y atado con bramante que había traído junto con el paño. Mientras empezaba a dibujar el plano, busqué en mi bolso las tijerillas de uñas para cortar el bramante. El libro era pequeño, del tamaño de un libro de bolsillo grueso, y, al parecer, muy viejo. La portada era de suave cuero de Marruecos, muy usada, y llevaba unas marcas que parecían haber sido grabadas mediante el fuego, como un sello cincelado en la piel en lugar de cera, en forma de números ocho. Al mirarla, sentí un estremecimiento. Después corté el duro bramante y el libro se abrió.

Estaba cosido a mano. El papel era transparente como la piel de una cebolla, pero suave y cremoso como tela; tan delgado, que advertí que tenía más páginas de las que creía, tal vez seiscientas o setecientas, todas manuscritas.

Era una letra pequeña, apretada, con los floreos típicos de la escritura anticuada como aquella que complacía a John Hancock. Estaba escrito por los dos lados, de modo que la tinta se transparentaba, haciéndolo más difícil de leer. Pero leí. Estaba redactado en un francés del viejo estilo y algunas palabras me resultaban desconocidas, pero recibí rápidamente el mensaje.

Mientras Minne murmuraba con Lily, revisando el plano minuciosamente, sentía que mi corazón se apretaba por el miedo. Ahora entendía cómo había aprendido lo que nos había estado contando.

Cette Anno Dominii Mille Sept Cent Quatre-Vingt-Treize, au fin de Juin à Tassili n’Ajjer Saharien, je devient de racontre cette histoire. Mireille ai nun, si suis de France…

Cuando empecé a leer en voz alta, traduciendo simultáneamente, Lily levantó despacio la mirada y empezó a captar lo que estaba diciendo. Minne estaba sentada en silencio, como perdida en un trance. Parecía estar oyendo una voz que clamara en la soledad, desde las brumas del tiempo… una voz que recorría los milenios. En realidad, todavía no habían pasado doscientos años desde la escritura del documento.

«En este año de 1793 —leí—, en el mes de junio y en Tassili n’Ajjer, en el Sáhara, empiezo a narrar esta historia. Mi nombre es Mireille y vengo de Francia. Después de pasar ocho años de mi juventud en la abadía de Montglane, en los Pirineos, contemplo una gran maldad suelta por el mundo… una maldad que empiezo a comprender ahora. Relataré su historia. Lo llaman el juego de Montglane y comenzó con Carlomagno, el gran rey que construyó nuestra abadía…».

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