El ocho
El continente perdido
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EL CONTINENTE PERDIDO
A una distancia de diez días de viaje hay un montículo de sal, un manantial y un trozo de tierra deshabitada. Junto a ella se levanta el monte Atlas, en forma de esbelto cono, tan alto que dicen que jamás se puede ver su cumbre, porque tanto en verano como en invierno, está tapada por las nubes.
Los nativos se llaman atlantas a causa de esta montaña, a la que llaman Pilar del Cielo. Se dice que esta gente no come criatura viviente y que jamás sueña.
HERODOTO
«Los pueblos del cinturón de arena»
Los libros de la historia (454 a. C.)
Mientras el gran Corniche de Lily descendía los Erg hacia el oasis de Ghardaia, vi los interminables kilómetros de oscura arena roja que se extendía en todas direcciones.
Sobre el mapa, la geografía de Argelia es bastante simple; está diseñada como un cántaro ladeado. El pico, en el fondo de la frontera marroquí, parece estar vertiendo agua en los países vecinos del Sáhara occidental y Mauritania. El asa está formada por dos franjas: una extensión de ochenta kilómetros de ancho de tierra irrigada a lo largo de la costa norte, y otra cinta de 480 kilómetros de montañas, al sur de ésta. El resto del país —poco más de un millón de kilómetros cuadrados— es desierto.
Conducía Lily. Llevábamos cinco horas en la carretera y habíamos cubierto 560 kilómetros de peligrosos caminos de montaña, en dirección al desierto… una hazaña que había llevado al gimiente Carioca a esconderse bajo el asiento. Yo no lo había notado. Había estado demasiado absorta traduciendo en voz alta el diario que nos había dado Minne, un relato de oscuro misterio, la aparición del Terror en Francia, y por debajo de todo eso la más que centenaria búsqueda de Mireille, la monja francesa, del secreto del juego de Montglane. La misma búsqueda en la que estábamos nosotras ahora.
Resultaba evidente cómo había descubierto Minne la historia del juego, su misterioso poder, la fórmula contenida en él y el juego letal desatado por la consecución de las piezas. Un juego que había continuado generación tras generación, barriendo a los jugadores en su transcurso, de la misma manera en que estábamos siendo tragados Lily y yo, Solarin y Nim, y tal vez la propia Minne. Una partida jugada en el mismo terreno que estábamos cruzando.
—El Sáhara —dije, levantando la mirada del libro cuando empezamos a bajar hacia Ghardaia—. ¿Sabes?, este desierto no siempre fue el mayor del mundo. Hace millones de años, el Sáhara era el mar interior más grande del planeta. Así se formó todo el crudo y el gas líquido natural, por la descomposición gaseosa de pequeños animales y plantas marinas. La alquimia de la naturaleza.
—¡No me digas! —comentó secamente Lily—. Bueno, mi indicador de gasolina me dice que deberíamos detenernos para un reaprovisionamiento de esas diminutas formas marinas. Supongo que lo mejor es hacerlo en Ghardaia. El mapa de Minne no mostraba muchas otras ciudades en esta ruta.
—No lo vi —dije, refiriéndome al mapa dibujado y luego destruido por Minne—. Espero que tengas buena memoria.
—Soy jugadora de ajedrez —dijo Lily como si eso lo explicara todo.
—Parece que esta ciudad, Ghardaia, solía llamarse Khardaia —dije, volviendo al diario—. Al parecer, nuestra amiga Mireille se detuvo aquí en el año 1783.
Leí:
Y llegamos al lugar de Khardaia, que recibe su nombre de la diosa bereber Kar —la Luna—, a quien los árabes llamaban Libia, que quiere decir «goteante de lluvia». Ella gobernaba el mar interior desde el Nilo hasta el océano Atlántico; su hijo Fénix fundó el imperio fenicio; se dice que su padre era el mismísimo Poseidón. Tiene muchos nombres en muchas tierras: Ishtar, Astarté, Kali, Cibeles. De ella surge toda vida, como del mar. En esta tierra la llaman la Reina Blanca…
—Dios mío —dijo Lily, echándome una mirada mientras disminuía la velocidad para girar hacia Ghardaia—. ¿Quieres decir que esta ciudad lleva el nombre de nuestra archienemiga? ¡De modo que tal vez estemos a punto de llegar a un cuadrado blanco!
Estábamos tan absortas en la lectura del diario, en busca de más datos, que no vi el Renault gris oscuro que teníamos detrás, hasta que aplicó los frenos y nos siguió por el desvío hacia Ghardaia.
—¿No hemos visto antes ese coche? —pregunté. Lily asintió, manteniendo los ojos fijos en la carretera.
—En Argel —dijo tranquilamente—. Estaba estacionado a tres coches de distancia de nosotros, en e] aparcamiento del ministerio. Y dentro estaban los mismos dos tipos… hace alrededor de una hora nos pasaron, así que los vi bien. Desde entonces, no nos han abandonado. ¿Crees que nuestro colega Sharrif tiene algo que ver con esto?
—No —dije, mirándolos por el espejo retrovisor—. Es un coche del ministerio.
Y sabía quién lo había enviado.

Desde antes de salir de Argel, yo había estado nerviosa. Cuando dejamos a Minne en la Casbah, llamé a Kamel desde una cabina del Plaza, para decirle que me iba por unos días. Se puso furioso.
—¿Está loca? —gritó por la ruidosa línea—. ¡Sabe que ese balance de modelo comercial es urgente para mí! ¡Necesito esas cifras antes del fin de semana! Este proyecto suyo tiene el más alto nivel de urgencia.
—Mire, volveré pronto —dije—. Además, ya está todo hecho. He recogido datos de todos los países especificados y los he incorporado en su mayor parte a los ordenadores de Sonatrach. Puedo dejarle una lista de instrucciones sobre cómo manejar los programas… están todos preparados.
—¿Dónde está en este momento? —me interrumpió Kamel, prácticamente saltando sobre mí a través de la línea—. Pasa de la una… hace horas que debería estar trabajando. Encontré ese coche ridículo en mi lugar de estacionamiento, con una nota. Y ahora Sharrif está al otro lado de mi puerta, buscándola. Dice que ha hecho contrabando de automóviles, y refugiado inmigrantes ilegales… ¡y algo sobre un perro malvado! ¿Quiere por favor explicarme qué pasa?
Estupendo. Si me encontraba con Sharrif antes de terminar esta misión, estaba frita. Tendría que negociar con Kamel… al menos en parte. Me estaba quedando sin aliados.
—Vale —dije—. Una amiga mía tiene problemas. Vino a visitarme, pero su visado no tiene sello…
—Tengo su pasaporte sobre mi escritorio —rugió Kamel—. Lo trajo Sharrif. Ni siquiera tiene visado…
—Un tecnicismo —dije rápidamente—. Tiene doble nacionalidad… otro pasaporte. Usted podría arreglarlo para que pareciera que entró legalmente. Haría quedar como un tonto a Sharrif…
La voz de Kamel empezaba a sonar irritada.
—¡Mademoiselle, no ambiciono hacer quedar como un tonto al jefe de la Policía Secreta! —Aunque después pareció ablandarse un poco—. Trataré de ayudarla, aunque lo hago a mi pesar. A propósito, le diré que sé quién es la joven. Conocí a su abuelo. Era íntimo amigo de mi padre… jugaban al ajedrez en Inglaterra…
Vale… ¡el argumento se complicaba! Hice un gesto a Lily, que trató de meterse en la cabina y apretar la oreja contra el receptor.
—¿Su padre jugaba al ajedrez con Mordecai? —repetí—. ¿Era un buen jugador?
—¿No lo somos todos? —preguntó evasivamente Kamel. Hizo una pausa. Parecía estar pensando. Ante sus palabras siguientes, Lily se puso rígida y yo sentí que el estómago me daba un vuelco—. Sé lo que están planeando. La ha visto, ¿no?
—¿A quién? —dije con toda la ingenuidad que pude reunir.
—No sea idiota. Soy su amigo. Sé qué le dijo El-Marad… sé lo que está buscando. Mi querida niña, está jugando un juego peligroso. Estas personas son asesinos… todos ellos. No es difícil adivinar adónde va… sé lo que se rumorea que está escondido allí. ¿No se le ha ocurrido pensar que cuando Sharrif esté seguro de que ha desaparecido, también la buscará allí?
Lily y yo nos miramos. ¿Quería decir que Kamel también era un jugador?
—Trataré de cubrirlas —estaba diciendo—, pero la espero de regreso a fin de semana. Haga lo que haga, no venga a su despacho ni al mío antes… y no intente los aeropuertos. Si tiene algo que decirme sobre su… proyecto… lo mejor es comunicarse por correo.
Por su tono, comprendí lo que eso significaba… debía hacer pasar toda correspondencia a través de Thérèse. Antes de irnos, podía dejarle el pasaporte de Lily y mis instrucciones sobre la OPEP.
Antes de cortar la comunicación, Kamel me deseó suerte y agrego:
—Trataré de cuidarla lo mejor que pueda. Pero si se mete en un verdadero problema, tal vez esté sola.
—¿No lo estamos todos? —dije riendo. Y cité a El-Marad—: ¡El-safar Zafar!… El viaje es la victoria. —Esperaba que el viejo proverbio árabe resultara verdadero, pero tenía serias reservas. Cuando colgué, me sentí como si hubiera cortado mi último lazo con la realidad.

De modo que estaba segura de que el coche del ministerio que nos seguía a Ghardaia había sido enviado por Kamel. Probablemente fueran guardias enviados para protegernos. No podíamos permitir que nos siguieran al desierto. Tendría que pensar algo.
No conocía ese trozo de Argelia, pero sí sabía que la ciudad de Ghardaia a la que nos aproximábamos, era una de las famosas Pentápolis o «Cinco ciudades del M’zab». Mientras Lily buscaba una gasolinera, vi las ciudades dispuestas contra los desfiladeros púrpuras, rosados y rojos que nos rodeaban, como formaciones rocosas cristalinas que se levantaran de la arena. Eran ciudades que se mencionaban en todos los libros que se habían escrito sobre el desierto. Le Corbusier decía que fluían con «el ritmo natural de la vida». Frank Lloyd Wright las había llamado las ciudades más hermosas del mundo, con sus estructuras de arena roja «del color de la sangre, el color de la creación». Pero el diario de Mireille, la monja francesa, tenía algo más interesante que decir sobre ellas:
Estas ciudades fueron fundadas hace mil años por los ibaditas —los poseídos por Dios—, quienes creían que las ciudades estaban poseídas por el espíritu de la extraña diosa Lunar, y las llamaron como ella La Luminosa, Melika… La Reina…
—Mierda sagrada —dijo Lily, deteniéndose ante la gasolinera. El coche que nos seguía pasó de largo, dio una vuelta en U y retrocedió para poner gasolina—. Estamos en el medio de ninguna parte con dos sujetos pisándonos los talones, ciento sesenta mil kilómetros cuadrados de arena delante y sin idea de lo que buscamos, ni siquiera cuando lo encontremos.
Tuve que estar de acuerdo con su desolada afirmación. Pero pronto las cosas empeorarían.
—Será mejor que compre gasolina extra —dijo Lily saltando del coche. Sacó un fajo de billetes y compró dos latas de veinte litros de gasolina y otras dos de agua, mientras un ayudante llenaba hasta los bordes al sediento Rolls.
—No era necesario —le dije cuando volvió, después de haber metido las reservas en el maletero—. El camino hacia el Tassili atraviesa el campo petrolero de Hassi-Messaud. Tuberías y pozos todo el camino…
—No por donde iremos nosotras —me informó, encendiendo el contacto—. Debiste mirar el mapa.
Empecé a sentir algo desagradable en la boca del estómago.
Desde allí había sólo dos rutas posibles para internarse en el Tassili: la que iba hacia el este a través de los campos petroleros de Ourgla y luego giraba al sur para entrar en la zona por arriba —e incluso esta ruta exigía una conducción experta—; y la otra, dos veces más larga, que atravesaba la árida y estéril planicie de Tidikelt… una de las zonas más secas y peligrosas del desierto, un lugar donde la carretera estaba señalada con postes de diez metros de alto para poder desenterrada cuando desapareciera, lo que sucedía a menudo. Tal vez el Corniche pareciera un tanque… pero no tenía la oruga necesaria para cruzar esas dunas.
—No lo dirás en serio —aseguré a Lily mientras salía de la gasolinera, arrastrando a nuestros seguidores—. Para en el restaurante más próximo. Tenemos que hablar.
—Y hacer una sesión de estrategia —aceptó, mirando por el espejo retrovisor—. Esos tipos me están poniendo nerviosa.
Encontramos un pequeño restaurante en las afueras de Ghardaia. Bajamos, atravesamos el fresco bar de la entrada y penetramos en el patio interior donde las mesas protegidas por sombrillas y las palmeras datileras proyectaban sombras bajo el rojo resplandor del crepúsculo. Las mesas estaban vacías, eran sólo las seis de la tarde, pero encontré un camarero y pedí ensalada y un tadjine, carne de oveja especiada con cuscús.
Cuando llegaron nuestros compañeros y se sentaron discretamente a unas mesas de distancia, Lily estaba picando de la aceitosa ensalada.
—¿Cómo sugieres que nos libremos de esos imbéciles? —preguntó Lily, dejando caer un trozo de tadjine en la boca de Carioca, que estaba sentado en su regazo.
—Primero hablemos de la ruta —le dije—. Supongo que de aquí a Tassili hay 640 kilómetros. Pero si tomamos el camino del sur, serán mil trescientos, en una carretera donde la comida, la gasolina y las ciudades son pocas y están a mucha distancia unas de otras… sólo arena.
—Mil trescientos kilómetros no son nada —dijo Lily—. Es todo terreno llano. Tal como yo conduzco, estaremos allí antes de que amanezca. —Chasqueó los dedos llamando al camarero y pidió seis botellas grandes de Ben Haroun, el agua Perrier del sur—. Además es la única manera de llegar a donde vamos. Me aprendí el camino de memoria, ¿recuerdas?
Antes de que pudiera responder, eché una mirada a la entrada del patio y dejé escapar un gemido sofocado.
—No mires ahora —dije susurrando—, pero tenemos más huéspedes.
Dos tipos fornidos habían entrado por la cortina de cuentas y cruzaban el patio para sentarse cerca de nosotras. Nos miraron con indiferencia… pero los emisarios de Kamel, al otro lado, tenían problemas visuales. Miraron fijamente a los recién llegados y después se miraron el uno al otro… y yo sabía por qué. La última vez que habla visto a uno de los tipos fornidos, había sido en el aeropuerto, acariciando un revólver… y el otro me había servido de chófer desde el bistró la noche que llegué a Argel… servicio gratis de la Policía Secreta.
—A fin de cuentas, Sharrif no nos ha olvidado —informé a Lily mientras comía algo—. Nunca olvido una cara y tal vez los haya elegido porque ellos tampoco. Los dos me han visto antes.
—Pero no pueden habernos seguido por esa carretera vacía —insistió ella—. Los hubiera visto, como a los otros.
—Husmear con la nariz pegada al suelo es algo que se perdió con Sherlock Holmes —señalé.
—¿Quieres decir que pusieron algo en nuestro coche… como un radar? —preguntó con su voz ronca—. ¡Para poder seguirnos sin que los viésemos!
—Bingo, mi querido Watson —dije en voz baja—. Entretenlos durante veinte minutos mientras yo encuentro el micrófono y lo saco. La electrónica es mi fuerte.
—Yo tengo mis propias técnicas —susurró Lily con un guiño—. Si me perdonas, creo que iré a empolvarme la nariz.
Levantándose con una sonrisa, dejó caer a Carioca en mi regazo. El matón que se puso de pie para seguirla quedó paralizado cuando ella preguntó en voz alta por «les toilettes». El matón volvió a sentarse.
Yo luchaba con Carioca, que parecía haber concebido una marcada preferencia por el tadjine. Cuando Lily regresó por fin, lo cogió, lo metió en mi bolso, repartió las pesadas botellas de agua conmigo y se dirigió hacia la puerta.
—¿Qué has hecho? —pregunté. Nuestros compañeros de cena pagaban a toda prisa sus cuentas.
—Juego de niños —murmuró mientras íbamos hacia el coche—. Una lima de uñas de acero y una piedra. Pinché los conductos de gasolina y las ruedas… sólo cortes, nada de agujeros grandes. Los haremos dar vueltas por el desierto un rato hasta que se cansen… y después tomaremos la carretera.
—Dos pájaros de un tiro… y una lima —dije cálidamente mientras subíamos al Corniche—. ¡Buen trabajo!
Pero mientras salíamos a la calle, observé que había media docena de coches aparcados… tal vez pertenecientes al personal del restaurante o los cafés de los alrededores.
—¿Y cómo sabías cuál era el de la Policía Secreta?
—No lo sabía —dijo Lily, sonriendo mientras salía calle abajo—. Así que los agujereé todos, para estar segura.

Me equivocaba al suponer que la ruta del sur era de unos mil trescientos kilómetros. El cartel indicador en las afueras de Ghardaia, con las distancias a todos los puntos del sur (no había muchos), ponía 1637 kilómetros desde Djanet hasta la entrada sur del Tassili. Y aunque Lily fuera una conductora rápida, ¿cuánto tiempo necesitaría cuando nos quedáramos sin autopista?
Tal como predijo, los chicos de Kamel se quedaron sin transporte una hora después de seguirnos bajo la luz menguante del M’zab. Y como yo había predicho, los muchachos de Sharrif se habían quedado tan atrás que no tuvimos el privilegio de presenciar cómo arruinaban la reputación de su jefe quedándose varados junto al camino. En cuanto nos vimos libres de escoltas nos detuvimos y yo me metí debajo del gran Corniche. Necesité cinco minutos y una linterna para encontrar el micrófono detrás del eje trasero. Lo aplasté con la palanca que me dio Lily.
Ignorando el extendido cementerio de Ghardaia aspiramos el fresco aire nocturno y saltamos de alegría dándonos golpecitos en la espalda para celebrar nuestra inteligencia, mientras Carioca brincaba alrededor nuestro, ladrando a todo pulmón. Después volvimos a metemos en el coche y le dimos al acelerador.
A estas alturas, había cambiado mi actitud sobre la elección de ruta hecha por Minne. Aunque la autopista norte hubiera sido más sencilla, nos habíamos sacado de encima a nuestros perseguidores, de modo que no podían saber qué dirección habíamos tomado. Ningún árabe cuerdo podía imaginar que dos mujeres solas pudieran elegir esta ruta… a mí misma me costaba imaginarlo. Pero habíamos perdido tanto tiempo eludiendo a esos tipos, que para cuando dejamos el M’zab eran más de las nueve de la noche y estaba totalmente oscuro. Demasiado como para leer el libro que tenía en el regazo, demasiado incluso como para mirar el paisaje vacío. Dormité un poco mientras Lily recorría el camino largo y estrecho, para poder relevarla cuando llegara mi turno.
Habían pasado diez horas y amanecía ya cuando cruzamos el Hammada y fuimos hacia el sur atravesando las dunas de Touat. Por fortuna, había sido un viaje sin incidentes… tal vez sereno en exceso. Yo tenía el inquietante presentimiento de que se nos acababa la suerte. Había empezado a pensar en el desierto.
En las montañas que habíamos cruzado el día anterior a mediodía hacía unos dieciocho grados. Ghardaia a la hora del crepúsculo tenía unos cinco grados más… y a medianoche, en las dunas, había rocío incluso a finales de junio. Pero ahora amanecía en las planicies de Tidikelt, el borde del verdadero desierto —ése donde la arena y el viento reemplazan a las palmeras, las plantas y el agua—, y todavía nos quedaban por recorrer 720 kilómetros. No teníamos más ropa que la puesta… ni comida, salvo unas botellas de agua gaseosa. Pero nos esperaban noticias peores. Lily interrumpió mis meditaciones.
—Allá hay una barrera —dijo con voz tensa, esforzándose por ver a través del parabrisas lleno de insectos y bañado por la luz intensa del sol naciente—. Parece una frontera… no sé qué es. ¿Corremos el riesgo?
Sí, había un pequeño quiosco con la barrera pintada a franjas que uno asocia con los puestos de Inmigración, colocado en el medio del desierto. En esta soledad vasta, parecía extraño y fuera de lugar.
—Parece que no tenemos elección —le dije. El último atajo había quedado a 160 kilómetros detrás de nosotras. Allí estaba: el único camino de la ciudad.
—¿Por qué demonios habrá una barrera justo aquí? —dijo Lily lanzándose hacia delante y con voz tensa.
—Tal vez sea un control sanitario —dije, tratando de bromear—. No hay mucha gente lo bastante demente como para ir más allá de este punto. Sabes lo que hay allí, ¿no?
—¿Nada? —tanteó.
Nuestra risa aflojó parte de la tensión. Ambas estábamos preocupadas por lo mismo: cómo serían las prisiones en esta parte del desierto. Porque eso sería lo que tendríamos que afrontar si descubrían quiénes éramos… y lo que habíamos hecho al parque automovilístico del ministro de la OPEP y el jefe de la Policía Secreta.
—No nos dejemos ganar por el pánico —comenté, mientras nos acercábamos a la barrera. Salió el guardia, un tipo pequeño con bigotes, que parecía haberse quedado atrás cuando la Legión Extranjera se largó. Después de mucha conversación en mi mediocre francés, resultó evidente que deseaba que mostráramos alguna especie de permiso para pasar.
—¡Un permiso! —exclamó Lily, casi escupiéndolo—. ¿Necesitamos permiso para entrar en esta tierra olvidada de Dios?
Yo dije cortésmente en francés:
—¿Y cuál es el propósito de ese permiso, monsieur?
—Para El-Tanzerouft… el Desierto de la Sed —me aseguró—, el gobierno tiene que inspeccionar su coche… y darle un certificado de salud.
—Tiene miedo de que el coche no resista —dije a Lily—. Untémosle la mano con dinero, dejemos que examine algunas cosas… y podremos irnos.
Cuando el guardia vio el color de nuestro dinero y Lily hubo derramado unas cuantas lágrimas, llegó a la conclusión de que era lo bastante importante como para darnos el beso aprobatorio del gobierno. Examinó nuestras latas de gasolina y agua… se maravilló ante la estatuilla de plata de la muñequita alada y tetona que había sobre el capó… chasqueó con admiración la lengua ante las pegatinas que ponían «Suiza» y la «F» de Francia. Las cosas parecían estar saliendo bien, hasta que nos dijo que corriéramos la capota y nos fuéramos.
Lily me miró intranquila.
Yo no sabía qué le pasaba.
—¿Significa eso lo que creo que significa? —preguntó.
—Nos dijo que podíamos irnos —le aseguré, empezando a caminar en dirección al coche.
—Me refiero a lo del techo… ¿tengo que ponerlo?
—Por supuesto. Estamos en el desierto. Dentro de unas horas habrá treinta y ocho grados a la sombra… pero no hay sombra. Por no hablar del efecto producido por la arena en nuestros peinados…
—¡Es que no puedo! —susurró—. ¡No tengo capota!
—¡O sea que hemos hecho mil trescientos kilómetros en un coche que no puede atravesar el desierto! —dije alzando la voz. El guardia estaba en su quiosco, dispuesto a levantar la barrera… pero se detuvo.
—Por supuesto que puede —dijo indignada, deslizándose en el asiento del conductor—. Éste es el mejor automóvil que se ha hecho nunca. Pero no tiene capota. Estaba rota y Harry dijo que la haría reparar… pero no lo hizo. No obstante, pienso que nuestro problema más inmediato…
—¡Nuestro problema inmediato —aullé—, es que estás a punto de entrar en el mayor desierto del mundo… sin techo sobre nuestras cabezas! ¡Conseguirás que muramos!
Nuestro pequeño guardia podía no saber inglés, pero sabía que pasaba algo. En ese momento, un enorme camión se detuvo detrás de nosotros y empezó a darle al claxon. Lily hizo un gesto con la mano, encendió el motor y dio marcha atrás para hacer a un lado el Corniche, de modo que el otro pudiera adelantarse. El guardia volvió a salir para examinar los papeles del conductor.
—No veo por qué te pones tan nerviosa —dijo Lily—. El coche tiene aire acondicionado.
—¡Aire acondicionado! —volví a gritar—. ¿Aire acondicionado? ¡Será una gran ayuda contra la insolación y las tormentas de arena…!
Iba poniéndome cada vez más nerviosa cuando el guardia regresó a su garita para levantar la barrera para el camionero que, sin duda, había tenido la cordura necesaria como para hacer inspeccionar su vehículo antes de entrar en el séptimo círculo del infierno.
Antes de que pudiera advertir lo que pasaba, Lily apretó el acelerador. Levantando nubes de arena, regresó a la carretera y atravesó la barrera pegada al camión. Cuando la barra de hierro bajó justo detrás de mí y dio un golpe a la parte trasera del coche, me agaché. Se oyó un ruido desagradable de metal aplastado mientras la barrera golpeaba los parachoques traseros. Escuché que el guardia salía corriendo de su garita, gritando en árabe… pero mi voz superó la suya.
—¡Casi me decapitas! —rugí.
El coche se precipitó peligrosamente hacia el borde de la carretera —quedé aplastada contra la puerta—, y después, para mi espanto, nos salimos del camino y nos hundimos en la arena roja.
No veía nada… sentí terror. Tenía arena en los ojos, la nariz, la garganta. La bruma roja giraba en torno a mí. Los únicos ruidos eran las toses de Carioca, oculto debajo del asiento, y el claxon atronador del gigantesco camión… que parecía peligrosamente cerca de mi oído.
Cuando volvimos a la superficie, bajo la brillante luz del día, la arena caía de las grandes aletas del Corniche, las ruedas pisaban pavimento y de alguna manera, por milagro, el coche había adelantado al camión, que seguía trabajosamente por el camino. Estaba furiosa con Lily… pero también estupefacta.
—¿Cómo hemos llegado aquí? —pregunté, pasándome los dedos por el pelo para sacarme la arena.
—No entiendo por qué Harry se molestó en conseguirme un chófer —dijo alegremente, como si no hubiera pasado nada. Tenía el cabello, la cara y el vestido cubiertos con una fina capa de arena—. Siempre he adorado conducir. Es magnífico estar aquí… apuesto a que ya he conseguido el récord de velocidad entre los jugadores de ajedrez…
—¿No se te ha ocurrido pensar —interrumpí—, que aun cuando no nos hayamos matado, aquel hombrecillo de allí puede tener un teléfono? ¿Qué pasa si nos denuncia? ¿Qué pasa si llama a un puesto más adelantado…?
—¿Adelantado adónde? —se burló Lily con desdén—. No puede decirse que este lugar esté atestado de coches patrulleros.
Tenía razón, por supuesto. Nadie se iba a poner tan nervioso como para perseguirnos aquí, en medio de ninguna parte, sólo porque nos habíamos saltado un control de inspección de coches.
Volví al diario de Mireille, empezando donde lo habíamos dejado el día anterior:
Y así fui hacia el este desde Khardaia, a través del seco Chebkha y las planicies rocosas de Hammada, en dirección al Tassili n’Ajjer, que está al borde del desierto de Libia. Y cuando partía, se levantó sobre las dunas rojas el sol, para indicarme el camino que buscaba…
El este, la dirección por donde se elevaba el sol cada mañana sobre la frontera Libia, a través de los cañones del Tassili, adonde íbamos también nosotras. Pero si el sol se levantaba por el este… ¿por qué no había notado que estaba saliendo ahora, rojo y lleno, en lo que parecía ser el norte, mientras nos alejábamos de la barricada de Ain Salah… hacia el infinito?

Hacía horas que Lily recorría la interminable cinta de carretera de doble sentido que oscilaba como una larguísima serpiente entre las dunas. Yo estaba casi dormida a causa del calor y Lily —que hacía casi veinte horas que conducía y veinticuatro que no dormía— estaba poniéndose verde en torno a los ojos y roja en la punta de la nariz, a causa del calor achicharrante.
En las últimas cuatro horas, la temperatura había subido sin cesar. Ahora eran las diez de la mañana y los indicadores del tablero registraban la increíble temperatura de cuarenta y ocho grados… y una altura de 150 metros por encima del nivel del mar. Esto no podía ser correcto. Me froté los ojos y volví a mirar.
—Algo va mal —dije—. Esas planicies que hemos dejado atrás pueden estar cerca del nivel del mar… pero desde Ain Salah han pasado cuatro horas. Ya tendríamos que estar a unos cuantos cientos de metros por encima, en pleno desierto. Hace mucho más calor del que debería hacer a esta hora del día.
—Y eso no es todo —asintió Lily con la voz ahogada a causa del calor—. Deberíamos haber encontrado un desvío hace por lo menos media hora, según las indicaciones de Minne. Pero no estaba…
En ese momento advertí la dirección del sol.
—¿Por qué dijo ese tipo que necesitábamos un permiso? —dije, con voz algo histérica—. ¿No dijo que era para El-Tanzerouft… el Desierto de la Sed? Oh, Dios mío…
Estaba empezando a comprender algo horrible, pese a que los carteles indicadores estaban escritos en árabe y no tenía demasiada familiaridad con los mapas del Sáhara.
—¿Qué pasa? —exclamó Lily, mirándome con nerviosismo.
—Esa barrera no era Ain Salah —dije de pronto—. Creo que en algún momento de la noche tomamos un camino equivocado. ¡Vamos hacia el sur, al desierto de sal! ¡Vamos camino a Mali!
Lily detuvo el coche en medio de la carretera. Su cara, que empezaba a pelarse de mala manera, reflejaba desespero. Apoyó la frente en el volante y le puse una mano en el hombro. Ambas sabíamos que era cierto. Dios, ¿qué íbamos a hacer ahora?
Cuando bromeábamos diciendo que más allá de esa barrera no había nada, nos habíamos apresurado al reírnos. Yo había oído historias sobre el Desierto de la Sed. No había en la tierra ningún lugar más terrorífico que ése. Hasta la famosa Zona Vacía de Arabia podía cruzarse en camello… pero esto era el fin del mundo… un desierto donde no podía sobrevivir ninguna forma de vida. Hacía que las mesetas que habíamos perdido accidentalmente, parecieran en comparación un paraíso. Aquí, cuando descendiéramos por debajo del nivel del mar, decían que la temperatura subía tanto que se podía freír un huevo en la arena… y el agua se evaporaba de inmediato.
—Creo que deberíamos retroceder —dije a Lily, que seguía con la cabeza inclinada—. Hazte a un lado y déjame conducir. Pondremos el aire acondicionado… pareces enferma.
—Eso sólo recalentará más el motor —dijo con voz pastosa, levantando la cabeza—. No sé cómo demonios me salté el camino. Puedes conducir… pero si volvemos, ya sabes que se descubrirá el pastel.
Tenía razón, ¿pero qué otra cosa podíamos hacer? La miré y vi que sus labios estaban resquebrajándose por el calor. Salí del coche y abrí el maletero. Había dos mantas para cubrir las rodillas. Envolví una en torno a mi cabeza y mis hombros y cogí la otra para tapar a Lily. Saqué a Carioca de debajo del asiento… le colgaba la lengua, que estaba casi seca. Le levanté la cabeza y le di agua. Después fui a mirar bajo el capó.
Hice unos cuantos viajes para volver a poner gasolina y agua. No quería deprimir más a Lily, pero su error de la noche anterior había sido un verdadero desastre. Basándome en la manera en que el tanque devoró la primera lata de agua, no parecía que fuéramos a lograrlo en este coche… aun cuando retrocediéramos. Si era así, daba lo mismo seguir adelante.
—Nos sigue un camión grande, ¿no? —dije, sentándome en el asiento del conductor y poniendo en marcha el coche—. Si seguimos, aunque tengamos una avería, terminará por llegar… no hubo salidas salvo unos caminos sucios, en los últimos trescientos kilómetros.
—Si tú quieres, estoy dispuesta —me dijo débilmente… y me miró con una sonrisa que sirvió para agrietarle más los labios—. Si Harry pudiera vernos ahora.
—Bueno, por fin somos amigas… como él quería —dije, devolviendo su sonrisa en una mala imitación de coraje.
—Sí —asintió Lily—. Pero qué forma tan meshugge de morir.
—Todavía no hemos muerto —le dije.
Pero cuando miré el sol que se elevaba aún más en el cielo blanco, me pregunté cuánto tardaríamos…

De modo que éste era el aspecto de un millón y medio de kilómetros de arena, pensé mientras mantenía al Corniche cuidadosamente por debajo de cuarenta, tratando de evitar que el agua hirviera. Era un enorme océano rojo. ¿Por qué no era amarillo o blanco o gris sucio, como otros desiertos? La roca pulverizada centelleaba como cristal bajo la mirada ardiente del sol… más resplandeciente que la piedra arenisca, más oscura que la canela. Mientras escuchaba cómo el motor iba consumiendo lentamente el agua y observaba el ascenso del termostato, el desierto esperaba en silencio, tan lejos como alcanzaba la vista… esperando como una roja eternidad oscura.
Tenía que detener el coche a cada momento para enfriarlo, pero el termostato externo subía a más de sesenta grados… una temperatura que me resultaba difícil imaginar fuera de un horno. Cuando me detuve a levantar el capó, vi la pintura que se descascarillaba y caía en la parte delantera del Corniche. Tenía los zapatos como enlodados y llenos de sudor, pero cuando me incliné para sacármelos, no encontré sudor. La piel de mis pies hinchados se había abierto a causa del calor y los zapatos estaban llenos de sangre. Sentí deseos de vomitar. Volví a ponerme los zapatos, regresé al coche sin decir nada y seguí conduciendo.
Hacía rato que me había sacado la camisa para envolverla en torno al volante, donde la piel se había resquebrajado y se caía. En el cerebro me hervía la sangre… sentía el calor sofocante quemándome los pulmones. Si pudiéramos resistir hasta el crepúsculo, sobreviviríamos otro día. Tal vez alguien viniera a rescatarnos… tal vez llegaría aquel camión. Pero hasta el gigantesco camión que habíamos pasado por la mañana empezaba a parecer un fragmento imaginario… el espejismo de la memoria.
Eran las dos de la tarde… la aguja del termostato señalaba cerca de setenta grados… cuando advertí algo. Al principio pensé que se me iba la cabeza y tenía alucinaciones… que estaba viendo un espejismo. Me pareció que la arena empezaba a moverse.
No había ni la más ligera brisa… ¿cómo podía estar moviéndose la arena? Pero se movía. Disminuí un poco la velocidad, y después me detuve. Lily estaba durmiendo profundamente en el asiento trasero, ella y Carioca cubiertos con la manta.
Olfateé y escuché. Había ese aire chato y opresivo que se percibe antes de una tormenta ese silencio sofocante, el vacío aterrador de sonido que sólo llega antes de la más espantosa de las tormentas: el tornado. El huracán. Se acercaba algo… ¿pero qué?
Salté del coche y puse la manta sobre el capó hirviente para poder subirme y ver mejor. Examiné el horizonte. En el cielo no había nada… pero hasta donde alcanzaba la vista las arenas se movían… reptaban lentamente como algo vivo. Pese al calor pulsante, doloroso, me estremecí.
Volví a bajar y empecé a despertar a Lily, sacándole la manta que la protegía. Se sentó, confundida, con la cara muy ampollada a causa del sol que la había quemado antes.
—¡Nos quedamos sin gasolina! —dijo, asustada. Su voz era ronca y tenía hinchados los labios y la lengua.
—El coche sigue bien —dije—. Pero se acerca algo… no sé qué.
Carioca había salido de la protección de la manta y empezó a gemir mientras miraba con desconfianza, la arena que se movía en torno a nosotros. Lily lo miró y después volvió hacia mí sus ojos asustados.
—¿Una tormenta? —preguntó.
Asentí.
—Creo que sí. No creo que aquí podamos esperar lluvia… tiene que ser una tormenta de arena. Podría ser una catástrofe.
No quería insistir en que, gracias a ella, no teníamos refugio. Tal vez, aunque lo hubiéramos tenido, no hubiese servido para nada. En un lugar como éste, donde los caminos podían quedar enterrados por capas de hasta diez metros de espesor… lo mismo era aplicable a nosotras. No teníamos ninguna oportunidad, aunque el coche tuviese capota… tal vez ni siquiera sirviera meternos debajo.
—Creo que deberíamos intentar ir por delante de la tormenta —anuncié con firmeza, como si supiera de lo que hablaba.
—¿De qué dirección viene? —preguntó Lily. Me encogí de hombros.
—No la veo ni la huelo ni la siento —dije—. No me preguntes cómo… pero sé que está ahí.
Y también lo sabía Carioca, totalmente aterrado. No podíamos equivocarnos los dos.
Volví a poner el coche en marcha y apreté el acelerador tanto como pude. Mientras atravesábamos el espantoso calor, me sentí invadida por el miedo. Como Ichabod Crane huyendo del horrible fantasma sin cabeza, del vacío, yo corría delante de una tormenta que no veía ni oía. El aire se hacía cada vez más asfixiante, ardiente como una manta de fuego que cayera sobre nuestras cabezas. Lily y Carioca estaban junto a mí, en el asiento delantero, mirando al frente a través del parabrisas lleno de arena, mientras el coche se precipitaba dentro de la incansable mirada roja. Y entonces escuché el sonido.
Al principio pensé que era mi imaginación… una especie de ronroneo que podía tener su origen en la arena que golpeaba constantemente contra el coche. La arena había roído la pintura del capó y el radiador, y ahora mordía el puro metal. Pero la intensidad del sonido aumentaba sin cesar… un leve zumbido como el de un tábano o una mosca. Yo seguía adelante, pero tenía miedo. Lily también lo oyó y se volvió hacia mí pero no estaba dispuesta a detenerme para saber qué era. Mucho me temía que ya lo sabía.
A medida que el ruido aumentaba, parecía ahogar todo cuando nos rodeaba. Ahora, la arena que flanqueaba el camino se levantaba en nubecillas y arrojaba pequeños géiseres sobre el pavimento… pero el sonido seguía aumentando hasta que fue casi ensordecedor. De pronto, levanté el pie del acelerador mientras Lily se sujetaba el tablero con sus uñas rojo-sangre. El ruido se escuchaba Justo sobre nuestras cabezas, violento, y estuve a punto de salirme del camino antes de encontrar los frenos.
—¡Un avión! —gritaba Lily… y yo también. Estábamos abrazadas y las lágrimas corrían por nuestras mejillas. Un avión se había colocado sobre nuestras cabezas… y descendía ante nuestros ojos, a unos cien metros de nosotras, sobre una pista de aterrizaje en pleno desierto.

—Señoras —dijo el funcionario de la pista de aterrizaje de Debnane—, han tenido suerte de encontrarme aquí. Recibimos sólo este vuelo diario de Air Algérie. Cuando no hay vuelos privados programados, este lugar está cerrado. Hay más de cien kilómetros de aquí a la siguiente gasolinera… y no hubieran llegado.
Estaba rellenando nuestros tanques de gasolina y agua de bombas cercanas a la pista. El enorme avión de transporte que había zumbado sobre nuestras cabezas estaba posado sobre el asfalto y los calientes propulsores expulsaban aire ardiente hacia arriba. Lily estaba de pie, con Carioca en sus brazos, mirando a nuestro pequeño y fornido salvador como si fuera el arcángel Gabriel. De hecho, era la única persona visible en la inmensidad que nos rodeaba. El piloto se había echado a dormir una siesta en la carlinga metálica, en medio de aquel calor terrible. Sobre la pista volaba el polvo… se estaba levantando viento. Me dolía la garganta a causa de la sequedad y el alivio. Decidí que creía en Dios…
—¿Para qué sirve esta pista de aterrizaje aquí, en medio de nada? —me preguntó Lily. Transmití su pregunta al funcionario.
—Correos —dijo—, suministros para los obreros de un polo de gas natural que trabajan al oeste de aquí, en caravanas. Se detienen de camino al Hoggar… después regresan a Argel.
Lily había comprendido.
—El Hoggar son montañas volcánicas del sur —le dije—. Creo que están cerca del Tassili.
—Pregúntale cuándo harán despegar este armatoste —dijo Lily, encaminándose hacia la carlinga con Carioca trotando detrás de puntillas, levantando ágilmente las almohadillas de sus patas para apartarlas del calor del asfalto.
—Pronto —contestó el hombre a mi pregunta en francés. Señaló el desierto—. Tenemos que salir antes de que llegue el Diablo de Arena. No falta mucho.
De modo que yo tenía razón… venía una tormenta.
—¿Adónde vas? —pregunté a Lily.
—A averiguar cuánto costará traernos el coche —dijo por encima del hombro.

Cuando nuestro coche bajó la rampa del avión y pisó asfalto en Tamanrasset, eran las cuatro de la tarde. Las palmeras datileras ondulaban en la brisa tibia y las montañas, casi negras de tan azules, se levantaban en el cielo ante nosotros.
—Es sorprendente lo que puede comprar el dinero —dije a Lily mientras ella pagaba su comisión al alegre piloto y volvíamos a subir al Corniche.
—No lo olvides nunca —contestó, pasando a través de las puertas de alambre de acero—. ¡El tipo hasta me dio un mapa! Allá en el desierto hubiera estado dispuesta a escupir otro de los grandes por un mapa. Ahora por lo menos sabremos dónde estamos cuando volvamos a perdemos.
Yo no sabía quién tenía peor aspecto, si Lily o el Corniche. Su piel pálida estaba agrietada por el sol y la pintura azul de la mitad frontal del coche había desaparecido, dejando ver el metal a causa de la abrasión de la arena y el sol. Pero el motor seguía ronroneando como un gato. Estaba sorprendida.
—Aquí es donde vamos —dijo Lily señalando un punto del mapa que había desplegado sobre el tablero—. Suma los kilómetros, buscaremos el camino más rápido.
Sólo había una ruta: 720 kilómetros y camino de montaña todo el trayecto. En la bifurcación hacia Djanet nos detuvimos en un molino junto a la carretera, para tomar nuestra primera comida en casi veinticuatro horas. Yo estaba famélica y me tragué dos platos de cremosa sopa de pollo con verduras, mojando trozos de pan seco. Una jarra de vino y una enorme ración de pescado con patatas ayudaron a calmar la agonía del estómago. Compré un cuarto de litro de café muy dulce para el camino.
—¿Sabes?, tendríamos que haber leído antes este diario —aseguré cuando estábamos otra vez en el serpenteante camino de doble sentido que iba hacia el este, a Djanet—. Esta monja, Mireille, parece haber acampado en todos los rincones de este territorio… sabe todo. ¿Sabes que los griegos llamaron «Atlas» a estas montañas mucho antes de que las del norte recibieran el mismo nombre? ¿Y que según Herodoto, la gente que vivía aquí recibía el nombre de atlantes? ¡Estamos atravesando el reino perdido de la Atlántida!
—Creí que estaba debajo del océano —dijo Lily—. No dice dónde están escondidas las piezas, ¿no?
—No… creo que sabe qué pasó con ellas, pero buscaba su secreto… la fórmula.
—Bueno, lee, querida, lee. Pero esta vez… dime dónde tengo que girar.
Viajamos toda la tarde y parte de la noche. Era medianoche cuando llegamos a Djanet y las pilas de la linterna estaban agotadas a causa de mi lectura… pero ahora sabía adónde íbamos. Y por qué.
—Dios mío —dijo Lily cuando dejé el libro. Había llevado el coche al arcén y apagado el motor.
Permanecimos sentadas, mirando el cielo estrellado, la luz de la luna goteando como leche sobre las altas mesetas del Tassili, a nuestra izquierda.
—No puedo creerme esta historia… ¿Cruzó el desierto en camello en medio de una tormenta de arena, trepó esas mesetas a pie y dio a luz un niño en medio de las montañas, a los pies de la Diosa Blanca? ¿Qué clase de tía es ésa?
—Bueno, nosotras mismas no hemos estado danzando entre los tulipanes —dije riendo—. Tal vez deberíamos echar un sueñecito de unas horas antes de que amanezca.
—Mira, hay luna llena. Tengo más pilas para esa linterna en el maletero. Subamos por la carretera mientras podamos, hasta que lleguemos a la grieta… después a pie. Con ese café, estoy totalmente despierta. Podemos llevarnos las mantas por si acaso. Vamos ahora, mientras no hay nadie.