El ocho
El continente perdido
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Una veintena de kilómetros después de Djanet, llegamos a una intersección donde un largo camino sucio se internaba entre los cañones. Ponía «Tamrit» con una flecha indicadora, y debajo había impresas cinco huellas de camellos y ponía «Piste Chamelière».
Ruta de camellos. De todos modos, nos internamos por ella.
—¿A qué distancia está este lugar? —pregunté a Lily—. Tú eres la que te aprendiste el camino de memoria.
—Hay un campamento base. Creo que es Tamrit… la aldea de las tiendas. Desde allí, los turistas suben a pie para ver las pinturas prehistóricas… dijo unos veinte kilómetros.
—Una caminata de cuatro horas —calculé—. Pero no con estos zapatos.
No podía decirse que estuviéramos preparadas para los rigores del campo a través, pensé con tristeza. Pero era demasiado tarde como para buscar en el listín la tienda Saks Fifth Avenue más cercana.
Al llegar al desvío de Tamrit nos detuvimos y dejamos el Corniche junto al camino, detrás de unos arbustos. Lily cambió las pilas y cogió las mantas. Yo volví a poner a Carioca en mi bolso. Nos adelantamos por la vereda. Más o menos cada cuarenta y cinco metros había pequeños carteles junto al camino, con adornadas palabras árabes y la traducción francesa debajo.
—Este lugar está mejor señalizado que la autopista —susurró Lily.
Aunque en kilómetros a la redonda los únicos ruidos que se oían eran el chirriar de los grillos y el estallido seco de la grava bajo nuestros pies, ambas caminábamos de puntillas y susurrábamos como si estuviéramos a punto de asaltar un banco. Naturalmente, se parecía bastante. El cielo era tan claro y la luz de la luna tan intensa, que ni siquiera necesitábamos la linterna para leer los rótulos. A medida que íbamos hacia el sureste, el camino plano iba inclinándose. Marchábamos por un estrecho cañón junto a una corriente murmurante, cuando observé un montón de rótulos, todos señalando en diferentes direcciones: Sefar, Aouanrhet, In Itinen…
—¿Y ahora? —pregunté a Lily, soltando a Carioca para que pudiera retozar un poco. Al instante, corrió hasta el árbol más cercano y lo bautizó.
—¡Eso es! —dijo Lily dando saltos—. ¡Allá están!
Los árboles que señalaba y que Carioca seguía olfateando, surgían del cauce del río; un grupo de cipreses gigantescos, muy gruesos, tan altos que ennegrecían el cielo nocturno.
—Primero los árboles gigantes —dijo Lily—; después tendría que haber unos lagos reflectantes cerca.
Y así era. A unos 450 metros más allá, vimos los pequeños estanques con sus límpidas superficies reflejando la luna. Carioca se había abalanzado sobre uno de los estanques para beber. Su lengua movediza quebró la superficie del agua en miles de fragmentos de luz.
—Éstos dan la dirección —dijo Lily—. Seguimos bajando por este cañón hasta algo que se llama Bosque de Piedra…
Marchábamos por el cauce del río cuando vi otro rótulo, señalando lo alto de un estrecho desfiladero: «La Forêt de Pierre».
—Por aquí —dije, cogiendo el brazo de Lily y empezando a subir. En la pendiente del desfiladero había mucha grava suelta que se derrumbaba bajo nuestros pies mientras ascendíamos. Escuchaba quejarse a Lily cada vez que una piedra se clavaba en sus delgados zapatos. Y cada vez que se soltaba un trozo de pizarra, Carioca rodaba… hasta que finalmente volví a cogerlo y lo llevé hasta lo alto.
Era un camino largo y empinado que nos llevó más de media hora recorrer. En la cumbre, el cañón se ensanchaba formando una amplia meseta chata, como un valle sobre la montaña. A través del gran espacio, bañadas por la luna, veíamos las agujas espirales de roca que se elevaban del suelo de la meseta como varillas de cóctel. El desfile curvado de piedras erguidas era como el largo y retorcido esqueleto de un dinosaurio tendido sobre el valle.
—¡El Bosque de Piedra! —murmuró Lily—. Y justo donde se suponía que debía estar.
Respiraba pesadamente, y yo jadeaba a causa de la ascensión sobre terreno inseguro, y sin embargo todo parecía demasiado fácil.
Pero tal vez me apresuraba.
Atravesamos el Bosque de Piedra, cuyas hermosas rocas retorcidas adoptaban colores fantásticos a la luz de la luna. En el extremo más alejado de la meseta había otro grupo de rótulos que señalaban direcciones diferentes.
—¿Y ahora? —pregunté a Lily.
—Se supone que tenemos que buscar un signo —me dijo misteriosamente.
—Allí están… por lo menos media docena. —Señalé las pequeñas flechas con nombres.
—No esa clase de signo —me dijo—. Un signo que nos diga dónde están las piezas.
—¿Y qué aspecto se supone que tiene?
—No estoy segura —me dijo, mirando a nuestro alrededor—. Es después del Bosque de Piedra…
—¿No estás segura? —pregunté, reprimiendo el deseo de ahorcarla. Había sido un día duro—. Dijiste que tenías todo esto grabado en tu cerebro como una partida de ajedrez a ciegas… un «paisaje de la imaginación», creo que lo llamaste. Creí que podías visualizar cada rincón y grieta de este terreno…
—Y puedo —dijo Lily, enojada—. Hemos llegado hasta aquí, ¿no? ¿Por qué no te callas y me ayudas a resolver este problema?
—De modo que admites que estás perdida —dije.
—¡No lo estoy! —exclamó Lily, y su voz resonó en el resplandeciente bosque de piedras monolíticas que nos rodeaba—. Estoy buscando algo… algo específico. Un signo. Ella dijo que habría una señal que significaría algo.
—¿Para quién? —pregunté. Lily me miró aturdida. Veía cómo se le pelaba su nariz—. Quiero decir, ¿algo como un arco iris o un rayo? ¿Como la escritura en la pared… mene, mene, tekel…?
Nos miramos. Se nos ocurrió a las dos al mismo tiempo. Encendió la linterna y la orientó hacia el desfiladero que teníamos delante, en el extremo de la larga meseta… y allí estaba.
Una pintura gigantesca ocupaba toda la pared. Antílopes salvajes que volaban sobre las praderas, en colores que parecían brillantes incluso con la luz escasa. Y en el centro, un carro volando a toda velocidad y llevando a una cazadora, una mujer vestida de blanco.
Miramos la pintura durante mucho tiempo, paseando la luz de la linterna por todo el magnífico panorama para apreciar cada una de sus formas delicadas. La pared era alta y ancha y se curvaba hacia adentro, como el fragmento de un arco roto. Allí, en el centro de la salvaje estampida por las antiguas planicies, estaba el carro del cielo —con el cuerpo en forma de luna creciente y las dos ruedas de ocho rayos—, arrastrado por un par de caballos saltarines con los flancos inundados de color: rojo, blanco y negro. Un hombre negro con cabeza de ibis estaba arrodillado en la parte delantera, sujetando firmemente las riendas mientras los caballos saltaban por encima de la tundra. Detrás, había dos largos lazos serpentinos que se entrelazaban al viento para formar un número ocho. En el centro, dominando las figuras del hombre y las bestias como una gran venganza blanca, estaba la diosa. Aunque a su alrededor todo era frenesí, ella permanecía inmóvil, dándonos la espalda, con el cabello volando al viento y el cuerpo congelado como el de una estatua. Tenía los brazos alzados como para golpear algo. Su larga lanza, que mantenía apartada, no apuntaba a los antílopes, que huían frenéticamente, sino hacia arriba, al cielo estrellado. Su propio cuerpo tenía la forma de un basto y triangulado número ocho que parecía tallado en la roca.
—Eso es —dijo Lily sin respiración, mirando la pintura—. Sabes lo que significa esa forma, ¿no? ¿Ese doble triángulo colocado en forma de reloj de arena?
Barrió el muro con la luz para centrarla en la forma.

—Desde que vi aquel paño en casa de Minne, he estado tratando de saber a qué me recordaba —continuó—. Y ahora lo sé. Es una antigua hacha de doble filo llamada labrys, que tiene forma de número ocho. Los antiguos micenos la usaban en Creta…
—¿Y qué tiene eso que ver con nuestra presencia aquí?
—Es lo que estoy tratando de explicarte —dijo excitada, cegándome casi al enfocar la linterna en mi cara—. Lo vi en el libro de ajedrez que me mostró Mordecai. El juego de ajedrez más antiguo que se conoce se encontró en el palacio del rey Minos, en Creta… el lugar donde se construyó el famoso Laberinto, llamado así por esta antigua hacha. El juego es del año 2000 antes de Cristo. Estaba hecho de oro, plata y gemas… como el juego de Montglane. Y en el centro tenía tallado un labrys…
—Como el paño de Minne —interrumpí. Lily asentía y movía la linterna de un lado al otro, agitada—. Pero yo creía que el ajedrez no se había inventado hasta el seiscientos o setecientos de nuestra era —agregué—. Siempre dicen que llegó de Persia o de la India. ¿Cómo puede ser tan antiguo ese juego minoico?
—El propio Mordecai ha escrito mucho sobre la historia del ajedrez —dijo Lily, volviendo a iluminar a la dama de blanco, de pie en su carruaje en forma de media luna y con la lanza levantada hacia el cielo—. Piensa que ese juego de Creta fue diseñado por el mismo tipo que construyó el Laberinto… el escultor Dédalo…
Ahora las piezas empezaban a acomodarse. Le cogí la linterna y la paseé por el muro.
—La diosa de la luna… —susurré—. El ritual del laberinto… «En medio del mar oscuro como el viento, hay una tierra llamada Creta, una tierra hermosa y rica gestada por el agua…».
Recordé que se trataba de una isla habitada por los fenicios, como las otras islas del Mediterráneo. Es decir, una cultura como la fenicia, laberíntica, rodeada de agua… que adoraba a la luna. Miré las formas de la pared.
—¿Por qué estaba esa hacha grabada en el tablero? —pregunté a Lily, aunque en mi corazón conocía la respuesta antes de que ella hablara—. ¿Cuál era la conexión, según Mordecai?
Pero aunque estaba preparada, sus palabras me produjeron el mismo estremecimiento que la forma blanca suspendida sobre mi cabeza.
—De eso se trata —dijo con calma—. Es para matar al rey.

El hacha sagrada se usaba para matar al rey. El ritual siempre había sido el mismo, desde el principio de los tiempos. El juego del ajedrez era una simple representación. ¿Por qué no me había dado cuenta antes?
Kamel me había dicho que leyera el Corán. Y Sharrif el mismo atardecer de mi llegada a Argel, había mencionado la importancia de mi cumpleaños en el calendario islámico que, como la mayoría de los calendarios más antiguos, era lunar… o basado en los ciclos de la luna.
Y sin embargo, no había visto la relación.
El rito era el mismo para todas aquellas civilizaciones cuya supervivencia dependía del mar… y en consecuencia de esa diosa lunar que provocaba las mareas, que hacía crecer y menguar los ríos. Una diosa que exigía un sacrificio sangriento. Elegían un hombre vivo para ser su rey, pero el término de su reinado estaba estrictamente limitado por el rito.
Gobernaba durante un Gran Año —es decir, ocho años—, el tiempo que necesitaban los calendarios lunar y solar para coincidir. Cien meses lunares equivalía a ocho años solares. Al término de ese tiempo, se sacrificaba al rey para aplacar a la diosa… y con la luna nueva se elegía otro.
Este rito de muerte y renacimiento se celebraba siempre en la primavera, cuando el sol estaba colocado entre las constelaciones zodiacales de Aries y Tauro… o sea, según los cálculos modernos, el cuatro de abril. ¡Ése era el día en que mataban al rey!
Éste era el ritual de la Triple Diosa Kar, a quien pagaban tributo desde Carqemish a Carcassone… desde Cartago a Jartoum. Su nombre se escucha todavía hoy en los dólmenes de Karnak, en las cuevas de Karlsbaad y Karelia y a través de los Cárpatos.
Mientras sostenía la luz y miraba su forma monolítica suspendida sobre mí, las palabras que surgían de su nombre se agolpaban en mi cabeza. ¿Por qué nunca había escuchado antes? Aparecía en carmín, cardinal y cardíaco; en carnal, carnívoro… y Karma, el eterno ciclo de encarnación, transformación y olvido. Ella era la palabra hecha carne, la vibración del destino enrollada como Kundalini en el corazón mismo de la vida… la caracola o fuerza espiral que constituía el propio universo. Y la fuerza liberada por el juego de Montglane era la suya.
Me volví hacia Lily con la linterna temblando en mi mano, y nos abrazamos en busca de calor mientras la fría luz de la luna caía sobre nosotras como una ducha helada.
—Sé adónde apunta la lanza —dijo Lily débilmente, haciendo un gesto hacia la pintura de la pared—. No señala la luna… ése no es el signo. Es algo iluminado por la luna… en lo alto de aquel desfiladero.
Parecía tan asustada como yo ante la perspectiva de trepar hasta allí en plena noche… debía de tener unos 120 metros de altura.
—Tal vez —contesté—. Pero en mi profesión tenemos un lema: «No trabajes duro; trabaja con astucia». Tenemos el mensaje. Sabemos que las piezas están por aquí, en algún lugar. Pero el mensaje dice más que eso… y tú has imaginado lo que podía ser.
—¿De veras? —preguntó, mirándome con sus ojos grises muy dilatados—. ¿El qué?
—Mira a la dama de la pared —le dije—. Conduce el carro de la luna a través de un mar de antílopes. No los ve… mira hacia otro lado y su lanza apunta al cielo. Pero no está mirando al cielo…
—¡Está mirando directamente a la montaña! —exclamó Lily—. ¡Está dentro de ese desfiladero! —Su excitación se calmó un poco cuando volvió a mirar—. ¿Y qué se supone que tenemos que hacer… volar ese desfiladero? Me olvidé de poner la nitroglicerina en la maleta.
—Sé razonable —dije—. Estamos de pie en el Bosque de Piedra. ¿Cómo crees que esas piedras talladas, espirales, llegaron a adquirir esa forma de árboles? La arena no corta la piedra de esa manera, por mucho que sople… la desbasta, la pule. Lo único que talla la roca en formas precisas es el agua. Esta meseta fue formada por ríos u océanos subterráneos. Ninguna otra cosa podría darle este aspecto. El agua perfora la piedra… ¿entiendes lo que quiero decir?
—¡Un laberinto! —exclamó Lily—. ¡Dices que dentro de ese desfiladero hay un laberinto! ¡Por eso pintaron a la diosa como un labrys al lado! Es un mensaje, como un rótulo. Pero la lanza sigue apuntando hacia arriba… el agua debe haber llegado desde arriba.
—Tal vez —dije, todavía reacia—. Pero mira esta pared, cómo está esculpida. Se curva hacia adentro, parece un bol. Es exactamente la manera en que el mar golpea contra un arrecife. Así se forman todas las grutas marinas. Puedes verlo en cualquier costa desde Carmel hasta Capri. Creo que la entrada está aquí abajo… al menos deberíamos mirarlo antes de matarnos trepando por ahí.
Lily cogió la linterna y nos abrimos paso trabajosamente a lo largo del desfiladero durante media hora. Había varias grietas, pero ninguna lo bastante grande como para permitir el paso. Estaba empezando a pensar que mi idea era un fracaso, cuando vi un lugar donde la suave superficie de la piedra hacía una ligera indentación. Afortunadamente, metí la mano allí. En lugar de unirse, como parecía, al otro lado, la parte frontal de la roca seguía internándose. La seguí y continuó girando como si se curvara hacia atrás para unirse a la otra roca… pero no lo hacía.
—Creo que lo tengo —dije a Lily mientras desaparecía en la oscuridad de la hendidura.
Ella siguió mi voz con la linterna. Cuando llegó a mi lado, yo cogí la luz y la paseé por la superficie de la roca. La grieta continuaba retrocediendo en una espiral, adentrándose cada vez más en el desfiladero.
Las dos secciones de roca parecían enrollarse la una en torno a la otra como las espirales de un nautilus, y nosotras las seguimos. Se puso tan oscuro que el débil rayo de luz de nuestra linterna iluminaba apenas a unos pocos centímetros de distancia.
De pronto se escuchó un fuerte ruido que estuvo a punto de hacerme saltar por el aire.
Después comprendí que era Carioca, dentro de mi bolso, que ladraba. Retumbaba como el rugido de un león.
—En esta cueva hay más de lo que parece —dije a Lily, maniobrando para dejar salir a Carioca—. Ese eco llegó muy lejos.
—No lo bajes. Aquí puede haber arañas… o serpientes.
—Si crees que voy a permitir que mee en mi bolso, te equivocas —dije—. Además, si se trata de serpientes… mejor él que yo.
Lily me lanzó una mirada furiosa en la luz difusa. Puse a Carioca en el suelo, donde cumplió de inmediato con sus necesidades. Miré a Lily con una ceja levantada y después examiné el sitio.
Rodeamos lentamente la cueva… eran sólo nueve metros en redondo. Pero no encontramos la clave. Después de un rato, Lily dejó las mantas en el suelo y se sentó.
—Tienen que estar por aquí, en alguna parte —le dijo—. Resulta demasiado perfecto que hayamos encontrado este lugar… aunque no sea exactamente el laberinto que imaginaba. —De pronto se incorporó bruscamente—. ¿Dónde está Carioca? —preguntó.
Miré en torno, pero había desaparecido.
—Dios mío —dije, tratando de mantener la calma—. Sólo hay una salida… por donde entramos. ¿Por qué no lo llamas?
Lo hizo.
Después de una larga y tensa pausa, escuchamos sus pequeños ladridos. Venían de la retorcida entrada, para alivio nuestro.
—Iré a buscarlo —le dije. Pero Lily ya estaba en pie.
—Ni hablar —dijo, y su voz resonó en la penumbra—. No vas a dejarme sola en la oscuridad.
Iba pisándome los talones… lo que tal vez explique por qué cayó sobre mí por el agujero. Pareció que tardábamos una eternidad en llegar al fondo.
Cerca del final de la entrada en espiral de la cueva, oculta a la vista cuando entramos pegadas a la curva del muro, había una empinada pendiente rocosa que caía casi diez metros en el interior de la meseta. Cuando logré sacar mi magullado cuerpo de debajo del peso de Lily, dirigí la luz hacia arriba. La luz resplandecía por todas partes en las paredes cristalizadas y los techos de la cueva más grande que había visto. Nos quedamos allí sentadas, mirando la multitud de colores, mientras Carioca saltaba alegremente en torno nuestro, impermeable a la caída.
—¡Buen trabajo! —exclamé, palmeando su cabeza—. ¡De vez en cuando es una suerte que sea tan klutz, mi peludo amigo!
Me puse en pie y me sacudí la ropa mientras Lily recogía las mantas y los objetos sueltos que habían caído de mi bolso. Miramos boquiabiertas la enorme cueva. Cualquiera que fuese el lugar que ilumináramos, parecía no tener fin.
—Creo que tenemos problemas —dijo la voz de Lily, surgiendo de la oscuridad que había a mis espaldas—. Se me ocurre que esta rampa por la que hemos caído es demasiado empinada como para volver a treparla sin ayuda. También se me ocurre que en este lugar podríamos perdernos a menos que dejemos una huella de migas de pan.
Tenía razón en ambos casos… pero mi cerebro se negaba a hacer horas extras.
—Siéntate y piensa —le dije, fatigada—. Trata de recordar una señal y yo trataré de pensar cómo podemos salir de aquí.
Entonces escuché un sonido… un vago susurro como el de hojas secas volando por un callejón vacío.
Empecé a buscar con la linterna, pero de pronto Carioca empezó a dar saltos ladrando histéricamente al techo de la cueva y un grito ensordecedor como los aullidos de mil arpías asaltó mis oídos.
—¡Las mantas! —grité a Lily—. ¡Coge las malditas mantas!
Atrapé a Carioca, que seguía saltando, lo metí bajo el brazo y me arrojé hacia Lily, arrancándole las mantas de las manos en el momento en que empezó a gritar. Arrojé una manta sobre su cabeza y traté de cubrirme… acuclillándome en el instante en que atacaron los murciélagos.
A juzgar por el sonido, había miles. Lily y yo nos agachamos mientras ellos golpeaban las mantas como diminutos kamikazes: tump, tump, tump. Escuchaba los gritos de Lily por encima del ruido de sus alas. Se estaba poniendo histérica y Carioca se retorcía frenéticamente en mis brazos. Parecía querer liquidar él solo toda la población de murciélagos del Sáhara, y su agudo ladrido, combinado con los gritos de Lily, retumbaban en los altos muros.
—¡Odio los murciélagos! —aulló histéricamente Lily, apretando mi brazo mientras yo la arrastraba por la cueva, espiando por debajo de la manta para ver el terreno—. ¡Los odio! ¡Los odio!
—Ellos no parecen tenerte mucho afecto —grité por encima del estruendo. Pero sabía que los murciélagos no podían dañarnos a menos que se enredaran en los cabellos o estuvieran rabiosos.
Corríamos medio inclinadas hacia una de las arterias de la enorme cueva, donde Carioca se soltó y empezó a correr. Los murciélagos seguían apareciendo por todas partes.
—¡Dios mío! —grité—. ¡Carioca! ¡Vuelve!
Sosteniendo la manta sobre mi cabeza, solté a Lily y lo perseguí, agitando la linterna con la esperanza de aturdir a los murciélagos.
—¡No me dejes! —escuché gritar a Lily. Sus pasos venían en mi seguimiento por entre los pedruscos del suelo. Yo corría cada vez más rápido, pero Carioca giró en una curva y desapareció.
Los murciélagos se habían ido. Ante nosotras se extendía una larga cueva semejante a un corredor y no se escuchaba nada. Me volví hacia Lily, que estaba acurrucada detrás de mí, temblando, con la manta envuelta en la cabeza.
—Ha muerto —gimoteó, buscando a Carioca con la mirada—. Lo soltaste y lo han matado. ¿Qué debemos hacer? —Su voz era débil a causa del miedo—. Tú siempre sabes qué hacer. Harry dice…
—Me importa un comino lo que diga Harry —le espeté. Me estaba dejando invadir por el pánico, pero luché contra él haciendo unas inhalaciones profundas. En realidad, no tenía objeto volverse loca. ¿Acaso Huckleberry Finn no había salido de una cueva parecida? ¿O era Tom Sawyer? Empecé a reír.
—¿De qué te ríes? —preguntó frenéticamente Lily—. ¿Qué vamos a hacer?
—En primer lugar, apagar la linterna —le dije—, para no quedarnos sin pilas en este lugar dejado de la mano de…
Y en ese momento lo vi.
Desde el extremo más alejado del corredor donde estábamos, llegaba un débil resplandor. Era muy leve… pero en aquella oscuridad, era como la llama de un faro brillando sobre un mar glacial.
—¿Qué es eso? —jadeó Lily.
Nuestra esperanza de salvación, pensé, cogiendo su brazo y avanzando. ¿Era posible que el lugar tuviera otra entrada?
No sé cuánto caminamos. En la oscuridad se pierde todo sentido del tiempo y el espacio. Pero seguimos el débil resplandor sin linterna, atravesando la cueva silenciosa, durante lo que pareció un lapso muy largo. El resplandor iba haciéndose cada vez más intenso. Por último, llegamos a un recinto de dimensiones magníficas… un techo de unos quince metros de altura y muros cubiertos de formas extrañamente brillantes. Desde un agujero abierto en el techo, entraba un maravilloso haz de luz lunar. Lily empezó a llorar.
—Nunca pensé que me sentiría tan feliz de ver el cielo —sollozó.
No podía estar más de acuerdo con ella. El alivio me recorrió como una droga. Pero en el momento en que me preguntaba cómo haríamos para ascender aquellos quince metros para alcanzar el agujero del techo, escuché unos soplidos difíciles de confundir. Volví a encender la linterna y allí, en un rincón, cavando como en busca de un hueso, estaba Carioca.
Lily iba a precipitarse sobre él, pero la retuve. ¿Qué estaba haciendo el perro? Ambas lo contemplamos bajo la extraña luz.
Cavaba con entusiasmo en el montón de piedras y desechos del suelo. Pero en ese montón había algo raro. Apagué la linterna de modo que sólo quedara el brillo débil de la luna. Entonces comprendí qué era lo que me llamaba la atención. El propio suelo resplandecía… algo que había debajo de la tierra. Y justo encima, tallado en la roca, había un gigantesco caduceo con el número ocho, que parecía flotar en la pálida luz de la luna.
Lily y yo nos arrodillamos en el suelo y empezamos a cavar también. Pasaron pocos minutos antes de que encontráramos la primera pieza. La saqué y la sostuve en la mano: era la forma perfecta de un caballo, levantándose sobre las patas traseras. Tenía unos doce centímetros de alto, y era mucho más pesado de lo que parecía. Volví a encender la linterna y se la pasé a Lily mientras mirábamos la pieza con más atención. La minuciosidad del trabajo era increíble. Todo estaba indicado de manera precisa en un metal que parecía ser una forma muy pura de plata: desde los resoplantes ollares hasta los delicados cascos. Obviamente, era obra de un artesano genial. Las cinchas de la silla del caballo estaban tejidas hilo por hilo. La propia silla, la base de la pieza, incluso los ojos del caballo, eran de gemas pulidas pero sin tallar, que resplandecían en colores luminosos en el escaso rayo de luz de la linterna.
—Es increíble —susurró Lily en el silencio, roto sólo por la permanente actividad excavadora de Carioca—. Saquemos las otras.
Y así seguimos arañando el montículo hasta que sacamos las demás. En torno a nosotros, sobre la tierra, había ocho piezas del juego de Montglane, brillando bajo la luna. Estaba el caballo de plata y cuatro pequeños peones, cada uno de unos ocho centímetros de altura. Llevaban togas de extraño aspecto con un panel enfrente, y lanzas de puntas retorcidas. Había un camello dorado, con una torre sobre sus espaldas.
Pero las dos últimas piezas eran las más sorprendentes. Una era un hombre sentado a lomos de un elefante con el tronco erguido. Era todo de oro y similar a la foto del elefante de marfil que me había mostrado Llewellyn hacía tantos meses… pero faltaban los infantes en torno a la base. Lo más interesante de todo era el estilo; parecía haber sido esculpido del natural, basándose en una persona real más que en los rostros estilizados habituales en las piezas de ajedrez. Era un rostro grande y noble, de nariz romana, pero narices muy abiertas, como las de las cabezas negroides halladas en Ife, Nigeria. Su largo cabello le caía por la espalda y algunos de los rizos estaban trenzados y adornados con gemas semipreciosas. El rey.
La última pieza era casi tan alta como el rey: unos quince centímetros. Era una silla sedán cubierta, con las cortinas corridas. Dentro había una figura sentada en la posición del loto, mirando hacia fuera. Tenía una expresión de altanería —casi de fiereza— en los almendrados ojos de esmeralda. Aunque la figura tenía barba también poseía senos de mujer.
—La reina —dijo suavemente Lily—. En Egipto y Persia llevaba barba, que indicaba que tenía poder para remar. En los tiempos antiguos, esta pieza tenía menos poder que en el juego moderno. Pero se ha fortalecido.
Nos miramos en la luz lívida, con las piezas del Juego de Montglane entre nosotras. Y sonreímos.
—Lo hemos conseguido —dijo Lily—. Ahora, todo lo que nos falta es encontrar la manera de salir de aquí.
Iluminé los muros. Parecía difícil, pero no imposible.
—Creo que puedo encontrar lugares donde agarrarme en esta roca —dije—. Si cortamos las mantas a tiras, podemos hacer una cuerda. La bajaré cuando llegue arriba. Tú la atas a mi bolso… y así sacaremos a Carioca y las piezas.
—Estupendo —dijo Lily—. ¿Y yo?
—No puedo levantarte —dije—. Tendrás que trepar como yo.
Me saqué los zapatos mientras Lily desgarraba las mantas usando mis tijerillas de uñas. Cuando terminamos de cortarlas, el cielo empezaba a aclararse por encima de nuestras cabezas.
Los muros eran lo bastante rugosos como para encontrar puntos de apoyo y la hendidura de luz llegaba a ambos lados de la cueva. Necesité alrededor de media hora para trepar llevando la cuerda. Cuando llegué, jadeante, a la luz del día, estaba en lo alto del desfiladero por cuya base habíamos entrado la noche anterior. Desde abajo, Lily ató el bolso y levanté primero a Carioca y después las piezas hasta la cornisa. Ahora le tocaba a Lily. Acaricié mis pies doloridos, porque las ampollas habían vuelto a reventarse.
—Tengo miedo —gritó desde abajo—. ¿Qué pasa si caigo y me rompo una pierna?
—Tendría que rematarte —conteste—. Simplemente hazlo… y no mires abajo.
Empezó a trepar por el desfiladero, tanteando con los pies desnudos en busca de los apoyos sólidos en la roca. Más o menos a mitad de camino, quedó inmovilizada.
—Vamos —dije—. No puedes detenerte ahora.
Pero se quedó allí, aferrada a la roca como una araña aterrorizada. No hablaba ni se movía. Empecé a sentir pánico.
—Mira —dije—, ¿por qué no imaginas esto como una partida de ajedrez? Estás clavada en una posición y no ves la manera de salir. ¡Pero tiene que haberla, porque si no, pierdes la partida! No sé cómo llamáis a la situación en que todas las piezas están clavadas y no tienen adónde ir… pero ésa es tu situación en este momento, a menos que encuentres otro sitio donde poner el pie.
Vi que movía un poco la mano. Se soltó y resbaló un poco. Después, lentamente, empezó a moverse otra vez. Lancé un gran suspiro de alivio, pero no dije nada para no distraerla mientras continuaba su ascensión. Después de lo que parecieron eones, su mano aferró la cornisa. Cogí la cuerda que le había hecho atar en torno a su cintura y, tirando, la icé.
Lily se quedó allí, jadeando. Tenía los ojos cerrados. Durante mucho rato, no habló. Por último, abrió los ojos y miró el amanecer… y luego a mí.
—Lo llaman Zugzwang —jadeó—. Dios mío… lo hemos hecho.

Pero sucederían más cosas.
Nos pusimos los zapatos y caminamos por la cornisa, completando el descenso. Después, atravesamos el Bosque de Piedra. Sólo necesitamos dos horas para bajar la colina y regresar al lugar que quedaba encima de donde habíamos dejado el coche.
Estábamos las dos exhaustas y yo le decía a Lily cómo me hubiera gustado tener huevos fritos para desayunar —un plato imposible en ese país—, cuando sentí que me cogía del brazo.
—No me lo creo —dijo, señalando hacia abajo, al camino donde habíamos dejado oculto el coche detrás de unos arbustos. Había dos coches policiales estacionados a cada lado… y un tercer coche que me pareció reconocer. Cuando vi los dos matones de Sharrif revisando minuciosamente el Corniche, supe que no me equivocaba.
—¿Cómo han podido llegar hasta aquí? —dijo Lily—. Quiero decir… nos los quitamos de encima a cientos de kilómetros de aquí.
—¿Cuántos Corniche azules crees que hay en Argelia? —señalé—. ¿Y cuántos caminos que atraviesen el Tassili?
Nos quedamos un minuto allí, mirando el camino ocultas por los arbustos.
—No te habrás gastado toda la calderilla de Harry, ¿no? —le pregunté.
Meneó la cabeza con aire de derrota.
—Entonces, sugiero que vayamos andando hasta Tamrit… esa aldea de tiendas por donde pasamos. Tal vez podamos comprar unos cuantos asnos para que nos lleven de regreso a Djanet.
—¿Y dejar mi coche en manos de esos villanos? —silbó.
—Debería haberte dejado colgando de aquella roca —dije—. En Zugzwang.