El ocho
Zugzwang
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ZUGZWANG
Siempre es mejor sacrificar los hombres de tu adversario.
SAVIELLY TARTAKOVER
GM polaco
Pasaba el mediodía cuando Lily y yo abandonamos las altas y onduladas mesetas del Tassili y descendimos a las planicies de Abmer, trescientos metros más abajo… En las proximidades de Djanet.
Por el camino encontramos agua para beber en los muchos ríos pequeños que irrigan el Tassili, y yo había llevado algunas ramas llenas de dhars frescos, esos dátiles almibarados que se pegan a los dedos y las costillas. Era todo lo que habíamos comido desde la cena de la noche anterior.
En Tamrit, la aldea de tiendas que habíamos pasado de noche a la entrada del Tassili, alquilamos asnos a un guía.
Los asnos son menos cómodos de montar que los caballos. A mis pies desgarrados podía agregar ahora una lista de males corporales: el trasero dolorido y la columna atormentada, producto de interminables horas de trotar arriba y abajo por las dunas rocosas; las manos desolladas de trepar por el desfiladero; un dolor de cabeza probablemente causado por insolación. Pero pese a ello, mi estado de ánimo era excelente. Por fin teníamos las piezas… e íbamos hacia Argel. O al menos, eso creía.
Dejamos los asnos al tío del guía en Djanet, a cuatro horas de camino. Él nos llevó en su carro de heno al aeropuerto.
Aunque Kamel me había dicho que evitara los aeropuertos, en ese momento parecía imposible. Habían descubierto nuestro coche y lo vigilaban… y encontrar un coche de alquiler en una ciudad de ese tamaño era impensable. ¿Cómo íbamos a volver? ¿En globo?
—Me preocupa llegar al aeropuerto de Argel —dijo Lily mientras nos quitábamos el heno de la ropa y pasábamos por las puertas acristaladas del aeropuerto de Djanet—. ¿No dijiste que Sharrif tiene un despacho allí?
—Justo en el departamento de Inmigración —le confirmé.
Pero Argel no nos preocuparía mucho tiempo.
—Hoy no hay más vuelos a Argel —dijo la dama que expendía billetes—. El último salió hace una hora. No habrá otro hasta mañana por la mañana.
¿Qué se podía esperar en una ciudad con doscientas mil palmeras y dos calles?
—Buen Dios —dijo Lily, llevándome a un lado—. No podemos quedarnos a pasar la noche en este sitio. Si tratáramos de registrarnos en un hotel, nos pedían identificación, Y yo no tengo. Han encontrado nuestro coche… saben que estamos aquí. Creo que necesitamos otro plan.
Teníamos que salir de allí… y rápido. Y llevar las piezas a Minne antes de que sucediera otra cosa. Volví al mostrador con Lily pisándome los talones.
—¿Hay otros vuelos esta tarde… al lugar que sea? —pregunté a la empleada.
—Hay un vuelo chárter a Orán —contestó—. Fue contratado por un grupo de estudiantes japoneses que van a Marruecos. Sale dentro de unos minutos por la puerta cuatro.
Lily ya estaba corriendo en dirección a la puerta cuatro, con Carioca bajo el brazo, como una barra de pan… y yo iba detrás. Pensé que si había un pueblo en el mundo que comprendiera el dinero, era el japonés. Y Lily tenía bastante de eso como para comunicarse en cualquier lengua.
El organizador del tour, un tipo atildado con una blazer azul y un rótulo en el que se leía «Hiroshi», ya estaba empujando a los ruidosos estudiantes por el pasillo cuando llegamos, sin aliento. Lily explicó nuestra situación en inglés, y yo empecé a traducir a toda prisa al francés.
—Quinientos dólares en efectivo —dijo Lily—. Dólares americanos derechos a su bolsillo.
—Setecientos cincuenta —replicó él.
—Hecho —dijo Lily, sacando los crujientes billetes y poniéndoselos bajo las narices.
Se los guardó más rápido que un camello de Las Vegas. Estábamos en marcha.
Hasta ese momento, siempre había imaginado a los japoneses como un pueblo de cultura impecable y gran sofisticación que tocaba música sedante y realizaba serenas ceremonias de té. Pero aquel vuelo de tres horas por encima del desierto corrigió esta impresión. Esos estudiantes recorrían el pasillo de un lado al otro contando chistes groseros y cantando canciones de los Beatles en japonés: una cacofonía que me hacía anhelar los estridentes murciélagos que habíamos abandonado en las cuevas del Tassili.
A Lily no le interesaba nada de esto. Se perdió en la parte trasera del avión, jugando una partida de Go con el director del tour y derrotándolo sin piedad en un juego que es el deporte nacional japonés.
Cuando desde la ventanilla del avión vi la gran catedral de estuco rosado que coronaba la ciudad montañosa de Orán, me sentí aliviada. Orán tiene un gran aeropuerto internacional que no sólo sirve a las ciudades mediterráneas, sino también a la costa atlántica y el África subsaharaui. Cuando Lily y yo bajamos del avión, pensé en un problema que ni se me había planteado en el aeropuerto de Djanet: cómo atravesar los detectores de metal.
Así que, en cuanto bajamos, me fui de inmediato a una agencia de alquiler de coches. Tenía una cobertura plausible… en la cercana ciudad de Arzew había una refinería de petróleo.
—Trabajo para el ministro del petróleo —dije al empleado, agitando mi credencial del ministerio—. Necesito un coche para visitar las refinerías de Arzew. Es una emergencia… el coche del ministerio se ha averiado.
—Por desgracia, mademoiselle —dijo el agente meneando la cabeza—, no hay coches de alquiler por lo menos hasta dentro de una semana.
—¡Una semana! ¡Qué situación tan grotesca! Necesito un coche hoy… para inspeccionar los índices de producción. Exijo que requise un coche para mí. Allí afuera hay coches. ¿Quién los ha reservado? Sea quien fuere… esto es más urgente.
—Si me lo hubiera advertido —dijo—, pero esos coches de ahí… los han devuelto hoy. Hay clientes que han esperado semanas estos coches… y son todos VIP. Como éste… —Cogió un manojo de llaves del escritorio y lo sacudió—. Hace apenas una hora llamó el consulado soviético. Su oficial de enlace para el petróleo llega en el próximo vuelo desde Argel…
—¿Un oficial ruso? —dije con desdén—. Debe estar bromeando. Tal vez querría telefonear al ministro argelino y explicar que no puedo inspeccionar la producción en Arzew durante una semana porque los rusos, que no saben nada de petróleo, se han llevado el último coche.
Lily y yo nos miramos indignadas y meneamos la cabeza mientras el empleado iba poniéndose cada vez más nervioso. Lamentaba haber tratado de impresionarme con su clientela, pero lamentaba aún más haber dicho que se trataba de un ruso.
—¡Tiene razón! —exclamó cogiendo un tablero con algunos papeles y pasándomelo—. ¿A qué tantas prisas de la embajada soviética? Aquí, mademoiselle… firme esto. Después le traeré el coche.
Cuando el empleado regresó con las llaves en la mano, le pedí que usara su teléfono para ponerse en contacto con la operadora internacional de Argel, asegurándole que, no le cobrarían la llamada. Me puso con Thérèse y cogí el teléfono.
—¡Mi niña! —exclamó por encima de la estática—. ¿Qué ha hecho? Medio Argel la busca. Créame… ¡he escuchado las llamadas! El ministro me dijo que si tenía noticias suyas, tenía que decirle que no podía atenderla. No debe acercarse al ministerio en su ausencia.
—¿Dónde está? —pregunté mirando nerviosamente al empleado, que escuchaba todo al tiempo que fingía no entender inglés.
—Está en conferencia —dijo significativamente. Mierda. ¿Quería decir eso que había empezado la conferencia de la OPEP?
—¿Dónde está, por si desea encontrarla?
—Voy de camino a inspeccionar las refinerías de Arzew —dije en voz alta y en francés—. Nuestro coche tuvo una avería… pero gracias al estupendo trabajo del agente de Auto-Rental del aeropuerto de Orán, he conseguido otro vehículo. Diga al ministro que mañana le informaré…
—¡Haga lo que haga, no debe volver ahora! —dijo Thérèse—. Ese salaud de Persia sabe dónde ha estado… y quién la envió allí. Salga del aeropuerto lo más pronto que pueda. ¡Los aeropuertos están vigilados por sus hombres!
El bastardo persa al que se estaba refiriendo era Sharrif, quien, evidentemente, sabía que habíamos ido al Tassili. ¿Pero cómo lo sabía Thérèse… y lo más increíble, cómo sabía quién me había enviado allí? ¡Entonces recordé que era a Thérèse a quien había interrogado para encontrar a Minne Renselaas!
—Thérèse —dije, siempre vigilando al agente y pasando al inglés—, ¿fue usted quién le dijo al ministro que había tenido una reunión en la Casbah?
—Sí —respondió susurrando—. Veo que la encontró. Que el cielo la ayude ahora, niña. —Y bajó tanto la voz que tuve que hacer un esfuerzo para oírla—. ¡Ellos han adivinado quién es usted!
La línea quedó muda un momento… y después escuché el ruido de la desconexión. Colgué con el corazón desbocado y cogí las llaves del coche, que estaban sobre el mostrador.
—Bueno —dije cordialmente, estrechando la mano del empleado—. ¡El ministro estará muy complacido de saber que al fin y al cabo podemos inspeccionar Arzew! ¡No sé cómo darle las gracias por su ayuda!
Afuera, Lily saltó dentro del Renault en compañía de Carioca y yo cogí el volante. Apreté los pedales, en dirección a la carretera de la costa. Iba hacia Argel, pese a los consejos de Thérèse. ¿Qué otra cosa podía hacer? Pero mientras el coche devoraba carretera, su cerebro corría a kilómetro por minuto. Si Thérèse decía lo que creía que decía, mi vida no valía un comino. Conduje como un murciélago escapando del infierno, hasta que llegué a la autopista de doble sentido que iba a Argel.
El camino recorría la alta cornisa que estaba a cuatrocientos kilómetros al este de Argel. Una vez pasadas las refinerías de Arzew, dejé de mirar con tanta ansiedad el espejo retrovisor y finalmente detuve el coche y pasé el volante a Lily, para poder reiniciar la traducción del diario de Mireille donde la habíamos dejado.
Abrí el libro y pasé con cuidado las hojas frágiles para encontrar el punto. Ya había pasado el mediodía, y el sol de bordes purpúreos iba inclinándose en dirección al mar oscuro, haciendo arco iris allí donde el agua chocaba contra los acantilados. Bosquecillos de olivos de oscuras ramas se apretaban contra la roca bajo la sesgada luz de la tarde, con sus temblorosas hojas moviéndose como diminutas láminas metálicas.
Al apartar la mirada del móvil paisaje, me sentí regresar al extraño mundo de la palabra escrita. Pensé que era extraña la forma en que este libro se había hecho más real para mí que los peligros reales e inmediatos que me acechaban. Mireille, esta monja francesa, se había convertido en una especie de compañera en el camino de nuestra aventura. Su historia se desplegaba ante nosotras —dentro de nosotras— como una flor oscura y misteriosa.
Seguí traduciendo mientras Lily conducía en silencio. Sentía como si estuviera oyendo el relato de mi propia búsqueda de labios de alguien sentado junto a mí: una mujer ocupada en una misión que sólo yo podía comprender… como si la voz susurrante que escuchaba fuera la mía propia. En algún momento de mis aventuras, la búsqueda de Mireille se había convertido en mi propia búsqueda. Seguí leyendo…
Abandoné la prisión muy excitada. En la caja de pinturas que llevaba había una carta de la abadesa y una considerable suma de dinero que adjuntaba para ayudarme en mi misión. Una carta de crédito, decía, estaría a mi disposición en un banco británico para poder disponer de los fondos de mi difunto primo. Pero estaba decidida a no ir todavía a Inglaterra… había una tarea previa. Mi hijo estaba en el desierto… Charlot, a quien apenas esa mañana había creído no volver a ver. Había nacido bajo la mirada de la diosa. Había nacido dentro del juego…

Lily disminuyó la velocidad y levanté la vista. Atardecía y tenía los ojos cansados a causa de la falta de luz. Necesité un momento para comprender por qué se había colocado a un lado del camino, apagando los faros. A través de la penumbra, vi coches policiales y vehículos militares delante nuestro… y algunos coches que habían detenido para efectuar registros.
—¿Dónde estamos? —pregunté. No sabía si nos habían visto.
—A unos ocho kilómetros de Sidi-Fredj… tu apartamento y mi hotel. A cuarenta kilómetros de Argel. En media hora hubiéramos estado allí. ¿Qué hacemos ahora?
—Bueno, no podemos quedamos aquí —le dije—. Y tampoco podemos seguir. Encontrarían las piezas por mucho que las escondiéramos. —Pensé un momento—. A pocos metros de aquí hay un puerto pesquero… no está en ningún mapa, pero he ido allí a comprar pescado y langostas. Es el único lugar al que podemos ir sin tener que dar la vuelta y despertar sospechas. Se llama la Madrague… podemos escondernos allí mientras pensamos algo.
Avanzamos lentamente por el sinuoso camino, hasta que llegamos al sucio desvío. A estas alturas había oscurecido por completo, pero el pueblo era una sola calle que flanqueaba el pequeño puerto. Nos detuvimos delante de la única posada, un lugar de marineros donde sabía que hacían una bouillabaise excelente. A través de las ventanas cerradas y la puerta delantera, que era apenas una puerta de malla de alambre con los goznes flojos, veíamos rayos de luz.
—Éste es el único lugar en varios kilómetros a la redonda que tiene un teléfono —dije a Lily mientras permanecíamos en el coche, mirando las puertas del mesón—. Por no hablar de comida… parece que hace meses que no comemos. Tratemos de comunicarnos con Kamel para ver si puede sacarnos de aquí. Pero por mucho que mires… creo que estamos en Zugzwang. —Le sonreí en la penumbra.
—¿Y qué pasa si no lo encontramos? —preguntó—. ¿Cuánto tiempo crees que se quedarán allí? No podemos pasar la noche en este lugar.
—En realidad, si queremos abandonar el coche podemos ir por la playa. Mi apartamento está a pocos kilómetros a pie. De esa manera, superaríamos la barrera, pero quedaríamos atrapadas en Sidi-Fredj sin transporte.
De modo que decidimos probar el primer plan y entrar. Tal vez fuera la peor sugerencia que había hecho desde el comienzo de nuestra excursión.
La Madrague era un bar de marineros, sí… pero los marineros que se volvieron a mirarnos cuando entramos parecían extras de una versión de La isla del tesoro. Carioca se sumergió en brazos de Lily, husmeando como si tratara de librarse del mal olor.
—Acabo de recordar —dije mientras nos deteníamos en la puerta— que durante el día La Madrague es un puerto pesquero… pero por la noche es el hogar de la mafia argelina.
—Espero que estés bromeando —dijo ella, levantando la barbilla mientras nos dirigíamos a la barra—. Pero me parece que no.
En ese momento sufrí un sobresalto terrible. Vi una cara que hubiera preferido no conocer. Estaba sonriendo y levantó la mano, haciendo señas al camarero, mientras llegábamos a la barra. Éste se inclinó hacia nosotras.
—Están invitadas a la mesa del rincón —susurró en una voz que no se parecía en nada en una invitación—. Digan qué quieren beber y les serviré allí.
—Nosotras nos pagamos nuestros propios tragos —dijo altivamente Lily, pero yo la cogí del brazo.
—Estamos de mierda hasta el cuello —murmuré en su oído—. No mires ahora… pero nuestro anfitrión, Long John Silver, está muy lejos de casa.
Y la guié a través de la muchedumbre de marineros silenciosos que iban apartándose como el mar Rojo para dejarnos pasar… derecho en dirección a la mesa donde el hombre esperaba. El vendedor de alfombras: El-Marad.
Yo no podía dejar de pensar en lo que llevaba en el bolso, colgando del hombro… y en lo que nos haría ese tipo si lo descubría.
—Ya hemos probado el truco de los lavabos —dije en el oído de Lily—. Espero que tengas otra carta en la manga. El tipo al que estás a punto de conocer es el Rey Blanco, y dudo de que tenga todavía ilusiones sobre quiénes somos y dónde hemos estado.
El-Marad estaba sentado a la mesa con un montón de cerillas esparcidas delante. Las sacaba de una caja y las colocaba sobre la mesa formando una pirámide, y no se levantó ni miró cuando llegamos.
—Buenas noches, señoras —dijo con esa horrible voz suave cuando nos detuvimos junto a la mesa—. He estado esperándolas. ¿No quieren unirse a mí en un juego de Nim?
Yo me sobresalté, pero aparentemente no se trataba de un juego de palabras.
—Es un antiguo juego británico —continuó—. En argot inglés Nim significa capturar, birlar… robar. ¿Pero tal vez no lo sabían? —Me miró con aquellos ojos negros sin pupilas—. En realidad, es un juego sencillo. Cada jugador saca una o más cerillas de cualquier hilera de la pirámide… pero de una sola hilera. El jugador que se queda con la última cerilla, pierde.
Gracias por explicar las reglas —dije, cogiendo una silla y sentándome mientras Lily me imitaba—. No fue usted quien arregló aquella barrera del camino, ¿no?
No… Pero ya que estaba allí, me aproveché de ello. Éste era el único lugar al que podían desviarse cuando llegaran.
¡Por supuesto! Qué imbécil había sido. De este lado de Sidi-Fredj no había otra población en kilómetros a la redonda.
—No nos ha traído aquí para jugar —dije, mirando con desdén su pirámide de cerillas—. ¿Qué quiere?
—Pero sí que las he traído para jugar un juego —dijo con una sonrisa siniestra—. ¿O debería decir el juego? ¡Y si no me equivoco, ésta es la nieta de Mordecai Rad, el experto jugador en todas las ocasiones… sobre todo las relacionadas con el robo!
Su voz iba adquiriendo matices malignos mientras miraba a Lily con sus odiosos ojos negros.
—Es también sobrina de su asociado Llewellyn, que nos presentó —le dije—. ¿Y qué papel desempeña él en el juego?
—¿Disfrutó de su encuentro con Mokhfi Mokhtar? —preguntó El-Marad—. Fue ella quien las envió en la pequeña misión de la que acaban de regresar… si no me equivoco.
Estiró una mano y sacó una cerilla de la hilera superior y me hizo un gesto para que jugara yo.
—Le envía sus cariñosos recuerdos —dije, sacando dos cerillas de la hilera siguiente. Pensaba en mil cosas a la vez… pero en algún lugar de mi cabeza contemplaba este juego que jugábamos… el juego de Nim. Había cinco hileras de cerillas, con una arriba de todo y cada hilera con una cerilla más que la anterior. ¿Qué me recordaba? Entonces lo supe.
—¿A mí? —preguntó El-Marad, que me pareció algo incómodo—. Seguramente se equivoca.
—Usted es el Rey Blanco, ¿no? —dije tranquilamente, mirando cómo palidecía su piel correosa—. Ella tiene su número, colega. Me sorprende que haya abandonado aquellas montañas donde estaba tan seguro, para hacer un viaje como éste… saltando por el tablero y corriendo en busca de refugio. Fue un mal movimiento.
Lily me miraba fijamente mientras El-Marad tragaba saliva, bajaba la vista y cogía otra cerilla del montón, De pronto, Lily me estrechó la mano por debajo de la mesa. Había comprendido cuál era la jugada.
—Aquí también se ha equivocado —le dije señalando las cerillas—. Soy una experta en computación y este juego de Nim es un sistema binario. Lo que significa que hay una fórmula para ganar o perder. Y acabo de ganar.
—¿Quiere decir… que era una trampa? —susurró El-Marad, horrorizado. Se levantó de un salto, dispersando cerillas por todas partes—. ¿La envió al desierto sólo para hacerme salir? ¡No, no la creo!
—Vale, no me cree —dije—. Sigue seguro en casa, en el octavo cuadrado, protegido por sus flancos. No está sentado aquí, asustado como una perdiz…
—Frente a la nueva Reina Negra —intervino jovialmente Lily.
El-Marad la miró y después me miró a mí. Me puse en pie como si me dispusiera a irme, pero él me cogió del brazo.
—¡Usted! —exclamó, moviendo frenéticamente los ojos—. ¡Entonces… ella ha dejado el juego! Me ha engañado…
Yo iba hacia la puerta y Lily me seguía. El-Marad me alcanzó y volvió a cogerme.
—Usted tiene las piezas —silbó—. Éste es un truco para inducirme a error. Pero usted las tiene… jamás hubiera vuelto del Tassili sin ellas.
—Por supuesto que las tengo —dije—, pero no en un lugar donde a usted se le ocurriría mirar.
Tenía que salir de allí antes de que adivinara dónde estaban. Estábamos casi junto a la puerta.
En ese momento, Carioca saltó de los brazos de Lily, resbaló en el suelo de linóleo, se recuperó y corrió ladrando como un energúmeno mientras se precipitaba hacia la puerta. Levanté la vista horrorizada cuando la puerta se abrió y Sharrif, rodeado por una brigada de matones con traje, ocupó el espacio de la salida con un palpable muro de hombros.
—Alto en nombre de la… —empezó.
Pero antes de que pudiera recuperarme, Carioca se había lanzado sobre su tobillo favorito. Sharrif se dobló, dolorido, retrocedió y salió por la puerta, llevando consigo algunos de sus guardias. Yo me lancé directamente tras él, tirándolo al suelo y marcándole la cara. Lily y yo nos precipitamos en dirección al coche con El-Marad y la mitad del bar detrás de nosotras.
—¡El agua! —grité por encima del hombro mientras corría—. ¡El agua!
Porque no lograríamos llegar al coche a tiempo para encerrarnos y encender el motor. No miré atrás… seguí corriendo, derecha hacia el pequeño embarcadero. Había barcas pesqueras por todas partes, sujetas a los pilares. Cuando llegué a la punta, miré.
El puerto era un pandemonio. El-Marad estaba justo detrás de Lily. Sharrif había sacado de su pierna a Carioca, que seguía mordiendo, y luchaba con él mientras trataba de ver en la oscuridad algo contra lo cual poder disparar. Detrás de mí había tres tipos, de modo que me apreté la nariz y salté.
Lo último que vi al llegar al agua fue el cuerpecillo de Carioca, que Sharrif levantaba por el aire y arrojaba al mar.
Después sentí las frías y oscuras aguas del Mediterráneo por encima de mi cabeza. Sentí el peso del juego de Montglane que me atraía hacia abajo, muy abajo, al fondo del mar.