El ocho
La tierra blanca
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LA TIERRA BLANCA
La tierra que ahora poseen los guerreros britanos,
y donde han levantado su poderoso imperio,
era en antiguos tiempos una salvaje soledad,
despoblada, desprovista, desconocida, desdeñada…
Y tampoco mereció tener un nombre.
Hasta que aquel venturoso marino aprendió
a salvar su barco de las blancas rocas
que cubren toda la costa del sur
amenazando con el naufragio inesperado y el rápido hundimiento,
y por seguridad puso en ella su marca,
y la llamó Albión.
EDMUND SPENSER
The Faerie Queene (1590)
«Ah, perfide, perfide Albion!»
NAPOLEÓN citando
a Jacques Bénigne Bossuet (1692)
Londres, noviembre de 1793
Cuando los soldados de William Pitt golpearon enérgicamente la puerta de la casa de Talleyrand, en Kensington, eran las cuatro de la madrugada. Courtiade se echó la bata por encima y descendió rápidamente las escaleras para ver qué sucedía. Al abrir la puerta, vio el parpadeo de las luces que se encendían en las casas contiguas y a algunos vecinos curiosos que espiaban por entre sus cortinas el escuadrón de soldados imperiales que estaba frente a él, en el umbral. Courtiade contuvo la respiración.
Habían esperado esto durante mucho tiempo. Había llegado por fin. Talleyrand ya estaba bajando las escaleras, envuelto en chales de seda que caían sobre su larga bata. Al cruzar el pequeño recibidor en dirección a los soldados, su rostro era una máscara de helada reserva.
—¿Monsieur Talleyrand? —preguntó el oficial al mando.
—Yo mismo —Talleyrand se inclinó con una sonrisa fría.
—El primer ministro Pitt transmite su pesar al no poder entregaros personalmente estos papeles —dijo el oficial como si estuviera recitando un discurso aprendido. Sacó un fajo de papeles de su bolsillo y se lo entregó a Talleyrand—. La República de Francia, un grupo no reconocido de anarquistas, ha declarado la guerra al Reino Soberano de Gran Bretaña. Todos los emigrados que apoyan, o puede demostrarse que han apoyado, a este gobierno, carecen desde ahora del refugio y protección proporcionados por la Casa de Hannover y Su majestad Jorge III. Charles Maurice de Talleyrand-Périgord, se os declara culpable de actos sediciosos contra el Reino de Gran Bretaña, de violar el Acta de Correspondencia Ilegal de 1793, de conspirar contra el Soberano en vuestra antigua capacidad de ayudante del Ministro de Exteriores del susodicho país…
—Mi querido amigo —dijo Talleyrand con una risa maliciosa, levantando la vista de los papeles que había estado estudiando—. Esto es absurdo. ¡Hace casi un año que Francia declaró la guerra a Inglaterra! Y Pitt sabe muy bien que hice todo cuanto estaba a mi alcance para evitarla. En Francia me buscan por traición… ¿no es suficiente?
Pero era perder el tiempo.
—El ministro Pitt os informa que tenéis tres días para abandonar Inglaterra. Ésos son vuestros documentos de deportación Y el permiso de viaje. Os deseo buenos días, monseñor.
Dando la orden de media vuelta a sus hombres, giró sobre sus talones. Talleyrand contempló en silencio cómo la escuadra bajaba cadenciosamente el sendero de piedra que partía de su puerta. Después, se apartó sin decir nada. Courtiade cerró la puerta.
—Albus per fide decipare —dijo Talleyrand suavemente, en voz baja—. Ésta, mi querido Courtiade, es una cita de Bossuet, uno de los más grandes oradores que ha conocido Francia. Lo llamó «la tierra blanca que defrauda la confianza»… Pérfida Albión. Un pueblo que jamás fue gobernado por su propia raza. Primero los sajones teutónicos, después los normandos y escoceses… y ahora los alemanes, a quienes detestan, pero que se les parecen tanto. Nos maldicen, pero tienen poca memoria… porque ellos también mataron a su rey en la época de Cromwell y ahora alejan de sus costas al único aliado francés que no desea convertirse en su amo.
Se detuvo con la cabeza inclinada, con sus chales de seda barriendo el suelo. Courtiade se aclaró la garganta.
—Si Monseñor ha elegido un destino, podría iniciar los trámites de viaje ahora mismo…
—Tres días no son bastante —dijo Talleyrand, volviendo a la realidad—. Al amanecer iré a ver a Pitt para pedirle más plazo. Tengo que asegurarme fondos y encontrar un país que me acepte.
—¿Pero madame de Staël…? —sugirió cortésmente Courtiade.
—Germaine ha hecho lo que ha podido para encontrarme refugio en Ginebra… pero el gobierno se niega. Al parecer, todos me consideran un traidor. ¡Ah, Courtiade, qué pronto se congelan en el invierno de nuestra vida las corrientes de la posibilidad!
—Monseñor no puede decir que está en el invierno de la vida —objetó Courtiade.
Talleyrand le miró con sus cínicos ojos azules.
—Tengo cuarenta años y soy un fracasado —dijo—. ¿Eso no basta?
—Pero no habéis fracasado en todo —dijo desde arriba una voz suave.
Ambos hombres levantaron la mirada. En el descanso de la escalera, apoyada contra la barandilla con una delgada bata y el largo cabello rubio cubriendo sus hombros desnudos, estaba Catherine Grand.
—El primer ministro puede teneros mañana… es más que suficiente —dijo con una sonrisa lenta y sensual—. Pero esta noche sois mío.

Hacía cuatro meses que Catherine Grand había entrado en la vida de Talleyrand, al llegar a su casa a medianoche llevando el peón de oro del juego de Montglane. Desde entonces no se había movido.
Había llegado desesperada, según decía. Mireille había sido enviada a la guillotina… y con su último aliento, había rogado a Catherine que llevara esta pieza de ajedrez a Talleyrand, para que él pudiera esconderla con las demás. Al menos, eso era lo que contaba.
Había temblado con sus brazos, con los ojos llenos de lágrimas y su cálido cuerpo apretado contra el de él. Cuánta amargura parecía sentir por la muerte de Mireille… qué consoladora para Talleyrand en su dolor ante esta historia… y qué hermosa cuando caía de rodillas para solicitar su misericordia en esa situación desesperada.
Maurice siempre había sido sensible a la belleza: en objetos de arte, en animales de raza y, sobre todo, en las mujeres. Todo cuanto rodeaba a Catherine Grand era hermoso: su piel inmaculada, su magnífico cuerpo envuelto en ropas y joyas impecables, el aroma a violetas de su aliento, la cascada de cabello casi blanco de tan rubio. Y todo cuanto la rodeaba le recordaba a Valentine. Todo salvo una cosa: era una mentirosa.
Pero era una mentirosa bella. ¿Cómo podía algo tan hermoso parecer tan peligroso, traicionero, ajeno a sus costumbres? Los franceses decían que el mejor lugar para aprender los hábitos de un extranjero era la cama. Maurice se descubrió más que deseoso de probarlo.
Cuanto más sabía, más parecía ella perfectamente adecuada a él en todo sentido. Tal vez, demasiado perfecta. Amaba los vinos de Madeira, la música de Haydn y Mozart, y prefería llevar contra la piel sedas chinas a sedas francesas. Amaba los perros, como él, y se bañaba dos veces por día, hábito que él siempre había creído exclusivamente suyo. Era casi como si hubiera estudiado sus preferencias… de hecho, él estaba seguro de que así era. Sabía más sobre sus hábitos que el propio Courtiade. Pero cuando hablaba de su pasado, su relación con Mireille o su conocimiento del juego de Montglane, sus palabras sonaban a falso. Fue entonces cuando él decidió saber de ella tanto como ella de él. Escribió a aquellas personas de Francia en las que todavía podía confiar e inició sus investigaciones. La correspondencia rindió frutos interesantes.
Su nombre era Catherine Noël Worlée. Era cuatro años mayor de lo que confesaba y había nacido de padres franceses en la colonia holandesa de Tranquebar, en la India. A los quince años, sus padres la habían casado por dinero con un inglés mucho mayor que ella… un tal George Grand. Cuando tenía diecisiete años, su amante, a quien su marido había amenazado de muerte le pagó cincuenta mil rupias para que abandonara la India para siempre. Ese dinero le permitió vivir con lujo, primero en Londres y más tarde en París.
En París se había empezado a sospechar que espiaba por cuenta de los británicos. Poco antes del Terror su portero había sido muerto de un disparo frente a su puerta, y la propia Catherine había desaparecido. Y ahora, apenas un año después, había buscado en Londres al exiliado Talleyrand… un hombre sin título, dinero ni país y con pocas esperanzas de que las cosas mejorasen en el futuro. ¿Por qué?
Mientras desataba los rosados lazos de seda de su camisón y lo deslizaba por sus hombros, Talleyrand sonrió para sus adentros. Al fin y al cabo, había basado su carrera en el gran atractivo que tenía para las mujeres. Las mujeres le habían dado dinero, posición y poder. ¿Cómo podía reprochar a Catherine Grand que utilizara sus considerables recursos de la misma manera? ¿Pero qué quería de él? Talleyrand creía saberlo. Poseía una sola cosa digna de buscarse: el Juego de Montglane.
Pero él la quería a ella. Aunque sabía que era demasiado madura como para ser inocente, con demasiado empeño como para ser verdaderamente apasionada, demasiado traicionera como para confiar en ella… la deseaba con una urgencia que no podía controlar. Aunque todo lo que la rodeaba era artificio y apariencia… la deseaba.
Valentine había muerto. Si también habían matado a Mireille, el juego de Montglane le había costado las vidas de las dos únicas personas a las que había amado. ¿Por qué no iba a darle algo a cambio?
La abrazó con una pasión terrible, urgente, una especie de sed. La poseería… y al cuerno con los demonios que lo atormentaban.
Enero de 1794
Pero Mireille no estaba muerta… y tampoco muy lejos de Londres. Estaba a bordo de un buque mercante que aun entonces atravesaba las aguas oscuras del Canal, mientras la tormenta inminente se preparaba. Cuando se bamboleaban por los agitados straits, tuvo su primera visión de los acantilados blancos de Dover.
En los seis meses transcurridos desde que dejara a Charlotte Corday en su lugar de la Bastilla, Mireille había viajado mucho. Con el dinero enviado por la abadesa, que había encontrado en la caja de pinturas, había alquilado una pequeña barca de pescadores cerca del puerto de la Bastilla, que la llevó por el Sena hasta que en uno de los embarcaderos de aquel sinuoso río, encontró una nave que se dirigía a Trípoli. Asegurándose en secreto un billete, la abordó y partió incluso antes de que Charlotte fuera conducida al cadalso.
Mientras las costas de Francia desaparecían a sus espaldas, a Mireille le pareció que podía escuchar las gimientes ruedas del carro que estaría llevando a Charlotte a la guillotina. En su imaginación escuchaba los pies pesados en el cadalso, el batir de los tambores el siseo de la hoja en su largo descenso, los gritos de la multitud en la Place de la Révolution. Mireille sintió la hoja fría, cercenando lo poco que le quedaba de la infancia y la inocencia y dejando sólo aquella tarea fatal. La tarea para la cual había sido elegida: destruir a la Reina Blanca y reunir las piezas.
Pero primero había otra cosa que hacer. Iría al desierto para recuperar a su hijo. Si tenía una segunda oportunidad, derrotaría incluso la insistencia de Shahin de guardar al niño como Kalim: un profeta para su pueblo. Si es un profeta, pensó Mireille, que su destino quede entrelazado al mío.
Pero ahora, mientras los vientos del mar del Norte azotaban las velas con las primeras ráfagas de lluvia, Mireille se preguntó si había sido prudente al demorar tanto su viaje a Inglaterra… a Talleyrand, que guardaba las piezas. Tenía entre sus manos la pequeña mano de Charlot, sentado en sus rodillas en cubierta. Shahin estaba de pie detrás de ellos, mirando otro barco que pasaba por el Canal turbulento. Shahin, con sus largas ropas negras, que se había negado a separarse del pequeño profeta a quien había ayudado a nacer. Ahora levantó su largo brazo hacia las nubes bajas que colgaban sobre los arrecifes de tiza.
—La Tierra Blanca —dijo serenamente—. El dominio de la Reina Blanca. Está esperando… siento su presencia, incluso a esta distancia.
—Ruego que no lleguemos demasiado tarde —dijo Mireille.
—Huelo adversidad —contestó Shahin—. Siempre viene con las tormentas, como un regalo traicionero de los dioses…
Siguió mirando el barco que, desplegando sus velas al viento, fue tragado por la oscuridad del agitado Canal. El barco que, sin saberlo ellos, se llevaba a Talleyrand hacia el Atlántico.

La única idea que ocupaba a Talleyrand mientras su barco se movía en la pesada oscuridad no era Catherine Grand… sino Mireille. La edad de la ilusión había terminado y, quizá, también la vida de Mireille. Mientras que él, a los cuarenta años, se iba para reiniciar la vida.
Al fin y al cabo, pensó sentado en su camarote y reuniendo sus papeles, los cuarenta años no eran el fin de la vida… ni América era el fin del mundo. Al menos en Filadelfia estaría en buena compañía, porque llevaba cartas de presentación para el presidente Washington y el secretario del tesoro, Alexander Hamilton. Y por supuesto había conocido a Jefferson, que acababa de dejar su puesto de secretario de estado, durante su último período como embajador en Francia.
Aunque tenía pocos recursos aparte de su excelente salud y el dinero que había reunido con la venta de su biblioteca, tenía al menos la satisfacción de poseer ahora nueve piezas del juego de Montglane, en lugar de las ocho originales. Porque a pesar de todas las confabulaciones de la adorable Catherine Grand, la había convencido de que su escondite también serviría para el peón de oro que ella le confiara. Rió al pensar en la expresión de ella durante su llorosa despedida… cuando trató de convencerla de que se fuera con él en lugar de preocuparse por las piezas que había dejado tan bien ocultas en Inglaterra.
Naturalmente, estaban a bordo, en sus baúles, gracias a los recursos del siempre vigilante Courtiade. Ahora tendrían un nuevo hogar. En eso estaba pensando cuando el barco fue azotado por el primer golpe de viento.
Levantó la mirada, sorprendido, mientras el barco se agitaba con violencia bajo sus pies. Estaba a punto de solicitar ayuda, cuando Courtiade se precipitó en el camarote.
—Monseñor, nos piden que vayamos a la cubierta inferior de inmediato —dijo el valet con su calma habitual. Pero la velocidad de sus movimientos mientras sacaba las piezas del juego de Montglane de su escondite en el baúl, revelaban la urgencia de la situación—. El capitán cree que el barco será atraído hacia las rocas. Tenemos que prepararnos para abordar los botes salvavidas. Mantendrán desocupada la cubierta superior para maniobrar con las velas… pero tendríamos que estar preparados para subir de inmediato si no podemos evitar los arrecifes…
—¿Qué arrecifes? —exclamó Talleyrand, poniéndose en pie alarmado, volcando casi sus útiles de escribir y el tintero.
—Hemos pasado Pointe Barfleur, monseñor —dijo tranquilamente Courtiade, sosteniendo la chaqueta de mañana de Talleyrand mientras el barco se agitaba en todas direcciones—. Vamos contra la cornisa normanda —y se inclinó para meter las piezas en una maleta de mano.
—Dios mío —dijo Talleyrand, cogiendo la maleta. Cojeó en dirección a la puerta del camarote apoyándose en el hombro del valet y aferrando la maleta. El barco se inclinó de repente hacia estribor y ambos hombres fueron arrojados contra la puerta. Abriéndola con dificultad, avanzaron por el estrecho corredor lleno de mujeres que sollozaban histéricas órdenes a sus niños. Cuando llegaron a la cubierta inferior, había gente por todas partes: los alaridos, gritos y gemidos de su miedo se mezclaban con el ruido de pies y las exclamaciones de los marineros en la cubierta superior, y el sonido de las aguas del Canal azotaba con furia el barco.
Y entonces, horrorizados, sintieron que el propio barco se derrumbaba bajo sus pies mientras sus cuerpos chocaban unos contra otros como huevos sueltos en una cesta. El barco cayó y siguió cayendo como si no fuera a detenerse nunca. Después chocó y oyeron el espantoso ruido de la madera astillándose… y el agua entró por el agujero irregular, inundándolo con su fuerza mientras el barco gigantesco se aplastaba contra la roca.

La lluvia helada caía sobre las empedradas calles de Kensington mientras Mireille recorría cuidadosamente las piedras resbaladizas hacia las puertas enrejadas del jardín de Talleyrand. La seguía Shahin, con sus largos vestidos negros empapados, llevando en brazos al pequeño Charlot.
A Mireille jamás se le había ocurrido que Talleyrand podía no estar ya en Inglaterra. Pero antes incluso de abrir la reja, vio con el corazón acongojado el jardín vacío con el desierto belvedere, las planchas de madera que tapiaban las ventanas de la casa y la barra de hierro que sellaba la puerta delantera. Sin embargo, abrió la reja y recorrió el sendero de piedra, arrastrando sus faldas por los charcos de agua.
Sus inútiles golpes resonaron en el interior de la casa vacía. Mientras la lluvia caía sobre su cabeza descubierta, escuchó la odiosa voz de Marat susurrando: «¡Demasiado tarde… llegáis demasiado tarde!». Se apoyó en la puerta, dejando que la lluvia la empapara, hasta que sintió bajo su brazo la mano de Shahin, que la conducía por el mojado césped en dirección al refugio del belvedere.
Desesperada, se arrojó de cara contra el banco de madera que recorría el perímetro interior, sollozando hasta que le pareció que su corazón iba a romperse. Con cuidado, Shahin dejó a Charlot en el suelo. El niño gateó hacia Mireille, cogiéndose de sus ropas mojadas para ponerse en pie, vacilante sobre sus piernas inseguras. Cogió su dedo y lo apretó con fuerza.
—Bah —dijo Charlot mientras Mireille contemplaba sus sorprendentes ojos azules. Fruncía el entrecejo, y su rostro sabio y serio goteaba agua bajo la capucha mojada de su pequeña chilaba. Mireille rió.
—Bah, toi —dijo, quitándole la capucha. Acarició su sedoso cabello rojo—. Tu padre ha desaparecido. Se supone que eres un profeta… ¿por qué no previste esto?
Charlot la miró con seriedad.
—Bah —repitió.
Shahin se sentó junto a ella. Su cara de halcón, teñida con el pálido azul de su tribu, parecía aún más misteriosa a la luz escalofriante de la furiosa tormenta que arreciaba al otro lado de las celosías.
—En el desierto —dijo con suavidad— es posible encontrar a un hombre por las huellas de su camello, porque cada bestia deja una huella tan identificable como una cara. Aquí, tal vez el camino sea más difícil de encontrar. Pero un hombre, como un camello, tiene sus hábitos… dictados por su educación, su formación y su talante.
Mireille rió para sus adentros ante la idea de seguir los pasos irregulares de Talleyrand a través de las calles empedradas de Londres… pero de pronto vio lo que Shahin quería decir.
—¿Un lobo regresa siempre a su territorio de caza? —preguntó.
—Al menos lo bastante como para dejar su olor —dijo Shahin.

Pero el lobo cuyo olor buscaban había sido expulsado… no sólo de Londres sino también del barco que ahora estaba encallado en la roca que lo desgarraba. Talleyrand y Courtiade, junto con los otros pasajeros, estaban en los botes, dirigiéndose a fuerza de remos a la oscura costa de las Islas del Canal, buscando un refugio seguro contra la tormenta.
Lo que aliviaba a Talleyrand era que se trataba de un refugio de otra clase, porque esta cadena de islotes, colocados tan cerca unos de otros dentro de las aguas costeras de Francia, era en realidad inglesa y lo había sido desde el tiempo de Guillermo de Orange.
Los nativos hablaban todavía una antigua forma de francés normando que ni siquiera comprendían los propios franceses. Aunque pagaban sus tributos a Inglaterra por su protección contra el pillaje, conservaban su antigua ley normanda, junto con un espíritu de orgullosa independencia que los hacía útiles y les proporcionaba riqueza en tiempos de guerra. Las Islas del Canal eran famosas por sus naufragios… y por los grandes astilleros que lo reparaban todo, desde buques de guerra a naves corsarias. Hacia estos astilleros arrastrarían misericordiosamente, para repararlo, al barco de Talleyrand. Y mientras tanto, si bien no podía estar del todo cómodo allí, al menos estaría a salvo del arresto francés.
Su bote evitaba con cuidado las oscuras rocas de granito y gres que protegían la costa y los marineros luchaban duramente contra las poderosas olas, hasta que por fin avistaron una rocosa extensión de playa y fondearon allí. Los agotados pasajeros marcharon bajo la lluvia, ascendiendo veredas lodosas que atravesaban altos campos abiertos de húmedo lino y dormidos brezos, en dirección al pueblo más cercano.
Talleyrand y Courtiade, con la maleta de las piezas milagrosamente intacta, se retiraron a una posada cercana para calentarse con brandy junto al fuego antes de buscar alojamiento más permanente. No se sabía cuántas semanas o meses estarían allí, esperando para reanudar su viaje. Talleyrand preguntó al posadero cuánto tardarían los astilleros locales en reparar un barco con la quilla y el casco en tan mal estado.
—Podéis preguntarlo al patrón del astillero —contestó el hombre—. Acaba de volver de ver los daños. Está tomando una jarra en aquel rincón.
Talleyrand se levantó y atravesó la habitación hacia un hombre coloradote, en mitad de la cincuentena, que estaba sentado sosteniendo su jarra de cerveza con las dos manos. El hombre levantó la mirada, vio a Talleyrand y a Courtiade, y con un gesto les indicó que tomaran asiento.
—Del naufragio, ¿eh? —dijo el hombre mirando sus trajes empapados—. Dicen que iba a América. Un lugar desdichado… yo soy de allí. Jamás dejará de sorprenderme la manera en que los franceses van allí en manadas, como si fuera la tierra prometida.
El discurso del hombre indicaba buena cuna y educación… y su postura sugería que había pasado más horas cabalgando que en un astillero. Su aspecto era el de un hombre habituado a mandar y sin embargo su tono transmitía fatiga, un sentimiento amargo de la vida. Talleyrand decidió tratar de saber más.
—A mí, América me parece una tierra prometida —dijo—, pero soy un hombre a quien le quedan pocas opciones. Si regresara a mi tierra, muy pronto probaría el sabor de la guillotina, y gracias al ministro Pitt, hace poco me han invitado a separar también mi destino de Inglaterra.
Pero tengo cartas de recomendación para algunos de vuestros más distinguidos compatriotas: el secretario Hamilton y el presidente Washington. Tal vez ellos sepan qué hacer con un francés maduro y sin trabajo.
—Los conozco bien a ambos —replicó su compañero—. Serví a las órdenes de George Washington durante mucho tiempo. Fue él quien me hizo brigadier y general de división y me dio mando en Filadelfia.
—¡Es extraordinario! —exclamó Talleyrand. Si el tipo había tenido esos puestos, ¿qué demonios estaba haciendo en ese rincón, reparando barcos en las islas del Canal y proveyendo corsarios?—. ¿Entonces tal vez podríais escribir para mí otra carta a vuestro presidente? Dicen que es muy difícil verlo…
—Me temo que soy justo el hombre cuyas referencias os alejarían aún más de su puerta —dijo el otro con una sonrisa desagradable—. Permitidme que me presente. Soy Benedict Arnold.

La ópera, los casinos, las casas de juego, los salones. Éstos eran, pensó Mireille, los lugares que frecuentaría Talleyrand. Los lugares adonde debía lograr acceso para localizado en Londres.
Pero al regresar a su posada, vio fijada a la pared la hoja que la obligaría a cambiar sus decisiones antes de haberlas tomado:
¡MÁS GRANDE QUE MESMER!
¡Una sorprendente hazaña de memoria!
¡Elogiado por los filósofos franceses!
¡Invicto ante Federico el Grande,
Philip Stamma o el Señor Legal!
¡Esta noche!
EXHIBICIÓN A OJOS VENDADOS
del famoso Maestro de Ajedrez
ANDRÉ PHILIDOR
Parsloe’s Coffee House
St. James Street
Parsloe’s, en la calle St. James, era un café y establecimiento de bebidas en el que el ajedrez era la actividad principal. Dentro de esos muros se encontraba la flor y nata, no sólo del mundo ajedrecístico de Londres, sino de la sociedad europea. Y la mayor atracción era André Philidor, el ajedrecista francés cuya fama se había extendido por toda Europa.
Aquella noche, cuando Mireille atravesó las pesadas puertas de Parsloe’s, entró en otro mundo, un silencioso paraíso de opulencia. Ante ella había una extensión de madera ricamente lustrada, sedas verde oscuro y espesas alfombras indias, iluminadas por suaves lámparas de aceite dentro de pantallas de vidrio ahumado.
El recinto todavía estaba casi vacío, salvo por algunos porteros que arreglaban los vasos y un hombre solitario tal vez al final de la cincuentena, sentado en una silla tapizada cerca de la puerta. Él mismo estaba bien provisto, con una rotunda cintura, pesadas mandíbulas y una papada que cubría la mitad de su corbata de encaje de oro. Llevaba una chaqueta de terciopelo de un rojo tan profundo que casi hacía juego con las venillas rotas de su nariz. Sus ojos pequeños contemplaban con interés a Mireille desde las profundidades de los hinchados pliegues que los rodeaban. ¡Y con mayor interés aún al extraño gigante de rostro azul que entraba tras ella, con vestidos de seda púrpura y llevando en brazos a un diminuto niño pelirrojo!
Terminó lo que quedaba de licor en su copa y la dejó sobre la mesa con un golpe, y llamó al encargado para pedir más. Después luchó por ponerse de pie y se acercó a Mireille como si estuviera atravesando la cubierta insegura de un barco.
—Una rapaza pelirroja, la más bella que he visto —dijo, arrastrando las palabras—. Las trenzas de oro rojo que rompen el corazón de un hombre… ésas que inician guerras… como las de Deirdre de los Pesares.
Se quitó la estúpida peluca y barrió el suelo en una reverencia burlona, aprovechando el movimiento para examinar el cuerpo de Mireille. Después, en su estupor alcohólico, se metió la peluca empolvada en el bolsillo, cogió su mano y la besó con galantería.
—¡Una mujer misteriosa, con criado exótico y todo! Me presentaré: soy James Boswell, de Affleck, abogado por vocación, historiador por distracción, y descendiente de los bondadosos reyes estuardos.
La saludó con la cabeza, reprimiendo un hipo, y le tendió el brazo doblado. Mireille lanzó una mirada a Shahin cuyo rostro seguía siendo una máscara impasible, porque no comprendía una palabra de inglés.
—¿No será el monsieur Boswell que escribió la famosa Historia de Córcega? —preguntó Mireille con su encantador inglés con acento. Parecía demasiada coincidencia. Primero Philidor… después Boswell, de quien Letizia Buonaparte tenía tanto que decir, y ambos aquí, en el mismo club… Tal vez no fuera una coincidencia.
—El mismo —confirmó el oscilante borracho, apoyándose en el brazo de Mireille como si ella estuviera encargada de sostenerlo—. Por vuestro acento, imagino que sois francesa y no aprobáis las opiniones liberales que yo expresé contra vuestro gobierno cuando era joven.
—Al contrario, monsieur —le aseguró Mireille—, vuestras opiniones me parecen fascinantes. Y ahora en Francia tenemos un nuevo gobierno… más de acuerdo con lo que vos y monsieur Rousseau proponíais hace tanto tiempo. Lo conocisteis, ¿no es así?
—Los conocí a todos —dijo él con aire despreocupado—. Rousseau, Paoli, Garrick, Sheridan, Johnson… todos los grandes, en cualquier campo. Yo, como un edecán, hago mi cama en el lodo de la historia… —Le dio un pellizco en la barbilla—. Y también en otros lugares —dijo con risa provocativa.
Habían llegado a su mesa, donde ya lo esperaba otra bebida. Cogió el vaso y tomó otro trago saludable. Mireille lo contempló con audacia. Estaba borracho, pero no era tonto. Y sin duda no era accidental que esa noche estuvieran allí dos hombres relacionados con el juego de Montglane. Tenía que mantenerse en guardia, porque podía haber otros.
—¿Y al señor Philidor, que actúa aquí esta noche… también lo conocéis? —preguntó con cuidadosa inocencia. Pero bajo la aparente calma, su corazón latía con fuerza.
—Toda persona interesada en el ajedrez, está interesada en vuestro famoso compatriota —contestó Boswell, con el vaso a medio camino de su boca—. Ésta es su primera aparición pública en cierto tiempo… no ha estado bien. ¿Pero tal vez lo sabéis? Como estáis aquí esta noche… ¿debo suponer que sois una jugadora? —Ahora sus pequeños ojos eran vivos pese a su intoxicación… y el doble sentido demasiado transparente.
—Para eso he venido, monsieur —dijo Mireille, abandonando su encanto escolar y dirigiéndole una sonrisa obtusa—. Ya que al parecer conocéis al caballero, ¿quizá tendréis la amabilidad de presentarnos cuando llegue?
—Naturalmente, estaré encantado —dijo Boswell, aunque el tono lo desmentía—. En realidad, ya está aquí. Están ultimando cosas en la habitación trasera.
Le ofreció su brazo y la condujo a una cámara revestida de madera, con candelabros de bronce. Shahin la siguió en silencio.
Allí había varios hombres reunidos. En el centro de la habitación, un hombre alto y larguirucho no mucho mayor que Mireille, pálido y con una nariz aguileña, disponía piezas sobre uno de los tableros. Junto a las mesas había un hombre bajo, fornido, cerca del final de la treintena, con una lujosa cabeza de cabellos dorados cayendo en rizos sueltos en torno a su rostro. Hablaba con un hombre mayor del cual Mireille sólo veía la espalda encorvada.
Ella y Boswell se aproximaron a las mesas.
—Mi querido Philidor —exclamó él, palmeando con fuerza el hombro del mayor—, os interrumpo sólo para presentaros a esta joven y arrebatadora belleza de vuestra tierra.
Ignoró a Shahin, que vigilaba con los ojos negros de un halcón desde su lugar junto a la puerta.
El hombre mayor se volvió y miró los ojos de Mireille. Philidor, vestido en el anticuado estilo de Luis XV —pese a que sus terciopelos y medias estaban ajados—, era un hombre de gran dignidad y porte aristocrático. Aunque alto, parecía tan frágil como un pétalo seco, y su piel translúcida era casi tan blanca como su empolvada peluca. Se inclinó ligeramente, besando la mano de Mireille. Después le habló con gran sinceridad.
—Madame, es raro encontrar una belleza tan radiante junto a un tablero de ajedrez.
—Y más raro aún encontrarla aferrada al brazo de un viejo degenerado como Boswell —interrumpió el hombre más joven, fijando su mirada intensa y oscura sobre Mireille. Cuando él también se inclinó para besar su mano, el joven alto con nariz de halcón se acercó para esperar su turno.
—Jamás había tenido el placer de ver a monsieur Boswell antes de entrar en este club —dijo Mireille a quienes la rodeaban—. Es monsieur Philidor la persona a la que he venido a ver. Soy gran admiradora suya.
—¡No más que nosotros! —asintió el joven—. Mi nombre es William Blake y este joven chivo que rasca la tierra a mi lado es William Wordsworth. Dos Williams por el precio de uno.
—Una casa llena de escritores —agregó Philidor—, lo que equivale a decir una casa de mendigos… porque ambos Williams afirman ser poetas.
Mireille pensaba a toda velocidad, tratando de recordar qué sabía de esos dos poetas. El más joven, Wordsworth, había estado en el club de los Jacobinos y había conocido a David y a Robespierre, quienes a su vez conocían a Philidor… David se lo había dicho. Recordaba también que Blake, cuyo nombre ya era famoso en Francia, había escrito obras de un gran misticismo… algo acerca de la Revolución Francesa. ¿Cómo se combinaban esos datos?
—¿Habéis venido a ver la exhibición? —decía Blake—. Es una hazaña tan notable, que Diderot la inmortalizó en la Enciclopedia. Comenzará enseguida… mientras tanto, reuniremos nuestros fondos para ofreceros un coñac…
—Preferiría alguna información —dijo Mireille, decidida a mantener el control. Tal vez nunca más viera a estos hombres reunidos en una habitación… y seguramente había una razón por la cual estaban allí.
»Veréis, tal como monsieur Boswell puede haber imaginado, lo que me interesa es otra partida de ajedrez. Sé qué es lo que intentó descubrir en Córcega hace tantos años, lo que buscaba Jean-Jacques Rousseau. Sé qué aprendió monsieur Philidor del gran matemático Euler mientras estaba en Prusia y lo que aprendisteis vos, señor Wordsworth, de David y Robespierre…
—No tenemos ni idea de lo que estáis diciendo —interrumpió Boswell, aunque Philidor había palidecido y buscaba una silla.
—Sí, caballeros, sabéis muy bien de qué estoy hablando —aseguró Mireille, aprovechando su ventaja mientras los cuatro hombres la miraban atónitos—. Estoy hablando del juego de Montglane, del que vais a hablar esta noche. No me miréis con semejante horror. ¿Creéis que estaría aquí si no conociera vuestros planes?
—No sabe nada —comentó Boswell—. Llega gente para la exhibición. Sugiero que aplacemos esta conversación…
Wordsworth había servido un vaso de agua a Philidor, que parecía a punto de desvanecerse.
—¿Quién sois? —preguntó el maestro de ajedrez a Mireille, mirándola como si estuviera viendo un fantasma.
Mireille respiró hondo.
—Mi nombre es Mireille y vengo de Montglane —dijo—. Sé que el juego existe, porque yo he tenido sus piezas en mis manos.
—¡Sois la pupila de David! —balbuceó Philidor.
—¡La que desapareció! —dijo Wordsworth—. La que estaban buscando…
—Hay alguien con quien tenemos que consultar —dijo apresuradamente Boswell—. Antes de que sigamos adelante…
—No hay tiempo —lo interrumpió Mireille—. Si me decís lo que sabéis, yo también confiaré en vosotros. Pero ahora… no más tarde.
—Diría que es un trato —musitó Blake, paseándose como perdido en un ensueño—. Confieso que tengo razones personales para estar interesado en este juego. Sean cuales fueren los deseos de vuestras cohortes, Boswell, no me conciernen. Yo me enteré de la existencia del juego por otras vías… por una voz clamando en el desierto…
—¡Sois un estúpido! —exclamó Boswell, dando un puñetazo de ebrio sobre la mesa—. Creéis que el fantasma de vuestro querido hermano os da una patente única para reclamar este juego. Pero hay otros que comprenden su valor… y no están ahogándose en el misticismo.
—Si mis motivos os parecen demasiado puros —le espetó Blake—, no deberíais haberme invitado a participar de vuestra cábala esta noche. —Y con una sonrisa fría se volvió hacia Mireille—. Mi hermano Robert murió hace unos años —le explicó—. Era lo único que amaba en esta verde tierra. Cuando su espíritu abandonó su cuerpo, me habló con un suspiro… y me dijo que buscara el juego de Montglane, el manantial y fuente de todos los misterios desde los comienzos del tiempo. Mademoiselle, si sabéis algo de este objeto, me complacerá compartir con vos lo poco que sé. Y también a Wordsworth, si no me equivoco.
Horrorizado, Boswell giró sobre sus talones y salió aprisa de la habitación. Philidor lanzó una mirada aguda a Blake, colocando su mano en el brazo del más joven como para recomendarle precaución.
—Tal vez por fin pueda dar descanso a los huesos de mi hermano —dijo Blake.
Llevó a Mireille a una silla en la parte trasera y se fue a buscar su coñac mientras Wordsworth acomodaba a Philidor en la mesa central. Cuando Shahin se sentó junto a Mireille, llevando en brazos a Charlot, el recinto iba llenándose de espectadores.
—El borracho ha salido del edificio —dijo serenamente Shahin—. Huelo peligro. Al-Kalim también lo siente. Debemos irnos de aquí enseguida.
—Todavía no —dijo Mireille—. Primero, hay algo que tengo que saber.
Blake regresó con la bebida para Mireille y tomó asiento a su lado. Cuando Wordsworth se unió a ellos, los últimos invitados estaban acomodándose en sus asientos. Philidor estaba sentado ante el tablero, con los ojos vendados, mientras un hombre explicaba las reglas del juego. Ambos poetas se inclinaron hacia Mireille y Blake empezó a decir en voz baja:
—En Inglaterra hay una historia muy conocida, relacionada con el famoso filósofo francés François-Marie Arouet, conocido como Voltaire. Alrededor de las Navidades de 1725, treinta años antes de mi nacimiento Voltaire escoltó una noche a la actriz Adrienne Lecouvreur a la Comédie Française, en París. Durante el entreacto, fue insultado en público por el Chevalier de Rohan Chabot, quien gritó a todo pulmón: «Monsieur de Voltaire… monsieur Arouet… ¿por qué no decidís de una vez cómo os llamáis?». Voltaire, dueño de una lengua temible, gritó a su vez: «Mi nombre empieza conmigo… el vuestro termina con vos». Pese a que el duelo estaba prohibido —continuó Blake—, el poeta fue a Versalles y exigió abiertamente una satisfacción al caballero. Esta actitud le valió la Bastilla. Mientras estaba allí, en su celda, se le ocurrió una idea. Apelando a las autoridades para que no lo dejasen languidecer otra vez en prisión, propuso retirarse en cambio a un exilio voluntario… en Inglaterra.
—Dicen —intervino Wordsworth— que durante su estancia en la Bastilla, Voltaire descifró un manuscrito secreto relacionado con el juego de Montglane. Entonces se le ocurrió la idea de venir aquí y presentarlo como una especie de acertijo a Sir Isaac Newton, nuestro famoso matemático y científico, cuyas obras había leído con gran admiración. Newton estaba viejo y cansado y habla perdido interés en su trabajo, que ya no constituía un desafío para él. Voltaire le propuso proporcionarle la chispa necesaria… no sólo un desafío a que descifrara lo que él había descifrado, sino para que desentrañara el problema más profundo de su significado real. Porque según dicen, madame, este manuscrito describía un gran secreto enterrado en el juego de Montglane, una fórmula de gran poder.
—Lo sé —dijo Mireille, irritada, apartando los dedos de Charlot que se habían enredado en sus cabellos. El resto del público miraba fijamente lo que sucedía en el tablero central, donde Philidor escuchaba la lectura de los movimientos de su oponente y, dando la espalda al tablero anunciaba sus respuestas.
—¿Y consiguió Sir Isaac resolver el acertijo? —preguntó impaciente, sintiendo la tensión de Shahin, que quería partir, pese a que no veía su cara.
—Ciertamente —contestó Blake—. Eso es lo que deseamos decirle. Fue lo último que hizo… porque murió al año siguiente…
LA HISTORIA DE LOS DOS POETAS
Cuando los dos hombres se conocieron en Londres, en mayo de 1726, Voltaire estaba al comienzo de la treintena y Newton tenía ochenta y tres años. Unos treinta años antes, había padecido una especie de depresión nerviosa y en los últimos veinte años no había publicado nada importante. Cuando se conocieron, el, esbelto y cínico Voltaire, con su acerbo ingenio, debió desconcertarse ante Newton, gordo y rosado, con una cabellera blanca y modales lánguidos, casi dóciles. Aunque la sociedad se lo había apropiado, Newton era en realidad un hombre solitario que hablaba poco Y guardaba celosamente sus pensamientos secretos. Lo opuesto a su joven admirador francés, que ya había sido encarcelado dos veces en la Bastilla por su falta de tacto y su temperamento impetuoso.
Pero Newton siempre se sintió atraído hacia un problema, fuese de naturaleza científica o mística. Cuando llegó Voltaire con su manuscrito místico, Sir Isaac se lo llevó ansiosamente a sus habitaciones y desapareció durante varios días, dejando al poeta en suspenso. Por último, invitó a Voltaire a su estudio… un lugar lleno de instrumental óptico, con las paredes cubiertas de libros mohosos.
—Sólo he publicado un fragmento de mi trabajo —dijo el científico al filosofo—. Y eso, sólo por la insistencia de la Royal Society. Ahora soy viejo y rico y puedo hacer lo que me plazca… pero sigo negándome a publicar. Vuestro compatriota, el cardenal Richelieu comprendía este tipo de reserva, porque de otro modo no hubiera escrito su diario en código.
—¿Entonces lo habéis descifrado? —preguntó Voltaire.
—Eso… y más —dijo el matemático con una sonrisa, llevando a Voltaire a un rincón de su estudio donde había una gran caja de metal cerrada con llave. Sacó la llave de su bolsillo y miró con reserva al francés—. Es la caja de Pandora. ¿La abrimos? —preguntó.
Cuando Voltaire asintió ansiosamente, hicieron girar la llave en la cerradura herrumbrada.
Allí había manuscritos de cientos de años de antigüedad… algunos casi destruidos por el descuido de muchos años: Pero la mayor parte de ellos estaba muy ajada y Voltaire sospechó que habían sido utilizados por el propio Newton. Cuando éste sacó con cuidado los papeles de la caja de metal, Voltaire echó una ojeada a los títulos, sorprendido: De Occulta Philosophia, el Musaeum Hermeticum, Transmutatione Metallorum… libros heréticos de Al-Jabir, Paracelso, Villanova, Agrippa, Lully. Obras de magia prohibidas por todas las iglesias cristianas. Obras de alquimia por docenas, y debajo de ellas, cuidadosamente protegidas por tapas de papel, miles de páginas de notas y análisis experimentales de la propia mano de Newton.
—¡Pero vos sois el mayor valedor de la razón de nuestro siglo! —exclamó Voltaire, mirando incrédulo los libros y papeles—. ¿Cómo podéis sumergiros en este pantano de misticismo y magia?
—No es magia —lo corrigió Newton—, sino ciencia. La más peligrosa de todas las ciencias, cuyo objetivo es alterar el curso de la naturaleza. El hombre inventó la Razón sólo para que lo ayudase a descifrar las fórmulas creadas por Dios. En todo lo natural hay un código… y cada código tiene una clave. He recreado muchos experimentos de los antiguos alquimistas… pero este documento que me habéis proporcionado dice que la clave final está contenida en el juego de Montglane. Si esto fuera verdad, daría todo lo que he descubierto… todo lo que he inventado… por una hora a solas con esas piezas.
—¿Y qué os revelaría esta clave final que no seáis capaz de descubrir vos mismo mediante investigación y experimentación? —preguntó Voltaire.
—La piedra —contestó con diligencia Newton—. La clave de todos los secretos.

Cuando los poetas, sin aliento, interrumpieron su relato, Mireille se volvió de inmediato hacia Blake. Los murmullos del público, que comentaba el progreso del juego, habían ocultado con éxito sus voces.
—¿Qué quería decir con la piedra? —preguntó, cogiendo con fuerza el brazo del poeta.
—Claro, me olvidaba —dijo Blake riendo—. Yo mismo he estudiado estas cosas, de modo que doy por sentado que todo el mundo lo sabe. El objetivo de todo experimento alquímico es llegar a una solución que se reduce a una torta de polvo rojizo seco… al menos, así lo describen. He leído los trabajos de Newton. Aunque no se publicaron por vergüenza, nadie creía en serio que hubiera pasado tanto tiempo con esa tontería, por fortuna jamás se destruyeron…
—¿Y qué es esta torta de polvo rojizo? —lo urgió Mireille, tan ansiosa que se sentía a punto de gritar. Charlot estaba tirando de sus ropas desde atrás. No necesitaba un profeta para saber que se había entretenido demasiado.
—Bueno, de eso se trata —dijo Wordsworth echándose hacia delante con los ojos brillantes de excitación—. Esta torta es la piedra. Un trozo de ella, combinado con metales bajos, la convierte en oro. Cuando se disuelve y se traga, se supone que cura todas tus enfermedades. La llaman la piedra filosofal…
El cerebro de Mireille procesó todo lo que sabía. Las piedras sagradas adoradas por los fenicios… la piedra blanca descrita por Rousseau, incrustada en el muro de Venecia: «Si un hombre pudiera decir y hacer lo que piensa —decía más o menos la inscripción— ya vería cómo podría transformarse». Ante sus ojos flotaba la Reina Blanca, convirtiendo a un hombre en un dios…
De pronto, Mireille se puso de pie. Sorprendidos, Blake y Wordsworth la imitaron.