El ocho
La tierra blanca
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—¿Qué sucede? —le susurró rápidamente el joven Wordsworth.
Varias personas los habían mirado, irritadas por la interrupción.
—Debo irme —dijo Mireille, plantando un beso en su mejilla, que lo ruborizó. Volviéndose hacia Blake cogió su mano—. Estoy en peligro… no puedo permanecer aquí. Pero no os olvidaré.
Se volvió, seguida por Shahin, que se levanto y se movió como una sombra mientras ella salía de la habitación.
—Tal vez deberíamos seguirla —dijo Blake—. Pero no sé por qué creo que volveremos a tener noticias suyas. Una mujer notable, ¿no crees?
—Sí —dijo Wordsworth—. Ya la estoy viendo en un poema. —Rió al ver la expresión preocupada de Blake—. ¡Oh, no en un poema mío, sino tuyo!
Mireille y Shahin atravesaron aprisa la habitación exterior, con los pies hundiéndose en las alfombras blandas. Los porteros que daban vueltas en torno al bar apenas los notaron cuando pasaron como espectros. Al salir a la calle, Shahin cogió a Mireille del brazo y la apretó contra la pared en sombras. Charlot, en brazos de Shahin, contemplaba la húmeda oscuridad con los ojos de un gato.
—¿Qué sucede? —susurró Mireille, pero Shahin se llevó un dedo a los labios. Ella se esforzó por ver en la penumbra y entonces oyó el ruido de suaves pasos que atravesaban el pavimento mojado. Vio dos formas delineadas en la bruma.
Las sombras se aproximaban a la puerta del club Parsloe’s… apenas a unos metros de distancia de donde esperaban Mireille y Shahin reteniendo la respiración. Hasta Charlot estaba silencioso como un ratoncillo. La puerta del club se abrió, lanzando un rayo de luz que iluminó las formas de la calle. Una era la del pesado y ebrio Boswell, envuelto en una larga capa oscura. La otra… Mireille quedó boquiabierta mientras miraba a Boswell volverse y ofrecer su mano.
Era una mujer, esbelta y hermosa, que echo hacia atrás la capucha de su capa. ¡De ella surgió el largo cabello rubio de Valentine! ¡Era Valentine! Mireille emitió un sollozo ahogado e inició un movimiento hacia la luz, pero Shahin la retuvo con mano de hierro. Ella se volvió hacia él, enfadada, pero él se inclinó rápidamente y le habló al oído.
—La Reina Blanca —susurró. Mireille retrocedió horrorizada mientras la puerta del club se cerraba dejándolos de nuevo en la oscuridad.
Las islas del Canal, febrero de 1794
Durante las semanas que permaneció a la espera de la reparación de su barco, Talleyrand tuvo muchas oportunidades de conocer a Benedict Arnold, el famoso traidor que había burlado a su país convirtiéndose en espía del gobierno británico.
Era curioso ver a esos dos hombres sentados en la posada, jugando a las damas o al ajedrez. Cada uno de ellos había tenido una carrera prometedora, ocuparon altos puestos y se hicieron dignos del respeto de sus padres y superiores. Pero ambos se habían granjeado enemistades que les costaron su reputación y su forma de vida. Al regresar, a Inglaterra cuando su tarea de espionaje se descubrió, Arnold se encontró con que no se le había reservado ningún puesto en el ejército. Era objeto de burla y fue abandonado a que viviera como pudiese. Eso explica la situación en que lo había encontrado Talleyrand. Pero aunque Arnold no pudiera darle cartas de presentación para americanos importantes, Talleyrand vio que sí podía proporcionarle información sobre el país al que pronto viajaría. Durante esas semanas, acosó a preguntas al patrón del astillero. Y ahora, el último día de su estancia antes de que el barco partiera hacia el Nuevo Mundo, hizo aún más preguntas mientras jugaban al ajedrez en la posada.
—¿Cuáles son las ocupaciones sociales en América? —preguntó—. ¿Tienen salones como en Inglaterra o en Francia?
—Cuando hayáis salido de Filadelfia o Nueva York, que están llenas de inmigrantes holandeses, encontraréis poco más que pueblos fronterizos. Por la noche, la gente se sienta junto al fuego con un libro o juega una partida de ajedrez, como ahora nosotros. Fuera del límite marino oriental, no hay mucha sociedad. Pero el ajedrez es casi el pasatiempo nacional… dicen que hasta los tramperos llevan un pequeño juego en sus viajes.
—¿De veras? —dijo Talleyrand—. No tenía idea de que hubiese ese nivel intelectual en lo que hasta hace muy poco eran colonias aisladas.
—No se trata de intelecto… sino de moralidad —dijo Arnold—. En todo caso, ésa es su versión de las cosas. Tal vez haya leído esa obra de Ben Franklin que es tan popular en América. Se llama La ética del ajedrez… y habla de cómo podríamos aprender muchas lecciones de vida estudiando minuciosamente el juego. —Rió con cierta amargura, levantando los ojos del tablero y fijándolos en Talleyrand—. ¿Sabéis?, era Franklin quien estaba tan ansioso por resolver el acertijo del juego de Montglane…
Talleyrand lo miró con desconfianza.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó con firmeza—. ¿Queréis decir que hasta al otro lado del Atlántico se habla de esa leyenda ridícula?
—Ridícula o no —dijo el otro con una sonrisa que Talleyrand no pudo desentrañar—, dicen que el viejo Ben Franklin se pasó la vida tratando de descifrar el acertijo. Hasta fue a Montglane durante su estancia en Francia como embajador. Es un lugar en el sur de Francia…
—Sé dónde está —lo interrumpió Talleyrand—. ¿Qué buscaba?
—Pues el juego de Carlomagno… creí que aquí todos sabían de qué se trataba. Decían que estaba enterrado en Montglane. Benjamin Franklin era un excelente matemático y jugador de ajedrez. Inventó un recorrido del caballo que, según afirmaba, era su idea de cómo estaba trazado el juego de Montglane.
—¿Trazado? —preguntó Talleyrand, estremeciéndose al comprender lo que sugerían las palabras del hombre. Hasta América, a miles de kilómetros de los horrores de Europa, estaría sujeto a la influencia del espantoso juego que tanto había afectado su vida.
—Sí —dijo Arnold, moviendo una pieza—. Debéis preguntárselo a Alexander Hamilton… un colega masón. Dicen que Franklin descifró una parte de la fórmula… y antes de morir se la pasó a ellos…