El mito del carisma
Capítulo 12
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El carisma en una crisis
El carisma es particularmente eficaz en épocas de incertidumbre, ambigüedad o crisis. «Los líderes percibidos como carismáticos reciben unas puntuaciones más altas cuando los tiempos son duros y la angustia, alta», me dijo Omar Sultan Haque, del departamento de psicología de Harvard.
Es más fácil ser percibido como carismático durante una crisis porque quienes se enfrentan a una emergencia se ven afectados más fácilmente por el magnetismo de un líder;1 están «sedientos de carisma». Tanto si hablamos de la capacidad de Churchill para levantar el ánimo de los ingleses e inspirarlos a aguantar cuando el resto de Europa caía, de Napoleón tomando Francia al asalto cuando se tambaleaba como consecuencia de la Revolución, o de Gandhi señalando un camino claro durante la crisis de identidad de la India, las personas que responden a las crisis con actos audaces y decisivos serán percibidas como carismáticas.
En realidad, si se encuentra en medio de una crisis y juega bien sus cartas, es una oportunidad para conseguir carisma. Este capítulo le enseñará a hacerlo.
Primero, conserve por lo menos un cierto grado de ecuanimidad. La mayoría de líderes carismáticos son conocidos por su capacidad para permanecer tranquilos (o parecerlo) incluso en medio de unas circunstancias turbulentas.
Como sabe, la angustia afecta a cómo nos sentimos, cómo actuamos y cómo los demás nos perciben y reaccionan ante nosotros. Con frecuencia, es visible de inmediato en nuestro lenguaje corporal.
Como líder, ya en tiempos normales, su lenguaje corporal tiene un efecto de ola expansiva por toda la empresa. Este efecto se ve magnificado en momentos de crisis, porque las crisis convierten a los líderes en centros de atención, y los demás observan ansiosamente cada uno de sus movimientos. El sistema de estrés pasa a una alerta constante, de grado bajo; el cerebro primario domina, llevándonos a reaccionar a su lenguaje corporal mucho más que a sus palabras.
Ese lenguaje corporal tendrá un efecto de contagio emocional todavía mayor de lo habitual. Será fundamental que mantenga el estado interno adecuado para poder emitir el lenguaje corporal acertado. Para mantener la calma, use todas las herramientas internas: aquí es donde brillan de verdad. Le recomiendo particularmente las siguientes técnicas: · Compruebe su fisiología con frecuencia, tanto por su propio bien (repercute en su psicología) como por el de los demás (se les «contagiará» y se propagará).
· Maneje con habilidad la negatividad interior: elimine el estigma del malestar (pág. 67), desdramatice y neutralice las percepciones negativas que puedan estar acumulándose en su mente.
· Reescriba la realidad en el grado que le sea útil. Para salir de un estado pesimista, busque varias maneras diferentes de ver la situación de forma positiva.
· Use la visualización para mantenerse en el estado adecuado. Por ejemplo, la transferencia de responsabilidad podría ser útil para reducir la ansiedad.
Recurra con tanta frecuencia como sea necesario a las correcciones de mitad de camino anotadas en el capítulo 11, que le ayudan a manejar momentos críticos paso a paso. Practique con crisis pequeñas tanto como sea posible, de forma que cuando llegue una crisis grande, la respuesta le salga sola.
Segundo, exprese unas expectativas altas. A veces, sólo con asignarle a alguien las cualidades que queremos que cumpla es suficiente. Después de oír que eran consideradas caritativas, las amas de casa de New Haven dieron mucho más dinero a un recaudador de fondos para la Asociación de la Esclerosis Múltiple que nunca antes.2 El mero conocimiento de que se las consideraba caritativas hizo que transformaran sus actos para que fueran coherentes con la imagen que los demás tenían de ellas.
Después de analizar más de tres docenas de estudios sobre el liderazgo carismático, Robert House, profesor de la Wharton School, llegó a la conclusión de que «expresar altas expectativas de rendimiento» de los alumnos, al tiempo que «se les comunicaba un alto grado de confianza» en su capacidad para satisfacer esas expectativas, era el sello distintivo del liderazgo carismático.
Piense en las personas a las que quiere impactar con su carisma. ¿Qué estándar le gustaría que alcanzaran o superaran? Exprese esa expectativa como si tuviera la plena confianza de que pueden estar a su altura. Mejor todavía, actúe como si diera por sentado que ya cumplen ese estándar.
Tercero, desarrolle una visión. Una visión carismática es lo que le dará a su carisma poder de permanencia cuando la crisis acabe. Piense en Nelson Mandela, cuya visión de unidad y modernidad para Sudáfrica tenía tanta fuerza que, incluso después de que la crisis del apartheid hubiera pasado y su servicio como presidente hubiera tocado a su fin, continuaron viéndolo como un líder transnacional para toda la parte sur de África y como una voz influyente en la política internacional.
En cambio, el presidente George H. W. Bush, que había disfrutado de un índice de aprobación del 90 por ciento durante la Guerra del Golfo, perdió la votación para la reelección al año siguiente. Su carisma se había disparado durante la crisis, pero (según sus propias palabras) había descuidado «eso de la visión».
Para ser carismático, nuestra visión debe ilustrar vívidamente la diferencia entre cómo son las cosas ahora y cómo podrían ser. Con frecuencia, los líderes carismáticos señalan deficiencias en el statu quo, contrastan esa imagen con un futuro glorioso y muestran cómo tienen intención de llegar allí. Aunque pueda parecer complicado, es algo que muchos de nosotros ya hacemos. Incluso los vendedores buscan lo que falla en la situación actual de sus posibles clientes (un fallo que será, claro está, remediado mediante la compra de sus productos y servicios).
Tener una visión no es suficiente; también debemos ser capaces de comunicarla. Utilice las herramientas que ha aprendido en el capítulo anterior para elaborar un mensaje y comunicarlo del modo más carismático posible.
Una vez que haya expresado su visión, sea audaz y decisivo.
Napoleón, derrotado y humillado por el Ejército Real Francés, había sido condenado al exilio de por vida en la isla de Elba en 1814. El hombre que se había elevado desde unos orígenes humildes para acabar mandando el ejército francés y coronarse emperador de Francia, sólo seguía vivo porque su intento de suicidio había fracasado. En los últimos días de febrero de 1815, huyó de la isla y desembarcó en la costa francesa sin nada. No tenía poder ni dinero, y la última vez que fue visto acababa de sufrir una derrota humillante.
Sin embargo, la mera fuerza de su carisma visionario volvió a atraer a la gente.
Transmitía una absoluta confianza en su capacidad para recorrer el país y recuperar el poder. Le daba a la gente una visión convincente de un país libre de la clase dominante, odiada desde hacía mucho tiempo.
Lo único que tenía era visión y carisma, pero era suficiente. Estaba sucediendo lo increíble: sin dinero para pagar a los soldados, sin siquiera suficiente comida para alimentarlos, Napoleón iba, de alguna manera, reuniendo tropas y proclamando su intención de reclamar el trono.
La corte francesa estaba furiosa. Se encargó al mariscal Ney que comandara el ataque para aplastar a aquel rufián de una vez por todas. El día de su partida, Ney asumió, ante toda la corte, el compromiso público de «traer al usurpador metido en una jaula». A continuación, partió de París, marchando al frente de los ejércitos reales, mientras Napoleón comandaba su mucho más pequeña banda de hombres para enfrentarse a él. Los dos ejércitos se encontraron el 7 de marzo, al alba.
De un lado estaba el enorme regimiento francés; del otro, el escuálido ejército de Napoleón. Napoleón apareció, solo. Cruzó la divisoria y, cuando estaba al alcance de las armas enemigas, se plantó frente a las tropas; el mismo ejército que él había mandado. Y gritó: «Aquí estoy. ¿Queréis matar a vuestro emperador?
Adelante».
Los soldados, dominados por la emoción, respondieron con gritos de «¡Larga vida al emperador!» y cruzaron la separación para ponerse a su lado. El propio Ney abjuró de su misión y se unió a Napoleón, y todos lo siguieron en su marcha hacia París para reclamar el trono.
Los estudios demuestran sistemáticamente que en tiempos de crisis, nos volvemos instintivamente hacia las personas que se muestran audaces, seguras de sí mismas y decisivas. Las crisis crean incertidumbre, la cual crea angustia y nos aferramos a cualquier cosa que disminuya esta angustia. Esta es la razón de que la fe, la visión y la autoridad tengan tanto poder en tiempos de crisis.
IDEAS CLAVE QUE RETENER
· El carisma es particularmente eficaz en situaciones de crisis.
· Mantenga un estado interno tranquilo y confiado para que su efecto de contagio emocional sea positivo.
· Exprese altas expectativas de los demás y comunique su total confianza de que estarán a la altura de las circunstancias.
· Elabore una visión audaz, muestre su confianza en su capacidad para hacer realidad esa visión, y actúe con decisión para lograrlo.