El mito del carisma
Conclusión
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Conclusión
Si usted hubiera conocido a James en enero de 2005, habría visto a un joven de estatura mediana, constitución ligera y ojos castaños, que flotaba dentro de su holgado traje, su camisa color hueso y sus zapatos marrones. Podría haberse acercado a usted, con una cierta vacilación, y haberle estrechado la mano con flacidez. A lo largo de la conversación, habría hablado con una voz baja y plana, manteniendo raramente el contacto visual durante más de un par de segundos.
Incómodo con su propia presencia, habría dado la impresión de ser reservado y distante, incluso cuando estaba realmente interesado.
James lo tenía todo a su favor: una mente penetrante, una percepción profunda, mucho talento y muy trabajador. Con un carisma pleno, habría sido una fuerza poderosa dentro de su empresa. Tal como era, sus conocimientos, dedicación y habilidades pasaban desapercibidos. Podría ser descrito como «agradable», pero era absolutamente olvidable.
Cuando conocí a James, no me causó una buena primera impresión. Pese a su aguda inteligencia, no tenía ni idea de cómo adueñarse del espacio a su alrededor. Sus grandes conocimientos técnicos no le ayudaban a hacer sentir su presencia. Tampoco comprendía la imagen que su tono interrogador y su asentimiento nervioso transmitían. Parecía tímido, torpe y vacilante; lo opuesto a un líder carismático, seguro de sí mismo.
Los que habían trabajado con él sabían que eso no reflejaba el auténtico valor de James. «Mira, sabemos que tiene un enorme potencial, una mente brillante y bastante pericia —me dijo su jefe—. Pero, de alguna manera, siempre lo dejan de lado en las reuniones, pasan por encima de él en las promociones y lo pasan por alto completamente.» James estaba haciendo un trabajo extraordinario; sin embargo, no recibía el reconocimiento que merecía. ¿Por qué? La impresión que causaba, decididamente carente de carisma, le perseguía.
James era escéptico sobre la gran diferencia que la formación para el carisma podía representar en su carrera. No obstante, estaba dispuesto a hacer un intento, sin reservas. En nuestra primera sesión, identificamos los estilos de carisma que mejor resultado le darían. Aprendió varias visualizaciones para incrementar el poder y la cordialidad que podía empezar a usar de inmediato. Aprendió a cambiar de postura para poner en marcha un ciclo de aumento de confianza en sí mismo. Aprendió a «afirmarse sobre sus dos pies». Después de una única sesión, la diferencia era asombrosa. Ya caminaba de manera diferente, su postura era diferente y proyectaba más confianza. Seguía siendo James, pero tenía una nueva fuerza.
En las semanas posteriores, trabajamos para liberar más de su potencial de carisma conforme conseguía herramientas verbales y no verbales para aumentar su presencia, su poder y su cordialidad. Continuó ajustando y mejorando su postura, su voz, su conversación y su presentación. Ahora podía ocupar espacio con su lenguaje corporal; finalmente estaba cómodo con ser el Gran Gorila.
Podía modular su voz con calidez y poder y hablaba con un tono más rico y resonante.
Al cabo de pocas semanas de trabajar juntos, James había logrado una transformación asombrosa. Sus compañeros lo miraban atónitos y sus superiores estaban asombrados, mientras su índice de rendimiento se disparaba. Como me dijo uno de ellos más tarde, fue una «metamorfosis completa».
Tres meses después de que empezara nuestro coaching, James reflexionaba sobre lo profundo que había sido el cambio. «La estrella profesional que ve hoy no existía hace noventa días.» Ahora, cuando James entra en una habitación, la gente se da cuenta. Cuando habla en una reunión, los demás escuchan. Y, recientemente, me escribió: «Estas prácticas se han convertido en una segunda naturaleza para mí».
Sí, para mí es evidente que la presencia carismática que ahora tiene siempre ha estado ahí, profundamente enterrada. Sólo fue necesario ofrecerle la percepción y las habilidades adecuadas para llevarlo adonde está ahora, llenando fácilmente sus tratos profesionales con más magnetismo personal. Del mismo modo que es preciso pulir un diamante en bruto para revelar su brillo, fue necesario un poco de destreza y práctica para que la superestrella interior de James saliera a la superficie.
Ahora usted ya sabe qué es el carisma: actitudes que proyectan presencia, poder y cordialidad. Sabe que estas actitudes se pueden aprender, y cuenta con toda una caja de herramientas para hacerlo. Ha absorbido un gran número de nuevas prácticas, cambios de mentalidad y maneras de ser. A partir de ahora, tiene que buscar un equilibrio delicado entre ser fiel a su naturaleza y salir fuera de sus zonas de confort tradicionales. Según las practique, estas técnicas se irán convirtiendo en parte de quien es usted, en lugar de ser un conjunto de habilidades que está aprendiendo. Recuerde, se trata de acceder a diferentes partes de usted mismo, aprender a expresar más plenamente unas cualidades que ya tiene. Todos somos capaces de tener presencia, poder y cordialidad.
Amplíe los límites de su zona de confort en situaciones donde se juegue poco.
En cambio, cuando esté en situaciones donde se juega mucho, no corra el riesgo de parecer incómodo o poco auténtico. Mientras esté aprendiendo, en situaciones difíciles o importantes, cíñase a las conductas y estilos carismáticos que le resulten más fáciles.
Se está embarcando en una expedición. Dé por sentado que habrá altibajos, rodeos y obstáculos en el camino. Pero sus interacciones no tardarán en parecer cada vez más positivas, a veces incluso mágicas. Acuérdese de disfrutar de esta progresión. Póngase cómodo y valore lo bien que va la interacción, lo bien que lo está haciendo. Absórbalo.
Su vida está a punto de cambiar. Disfrute del viaje.