El mito del carisma

El mito del carisma


Capítulo 7

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Primeras impresiones carismáticas

Nunca se dispone de una segunda oportunidad para causar una primera impresión positiva. En pocos segundos, con sólo una mirada, los demás han juzgado nuestro nivel económico y social, nuestro nivel de educación, incluso nuestro nivel de éxito. En unos minutos, también han decidido nuestro nivel de inteligencia, fiabilidad, competencia, cordialidad y confianza. Aunque estas valoraciones se hacen en un instante, pueden durar años; las primeras impresiones son indelebles.

¿Es posible superar una primera impresión negativa? Sí, lo es. A lo largo de varias reuniones, a veces podemos cambiar la percepción inicial que alguien tiene de nosotros. Pero tendremos que esforzarnos mucho más que si parecemos carismáticos desde el principio.

¿Por qué unas impresiones instantáneas duran tanto? Según el economista John Kenneth Galbraith, una razón es que cuando «nos enfrentamos a tener que elegir entre cambiar de opinión o probar que no hay ninguna necesidad de hacerlo, casi todos nos decantamos por la prueba».1 Las investigaciones conductuales han demostrado que tenía razón. Una vez que hemos establecido un juicio sobre alguien, pasamos el resto de nuestra relación tratando de probar que teníamos razón. Todo lo que vemos y oímos se filtra a través de aquella primera impresión.2

Si causamos una impresión favorable cuando conocemos a alguien, el resto de nuestra relación se verá teñido por esa impresión, inclinando así la balanza en nuestro favor. En cambio, una primera impresión desfavorable puede resultar imposible de superar y, con frecuencia, puede decidir el resultado de una reunión, aunque el resto del contacto haya sido impecable. Los abogados defensores saben lo mucho que la primera impresión que un cliente cause en un jurado puede influir en el resultado del proceso y, con frecuencia, dedican horas a prepararlo para ese primer momento. Por esta razón, incluso si llegamos tarde a una reunión, vale la pena tomarnos treinta segundos para recuperar el estado mental y el lenguaje corporal adecuados. De lo contrario, nos arriesgamos a dar una primera impresión nada carismática.

La otra razón de que las primeras impresiones tengan tanto efecto es que suelen ser acertadas. En un estudio llevado a cabo en la Universidad de Texas, en Austin, los participantes fueron capaces de juzgar acertadamente nueve de diez rasgos de personalidad mirando una única fotografía. Los rasgos en cuestión eran extraversión, franqueza, capacidad para llegar a acuerdos, estabilidad emocional, simpatía, autoestima, soledad, religiosidad, e incluso orientación política.

«Sabemos desde hace mucho que saltamos a conclusiones respecto a otros basándonos en muy poca información —dijo uno de los informadores—, pero lo sorprendente es cuántas de estas impresiones tienen un fondo de verdad en ellas, incluso basándose en una única foto.»3

Posteriores estudios han confirmado que, con frecuencia, acertamos mucho en nuestra percepción de la personalidad, incluso después de estar con alguien durante sólo unos segundos.4 Un equipo de investigación de Harvard enseñó a los alumnos una secuencia muda de dos segundos, donde aparecía un profesor al que nunca habían visto antes, y les pidieron que evaluaran su eficacia. A continuación, los investigadores compararon estas evaluaciones con las de los estudiantes que habían asistido a las clases del profesor durante todo un semestre. La similitud de ambos resultados era impresionante.5 Esto significa que, sin haber oído ni una palabra del profesor ni asistido a ninguna de sus clases, personas que no lo conocían en absoluto podían predecir con mucha exactitud las puntuaciones que recibiría.

Los altos directivos, igual que los profesionales de recursos humanos, suelen reconocer que deciden si contratan a un candidato para un puesto de trabajo en los primeros segundos de la entrevista. Como me dijo un ejecutivo de alto nivel, «el resto de la entrevista es sólo para cubrir las apariencias».

El equipo de Harvard comprendió que las primeras impresiones son producidas por la parte más rápida del cerebro, que es también la más primitiva.

Este cerebro reptiliano genera nuestros reflejos instintivos, primarios, y puede que fuera la clave de la supervivencia de nuestros ancestros. En los tiempos de los cazadores-recolectores, con frecuencia sólo tenían una fracción de segundo para decidir si las formas que entraban en su campo de visión eran animadas o inanimadas, humanas o no humanas, amigas o enemigas; en otras palabras, si había que «luchar, huir o relajarse». Los que acertaban en esas decisiones de milésimas de segundo sobrevivían, prosperaban y se multiplicaban. Los que no acertaban, acababan siendo la ración de proteínas de alguien.

Hoy, incluso en ambientes empresariales sofisticados, seguimos actuando de acuerdo al instinto de supervivencia de los cazadores-recolectores. Cuando conocemos a alguien, la pregunta instintiva es: ¿amigo o enemigo? ¿Qué probabilidades hay de que sus intenciones sean amigables? Para dar con la respuesta seguimos buscando las pistas que tan útiles fueron en tiempos tribales: apariencia y comportamiento.

Si hay alguna probabilidad de que esa persona pueda ser un enemigo, nuestra siguiente pregunta es: «¿Lucho o huyo?» Si tuviera malas intenciones, ¿tiene la fuerza para llevarlas a cabo? Para encontrar la respuesta, nuestro cerebro trata de determinar cuál de los dos ganaría en una pelea. Tomamos en consideración factores como la estatura y el tamaño, la edad y el sexo.

Es sólo después de realizar estas evaluaciones cuando entra en juego el contenido de lo que decimos y cómo lo decimos.La regla de oroAsí pues, ¿cómo podemos causar una primera impresión fabulosa? Nuestra programación por defecto es muy sencilla: nos gustan las personas que son como nosotros. Durante la mayor parte de la historia, de la cual proceden nuestros instintos actuales, la gente vivía en tribus. En un entorno así, la capacidad para reconocer sin equivocarnos si alguien era o no era un miembro de nuestra tribu podía tener consecuencias de vida o muerte. Si sabemos cómo lograr que estas respuestas instintivas actúen a favor nuestro, tenemos la mitad de la batalla ganada.

Cuando somos similares en cuanto a vestimenta, apariencia, conducta y lenguaje, damos automáticamente por supuesto que compartimos un ambiente, una educación e incluso unos valores sociales similares. Sentimos que formamos parte de una misma tribu, o como escribió Rudyard Kipling en El libro de la jungla: «Tú y yo somos de la misma sangre».

La apariencia general se evalúa antes que el comportamiento y el lenguaje corporal. Puede que sea porque la ropa se ve desde más lejos y nos ayuda a determinar más rápidamente la probabilidad de que el otro sea amigo o enemigo, miembro de la misma tribu o no. La ropa, en esencia, es el atuendo tribal de la época moderna.Atuendo tribal ¿Se puede imaginar a un presidente de Estados Unidos pronunciando el discurso del Estado de la Nación vestido con un albornoz? Claro que no. Por mucho que nos esforcemos por ser objetivos, la ropa importa. El mismo discurso exacto será percibido de manera muy diferente si el orador viste traje o lleva puesto un albornoz.

Un directivo danés me dijo: «He descubierto que cuanto más de vestir es mi ropa, más respetan mis opiniones». Para él la diferencia es asombrosa. Presentar la misma opinión vestido con ropa informal un día y con traje al siguiente producía unos resultados espectacularmente diferentes. En el primer caso, según dice, «la gente apenas escuchaba». En el segundo, «todos escuchaban y yo conseguía lo que quería».

En la década de 1970, cuando el modo de vestir de los adultos jóvenes tendía a caer en lo «hippy» o en lo «convencional», los investigadores experimentaron con los efectos de la elección de vestimenta. Abordaban a los estudiantes en un campus universitario, vestidos a veces con ropa hippy y otras con ropa convencional, y les pedían unas monedas para llamar por teléfono. Cuando vestían con el mismo estilo que el estudiante, éste decía que sí dos de cada tres veces. Cuando vestían con el estilo opuesto, sólo recibían una respuesta afirmativa menos de la mitad de las veces.6

Una empresa que comprendía este principio y lo usaba con ventaja era American Express. Hicieron su primera buena jugada cuando empezaron a enviar a sus vendedores a los campus universitarios vestidos como vestían los propios estudiantes. Luego dieron un paso más. No sólo los vestían como estudiantes, contrataban estudiantes. Y fue entonces cuando vieron cómo sus ventas se disparaban.

Cómo ponerlo en práctica: atuendo tribal

¿Integrarse o destacar? La respuesta depende del objetivo. Si quiere que los demás se sientan cómodos, adáptese a su vestimenta tribal. Se sabe que cuando enviaban a sus vendedores a visitar a clientes corporativos tradicionales, los directivos de IBM les decían: «Puede vestir como quiera, siempre que lleve un traje azul marino».

No se pondría una camisa hawaiana en un banco de inversiones, ni un traje con chaleco en una empresa recién creada. Los códigos de la vestimenta pueden variar incluso dentro del mismo sector; un fiscal quizá no lleve la misma ropa que un abogado especializado en el mundo del espectáculo.

Si quiere impresionar a los demás, mire la variedad de elecciones que hay dentro de ese ambiente y elija la franja superior. La frase «Dress to impress» (vestido para impresionar) existe por alguna razón.

Vale la pena investigar. Si va a una fiesta, llame al anfitrión; si va a una entrevista de trabajo, pase por las oficinas unos días antes para ver cómo visten los que entran y salen.

En mi primera visita a Oracle, cometí el error de presentarme con un traje de negocios negro al estilo de Nueva York. Oracle no sólo era una firma de la Costa Oeste (es decir, relajada), sino de alta tecnología, para colmo; rápidamente me aconsejaron que me deshiciera del traje. En la actualidad, cuando dirijo programas de asesoría en la central de Google, llevo vaqueros, mientras que los brillantes ingenieros a los que preparo andan por allí en shorts, camisetas y chanclas.

El poder de un buen apretón de manos

El consejero delegado de una de las empresas de Fortune 500 me dijo en una ocasión que cuando tenía que elegir entre dos candidatos con calificaciones parecidas, le daba el puesto al que mejor estrechaba la mano. ¿Un caso extremo?

Quizá, pero los expertos en gestión de la Universidad de Iowa que analizaron las interacciones en las entrevistas de trabajo declararon que los apretones de manos eran «más importantes que la capacidad para llegar a acuerdos o la estabilidad emocional».7 Otros estudios determinaron que un apretón de manos mejora la calidad de la interacción, produciendo un grado más alto de intimidad y confianza en cuestión de segundos.

Suelo decirles a mis clientes que por caro que sea su traje, reloj o maletín, si su apretón de manos es malo, la primera impresión que causen se verá dañada. Dar el apretón de manos acertado cuesta mucho menos y hará mucho más que un traje de diseño. Estrechar bien la mano es crucial para el carisma de autoridad.

¿Se puede imaginar una figura poderosa con un apretón de manos flácido y débil?

Aunque pueda parecer intrascendente, un apretón de manos es, de verdad, un paso importante en la intimidad. El contacto físico requiere eliminar la barrera del espacio personal, aunque sólo sea por un momento. Por lo tanto, exige confianza. Si esa confianza se ve validada (si el apretón de manos está bien), se ha dado el primer paso en la relación.

La primera imagen de un apretón de manos se encontró en unos frescos egipcios datados alrededor del año 2800 a.C. Hasta hoy, en todos los hemisferios y culturas, el acto de estrechar la mano sigue siendo asombrosamente común, y siempre es con la mano derecha. Dado que ésta era la que se usaba tradicionalmente para empuñar las armas, estrechar la mano derecha era el símbolo de una suspensión del peligro, al mostrar que el que saludaba no llevaba un arma en la mano.

En la época romana, el apretón se daba, en realidad, en los brazos. Cada hombre cogía al otro justo por debajo del codo. Este gesto ofrecía una oportunidad mejor para palpar en busca de dagas ocultas en las mangas. Los caballeros medievales llevaron las precauciones un paso más allá al añadir una sacudida al saludo para desplazar cualquier arma oculta, y así nació el apretón de manos.

De entre los errores garrafales que se pueden cometer al estrecharle la mano a alguien, veamos los peores: El pez muerto: Es quizás el peor. Se tiende una mano flácida, sin vida, y se estrecha, apenas, la del otro. Este apretón de manos puede arruinar una reunión incluso antes de empezar. Y, por desgracia, he conocido a docenas de mujeres con esta dolencia en particular.

El triturador de nudillos: Esta forma de estrechar la mano puede ser una demostración de machismo, pero también el resultado de alguien que no es consciente de su fuerza. Igualmente, puede ser el resultado de unas enseñanzas erróneas: a algunas mujeres les han enseñado que cuanto más fuerte sea su apretón de manos, más en serio las tomarán. De ahí que crean que deben apretar como si les fuera la vida en ello.

El apretón dominante: En este caso, se tiende la mano, con la palma hacia abajo, quizá transmitiendo la intención de coger la sartén por el mango en la interacción. Una variación de este apretón sería el Apretón dominante giratorio: la mano se tiende inocentemente recta hacia fuera, pero gira una vez iniciado el apretón para conseguir la posición dominante.

El apretón a dos manos: Cerraremos esta abominable lista con el clásico apretón con las dos manos. En este caso, la mano izquierda de su compañero entra en acción, cerrándose sobre su mano, muñeca, brazo, hombro derechos o sobre su cuello. También se conoce como El apretón de manos del político, nombre que le dará una idea del mal concepto en que tenemos a los que lo usan.

La única excepción es cuando la persona con la que nos encontramos sea ya un buen amigo e, incluso en ese caso, yo la reservaría para las ocasiones en que queremos transmitir una cordialidad especial (mejor usarlo con moderación).

Muchos de mis clientes se quedaron estupefactos al saber que, sin ser conscientes de ello, eran culpables de uno de los casos anteriores y que, al hacerlo, habían perdido puntos de carisma antes de decir siquiera una palabra.

Veamos, pues, ¿cuáles son los ingredientes de un apretón de manos perfecto?

Compruebe el cuadro de más abajo para ver los diez componentes de un apretón de manos medalla de oro.

Cómo ponerlo en práctica: el apretón de manos perfecto Siga estos diez pasos para acertar siempre o visite http://www.CharismaMyth.com/handshake para ver una demostración, paso a paso, de apretones de manos buenos, malos, y absolutamente maravillosos.

1. Lo primero: asegúrese de que tiene la mano derecha libre. Cambie con antelación a la mano izquierda cualquier cosa que esté sosteniendo. No debe manotear torpemente en el último momento.

2. Evite tener una bebida en la mano derecha, especialmente si está fría, ya que la condensación hará que su mano esté fría y húmeda.

3. Tanto si es usted hombre o mujer, antes de estrecharle la mano a alguien, levántese si está sentado. Y saque las manos de los bolsillos; unas manos visibles harán que parezca más abierto y sincero.

4. Cerciórese de usar mucho contacto visual, y sonría con cordialidad, pero con brevedad; un exceso de sonrisas podría hacerle parecer demasiado ansioso por gustar.

5. Mantenga la cabeza recta, sin ladearla en ningún sentido, y mire a la persona totalmente de frente.

6. Mantenga la mano absolutamente perpendicular, ni dominante (con la palma hacia abajo) ni sumisa (con la palma hacia arriba). Si tiene dudas, dirija el pulgar directamente al techo.

7. Abra bien el espacio entre el pulgar y el índice para asegurarse de conseguir un contacto óptimo de la membrana interdigital.

8. Asegúrese de que hay contacto entre las palmas de las manos manteniendo su palma plana —no ahuecada— y envolviendo diagonalmente con su mano la de su compañero.

9.Procure rodear con los dedos la mano de su compañero, desplegándolos uno a uno, como si lo estuviera abrazando con la mano. Casi tendrá el dedo índice sobre su pulso, casi, pero no del todo.

10.Una vez conseguido el contacto total, baje el pulgar y apriete con fuerza, casi tanto como aprieta su compañero. Mueva el brazo desde el codo (no desde la muñeca); si quiere transmitir una cordialidad particular, deténgase un momento, y dé un paso atrás.

Varios de mis clientes han vuelto asombrados de lo que cambia las cosas un buen apretón de manos. Practique con amigos o familia, con personas que le darán sinceramente su opinión. Haga que lean esta sección. (Y recuerde, todo lo que hay aquí es específico de Estados Unidos.) Bien, ha causado una primera impresión fantástica. Ha dado un gran apretón de manos. Se dirige al otro y ¿qué pasa? Habla. Los conversadores carismáticos saben cómo empezar conversaciones fácilmente, cómo hacer que los demás se sientan especiales, y cómo terminar una conversación con elegancia. Veamos cómo puede crear asociaciones positivas de principio a fin, desde la manera en que inicia una conversación hasta la manera en que la deja.Rompa el hieloUna manera fácil de empezar una interacción de manera que comunique cordialidad y ponga la conversación en el camino acertado es elogiar lo que lleva puesto su interlocutor. Esta sería una gran apertura cuando trate de transmitir un carisma de bondad o un carisma de focalización. También puede ser un buen medio para equilibrar el poder de su carisma de autoridad, si cree que es necesaria una versión más contenida de su fuerza.

Continúe con una pregunta abierta, como: «¿Y eso? Cuénteme, cuénteme». La palabra «contar» tiene un efecto emocional muy intenso en la mayoría de la gente; los pone directamente de un humor narrativo, lo cual cambia al instante la relación entre ustedes dos. Además, dado que esa persona eligió llevar esa prenda, lo más probable es que tenga un sentimiento positivo respecto a ella.

Otra buena pregunta para romper el hielo es: «¿De dónde es usted?» Sea cual fuere la respuesta, alentará el diálogo. Tanto si la respuesta es «Nueva York» como «Nueva Delhi», si no es usted de allí, puede seguir con: «¿Cómo es crecer allí?» Cuanto más pequeña la población de origen, más les gustará que usted exprese interés.

Para hacer que alguien siga hablando, haga preguntas de respuesta abierta, como: «¿Qué le ha traído aquí esta noche?» o «¿Cuál es su conexión con esta reunión?» Por el contrario, las preguntas cerradas se pueden contestar con un sí o un no y, una vez contestadas, nos devuelven al punto de partida, tratando de pensar en algo más para mantener la conversación en marcha.

Procure que sus preguntas se centren en temas positivos, porque los demás le asociarán con los sentimientos que genere su conversación. De forma instintiva, probablemente sabrá evitar preguntas como: «¿Y qué tal va el divorcio?»

Céntrese, en cambio, en preguntas que es probable que despierten emociones positivas. Al preguntar, tiene el poder de orientar la conversación en la dirección que quiera.

Si alguien empieza a hacerle preguntas sobre usted y quiere centrar de nuevo la conversación en él, use la técnica del rebote. Responda la pregunta con un dato, añada una nota personal y redirija la pregunta a él, como sigue: La otra persona: «¿Y adónde se traslada?»

Usted: «A Chelsea [dato objetivo]. Nos hemos enamorado de los parques y las panaderías [nota personal]. ¿Qué opina de la zona? [reorientar]».

Recuerde, se trata de mantener la atención sobre el otro tanto tiempo como sea posible. «Háblele a un hombre de él mismo, y le escuchará durante horas», dijo Benjamin Disraeli. De hecho, incluso cuando usted esté hablando, la palabra que debe surgir con la máxima frecuencia no es yo, sino usted. En lugar de decir «[Yo] he leído un artículo estupendo sobre ese tema en The New York Times», pruebe con «A lo mejor [a usted] le gustaría el reciente artículo de The New York Times sobre este tema». O simplemente inserte: «¿Sabe...?» antes de cualquier frase para hacer que su interlocutor se anime y preste atención.

Para lograr que sea incluso más fácil conectar con usted, adapte su elección de palabras, la amplitud y profundidad de su vocabulario y sus expresiones para que encajen en su público: céntrese en sus campos de interés y escoja metáforas de esos ámbitos. Si a ellos les gusta el golf y usted quiere hablar de éxito, diga que es como hacer un hoyo en un solo golpe. Si navegan, una catástrofe se convierte en un naufragio.

Una de mis clientes, una analista del Deutsche Bank, me dijo que no parecía capaz de establecer una buena relación con su jefe. Lo describió como alguien bastante brusco, casi belicista en su actitud: «De hecho, usa lenguaje bélico en nuestros contactos diarios». Para mí, esa fue la pista que necesitábamos. Le aconsejé que empleara analogías militares en las cuales ella se comparara con un «soldado leal» o un «buen teniente» y, gradualmente, aumentara el uso de vocabulario militar en sus conversaciones. Al cabo de una semana, me dijo que sus interacciones habían mejorado de forma significativa; ahora parecía considerarla como «uno de los suyos», alguien con quien podía contar. ¡Fue un gran rendimiento de la inversión hecha sólo por añadir unas pocas palabras a su vocabulario!

Salidas elegantes

Igual que una primera impresión puede influir en el resto de la relación, lo mismo puede suceder con los últimos momentos. Llegar a ser un conversador carismático significa que los demás disfrutarán estando cerca de usted, y puede que cada vez se resistan más a dejar que se vaya. De hecho, cuanto más carismático sea, más difícil le resultará escapar de sus nuevos fans. Muchas personas carismáticas mencionan que éste es uno de sus mayores retos. Así pues, ¿cómo se puede dejar, con elegancia, una conversación?

Primero, no espere demasiado para ponerle fin. De lo contrario, tanto usted como su compañero sentirán la tensión y llegarán a estar incómodos. La manera más fácil de salir es, claro, tener una razón oficial para hacerlo. Ese es uno de los muchos motivos para ser voluntario o asumir algún deber oficial en las fiestas.

Cuando estamos «de servicio», los demás darán por sentado que no podremos pasar más que unos minutos con ellos.

Otra manera de salir de una conversación con elegancia es ofrecer algo de valor: · Información: Un artículo, un libro o una página web que crea que puede ser de interés para su interlocutor.

· Una conexión: Alguien que tendrían que conocer, a quien usted conoce y puede presentárselo.

· Visibilidad: Una organización a la que usted pertenece, donde podría invitarlos a dar una charla.

· Reconocimiento: Un premio al que cree que deberían ser nominados.

Con frecuencia, ofrecer valor creará en los demás un sentimiento de cordialidad y benevolencia hacia usted, y su abandono de la conversación estará aureolado por la impresión de generosidad que ha creado.

Espere hasta que su compañero en la conversación haya terminado una frase y diga algo parecido a esto: «¿Sabe?, por lo que me ha dicho, creo que tendría que ver esta página web. Si tiene una tarjeta, le enviaré el link». En cuanto le dé su tarjeta, tendrá la oportunidad perfecta para decir: «¡Estupendo! Le enviaré un e-mail enseguida. Ha sido un placer conocerlo».

Otra posibilidad, si esa persona ha aceptado conocer a alguien que está en la sala, es decir simplemente: «Permítame que se lo presente» y reúnalos. Como les ha dado generosamente algo, su interlocutor no podrá evitar tener sentimientos positivos hacia usted. También puede atraer a la conversación a otros que pasen; siempre es más fácil despedirse de un grupo de tres o cuatro personas.

¿Y si es usted quien rompe un grupo? Quizás está rescatando a alguien de una conversación que ha indicado que quiere dejar, o necesita presentarlo a alguien, o se necesita a uno de los participantes del grupo para otros menesteres.

En este caso, centre toda su atención, con un contacto visual especialmente cálido (vea el capítulo 9), no con la persona que se llevará con usted, sino con la que dejará. Esto minimiza las posibilidades de que se sienta excluida, y es especialmente importante para transmitir carisma de bondad o de focalización.

Una buena manera de expresarlo es: «Lo siento muchísimo, pero necesitan a Christopher para [llenar el espacio]. ¿Me permite que me lo lleve?» Además, esto le da al otro la impresión, por lo menos nominal, de poder decidir.

Una vez que la conversación ha llegado a su fin, no malgaste el tiempo preocupándose por lo que dijo, lo que le gustaría haber dicho o lo que dirá la próxima vez. Como demostraron los estudios del Media Lab, del MIT, lo que influye en los demás no son las palabras ni el contenido. Lo que recuerdan es lo que sentían al hablar con usted.

Es posible que no recordemos el contenido exacto de las conversaciones que tuvimos hace una semana, pero es probable que recordemos la impresión que nos causaron. Lo que permanece no son las palabras, sino la huella emocional de la conversación. Y si utiliza todas las herramientas que hemos descrito, la huella emocional será, sencillamente, espléndida.

IDEAS CLAVE QUE RETENER

· Las primeras impresiones se producen en segundos y pueden afectar no sólo al resto de la interacción, sino también al resto de nuestra relación con esa persona.

· Con quienes nos sentimos más cómodos es con los que se parecen a nosotros de alguna manera, incluyendo la apariencia y el modo de actuar.

Haga sus deberes y decida en qué medida quiere adaptar su vestimenta y su elección de palabras a su entorno.

· Un buen apretón de manos puede hacer mucho. De igual modo, uno malo puede dejar una primera impresión desfavorable y duradera. Vale la pena dedicar algún tiempo a perfeccionar el modo adecuado de saludar a alguien.

· Los grandes conversadores hacen que el centro de interés siga siendo la otra persona, y que ésta se sienta bien consigo misma.

· Sepa abandonar una conversación con elegancia, dejando a los demás con unos sentimientos positivos.

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