El mentiroso
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Erin no me hizo caso y vino a primera hora del día siguiente con un par de cafés, dónuts y un periódico. Era lunes y le pregunté si no tenía cole.
—He pedido a una compañera que me sustituya. Hoy tenía pocas clases.
Estaba guapísima con un vestido negro con estampados rosas, el pelo suelto sobre los hombros. Desayunamos hablando de todo un poco.
—Cancelé lo de Toulouse. No creo que estés para viajar en una temporada. También he llamado a tus clientes. Todo el mundo te envía un abrazo. Menos Txemi, a él le he dejado un mensaje en el contestador.
—Gracias.
—¡Ah!, y mi padre se enteró de todo anoche. Ha estado en varias reuniones de trabajo en Tokio y ni se lo había dicho. Te manda otro abrazo gigante. ¿Qué tal tu memoria?
El doctor Olaizola me hizo la misma pregunta más tarde. ¿Había logrado recordar algo más? A ambos les respondí lo mismo: había tenido sueños extraños, pero no estaba seguro de que fueran recuerdos de nada real. No les conté demasiados detalles. Ese hombre de barba negra y gafitas… en algunas imágenes aparecía bebiendo vino en la fiesta, en otras estaba muerto sobre el suelo de hormigón de la vieja fábrica. ¿Qué sentido tenía eso? Para mí, en aquel momento, ninguno: era todo parte de una pesadilla recurrente.
Olaizola dijo que estuviese atento a esas imágenes extrañas: «A veces, una lesión neuronal puede provocar alucinaciones». El neurólogo repitió sus consejos sobre estar atento a mi memoria y me recetó paracetamol para sobrellevar el dolor, aunque pensaba que la hinchazón iría desapareciendo. Me citó en dos semanas para evaluar el progreso de la amnesia —«Posiblemente lo habrás recordado todo para entonces»— y me dio el alta tras recomendarme reposo, reposo y más reposo.
—¡Pero si no tienes nada que ponerte! —dijo Erin al enterarse de que podía marcharme a casa—. Iré a por algo.
Al cabo de una hora y media apareció con su madre, Mirari, cargada de bolsas. Mirari era un poco más baja que Erin, pero por lo demás eran como dos gotas de agua. Las dos tenían ojos grandes como océanos, y del mismo color azul, cosa de la que costaba darse cuenta porque Mirari siempre iba con gafas de sol. Tenía un tic nervioso en los párpados que la obligaba a llevarlas para esconder su «pequeño nervio loco», como lo llamaba ella.
Pusieron todo sobre la cama: un conjunto completo de camisa, pantalón, cinturón, todo de Harmont & Blaine, y zapatos Timberland. Hasta los calzoncillos eran de marca.
—Esto es demasiado caro —protesté.
—¿Qué pensabas que te íbamos a traer? ¿Harapos? —Mirari me miró con sorna detrás de sus gafas negras—. Vamos, póntelo.
Me cambié en el cuarto de baño y cuando salí las dos mujeres dieron su aprobación.
—Hemos acertado con las tallas.
—No sé. Yo me veo raro.
—¡Eso es porque siempre vas en vaqueros y camiseta!
Los Izarzelaia —Erin, Mirari, Joseba— eran una de esas familias a las que no se les notaba el dinero casi nunca, excepto con cosas como esas. Una compra de quinientos euros en ropa como si fuera un chupa-chups; un viaje a Sudáfrica para celebrar las Navidades; un iPhone por tu cumpleaños… Me despedí de Unax, que había conseguido recargar su Android y estaba feliz en su mundo de mensajes de móvil.
El mío continuaba en paradero desconocido, así que dejé un mensaje en el puesto de enfermeras por si alguien lo traía, aunque ellas insistieron que eso no ocurría nunca.
—Llama a la Ertzaintza. Si alguien lo ha cogido, serán ellos.
Un taxi nos esperaba en la puerta. Mirari, por su problema en los ojos, iba a todas partes en taxi. Nos montamos y salimos en dirección a Illumbe. Hacía un día gris y plomizo y amenazaba lluvia. Madre e hija, sentadas en el asiento de atrás, iban hablando alegremente de sus cosas. Yo iba un poco más callado, mirando por la ventanilla. Las montañas cubiertas de espesos encinares, los valles de interior. Todo me recordaba esa visión de la antigua fábrica y esa absurda imagen que se repetía una y otra vez en mi cabeza.
El tipo no se mueve. Ni parpadea. Está muerto.
—¿Álex?
Me giré. Mirari y Erin me miraban extrañadas.
—Estabas como ido… ¿Te encuentras bien?
—Se me había ido la cabeza, perdón, ¿qué decías?
—Que mi aita vuelve el jueves. Al parecer, las cosas en Tokio han salido a pedir de boca y va a organizar una fiesta en casa para celebrarlo. Espera que te apuntes.
—Claro —respondí yo.
Unas nubes muy oscuras se cernían sobre la costa cuando llegamos a Punta Margúa, el cabo de roca en el que se asentaba, más mal que bien, nuestra casa familiar.
La casa de Punta Margúa estaba construida frente a un acantilado de casi treinta metros de altura. El lugar llevaba años sufriendo derrumbes por la erosión de las olas de forma que ahora todo el cabo se iba rindiendo y los terrenos de la casa estaban desestabilizados. En el pueblo la llamaban la «Casa Torcida» y lo cierto es que si colocabas una canica en cualquier habitación de Villa Margúa —que es como se llama en realidad—, corría a una velocidad preocupante hacia el mar.
El taxista hizo un comentario al hilo de esto según llegábamos a la gasolinera Repsol:
—Dicen que la diputación está pensando en expropiar estos terrenos, ¿no?
—Son solo habladurías —le respondí secamente.
Desde la Repsol salía el caminito de subida a la casa. Arriba, Villa Margúa surgía frente a unos frondosos pinares que discurrían por todo lo largo del acantilado.
Llegamos frente a la verja de entrada justo cuando comenzaban las primeras gotas de lluvia. Dana apareció corriendo con un paraguas. Mirari y Erin dijeron que no querían molestar, pero Dana insistió: «Jon ha dicho que paséis. Además tengo almuerrzo listo: alubias rojas con sacrramentos». Nos reímos de cómo sonaba ese plato típico en labios de una ucraniana. Dana había trabajado en un hotel del pueblo durante muchos años y conocía el recetario vasco de pe a pa. «Pimientos, muchos pimientos, siemprrre pimientos».
Mi abuelo esperaba bajo el portón del garaje, con las manos metidas en los bolsillos. Jon Garaikoa era un armario de espaldas anchas vestido con un eterno jersey desgastado de color oscuro. Tenía un oído sordo y una larga cicatriz en la frente: heridas de guerra de un viejo marino. Por lo demás, aún conservaba una buena cabellera de color plata y dos ojos pequeños y oscuros, avispados, reflexivos y duros.
—Le veo más delgado, Jon —dijo Mirari.
—Es la rusa, que me mata de hambre… ¡y de sed!
Lo dijo en voz alta para que Dana pudiera oírle, pero a Dana le daba igual. Su trabajo era cuidarle y lo hacía a conciencia. Mucha verdura y pescado blanco, poca carne, nada de frituras. Y sobre todo le controlaba el vino. Los neurólogos se habían apresurado a quitarle el alcohol ante sus primeros achaques y Dana se lo había restringido a tres vasos diarios. Uno en la comida, dos en la cena. Mi abuelo, que era capaz de beberse una botella al día, lo vivía como un calvario.
—Anda, Álex, saca una botellita de vino. Hoy es un día que hay que celebrar.
La tormenta caía a chorro. Un viento furioso embestía la casa de frente, que sonaba como un barco estremecido por el oleaje.
—Ya no me acordaba de cómo sonaba esta casa —dijo Mirari en el salón—. Siempre que veníamos de niñas nos moríamos de miedo.
—Te acabas acostumbrando. —Dana dio una palmadita contra la pared, como si le palmeara la espalda a la casa—. Tiene buenos cimientos.
—¿Habéis recibido algún otro informe del ayuntamiento?
Un técnico municipal hacía mediciones bimensuales de las grietas que había repartidas por las habitaciones. Se temía que los fundamentos pudieran rendirse a tal punto que se nos derrumbara encima. Por el momento, todos los informes nos permitían seguir viviendo allí. Además, no teníamos otro sitio donde caernos muertos.
—A mí tendrán que sacarme con los pies por delante —aseguró el abuelo.
Subí al botellero y saqué un rioja «de los buenos». Dana estaba preparando un canapé y me hizo un gesto como para decirme «no la dejes cerca de Jon». Le guiñé un ojo y regresé al salón con cuatro vasos.
Mirari estaba admirando las esculturas de Jon, y Erin le decía que sus favoritas eran la colección de hipopótamos de madera que «caminaban» cerca de la chimenea.
—Son de Uganda. Hechos a mano por el artista de un pueblo. Compré toda la colección a cambio de una cámara de fotos y dos botellas de brandi.
Aquella era la casa de un marino y se notaba mirases donde mirases. Estatuillas africanas, tapices aztecas, máscaras de kabuki japonés. Había viejas pinturas de barcos, un gran mapa naval y libros para aburrir. Los libros que mi abuelo leía en sus largos viajes a bordo de gaseros y toneleros, durante treinta años. Y en la repisa de la chimenea, la foto que siempre viajó con él. Mi madre con doce años, entre mi abuela y él. Nada más. Los demás recuerdos estaban escondidos, quizá porque dolían demasiado.
Nos sentamos en el sofá y serví el vino. Me aseguré de quedarme con la botella.
—Tienes buen color… —El abuelo me pellizcó la mejilla—. Cuando quieras saber si alguien va a morir pronto, mírale las mejillas.
—Vaya forma de hablar. —Dana venía con unos pintxitos de queso y anchoa.
—Pero es verdad. Una vez, en Uruguay, tuvimos que atender a un hombre que se había caído al fondo de un silo. Cuando lo subieron decía que no le dolía nada, pero tenía el rostro blanco como un hueso. Esa noche ya estaba muerto.
—El doctor le ha dicho que no era nada —dijo Mirari—. Un golpe fuerte. Y lo de la memoria lo irá recuperando.
—Eso de la memoria también es preocupante… —El abuelo me señaló con un dedo—. ¿Sabes tu fecha de nacimiento? ¿Tu peso y altura?
—Todo eso lo sé. Lo único que me faltan son las cuarenta y ocho horas desde el viernes hasta el domingo —dije.
—¿Qué es lo último que recuerdas? —preguntó Dana.
«Un hombre muerto», estuve a punto de decir.
—El jueves estuvimos en la casa de Leire y Koldo haciendo un pícnic. Recuerdo estar allí, en el jardín, con sus mellizos. Nada más. Después me desperté en el hospital.
—Pero eso deja todo el viernes en blanco —dijo Dana—. ¿No recuerdas nada del viernes?
—No.
—Yo te puedo ayudar con eso —dijo Dana—. El jueves llegaste a la hora de la cena. No tenías hambre, pero jugaste una partida de continental. Os di una paliza a los dos. Al día siguiente bajaste pronto al pueblo. Desayunaste en el bar de Alejo y subiste el perriódico y el pan. A las once y media tenías que ir a trabajar a alguna casa.
—Txemi Parra —dijo Erin—, eso es lo que me dijo a mí.
—¿El actor? —Mirari arqueó una ceja por encima de sus gafas negras.
—Sí.
—¡Vaya clientela más selecta!
—¿No recuerdas haber ido allí? —preguntó Dana.
—No. Supongo que fui, pero no soy capaz de recordarlo. Tendré que llamarle para preguntárselo. Y también tengo que encontrar mi teléfono.
—Nueces —dijo de pronto mi abuelo—, ¿tenemos nueces? Son buenas para la memoria.
—Hay nueces —asintió Dana con la cabeza—, pero creo que lo que Álex necesita es tiempo. Tiempo y descanso.