El mentiroso

El mentiroso


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Dana preparó la mesa en el salón. Comimos las alubias rojas que estaban exquisitas y de postre unas cuajadas caseras con miel (en mi caso, acompañada de un plato de nueces). Mirari, siempre tan educada, conversó amablemente con mi abuelo. Eran viejos conocidos y, evitando siempre hablar de mi madre, Mirari sabía entretenerle con chascarrillos del pueblo. ¿Qué fue del cartero aquel que siempre iba en bici? Se jubiló. Y el restaurante de las hermanas Zárate cerró, sí, pero no por esa historia que cuentan sobre un envenenamiento. En realidad, ganaron la lotería y ahora viven en Málaga.

Yo comí en silencio, sintiendo que el bulto de la nuca me dolía cada vez más. Además, notaba una leve ansiedad en el estómago, que trepaba hasta apretarme el cuello. Esa imagen del hombre muerto, que volvía una y otra vez. ¿Y si no era un sueño?

—¿Estás bien, Álex? —Erin me sacó de mis pensamientos.

—Sí, sí, solo estoy un poco cansado. Nada más.

—Este chico siempre está en Babia —gruñó mi abuelo.

—No diga eso, Jon —amortiguó Mirari—. Tiene aspecto de estar muy cansado.

Nada más terminar de comer, mientras Dana preparaba café, Mirari llamó a un taxi. «Lo que tienes que hacer es echarte en la cama y descansar». Erin me dijo que vendría al día siguiente y le dije que estuviera tranquila. «Dicen que va a hacer buen día. Vete a hacer surf. Yo voy a ser un coñazo estos días…». Aunque en realidad había otro motivo para querer estar solo. Necesitaba pensar. Recordar todas esas imágenes que aparecían bailando en mi cabeza como un juego de tiro al pato.

Llegó el taxi. Dana las acompañó con un paraguas y yo subí a mi habitación y me eché en la cama. La cabeza me pesaba como si la llevara envuelta en una toalla mojada, y un temor creciente me agobiaba.

Mi abuelo apareció en la puerta.

—Eh, grumete. Me alegro de que todo haya salido bien.

—Gracias, aitite.

—Me diste un buen susto, ¿eh? Solo tengo un nieto. Recuérdalo y conduce con más cuidado.

—Lo haré.

—¿Qué pasó? ¿Te dormiste?

—No lo sé, aitite.

—Vale. Da igual. Sea lo que sea, es agua pasada. ¿Sabes qué ha sido de la furgoneta?

—Ni idea. Supongo que estará en alguna parte.

—Ya me encargo yo de preguntar. Anda. Ahora duérmete un rato.

Tomé dos paracetamoles y media Dormidina. Solo quería dejar pasar las horas y que mi cabeza comenzara a aclararse. Afuera seguía lloviendo y el viento bramaba. Punta Margúa se doblaba y la casa entera crujía. Una grieta recorría la pared norte de mi dormitorio: la grieta Calipso. Me quedé observándola. A veces, quizá eran imaginaciones mías, la veía agrandarse un poco y después volver a su sitio.

La casa estaba llena de grietas y las teníamos todas inventariadas y medidas, porque era algo que nos habían aconsejado hacía tiempo. El abuelo incluso les había dado nombres de fosas oceánicas: la grieta de las Marianas, en el cuarto de baño de la planta baja (desde el suelo hasta el techo); la grieta de Kermadec, en el salón (la mitad escondida tras la librería); la grieta de Tonga, que subía en paralelo a las escaleras…

Cerré los ojos. El doctor Olaizola había dicho que no debía forzar la máquina intentando recordar, pero lo hice casi de manera inconsciente. Traté de visualizar algo. Empecé por mi último recuerdo. Esa tarde en la preciosa casita de madera con Leire y Koldo. El robot cortacésped. La cháchara sobre las passive houses que apenas necesitaban energía para calentarse. Y esas insinuaciones sobre tener bebés. Logré encadenar una imagen muy vaga despidiéndonos de ellos y entrando en el coche con Erin.

—Koldo es de esas personas a las que les encanta escucharse a sí mismas, ¿no? ¡No ha parado de hablar de su casa en toda la tarde!

—Está muy orgulloso, eso es todo. Mi padre dice que es muy bueno en lo suyo.

—Y lo del robot cortacésped es casi como una vacilada.

—Qué suspicaz estás, Álex.

—Bueno, ¿y eso de tener niños?

Después me dormí y tuve un sueño. Volvía a aparecer en esa fiesta. Yo hablaba de Chet Baker a dos hombres. Uno de ellos era el barbudo de gafitas, el otro…

Un tipo enorme, con una mandíbula de oso que ríe escandalosamente. Viste un traje color tabaco. A su lado hay una mujer pelirroja, que está de espaldas a mí. Lleva un vestido muy sexi con la espalda abierta y me fijo en ella. Un buen trasero.

Les hablo de la tortuosa existencia de Chet Baker, a quien unos matones llegaron a romper la dentadura en una ocasión, por un asunto de drogas, con lo que arruinaron su carrera de trompetista. La verdad es que hablo sin parar. Creo que los estoy aburriendo.

El gigante se disculpa. «Perdón, un segundo». Se marcha y regresa junto a esa pelirroja, que acaba de saludar a unos recién llegados. Yo me quedo a solas con el barbudo. Sus ojos de cuervo, negros y profundos, me miran como si estuviera planeando una travesura. Mira hacia atrás. Parece que quiere asegurarse de que estamos solos.

—Escúchame, Álex. —El humo del puro crea una especie de bruma entre nosotros dos—. Tú y yo tenemos que hablar de algo.

Entonces aparece esa mujer pelirroja, sonriendo. Es más mayor de lo que pensaba al verla por detrás. Me pone una mano en el hombro, cariñosa.

—Álex… No te estará aburriendo nuestro famoso escritor, ¿verdad?

¿Escritor?

El rumor de un trueno me despertó. Uno de esos bramidos de los dioses que viajan por encima de las nubes.

Había dejado de llover, pero el viento seguía aullando fuera de la casa. Podía oírlo rozando la fachada, intentando arrancar las tejas o las ramas de los árboles. Miré mi pequeña alarma de mesilla: las doce y veinte de la noche. Joder con la pastilla: me había hecho dormir casi cinco horas.

Pensé en ese sueño persistente de la fiesta. ¿Y si no fuera un sueño? Las imágenes se habían quedado pegadas a mi cabeza como hojas que se encallan en la orilla de un río. Podía recordarlas. ¿Eran recuerdos? Pero ¿qué hacía yo en esa casa, con toda esa gente desconocida? Y ese tipo de barbas ¿quién era?

¿Un escritor?

Nada tenía demasiado sentido. Recordaba a ese hombre en una fiesta, y después lo recordaba muerto, en el suelo de hormigón. ¿Y si todo fuera una jugarreta de mi subconsciente? Los sueños son así: absurdos. De pronto estás jugando un partido de tenis con tu profe de párvulos. O a bordo de un avión, sentado junto a la chica que te gustaba en el instituto. ¿Y si solo fuera una cara al azar que mi cerebro había entretejido con otras cosas?

No podía seguir acostado, las tripas me rugían. Me levanté de la cama y salí descalzo al pasillo. La casa entera dormía y la primera planta permanecía en silencio. Caminé a tientas sobre la alfombra. Pasé frente a la habitación de mi abuelo, que estaba a oscuras. Tampoco había luz en el dormitorio de Dana, al fondo del pasillo.

Bajé a la cocina. Dana había dejado una cazuela de bonito con tomate sobre la chapa. Me serví un buen trozo y me lo comí mientras ojeaba las revistas de pasatiempos y sudokus que había sobre la mesa. Eran parte de los «deberes» del abuelo. Cosas que los neurólogos habían sugerido. Juegos mentales, de memoria… incluyendo nuestras partidas de cartas. «Los ejercicios de estimulación cognitiva sirven para retrasar el deterioro de la memoria, solo eso, aunque son nuestra mejor baza».

Nadie se atrevía a mencionar las palabras terribles: alzhéimer, demencia…, pero lo cierto es que el abuelo, sobre todo desde que murió mi madre, había empezado a tener pequeños despistes «cada vez más serios». Lagunas de memoria. Olvidos. Incluso momentos en los que parecía quedarse en blanco. Bueno, yo ahora sabía muy bien lo que era sentirse así, en blanco, incapaz de recordar. Era una sensación que te ahogaba si te centrabas en ella. ¿Cuándo comenzaría a recordar? El doctor Olaizola había dicho que «en unos días», pero ¿y si no era así?

Después de cenar fui al salón. El viento enviaba ráfagas de agua contra los cristales y agitaba la hierba y los abetos y rododendros del jardín norte. Al fondo, la negritud del océano, solo rota por las luces diminutas y lejanas de algún buque mercante.

Casi sin pensarlo, me acerqué a la estantería de libros. Mi abuelo tenía cientos de ellos, y afirmaba haber leído «más de mil» en sus tiempos como capitán de barco, cuando un libro era el mejor amigo en las larguísimas y monótonas travesías por los siete mares.

«Escritor», murmuré al recordar ese sueño, ese hombre de barbas hablándome en esa fiesta. «¿Eras escritor?».

Acaricié los lomos de aquellos libros, muchos de cuyos autores eran completos desconocidos para mí. He de admitir que no soy tan gran lector como mi abuelo. Lo que estaba buscando era un tipo «nacional» o, mejor dicho, «un tipo local». Un hombre de barbas y ojos negros de aguilucho.

Saqué un par de libros y miré la foto de los autores: tipos con el pelo color plata, o calvos, o con el pelo rubio. Aquello era inútil. Quizá solo debía esperar un poco más.

Algo sonaba en el jardín. El ruido de un golpeteo. Cogí una manta del sofá, me la puse sobre los hombros y abrí el ventanal. Una ráfaga heladora y un cielo polar me saludaron, pero ya no llovía. Un grupo de nubes rotas huía en desbandada, abriendo grandiosos claros de estrellas sobre el mar.

El golpeteo venía de la cancela de la valla. Fui hasta allí descalzo, sobre la hierba húmeda. El aire en la cara y el frío en los pies me espabilaron un poco. Llegué a la valla y cogí la cancela con la mano. Veintisiete años y aún me daba respeto cruzarla. De niño, mi madre vivía obsesionada con ese acantilado. Era sencillamente incapaz de dejarme solo ni un minuto. Todavía podía verla asomándose por la ventana.

—¿Álex? Quédate cerca de la casa, ¿eh? No te acerques al borde.

—Síííí, ama.

Abrí la cancela. Había unos veinte metros de hierba por delante, hasta el borde del acantilado. En una noche oscura y sin luna como aquella podrías caerte sin tiempo a gritar una sola palabra.

Caminé despacio y me detuve en la linde del sendero. Era la última señal antes del vacío, una ruta pública que comenzaba en Illumbe y terminaba en Bermeo, pero que muy poca gente recorría ya. Al este, el cabo bajaba hasta un mirador con un pequeño aparcamiento, un sitio muy frecuentado por caravanas. Al oeste, a casi dos kilómetros de la casa, el acantilado se rompía en una larga playa que recibía su nombre —Ispilua, «espejo»— del arenal liso y brillante que dejaba la marea al retirarse.

Me quedé allí inmóvil, escuchando el rumor del mar al batir los pies del acantilado. Miré las estrellas y vi las luces rojas y blancas de un reactor, que surcaba el cielo a miles de metros por encima del mar.

«Ama».

—No debemos estar solos. No hemos nacido para estar solos. Cuando yo me vaya, debes ir con tu abuelo. Volver a Illumbe.

A veces era imposible recordarla. Otras veces, su sonrisa aparecía nítida ante mis ojos. Aquella sonrisa mágica que era capaz de aliviar los días más negros. «Estoy bien», no se cansaba de repetirlo. Aunque no era verdad. Ella solo quería protegerme, alejarme del terror y del sufrimiento. Y lo hizo a conciencia, como la madre fuerte y valiente que era. Intentó mentirme aunque no lo consiguió.

La muerte se nos acerca cargada de sabiduría, y en aquel vuelo de ocho horas rumbo a Boston, cuando todavía creíamos que ganaríamos nuestra guerra, mi madre me habló de algunas cosas de las que nunca habíamos hablado.

—Yo no me llevaba bien con él. Pero eso no significa que haya dejado de ser mi padre. Ni tu abuelo. Y hay algo más…

Hasta entonces, ella se había negado a decirme quién era mi padre («para mí siempre estuvo muerto»), pero en ese vuelo Madrid-Boston me lo contó por fin: era un marino que recaló en Illumbe. Me dijo su nombre y me dijo cómo podía encontrarlo. Todo esto lo hizo por el dinero, claro, por ese montón de dinero que no teníamos y que, de alguna manera, yo me las había ingeniado para hacer brotar del suelo.

—La clínica, el tratamiento experimental, el vuelo… Es una fortuna.

—Me las arreglaré, ama.

Mi madre no sabía de dónde había sacado el dinero, pero se temía (con razón) que me hubiera metido en líos…

—Siempre he sabido buscarme la vida.

—Lo sé, cariño, pero a veces todos necesitamos ayuda. No dudes en aceptarla si…

Yo me negué en redondo. Le dije que no necesitábamos a nadie, y menos a ese padre renegado que jamás hizo acto de presencia en mi vida. «También está muerto para mí».

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