El mentiroso

El mentiroso


2. Culpable » 5

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—Oye, ¿conoces un gran caserío que hay cerca del faro Atxur?

Había llegado a Punta Margúa a la hora del almuerzo. Por el camino se me habían venido ocurriendo todo tipo de conspiraciones. Un grupo internacional de neurólogos estaba haciendo un experimento sobre asesinatos e hipnosis conmigo. O era algo relacionado con el mundo del espionaje. O me estaba volviendo loco. O todo a la vez.

Dana estaba en la cocina y se me ocurrió preguntarle a ella. Sus amigas trabajan en casas grandes de la zona y quizá le sonara.

—Por allí hay casas muy grandes. Gente de muchísimo dinero.

—Se llama Gure Ametsa.

—Pero ¿por qué quieres saberlo?

—Sin más… Me han pedido un presupuesto de jardinería un poco alto y quisiera saber con quién voy a tratar.

—Vale, ya me informo —dijo ella con un gesto suspicaz—. Mandaré a mis espías a preguntar.

—Gracias. —Me sentí más aliviado—. Oye, ¿dónde está el abuelo?

—Arriba. No sé qué le pasa. Lleva toda la mañana encerrado. ¿Puedes decirle que baje a comer?

Mucho me temía que sabía lo que le ocurría. Subí las escaleras. Di dos toques en la puerta del despacho.

—Dejadme, joder —gruñó Jon—, no tengo hambre.

Estaba sentado de cara a la ventana. El despacho en penumbras. Ni siquiera se había molestado en esconder el coñac.

—¿Es por lo del coche?

—No voy a ser una carga para nadie, Álex.

—¿Qué dices, abuelo?

—Nada. Nada.

Me acerqué a él. Tenía el viejo álbum de fotos en las piernas. Mi madre, dieciséis años, preciosa.

—No puedes alimentarte de coñac.

—Voy a bajar. Solo necesito un rato a solas.

—Vale.

—Álex.

—¿Qué?

—No le digas nada a Dana, de lo del coche, por favor.

—Hecho.

Se quedó callado, mirando la foto de mi madre.

—Oye. Mañana es el día de Todos los Santos y no me apetece ir con todo el gentío. ¿Me acompañas hoy a ponerle unas flores a tu ama y a la abuela?

—Claro, aitite.

El camposanto estaba en un lugar precioso, frente al mar y anexo a una vieja ermita dedicada a Santa Cecilia. Un lugar que olía a mar y a hierba. Tras haberse pasado la vida huyendo de su pueblo, mi madre había querido volver a Illumbe a descansar.

Fuimos hasta su nicho y el abuelo posó unas rosas blancas que habíamos recortado de nuestro jardín.

—Tus preferidas, hija —le dijo. Y se quedó callado, en lo más profundo de algún recuerdo que le cortó el habla.

Yo también me quedé con los labios prietos y las lágrimas asomando en los ojos. Pensaba en mi niñez con ella. En los veranos que pasamos allí. Recuerdos que parecían grabados con una cámara Super-8. Recuerdos de veranos eternos, cielos azules y paseos por la playa. Tardes aburridas de lluvia o mediodías radiantes tostándome en la arena. Fantásticos combates en las olas, accidentes con bicicletas y heridas en las rodillas.

No sé cuántos veranos pasamos allí, pero puedo decirte cuál fue el último. El año que nos mudamos a Madrid, cuando mi madre consiguió un trabajo en la aseguradora y cambiamos nuestro piso del casco viejo de Bilbao por un apartamento en la calle Santa Engracia. Yo tenía doce años y recuerdo aquello como un pequeño trauma, lo de cambiar de colegio, sobre todo. Siendo hijo único, sin hermanos en los que apoyarme, con mi madre demasiado ocupada en su nuevo trabajo, recuerdo aquella noche antes del primer día de cole, pensando en todo lo que podría salir mal, imaginando todo tipo de situaciones terribles.

Después no fue para tanto. Hice amigos y fuimos bastante felices en Madrid, al menos hasta mis dieciséis años, cuando mi madre conoció y se enamoró de cierto impresentable. Un directivo de su empresa llamado Andrés Azpiru. Hasta entonces había tenido novios, tíos con los que salía a cenar y que a veces despertaban en casa, aunque muchas otras escapaban bien prontito. Hubo de todo en la lista: periodistas, profesores, músicos (uno de ellos me regaló mi primera guitarra). A mí no me importaba demasiado, porque mi madre en ese sentido siempre fue muy honesta. Eran novios —ligues, como decía ella—, pero que no cambiaban nuestra vida. Seguíamos unidos en nuestro desbarajuste existencial, en nuestro apartamento mal decorado, en nuestra pequeña familia de dos. Pero entonces apareció este tipo. Andrés. Recuerdo la primera vez que lo trajo a casa a cenar, me pareció increíble que mi madre pudiera estar con un tío así. En traje, con su pelito repeinado y su porte de aristócrata. Mi madre, además, se comportaba como una idiota, pidiendo disculpas por todo. Los platos, los vasos, la comida. Pero ¿qué estaba pasando? ¿Se había vuelto loca? Cené y aguanté el chaparrón como pude. Después me recluí en mi cuarto y me pasé horas tocando la guitarra y rezando para que ese tío engrosara lo más rápidamente posible la lista de «ligues pasajeros» de mi madre. Pero había algo en toda la puesta en escena que me escamaba. Un aire de ceremonia que había logrado ponerme nervioso. Aquella noche, cuando el sueño pudo conmigo y me derrumbé sobre el colchón en vaqueros y con mi Les Paul de imitación, sabía que algo había cambiado. Que mi vida, quizá, nunca volvería a ser igual. Y así fue.

Mi madre se terminó casando con Andrés Azpiru. Por mucho que le rogué que no lo hiciera. Por mucho que le pedí que no jodiera nuestro pequeño mundo metiendo a aquel extraño en casa, ella lo hizo. Insistía en que Azpiru era un buen hombre, que nos daría todo lo que nos faltaba: una vida mejor, poder llegar a fin de mes, irnos de vacaciones, etcétera. Yo tenía dieciséis años, era demasiado joven para comprender que la vida a veces es complicada… Esa parte es cierta: la vida se complica. Pero también es cierto que a mis dieciséis tenía ya una buena intuición con las personas. Y no me equivoqué sobre Andrés Azpiru. Era un gilipollas con todas las letras.

Las nuevas comodidades, las vacaciones en Mallorca, la Vespa que me regalaron por mi decimoséptimo cumpleaños y mi nueva «paga» no lograron enmendar las cosas. Quizá sirvieron para adormecerme un poco, pero la pelea estaba servida. No quiero hacer un relato demasiado extenso de cómo en cuanto cumplí los dieciocho terminé marchándome de casa, portazo por medio, y jurando por mi vida que no volvería jamás. Baste decir que «el jefe» (el apodo que terminé poniéndole) y yo no nos aguantábamos. Él quería «construirme», decía que yo «estaba sin moldear, asalvajado», y que eso explicaba mi «estúpido sueño» de ser músico. Cada vez que decía eso, yo subía un poco más el volumen de mi ampli. No sé si me entiendes. Mis riffs (Deep Purple, Led Zeppelin, Black Sabbath en aquellos días) eran como balas de una ametralladora. Cuanto mejor los tocaba, más letales me parecían. Mi madre me culpó de ser intransigente, de no querer colaborar en una vida «que necesitábamos». Yo me enfadé con ella. La acusé de alta traición, y un día incluso le dije que se había prostituido por dinero. Supongo que más o menos entonces ella me dijo que me largara con viento fresco, cosa que hice.

Encontré una habitación y un trabajo, y desde entonces mi vida se convirtió en una sucesión de habitaciones y trabajos. La lista ocuparía un pequeño tomo en sí misma. Videoclubs, tiendas de gominolas, librerías, pequeñas tiendas de cómics, trabajé incluso en un sex-shop, un trabajo que curiosamente fue muy aburrido. Al cabo de tres años ya era un experto en sacarme las castañas del fuego, pero mi madre, que ya me había perdonado, insistía en que la vida era mucho más que «poder pagarse el alquiler». En el fondo no podía dejar de ser mi madre. Me pasaba algo de dinero todos los meses, venía a verme a mi trabajo y se horrorizaba con mis cambios constantes de peinado (en concreto recuerdo el día en que me encontró con el pelo teñido de azul). Después, cuando comencé a actuar por Madrid, solía dejarse caer por mis conciertos. Toda elegante, como una dama, se colocaba en primera fila, rodeada de tíos tatuados y con collares de perro al cuello. «La música está muy bien, pero tienes que seguir estudiando. Andrés dice que está dispuesto a pagarte un colegio mayor y…».

¿Qué habría estudiado si hubiera estudiado? Periodismo, seguramente. Siempre se me ha dado bien escribir. El problema es que yo no quería ni oír hablar de Andrés, y mucho menos deberle algo. Tomé una decisión: hacer mi vida. Jugar mis cartas, aunque fuesen malas, pero sin doblegarme ante los gilipollas. Con dieciocho era imposible saber muchas cosas, como que siempre hay un «jefe» esperándote en todas partes —como dice Bob Dylan: «You have to serve somebody»—, o que los que dicen que el dinero no da la felicidad nunca han sido pobres. Aunque también es cierto que a los dieciocho somos mucho más listos para algunas cosas, sobre todo en lo relativo a los gilipollas.

Sobreviví tres años de esa manera, sin conseguir una mierda en el mundo de la música, viviendo de trabajillos y divirtiéndome con el dinero que me sobraba tras pagarme la vida. Entre tanto, ocurrió una de esas cosas que le dan sal y pimienta a la existencia. Rafa, un buen amigo que tenía entonces, llevaba meses tonteando con la idea de viajar. Tenía un grupo de amigos en Amsterdam que habían logrado establecerse y encontrar trabajo. Ahora no recuerdo quién de los dos lo hizo, pero sé que en una tarde de cervezas y conversación, compramos dos billetes de ida y así empezó nuestra aventura holandesa. Nos esperaban muchos días de pies mojados, hambre, frío, constipados y terribles historias de apartamentos gélidos y llenos de bichos, gente extraña y trabajos que rayaban la esclavitud… Y durante esos primeros dos años fue cuando conocí a cierta gente interesante y peligrosa. Necesitábamos el dinero y nos enseñaron a desarrollar determinadas actividades lucrativas para las que no hacía falta un currículum brillante, solo tener las pelotas en su sitio, una bicicleta y saber contar dinero a velocidad. Fueron solo un par de años, aunque para mí fue como la universidad. Después lo dejé, y pensé que sería para siempre. Pero nunca sabes cuándo vas tener que tirar de alguna de tus habilidades.

Y así pasaron cinco años casi sin darme cuenta, y durante ese tiempo, viví en ocho habitaciones, tuve seis trabajos, una decena de novias y mi cuenta de banco llegó a tener tres mil euros una vez (aunque enseguida la fulminé).

Mi madre acabó divorciándose del idiota de Azpiru. Resultó que el tío llevaba dos años siéndole descaradamente infiel, aunque ella había evitado contarme nada de sus miserias durante todo ese tiempo. Era Pascua así que decidí cogerme un par de semanas de vacaciones y me fui a Madrid a estar con ella y ayudarla con la mudanza. Estaba dolida, descolocada, pero no del todo desesperada. Me imagino que ella también había terminado comprendiendo lo gilipollas que era el tío. Además, el divorcio le había dejado algo de dinero. Me dijo que quería invertirlo en mí: que aprendiese alguna profesión. Y yo salí con la respuesta más rara del mundo: quería aprender a ser jardinero. En Holanda, había trabajado en un vivero de tulipanes y me había dado cuenta de que me encantaba. Así que mi madre me pagó un curso de técnico en jardinería en una granja holandesa. Y durante los dos años siguientes, volvimos a ser aquella familia de dos que siempre habíamos sido. Nos fuimos juntos de vacaciones. Visitamos al abuelo. Celebramos la Navidad en Madrid. Dos años fantásticos, pero solo dos.

En el verano de 2017, creo que era junio, yo cruzaba la plaza Dam con mi bicicleta, rumbo a un ensayo, y comenzó a sonarme el teléfono. Me paré en un semáforo, lo cogí y escuché a mi madre llorar al otro lado, incapaz de articular palabra. Sollozaba y sollozaba diciendo mi nombre. Finalmente, cuando logró tranquilizarse un poco, me dijo que acababa de salir del médico. Unos análisis de rutina habían detectado algo muy malo.

Le pregunté cómo de grave era y ella respondió que era «gravísimo».

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