El mentiroso
2. Culpable » 6
Página 16 de 55
6
Después del cementerio, tomamos un par de vinos donde Alejo como para resucitar nuestros corazones. El abuelo cogió color y se puso a saludar a todo hijo de vecino. Alejo le preguntó cuándo iba a ir de pesca. «Te van a quitar los mejores chipirones». Y el abuelo le replicó orgullosamente que ya lo tenía todo planeado para ir el domingo. Me miró. «Y tú vienes también».
Volvimos a Punta Margúa. Eran las seis de la tarde y había quedado en recoger a Erin en su colegio en media hora. Me dio el tiempo justo de ponerme una camisa decente y salir.
Erin se pasó todo el camino hablándome de sus alumnos de ocho años. Tenía problemas para imponer su autoridad en el aula.
—No estoy acostumbrada a la confrontación, eso es todo. Pero a alguno lo tiraría por la ventana.
—¿Por qué no lo haces? Estoy seguro de que los demás empezarían a portarse bien ipso facto.
La casa familiar de los Izarzelaia era uno de los máximos logros del estudio de Joseba. Una casa compacta, revestida de láminas de madera de alerce y con dos plantas de unos trescientos metros cuadrados, además de dos módulos independientes donde se ubicaban los servicios de la casa y un miniestudio de home working. Por su aspecto modular y sus grandes terrazas en voladizo parecía una nave alienígena que acabara de aterrizar en las faldas del monte Katillotxu.
Ya había una veintena de coches aparcados a los lados del camino que conectaba la carretera.
—¡Cuánta gente! —dijo Erin—. A mis padres últimamente se les va la mano con las fiestas.
Dejé el Mercedes al final de la cola y nos dirigimos a la casa andando. Hacía una noche seca y fría. Cielo azul oscuro entre nubes negras.
—Al final ha quedado buena noche para una barbacoa. Mi padre estará encantado.
Joseba Izarzelaia, mi suegro y el fundador de la exitosa Edoi Etxeak, siempre decía que uno no podía fanfarronear de que tenía una empresa «familiar» si no podía llevarse a sus empleados a casa de vez en cuando. Esa noche había doble motivo, según me contó Erin. Por un lado, el fin de semana extralargo que comenzaba ese jueves; por el otro, las buenas noticias de Tokio, donde al parecer habían conseguido un importante contrato para un centro de conferencias.
Un gran gentío se distribuía por el jardín frontal de la casa, iluminado por luces y farolillos colgados entre los árboles. Sonaba música desde el salón y había una marabunta alrededor de la pequeña piscina, como si quisieran tentar a la suerte.
Nada más entrar, nos topamos con Koldo, que iba persiguiendo a sus dos gemelos, con un par de botellines de cerveza en la mano.
—¿Quieres una? —me dijo—. La he cogido para Leire, pero no sé dónde se ha metido.
—Iré a buscarla —dijo Erin.
Yo me quedé con Koldo bebiendo aquella birra y persiguiendo a los gemelos por el jardín.
—Cuando son bebés no hay problema, el lío llega cuando se ponen a andar —bromeó con una gota de sudor en la sien.
Hice algún chiste sobre ello y me metí un trago de cerveza en el cuerpo. El olor a carne a la brasa me atrapó la nariz inmediatamente. Miré hacia la multitud que se apiñaba cerca de una gran parrilla humeante, en el portalón de la casa. Erin había comenzado su habitual ronda de saludos y abrazos a ese montón de gente que ella sí conocía.
—¿Son todos compañeros de la empresa? —le pregunté a Koldo.
—Bueno, hay de todo. Socios, amigos de la familia. El trato de Japón es un verdadero puntazo, ¿sabes? Incluso se rumorea que hay un gran grupo pensando en comprarnos.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Depende. Para Joseba es algo malo. Dice que perderíamos la esencia de la pequeña empresa. Él se resiste a la idea, pero no todo el mundo está de acuerdo.
—Te refieres al otro socio, ¿no?
Koldo se rio.
Eduardo Sanz era el socio principal de Joseba. Una leyenda contaba que había salvado la empresa in extremis, a golpe de talonario, cuando Edoi todavía estaba despegando y pasaba momentos duros. A cambio de ello, se había alzado con casi la mitad del poder de decisión.
—La diferencia entre un empresario o un inversor es que el empresario es un creador —dijo Koldo—. El inversor solo quiere ver inflarse su dinero. Le da igual cómo o a quién haya que llevarse por delante.
Casualidades de la vida, según hablábamos de todo esto, vi a Denis a lo lejos. El «superhermano protector» de Erin era un chico alto, de buena planta y con un gusto exquisito para la moda. Erin y él charlaban dentro del mismo circulito. Se reían a carcajadas de alguna «gran anécdota» de las que solían contarse entre ellos. Siempre que le veía me preguntaba qué coño habría visto Erin en un pobre cortahierbas delgaducho y sin un futuro demasiado claro. ¿Quizá sus ansias reproductivas le habían nublado el juicio?
En fin, controlé mi complejo de inferioridad y me terminé lo que me quedaba de botellín. Después recogí el de Koldo y le dije que volvería en breve, aunque no tenía pensado hacerlo. Estar a la zaga de dos gemelitos de año y medio no era precisamente mi idea de una fiesta.
Además, tenía hambre. Y el aroma de la barbacoa era ya demasiado intenso.
Di un pequeño rodeo para evitar el círculo de Erin y Denis. Hay una norma social no escrita sobre lo de acercarte a tu pareja en una fiesta: tus habilidades sociales son una mierda si no sabes separarte y buscarte tus propias conversaciones. Así que me acerqué a la barbacoa donde un gentío revoloteaba pidiendo brochetas, hamburguesas o salchichas vegetarianas a un chef de aspecto oriental que trabajaba a destajo. Casi antes de darme cuenta tenía en la mano un plato con un rico pincho de pollo al curri y una ensalada. Había un gran barril de hielo lleno de latas de cerveza. Todo muy casual, casi como si fuera una fiesta universitaria. Cogí una y me acodé en una mesa alta, donde un chico y una chica charlaban. Apoyé el plato, abrí la cerveza y estuve comiendo en silencio mientras les escuchaba hablar.
—Fuimos a comer ramen a un sitio pequeñito cerca de la estación de Shinjuku, ¿lo conoces?
Hablaban de Tokio y pensé que posiblemente eran parte del equipo que había estado con Joseba en su visita comercial. Tenían aspecto de dos jóvenes triunfadores.
—¡Sí! Creo que Joseba siempre va al mismo. ¿Te llevó a un karaoke?
—¡Sí!
Empecé a morder mis trozos de pollo mientras me ponía al día sobre Tokio. La verdad es que me alegraba de estar solo. Las únicas dos maneras de comer esa brocheta era con tenedor o mordiendo como un cromañón. Y yo no tenía tenedor.
—Y después jugamos al pachinko.
Entonces, según tiraba de un trozo de pimiento con los dientes, me fijé en un tipo muy grande que no estaba lejos de nosotros. Mediría casi dos metros de alto y tenía el cuerpo de un toro. Su poderosa espalda apenas cabía dentro de su americana color crema. Estaba de pie, junto a una mesa, y se reía a carcajadas.
—¿Qué es eso?
—Es como un pinball en el que disparas cientos de bolitas…
Conseguí liberar el pimiento y lo mastiqué mientras observaba las espaldas de ese gigante. Entonces ocurrió. Lo vi.
Un tipo enorme, con una mandíbula de oso que ríe escandalosamente. Viste un traje color tabaco. A su lado hay una mujer pelirroja, que está de espaldas a mí. Lleva un vestido muy sexi con la espalda abierta y me fijo en ella. Un buen trasero.
¡Era él! El Hombre Grande que aparecía en la fiesta, en mis sueños…
Los ingenieros seguían hablando de niguiris, makis, giozas… y yo salí caminando como un autómata hacia el gigante. No sabía cómo iba a hacerlo, pero iba a hacerlo. Tenía que hablar con él. ¡Había estado en la misma fiesta que yo! ¡Él podría ayudarme!
—¡Vaya, por fin te encuentro!
Me giré, todavía atónito, medio sumido en sueños.
—¡Joseba!
Joseba Izarzelaia se rio a carcajadas. Ojos claros, cabeza bien rapada y una mirada penetrante, inteligente.
—¿Qué haces aquí solo? ¿Cómo estás? —Señaló mi cabeza.
—Bueno… Me voy recuperando.
—Anda —dijo pasándome el brazo por el hombro—, ven conmigo y tira esa cerveza por ahí. Te voy a dar a probar algo alucinante que he traído de Japón.
No pude evitarlo. Miré hacia el Hombre Grande, que seguía de espaldas a mí.
Tenía que hablar con él, preguntarle un millón de cosas, pero Joseba me arrastraba hacia la casa.
«Ya te pillaré», pensé.
Joseba me guio hasta el módulo independiente, su miniestudio-galería-despacho. Allí tenía, además, una salita de exposiciones. La maqueta del celebrado centro de conferencias de Tokio estaba allí en medio, iluminada por una lámpara de leds.
—Enhorabuena por esto. —Lo señalé—. He oído que te ha ido muy bien.
—Mejor que bien. Un contrato gubernamental tan potente nos lanza a las estrellas, Álex.
Joseba me invitó a sentarme junto a la terraza que se elevaba en voladizo hacia el valle, creando unas vistas perfectas. Fue a su pequeño bar y regresó con una botella de arcilla blanca y dos vasos.
—En Tokio he aprendido que uno nunca debe servirse su propio vaso de sake.
Llenó mi vaso y después me pasó la botella. Hice lo propio.
—Por el trabajo bien hecho —brindó Joseba.
Le di un trago y noté que una gran bomba de vapor alcohólico me subía hasta la cocorota. Joseba también acusó el golpe. Nos reímos.
—Joder. Esto sí que es agua de fuego. —Se recostó y dejó vagar la mirada en el techo—. No he parado ni un minuto desde el avión. ¿Cómo estás? Erin me ha contado lo de la amnesia.
—Gracias, voy mejorando. El doctor dijo que iría recordando, poco a poco y…, bueno —pensé en ese gigante—, creo que está ocurriendo.
—Si necesitas algo, dímelo, ¿vale? Conozco un neurólogo muy bueno en Bilbao.
—Gracias. Quizá eso del neurólogo me interese para mi abuelo.
—¿Sigue con sus despistes?
—Digamos que ha empeorado. Hoy ha tenido un flash muy gordo mientras conducía…
—Vaya… Pues cuenta con ello. Lo podemos incluir en el seguro médico de Edoi. Y hablando de eso… Quería comentarte algo. Ni Mirari ni Erin lo saben, ¿eh? Es un pequeño secreto y quiero que siga siéndolo.
No dije nada, pero asentí.
—Quiero ofrecerte un trabajo en la empresa —dijo Joseba.
—¿Qué? ¿A mí?
—Sí. A ti.
Me reí. Quizá era el sake, o una extrema felicidad que no supe canalizar bien.
—¿Te hace gracia?
—Bueno, es que no me imagino qué podría hacer yo en Edoi… No tengo ni idea de nada.
—Después de pasarte tantos años en Holanda, me imagino que hablarás inglés decentemente. ¿Holandés? ¿Alemán?
—Inglés muy bien. Holandés pasable. He oído que el alemán no queda demasiado lejos si sabes los dos anteriores.
—Pues ahí lo tienes. Me interesan los idiomas.
—Pero ¿para qué?
—Verás, tengo grandes ingenieros en la empresa, pero sin demasiada chispa comercial. Les pasa al noventa por ciento de los ingenieros. Y en cambio, si buscas un comercial profesional, suelen ser tíos con ojos de serpiente que suenan a caja hueca. Yo estoy buscando a alguien de verdad. Y tú tienes eso, Álex. Cuando hablas, suena a verdad, humilde pero absoluta. Y eso me gusta. Creo que concuerda con lo que quiero transmitir.
—Soy bueno metiendo trolas, ¿a eso te refieres?
Se rio.
—Eres más que eso. Y yo necesito un representante de confianza. ¿Crees que podría interesarte?
Apuré el maiku. Aquello era emocionante. Vaya semana.
—No firmarías nada, ni venderías nada. Pero viajarías mucho. Hay un montón de ferias a las que no vamos y que quiero empezar a cubrir. Tendrías que formarte un poco, pero sería un buen primer empleo. Después, si lo haces bien (y no me cabe duda de que será así), habría una carrera esperándote. Más tranquila, con menos viajes. Hay que cuidar a la familia también…
Esa mención a la familia… ¿Seguro que todo esto no era por Erin?
—¿Y bien? —dijo Joseba—. ¿Cómo lo ves?
—Esto es una bomba, realmente.
—Te lo puedes pensar, desde luego. Comprendo que tienes la vida ya montada, y que esto es algo que te cae del cielo.
«Exactamente del cielo», pensé.
—Quizá prefieras seguir con lo tuyo…
—¿La jardinería? —dije—. Bueno…, no es que sea lo mío. Pero me vi llegando a los treinta sin haber aprendido ni una profesión. Y no quería seguir sirviendo cervezas toda la vida.
—Desde luego. Pero ¿te ves así toda la vida? Los trabajos físicos van bien cuando eres joven, pero te garantizo que a mi edad apetece muy poco ponerse a cargar con una segadora.
—En realidad, mi plan era convertirme en jefe. Montar una empresa. Todo eso…
Joseba sonrió.
—Eres un tigre, Álex. Seguro que te va bien, hagas lo que hagas. Pero mi obligación es intentar tentarte un poco. ¿Qué te parecerían sesenta mil euros al año, coche de empresa y seguro médico? Eso sería para empezar. ¿Qué me dices?
«Que le follen a la hierba», pensé.
—Joseba, ¿puedo ser directo contigo?
—Sí.
—¿Haces esto porque salgo con tu hija?
Joseba me miró en silencio y con gesto grave. Pasaron unos eternos segundos en los que llegué a pensar que la había cagado profundamente con esa pregunta.
—¿Más sake? —dijo por fin.
Me llenó el maiku y se olvidó de la tradición para llenarse el suyo. Bebimos.
—Te voy a hablar claro, porque creo que te lo mereces. Mirari y yo no pudimos tener más hijos. No digo que seamos infelices por ello, lo hemos superado. Pero desde que te conocí, te he sentido como alguien muy cercano. ¿Por qué no decirlo? Como un hijo.
Bebí un largo trago y seguí escuchando.
—Y desde el primer día, sentados en la cabaña de la playa, tuve una impresión sobre ti. La de que eras un fenómeno que nadie había sabido dirigir correctamente. Permíteme que sea muy sincero contigo: creo que si terminas tus días como jardinero, estarás desaprovechando un potencial gigante. Yo trato con mucha gente a diario y tengo un ojo clínico para las personas. Y hazme caso: tú puedes hacer mucho más.
—Gracias, Joseba. No sé qué decir.
—Di que aceptas. En serio. Me encantaría enseñarte, y admito que es como invertir en mi propia familia. Todos salimos ganando.
Se rio, y yo… también.
—Nunca me han enchufado en nada —dije—, siempre me he buscado la vida por mí mismo. Yo no sé…
—A ver, Álex. ¿En qué lugar quedaría yo si te contrato y resultas un bluf? Habría una comidilla terrible en la empresa. «Joseba enchufa a su yerno, que es un capullo». No puedo permitir que eso ocurra. Pero confío mucho en mi instinto. Sé que va a funcionar.
Yo no sabía qué decir. Estaba emocionado, pero al mismo tiempo incrédulo.
—Y con todo este jabón que te he dado —Joseba alzó el vaso—, ¿podemos brindar por tu próxima incorporación?
—Yo creo que…
No dije nada más. Le choqué el vaso y bebimos.
—Venga, volvamos a la fiesta. ¡A celebrar!
El sake me hizo caminar con alas en los pies. Tenía una sonrisa muy tonta pintada en la cara, ¿en serio podía tener tanta suerte? Con un buen sueldo podría dejar mi chapuza. Adiós a las fábricas abandonadas, los mensajes por Telegram y las mercancías peligrosas. Ahorraría de mi sueldo para pagar el préstamo, aunque tardase años en hacerlo. Joder…, todo aquello era demasiado bueno para ser verdad.
Demasiado bueno…
La cara de Félix Arkarazo, muerto en el suelo de la fábrica, vino a mí como un fantasma volando sobre las montañas.
«¡Eh! ¿Te acuerdas de mí? Sigo aquí, pudriéndome gracias a ti».
Joseba me quería presentar a unos amigos, pero me disculpé diciendo que tenía que buscar el baño. En realidad, lo que buscaba era otra cosa: el Hombre Grande y algunas respuestas.