El mentiroso

El mentiroso


2. Culpable » 7

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La música estaba un poco más alta y la noche era un poco más oscura, pero ese tipo no debería de ser difícil de localizar. Empecé por donde lo había visto antes, en las mesas altas que había junto a la barbacoa. Pero allí no había ni rastro del gigante. Debía de haberse movido.

La fiesta tenía otros dos focos. Uno era el salón, donde en el equipo de estéreo estaba sonando a tope «If You Can’t Rock Me», de los Stones. El otro ambiente —más chill out— estaba en la piscina iluminada. Comencé por el salón. Vi a Erin sentada en el sofá y rodeada de un montón de gente. Nos saludamos en la distancia. Cogí una copa de cava y un canapé. Eché un vistazo. Una chica, bastante borracha, se me puso a hablar aunque yo era incapaz de oír nada. Mick Jagger bramaba a dos metros de mí, a través de un equipo Harman Kardon que podría ambientar una discoteca entera.

Salí fuera. El jardín, oscuro, lleno de sombras. Mirari estaba por allí, con un grupo de amigas; por supuesto no me vio detrás de sus gafas negras. Así que me acerqué a decirle hola.

—Este es Álex, el novio de Erin.

—Muy guapo —dijo una de aquellas mujeres—. Y te has llevado a la princesa de la casa, ¿eh?

—La cuida muy bien —añadió Mirari como si yo no estuviera allí—, estamos muy contentos con él.

Quizá Mirari también había bebido sake, pero me dio un beso y todo, entre las risas de sus amigas. Me despedí y seguí caminando hacia la piscina, y en ese momento le vi sobresaliendo entre un montón de cuerpos pequeños. El Hombre Grande estaba allí, al borde de la piscina, charlando con un par de chicas mientras sujetaba una gran copa de gin-tonic que parecía un vasito de tequila entre sus gigantescos dedos.

«Vale. Ha llegado la hora de la verdad».

Fui hacia allí con tal determinación que ni siquiera me fijé en que Leire y Denis estaban también al borde de la piscina.

—¡Eh! Pero mira quién es —dijo Denis—. El chico de los accidentes.

—Así me llaman —respondí.

Denis me miraba fijamente, pero yo no tenía ganas de seguir la conversación con él.

—¿Has visto a Erin? —preguntó Leire.

—Estaba en el salón hace un minuto —dije.

—¡Ah! Tengo que decirle algo, ahora vengo.

Leire se marchó y Denis y yo nos quedamos en silencio. El Hombre Grande estaba ahora a tan solo dos metros de mí, y yo en realidad no quería hablar de nada con Denis. Digamos que nuestras pocas conversaciones hasta la fecha no habían sido demasiado agradables. Pero lo cierto es que no sabía muy bien cómo dar el siguiente paso. Fue él quien tomó la palabra:

—¿Qué tal va tu amnesia?

—Mejor. Poco a poco.

Noté cómo le salía una sonrisa de oreja a oreja.

—Amnesia —repitió mirando a la profundidad de aquella piscina iluminada—. Buen truco.

—¿Qué?

Denis se sonrió. A su espalda, el Hombre Grande volvía a reírse con sus estruendosas carcajadas.

—Lo de irte de parranda y después decir que no te acuerdas de nada.

Dijo eso y me palmeó el brazo.

—Pero ¿de qué estás hablando, tío?

—Lo sabes muy bien. A mí no me la pegas…

—¿Qué? Mira…, ahora no tengo tiempo de hablar de esto.

En ese mismo instante, el Hombre Grande se giró hacia mí. Fue como un flechazo. Nuestras miradas se encontraron y no se pudieron separar. Me había reconocido. Estaba seguro.

—Mira, Álex. Te he dado algo de tiempo por deportividad —dijo él—, para que se lo digas a Erin. Pero quizá tenga que hacerlo yo.

—Haz lo que quieras. No sé de qué hablas.

Le dejé con la palabra en la boca y di un paso para rodearle. Denis debió de quedarse alucinado con aquella reacción, y honestamente me importaba bien poco.

Avancé hasta el Hombre Grande.

—Hola —le dije.

—Hola —respondió él.

Su voz encajaba correctamente con su calibre. Era profunda, como si surgiera de una caverna.

—Me conoces, ¿verdad?

—Claro que sí —dijo él.

—Perfecto, porque necesito que hablemos.

—Hablemos entonces. ¿Qué hacías en mi casa esta mañana? —me preguntó.

—¿Qué? ¿Tu casa?

—¡Ah! ¿No lo sabías? Claro… No habrías tenido la caradura de hablarme, ¡ladrón! —exclamó el gigante.

Las chicas que estaban a su lado se quedaron de una pieza. No solo ellas. Todos los que estaban en un radio de dos metros guardaron silencio repentinamente.

Miré a mi alrededor y vi todas esas caras fijas en mí, incluyendo la de Denis.

—Espera… Te equivocas.

No fue un puñetazo (tal y como luego aseguró alguien), sino un empujón. Un pequeño empujón a decir verdad. Solo que al ver que me caía, eché mis dos brazos hacia delante, y sin querer le golpeé de vuelta.

La buena noticia fue que había agua, una piscina entera para mí. La mala es que me zambullí a una temperatura de unos catorce grados. Pero tampoco es que me diera mucha cuenta de todo esto. Aquel chapuzón provocó algo muy interesante.

—¡Eh, Álex! ¿Tienes un segundo?

Hace un día claro. El cielo es perfectamente azul y el sol del mediodía cae con fuerza sobre mi espalda. Estoy empujando mi segadora con cuidado, sobre la línea de la banda, deleitándome con el aroma de la hierba recién cortada y el salitre del mar. Es la casa de Txemi Parra.

—¡Eh, Álex! ¿Tienes un segundo?

Le veo venir por el jardín con un teléfono en la mano. Vestido con unos pantalones de kickboxing color pistacho y una camiseta de The Killers. Un tipo guapo, con buena planta, los mejores cincuenta años que jamás hayas visto.

Se acerca a mí diciéndome algo, pero no puedo oírle debido al ruido del motor.

—¿Qué?

Apago el motor. Txemi lleva el teléfono tapado con una mano, como si estuviera en medio de alguna conversación.

—¿Cómo lo tienes esta tarde? —me pregunta—. Es para una amiga. Celebra una fiesta esta noche y tiene al jardinero de baja.

—¿Esta tarde? Creo que no tengo nada. ¿Cómo de grande es el terreno?

—Es como el mío más o menos. Más llano.

—Okey.

Txemi habla entonces por el teléfono.

—Dice que puede ir. —Y después a mí—: ¿Sobre las cinco y media? Es una casa llamada Gure Ametsa. Está de camino al faro Atxur.

Debí de recordarlo todo debajo del agua y también, al parecer, debí de quedarme allí demasiado tiempo.

Cuando recobré la conciencia estaba tumbado en el borde de la piscina, empapado de los pies a la cabeza y con un montón de rostros a mi alrededor.

—¿Está muerto?

—No. Mira, está respirando.

Denis estaba sentado frente a mí, calado hasta los huesos. Por lo visto, estuve unos cuantos segundos sumergido. La gente que había por allí no tenía demasiadas ganas de mojarse. Alguien gritó que «me estaba ahogando», lo cual era cierto. Me lanzaron un flotador mientras otra persona iba a coger la raqueta limpiapiscinas para intentar echarme un cable. Pero antes de que todo esto sucediera, Denis se lanzó al agua a salvarme. Denis, sí. La última persona de la que me esperaría un favor semejante.

—¡Traed mantas!

—No. Es mejor que lo llevemos a la casa. Ayudadme.

—Joder… No pensaba darle tan fuerte.

Crucé el jardín a hombros de alguien, ¿Denis?, ante la mirada estupefacta de aquella pequeña multitud de la fiesta. Muchos se reían. Quizá pensaban que sencillamente me había emborrachado y me había caído al agua.

Entramos en la casa. Denis estaba allí. Dijo que fuésemos al txoko. Era un espacio con cocina, comedor, chimenea, billar y una sauna que habían construido en el sótano. Me dejaron caer allí, sobre un sofá. Alguien me quitó los zapatos.

—Necesitará ropa.

—¿Qué ha pasado?

Escuché la voz de Joseba Izarzelaia y todo lo que sentí fue una vergüenza terrible. Escuché cómo Denis se lo explicaba.

—Carlos Perugorria le ha golpeado.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Ni idea.

—Por favor, que salga todo el mundo. Y que alguien busque a Carlos.

—Venía detrás de nosotros.

—Encenderé la sauna mientras buscáis algo que poneros —le dijo Joseba a Denis—. Álex, ¿me oyes?

—Sí…

—Te vamos a quitar toda esa ropa mojada.

Así que terminé en calzoncillos, sentado en una sauna caliente que Joseba tenía instalada en su txoko. Denis estaba allí también. Era de locos.

—¿Me has sacado tú del agua? Gracias.

—De nada —se limitó a contestar.

Escuché gente que llegaba por allí. La sauna tenía un pequeño ventanuco de cristal y pude ver al tal Carlos Perugorria, que era como se llamaba el gigante, hablando con Joseba. Por su lenguaje corporal diría que se estaba disculpando. Joseba estaba tieso, brazos en jarras y cara de enfado. Al poco apareció Erin.

—Pero ¿qué ha pasado? ¿Estáis bien?

—Solo ha sido un empujón —dije.

Y noté que Denis se reía.

—Pero ¿qué ha pasado? ¿Por qué te ha pegado Carlos?

—Hay una explicación para todo esto —contesté.

Apareció por allí Mirari con algo de ropa. Dos chándales Sergio Tacchini. Nos dio uno a Denis y otro a mí. Yo me vestí, salí de la sauna. Joseba y Carlos estaban sentados en el sofá. El gigante llamado Carlos Perugorria tenía una cara tremenda de arrepentimiento.

—Álex, perdona —dijo nada más verme—. Creo que ha sido una equivocación terrible.

—De todas maneras —dijo Joseba—, creo que lo mejor es que aclaremos esto. Sentaos un minuto.

Erin y yo nos sentamos en el sofá. Mirari se quedó de pie detrás de nosotros. Noté sus manos sobre mis hombros.

—Carlos dice que esta mañana has estado en su casa. Que el personal de servicio te ha cazado merodeando por el salón.

—Es cierto.

Vi los ojos de Joseba abrirse de par en par. Supuse que Erin, que estaba a mi lado, tendría la misma cara de infarto.

Mirari apartó sus manos suavemente.

—¿Qué? —dijo—. ¿Qué es cierto?

—Es cierto que he ido a su casa, pero no a robar nada —respondí.

—Bueno, pues será mejor que te expliques. —Joseba tenía cara de poquísimos amigos en ese momento.

Yo les conté exactamente la verdad. ¿Qué podía perder? Les conté lo del tique de gasolina. La gasolinera. Gure Ametsa y mi pequeña actuación hasta lograr colarme en el salón.

Carlos levantó la mano para interrumpirme.

—¿Me estás diciendo que no recuerdas nada?

—Tuvo un accidente —dijo Joseba.

Erin, con un tono que revelaba su enfado, añadió:

—Se dio en la cabeza y sufre una amnesia.

—Joder… —contestó Carlos.

—Reconozco que mentir ha sido un error —dije—, pero pensaba encontrarme con alguno de los propietarios e intentar charlar.

—Pobre —Mirari volvía a acariciarme—, debe de ser muy angustioso.

Entonces vimos aparecer por allí a Leire.

—Perdón, no quiero interrumpir —dijo—, pero por aquí está corriendo la voz de que hay un ladrón en la casa.

Joseba se dirigió a su mujer:

—Mirari, ¿puedes ir y explicar a la gente que todo ha sido un malentendido?

Ella salió por la puerta con Leire, y Joseba volvió a dirigir el asunto.

—Bueno, Álex, pero ¿qué hacías en el salón de la casa?

Calculé un poco la respuesta. Me interesaba desvelar lo justo para demostrar mi inocencia, pero no debía mencionar a Félix.

—Desde el accidente tengo algunas imágenes muy extrañas. Yo estaba en una fiesta, en una casa muy elegante, y charlaba con algunas personas.

—Correcto —dijo él—. Era la fiesta de cumpleaños de Ane.

«¿Ane?». El nombre me sonó una barbaridad.

Continué:

—Bueno, reconozco que tenía un «presentimiento» cuando entré en la casa. Y luego, al ver ese salón lo supe. Yo había estado allí. Recordé a algunas personas. Tú —señalé a Carlos— eras una de ellas.

—Es verdad, hablaste conmigo. Había una veintena de invitados allí…

—También charló conmigo. —Denis acababa de aparecer, vestido con su chándal, en la otra punta de la habitación.

Me quedé mirándolo, sorprendido. Pero entonces comprendí eso que me había dicho al borde de la piscina: «Buen truco. Irte de parranda y después decir que no recuerdas nada». También comprendí ese vago recuerdo que había tenido sobre él. Habíamos estado juntos en esa fiesta en Gure Ametsa.

—Tengo dos preguntas —dijo entonces Joseba—. La primera: si eres el jardinero de esa casa, ¿cómo es que no la recordabas? La segunda: si habías ido allí a trabajar, ¿qué carámbanos hacías tú en la fiesta?

—Respecto a la primera —dije—, el baño en la piscina ha sido providencial. He recordado algo: Txemi Arrieta me dijo que necesitabais un jardinero.

—En efecto —dijo Carlos—, así fue. Nuestro jardinero habitual está con gripe y Ane se puso histérica porque había invitado a un montón de amigos y la hierba estaba altísima. En cuanto a la segunda pregunta. Fue Ane la que le invitó a beber una copa. No sé por qué. Pensé que solo quería ser amable contigo.

—No —dijo Joseba—. Ane era una de las amigas de la infancia de tu madre, Álex. Posiblemente te reconoció.

—¿Qué?

—Eran las tres amiguitas del alma: Ane, Mirari y tu madre.

Yo cerré los ojos intentando ver algo. Había una mujer muy guapa, de pelo rojo, con un vestido abierto por la espalda. La describí en voz alta.

—No me contó nada —dijo Carlos—, lo siento.

—Todo aclarado entonces. —Joseba recuperó las riendas—. Entiendo que te colaste en el salón para ver si eso te provocaba algún recuerdo. Bueno, esa parte la hiciste muy mal, Álex. Pero supongo que podremos perdonarlo, ¿verdad, Carlos?

—Por supuesto. —Carlos se levantó y se acercó a mí—. Siento el baño en la piscina, chico. Cuando te he visto aquí he pensado que estabas mangándole a mi amigo Joseba también. Ane está en París… De otro modo, ella te habría reconocido…

Joseba y Carlos dieron la crisis por terminada y dijeron que había llegado la hora de tomarse un copazo.

—¿Venís?

Yo miré a Erin y de pronto me di cuenta de que tenía la mirada perdida, ausente.

—¿Qué te pasa?

—Nada —dijo.

Pero sabía que le pasaba algo.

La cosa es que salimos de nuevo a la fiesta. Mirari ya se había encargado de difundir la versión oficial del asunto: un malentendido con chapuzón final. De hecho, nos obligaron a escenificar un apretón de manos en el salón y la gente nos jaleó entre risas. Pero yo seguía mirando a Erin con el rabillo del ojo y sabía que algo le pasaba por la cabeza.

La música subió de volumen. Leire y Koldo aparecieron por allí con los gemelos. Más gente. Nos rodearon, divertidos, haciendo comentarios sobre mi chapuzón en la piscina.

—Jamás he visto un KO tan limpio. De verdad.

—¿Alguien lo tiene grabado? ¡Que lo comparta por WhatsApp!

—El chándal te queda estupendamente. ¡Es tan ochentero!

Aguanté el papelón un buen rato hasta que noté que Erin había desaparecido. Me disculpé y fui a buscarla, pero debía de haber salido. Me encontré con Leire en la puerta del jardín y le pregunté por ella.

—Creo que la he visto subir por las escaleras. Igual iba a su cuarto.

A Erin le habían construido un dormitorio de princesas en la parte más alta de la casa. Subí las escaleras y dejé atrás el ruido de la fiesta. Llamé a su puerta y entré. Estaba sentada en su cama, mirando por un tragaluz.

—¡Eh! —dije tocando la puerta medio abierta—. ¿Se puede?

Ella ni se giró. Siguió mirando la noche, de espaldas.

—¿Pasa algo?

—Quiero estar sola, Álex.

—Pero ¿qué pasa? ¿Es por la pelea?

Ella bajó la cabeza, negando. Yo di dos pasos hacia ella. No más.

—¿Qué?

—Ni siquiera te das cuenta. Bueno…

—Cuenta ¿de qué?

—Del problema. Eres así con todo, Álex. Llevamos un año juntos y sigo teniendo la sensación de que no te conozco.

—Pero ¿de qué estás hablando?

—Ayer nos despertamos juntos, en la cama. Te dije que confiaras en mí. Que si tenías algún problema, podías contármelo. Soy tu novia, Álex. Se supone que puedes contarme las cosas importantes, ¿no? Entonces, ¿por qué no me hablaste de esa fiesta, de esos recuerdos que tenías?

—No estaba seguro de que eso fuera real, eso es todo.

—Incluso eso me hubiera interesado. Yo te habría escuchado. Te habría ayudado. Y desde luego, no habrías necesitado montar este escándalo, porque conozco a Ane y a Carlos.

—¿De eso va todo? —dije yo—. ¿Del escándalo?

—No, ni mucho menos. No seas idiota.

Resoplé.

—Esto va de confianza, Álex. De confiar el uno en el otro. Me ha dolido mucho tener que escuchar todo esto por primera vez. Imagínate que soy yo la que se ha caído a la piscina. Imagínate que de pronto te enteras de que he estado yendo a casas desconocidas, colándome dentro… sin decirte nada.

—Okey, vale. Tienes razón. Es que todo esto del accidente y la amnesia es algo muy surrealista… no… no quería agobiarte. Con todo eso del cole y los problemas que estás teniendo no quería molestarte.

—No me molestas contándome tus problemas, Álex. Es lo que esperaría que hiciera mi novio. ¿O es que mis problemas te molestan a ti?

Era la primera vez que me peleaba con Erin y descubrí que era algo altamente desagradable. Me dolía el estómago o el corazón, o todo a la vez. Necesitaba que ella me perdonara, y estaba tan nervioso que metí la pata.

—¡Bueno, ya basta! No entiendo cómo te puedes enfadar así por una chorrada. Quise investigar una cosa por mi cuenta. ¿Acaso es un pecado tan grande?

—No es solo eso, Álex. Está la mentira del martes: «Me quedo en casa», y después te pillo volviendo en plena noche de un paseo. Y si solo se quedara ahí… Pero hay más.

—¿Qué?

—Sí, Álex. Yo… he apostado por ti todo este tiempo, pero…

—Pero ¿de qué hablas?

Erin tomó aire y lo soltó muy lentamente.

—Hace un mes, más o menos, Leire te vio entrar con la furgoneta en el aparcamiento del Eroski. Eran las nueve y media de la noche y estaban ya cerrando. Ella me llamó al llegar a casa, para hablar de otra cosa, y me dijo que te había visto. «Creo que le habrán cerrado la puerta en los morros». Después te llamé, pero tenías el teléfono desconectado. Y al día siguiente, cuando hablamos, me dijiste que «te habías ido pronto a la cama, sobre las nueve»… Primero pensé que Leire se habría equivocado. De hecho…, he intentado pensarlo hasta hoy. ¿Por qué me mentiría Álex con una cosa así? A menos que tuvieras una buena razón…

—Yo no estaba allí. Leire se confundiría, sin más.

Erin se quedó mirándome fijamente. Dos ojos felinos que no se apartaban ni un milímetro del centro de mis pupilas.

—Mira, Álex. He intentado no pensarlo todo este tiempo, pero… es verdad. Denis tiene razón. ¡Trabajas cortando hierba en cuatro casas, pero siempre estás ocupado! Siempre estás en alguna parte, haciendo algo que al parecer no te permite cogerme el teléfono. Y no sé qué pensar, de verdad que no lo sé.

—¿Denis te ha dicho eso? Joder, a mí me parece que le encanta meter cizaña.

—Denis es un buen amigo en el que confío.

Me reí. No pude evitarlo. Era todo lo que se me ocurrió hacer.

—Vale, si te hace tanta gracia, es mejor que te vayas de aquí ahora mismo.

—¡Pero Erin!

—Álex —cortó ella—, por favor, déjame sola.

Salí de la habitación. Cerré la puerta y bajé las escaleras. Bajar era la sensación correcta. Mi corazón estaba también hundiéndose lentamente. El salón estaba lleno de gente. Sonaban más Stones: «You Can’t Always Get What You Want».

Esquivé la fiesta. Conocía bien la casa y sus siete formas de entrar y salir. Me escurrí hasta el vestíbulo y salí de allí. El chico que se había dado un chapuzón en la piscina consiguió que no le viera demasiada gente. Solo un par de simpáticos borrachos en el jardín.

—¡Eh! La próxima vez ven en bañador, por si acaso.

Llegué a mi coche, triste. Entré y me quedé en silencio un rato. Después golpeé el volante. «¡Idiota!». Esa historia de Leire en el aparcamiento del Eroski era cierta. Fue un desliz imperdonable. Ahora Erin me había pillado mintiendo. ¿Qué podía hacer? Por el momento la cosa ya se había jodido bastante.

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