El mentiroso
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Después de dos cigarrillos y un montón de recuerdos, la noche por fin había caído. Era hora de ponerse en marcha.
Conduje hasta el polígono y di un par de rodeos antes de aparcar en mi sitio de siempre. Exceptuando un taller que todavía tenía luz, el resto estaba desierto y oscuro. Aparqué en la zona más apartada del aparcamiento. Me quité la ropa y me vestí mi modelito de trekking. Además de eso, llevaba en la mochila un completo equipo «anti-ADN» compuesto por un gorro, una mascarilla de pintor, unas gafas protectoras y guantes. Pero todo eso me lo pondría solo para el final. No era cuestión de cruzar el bosque con pinta de alienígena.
Cogí la mochila y me encaminé hacia el sendero del robledal. Iba con los cinco sentidos puestos en escuchar algo o ver una luz ahí arriba. Félix llevaba una semana muerto en la vieja fábrica y no sería extraño que alguien lo hubiera encontrado ya. Había una antigua carretera que unía la fábrica con la general y que ahora estaba cortada, pero si la policía había encontrado a Félix, los coches patrulla y las ambulancias estarían por allí.
Llegué a lo alto y me quedé parapetado entre los árboles. Observando. Nada. Solo grillos, oscuridad y el ruido de las ramas mecidas por la suave brisa. Vale. Se puede decir que la suerte seguía de mi lado en ese aspecto. Sin moverme de los árboles, me coloqué el resto del equipo: la linterna frontal, las gafas protectoras, la mascarilla de pintor, el gorro y los guantes… Habían pasado cuatro días desde mi anterior visita y me imaginaba que el espectáculo sería dantesco y que el olor estaría a la altura. Tenía que ir preparado.
Sin embargo, mi tercer encuentro con Félix Arkarazo no fue tan impactante. En esta ocasión, quizá porque iba perfectamente enmascarado, aguanté bien las náuseas. Además, Félix no tenía tan mal aspecto. El rostro un tanto deformado, un color amarillento en la piel y los labios ennegrecidos. Por lo demás, seguía en la misma postura: tumbado sobre el brazo derecho, la cabeza mirando de lado y las piernas dando un paso infinito.
Me arrodillé a su lado y fui sacando todos los materiales de limpieza. Mi plan era sencillo. Había decidido que no podía controlar todas las variables, pero tampoco quería inyectar más caos a la situación. Quemar el cadáver o moverlo era exponerme demasiado, así que apostaría por limpiar todo lo que pudiera en una noche. En tres metros a la redonda de ese muerto no debía hallarse ni una pestaña, ni un cabello, ni un trozo de uña que pudiera apuntar en mi dirección.
Empecé cubriendo de amoniaco todos los alrededores del cuerpo, incluyendo mi vomitona de la última visita. El problema es que formé una nube de gas tóxico a mi alrededor y casi me asfixio dentro de ella.
Cuando se hubo disuelto y pude regresar junto al cadáver, me puse manos a la obra con ello. Comencé por cepillar su traje e ir recogiendo cada partícula de polvo, cabello, etcétera, y metiéndola en una bolsa de plástico. Tardé una media hora en repasar la parte delantera, lo cual incluyó espantar a unos cuantos bichos que rondaban por allí. Después pasé a limpiarle las manos (si nos habíamos peleado, quizá habría quedado algún rastro en sus uñas). Félix tenía un brazo a la vista y el otro enterrado bajo su cuerpo, así que primero le repasé bien las uñas de la mano izquierda con un cepillo de dientes impregnado en amoniaco. Después, con mucho cuidado le di la vuelta al cuerpo para limpiar su otra mano y la parte trasera de su cuerpo.
Había algunas alimañas ahí debajo. No entraré en detalles, pero algunas de ellas no mostraban el menor signo de timidez ante la luz de mi linterna. Bueno. Dejé a Félix boca abajo y comencé a limpiar lo que podía de su chaqueta. Fue entonces cuando empezaron a aparecer cosas extrañas. Lo primero fueron aquellas pequeñas hojas secas adheridas a la tela de su chaqueta. Hierbajos, hojas, como si hubiera estado tumbado en un prado o algo por el estilo. Seguí observando esa suerte de suciedad por todo su pantalón, hasta que llegué a sus zapatos e hice otro descubrimiento.
El talón de sus zapatos estaba coloreado de blanco.
Me quité las gafas para observar mejor aquello. No era pintura, sino una capa de polvo que cubría la pared trasera del tacón y el zapato. Pasé la yema de un dedo por uno de los tacones y lo limpié: en efecto, era polvo, polvo gris que se había quedado impregnado en sus tacones. Era el mismo polvo que manchaba mis pantalones. El polvo que cubría el suelo de aquel pabellón.
Y eso solo podía significar una cosa.
Me puse en pie y caminé alrededor del cuerpo observando esas hojas secas pegadas a su espalda. Con mi linterna frontal apuntando al suelo, caminé hacia el portón de entrada. Pude distinguir dos pequeños raíles, un poco desdibujados pero lo bastante claros, trazados en el polvo. Dos surcos que los tacones de Félix Arkarazo habían dibujado en el suelo, entre el portón de la entrada y el lugar donde se hallaba ahora.
—Joder. Lo arrastraron aquí dentro.
Eso era lo único que podía explicar que aquella capa gruesa de polvo estuviera solamente en el talón de sus zapatos. Ni en la puntera, ni en la suela… Era muy difícil mancharse esa parte uno mismo. No. Alguien lo había cogido por debajo de las axilas y lo había arrastrado, posiblemente cuando ya estaba inconsciente o muerto.
Todavía tardé un poco en darme cuenta de lo que todo eso podía significar, pero desde ese mismo momento supe que había dado con algo importante. A Félix Arkarazo no lo habían matado dentro de la fábrica, sino fuera, en algún punto del exterior (un punto donde había hojas secas). Después lo habían arrastrado dentro y lo habían dejado caer allí.
Con el corazón a toda velocidad, volví al lugar donde yacía Félix. Me quedé observando el cadáver, la disposición de las cosas. Recordé que el sábado de madrugada, cuando desperté, había encontrado la piedra triangular cerca de mi mano… y había supuesto todo lo demás… Pero ¿y si estaba equivocado?
Hasta ese instante no me había parado a pensar en cómo había ocurrido todo. Sencillamente, imaginaba que habría sido una pelea… Él me atacó por sorpresa. Entonces yo cogí una piedra y le golpeé en la cabeza. Después, quizá, di dos pasos y me caí de bruces. Eso era más o menos lo que había pensado hasta el momento. Pero aquel nuevo descubrimiento hacía que esa teoría se tambaleara.
Si yo había matado a Félix y yo lo había arrastrado desde la puerta… Entonces, ¿quién me había golpeado a mí?
«No —pensé—, a Félix lo mató otra persona».
Descubrir aquello me dio ganas de gritar: «¡No soy un asesino!». Félix había sido asesinado por otra persona. Alguien que posiblemente también me golpeó a mí y que colocó esa piedra debajo de mi mano para hacerme parecer el asesino.
—¡Hijo de la gran puta! —dije—. Me has tenido una semana pensando que era un asesino…
Estuve dando vueltas a ese cadáver durante no sé cuántos minutos. ¿Qué debía hacer ahora con todo eso que sabía? ¿Llamar a la policía? No. Félix llevaba muerto una semana en la que yo no había dicho nada. Me había callado como si tuviera algo que ocultar. No solo eso, había modificado la escena del crimen y hecho desaparecer una prueba importante. Puede que yo no fuera un asesino, pero me las había arreglado para parecerlo…
Respiré hondo y traté de concentrarme. Las cosas, al menos en ese aspecto, no habían cambiado demasiado. Debía seguir adelante con mi plan y rezar para salir bien parado de todo aquello.
Pero justo en aquel instante, una luz invadió aquella oscuridad que me había rodeado hasta ese instante. Unos focos se acercaban de frente a la fábrica. El ronroneo de un motor que iba en aumento…
Un coche que venía directo hacia mí.