El mentiroso

El mentiroso


3. Carreteras solitarias » 7

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Apagué la linterna y me quedé quieto, en silencio. El coche había aminorado su marcha pero seguía acercándose. Me imaginé que se aproximaba por la carreterilla de acceso. Eso significaba que habría tenido que sortear una larga cadena que pendía de lado a lado, junto al cartel de PROHIBIDO EL PASO. ¿Quizá eran los dueños? ¿La policía?

Cogí la bolsa de restos, el cepillo, las botellas de amoniaco y lo metí todo en la mochila.

El coche paró, calculé que a un metro de la puerta, después se apagó el motor, pero las luces permanecían encendidas. Escuché un sonido como de música. Después unas puertas abriéndose y voces rompiendo el silencio de la noche.

—¡David, apaga la luz! —dijo una voz de chica.

—Pero no se verá nada —respondió un chico.

—¡Da igual! Se supone que no podemos estar aquí, ¿no?

Se apagaron la luces y volvimos a la bendita oscuridad.

—Ya está.

Se abrió otra puerta. Otra voz, un chico:

—¡Uuuuuuh! La noche de los muertos. ¡Vaya sitio!

—¡Os lo dije! Mola, ¿no?

Risas. El volumen de aquella pachanga subió un poco.

—Pero ¿qué sitio es este? —dijo una voz de chica.

—Ni idea. Una antigua fábrica o algo así.

Escuché unos pasos que se acercaban hasta el portón. Vale. Las grandes puertas del pabellón eran pesadas y costaba abrirlas, pero si tirabas fuerte, se abrían. Las buenas noticias eran que, casi de manera automática, yo siempre volvía a cerrarlas nada más entrar, y así es como se las encontró el chaval que llegó hasta allí.

Escuché cómo cogía una de las manillas y tiraba de ella, no demasiado fuerte. El sonido de aquel gran portón reverberó en el silencio.

—¿Qué haces, tío? Deja eso.

—¡ECOOOO, ECOOOO! Parece que está vacío.

—¿Sabes qué? Podríamos montar aquí una fiesta del copón.

—Ainhoa dice que ha visto un cartel de peligro.

—Bah.

Otro tirón al portón y esta vez la cadena cedió un poco. ¿Se habría dado cuenta ya aquel cenutrio de que podía colarse dentro? Decidí no quedarme a comprobarlo. Había una manera de salir de allí; muy poco apetecible, pero no me quedaba otra. Me levanté y corrí hacia el fondo opuesto del pabellón. Conocía muy bien la vieja oficina en ruinas y trepé por la pared usando mi truco de toda la vida. Viga, hueco, repisa. Hasta lo alto de aquel otro ventanal donde solía esconder mi bolsa Arena. Me quedé haciendo equilibrios en la repisa mientras escuchaba cómo el portón golpeaba otra vez contra las jambas. Alguien le gritaba a ese chico que lo dejara de una vez. «¿Por qué no haces caso a tus amigos?».

El ventanal estaba roto, pero no lo suficiente como para salir con seguridad. Tenía que romperlo un poco más, hacer un hueco lo bastante grande y descolgarme por él. Me senté con la espalda apoyada en la pared. Preparé la pierna y solté un patadón haciéndolo coincidir con el ruido del portón —BROONK— al arrastrarse por el suelo. El estrépito del portón tapó el sonido de los cristales rotos.

—Ecooooo.

Los oí entrar. Sus voces reverberando en la oscuridad. Posiblemente me quedaban segundos antes de que encontraran a Félix. Miré la ventana. El agujero que había hecho no era lo suficientemente grande, pero era todo lo que tenía. Tiré la mochila a través de él y después me colé con cuidado por aquel agujero lleno de cristales.

Al pasar las piernas por él noté algo que me hacía daño en el muslo, pero seguí adelante. Me descolgué por la pared. Había por lo menos dos metros hasta el suelo, aunque no me quedaba otra. Me dejé caer y caí mal. Un dolor agudo me recorrió el tobillo.

Me levanté como pude, cogí la mochila, podía escuchar a los chavales dentro.

El robledal estaba a veinte metros de allí y llegar era cuestión de una carrerita. Entonces vi a las dos chicas junto a un coche de color blanco. No creo que me vieran (de todas formas, iba disfrazado del «hombre mascarilla»). Me lancé renqueante por el camino, con tanta prisa que se me olvidó quitarme el disfraz.

Entré en el coche, tomé aire. Joder. Había faltado muy poco… Me alivió que al menos había podido limpiar gran parte del muerto.

Pero justo en ese instante, según me disponía a salir de allí, me di cuenta de que la escapada no había sido del todo limpia. Estaba sangrando por el muslo. Un corte pequeño y alargado. El cristal me había rajado el pantalón por encima de la rodilla. Mierda. Saqué un clínex y me taponé la herida como pude. Debía de haberme cortado al deslizarme fuera. El pantalón había absorbido gran parte de la sangre, pero muy posiblemente había dejado un rastro en el cristal de la ventana.

De nuevo, explotó el volcán de la ansiedad en mis tripas. Me dieron ganas de darle un puñetazo a algo.

«Respira profundamente, tío. Ya no puedes volver a la fábrica».

Le puse una tira de cinta aislante al clínex y dejé aquello bien taponado. Después arranqué y salí de allí, pensando en lo que tenía que hacer acto seguido. Bueno, básicamente solo tenía una opción.

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